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Full text of "La epopeya de Artigas; historia de los tiempos heroicos de la República Oriental del Uruguay"

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ARTIGAS 


Monumento  de  Angelo  Zanelli  que  será  erigido  en  Montevideo 


Al  Doctor  Juan  Zorrilla  de  San  Martín, 
en  cuya  grande  obra  me  he  inspirado 
para  mi  modesto  trabajo.  En  prenda  de 
homenaje  reverente. 

Roma,  2  de  Julio  de  1916. 

Angelo  Zanelli 


V 


ORIGEN  DE  ESTE  LIBRO 


Ministerio 

DB 

Rei^aciones  Exteriores 


Montevideo,  mayo  lo  de  1907. 
Considerando: 

i.°  Que  honrar  a  los  héroes  sirve,  a  un  tiempo,  de 
premio,  de  estimulo  y  de  ejemplo; 

2.°  Que  es  un  anhelo  del  alma  nacional  el  pensamien- 
to de  levantar  una  estatua  al  Generai<  Artigas,  liber- 
tador y  mártir,  héroe  por  la  abnegación,  por  el  denuedo 
y  por  el  infortunio; 

3.°  Que  no  es  posible  retardar  por  más  tiempo  el 
advenimiento  del  día  en  que,  según  dijera  el  DOCTOR 
Caritos  María  Ramírez,  los  niños,  el  ejército  y  el  pue- 
blo se  inclinarán  ante  la  estatua  del  gran  calmnniado 
de  la  Historia  de  América,  del  héroe  infortunado  cuya 
póstiuna  glorificación  ha  de  ser  perdurable  estímulo  de 
las  abnegaciones  patrióticas,  que  sólo  reciben  de  sus 
contemporáneos  la  ingratitud,  el  insulto  y  el  martirio; 

4.°    lyo  dispuesto  en  la  Ley  de  5  de  juicio  de  1883,  y 


VI  ORIGEN  DE  ESXE  WBRO 

en  el  inciso  E  del  articulo  i.°de  la  LEY  DE  23  DE  marzo 
DE  1906; 

Kl  Presidente  de  la  República 

DECRETA: 

Articulo  1°  Eríjase  en  la  plaza  de  la  Independencia 
un  monumento  a  la  inmortal  memoria  del  Generai, 
José  Artigas,  precursor  de  la  nacionalidad  oriental, 
procer  insigne  de  la  emancipación  americana. 

Artículo  2°  Llámese  a  concurso  para  la  presenta- 
ción de  bocetos,  al  que  podrán  concurrir  los  escultores 
uruguayos  y  extranjeros  que  lo  deseen,  instituyéndose 
dos  premios  en  dinero,  el  primero  de  dos  mil  pesos,  y 
el  segundo  de  mil.  Con  el  propósito  de  asegurar  la  con- 
currencia de  escultores  de  fama  mtmdial,  se  pedirán  bo- 
cetos a  cuatro  grandes  artistas,  abonándoseles  por  cada 
uno  de  ellos,  embalado  en  el  taller,  la  siuna  de  mil  dos- 
cientos pesos. 

Articulo  3°  Cuando  todos  los  bocetos  se  encuentren 
en  Montevideo,  se  nombrará  im.  jurado,  compuesto  de 
personas  competentes,  encargado  de  determinar  cuál 
deberá  aceptarse. 

Articulo  4°  Desígnase  al  doctor  Juan  Zorrii,i,a 
DE  San  ]\Lvrtín  para  que,  de  acuerdo  con  las  instruc- 
ciones del  Gobierno,  prepare  una  Memoria  sobre  la 
personalidad  del  Generai,  Artigas,  y  los  datos  docu- 
mentarlos y  gráficos  que  puedan  necesitar  los  artistas. 

Artículo  5.°  Solicítese  por  el  Ministerio  de  Rei,a- 
ciones  Exteriores  el  concurso  de  los  escultores,  for- 
múlense las  bases  correspondientes,  hágase  saber  a  quie- 
nes corresponda  y  publíquese. 

WILLIMAN 
Al^VARO  Gunvi,oT — Jacobo  Varei^a  Acevedo 


origen  de  este  wbro  vii 

Ministerio 
Rei<aciones  Exteriores 

Montevideo,  mayo  i6de  1907. 

Remito  a  usted  copia  del  Decreto  por  el  cual  el  Go- 
bierno resuelve  erigir  una  estatua  al  General  Artigas, 
y  lo  designa  a  usted  para  preparar  una  Memoria  sobre 
dicha  personalidad,  y  los  datos  docvunentarios  y  grá- 
ficos que  puedan  necesitar  los  escultores. 

Confiando  en  que  usted  prestará  al  Gobierno,  y  al 
País,  el  concurso  de  su  notorio  buen  gusto  y  prepara- 
ción en  historia  y  en.  artes,  aceptando  la  honrosa  distin- 
ción de  que  se  le  ha  hecho  objeto,  aprovecha  la  opor- 
tunidad para  saludarle  atentamente. 

Jacobo  Varei,a  Acevedo 

Al  doctor  don  Juan  Zorrilla  de  San  Martín. 


Montevideo,  27  de  mayo  de  1907. 

!^xcmo.  señor  Ministro  de  Relaciones  Exteriores,  doctor 
don  Jacobo  Várela  Acevedo. 

Señor  Ministro: 

Con  satisfacción  sólo  comparable  al  temor  que  me  in- 
fimde  la  desproporción  entre  mis  fuerzas  y  la  magnitud 
de  la  honrosa  tarea  que  se  me  confia,  acepto  agradecido 
la  de  dar  a  los  artistas,  de  acuerdo  con  las  instrucciones 
del  Gobierno,  el  canon  del  monumento  que  se  levantará, 
por  fin,  en  Montevideo,  a  nuestro  grande  Artigas. 

Quiera  V.  E.  hacerse  intérprete  de  mi  gratitud  ante 
el  señor  Presidente  de  la  República,  por  el  que  considero 
el  más  alto  honor  que  pudiera  discernírseme  como  ciu- 


Vm  ORIGEN  DE  ESTE  I<IBRO 

dadano,  y  dígnese  aceptar  también  V.  E.,  personal- 
mente, las  protestas  de  ese  mi  cordial  reconocimiento, 
con  las  muy  afectuosas  de  mi  grande  estimación. 

Juan  Zorrii,i,a  de  San  Martín 


Montevideo,  marzo  i."  de  1912. 
A  la  Asamblea  General: 

Por  decreto  de  16  de  mayo  de  1907,  el  Gobierno  con- 
fió al  doctor  Juan  Zorrilla  de  San  Martín  el  encargo 
de  redactar  una  Memoria  sobre  la  personalidad  del  Ge- 
neral Artigas,  con  motivo  del  concurso  promovido  para 
su  monmnento. 

El  doctor  Zorrilla  de  San  Martín  cumplió  el  encargo, 
escribiendo  ima  obra  que  la  crítica  nacional  y  extran- 
jera han  consagrado  como  completo  y  brillante  estudio 
sobre  el  fundador  de  la  nacionalidad  uruguaya. 

El  Gobierno  considera  que  esa  Memoria  sale  de  las 
proporciones  de  una  Memoria  común,  y  merece  la  re- 
tribución que  le  ha  fijado,  no  tanto  teniendo  en  cuenta 
precisamente  su  valor  absoluto,  sino  para  dar  al  autor 
ima  recompensa  por  el  tiempo  que  le  dedicó,  substra- 
yéndolo a  otras  ocupaciones  reproductivas. 

En  consecuencia,  el  Poder  Ejecutivo  pide  a  V.  H.  la 
autorización  para  poder  disponer  de  la  simia  de  cinco 
mil  pesos,  que  el  Gobierno  ha  creído  oportimo  asignar 
al  doctor  Zorrilla  de  San  Martín,  según  el  adjunto  pro- 
yecto de  Ley. 

Saludo  a  V.  H.  con  la  mayor  consideración, 

BATLLE  Y  ORDÓÑEZ 
José  Romeü 


ORIGEN  DE  ESTE  I.IBRO  IX 

Montevideo,  24  de  abril  de  1912. 


Señor: 


El  Poder  Kjecutivo  ha  puesto  el  «Cúmplase»  a  la  si- 
gviiente  Ley: 

«Poder  Ejecutivo 

El  Senado  y  la  Cámara  de  Representantes  de  la  Re- 
pública Oriental  del  Uruguay,  reunidos  en  Asamblea 
General,  decretan: 

Articulo  1°  Autorízase  al  Poder  Ejecutivo  para  en- 
tregar al  doctor  Zorrilla  de  San  Martín  la  cantidad 
de  cinco  mil  pesos,  por  la  obra  sobre  Artigas  que  escri- 
bió en  cimiplimiento  del  encargo  que  le  confiara  el  Go- 
bierno por  decreto  de  16  de  mayo  de  1907. 

Artículo  2°  La  expresada  stuna  se  imputará  a  gas- 
tos generales. 

Articulo  3°     Comuniqúese,   etc. 

Sala  de  Sesiones  de  la  Honorable  Cámara  de  Repre- 
sentantes, en  Montevideo,  a  16  de  abril  de  1912.' 

Eugenio  Lagarmii,i,a 

Presidente 

M.   Cl,AVEI,I,I 
Secretario» 

Saludo  a  usted  atentamente, 

A.  ROMEU 
Ofidal  Mayor 

Al  doctor  don  Juan  Zorrilla  de  San  Martín. 


x^ 


CARTA  CONFIDENClAIv 

Ai,  señor  Ministro  de  Relaciones  Exteriores. 
Mi  estimado  señor  Ministro: 

Tras  largo  pensar  en  la  mejor  forma,  y  más  adecua- 
da, de  preparar  mi  Memoria  sobre  la  personalidad  de 
Artigas,  y  ofrecer  a  los  escultores  los  datos  gráficos  a 
que  se  refiere  el  decreto  de  lo  de  mayo  de  igoy,  llegué 
a  persuadirme  de  que,  en  vez  de  redactar  un  cuaderno 
de  informaciones,  libro  documentado,  o  cosa  por  ese 
estilo,  era  mejor  que  yo  hablase  directamente  con  los 
artistas  a  quienes  debo  instruir,  y,  sobre  todo,  inspirar. 

El  signo  escrito,  asi  fuere  el  más  expresivo,  nunca 
lo  es  tanto  como  la  viva  voz.  Esta  consiente  una  discre- 
ta familiaridad  que  juzgo  muy  propicia  a  la  transmi- 
sión de  la  enseñanza,  pues  se  compadece  con  alguna  di- 
fusión o  insistencia  en  los  conceptos  esenciales,  que, 
si  grave  defecto  en  lo  escrito,  no  lo  es  tanto,  me  parece, 
y  hasta  puede  constituir  una  cualidad  en  lo  hablado. 
Por  otra  parte,  la  afectuosa  conversación,  bien  que  fácil 
y  sencilla,  es  susceptible  de  aquella  dignidad  que,  según 
Emerson,  pertenece  a  los  objetos  naturales,  y  que  no 
se  halla  en  los  artificiales,  mantiene  la  atención  sobre 
los  asuntos  más  serios  y  difíciles,  y,  con  el  calor  del 
aliento  personal,  transmite,  como  ningún  otro  signo 
humano,  la  emoción  estética. 


Xn  CARTA  CONIflDENCIAI, 

Si  usted  comparte  mi  opinión,  le  ruego  quiera  recorrer 
estos  apuntes,  que  pongo  en  sus  manos,  en  cumplimiento 
de  la  tarea  que  sobre  mí  he  tomado.  Eso  es,  palabra  más, 
palabra  menos,  lo  que  yo  diré  a  los  artistas,  si  usted  juz- 
ga que  es  eso  lo  que  másconvietie  inculcarles  o  sugerirles. 

He  cuidado,  ante  todo. y  sobre  todo,  como  tisted  lo  ad- 
vertirá, de  decir  la  verdad  histórica  más  auténtica  y 
depurada;  pero,  no  echando  en  olvido  el  objeto  que  debo 
perseguir,  Jie  procurado  que  la  verdad  no  permanezca 
inerte,  como  materia  amorfa,  en  el  entendimiento  de 
mis  oyentes,  sino  que,  penetrando  en  la  interna  sensi- 
bilidad, se  transforme  en  imagen,  y,  llegando  con  ésta 
hasta  el  corazón,  despierte  en  él  sentimientos  o  emo- 
ciones. Que  son  éstas  las  qite  reciben  forma  o  expre- 
sión, en  el  proceso  psicológico,  que  todos  conocemos, 
de  la  creación  estética. 

No  creo  que  deba  preocuparme  más  de  lo  justo  el 
temor  de  que,  por  ello,  me  moteje  alguno  de  poeta,  y, 
por  ende,  califique  esta  mi  obra  de  mera  fábula  o  fic- 
ción. Nada  fuera  más  hacedero  que  conjurar  ese  peli- 
gro: con  no  hacer  uso  sino  de  los  vocablos  y  frases  im- 
personales, y  de  una  sola  pieza,  del  dialecto  o  argot 
profesional,  sin  omitir  algunos  apéndices  con  docu- 
mentos, mi  obra  resultaría  verdaderamente  venerable 
y  seria,  porque  nadie  la  leería,  si  ya  no  fuese  algún 
investigador  paciente. 

Pero  yo  he  debido  despojarme  de  todo  respeto  humano, 
y,  al  darme  a  mí  misino  la  libertad,  dar  a  los  otros  lo  que 
más  tienen  derecho  a  exigirme  en  este  caso,  y  es  lo  más 
serio  y  respetable  que  hay  en  el  mundo:  la  sinceridad. 

Todos  o  casi  todos  sabemos  que  no  es  cierto  que  la 
verdad  muera  o  se  destruya  por  ser  colocada  en  el  cora- 
zón de  los  hombres,  bien  así  como  no  se  aniquila  la  se- 
milla por  ser  depositada  en  el  de  la  tierra.  Precisamente 


CARTA  CONIflDENCIAI,  XIH 

es  ese,  y  no  otro,  el  destino  de  ambas,  el  de  la  verdad  y 
el  de  la  simiente:  transformarse,  en  su  entrañable  abrazo 
con  el  alma  o  con  la  tierra;  dar  flores  y  frutos  en  ésta; 
despertar  pasiones  y  prácticas  virtudes  en  aquélla. 

Por  ley  de  nuestra  humana  naturaleza,  la  percepción 
de  la  verdad  va  siempre  acompañada  del  deseo  (tanto 
más  vivo  cuanto  aquella  percepción  es  más  intensa  y 
clara)  de  hacerla  prevalecer.  Y  hacer  prevalecer  la  ver- 
dad no  es  otra  cosa,  si  bien  se  mira,  que  convertirla,  no 
tanto  en  simple  noticia  o  término  de  conocimiento,  cuanto 
en  objeto  de  amor  y  en  motor  de  la  humana  voluntad. 

En  estos,  y  otros  análogos  razonamientos,  se  fundan 
los  que  sostietten  que  la  finalidad  primordial  de  la  his- 
toria de  los  pueblos  no  es  otra  que  la  formación  del  pa- 
triotismo, es  decir,  del  sentimiento  racionai,  de  amor 
a  la  patria  y  el  culto  de  sus  héroes. 

Y  si  ese  debe  ser  el  objeto  práctico  de  la  historia  en 
general,  ¿qué  mucho  que  lo  persiga  la  que  narra  y  co- 
menta los  pasados  hechos  para  mover  precisamente  la 
facultad  creadora  de  un  artista,  y  sugerirle  un  patrió- 
tico monumento? 

Ahora  bien,  sólo  hay  un  recurso,  según  se  me  alcanza, 
para  llegar,  con  la  verdad  triunfante,  hasta  la  fantasía 
o  el  corazón  de  los  humanos:  el  celeste  poder  de  la  be- 
lleza. Vis  superba  formae. 

¡La  Belleza! ¡La  divina  Armonía!  Yo  la  he  llamado 
en  mi  auxilio,  y  ojalá  que  no  en  vano,  al  dictar  estas 
lecciones.  Hube  de  buscarla,  inconscientemente  primero, 
al  sólo  predisponer  mi  espíritu  al  estudio,  por  aquello 
de  que  quien  vio  una  vez  a  Helena  no  puede  vivir  sin 
ella;  pero  he  recurrido  también,  y  muy  especialmente, 
al  amparo  de  la  potente  diosa,  para  no  defraudar  la  espe- 
ranza de  los  que  han  creído  que  yo  podría  transmitir  a 
otros  corazones  la  pasión  de  la  patria  reflejada  en  el  mió, 


XIV  CARTA  CONFIDENCIAIv 

con  respecto  al  héroe  cuyo  monumento  vamos  a  erigir. 

Porque  debo  manifestar  aquí  esa  ingenua  convicción. 
Usted  me  dice,  en  su  comunicación  oficial,  que  he  sido 
designado  para  la  tarea  que  sobre  mí  he  tomado,  a  causa 
de  una  preparación  en  historia  y  en  artes  que  genero- 
samente me  atribuye.  Va  a  permitirme  un  cuasi  des- 
acato. No,  no  es  esa  la  causa  principal,  o  mucho  me  equi- 
voco, de  la  ventura  que  me  ha  cabido  en  suerte:  nuestra 
historia  está  escrita,  y  bien  escrita  y  documentada; 
en  cuanto  a  la  preparación  en  artes,  debemos  suponer 
que  los  artistas  la  tienen  tanto  o  más  que  yo. 

Lo  que  acaso  faltaba,  para  inspirar  a  éstos  el  monu- 
mento, era  una  fórmula,  no  sólo  veraz,  sino  imagina- 
tiva y  pasional,  de  nuestra  fe  cívica;  la  expresión,  no 
tanto  de  lo  que  sabemos  o  conocemos,  cuanto  de  lo  que 
sentimos  y  amamos  los  orientales  en  nuestra  historia. 

Me  parece  que  fué  la  esperanza  de  que  pudiera  ser 
yo  el  rapsoda  de  aquella  fe,  el  móvil  del  artículo  4.°  del 
decreto  de  10  de  mayo  de  igoy.  Se  me  ha  elegido  por- 
que he  creído;  porque  mi  vida  entera  ha  sido  una  cons- 
tante comunión,  instintiva  al  principio,  reflexiva  y 
científica  después,  con  los  fieles  del  triunfante  dogma 
cívico  que  en  ese  hombre  Artigas,  a  quien  usted  llama, 
y  no  sin  mucha  causa,  el  gran  cal,umniado  de  la 
HISTORIA  americana,  ha  visto  el  hombre  orbital  de 
nuestro  tiempo  heroico.  Se  ha  esperado  hallar  en  mí 
una  de  tantas  almas  sonoras,  capaces  de  condensar, 
más  o  menos  íntegramente,  el  alma  colectiva  de  este 
pueblo:  la  tradición  nacional,  el  conjunto  de  imágenes 
amadas,  y  de  emociones  sentidas,  y  de  nombres  Pro- 
nunciados, y  de  líneas  y  colores  y  expresiones  prefe- 
ridos, cuya  comunidad  constituye,  más  aun  que  el 
territorio,  y  hasta  más  que  la  raza  y  la  lengua,  la  enti- 
dad moral  que  el  hombre  llama  patria. 


CARTA  CONFIDENCIA!,  XV 

He  dicho  más  o  menos  íntegramente,  y  podría 
agregar  más  o  menos  fielmente,  porque  no  es  posible 
coincidir  en  absoluto,  y  en  todos  los  detalles,  con  todos 
y  cada  uno  de  nuestros  hermanos,  en  el  comentario  de 
la  patria  histórica.  Ese  reflejo  integral  del  espíritu  del 
pasado,  que  se  refunde  en  absoluto  con  el  del  presente  y 
se  proyecta  sobre  el  del  futuro  de  una  nación;  esa  reen- 
carnación del  alma  de  los  ¡techos  pretéritos,  en  un  orga- 
nismo literario,  fuerte  y  perfecto,  que  es  lo  que  constituye 
la  suprema  y  veraz  historia,  eso  no  ha  podido  esperarse, 
ni  se  ha  esperado  de  mí,  porque  esa  es  obra  de  Genio. 
Y  todos  sabemos  que  yo  no  lo  soy,    ni  mucho  menos. 

A  falta  de  genio,  se  recurre  en  estos  casos,  y  se  ha 
recurrido  en  el  actual,  al  creyente  sencillo  y  comuni- 
cativo, que  es  quien  más  puede  aproximarse  a  la  fiel 
y  sentida  expresión  de  lo  que  es  esencial,  invulnerable, 
en  las  tradiciones  nacionales;  de  lo  que  es  necesario 
conservar  incólume  para  que  la  patria  exista. 

Respetuoso  de  mí  mismo;  depositario  de  una  misión 
que  me  ha  parecido  elevadísima,  he  procurado  dar  lo 
que  he  juzgado  que  de  mí  se  esperaba:  hacer  desapare- 
cer mi  propio  yo,  hasta  donde  ello  puede  ser  compati- 
ble con  la  sinceridad,  a  fin  de  que  la  patria  toda  entera 
piense  y  sienta  en  mí,  se  escuche  a  sí  misma,  se  reco- 
nozca en  mis  palabras,  y  las  halle  dignas  de  vincular 
su  pasado  con  su  presente,  y  de  animar  el  bronce  que 
legaremos  a  los  futuros  hombres. 

Se  me  ocurre  que  alguien  podrá  decir  que  estas  lec- 
ciones son  demasiado  largas  para  su  objeto,  más  ex- 
tensas de  lo  que  los  artistas  escultores  pueden  soportar. 
No  debo  tener  por  hombre  avisado  a  quien  tal  piense 
y  me  guardaré  muy  mucho  de  compartir  ese  dictamen. 
Ningún  artista,  que  se  respete  a  sí  mismo,  se  aventu- 
raría a  emprender  ^l  monumento  de  Artigas  con  una 


XVI  CARTA   CONFIDENCIAI, 

Preparación  menor  que  la  de  estas  confereficias,  si  ya 
no  fílese  que  apareciera  un  vidente  extraordinario,  a 
quien  nada  habría  que  enseñar.  Bien  es  verdad  que  tal 
pudiera  presentarse  entre  los  escultores,  que,  con  la 
simple  lectura  de  una  cartilla  o  ligera  información, 
se  juzgara  habilitado  para  poner  manos  a  la  obra,  y 
aun  para  darle  cima;  pero  no  seria  yo  quien  calificara 
de  artista,  ni  siquiera  de  hombre  de  bien,  a  quien  de 
tal  suerte  procediera.  Las  obras  así  realizadas  más 
son  objeto  de  granjeria  que  de  culto,  y  el  arte  es  cosa 
seria  y  casi  sagrada.  El  pueblo  oriental  reclama,  y, 
sin  pasarse  de  exigente,  puede  reclamar  del  artista  que 
ha  de  ser  su  elegido,  algo  más  que  un  producto  suntua- 
rio o  decorativo  de  sus  manos  expertas:  le  exige  conoci- 
miento perfecto,  imagen  luminosa,  inspiración  hon- 
rada. Yo  he  hablado  lo  que  he  juzgado  necesario  para 
dar  eso  a  los  artistas;  ni  más  ni  menos.  Y,  sin  presu- 
mir haber  salido  con  mi  intención,  no  desespero  de  lle- 
gar a  producir,  en  quien  con  pureza  de  alma  me  escu- 
chare, la  vibración  inicial,  siquiera,  de  una  noble  ar- 
monía y  perdurable. 

El  decreto  a  que  obedezco,  en  que  se  llama  a  concurso 
a  los  artistas,  no  Umita  el  número  de  los  que  pueden 
acudir  al  llamado;  éstos,  los  que  han  de  escucharme, 
pueden  ser  muchos,  infinitos,  todos  los  hombres  capa- 
ces de  interesarse  por  los  bellos  espectáculos.  Esos  son, 
en  resumidas  cuentas,  los  artistas  con  quienes  hablo. 

Y  he  aquí  cómo  y  por  qué  de  estas  históricas  confe- 
rencias, tan  ingenuas  y  tan  fáciles,  puede  llegar  a  for- 
marse un  libro  sano  en  sti  moralidad,  amable  acaso 
en  su  estructura  estética,  y  plazca  al  cielo  que  no  del 
todo  fugaz  o  inconsistente. 

Juan  ZorrilIvA  de  vSan  Martín 


)(.\^l^ 


PREFACIO 

DE  ESTA  SEGUNDA  EDICIÓN 


Un  prólogo  o  prefacio  en  esta  segunda  edición  de 
I^A  Epopeya  de  Artigas  es  menos  inútil  de  lo  que 
parece.  No  se  trata  de  hacer  el  elogio  de  la  obra,  cuj^o 
autor  es  conocido;  trátase  sólo  de  que  sus  nuevos  lec- 
tores, los  extraños  sobre  todo,  sepan,  a  ciencia  cierta, 
si  van  a  leer  o  no  un  libro  auténtico.  Auténtico,  en 
este  caso,  vale  tanto  como  decir  épico  u  objetivo,  es 
a  saber,  evocador  del  espíritu  o  vida  interior,  no  de 
un  hombre,  sino  de  un  pueblo  o  nación. 

Que  fué  ese  el  propósito  del  autor,  es  fuera  de  duda; 
él  afirma  que  lo  que  quiso  fué  «realizar  una  forma  o 
símbolo,  no  sólo  veraz,  sino  imaginativo  y  pasional, 
de  la  fe  cívica  uruguaya»;  la  expresión,  no  tanto  de 
lo  que  saben,  cuanto  de  lo  que  sienten  y  aman  los 
orientales  del  Uruguay  en  su  historia;  deseó  llegar 
hasta  «hacer  desaparecer  su  propio  yo,  en  cuanto 
elle  es  compatible  con  la  sinceridad,  a  fin  de  que  la 
patria  toda  pensara  y  sintiera  en  él,  se  escuchara  a 
sí  misma  y  se  reconociera  en  sus  palabras». 

Conviene,  pues,  que  los  que  esta  edición  lej'eren 
sepan  a  qué  atenerse,  sobre  si  el  autor  ha  salido  o  no 
con  su  intento. 

T.    I.-2 


Xvni  PREFACIO 

El  Gobierno  de  la  República  dice,  en  el  Mensaje 
incorporado  a  esta  edición,  que  Zorrilla  de  San  Martín, 
para  llenar  el  encargo  que  le  confirió,  ha  escrito  una 
obra  que  la  crítica  nacional  y  la  extranjera  han  con- 
sagrado. Y,  juzgándola  merecedora  de  recompensa, 
pide  a  la  Asamblea  I/Cgislativa  la  sanción  de  una  ley 
especial  que  la  autorice,  y  conceda  los  recursos.  I^a 
Cámara  dictó  la  lej^  de  acuerdo  con  la  Comisión  res- 
pectiva, que,  constituida  por  los  diputados  Jaime 
Ferrer  Oláis,  José  Enrique  Rodó,  Ubaldo  Ramón 
Guerra,  Alberto  Zorrilla  y  Joaquín  de  Salterain,  se 
creyó  «en  el  deber  de  repetir,  con  el  Poder  Ejecutivo 
y  con  la  Comisión  Informante  del  Honorable  Senado, 
que  la  indicada  remimeración  no  era  más  que  una 
modesta  recompensa  al  autor  de  una  obra  de  valor 
absoluto  evidentemente  superior». 

Dejar  constancia,  pues,  de  dónde  y  cuándo  ha  reci- 
bido este  libro  la  consagración  extranjera,  y  ante 
todo  la  nacional,  a  que  gobierno  y  legislatura  se  re- 
fieren, es  el  objeto  del  prefacio  que  va  a  leerse. 

A  dos  clases  de  crítica  ha  dado  ocasión  hasta  ahora 
lyA  Epopeya  de  Artigas:  a  la  general  española,  que 
la  ha  juzgado  como  obra  de  arte  (la  historia  lo  es  ante 
todo),  y  a  la  ríoplatense,  que  la  ha  apreciado  también 
como  vindicación  del  héroe.  En  esta  última  conviene 
distinguir  dos  impresiones:  la  de  los  platenses  orien- 
tales, compatriotas  del  autor,  y  la  de  los  occidentales 
del  Plata  y  del  Uruguay,  que  han  conser\'-ado  el  nom- 
bre genérico  de  argentinos,  y  que,  si  bien  hermanos 
de  aquéllos  en  el  origen  y  en  los  ideales  patrios,  tienen 
que  sentirse  sorprendidos,  cuando  menos,  ante  esta 
corrección  de  la  que  ellos,  con  general  buena  fe,  han 
tenido  por  veraz  historia  de  ambos  pueblos. 

También  es  el  caso  de  consignar  la  consagración 


PREFACIO  XIX 

recibida  por  este  libro  de  parte  de  los  que  podríamos 
llamar  septentrionales  del  Plata  y  del  Uruguay:  de  los 
paraguayos.  I^a  acogida  de  éstos,  entusiasta  y  urá- 
nime,  es,  en  sí  misma,  un  dato  histórico. 

Falta  todavía  conocer  la  impresión  que  este  libro 
puede  despertar  en  el  resto  de  la  América  española. 
Esta  no  lo  conoce  aún,  pues  la  primera  edición, 
provisional,  puede  decirse,  y  entorpecida  por  su 
alto  precio,  ha  caminado  poco;  la  presente,  más 
ágil  y  andariega,  llevará  a  esos  pueblos  la  noticia  de 
su  existencia,  y  ellos  hablarán. 


II 


No  sería  fácil  encontrar  un  intérprete  más  autori- 
zado de  la  crítica  española  que  el  insigne  Marcelino 
Menéndez  y  Pelayo,  hoy  ya  inmortal,  porque  ha 
muerto.  Su  juicio  sobre  lyA  Epopeya  de  Artigas  es 
acaso  el  último  veredicto,  sobre  producción  literaria, 
que  nos  ha  quedado  de  aquel  clarísimo  ingenio.  Muy 
poco  antes  de  morir,  escribió  desde  Santander  zl  autor 
de  esta  composición  histórica: 

«Mi  querido  amigo: 

i>Recibí,  en  Santander,  a  principios  del  año,  La  Epo- 
peya DE  Artigas,  que  es,  en  efecto,  una  verdadera 
epopeya  en  prosa,  una  evocación  histórica,  realizada 
por  un  gran  poeta.  No  tengo  suficientes  datos  para 
juzgar  de  aquel  período  crítico  de  la  América  del  Sud, 
y  confieso  que  la  lectura  de  los  escritores  argentinos, 
apasionadamente  hostiles  a  Artigas,  había  creado  en 
mí  una  disposición  desfavorable  al  caudillo  oriental. 
Pero  creo   que  usted   ha  adivinado  su  pensamiento 


XX  PREFACIO 

político,  y  ha  conseguido  poner  en  clara  luz  su  extraña 
y  vigorosa  personalidad.)) 

lyO  que,  en  boca  de  Menéndez  y  Pela^^o,  significa 
ese  título  de  epopeya  en  prosa,  o  evocación  histó- 
rica, o  adivinación  de  pensamiento,  sólo  puede  ser 
apreciado  por  quien  sepa  lo  que  aquel  maestro,  tan 
avaro  de  sus  consagraciones,  generalmente  definitivas, 
entiende  por  inspiración  épica,  contrapuesta  a  la 
lírica  o  subjetiva,  o  a  la  simple  narración  documentada. 
Bl  gran  crítico  español  ha  explicado  ese  su  concepto 
de  la  creación  épica,  en  varias  de  sus  obras  magis- 
trales, y  su  veredicto  sobre  la  de  este  historiador  de 
Artigas  es  una  muy  seria  ratificación  de  lo  que  la 
Asamblea  y  el  Gobierno  uruguayo  afirman,  de  la  crí- 
tica extranjera,  con  relación  a  este  libro. 

También  Miguel  de  Unamuno,  que  ha  hecho  de  él 
un  estudio  muy  recomendable,  ha  puesto  de  relieve 
su  carácter  épico,  coincidiendo  con  Menéndez  y  Pe- 
layo  hasta  en  los  términos.  «Epopeya,  dice,  y  así  es: 
una  epopeya  en  prosa;  pero  en  prosa  poética.» 

«Se  ha  escrito  esta  obra,  agrega,  ante  todo  para  los 
artistas,  para  los  escultores,  si  bien  sea  ello  un  pretexto 
par  a  haberla  escrito.  Y  la  epopeya  es  ya  un  monumento, 
aere  perennius,  más  duradero  que  el  bronce.  Dudo 
mucho  que  artista  alguno  del  cincel  pueda  erigir, 
al  culto  y  a  la  memoria  de  Artigas,  un  monumento, 
en  mármol  o  en  bronce,  más  sólido  que  éste.  El  monu- 
mento que  el  presidente  Williman  decretaba  está 
ya  en  pie,  y  canta  como  una  estatua  no  puede  cantar.» 

«El  modo  de  hacer  Zorrilla  su  Artigas  en  nada  se 
parece  al  modo  de  hacer  Taine  su  Napoleón.  Taine 
era  un  crítico  y  un  filósofo  sistemático,  muy  grande 
en  su  campo,  pero  no,  en  rigor,  un  historiador.  Zo- 


PREFACIO  XXI 

rrilla  es,  ante  todo  y  sobre  todo,  un  poeta.  ¿Y  un  his- 
toriador? Paréceme  que  con  poesía  se  llega  mejor  a 
la  entraña,  a  la  verdad  verdadera  de  la  historia,  que  no 
con  filosofía  sistemática.  Michelet  es  más  verdadero 
que  Taine;  no  depende  de  la  documentación.» 

«De  frases  Carlylescas  está  llena  IvA  Epopeya  de 
Artigas;  pero  lo  está  mucho  más  de  frases  Sanmarti- 
nescas,  de  frases  del  mismo  Zorrilla  de  San  Martín, 
de  aquellas  sonoras  y  henchidas  que  vienen  rodando 
por  sus  escritos  desde  el  Tabaré.  Haj^  frases  de  esas 
que  valen  un  poema,  y  descripciones,  digo,  no,  na- 
rraciones, narraciones  poéticas,  que  justifican  am- 
pliamente lo  de  epopeya.  Aquella  marcha  de  Artigas 
con  su  pueblo;  aquellos  sus  últimos  años  en  el  Para- 
guay; aquel  retrato  poético,  no  pictórico,  de  don 
Gaspar  Rodríguez  de  Francia...» 


III 


Podemos  pasar  al  segundo  aspecto  crítico:  al  efecto 
producido  por  este  libro  en  la  conciencia  argentina, 
que,  malgrado  el  apasionamiento  hostil  a  Artigas, 
advertido  por  Menéndez  y  Pelayo,  no  puede  consi- 
derarse extranjera. 

Ivos  escritores  argentinos  han  guardado  silencio 
hasta  ahora  ante  I/A  Epopeya  de  Artigas;  pero 
todo  autoriza  a  creer  que  es  un  silencio  respetuoso  y 
respetable.  Sin  embargo,  una  personalidad  muy  llena 
de  carácter,  el  doctor  don  Enrique  B.  Moreno,  Minis- 
tro Plenipotenciario  de  la  República  Argentina  en 
la  Oriental  del  Uruguay,  ha  roto  aquel  silencio,  en 
estos  términos  valientes  y  precursores: 


XXn  PREFACIO 

«Montevideo,  agosto  23  de  1912. 
Siñor  do:tor  don  Juan  Zorrilla  de  San  Martín, 

Mi  ilustre  amigo: 

Tármino  en  este  momento  la  lectura  de  su  libro 
monumental,  y  le  escribo  estas  líneas  bajo  la  impresión 
profunda  que  deja  en  mi  espíritu. 

Diríase  que  el  recuerdo  de  Artigas  flotaba  impal- 
pable en  la  atmósfera  de  nuestra  historia,  casi  esfu- 
mado después  de  su  voluntario  destierro,  cuando 
usted  emprendió  la  tarea  magna,  patriótica,  de  le- 
vantar la  lápida  de  su  sepulcro,  y  mostrar  la  extraña 
personalidad  de  aquella  figura  colosal,  a  la  luz  de 
documentos  históricos  desconocidos  hasta  hoy. 

¿Vendrá  la  controversia? 

Tal  vez. 

Si  así  fuera,  j'o  formulo  im  voto,  que  es  al  mismo 
tiempo  un  augurio.  Que  el  libro  o  los  libros  que  se 
escriban,  comentando  su  Epopeya  de  Artigas,  se 
inspiren  en  los  altísimos  sentimientos  de  justicia  que 
han  dictado  las  páginas  de  su  monumento  literario. 

Mi  mano  en  la  suya,  con  la  expresión  de  mi  admi- 
ración por  su  talento, 

Enrique  B.  Moreno.» 

Esa  serena  carta,  que  parece  salir  en  una  sola  pieza, 
como  la  instintiva  exclamación  de  un  espíritu  sincero 
y  honrado,  da  la  nota  ajustada  al  diapasón  de  este 
libro.  Ningún  elogio  hubiera  podido  conmover  más 
hondamente  a  su  autor,  puede  decirse  sin  reserva, 
que  ese  rápido  estrechón  de  manos  del  representante 
de  la  patria  más  amada  y  más  servada  por  Artigas, 
después  de  la  que  lo  proclama  su  padre  y  fundador. 


PREFACIO  XXni 

Y  más  querida,  después  de  la  propia,  por  el  mismo 
vindicador  del  héroe. 


IV 


En  cuanto  al  juicio  del  Paraguay,  éste  se  expresó 
sin  reservas,  con  ocasión  de  la  visita  hecha  por  Zorri- 
lla a  ese  país,  en  el  que  fué  objeto,  por  parte  del  Go- 
bierno y  del  pueblo,  de  manifestaciones  tales  y  tan 
unánimes,  que  bien  puede  afirmarse,  con  el  Gobierno 
oriental,  que  este  libro  de  historia  uruguaya,  tan  iden- 
tificada con  la  del  Paraguay,  quedó  allí  consagrado 
por  la  crítica.  Los  más  reputados  intérpretes  de  su 
pensamiento.  Moreno,  O'Leary,  Báez,  Pane,  lo  fueron 
de  su  impresión  sobre  esta  obra,  como  lo  fueron  la 
prensa  periódica  y  la  juventud. 

«Zorrilla  de  San  Martín,  dice  el  doctor  don  CeciHo 
Báez,  es  el  pensador  más  alto  de  la  América  Latina; 
es  el  primer  orador  del  Río  de  la  Plata...» 

«lyA  Epopeya  de  Artigas,  agrega  en  su  estudio 
El  doctor  Zorrilla  historiador,  es  un  poema  en  prosa, 
en  que  vibran  al  unísono  el  aliento  poderoso  del  tri- 
buno y  la  fuerza  creadora  del  poeta.  Así  como  en  el 
alma  de  Tabaré  palpita  la  leyenda  indiana,  el  alma 
pura  y  fuerte,  inspirada  y  cálida  del  adalid  oriental 
resplandece  en  esa  epopeya  civil  de  sus  proezas. 

»Tal  es  la  concepción  histórica  de  Zorrilla  de  San 
Martín:  es  el  marco  y  el  plan  de  la  historia  del  Uru- 
guay. Bajo  este  punto  de  vista,  él  confirma  el  aserto 
de  Aristóteles,  que  dice:  el  poeta  es  superior  al  simple 
narrador  de  sucesos,  porque  la  poesía  es  la  substancia 
y  el  alma  de  la  historia. 

oGracias  a  sus  geniales  creaciones  conocemos,  pues, 


XXIV  PREFACIO 

el  alma  de  una  raza  extinta  y  la  complexión  moral  de 
la  nación  uruguaya. 

»Es  que  los  hombres  superiores  tienen  una  visión 
más  clara  de  la  realidad  que  los  demás  mortales; 
poseen,  por  decirlo  así,  la  intuición  de  las  cosas  ocul- 
tas; cierto  instinto  de  adivinación  que  les  permite 
contemplar  mejor  que  otros  los  aspectos  diversos  de 
la  verdad.  Esa  es  la  cualidad  de  los  espíritus  sagaces 
y  de  los  genios.  lyos  mejores  historiadores  son  los  que 
nos  hacen  conocer  el  pasado  de  la  humanidad  en  toda 
su  variedad  y  plenitud  orgánica,  y,  especialmente, 
el  genio  de  cada  pueblo.  A  ese  grupo  selecto  de  histo- 
riadores pertenece  el  bardo  oriental,  quien,  por  la 
índole  de  sus  creaciones,  es  un  psicólogo  y  un  soberbio 
evocador  del  pasado.» 

El  doctor  Pane  dice  a  Zorrilla:  «Habéis  completado 
la  trilogía:  La  Leyenda  Patria,  vuestra  oda  por  exce- 
lencia; el  Tabaré,  vuestra  epopeya  o  alegoría  epopé- 
yica;  I/A  Epopeya  de  Atítigas,  vuestras  nueve  musas 
juntas. 

»Seguid  habiéndonos  de  Amor  y  de  Poesía,  esto  es, 
de  Tabaré  y  de  Artigas.  Porque  así  como  esos  dos 
amores,  sexual  el  uno  y  patrio  el  otro,  se  confunden 
en  el  seno  materno  de  la  misma  inspiración,  así  ambos 
amores  orientales  se  hermanan  con  nuestro  amor  pa- 
trio: Tabaré  es  el  amor  del  Paraguay;  Artigas  es  el 
amor  al  Paraguay.» 

Y  el  doctor  don  Fulgencio  Moreno,  por  fin,  para  no 
maltiplicar  las  citas  demasiado,  decía  a  su  auditorio: 
«Este  huésped  uruguayo  es  realmente  un  amigo  nues- 
tro; es  un  antiguo  y  leal  amigo,  que  ha  vi\ido  algo 
de  nuestra  vida,  a  pesar  de  todas  las  distancias;  por- 
que dentro  de  su  corazón  han  resonado  también  los 
acordes  lejanos  de  nuestro  pasado,  que  hemos  sentido 


PREFAao  XXV 

vibrar,  de  un  modo  inconfundible,  en  las  estrofas  de 
sus  cantos  y  en  los  períodos  armoniosos  de  su  prosa». 
Con  esas  notas,  extraídas  entre  muchas  de  igual 
naturaleza,  está  llenado  el  objeto  de  este  Prefacio 
con  relación  a  la  república  paraguaya. 


V 


Parece  ahora  innecesario  decir  que  la  autenticidad 
de  lyA  Epopeya  de  Artigas  ha  quedado  popularmen- 
te ratificada  por  el  pueblo  oriental;  conviene,  sin  em- 
bargo, que  quede  aquí  la  voz  de  algunos  de  sus  intér- 
pretes. La  más  propicia  de  las  ocasiones  de  hacerse 
oir  se  ofreció  al  aparecer  el  libro.  Este  precedió  de 
cerca  la  solemne  conmemoración,  en  mayo  de  1911, 
de  la  batalla  de  Las  Piedras.  Gobierno  y  pueblo  cele- 
braron entonces  el  centenario  de  la  patria;  erigieron 
en  el  campo  de  la  batalla  un  bello  obelisco,  y,  en  los 
días  de  la  fiesta,  el  entusiasmo  de  las  multitudes  dijo 
sus  verdades. 

Ahora  bien,  en  esos  actos  se  vio  cómo  el  autor  de 
este  libro  ha  logrado  su  intento  de  rapsoda;  cómo  aquel 
pueblo  pensaba  y  sentía  en  él,  y  se  escuchaba  y  reco- 
nocía en  las  palabras  de  su  boca.  Acaba  de  aparecer 
(diciembre  de  191 2)  un  libro.  El  Centenario  de  la 
Batalla  de  Las  Piedras,  publicado  por  la  Dirección 
General  de  Instrucción  Primaria,  y  nada  más  condu- 
cente al  propósito  de  este  Prefacio  que  reproducir 
algo  de  lo  que  en  aquél  se  dice. 

La  forma,  en  primer  lugar,  en  que  el  autor  de  La 
Epopeya  de  Artigas  hizo  pasar  su  espíritu  por  sobre 
las  cabezas  de  sus  conciudadanos  está  descrita  así: 
«Dictadas  las  leyes  y  decretos  que  ordenaban  la  ce- 


XXVI  PREFACIO 

lebración  de  aquel  glorioso  aniversario,  faltaba  que 
la  palabra  humana  despertase,  por  la  evocación  de 
los  grandes  recuerdos,  el  sentimiento  y  entusiasmo 
populares.  Bsa  hermosa  misión  correspondió,  entre 
otros,  al  doctor  Zorrilla  de  San  Martín,  que  pronvmció 
la  primera  y  la  última  conferencias,  siempre  elocuente, 
sincero  e  inspirado.  Él  dio  su  palabra,  sin  limitación, 
cada  vez  que  le  fué  reclamada,  y  sin  imponer  plazos 
ni  condiciones.  Bien  es  verdad  que  no  necesitaba  para 
ello  de  preparación,  y  que  no  le  era  difícil  satisfacer 
su  propio  anhelo  y  el  de  sus  compatriotas.  El  doctor 
Zorrilla  acababa  de  escribir  el  libro  que  le  había  sido 
encomendado  por  el  Gobierno;  su  espíritu,  lleno  de  las 
ideas,  de  las  verdades,  de  los  recuerdos,  de  las  nobles 
pasiones  que  animan  esa  su  Epopeya  de  Artigas, 
conservaba  la  vibración  inicial  que  la  había  inspirado, 
y  el  verbo  que  sacude  multitudes  brotaba  de  su  boca, 
como  el  agua  de  la  fuente,  con  sólo  abrirla.  Su  palabra 
fué,  pues,  la  más  copiosa  en  las  fiestas  del  Centenario 
de  Las  Piedr as;  T^ronnnció  la  primera,  que  fué  la  des- 
pertadora del  sentimiento  nacional,  en  la  conferencia 
que,  invitado  por  el  magisterio,  dio,  en  el  Ateneo  de 
Montevideo,  el  27  de  abril.  El  25  de  mayo,  en  la  inau- 
guración del  monumento  erigido  en  elmismo  campo  de 
la  batalla,  pronunció,  en  representación  de  la  comisión 
oficial  del  centenario,  de  que  formaba  parte,  el  dis- 
curso que  clausuró  aquel  acto;  en  la  manifestación 
organizada  por  la  juventud  de  Montevideo,  fué  en- 
cargado por  ésta  de  dirigir  al  pueblo  la  palabra,  y 
lo  hizo  en  la  plaza  de  Cagaficha,  ante  una  multitud 
que  lo  aclamaba.  En  la  gran  velada  social  que  el  Co- 
mité de  la  Juventud  organizó  en  el  teatro  de  Solís, 
el  discurso  en  honor  de  los  vencedores  en  el  concurso 
estaba  encargado  a  un  distinguido  orador;  éste  se 


pREFAao  xxvn 

inhabilitó  la  víspera  del  acto,  y  la  juventud  organiza- 
dora recurrió,  una  vez  más,  a  Zorrilla  de  San  Martín; 
era  el  único  que,  en  tales  circunstancias,  de  la  noche 
a  la  mañana,  podía  salvar  la  situación.  Zorrilla  la 
salvó,  pronunciando  un  resonante  discurso...  Además 
de  eso,  habló  en  distintas  ocasiones,  con  motivo  del 
centenario:  dio  una  elocuente  lección  de  historia  pa- 
tria al  profesorado  y  alumnos  del  colegio  seminario 
de  Montevideo;  tomó  parte  en  el  acto  de  apoteosis 
realizado  en  el  Chih  Solís  de  Las  Piedras;  habló  varias 
veces,  desde  su  domicilio  particular,  al  pueblo  que 
lo  acompañaba  hasta  él,  después  de  sus  conferencias; 
prodigó,  según  se  ha  dicho,  como  un  fuerte  obrero  del 
pensamiento,  su  palabra  y  su  concurso,  sin  limitación 
ni  condiciones,  siempre  y  cu  ando  le  fueron  reclamados, 
para  honrar,  y  hacer  conocer  y  sentir  y  amar  las 
tradiciones  de  la  patria.» 

Numerosos  fueron,  en  la  prensa  y  en  la  tribuna, 
los  órganos  de  esa  consagración  nacional  de  este  libro. 
Debe  consignarse,  en  primer  término,  el  testimonio 
del  mismo  Inspector  Nacional  de  Instrucción  Pública, 
doctor  don  Abel  J.  Pérez.  Bn  el  bello  estudio  con  que 
precede  la  publicación  antes  recordada,  el  doctor 
Pérez,  después  de  rendir  justo  homenaje  a  los  obreros 
de  tres  décadas  en  la  obra  de  la  vindicación  de  Ar- 
tigas, Carlos  María  Ramírez,  Justo  Maeso,  Francisco 
Bauza,  Clemente  Fregeiro,  Isidoro  de  María,  Eduardo 
Acevedo,  adjudica  su  puesto  épico  a  esta  composi- 
ción histórica,  diciendo: 

«Realizada  la  obra  reivindic adora  con  el  esfuerzo 
combinado  de  tantos  ciudadanos  eminentes,  el  pro- 
ceso histórico,  con  toda  su  preciosa  e  irrefutable  do- 
cumentación, estaba  terminado;  pronto  a  pronunciarse 
el  fallo  triunfador.  Pero  si  a  la  mirada  de  la  ciencia 


XXVIll  PREFAÜO 

todo  se  había  hecho;  si  todo  se  había  acumulado  para 
la  solución  sincera  y  amplia  de  un  litigio  siempre 
latente,  siempre  en  suspenso,  faltaba,  en  cambio,  a 
esa  obra,  la  suprema  caricia  de  la  santa  poesía,  que 
da  vida  al  mármol  y  al  bronce,  que  engrandece  la 
acción  humana,  y  que,  volando  sobre  las  pasiones 
de  un  minuto,  es  la  única  capaz  de  condensar,  en  su 
acción  deslumbradora,  el  alma  de  cada  pueblo,  el  es- 
píritu de  cada  patria;  ella,  alienta  a  la  lucha,  cuando 
la  defensa  propia  le  impone  el  sacrificio;  llora  y  con- 
suela en  los  dolores  con  el  himno  de  las  esperanzas; 
canta  y  perpetúa  los  triunfos  inmortalizados  en  es- 
trofas, y,  tomando  en  sus  alas  a  los  héroes  que  caen 
en  la  contienda,  los  lleva,  al  través  de  las  edades, 
reverdeciendo  perpetuamente  sus  laureles,  engran- 
deciendo sus  nombres  y  sus  acciones,  poetizando  su 
último  sueño,  y  atrayendo  sobre  sus  tumbas,  con  sus 
cantos,  el  holocausto  de  las  generaciones  nuevas, 
que  realizan  y  consagran  las  apoteosis. 

»Esa  ha  debido  ser,  y  esa  ha  sido,  la  noble  misión 
de  Zorrilla  de  San  Martín,  el  poeta  nacional  por  ex- 
celencia, el  cantor  inspirado,  cuya  lira  parece  tener 
por  misión  mantener  el  culto  bendito  de  nuestros 
lares  patrios,  y  el  fuego  sagrado  del  alma  nacional.» 

Oiremos  ahora  a  los  intérpretes  de  la  nueva  gene- 
ración. Pérez  Sánchez,  por  ejemplo,  dice  en  su  dis- 
curso: 

«Para  las  almas  que  sienten;  para  los  que  elegimos 
la  vida  en  que  vamos,  con  sus  risas  y  llantos  de  placer 
o  dolor,  antes  que  la  vida  de  las  regiones  heladas  en 
que  hasta  las  lágrimas  se  congelan  al  caer;  para  los 
que  no  dudamos  de  Artigas,  porque  vimos  en  él  al 
verdadero  padre,  que,  abandonado  en  el  antro  de 
la  selva,  esperó,  hasta  morir,  la  vuelta  de  sus  hijos 


PREFAÜO  XXIX 

pródigos;  para  todos,  en  fin,  para  la  humanidad  en- 
tera, ahí  queda  el  Artigas  de  Zorrilla  de  San  Martín, 
la  palabra  cálida,  el  acento  vibrante,  la  prédica  gene- 
rosa del  más  grande  orador  del  habla  castellana.» 

V  dijo  el  doctor  José  Pedro  Segundo  a  la  sociedad 
congregada  en  el  teatro  SoUs: 

«Sería  curioso  seguir  la  rehabilitación  artiguista, 
desde  la  leyenda  adversa  hasta  la  gloria  de  hoy... 
lyc  veríamos,  por  ejemplo,  en  Carlos  María  Ramírez, 
héroe  digno  de  laurel,  pero  todavía  contrabandista 
y  antipatriota  en  el  abandono  del  segundo  sitio  de 
Montevideo;  en  Francisco  Bauza,  personal  e  impul- 
sivo en  extremo,  pero,  sobre  todo,  inferior,  puesto 
que  no  supo  morir...;  en  Ivorenzo  Barbagelata,  limpio 
de  toda  mancha  en  su  juventud,  que  era  el  período 
más  tenebroso;  en  Eduardo  Acevedo,  moral  e  histó- 
ricamente superior  a  todos  los  hombres  de  Mayo; 
en  Héctor  Miranda,  redactor  personal  de  las  famo- 
sas Instrucciones,  para  llegar,  por  fin,  a  I^a  Epopeya 
de  Zorrilla  de  San  Martín,  donde  el  guerrero  alcanza 
las  alturas  del  «Héroe»  de  Carlj^le,  motor  del  mundo, 
y  necesario  en  la  historia  para  la  revelación  del  se- 
creto destino  de  su  pueblo.» 

Oigamos,  para  terminar,  al  doctor  Héctor  Miranda, 
autor  del  estudio  sobre  las  Instrucciones  del  año  13  a. 
que  José  Pedro  Segundo  se  refiere,  y  que,  arrebatado 
prematuramente  por  la  muerte,  es  hoy  objeto  de  apo- 
teosis por  parte  de  la  juventud  americana: 

«Artigas  es  el  hombre  completo,  el  tipo  clásico  del 
hombre  afirmativo  y  dinámico...  El  concepto  de  Ar- 
tigas pensador  y  fundador  (fundador  de  la  patria 
y  precursor  de  la  independencia  absoluta),  héroe  pro- 
vincial, nacional  y  continental,  el  de  vistas  más  cla- 
ras y  visiones  más  altas,  se  hace  cada  día  más  nítido, 


XXX  PREFACIO 

más  real,  y,  al  mismo  tiempo,  más  grande  y  más  bello. 

»Hay  una  enorme  distancia  del  Artigas  de  los  pri- 
meros cronistas  y  de  las  primeras  consagraciones, 
el  temerario  guerrillero  indómito  en  su  leonera  ma- 
tinal, simple  blandengue  de  la  patria,  de  melena  al 
viento  en  el  recio  entrevero,  al  Artigas  del  presente, 
estadista  y  patriarca,  soñador  y  hombre,  en  que  el 
cerebro  que  piensa  prima  sobre  la  mano  que  batalla, 
y  en  que  el  sable  de  Las  Piedras  cede  su  puesto  a  la 
pluma  de  las  Instnicciones. 

»Hay  una  diferencia  esencial  entre  ese  concepto 
nebuloso  e  instintivo  y  la  admiración  ponderada  y 
consciente  déla  hora  que  corre,  como  hay  un  notable 
paso  desde  la  masa  documental  inconexa  de  Justo 
Maeso,  al  ordenamiento  seriado  de  Eduardo  Acevedo; 
desde  la  improvisación  vivaz  y  resonante  de  Carlos 
María  Ramírez,  a  la  apología  razonada  y  épica  de 
Zorrilla  de  San  Martín,  libro  terminal,  monumento  que 
habla,  historia  viva,  más  perenne  que  mármoles  y 
bronces,  poblada  de  hombres  que  andan,  de  jaguares 
que  aullan  y  de  muchedumbres  que  palpitan.» 

Después  de  las  populares,  una  última  consagración 
oficial  de  este  libro  puede,  y  aun  debe,  agregarse  a 
las  que  primero  lo  reconocieron  fiel  intérprete  de  la 
fe  cívica.  El  nuevo  Gobierno  de  la  nación,  en  marzo 
de  1915,  acordó  la  conmemoración  centenaria  del 
día  en  que  fué  enarbolada,  por  primera  vez,  en  Mon- 
tevideo, la  bandera  tricolor  de  Artigas.  Con  el  mensaje 
de  práctica,  envió  un  proyecto  de  ley  a  la  Asamblea 
I/egislativa;  y  en  aquel  mensaje,  como  único  y  su- 
ficiente fundamento  de  la  ley  que  fué  sancionada  y 
llevada  a  ejecución  brillante,  transcribe  la  página 
de  este  libro  en  que  se  expresa  lo  que  aquel  pabellón 
significa  en  la  historia  nacional  y  en  la  de  América. 


PREFACIO  XXXI 


VI 


Basta  con  lo  dicho  para  que  los  lectores  de  esta 
Epopeya  de  Artigas  sepan,  a  ciencia  cierta,  que  leen 
una  rapsodia  recogida  en  un  ambiente  vivo  por  quien 
lo  ha  vivido  y  respirado.  En  esta  segunda  edición 
el  autor  no  ha  rectificado  en  casi  nada  el  relato  de 
la  primera;  pero  lo  ha  ampliado  tanto,  y  tanto  lo  ha 
enriquecido  con  nuevos  hechos  documentados;  de  tal 
manera  ha  cuidado  su  estilo  y  ajustado  las  propor- 
ciones de  su  forma  estética,  que  la  otra  edición,  apre- 
miada por  perentorio  plazo,  pudiera  ser  considerada 
como  el  anuncio  o  primera  prueba  de  la  presente, 
completa  y  definitiva.  En  ésta  figuran  copiosos  do- 
cumentos inéditos;  nuevos  retratos  o  semblanzas  de 
personajes,  agregados  a  la  ya  larga  galería  anterior, 
y  presentados  en  su  ambiente,  vivos,  con  todo  su 
color  personal  y  su  significado  sociológico;  nuevos 
elementos,  por  fin,  para  que  los  hombres  del  presente 
puedan  ser  testigos  personales  de  los  hechos  pasados, 
y  juzgarlos  por  sí  mismos. 

Y  si  se  tiene  en  cuenta  que  esta  edición,  por  su 
precio  y  número,  llegará  adonde  la  otra  no  pudo  llegar, 
podemos  decir  que  es  ahora  cuando  este  libro  aparece. 

No  es  probable  que  desaparezca  sin  dejar  huella, 
y  será  inútil  ponerle  trabas;  es  preciso  abrirle  paso. 
Con  ese  solo  objeto,  y  sólo  para  esta  edición,  ha  sido 
escrito  este  Prefacio. 

Montevideo,  191 5. 


i^\ 


^ 


\\ 


CONFERENCIA  PRIMERA 

INTRODUCCIÓN 

Omgen  y  carActer  de  estas  conferencias. — El  dios  interior. 

I<A —  CIUDAD  DE  IS. — El  PASADO  ANTE  EL  PRESENTE. — ^EL  GRAN 
CALUMNIADO  DE  LA  HISTORIA  AMERICANA. — I<A  MISIÓN  DE  LOS 
RAPSODAS. — El    ATRACTIVO    DE    LA    FRIVOLIDAD. 


Amigos  artistas: 

El  Gobierno  de  la  República  ha  querido  que  hable 
en  su  nombre  con  vosotros,  los  que  os  disponéis  a 
satisfacer  la  necesidad  que  experimenta  el  pueblo 
oriental  de  dar  forma  artística  perdurable  al  más 
alto  exponente  de  su  vida  y  de  su  gloria.  Tengo  que 
haceros  conocer  y  sentir,  sentir  sobre  todo,  por  medio 
de  palabras  musicales,  el  personaje  que  vais  a  inter- 
pretar. 

Debo  reunirme,  pues,  con  vosotros,  no  tanto  para 
investigar  sucesos  o  controvertir  problemas  histó- 
ricos, cuanto  para  suministraros  datos,  elementos 
gráficos,  síntesis  cronológicas,  y,  sobre  todo,  para 
hablar  de  nuestra  historia,  de  modo  que  mis  palabras 
penetren  vivas  en  vuestras  almas,  dejen  en  ellas  im- 
presiones sinfónicas,  despierten  imágenes  visibles, 
evoquen  personas  reales,  y  hagan  surgir  en  vuestra 

T.  I.-3 


2  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

imaginación  un  monumento  habitado  por  un  espí- 
ritu. 

Bueno  será  que  establezcamos,  según  eso,  la  natu- 
raleza y  el  carácter  que  van  a  tener  nuestras  conver- 
saciones. Al  hablaros  de  un  héroe,  yo  no  podré  menos 
de  sentir,  lo  confieso,  la  influencia  de  Carlyle,  el  in- 
tenso pensador  inglés,  que  es  quien  más  sinceramente, 
me  parece,  nos  ha  hablado  de  los  tales  héroes. 

Y  dice  ese  insigne  maestro:  «Aquel  que,  de  cual- 
quier manera,  nos  hace  ver,  mejor  de  lo  que  antes 
sabíamos,  la  hermosura  de  un  lirio  de  los  campos, 
¿no  nos  lo  presenta  como  un  efluvio  de  la  fuente  de 
toda  belleza,  o  como  la  escritura  visible  del  Gran 
Hacedor  del  Universo?  El  ha  cantado  para  nosotros, 
y  nos  ha  hecho  cantar  con  él,  un  versículo  de  un  sa- 
grado salmo.  ¡Cuánto  más  no  hará  el  que  canta,  el 
que  cuenta,  o  el  que  inocula  en  nuestros  corazones 
los  nobles  hechos,  los  sentimientos,  los  dolores  y  las 
grandes  hazañas  de  uno  de  nuestros  humanos!» 

Creo  que,  pues  tratamos  de  la  erección  de  un  al- 
tar cívico,  es  esa  mi  misión  para  con  vosotros;  tal 
es,  cuando  menos,  la  que  me  propongo  desempeñar. 

No  es  tanto  la  de  mostraros  el  lirio  de  los  campos, 
cuanto  la  de  haceros  notar  y  sentir  intensamente 
su  expresión  estética;  no  tanto  haceros  conocer  de 
cerca,  y  con  la  más  escrupulosa  verdad,  a  Artigas, 
cuanto  haceros  advertir  su  forma  homérica,  la  reve- 
lación de  un  principio  espiritual  que  hay  en  su  carne 
de  hombre,  y  la  virtud,  en  grado  heroico,  que  lo  hace 
objeto  de  nuestro  culto  nacional. 

Os  veo  a  todos  a  mi  lado,  atentos,  dispuestos  a 
recoger  las  ideas  e  inspiraciones  que  puedan  encen- 
derse en  mi  boca;  os  miro  y  os  hablo  como  a  amigos 
íntimos,  como  a  hermanos  identificados  conmigo,  y 


INTRODUCCIÓN ,  3 

con  mi  tierra,  en  un  común  sentimiento  de  amor  a 
un  ideal  de  verdad  y  de  belleza,  que  forma  el  culto 
cívico  de  una  nación  amable,  y  que  busca  forma  en 
mis  palabras  primero,  y  la  buscará  en  el  mármol,  o 
en  el  bronce  en  que  vais  a  inocular  vuestro  espíritu, 
después. 

¿Y  cómo  realizar  esa  identificación,  si  os  miro  a 
los  ojos,  y  sólo  reconozco  a  algunos  de  vosotros,  a  los 
que  son  mis  hermanos  en  la  patria,  y  que,  como  yo, 
aman  y  sienten  la  tradición  materna  americana,  y, 
dentro  de  ésta,  con  mayor  intensidad,  la  fe  tradicio- 
nal de  la  nación  oriental  o  uruguaya? 

Sois  europeos  la  mayor  parte  de  vosotros,  los  gran- 
des, los  indiscutidos;  estáis  compenetrados  de  vuestra 
historia  secular;  sentís  el  tipo  heroico  de  vuestras 
patrias  respectivas;  también,  por  vuestra  educación 
clásica,  os  es  conocido  el  ambiente  romano,  y  el  griego, 
y  el  egipcio,  y  el  caldeo,  y  el  árabe.  Veis  los  héroes 
de  hierro  de  la  reconquista  española,  las  armaduras 
de  plata  de  los  Nibelungos,  los  blancos  alquice- 
les o  albornoces  sobre  el  fondo  de  los  arcos  de  herra- 
dura, o  sobre  el  ocre  del  desierto;  vuestra  formación 
estética  os  hace  familiares  los  héroes  de  Homero, 
y  las  visiones  de  Dante,  y  los  hombres  vivos  de  Sha- 
kespeare, y  los  guerreros  muertos  de  Ossián.  Pero 
nuestra  América,  sus  tradiciones,  sus  héroes,  sus  le- 
yendas, con  ser  como  son  tan  recientes,  y  acaso  por 
eso  mismo,  son  para  vosotros  algo  exótico,  que  mi- 
ráis quizá  con  indiferencia  (iba  a  decir  con  desdén) 
y  que  no  despierta  en  vuestras  almas  el  dios  interior 
que  emerge  de  la  sombra,  en  las  entrañas  del  artista, 
cuando  éste  siente  moverse  en  ellas  el  nuevo  ser, 
engendrado  en  el  misterio  de  la  vida  por  el  pensa- 
miento germinal. 


4  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Y  sin  embargo,  es  preciso  que  ese  dios  aparezca  en 
vosotros,  si  habéis  de  realizar  una  obra  digna  de  vos- 
otros mismos  y  del  pueblo  que  ha  contado  con  vues- 
tro ingenio.  Esa  es  mi  misión:  evocarlo  con  palabras 
que  sean  soplo  de  espíritu,  ráfagas  de  vientos  sono- 
ros y  sagrados,  saturados  del  polen  de   desconocidos 
estambres.  Y  sólo  así  realizaréis  obra  sincera,  obra 
de  fe.  Y  el  espíritu  no  se  retirará  jamás  de  vuestro 
bronce,  ni  convertirá  vuestro  monumento  en  idolá- 
trico emblema.  Tengo  la  esperanza  de  haceros  cre- 
yentes,  hombres  de  fe  milagrosa;  confío  en  lograr 
despertar    vuestra   triunfante    visión   interna,    cual- 
quier quesea  el  nombre  de  vuestra  patria;  cualesquiera 
vuestros  dioses  y  vuestros  mitológicos  altares.  Tengo  fe 
absoluta  en  la  intensidad  del  tipo  que  se  ofrece  a 
vuestra  creación,  en  su  carácter  original,  en  sus  pro- 
yecciones, en  su  obra,  en  el  nimbo   de  luz  que  lo 
envuelve  y  compenetra.  Vais  a  estar  en  presencia 
de  un  héroe:  un  creador,  un  mensajero.  Con  sólo  mos- 
trároslo, yo  removeré   en  vosotros  la  idea  absoluta 
de  patria;  y  ésta  es  la  misma  en  todas  las  regiones 
y  en  todos  los  hombres,  sea  cual  fuere  la  forma  en  que 
se  ofrezca.  Vais  a  ver  cómo  nace  una  patria  entre 
los  cortinajes  de  nubes  tempestuosas  que  envuelven 
su  cuna,  y  recordaréis  la  frase  de  Job,  el  viejo  enor- 
me, dirigida  a  Dios:  «Tú  envolviste  la  tierra  en  sus    j 
nieblas,  como  se  envuelve  un  niño  en  sus  pañales»,    j 
Vais  a  verla  nacer,  como  el  árbol  de  su  simiente  casi    j 
imperceptible,  con  el  solo  concurso  del  cielo  y  de  la    i 
tierra:  aire,  sol,  humus,  fuerza  o  ley  misteriosa  de    f 
universal  germinación.  Voy  a  mostraros  a  Artigas,    \ 
que  se  proyecta,  como  un  mito,  sobre  el  fondo  obscuro    >: 
de  nuestros  tiempos  heroicos;  a  haceros  conocer  su   í 
época  y  su  ambiente,  con  la  mayor  plasticidad  po-   - 


INTRODUCCIÓN  5 

sible;  su  significado;  la  enorme  proyección  de  su  som- 
bra en  el  cuadro  espléndido  de  la  revolución  de  Amé- 
rica, y  su  perpetua  palpitación  subterránea  bajo  el 
suelo  sagrado  que  los  orientales  pisamos,  y  amamos, 
y  sentimos  latir  en  nosotros  mismos. 

«El  mármol  tiembla  ante  mí»,  decía  el  escultor 
Puget.  Yo  tiemblo  ante  el  mármol,  al  pretender 
desempeñar  mi  misión;  miro  de  alto  abajo  la  figura 
monolítica  del  héroe  del  Uruguay,  y  entro  en  un  te- 
meroso recogimiento. 


II 


«Cada  botón,  dice  Amiel,  no  florece  más  que  una 
vez,  y  cada  flor  no  tiene  más  que  un  minuto  de  per- 
fecta belleza.  Así,  en  el  huerto  del  alma,  cada  sen- 
timiento tiene  su  momento  floreal.»  Yo  quisiera, 
mis  queridos  artistas,  poneros  en  contacto  con  mi 
espíritu,  sólo  en  los  momentos  cenitales,  en  que, 
como  todo  espíritu  de  hombre,  tiene  relámpagos  de 
faro;  pero  esos  momentos  brillan  y  pasan.  No  podemos 
sentarnos  a  esperar  el  paso  de  esos  frágiles  instantes. 
No  hay  tiempo  que  perder.  Hablemos,  pues. 

Recuerdo  que,  no  hace  muchos  años,  me  cupo  tam- 
bién el  honor  de  dar  el  canon  de  la  estatua  de  I^ava- 
lleja,  que,  modelada  por  nuestro  pujante  artista  na- 
cional Juan  Ferrari,  que  me  escucha  entre  vosotros, 
se  levanta  hoy  en  la  plaza  de  la  ciudad  de  IVIinas. 

Yo  os  aseguro  que  no  sentí  entonces  lo  que  ahora; 
mi  tarea  fué  muy  sencilla;  no  vacilé  un  momento: 
un  rato  de  introspección;  media  hora  de  conversa- 
ción con  el  artista;  una  docena  de  páginas  escritas, 
fueron  bastante.  I^a  valle  ja  fué  un  soldado,  un  sol- 


6  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

dado  instintivo,  temerario,  heroico,  al  que  los  suce- 
sos arrastraban  a  la  gloria;  Ivavalleja  es  un  grito  de 
batalla.  Montadnos  a  caballo  un  héroe,  artista  amigo; 
aquí  tenéis  su  uniforme  y  su  figura  física;  montád- 
noslo en  un  caballo  nutrido  del  trébol  y  de  la  grami- 
11a  de  la  patria,  nervudo,  inteligente,  sofrenado  por 
un  brazo  de  hierro;  poned  ese  jinete  en  medio  del 
combate  por  la  tierra  nativa;  hacedle  alzar  la  cabeza 
para  que  se  le  vea  bien  una  luz  que  lleva  en  la  frente, 
como  una  cicatriz;  hacedle  salir  de  los  labios  de  bron- 
ce un  grito  perdurable,  y  habréis  creado  a  I^avalleja. 

Hoy  tengo  que  dar  el  canon  de  Artigas. 

¡Oh!  Artigas  es  otra  cosa.  Os  equivocaríais  si  vie- 
rais en  él  un  soldado,  una  batalla,  un  grito,  un  eje- 
cutor. Artigas,  oh  hermanos,  ha  sido  un  enigma; 
fué  un  silencio,  un  enorme  silencio.  Se  ha  dicho  que 
el  silencio  y  el  reposo  son  el  estado  divino,  porque 
toda  palabra  y  todo  gesto  son  pasajeros. 

Itos  orientales  creemos  poseer,  en  ese  hombre  Ar- 
tigas, no  sólo  al  héroe  de  la  patria,  sino  al  de  la  Amé- 
rica Española  independiente;  al  del  Río  de  la  Plata 
sobre  todo.  Él  es  la  personificación  más  alta  y  más 
genuina  del  nacer  tempestuoso  del  continente  que 
descubrió  Colón,  a  la  vida  de  la  independencia  polí- 
tica, y,  sobre  todo,  a  la  de  la  democracia  triunfante, 
la  verdadera,  la  sola  independencia.  El  es  la  fe  en 
el  pueblo  americano. 

Artigas  está  sentado  entre  un  sepulcro  y  una  cuna; 
entre  el  morir  de  la  soberanía  del  hombre  sobre  el 
pueblo,  y  el  nacer  de  la  soberanía  del  pueblo,  instru- 
mento de  Dios,  sobre  el  hombre  en  sociedad;  él  en- 
carna en  absoluto  lo  segundo.  Veréis,  en  torno  y  al 
lado  suyo,  figuras  encendidas,  pero  crepusculares, 
mezcla  de  luz  y  sombra,  con  vestigios  del  pasado  y 


INTRODUCCIÓN  7 

reflejos  del  porvenir,  con  ideas  monárquicas  hereda- 
das y  anhelos  de  independencia,  es  decir,  la  apa- 
riencia, la  no  entidad.  Artigas  es  el  héroe  autóctono, 
la  realidad:  en  él  no  hay  crepúsculo;  el  sol  naciente 
le  da  en  la  cara,  y  dibuja  con  fuego  sus  contornos 
rígidos.  Veréis,  pues,  en  él,  los  rasgos  propios  del  men- 
sajero, del  héroe:  la  soledad,  la  visión  pro f ética,  la 
revelación  del  mensaje  divino,  el  secreto  manifiesto, 
que  acaban  todos  por  entender.  Veréis,  por  consi- 
guiente, al  lado  de  la  admiración  rayana  en  culto, 
el  desconocimiento,  la  contradicción,  la  persecución, 
el  odio;  la  corona,  por  fin,  que,  como  la  de  todos  los 
héroes,  será  de  espinas.  Y  la  resurrección. 


III 


Bl  monumento  que  vais  a  crear,  hermanos  artis- 
tas, se  erigirá  en  Montevideo,  en  un  alto  promonto- 
rio; será  el  altar  cívico  de  la  Patria  Oriental.  Pero, 
además  de  eso,  él  va  a  representar  una  sideral  apari- 
ción en  nuestra  América,  que  aun  no  ha  fijado  bien 
las  estrellas  polares  en  su  celeste  planisferio  histó- 
rico. Como  esos  astros  cuya  luz  aun  no  ha  llegado 
a  la  tierra.  Artigas  no  ha  sido  visto,  ya  no  digo  en  el 
mundo,  pero  ni  siquiera  en  América.  Su  aparición 
va  a  sorprender  a  muchos;  pero  acabará  por  impo- 
nerse a  todos. 

Por  causas  que  os  haré  meditar,  una  leyenda  ve- 
nenosa, una  fatal  conspiración  histórica  ha  pesado, 
hasta  no  hace  mucho  tiempo,  sobre  la  memoria  de 
este  nuestro  Artigas,  y  sobre  el  corazón  de  la  Patria 
Oriental,  por  consiguiente;  una  maligna  conspiración 
de  irracionales  odios  y  de  rencores  injustos,  que  nos 


8  LA.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

ha  hecho  padecer  muchas  congojas.  La  historia  ame- 
ricana ha  sido  un  sepulcro,  más  que  un  sepulcro,  un 
infernal  cerco  dantesco,  para  ese  altivo  desdeñoso 
de  la  gloria.  No  sin  mucha  razón,  el  Gobierno  de  mi 
país,  en  el  elocuente  decreto  en  que  me  encarga  que 
os  instruya  de  su  intención,  llama  a  Artigas  el  gran 
calumniado  de  la  historia  americana. 

Acaso  recordaréis  la  leyenda  de  aquella  Ciudad  de 
Is,  de  que  nos  habla  Renán  en  sus  Recuerdos  de  in- 
fancia y  juventud;  aquella  ingenua  historia  de  una 
villa  tragada  por  el  mar,  narrada  por  los  pescadores 
de  la  comarca  bretona.  Éstos  aseguran  que,  en  los 
días  de  tempestad,  se  ven  las  puntas  de  los  campana- 
rios de  la  villa  sumergida,  en  el  hueco  de  las  olas. 
Y,  en  los  días  de  calma,  sube  desde  el  abismo,  y  se 
oye  vagamente,  el  lejano  son  de  sus  campanas  me- 
lodiosas. 

Así  ha  estado  resonando,  para  muchos  americanos, 
mis  amigos  artistas,  el  nombre  de  este  Artigas,  en 
medio  de  las  sombras  y  de  las  olas  que  amontonaron 
sobre  él,  cometiendo  un  grande  error,  los  que  habla- 
ron primero,  y  en  voz  más  alta,  de  la  historia  de  los 
tiempos  heroicos  del  Río  de  la  Plata. 

«El  error  más  odioso,  dice  Renán,  al  contarnos  la 
leyenda  bretona,  es  creer  que  se  sirve  a  la  patria 
calumniando  a  los  que  la  han  fundado.  Todos  los 
siglos  de  una  nación  son  las  hojas  de  un  mismo  libro. 
I/)s  verdaderos  hombres  de  progreso  son  aquellos 
que  tienen,  como  punto  de  partida,  un  profundo  res- 
peto hacia  el  pasado.  Todo  cuanto  hacemos,  todo 
cuanto  somos,  es  el  resultado  de  un  trabajo  secular. 
En  cuanto  a  mí,  jamás  me  siento  más  firme  en  mi 
fe  liberal  que  cuando  pienso  en  los  milagros  de  la 
antigua  fe,  ni  más  ardiente  en  el  trabajo  del  porve- 


INTRODUCCIÓN  9 

nir  que  cuando  paso  las  horas  escuchando  las  cam- 
panas de  la  Ciudad  de  Is.» 

Ese  pensamiento  predispone  a  la  magna  inspiración, 
como  el  otro  de  Carlyle,  según  el  cual  los  bárbaros 
viejos  reyes  del  mar  de  la  le3''enda  heroica  inglesa,  que 
desafiaban  al  océano  embravecido  y  a  todos  sus  mons- 
truos, son  los  abuelos  de  Nelson,  y  tienen  parte  en  el 
gobierno  de  la  Inglaterra  actual.  ¡Cuánto  más  cerca 
está  Artigas  de  nosotros,  que  lo  que  están  esos  abue- 
los de  Nelson  de  los  ingleses  contemporáneos! 

IvO  que  seamos  nosotros  para  el  pasado,  amigos 
míos,  eso  será  para  nosotros  el  porvenir.  Cuanto 
mayor  sea  nuestra  nobleza  para  juzgar  a  nuestros 
padres,  tanto  más  noble  será  la  disposición  que  lega- 
remos a  nuestros  hijos,  para  ser  juzgados  por  ellos. 
Y  esa  será  la  grandeza  de  la  patria.  Que  las  patrias, 
más  aun  que  de  sus  hijos  vivos,  se  forman  del  con- 
junto de  sus  grandes  hijos  muertos. 

El  odioso  error  de  que  habla  Renán  va  pasando  en 
nuestra  América,  que  ha  incurrido  en  él  más  de  una 
vez;  por  todas  partes  están  surgiendo,  como  las  pun- 
tas de  sonoras  torres  sumergidas,  las  lanzas  de  caudi- 
llos desterrados,  y  se  echan  a  volar  sus  voces,  como 
las  de  musicales  campanas,  que  aparecen  en  el  aire 
sonando  a  gloria. 

Ninguno  puede  resurgir,  sin  embargo,  a  la  faz  de 
América,  con  el  altivo  gesto  marmóreo  de  este  Arti- 
gas, a  que  vais  a  dar  vida  perdurable. 

Vamos  a  crearlo  precisamente  en  el  momento  pro- 
picio, en  su  verdadero  día:  en  el  centenario  de  la  Re- 
volución de  mayo. 

Yo  tomo  sobre  mí  el  haceros  comprender,  sentir 
intensamente  sobre  todo,  cómo  Artigas  es  el  hombre 
que  personifica  la  revolución  de  1810;  cómo  es  él, 


lO  r.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 


quien,  desde  su  promontorio  oriental,  verá  salir  el 
sol  del  mes  de  Mayo,  sin  que  su  luz  le  ofenda  los  ojos. 


IV 


Bscuchadme  con  alguna  atención,  amables  amigos 
míos;  leeremos  el  menor  número  posible  de  documen- 
tos comprobantes;  pero  conoceremos  los  indispen- 
sables, y  los  más  sugestivos.  No  en  ellos,  sin  embargo, 
sino  en  nosotros  mismos,  veremos  proyectada  la  ver- 
dad, hija  luminosa  de  la  niebla;  ella  brotará,  en  mar- 
mórea desnudez,  sin  saber  cómo  ni  cuándo,  del  fon- 
do del  agua  removida  por  nuestro  espíritu,  como  el 
ángel  de  la  piscina  probática. 

Concretemos,  pues,  de  nuevo,  nuestro  propósito. 
No  nos  reunimos  a  estudiar  historia,  sino  a  hablar 
sobre  ella,  y  a  condensar,  en  forma  estética,  su  alien- 
to melodioso.  Si  la  música  es  el  vapor  del  arte,  según 
Víctor  Hugo,  la  poesía  y  la  tradición  legendaria  son, 
en  cierto  modo,  el  vapor  de  la  historia,  dice  Joaquín 
González,  brioso  artista.  Creo  que  eso  está  bien  dicho. 
Y  es  eso  lo  que  vamos  a  hacer  nosotros:  condensar, 
cristalizar,   en   divina   forma,   ese   melodioso   vapor. 

Pero  como  yo  no  debo  presumir  en  todos  vosotros, 
con  ser  quienes  sois,  el  conocimiento  de  los  hechos, 
así  sean  los  más  notorios  y  sencillos,  he  aquí  que  me 
veré  en  el  caso  de  hacer  algo  que  sirva  hasta  de  lec- 
tura para  los  niños  (el  hombre  es  un  niño  de  cuatro 
mil  años),  una  especie  de  historia  gráfica;  algo  de  aque- 
llo que  decía  Rene  Doumet,  cuando  hablaba  de  l'art 
de  préter  aux  idees  sérieuses  l'attrait  de  la  frivolité. 
Eso  es  lo  que  hacía  a  maravilla  aquel  griego,  niño  por 
lo    semibárbaro,  que  llamamos  Homero  sin  conocer 


INTRODUCCIÓN  II 

a  ciencia  cierta  su  nombre;  y  algo  de  eso  tiene  tam- 
bién, a  lo  que  yo  entiendo,  en  sus  cuentos  o  historias 
vivas,  el  otro  bárbaro  de  Shakespeare,  el  inglés,  al 
que  podríamos  agregar  el  italiano  que  hizo  la  his- 
toria infernal  y  divina,  llena  de  verdades  seculares, 
que  llamó  Divina  Comedia.  ¡Comedia!  Creo  que  más 
comediante  que  todos  esos  era  el  otro  insigne  con- 
tador de  historias  esenciales,  el  español  que  nos  contó 
la  vida  de  Don  Quijote.  Un  verdadero  caballero,  por 
cierto,  este  Don  Quijote,  lo  que  se  llama  un  caballero. 

Pero  esos  épicos  historiadores  son  escasos  induda- 
blemente. Si  no  lo  fueran  tanto,  estoy  completamente 
seguro  de  que  este  Artigas,  de  que  voy  a  hablaros, 
tendría  el  suyo. 

I/)  tendrá,  en  corriendo  que  corra  su  ciclo  histó- 
rico; pero  entretanto,  fuerza  nos  será  contentarnos 
con  ser  muy  sinceros  y  verídicos.  Que,  no  pocas  veces, 
en  la  sincera  verdad  llega  a  encontrarse  la  suprema 
belleza. 

Escuchadme,  pues,  oh  hermanos  artistas,  con  fér- 
til atención;  yo  os  diré  la  verdad  estética,  la  suprema; 
yo  he  leído,  en  alguna  parte,  que  Sócrates  decía  que 
sólo  los  artistas  son  verdaderamente  sabios.  Os  ha- 
blaré a  los  ojos  y  a  los  oídos;  las  luces  más  expresi- 
vas, los  colores  más  armoniosos,  los  sonidos  más  subs- 
tanciales y  vivientes  que  encuentre  en  mi  memoria, 
para  vosotros  serán;  para  transmitir,  por  simpatía, 
a  vuestro  organismo,  la  pasión  o  conmoción  orgánica 
más  noble  y  más  intensa  de  la  patria  uruguaya,  que 
espera  vuestra  obra.  Y  haré  que  améis  a  Artigas, 
como  nosotros  lo  amamos,  para  que  podáis  com- 
prenderlo. 

Os  confieso  que  me  siento  ufano  y  feliz  con  esta 
misión,  que  me  ha  cabido  en  suerte,  de  profetizaros 


12  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  pasado,  y  daros  el  ritual  de  nuestro  culto  cívico; 
la  de  ser  el  rapsoda  que  recitaba  al  pueblo  griego  los 
poemas  homéricos,  mediante  el  salario  de  un  cordero. 
Puedan  mis  palabras,  amigos  míos,  que  quisiera 
llenar  de  sol  y  de  ritmos  ágiles,  alumbraros  la  senda, 
haceros  amable  y  no  difícil  el  camino,  y  conduciros 
al  amor  y  a  la  posesión  de  la  belleza  inviolada. 


1^ 


CONFERENCIA  TI 
El.  TEATRO 


Origen  de  los  pueblos  de  América. — ^El  continente  ame- 
ricano.— Su  estructura. — Su  reparto  entre  España,  Por- 
tugal   E    iNGLATERItA.. — I<A    LÍNEA    DE     ALEJANDRO     VI. — I,A 

América  del  Sur. — El  mundo  atlántico  y  el  mundo  andi- 
no.— El  lote  de  Esp.\ña  y  el  de  Portugal. — La  cuenca  del 
Amazonas. — I,a  del  Plata  y  sus  tributarios. — La  región 
andina. — La  atlántica  tropical. — La  atlántica  subtropi- 
cal.— Buenos  Aires  y  Río  de  Janeiro. — Montevideo. — 
La  tierra  de  Artigas. — Su  carácter. — Descripción  de  su 
territorio. — Geología,  etnología,  fauna,  flora. — Sus  lími- 
tes naturales. 


Amigos  artistas: 

Hemos  hablado  de  Artigas,  como  del  héroe  de  la 
independencia  americana.  Es  preciso,  pues,  que  ha- 
blemos algo  sobre  los  pueblos  de  América,  sobre  su 
origen,  y  sobre  su  emancipación  de  las  metrópolis  o 
naciones  europeas  que  descubrieron  el  continente,  lo 
conquistaron  de  sus  primitivos  habitadores,  y  lo  re- 
poblaron y  colonizaron.  Es  indispensable  que  hable- 
mos hoy  especialmente  de  eso,  siquiera  sea  en  somera 
forma. 


14  I*A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Me  habéis  de  perdonar  si  yo  os  considero,  oh  mis 
hermanos  artistas  europeos,  más  ajenos  acaso  de  lo 
que  realmente  estáis  a  las  cosas  de  este  mundo  nue- 
vo. Quizá,  sin  merecerlo,  tenéis  que  pagar  vosotros 
la  ignorancia,  muy  parecida  al  desdén,  que  adverti- 
mos los  iberoamericanos  en  hombres  y  publicacio- 
nes de  Eviropa,  cuando  tratan  de  nuestra  geografía 
y  de  nuestra  historia.  Mal  de  vuestro  grado,  habéis 
de  escucharme,  por  tanto,  con  resignación,  así  os 
diga  las  cosas  más  corrientes  y  vulgares;  mi  deber  es 
procurar  que  no  sólo  las  conozcáis,  sino  que  también 
las  sintáis  y  las  améis.  Yo  espero  poder  sugeriros  algu- 
nas ideas  grandes,  dignas  de  la  forma  perdurable, 
si  predisponéis  vuestro  espíritu  a  la  resonancia  mu- 
sical. Iva  palabra  arrojada  al  oído  del  alma,  he  dicho 
yo  en  alguna  parte,  tiene  el  sonido  de  la  piedra  arro- 
jada al  abismo:  toman  ambas  las  proporciones  de  la 
capacidad  en  que  sus  ecos  se  difunden.  Ensanchad, 
pues,  la  noche  atenta  de  vuestro  espíritu,  y  entre 
mis  palabras  se  harán  algunos  silencios  armoniosos 
y  habitados  por  nuevos  seres. 

Conozcamos,  ante  todo,  el  teatro  en  que  va  a  des- 
arrollarse la  acción;  tomemos  una  carta  geográfica, 
y  miremos  un  rato  nuestro  continente  americano. 
Hagamos  uso  de  la  carta  más  sencilla,  de  la  que  más 
nos  aleje  del  concepto  científico,  y  mejor  nos  vigo- 
rice el  estético;  ésa,  que  nos  da  la  silueta  de  nuestro 
continente,  sus  grandes  sistemas  orográficos  e  hidro- 
gráficos, montañas  y  ríos,  y  nos  indica  las  simples 
latitudes  y  longitudes:  los  polos  arriba  y  abajo,  la 
línea  del  Ecuador  en  el  centro,  los  trópicos  o  para- 
lelos equidistantes  del  Ecuador,  al  Norte  y  al  Sur 
de  éste,  correspondientes  a  los  puntos  solsticiales, 


El,  TEATRO  15 

y  distante  cada  uno  de  ellos  26  grados  y  minutos  de 
la  línea  ecuatorial.  Más  de  52  grados  geográficos  en- 
tre ambos.  Ahí  tenéis  los  dos  trópicos:  el  de  Cáncer, 
al  Norte  del  Ecuador,  en  el  hemisferio  boreal;  el  de 
Capricornio,  al  Sur,  en  el  austral;  la  región  del  calor, 
cuyo  centro  es  el  Ecuador,  entre  ambos  trópicos;  la 
de  los  fríos  que  van  hacia  los  polos,  al  Norte  y  al  Sur 
de  esa  gran  franja  caliente  que  circunda  la  tierra. 

Este  nuestro  continente,  como  lo  veis,  ocupa  la 
tercera  parte  del  planeta  que  habitamos;  caben  en  él 
todos  los  climas,  todos  los  hombres  de  la  tierra,  todos 
los  productos;  se  extiende  de  polo  a  polo;  toca  allá 
arriba  los  hielos  del  polo  ártico;  adelanta  hacia  la 
línea  del  Ecuador,  la  cruza,  y  se  aleja  de  nuevo  ha- 
cia el  Sur,  para  hundirse  allá,  en  los  otros  fríos,  en  los 
hielos  del  polo  antartico.  Tiene  casi  cuarenta  millo- 
nes de  kilómetros  cuadrados,  sin  contar  las  tierras 
árticas. 

Su  silueta  es  simplicísima,  sin  embargo;  son  dos 
enormes  triángulos  unidos.  Pero  observad  algo  fun- 
damental por  lo  que  dice  a  mi  propósito:  el  del  Norte 
apoya  su  dilatada  base  allá  en  el  polo  boreal;  toma  su 
mayor  ensanche,  entre  el  Atlántico  y  el  Pacífico,  en 
la  zona  fría  y  templada,  al  Norte  del  trópico  de  Cán- 
cer, ahí,  donde  leéis  Canadá,  Estados  Unidos,  y  se 
va  adelgazando  a  medida  que  se  acerca  al  Ecuador, 
ahí,  donde  leemos  Méjico,  Centro  América,  Antillas, 
hasta  hundir  su  vértice,  adelgazado  por  la  rotura 
del  golfo  de  Méjico,  en  las  proximidades  ecuatoria" 
les,  en  el  istmo  de  Panamá.  El  triángulo  del  Sur,  por 
el  contrario,  apoya  su  base  en  el  Ecuador;  cobra  su 
mayor  amplitud  en  la  zona  cálida,  al  Norte  del  tró- 
pico de  Capricornio,  ahí  donde  se  lee  Brasil,  Vene- 
zuela, Colombia,  Ecuador,  Perú,  Bolivia,  Paraguay; 


1 6  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

y,  a  medida  que  se  aleja  del  trópico,  se  va  estrechan- 
do, Uruguay,  Argentina,  Chile,  hasta  aproximar  su 
vértice  patagónico  al  polo  austral,  en  el  Cabo  de  Hor- 
nos. I^as  tres  partes  de  esta  América  del  Sur,  14  mi- 
llones de  kilómetros,  están  en  la  zona  tórrida;  sólo 
una  cuarta  parte,  algo  más  de  cuatro  millones,  vive 
en  la  templada. 

Bste  mundo  nuevo,  ignorado  del  antiguo  hasta 
hace  cuatro  siglos,  ayer  no  más,  como  quien  dice, 
y  habitado  por  hombres  y  por  razas  sin  historia,  fué 
descubierto  y  repoblado  por  la  raza  europea,  al  ra- 
yar el  siglo  XVI.  Y  os  digo  repoblado,  porque  es  pre- 
ciso observar  que  la  conquista  de  Europa,  en  el  Nue- 
vo Mundo,  no  fué  lo  que  la  de  Roma,  pongo  por  caso, 
en  el  antiguo,  en  que  cada  región  conservó  su  raza 
predominante,  sus  costumbres  y  su  tipo,  y  formó  su 
lengua.  La  conquista  europea  fué  una  repoblación, 
una  substitución  de  un  pueblo  por  otro  pueblo,  como 
base  sociológica.  Los  aborígenes  de  América  han  sub- 
sistido, y  subsistirán,  hasta  que  se  consume  la  defi- 
nitiva evolución  de  la  estirpe  americana;  ya  los  ve- 
remos dar  su  sangre  a  nuestra  independencia,  como 
da  el  sándalo  su  perfume  al  hacha  que  lo  hiere;  re- 
gar con  ella  un  árbol  de  cu3^os  frutos  no  comerán) 
entonces  les  atribuiremos  su  significado  estético,  y 
aun  social.  Pero  los  indios  sólo  existieron  como  enti- 
dades humanas,  que  ejercieron  su  influencia  antro- 
pológica más  o  menos  persistente  o  fugaz;  la  entidad 
colectiva  no  aparece,  ni  interviene  para  nada.  La 
civilización  de  este  nuestro  Nuevo  Mundo  es,  desde  su 
origen,  la  civilización  europea,  la  cristiana;  no  la 
azteca,  ni  la  incásica,  ni  la  guaranítica.  En  América 
continuó,  pues,  la  historia,  no  de  los  aborígenes  des- 
cubiertos, que  casi  no  la  tenían,  sino  la  de  los  euro- 


El,  TEATRO  17 

peos  descubridores;  allí  debían  servir  de  piedra  an- 
gular a  las  nuevas  sociedades  las  ideas  cristianas, 
depuradas,  en  la  lenta  evolución  progresiva  del  linaje 
humano,  de  las  escorias  que  a  ellas  se  adhieren,  des- 
figurándolas, y  ofreciendo  como  substancias  los  sim- 
ples accidentes. 


II 


Pues  bien,  hermanos  artistas:  ese  gran  hallazgo 
del  genio  navegante;  ese  nuevo  mundo  que  salió  al 
paso  de  Colón,  que  descubrió  a  Colón,  cuando  éste 
corría  en  sus  carabelas,  al  final  del  siglo  xv,  en  busca 
del  Oriente  asiático,  tocó  en  suerte,  en  resumidas 
cuentas,  a  tres  pueblos  europeos,  que  se  lo  dividieron: 
España,  Portugal  e  Inglaterra.  Cada  uao  de  esos 
pueblos  llevó  a  su  pedazo  de  mundo  su  sangre  mate- 
rial; pero,  más  que  eso,  llevó  lo  que  constituye  su  vida 
íntima:  su  lengua,  como  base  de  la  civilización  que 
allí  establecía.  Vosotros  sabéis  que  la  lengua  es,  para 
un  pueblo,  lo  que  la  sangre  para  un  organismo.  Como 
ésta  determina  la  constitución  del  hombre,  aquélla 
establece  el  temperamento  de  una  nación,  su  idiosin- 
crasia, su  carácter.  El  lenguaje,  producto  vivo  del 
hombre  interior,  como  dice  Schlegel,  es  una  perpetua 
sugestión;  la  misma  asimilación  de  las  ideas  extra- 
ñas tiene  que  hacerse  previa  traducción  de  ellas  a 
la  lengua  del  que  las  absorbe,  3''  la  traducción  es,  en 
sí  misma,  una  transformación  en  substancia  propia, 
una  adaptación  a  nuestro  modo  de  ser. 

Se  distribuyeron,  pues,  el  continente,  no  varias 
razas,  como  ha  solido  decirse  (no  hay  tal  raza  latina 
ni  tal  raza  anglosajona),  sino  tres  pueblos  de  la  mis- 
r.  1.-4 


1 8  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

ma  raza  caucásica  o  europea,  pero  de  lenguas  dife- 
rentes: english  spoking  jolk.  dicen  los  británicos, 
«pueblos  de  lengua  inglesa».  Hubo,  pues,  tres  Améri- 
cas:  la  de  lengua  española,  la  de  lengua  portuguesa  y 
la  de  lengua  inglesa. 

España,  con  Colón  y  sus  sucesores,  tomó  posesión, 
a  contar  del  año  1492,  del  núcleo  de  su  lote  en  las 
Antillas,  a  17  grados  de  latitud  Norte,  precisamente 
sobre  el  trópico  de  Cáncer.  Algo  se  dilató  más  tarde 
hacia  arriba,  hacia  el  frío,  pero  no  mucho;  su  expan- 
sión se  realizó  hacia  abajo,  hacia  el  Ecuador.  I^a  pri- 
mera tierra  continental  en  que  pisó  fué  la  emboca- 
dura del  Orinoco:  ahí  tenéis  su  delta,  a  10  grados  del 
Ecuador,  sobre  el  mar  de  las  Antillas. 

Portugal  que,  después  de  doblar,  con  Vasco  de 
Gama,  el  Cabo  de  Buena  Esperanza,  insiste  en  cir- 
cundar el  Asia  hacia  la  India,  es  llevado,  con  Alvarez 
Cabral,  el  año  1500,  a  la  punta  más  oriental  del  con- 
tinente, al  Brasil,  en  el  grado  17  de  latitud  austral, 
sobre  el  trópico  de  Capricornio.  Precisamente  a  la 
misma  distancia  del  Ecuador  de  la  tierra  ocupada 
por  España  en  el  otro  hemisferio. 

Inglaterra,  que  había  sido  la  primera  en  recono- 
cer las  costas  de  la  América  del  Norte,  pasa  casi  un 
siglo  sin  reservarse  en  ella  su  parte. 

Sin  contar  las  primeras  expediciones  de  Gilbert 
y  Raleigh  en  1578  y  1581,  es  sólo  en  1606,  un  siglo 
después  de  España  y  Portugal,  cuando  el  rey  Jaco- 
bo  I  celebra  acto  de  estable  soberanía  sobre  su  lote,  que 
divide  en  dos  partes  iguales  de  costa  y  tierra,  entre 
los  grados  34  y  45  de  latitud  Norte. 

Esa  circunstancia  ha  hecho  decir  últimamente  al 
ex  presidente  de  Estados  Unidos,  Roosevelt,  algo  que 
revela  su  tendencia  a  penetrar  en  el  fondo  de  las  co- 


Ely  TEATRO  19 

sas,  y  a  revelar  novedades  viejas.  Al  colocar  en  Wash- 
ington, en  mayo  de  igo8,  la  piedra  fundamental  del 
Palacio  de  las  Repúblicas  Americanas,  en  el  que  se 
levantará  la  estatua  de  Artigas,  el  héroe  hispano- 
americano por  excelencia,  como  lo  veremos,  decía  a 
las  de  origen  ibérico,  en  nombre  de  la  grande  de  cepa 
inglesa,  que  él  representaba:  «Vosotras  sois,  en  cierto 
sentido,  nuestras  hermanas  mayores,  pues  representáis 
civilización  más  antigua  en  este  continente;  nosotros 
somos  los  jóvenes.  Vuestros  padres,  los  explorado- 
res españoles  y  portugueses,  conquistadores,  legisla- 
dores y  arquitectos  de  repúblicas,  habían  consegui- 
do una  civilización  floreciente  en  los  trópicos  y  en 
la  zona  templada  del  Sur,  mientras  que  toda  la  Amé- 
rica al  Norte  del  Río  Grande  permanecía  todavía  sin 
delinear  y  en  estado  primitivo». 

Esa  es  la  verdad:  América  es  el  mundo  de  Colón,  el 
latino.  Si  queréis,  podemos  llamarla  el  Nuevo  Lacio. 
Y  también  podemos  llamar  a  Colón  el  nuevo  Eneas, 
si  os  es  grato. 

Fijaos  ahora,  hermanos  artistas,  en  la  forma  en 
que  se  reparten  ese  Nuevo  Lacio  sus  descubridores. 
Notad  primeramente  el  lote  del  inglés,  el  llegado  más 
tarde:  es  la  parte  más  amplia  del  continente;  está  en 
el  mismo  hemisferio  y  en  la  misma  latitud  de  Europa, 
en  plena  zona  supertropical;  es  la  región  americana 
más  próxima  a  las  costas  europeas;  se  extiende  de 
océano  a  océano,  del  Atlántico  al  Pacífico:  cinco  mil 
kilómetros,  una  superficie  de  nueve  millones  de  kilóme- 
tros. Creo  que  es  esa,  y  no  otra,  la  razón  principal  por- 
que la  América  anglosajona  se  ha  adelantado  a  la  ibérir 
ca  en  la  conquista  del  bienestar :  su  proximidad  a  Euro- 
pa y  su  clima;  no  una  supuesta  superioridad  de  raza .  En 
ese  mundo  se  hablará  inglés  por  los  siglos  de  los  siglos. 


2o  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Inglaterra  y  España  se  dividen,  pues,  la  América 
del  Norte.  Pero  la  parten  a  lo  ancho,  de  Oriente  a 
Occidente;  la  porción  supertropical  amplísima,  la 
más  cercana  a  Europa,  para  Inglaterra;  la  parte  in- 
ferior, más  estrecha,  más  apartada  del  mundo  anti- 
guo, para  España. 

ItSL  América  del  Sur,  que  es  la  que  debemos  estu- 
diar especialmente,  se  reparte  entre  España  y  Portu- 
gal; pero  no  a  lo  ancho,  como  la  del  Norte,  sino  a  lo 
largo.  El  papa  Alejandro  VI,  encargado  por  ambos 
pueblos  de  designar  el  lote  que  a  cada  uno  debe  corres- 
ponder, traza  con  su  báculo  la  línea  divisoria.  Esa 
línea  cortó  el  continente,  de  arriba  abajo,  en  dos 
partes:  la  de  la  derecha,  bañada  por  el  Atlántico,  y 
que  tiene  por  núcleo  geológico  el  gran  macizo  oro- 
gráfico  del  Brasil,  y  por  cuenca  hidrográfica  la  enorme 
del  Amazonas,  pertenecerá  a  Portugal;  la  de  la  iz- 
quierda, que  se  recorta  sobre  el  Pacífico,  y  tiene  por 
núcleo  la  formación  andina,  a  España. 

Pero  obser\^emos  aquí  una  circunstancia  más,  la 
fundamental,  la  que  más  dice  a  nuestro  propósito, 
y  en  la  que  deseo  fijéis  vuestra  atención  toda  entera. 

Como  hemos  advertido,  la  espléndida  herencia  de 
Portugal  tiene  por  cuenca  la  del  suntuoso  Amazonas; 
pero  notad  que  éste  corre  de  Occidente  a  Oriente; 
sigue  el  mismo  paralelo,  el  del  Ecuador;  atraviesa, 
por  consiguiente,  la  misma  tierra,  con  el  mismo  clima, 
idénticos  productos,  café,  algodón,  azúcar,  cacao, 
selvas  tropicales.  El  Amazonas  es  un  enorme  río  in- 
terior. 

Observad  ahora,  más  al  Mediodía,  esa  otra  forma- 
ción hidrográfica,  que,  arrancando  del  Brasil,  casi 
confundiendo  sus  fuentes  con  las  de  los  tributarios 
meridionales  del  Amazonas,  en  la  zona  tórrida,  corre 


EI<  TEATRO  21 

hacia  el  Sur:  son  los  ríos  Paraná,  Paraguay  y  Uru- 
guay, que  van  a  perderse  allá  en  el  Río  de  la  Plata, 
a  los  35  grados,  en  la  zona  templada.  Esos  ríos  corren 
de  Norte  a  Sur,  atraviesan  diferentes  latitudes,  dis- 
tintos climas;  en  sus  fuentes  crecen  los  naranjos,  los 
algodoneros,  los  bananos,  el  café;  en  su  desemboca- 
dura, el  trigo,  el  maíz,  las  gramíneas;  recorren  20  gra- 
dos geográficos.  Y  observad  esto,  sobre  todo:  ellos 
parten  en  dos,  de  Norte  a  Sur,  el  continente  sudamerica- 
no; determinan  la  línea  de  separación,  el  tajo,  digá- 
moslo así,  entre  la  formación  geológica  atlántica  y  la 
andina.  Esos  dos  macizos  orográficos,  el  del  Atlán- 
tico y  el  del  Pacífico,  no  son,  como  se  ha  dicho,  rami- 
ficaciones de  los  Andes,  ni  cosa  que  se  le  parezca; 
son  dos  mundos  distintos.  El  primero,  completamente 
apagado,  sin  un  solo  volcán,  es  millares  de  años  ante- 
rior al  segundo,  que  está  en  perpetua  ignición,  que  es 
un  rosario  de  cráteres  en  actividad,  como  no  hay 
otro  en  el  planeta.  Ivos  cíclopes  trabajan  aún  en  esas 
fraguas  subterráneas,  y  quitan  más  de  una  vez  el 
sueño  a  los  hombres  de  la  costra  terrestre,  con  sus 
fuelles  endiablados  y  sus  estentóreos  martillazos;  es 
un  mundo  en  construcción. 

En  cambio,  los  que  trabajaron  en  el  subterráneo 
atlántico,  nos  dejan  vivir  en  paz  hace  diez  o  quince  mil 
años,  felizmente;  han  terminado  la  labor  milenaria. 

Seguidme  con  alguna  atención,  amigos  artistas, 
para  fijar  esta  idea  con  el  mayor  cuidado;  tomemos, 
una  vez  más,  la  carta  geográfica  que  nos  sirve  de  guía. 
Seguid  esa  línea  trazada  aproximadamente  por  el 
báculo  de  Alejandro  VI  de  Norte  a  Sur,  y  veréis  cómo 
ella,  arrancando  de  las  proximidades  del  Orinoco, 
allá  en  el  Norte,  a  10  grados  del  Ecuador,  cruza  el 
continente,  siguiendo  la  cuenca  de  los  ríos  que  lo  par- 


22  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

ten  en  dos,  y  se  pierde  en  el  océano,  allá  a  los  30  gra- 
dos de  latitud  Sur. 

No  se  imaginaba  el  Pontífice,  seguramente,  que  la 
línea  que  él  marcaba  sobre  un  planisferio  equivocado, 
si  bien  no  se  identificaba  con  la  que  traza  la  ciencia 
geológica  moderna  en  las  profundidades  de  la  costra 
terrestre,  se  aproximaba  bastante  a  ella.  I^a  América 
del  Sur  está  formada  por  una  enorme  llanada  entre 
la  cordillera  de  los  Andes  y  la  del  Brasil.  Si  bien  exis- 
ten dos  cordilleras  atravesadas,  la  transversal,  en  el 
centro,  que  separa  la  cuenca  del  Plata  de  la  del  Ama- 
zonas, y  la  de  Parima,  allá  en  el  Norte,  que  divide 
la  del  Amazonas  de  la  del  Orinoco,  esos  son  acciden- 
tes. I/>  son  tanto,  que  esos  tres  grandes  ríos  se  conftm- 
den  en  susfuentes.  Día  vendrá  en  que  un  barco,  entran- 
do por  el  Orinoco,  en  el  mar  de  las  Antillas,  saldrá 
al  Atlántico  por  el  Plata.  Bse  barco  navegará  por  el 
fondo,  entre  dos  verdaderos  continentes. 

Pues  bien:  yo  creo,  con  una  luminosa  hipótesis 
científica,  que  la  cuenca  del  Amazonas,  y  sobr-e  todo 
la  del  Plata,  estuvieron,  en  un  día  sin  historia,  ocu- 
padas por  el  océano.  El  Brasil  era  una  isla  colosal 
en  el  Atlántico,  un  verdadero  continente,  si  ya  no  es 
que  formaba  parte  del  que  engranaba  en  África,  quizá 
en  Europa;  de  la  soñada  AÜántida.  ¿Qué  sé  yo?  Sea 
de  ello  lo  que  fuere,  me  parece  evidente  que  el  Brasil 
era  un  mundo  distinto  del  que  tenía  por  núcleo  la 
cordillera  de  los  Andes. 

No  importa  que  nos  engolfemos  un  poco  en  estas 
observaciones  científicas,  mis  amigos  artistas;  yo 
quiero  que  os  deis  cuenta  de  lo  que  significa  esa  enor- 
me grieta  inferior  de  la  América  del  Sur,  por  donde 
sale  al  mar  el  Río  de  la  Plata,  y  a  donde  van  a  parar 
el  Paraguay,  el  Paraná  y  el  Uruguay.  I,a  hipótesis 


El,  TEATRO  23 

que  os  ofrezco  no  es  nueva.  Ya  en  1832,  Carlos  Dar- 
win,  calculando  la  edad  de  los  restos  fósiles  de  los  te- 
rrenos pampeanos,  vio  en  el  Plata  un  gran  brazo  de 
mar  que,  en  época  remotísima,  cubría  la  provincia  de 
Entrerríos.  Esas  conchas  que  allí  se  ven,  sólo  viven 
en  el  mar.  D'Orbigny  confirmó  y  amplió  esa  hipóte- 
sis, diez  años  después:  hizo  llegar  el  océano  hasta  el 
medio  Paraná.  Herbert  Smith,  recientemente,  en  1886, 
con  su  imaginación  científica,  vio  al  Atlántico  pene- 
trar e  inundar  las  pampas,  hasta  el  extremo  septen- 
trional de  Corrientes,  y  recibir  las  aguas  del  Paraguay, 
del  Paraná  y  del  Uruguay,  que  allí  desembocaban, 
separados  por  centenares  de  kilómetros.  Estos  tres 
ríos  emprendieron  la  obra  muchas  veces  secular  de 
expulsar  al  océano  y  terraplenar  esa  cortadura  in- 
mensa, acarreando  a  ella,  disueltas  en  sus  aguas,  las 
mesetas  del  Brasil  central  y  del  bajo  Perú  oriental. 
Aun  hoy,  esos  ríos  depositan  en  el  estuario  ochenta 
millones  de  metros  cúbicos  de  aluvión  por  año.  Se 
formaron  las  primeras  bandas  arenosas;  aparecieron 
las  primeras  sirtes,  las  primitivas  dunas;  las  mare- 
jadas de  casquijos  se  amontonaban,  se  esparcían  o  se 
disolvían  a  merced  de  los  vientos,  hasta  formarse  las 
islas,  los  archipiélagos  más  o  menos  adheridos  a  las 
puntas  de  las  costas  recién  nacidas;  se  levantaban 
por  un  lado  los  territorios,  mientras  por  otro  se  abrían 
profundísimas  honduras,  que  llenaba  el  mar,  y  de 
que  aun  son  testimonio  las  lagunas  saladas  de  Cór- 
doba y  la  Rioja...  En  resumen:  todo  aquello  fué  cu- 
bierto por  la  gran  planicie  fluvial  que  ocupa  la  hon- 
donada arrebatada  al  Atlántico:  la  cuenca  del  Plata 
y  sus  tributarios. 

No  son  incompatibles  estas  hipótesis,   aunque  lo 
parezcan,  con  la  última  que  debe  la  ciencia  al  ilustre 


24  I/A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Florentino  Amegbino.  Rectificando  conceptos  clásicos, 
este  sabio  platense  coloca  en  Aniéiica,  en  su  región 
patagónica,  que  llega  a  suponer  unida  a  la  de  Austra- 
lia al  través  de  la  Oceanía,  el  núcleo  cósmico  del  globo 
terráqueo,  y  la  cuna  de  la  humanidad.  Pero  esa  remo- 
tísima conjetura  científica,  si  bien  atribuye  a  la  región 
del  Pacífico  la  mayor  antigüedad,  es  conciliable  con 
la  que,  suponiendo  nuevas  convulsiones  geológicas  en 
épocas  posteriores,  ve  con  claridad,  en  nuestro  con- 
tinente, esas  dos  formaciones  de  que  os  hablo  y  sus 
influencias  sobre  el  hombre:  la  apagada  del  Atlántico 
y  la  incandescente  del  Pacífico. 

Según  eso,  el  límite  inferior  de  los  dominios  portu- 
gueses, si  éstos  habían  de  obedecer  a  la  ley  geológica, 
hubiera  debido  ser  esa  gran  cortadura  primitiva:  el 
Río  de  la  Plata  y  los  grandes  ríos  Paraná,  Paraguay  y 
Uruguaj^  que  en  él  desaguan,  y  que  son  los  que,  en 
esa  latitud,  determinan  la  separación  entre  la  forma- 
ción andina  y  la  atlántica.  Con  esos  límites,  Portugal, 
partiendo  de  sus  dominios  tropicales,  en  que  coloca 
el  núcleo  sociológico  de  su  conquista  atlántica,  que 
será  Río  Janeiro,  hubiese  penetrado  con  su  lengua 
en  la  zona  subtropical,  en  la  tierra  del  trigo,  del  maíz, 
de  las  gramíneas;  su  límite  arcifinio  hubiera  sido  el 
Río  de  la  Plata,  y  algunos  de  sus  afluentes  que  vienen 
de  las  entrañas  mismas  del  Brasil,  el  río  Uruguay 
seguramente,  porque  me  parece  indudable  que  son 
las  costas  orientales  del  Uruguay  y  del  Plata,  de  for- 
mación más  antigua  y  más  firme  que  los  declives  de 
la  margen  occidental,  las  que  trazan  el  borde  inferior 
del  gran  macizo  brasileño.  Ese  fué  el  sueño  secular 
de  Portugal  y  del  Brasil:  llevar  sus  dominios  hasta  el 
Plata  y  el  Uruguay. 

Pero  no  fué  así.  En  ambas  márgenes  del  estuario 


EIv  TEATRO  27 


III 


Dueña,  en  el  Norte,  de  la  región  occidental  de  la 
América  Meridional,  España  cruzó  con  Balboa  el 
istmo  de  Panamá,  y  descubrió  el  mar  Pacífico;  si- 
guió hacia  el  Sur,  descubriendo  y  conquistando  las 
costas  andinas,  el  imperio  de  los  incas,  la  región  de 
los  araucanos;  pasó  el  Cayambé,  el  Chimborazo;  llegó 
al  Aconcagua,  que  arde  sobre  los  Andes.  Había,  pues, 
cruzado  el  trópico  de  Capricornio,  y  tomado  pose- 
sión de  Chile,  en  la  zona  templada,  pero  haciendo 
centro  de  sus  conquistas  al  viejo  imperio  del  Perú, 
la  región  de  los  hijos  del  Sol,  la  de  los  incas,  la  del  oro. 
Allí  pondrá  el  puerto,  el  único  puerto  de  América: 
en  Panamá,  en  Puerto  Bello.  Sólo  por  allí  tendrá 
entrada  el  mundo  viejo  a  la  nueva  Hispania. 

Pero  al  mismo  tiempo,  por  el  lado  del  Atlántico, 
España  navegaba  hacia  el  Sur,  hacia  la  zona  tropi- 
cal, en  busca  del  estrecho  que  debía  unir  el  Atlántico 
con  el  mar  de  Balboa;  descendía,  con  Juan  Díaz  de 
Solís,  a  lo  largo  de  las  costas  del  Brasil;  atravesaba 
el  trópico  de  Capricornio;  navegaba  2.000  leguas,  y, 
tomando  entonces  rumbo  de  Este  a  Oeste,  llegaba 
al  Río  de  la  Plata,  del  que  tomaba  posesión. 

Pero,  escuchadlo  bien:  España  cree  que  su  pedazo 
de  mundo  americano  no  tiene  por  núcleo  la  formación 
atlántica,  sino  la  andina;  será  dueña,  pues,  del  conti- 
nente que,  en  tiempo  remotísimo,  estuvo  separado, 
por  el  mar,  del  que  ha  tocado  en  suerte  a  Portugal. 
Funda  la  Asunción  primeramente,  y,  sobre  todo, 
Buenos  Aires,  que  será  la  cabeza  de  su  dominio  en 
el  Sur.  Pero  hace  todo  eso  con  intención  de  incorporar 


28  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  RÍO  de  la  Plata  a  su  lote  andino,  cuyo  núcleo  prin- 
cipal es  el  Perú,  con  Lima,  la  ciudad  de  los  reyes, 
por  capital. 

Su  afán  es  el  de  poner  en  contacto  a  los  conquis- 
tadores del  Plata  con  los  del  Perú,  a  los  del  Atlántico 
con  los  del  Pacífico;  hacer  un  gran  bloque  de  todo  eso, 
con  entrada  por  el  Norte.  IMientras  los  conquistadores 
del  Perú  bajan  por  los  contrafuertes  de  los  Andes  en 
busca  de  los  del  Plata,  y  fundan  a  Tucumán,  éstos  suben 
hacia  el  Norte  y  el  Oeste,  y,  por  allí,  se  encuentran. 

Así  va  España  tomando  posesión  de  este  mundo, 
y  plantando  en  él  sus  jalones,  que  son  ciudades.  Pi- 
zarro  funda  Lima  en  1535;  en  el  mismo  año,  don 
Pedro  de  Mendoza  abre  los  cimientos  de  Buenos 
Aires,  que  don  Juan  de  Garay  radica  definitivamente, 
en  1580;  Quesada  funda  Santa  Fe  de  Bogotá,  en 
1538;  Valdivia  se  fija  en  Santiago,  en  1547;  I/>zada 
funda  Caracas,  en  1567;  Ayolas  la  Asunción,  en  1534. 

Todos  piensan  en  la  región  que  se  extiende  entre 
el  Plata  y  el  Pacífico,  con  los  Andes  por  columna 
vertebral.  En  cuanto  a  ese  otro  pedazo  de  tierra  entre 
el  Plata  y  el  Atlántico,  apenas  si  se  alzan  las  mu- 
rallas de  la  Colonia,  sin  más  propósito  que  el  de  con- 
servar la  posesión,  disputada  por  Portugal;  se  le  con- 
sidera otra  cosa  distinta. 

Miremos  nosotros,  oh  amigos  artistas,  con  mayor 
intensidad  que  sus  descubridores,  ese  pedazo  de  Amé- 
rica que,  determinado  hacia  el  Sur  por  la  curva  que 
traza  el  Plata  al  derramarse  en  el  Océano,  llega  hacia 
el  Norte,  por  el  Atlántico,  hasta  la  línea  divisoria, 
trazada  por  el  Pontífice  y  por  los  tratados  posterio- 
res, de  los  dominios  españoles  y  portugueses;  ése, 
que  no  pertenece  a  la  formación  andina  sino  a  la  at- 


KI,  TEATRO  29 

lántica,  al  levantamiento  del  Brasil,  pero  se  desarro- 
lla en  la  zona  templada,  que  corresponde,  en  los 
Estados  Unidos  del  Norte,  a  la  Georgia,  a  la  Carolina 
del  Norte  y  del  Sur;  ése,  que,  casi  olvidado  por  España, 
pertenece  al  macizo  geológico  del  Brasü,  al  lote  de 
Portugal,  pero  habla  español.  Forma  una  unidad  geo- 
gráfica perfectamente  definida;  constitU5''e  una  enti- 
dad étnica  y  sociológica  imposible  de  confundir.  Para 
fijaros  más  esa  idea,  os  quiero  hacer  advertir  desde 
ahora  una  circunstancia  fundamental,  que  más  tar- 
de examinaremos  más:  todos  los  dominios  españoles 
que  formaron  el  virreinato  del  Plata,  el  mundo  an- 
dino, dependían  de  un  solo  puerto  de  salida,  al  que 
convergía  toda  la  región:  Buenos  Aires.  Pero  ese 
pedazo  ultraplatense  u  oriental  del  Plata  era  indepen- 
diente de  Buenos  Aires  en  ese  sentido;  independien- 
te por  naturaleza.  Sólo  él  tenía  salida  propia,  comu- 
nicación amplia  y  libre  con  el  mundo,  puertos  en  el 
Plata  y  el  Atlántico,  incomparablemente  superiores 
al  de  la  capital  del  virreinato:  la  Colonia,  Monte- 
video, Maldonado,  Coronilla,  toda  la  profundísima 
costa  atlántica,  la  más  cercana  a  Europa,  la  más 
accesible,  la  verdadera  puerta  de  entrada  y  de  salida 
para  toda  la  región  subtropical  del  continente. 

Veréis  cómo,  más  tarde,  ese  territorio  no  será  bra- 
sileño ni  será  argentino,  porque  ni  Buenos  Aires,  ni 
Río  Janeiro  pueden  ser  su  cabeza.  Lo  veréis  despren- 
derse independiente,  como  un  desgarrón  de  la  tierra, 
teniendo  por  núcleo  el  puerto  de  Montevideo.  Espa- 
ña casi  no  pensará  en  él:  durante  más  de  un  siglo,  los 
habitantes  de  Buenos  Aires  van  allí  a  cazar  vacas; 
los  faeneros  cruzan  el  Plata,  acampan  a  orillas  de  al- 
gún arroyo,  matan  animales,  los  desuellan,  secan  al 
sol  sus  cueros,  y  regresan  al  mundo  habitado,  al  vi- 


30  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

rreinato,  dejando  la  carne  a  merced  de  las  fieras  sal- 
vajes. Ese  territorio  será  sólo,  como  dice  Mitre,  una 
servidumbre  de  Buenos  Aires;  la  vaquería  de  Buenos 
Aires  se  le  llamó. 

Será  preciso  que  los  portugueses  pretendan,  por  re- 
petidas veces, pasar  la  línea  divisoria  de  Alejandro  VI, 
para  que  España  se  acuerde  de  que  allí  se  habla,  y 
debe  hablarse,  su  lengua;  será  menester  que  surja, 
por  fin,  allá  en  1726,  dos  siglos  después  de  fundado 
Buenos  Aires,  un  gobernador  español,  don  Bruno 
Mauricio  de  Zabala,  que  se  dé  cuenta  del  problema  y, 
obedeciendo  a  reiteradas  órdenes  del  rey,  funde  a 
Montevideo,  para  que  todos  los  elementos  sociológicos 
embrionarios  de  esa  tierra  característica  se  agrupen 
y  comiencen  a  tomar  cohesión,  a  ser  un  organismo,  a 
sentir,  a  pensar,  en  torno  de  una  ciudad  nueva,  distinta 
de  las  demás  metrópolis  hispánicas,  hasta  por  sus 
pequeños  monumentos  arquitectónicos  coloniales,  que 
son  de  la  restauración,  mientras  los  otros  son  de  la 
decadencia. 


IV 

Ahora  bien,  mis  amigos:  ese  trozo  de  América,  el 
único  que  había  tocado  a  España  en  la  región  atlán- 
tica del  Sur,  era  «el  pedazo  más  envidiable,  dice  el 
sabio  Martín  de  Moussy,  el  rincón  más  admirable  del 
Nuevo  Mundo,  por  su  topografía,  por  su  clima,  por 
BU  hidrografía  y  su  fertilidad». 

Tomad  de  nuevo  un  momento  la  carta  geográfica 
para  mirarlo,  mis  bravos  artistas,  porque  es  preciso 
que  lo  observemos  un  buen  rato.  Yo  quiero  que  viva- 
mos juntos  en  él  algunas  horas.  Seguid  el  relieve  de 


El,  TEATRO  31 

esas  costas  oceánicas,  en  que  se  estrella  el  Atlántico; 
ved  en  seguida,  del  otro  lado,  el  inmenso  caudal  de 
agua  que  viene  de  los  ríos  Paraná,  Paraguay  y  Uru- 
guay, que  se  derraman  en  ese  océano  por  intermedio 
del  Plata,  cuyas  aguas,  de  un  verde  esmeralda,  se  dilu- 
yen en  el  azul  del  mar.  Pero  advertid,  sobre  todo,  los 
perfiles  de  las  costas. 

El  navegante  deja,  allá  en  el  Norte,  los  puertos  tro- 
picales, cuyo  tipo  excelso  es  la  baliía  de  Río  Janeiro, 
sin  igual  en  el  mundo,  y  costea  en  seguida  el  conti- 
nente, hallando  muy  pocos  puertos  de  fácil  acceso 
en  un  trayecto  de  doscientas  leguas;  la  montaña  cicló- 
pea, con  su  piel  de  bosques  verdinegros,  es  ceñuda  y 
poco  sociable.  Al  llegar,  en  cambio,  a  la  región  tem- 
plada, las  costas  oceánicas  y  las  del  estuario,  más 
amigas  y  menos  altaneras,  ofrecen  a  cada  paso  su 
hospitalidad  a  los  que  llegan:  la  rada  profundísima 
de  Coronilla,  ya  en  territorio  Oriental,  sobre  el  Océa- 
no; la  de  Maldonado  en  seguida;  la  graciosa  de  Mon- 
tevideo,  por  fin,  son  las  puertas  obligadas  de  entrada 
de  la  región  subtropical  de  América  para  quien  llega 
del  Atlántico. 

Miremos  ahora  el  territorio  encerrado  en  ese  marco. 
Todo  en  él  es  homogéneo,  armónico  y  expresivo; 
parece  modelado,  por  un  artista,  con  la  quintaesen- 
cia del  humus  fecundo  o  del  limo  plástico  de  nues- 
tra América.  A  diferencia  de  la  región  que  se  extiende, 
en  la  misma  latitud,  del  otro  lado  de  la  cuenca  flu- 
vial, región  plana,  de  terrenos  blandos  de  aluvión, 
con  grandes  pampas  o  con  bosques  mediterráneos, 
la  tierra  oriental  está  formada  por  una  serie  de  graní- 
ticas colinas,  en  que  la  espesa  alfombra  de  vegetación 
herbácea,  compuesta  de  más  de  quinientas  especies  de 
gramíneas,  abriga  el  cuerpo  de  esa  tierra,  como  la 


32  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

piel  de  un  animal  sobre  la  que  pasan  estremecimien- 
tos vitales. 

Por  la  superficie,  corre  también  la  vida  por  una 
red  circulatoria  de  arterias  hidrográfícas,  que  dan 
a  esas  colinas  el  aspecto  de  los  lóbulos  de  un  cerebro 
irrigado  por  sangre  copiosa.  I^as  tres  grandes  vertien- 
tes que  van,  ya  hacia  el  Uruguay,  ya  hacia  el  Plata 
o  el  Atlántico,  forman  la  cuenca  del  río  Negro,  que 
atraviesa  el  país  de  parte  a  parte,  de  oriente  a  ponien- 
te, como  el  centro  del  estremecimiento  arterial,  y 
abren  el  lecho  de  catorce  ríos,  de  centenares  de  arro- 
yos caudalosos  y  de  millares  de  pequeñas  corrientes 
que  se  mueven  y  dan  la  nota  de  la  vida  carminosa 
en  todas  las  hondonadas.  En  el  fondo  de  éstas  se 
encuentra  siempre  el  reflejo  del  árbol  sobre  el  agua; 
en  el  remanso  quieto,  o  en  la  corriente  rumorosa  y 
ágil. 

Sus  mayores  alturas  no  llegan  a  seiscientos  metros; 
y  aun  en  ellas,  la  espiga  del  trigo  puede  germinar 
hasta  en  las  cumbres.  Son  sólo  ondulaciones  más  al- 
tas de  una  sinuosa  superficie  intacta.  En  algunas 
parcelas  del  territorio,  la  osamentación  granítica  rom- 
pe la  piel  que  la  recubre,  y  asoma  en  grandes  bloques 
pétreos  heteroformes,  que  son  largas  sierras,  o  cerros 
aislados  como  bloques  erráticos,  y  que  cobran  formas 
arquitectónicas,  semejantes  a  torreones  cilindricos 
o  a  edificios  ciclópeos  derrumbados.  Esos  bloques  pa- 
recen más  bien  caídos  de  lo  alto  que  brotados  de  la 
tierra;  no  matan,  por  consiguiente,  la  rica  vegetación 
que  los  circunda,  y  trepa  por  sus  grietas,  y  forma,  en 
las  honduras,  lujuriantes  manchones  de  vegetación 
arbórea,  en  medio  a  los  tupidos  matorrales.  Si  se  pe- 
netra en  esas  zonas  ásperas  excepcionales;  si  se  cruza 
por  el  fondo  de  la  sierra,  o  se  trepa  el  cerro,  se  expe- 


Elv  TEATRO  33 

rimenta  la  sensación  estética  de  lo  grandioso,  del  pai- 
saje de  montaña,  con  tanta  intensidad  como  en  las 
excelsas  cordilleras:  la  eminencia  y  la  sima;  el  peñón 
abrupto  cortado  a  pico;  la  mole  granítica  suspendida 
en  el  vacío;  el  precipicio;  el  largo  desfiladero  inacce- 
sible; el  breñal-madriguera  en  las  honduras;  el  árbol 
tortuoso  agarrado  a  la  roca  con  sus  tentáculos  de 
raíces  color  de  piedra;  el  nacer  y  el  morir  del  sol  tras 
la  mole  fantasma;  la  proyección  de  la  montaña  en 
la  llanura. 

Pero  allí  lo  grandioso  es  sólo  efecto  de  lo  relativo 
en  nuestra  sensación; la  sierra  aparece  grande,  porque 
las  largas  colinas  en  que  se  levanta  de  improviso  son 
pequeñas;  lo  grandioso  está  en  nosotros,  aunque  su- 
gerido por  la  expresión  del  mundo  exterior,  en  que 
nada  es  enorme. 

Ese  paisaje  no  imprime  carácter  al  territorio;  la 
montaña  no  cierra  ni  recorta  sus  dilatados  horizon- 
tes sin  orillas;  la  vegetación  arbórea  natural  es  escasa. 
La  región  de  los  árboles  gigantes  americanos,  como  la 
de  la  montaña  excelsa,  está  más  arriba  de  la  línea  di- 
visoria entre  España  y  Portugal,  en  la  región  que  se 
acerca  al  trópico,  en  la  zona  brasileña,  en  que  crecen 
los  palmares  y  los  bananeros  resonantes,  y  se  pro- 
duce el  café  y  el  algodón  y  el  añil.  En  la  tierra  que 
observamos,  la  colina  granítica,  envuelta  en  su  man- 
tillo vegetal,  produce  el  trigo  y  el  maíz,  como  en 
región  alguna  del  mundo;  las  flores  del  peral  y  del  man- 
zano y  del  durazno,  importados  de  Europa,  anun- 
cian sus  primaveras,  llenas  de  sol  fresco  y  coloreado 
con  vigor.  La  flora  indígena  es  escasa:  árboles  y  ar- 
bustos tortuosos,  y  de  frutos  agrios  en  su  mayor 
parte,  que  no  cobran  las  proporciones  de  los  tropica- 
les. Ellos  bastan,  sin  embargo,  para  formar,  con  los 

T.  1.-5 


34  ItA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

matorrales  y  las  enredaderas  salvajes,  largos  bosques 
impenetrables,  sobre  cuyos  árboles  pequeños  emergen 
de  trecho  en  trecho  algunos  colosales,  en  que  anidan 
águilas,  y  fabrican  las  cotorras,  innumerables  y  chi- 
llonas, sus  colgantes  viviendas  espinosas.  Pero  esos 
bosques  crecen  siempre  a  lo  largo  de  los  arroyos 
y  los  ríos,  y  se  extienden  más  o  menos  en  sus  már- 
genes y  en  sus  confluencias,  según  es  más  o  menos 
rápido  el  declive  de  las  colinas  en  cuya  convergen- 
cia corre  el  agua,  entre  los  árboles  y  marañas.  Si 
hay  allí  una  llanura,  las  aguas  que  permanecen  for- 
man el  bañado,  el  extenso  pantano  cubierto  de  jtm- 
cos  y  plantas  acuáticas,  en  que  anidan  los  patos  in- 
numerables, se  levantan  las  bandas  de  garzas  blancas 
como  nubes  del  poniente,  pasean  las  cigüeñas,  nadan 
las  nutrias,  y  lanzan  los  chajás  sus  gritos  estridentes. 
Fuera  de  esos  bajos,  en  que  se  deposita  el  humus, 
arrastrado  por  las  lluvias  al  borde  de  las  corrientes, 
no  existen  arbolados  naturales;  las  colinas  y  los  va- 
lles son  el  dominio  exclusivo  de  la  gramínea  rastrera 
e  invasora,  salpicada  de  trecho  en  trecho  por  el  car- 
dal de  flores  azules,  o  por  el  matorral  de  chircas  ver- 
des. Alguno  que  otro  ombú  solitario  se  levanta  en  la 
cumbre  délas  lomas;  manchones  de  palmares, copiosos 
y  agrupados  los  unos,  ralos  y  dispersos  los  otros, 
dan  su  nota  original  en  las  costas  atlánticas,  o  a  ori- 
llas del  Uruguay,  y  recuerdan  que  esa  tierra  es  la 
extremidad  del  macizo  orográfico  brasileño;  todas  las 
variedades  de  palmeras  viven  alegres  y  sanas  en  este 
suelo,  lejos  del  trópico.  Pero  todo  eso  es  accidente: 
el  perpetuo  ondular  de  la  colina,  de  un  bermellón 
verde  característico,  es  lo  que  imprime  su  sello  a 
la  tierra;  los  horizontes  se  ensanchan  y  se  renue- 
van, modificando  la  línea  curva  de  las  lomas  elás- 


Elv  TEATRO  35 

ticas  que  se  reproducen  sin  cesar;  aparecen  y  se 
levantan  las  más  lejanas  en  la  convergencia  de  las 
que  descienden  en  primer  término;  suben  y  bajan; 
ondulan  en  el  espacio,  como  enormes  turgencias  de 
senos  nubiles  que  respiran  dormidos.  Muchas  de  estas 
feraces  colinas,  las  más  extensas,  son  achatadas: 
una  larga  meseta  o  llanura  se  ofrece  a  la  vista,  una 
vez  escalada  la  pendiente;  una  llanura  granítica, 
exuberante  de  vida  vegetal;  un  lago  verde,  de  bri- 
llante inmovilidad  fecunda. 

El  insigne  botánico  Augusto  de  Saint  Hilaire,  que 
recorrió  estos  campos  en  1821,  me  salva  del  peligro 
de  transmitiros,  como  verdad  objetiva,  lo  que  pu- 
diera ser  sólo  impresión  subjetiva  con  relación  a  mi 
tierra.  Saint  Hilaire  se  expresa  así  sobre  ella:  «Aunque 
poco  variado,  el  aspecto  de  estos  campos  no  fatiga 
como  el  de  los  inmensos  desiertos  de  Goyaz  y  de  IVIi- 
nas.  El  aire  de  alegría  que  reina  en  todo  este  país  de- 
pende acaso  de  la  idea  de  riqueza  y  de  abundancia 
que  dan  estos  tan  excelentes  pastos;  pero  más  toda- 
vía del  color  del  cielo,  de  un  azul  tierno,  en  extremo 
agradable  a  la  vista,  y  de  la  luz,  que,  sin  deslumbrar, 
como  en  los  trópicos,  tiene  una  vivacidad  y  una  ful- 
guración desconocidas  en  el  Norte  de  Europa». 

Iva  fauna  indígena  no  era  más  rica  que  la  flora  ar- 
bórea. Los  seres  cálidos,  que  habitan  innumerables 
las  regiones  tropicales;  las  fieras;  los  reptiles  defor- 
mes; los  habitantes  de  la  misteriosa  selva  medite- 
rránea, en  que  cuelgan  los  racimos  enormes  que  des- 
tilan los  azúcares  hipnóticos,  en  que  se  enrosca  el 
boa  y  cantan  los  suntuosos  pájaros  extáticos  sus 
himnos  al  sol,  no  hallan  en  esta  región  su  ambiente 
propicio.  Aquí,  la  calandria  y  el  zorzal  cantan  a  la 
aurora,  en  coro  con  los  tordos  y  los  mirlos  negros; 


36  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  águila  traza  en  el  aire  su  espiral  silenciosa;  el  teru- 
tero lanza  gritos  de  guerra  o  de  sorpresa;  el  venado, 
de  pie  sobre  la  loma,  recorta  su  silueta  delicada, 
sobre  los  amplios  horizontes  de  larguísimos  crepúscu- 
los anaranjados;  el  avestruz  recorre  las  llanuras,  en 
las  que  deja  el  montón  de  sus  enormes  huevos  amari- 
llos; el  carpincho  sale  del  río  a  pastar  en  la  orilla;  la 
perdiz  corre  silbando  entre  los  pastos  olorosos,  o  llena 
el  viento  de  los  temblores  musicales  de  sus  alas. 

Tales  eran  las  notas  características  de  la  vida  orgá- 
nica de  esa  región,  que,  no  ofreciendo  asilo  propicio 
a  las  semillas  ni  a  los  seres  animados  que  vienen  del 
trópico,  y  que  se  detienen  en  sus  fronteras,  parecía 
estar  a  la  espera  de  sus  verdaderos  dueños  en  el  reino 
animal.  Cuando  éstos  llegaron,  con  la  colonización 
europea,  la  nota  de  la  vida  propia,  esperada  por  la 
gramínea  exuberante,  dio  su  carácter  definitivo  a  la 
comarca:  el  toro  y  el  caballo,  al  pisar  aquella  tierra 
intacta,  dura;  al  sentir  el  olor  de  la  vida,  en  el  de  sus 
pastos  azoados;  al  ver  aquellas  colinas  ilimitadas, 
abiertas  al  fogoso  correr  de  la  yeguada  y  al  pastar 
de  la  vaca  y  del  rebaño  innumerable,  sintieron  la 
alegría  y  la  pujanza  del  vivir;  vivieron  y  se  repro- 
dujeron en  forma  tal,  que,  en  muy  pocos  años,  los 
animales  vacunos  y  caballares  llegaron  a  tomar  las 
proporciones  que  en  otros  países  cobran  las  plagas; 
llenaban  las  colinas  del  Sur  y  subían  hacia  el  Norte, 
hasta  encontrar  la  línea  en  que  se  detenían  los  seres 
vivos  que  venían  del  trópico. 

El  caballo,  sobre  todo,  transformó  el  aspecto  de 
la  tierra  y  las  costumbres  de  su  habitador.  El  habi- 
tante prehistórico  de  esta  región,  el  indio  nómada, 
no  tenía  caballo,  andaba  a  pie;  no  poseía,  pues,  la 
tierra.   Al  llegar  aquel  animal,  como  si  se  fundie- 


EI<  TEATRO  37 

ran  los  dos  seres,  apareció  el  centauro,  el  ser  habi- 
litado para  ser  dueño  de  aquellas  colinas  ilimitadas, 
que,  con  sus  pastos  y  sus  ganados,  nutrían  al  hombre 
nuevo:  el  hombre  a  caballo. 

¡Qué  vinculada  está  la  historia  de  los  animales  a 
la  historia  de  los  humanos! 

Cuando  se  buscan  símbolos  de  la  independencia  de 
América,  se  recuerdan  aquellos  doce  potros  maravi- 
llosos de  la  litada,  que  galopaban  sobre  las  espigas 
sin  doblarles  los  tallos,  y  sobre  las  aguas  sin  mojarse 
los  cascos;  se  piensa  en  Poseidón  que,  golpeando  la 
roca  con  su  tridente,  ve  surgir  el  caballo,  nacido  de  una 
grande  ola  marina  y  dotado  del  cuello  ondulante  y 
de  la  blanca  espuma  de  la  ola.  En  la  mitología  de  la 
América  libre,  el  caballo  hubiera  sido  el  animal  sa- 
grado. 

Con  esos  elementos,  amigos  artistas,  tenéis  el  am- 
biente de  que  ha  de  estar  compenetrado  el  héroe 
oriental:  colinas  ilimitadas  y  solitarias,  bajo  un  cielo 
de  esplendente  azul;  bosques  en  las  corrientes;  ga- 
nados innumerables  en  las  laderas  verdes;  inmensas 
yeguadas  que  recorren  las  sinuosas  llanuras;  rebaños 
de  ovejas,  y,  dominándolo  todo,  «el  hombre  domador 
de  caballos»,  como  llama  Homero  al  héroe  troyano, 
el  alma  de  aquella  expresiva  naturaleza,  el  hombre 
fuerte,  capaz  de  pensar  sin  apearse  del  corcel,  y  de 
oir  su  propia  voz  interna  en  medio  del  ruido  de  las 
grandes  voces. 

Os  he  descrito  todo  esto,  porque  yo  creo  que  la 
creación  escultórica,  aun  la  estatua  personal  aisla- 
da, tiene  un  fondo  invisible  poblado  de  infinitos  seres, 
un  ambiente  amplísimo  que  la  compenetra,  y  que 
irradia  de  sus  propias  líneas  expresivas  y  sonoras. 
En  una  actitud  se  refleja  una  montaña,  y  una  puesta 


38  hA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

de  sol,  y  hasta  una  tempestad.  Yo  debo,  no  sólo  hace- 
ros conocer,  sino  haceros  ver,  y  sentir,  y  amar.  Es  pre- 
ciso que  viváis  en  esta  tierra;  que,  llegado  el  caso, 
no  os  limitéis  a  saber  lo  que  hicieron  Artigas  y  sus 
soldados,  sino  que  los  veáis  cruzar  esas  colinas  que 
os  he  descrito,  jinetes  en  sus  potros  desnudos,  todavía 
sin  domar;  descender  a  los  bajos  o  bañados  montuo- 
sos, en  busca  del  vado  escondido  entre  los  árboles; 
cruzar  a  nado  las  corrientes;  refugiarse  en  la  sierra 
abrupta  o  en  el  bosque  impenetrable;  proyectarse 
sobre  el  horizonte    anaranjado  por  el  sol  poniente. 

Si  aun  quisierais  daros  cuenta  de  dónde  comien- 
za, y  adonde  termina  esa  tierra,  como  entidad  geo- 
gráfica, de  límites  geológicos  bien  perceptibles,  podéis 
advertir  que  ella  es  la  punta  subtropical  del  gran  ma- 
cizo orográfico  cuneiforme  del  Brasil,  el  vértice  in- 
ferior del  dilatado  triángulo  formado  por  la  línea 
horizontal  del  Amazonas,  y  por  las  dos  líneas  conver- 
gentes de  las  costas  atlánticas,  por  un  lado,  y  de  los 
ríos  que  vienen  del  Norte  a  unirse  en  el  estuario  del 
Plata,  y  desembocar  con  él  en  el  Océano,  por  el  otro. 
Bn  ese  vértice  inferior  está  Montevideo.  De  este 
núcleo  social,  como  de  un  centro  luminoso,  cuyo 
chorro  de  luz  se  va  ensanchando  y  debihtando  a 
medida  que  se  aleja  del  foco,  hasta  fundirse  en  la 
obscuridad,  subía  hacia  el  Norte  el  espíritu  de  la 
nación  española.  Algo  así  como  lo  que  pasa  en  el 
fenómeno  físico,  ocurría  en  el  étnico  y  sociológico, 
con  respecto  a  los  límites  naturales  de  la  Banda  Orien- 
tal. Estos  eran  precisos,  inconfundibles,  en  el  ángulo 
inferior:  el  mar  y  el  fondo  de  los  ríos  son  sus  lados, 
imposibles  de  borrar;  pero  la  línea  superior,  como  la 
que  divide  la  luz  de  la  sombra  en  el  extremo  del  cono 


El.  TEATRO  39 

luminoso,  era  difusa,  indeterminada.  Como  se  dilu- 
yen la  luz  y  las  tinieblas,  se  fundían  allí  el  límite  su- 
perior español  y  el  inferior  portugués;  el  radio  de 
acción  que  desciende  de  Río  Janeiro  y  el  que  sube 
de  Montevideo.  Era,  pues,  preciso  trazar  convencional- 
mente  esa  línea,  y  eso  dio  origen  a  la  guerra  tres  veces 
secular  entre  España  y  Portugal,  que  trasladó  a  Amé- 
rica el  divorcio  que  existía,  y  existe  aún  en  Europa, 
entre  los  dos  pueblos  ibéricos. 

Las  metrópolis  trazaron  varias  veces  aquella  fron- 
tera, y  la  escribieron  en  sus  tratados  de  paz,  que  eran 
la  sentencia  de  sus  enconadas  guerras,  o  el  someti- 
miento a  las  resoluciones  de  las  potencias  o  monarcas 
europeos.  Entonces  era  más  fuerte  España,  y  la  luz 
del  foco  hispánico  subía  hasta  muy  arriba.  Alvar  Nú- 
ñez  Cabeza  de  Vaca  atravesó  de  Santa  Catalina  a  la 
Asunción  por  territorio  español;  las  Misiones  se  fun- 
daron a  esa  altura;  Ceballos,  el  primer  virrey  de  Bue- 
nos Aires,  las  trazó  allí  por  la  fuerza;  pero  la  diploma- 
cia artera  las  borró  desde  los  lejanos  gabinetes.  Esa 
era  la  línea  indicada  por  la  naturaleza,  la  que  hemos 
visto  distinguir  a  los  seres  animales  y  vegetales  en  su 
marcha  migratoria,  y  que  el  homo  sapiens  suele  per- 
cibir menos  claramente  que  la  planta  y  que  el  bruto. 
Veréis  cómo  ésa  fué  la  que  tuvo  Artigas  trazada  en 
su  pensamiento  como  límite  septentrional  de  su  patria; 
la  que  hubiera  trazado  en  la  realidad,  salvando  todo 
el  lote  hispánico  para  la  nación  atlántica  española,  a 
no  ha.ber  sido  hostilizado  por  hombres  insensatos  de 
su  propia  estirpe. 

Pero,  pasado  el  período  colonial,  cuando  los  hijos 
se  emanciparon  de  los  padres,  hispánicos  y  lusitanos 
volvieron  a  luchar  por  el  trazado  de  esa  frontera  arti- 
ficial. El  hijo  atlántico  de  España,  la  Banda  Orien- 


40  LiK  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

tal,  era  entonces  el  más  débil  de  la  familia  hispánica; 
había  sido  abandonado  por  sus  hermanos;  era,  en 
ese  momento,  menos  fuerte  que  el  hijo  de  Portugal, 
el  inmenso  Brasil  independiente.  Y  fué  éste  quien, 
con  previsión  inteligente  y  sagaz,  impuso  la  fron- 
tera. Una  gran  parte  de  la  región  subtropical  atlán- 
tica, que  fué  española,  y  debió  ser  nuestra,  quedó 
incorporada  a  la  opulenta  herencia  portuguesa.  Pero 
no  importa;  esas  líneas,  más  o  menos  arbitrarias, 
que  trazan  los  hombres,  por  la  fuerza,  en  la  super- 
ficie de  la  tierra,  jamás  podrán  borrar  las  que  están 
trazadas  por  la  naturaleza  en  sus  entrañas.  Ellas  ade- 
lantarán más  o  menos,  por  otra  parte,  en  la  zona  in- 
definida, achicarán  más  o  menos  la  esfera  de  acción 
política  del  núcleo  inconfundible,  pero  jamás  apaga- 
rán a  éste. 

Se  achicó,  sin  duda  alguna,  la  del  núcleo  hispánico; 
se  la  achicó  todo  cuanto  fué  posible  arrebatar  a  la  de- 
bilidad del  heredero  de  España;  pero  no  tanto  que  se 
le  quitasen  los  elementos  de  vida;  no  tanto  que  se 
arrancara  la  raíz  al  vigoroso  retoño  atlántico  del 
árbol  español,  que  hoy  es  nuestra  uruguaya  patria. 

Se  ha  dicho  que  lo  que  quedó  es  pequeño.  ¡Pequeño! 
Jamás  tendré  por  hombre  de  buen  sentido  a  quien 
tome  en  cuenta  esa  circunstancia  para  juzgar  de  la 
razón  de  ser  de  un  pueblo,  de  la  vida  de  un  organismo: 
su  tamaño.  Ese  territorio  no  es  pequeño:  tiene  dos- 
cientos  mil  kilómetros  cuadrados;  cuatro  o  cinco  na- 
ciones europeas  caben  en  él;  puede  contener  ochenta 
millones  de  habitantes  con  menos  densidad  que  Bél- 
gica. Pero  no  creo  que  valga  la  pena  hablar  de  eso. 
1/5  que  interesa  es  que  os  deis  cuenta,  mis  buenos 
amigos,  de  la  conservación  de  esa  región,  indepen- 
diente por  naturaleza,  como  la  sede  de  un  pueblo  ne- 


Elv  TEATRO  41 

cesariamente  distinto  de  los  demás  pueblos,  chicos 
o  grandes,  que  lo  rodean.  Acaso  lo  que  perdió  en  ex- 
tensión hacia  el  Norte,  lo  ganó  en  intensidad  en  su 
núcleo  meridional. 

Se  ha  quedado  con  lo  más  homogéneo,  con  lo  in- 
discutible, con  lo  inconmovible.  Si  el  mapa  de  la  Amé- 
rica del  Sur  no  fuera  aún  definitivo,  la  República 
Oriental  del  Uruguay  será  centro  de  atracción,  nebu- 
losa espiral,  jamás  satélite.  I^a  geografía  manda  en  la 
historia. 

Y  llegamos,  por  fin,  a  nuestro  propósito.  En  esa 
región,  en  la  margen  oriental  del  Plata,  nació  Artigas, 
nieto  de  un  hidalgo  y  de  una  dama  españoles;  nació 
en  su  núcleo  urbano,  en  Montevideo,  y  casi  con  éste, 
cuarenta  años  después  de  fundado  por  sus  abuelos. 
Artigas  es  la  encamación  de  todas  esas  leyes  de  que 
os  he  hablado;  él  es  la  transformación  de  esos  ele- 
mentos vitales  en  forma  humana  inteligente,  en  visión 
imperiosa,  en  dinamismo  heroico,  en  núcleo  de  rota- 
ción que  envuelve  la  nebulosa  generatriz  de  un  cuerpo 
luminoso  de  luz  propia,  centro  de  días  y  de  noches. 

Ese  pedazo  de  nuestra  América  tenía  en  ella  su 
misión  propia,  como  la  pequeña  Grecia  en  el  mundo 
antiguo.  El  cómo  la  llenó  constituye  nuestra  historia. 


CONFERENCIA  III 

EN  IvA  REGIÓN  DE  I,AS  MADRES 


I,A  GEOLOGÍA  Y  LA  HISTORIA. — I,A  «ENTELEQUIA»  O  EL  ALMA  DE 
LAS  NACIONES. — I<A  CIUDAD. — I<AS  CIUDADES  AMERICANAS  COMO 
NÚCLEOS  DE  ESTADOS  INDEPENDIENTES. — BUENOS  AIRES,  MON- 
TEVIDEO Y  RÍO  JANEIRO. 


Amigos  artistas: 

En  mi  conferencia  anterior  yo  pretendí,  como  os 
lo  decía,  haceros  penetrar  hasta  las  visceras  de  la 
Patria  Oriental,  llevándoos  hasta  las  entrañas  de  la 
tierra,  y  hasta  las  más  profundas  quizá  de  los  pro- 
blemas sociológicos,  en  busca  de  la  más  remota  razón 
de  ser  de  la  patria  evocada  por  Artigas.  Tal  era  lle- 
vado Fausto  a  la  región  silente  de  las  madres  o  de 
las  causas.  En  esa  subterránea  región,  según  Paul  de 
Saint  Víctor,  la  antigüedad  reverenciaba  las  raíces 
sagradas  de  todas  las  cosas:  tesoros  de  metales  y  de 
piedras  preciosas,  frutos  y  plantas  en  germen,  culti- 
vos y  sepulturas,  efluvios  de  antros  y  de  trípodes  pro- 
f éticos,  leyes  inmutables  que  desenvuelven  el  mundo 
y  le  sirven  de  bases  sustentadoras.  Confieso  que  eso 
es  demasiado  horadar;  meterse  acaso  en  demasiadas 


44  i-A  e;popeya  de  artigas 

honduras.  Quizá  encontremos  en  ellas,  sin  embargo, 
alguna  línea,  y  hasta  alguna  vigorosa  nota  de  color 
para  vosotros. 

Pero  si  bien  yo  quisiera  haceros  extraer,  de  las  mis- 
mas entrañas  ígneas  de  la  tierra  americana,  el  hierro 
y  el  cobre  de  que  formaréis  el  bronce  de  vuestra  esta- 
tua, no  pretendo  con  ello  presentaros  las  influencias 
geológicas,  y  étnicas,  y  climatéricas,  como  el  único 
factor  determinante  de  la  formación  de  los  Estados; 
ni  siquiera  me  atrevo  a  clasificar,  por  orden  de  im- 
portancia relativa,  los  múltiples  agentes,  sociológicos 
históricos,  geográficos,  térmicos,  que  concurren  a  con- 
glomerar las  células  o  unidades  primitivas  de  las  na- 
ciones. 

Federico  Amiel,  el  melancólico  ginebrino  de  alma 
germánica  o  germanizada,  hubiera  dado,  me  parece, 
una  importancia  muy  grande,  en  nuestro  caso,  al 
factor  geológico  que  yo  os  indico.  «Juzgar  nuestra 
época,  dice  en  su  Diario  Intimo,  desde  el  punto  de 
vista  de  la  historia  universal;  la  historia,  desde  el 
punto  de  vista  geológico,  y  la  geología  desde  el  punto 
de  vista  de  la  astronomía,  es  una  emancipación  del 
pensamiento.»  Yo  no  llegaré  a  tanto.  Esas  teorías  de 
conjunto,  a  que  se  adhiere  tan  firmemente  el  pen- 
samiento del  Norte;  esos  métodos  comprensivos,  de 
donde  han  salido,  según  la  opinión  de  Bourget,  tan- 
tos sistemas,  desde  el  de  Schelling  hasta  el  de  Hart- 
mann,  pasando  por  Hegel  y  Schopenhauer;  esa  ten- 
dencia a  salir  de  la  realidad  sensible,  para  vivir  sólo 
en  la  abstracción,  en  lo  absoluto,  cuando  estamos 
rodeados  por  todas  partes  de  lo  contingente,  no  se 
compadece  con  nuestra  naturaleza  heleno-latina,  ima- 
ginativa y  pasional.  Pero,  sin  afirmar  que  ello  sea  in- 
dispensable para  que  nuestro  pensamiento  se  eman- 


EX  I<A  REGIÓN  DE  LAS  MADRES  45 

cipe,  yo  creo  que  la  influencia  de  los  factores  externos, 
la  constitución  geológica  del  suelo,  la  temperatura, 
la  fauna,  la  flora,  sobre  los  factores  internos,  carac- 
teres físicos,  morales  e  intelectuales,  de  los  hom- 
bres que  constituyen  una  sociedad  política,  es  un  ele- 
mento de  importancia  capital  en  el  estudio  de  los 
orígenes  de  un  pueblo.  Y  lo  es  en  el  de  los  del  pueblo 
oriental  del  Uruguay. 

Acabo  de  leer  un  interesante  ensayo  de  don  Miguel 
de  Unamuno,  insigne  amigo  mío,  y  para  conmigo 
siempre  generoso,  a  pesar  de  nuestras  fundamentales 
disidencias,  en  que  ese  ilustre  escritor  examina  el 
problema  de  que  ahora  tratamos:  el  por  qué,  una  vez 
desmembrada  naturalmente  la  América  española  de 
su  metrópoli,  se  formaron  en  ella  diversos  estados, 
independientes  entre  sí;  por  qué  fueron  estos  diez  y 
seis,  y  no  veintiséis,  o  catorce,  o  siete. 

Unamuno  toma  en  consideración  un  discurso  que 
yo  pronuncié  al  inaugurarse  la  estatua  de  Lavalleja, 
de  que  hemos  hablado.  Enuncié  yo  allí,  efectivamente, 
con  la  fugacidad  exigida  por  la  oración  popular  es- 
parcida a  voces  en  el  viento,  algo  de  lo  que  ahora  es- 
toy diciendo:  el  por  qué  de  la  emancipación  necesaria 
del  Uruguay,  no  sólo  de  España,  sino  también  de  los 
otros  pueblos  americanos;  el  agente  dinámico,  por 
consiguiente,  que  estaba  en  la  subconsciencia  de  Ar- 
tigas, y  hace  de  éste  un  héroe,  un  poseído  del  espíritu 
regulador  de  las  grandes  fuerzas  que  rigen  el  universo. 

Unamuno,  que,  rara  avis.  sabe  lo  que  escribe  cuan- 
do lo  hace  en  la  prensa  periódica  europea  sobre  cosas 
de  América,  después  de  afirmar  que  yo  sostengo 
en  mi  discurso,  que  el  Uruguay  tuvo  que  ser  una  na- 
ción independiente  por  constituir  una  unidad  geográ- 


46  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

fica  subtropical  y  atlántica,  se  aparta  de  esa  opinión, 
como  disiente  de  la  que,  siguiendo  a  Carlyle,  designa 
a  los  héroes  como  núcleo  de  conglomeración  socio- 
lógica. El  cree  y  sostiene  que  lo  que  ha  constituido 
principalmente  esos  centros  de  rotación,  en  la  Amé- 
rica española,  cuya  conquista  hemos  esbozado,  han 
sido  las  ciudades  que  se  fundaron.  Bl  sentimiento  de 
patria,  de  persona  internacional,  es  de  origen  ciuda- 
dano, dice;  civilización  deriva  de  Civis,  de  donde  tam- 
bién viene  ciudad,  Civitas.  Montevideo  hizo  al  Uru- 
guay, como  Buenos  Aires  a  la  Argentina,  y  lyima, 
Bogotá,  Caracas,  Quito,  hicieron  a  los  estados  de  que 
son  capital.  Güemes  o  I^ópez,  caudillos  argentinos, 
hubieran  hecho  lo  que  Artigas,  a  haber  existido,  en 
las  regiones  que  acaudillaron,  ciudades  cor.  las  con- 
diciones requeridas. 

Como  lo  veis,  el  erudito  pensador  español  no  nie- 
ga en  absoluto  la  influencia  étnica;  discute  sólo  en 
cuanto  a  su  importancia  relativa.  Yo  le  atribuyo,  es 
verdad,  alguna  ma^^or  importancia  que  él  en  la  for- 
mación de  las  naciones,  de  la  uruguaya  especialmente. 
En  cuanto  al  innegable  influjo  de  las  ciudades,  pro- 
blema angular  es  ése  en  nuestra  historia,  que  Una- 
muno  ha  entrevisto;  es  todo  el  de  Artigas,  precisa- 
mente; viejo  y  largo  y  universal  problema:  la  pugna 
entre  el  principio  que  atribuye  a  la  ciudad  la  potencia- 
lidad casi  exclusiva  de  hacer  la  patria,  la  ciudad- 
repúbHca,  y  el  que  halla  tal  virtud  en  toda  la  nación, 
en  la  influencia  racional  de  todos  y  cada  uno  de  los 
que  la  componen.  Veremos  cómo  es  el  primero  de 
esos  agentes  el  que  inspira  y  mueve  a  los  émulos  del 
héroe  ríoplatense;  defender  la  capital,  salvar  la  capi- 
tal es  todo  para  ellos,  como  para  las  abejas  salvar  la 
reina  en  la  colmena;  como  para  ciertos  animales  escon- 


BN  I.A  REGIÓN  DE  I,AS  MADRES  47 

der  o  inmunizar  la  cabeza.  Artigas  es  lo  contrario: 
todo,  para  él,  es  salvar  el  principio,  el  sistema,  como 
entonces  se  decía,  el  alma  popular  que,  como  la  indi- 
vidual, reside  toda  en  todo  el  cuerpo  y  toda  en  cada 
una  de  las  partes.  Bso  es  todo  Artigas. 

Si  miramos  bien  en  ello,  podremos  fácilmente  per- 
cibir en  esos  dos  instintos,  más  que  doctrinas,  la 
remota  generación  o  principios  anímicos  de  las  dos 
tendencias  políticas  contrapuestas:  la  aristocrática  mo- 
nárquica, y  la  democrática  que  busca  su  forma  en  la 
republicana.  Y,  sin  disimulamos  los  escollos  propios 
de  cada  una  de  ellas;  sin  siquiera  dar  por  resuelto 
dogmáticamente  ese  problema  de  las  formas,  bien 
podemos  afirmar  que  la  humanidad  cree  hoy  lo  que 
Artigas  creyó;  tiende  a  la  difusión,  y  no  a  la  concen- 
tración del  agente  creador  y  conservador  de  la  vida 
en  las  naciones;  ve  en  la  democracia  el  ideal  de  liber- 
tad, de  justicia  y  de  paz  a  que  aspira,  y  en  la  forma 
representativa  republicana  el  camino  más  racional, 
entre  los  conocidos,  para  alcanzarlo. 

Nuestra  América,  cuando  menos,  hija  predilecta 
de  la  democracia,  piensa  así  con  imánime  criterio, 
y  ése  será  el  nuestro,  por  lo  tanto,  para  juzgar  a  Arti- 
gas ante  la  Historia.  Nada,  pues,  más  oportuno,  para 
disponemos  a  asistir  a  ese  proceso  interesante,  que 
aceptar  la  meditación,  a  que  nos  mueve  la  del  publi- 
cista español,  sobre  la  influencia  de  las  ciudades  en 
la  formación  de  los  estados. 

La  ciudad  es,  efectivamente,  el  núcleo  de  civili- 
zación; pero  no  de  vida;  como  no  lo  es  la  cabeza  en 
el  organismo  humano,  por  más  que  en  ella  resida  es- 
pecialmente el  pensamiento.  No  es  causa;  es  también 
efecto.  Yo  creo  que,  al  revés  de  lo  que  pasa  en  lo  in- 
animado, en  que  las  partes  preceden  al  todo,  y  lo  de- 


48  I^A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

terminan  siguiendo  un  orden  mecánico,  en  el  ser  vivo 
(y  una  nación  lo  es  a  su  manera)  el  todo  parece  prece- 
der a  las  partes,  y  determinarlas  según  una  ley  progre- 
siva de  finalidad.  Es  un  fin  que  crea  sus  medios.  Existe, 
o  mucho  me  equivoco,  un  principio  interior,  cuya  ac- 
tividad precede  a  la  manifestación  del  ser  social  vivo, 
mantiene  su  unidad,  su  identidad  permanente,  al  tra- 
vés de  las  transformaciones  perpetuas,  y  dirige  su  evo- 
lución, según  el  tipo  que  debe  realizarse,  sin  obstar  a  la 
libertad  de  la  persona  humana,  cuyo  destino  es  el  fin 
de  la  sociedad.  Todo  concurre  a  la  formación  de  los  esta- 
dos: el  agente  de  vida  forma  la  capital  conjuntamente 
con  el  pueblo  a  que  ha  de  servir  de  núcleo  inteligente, 
como  se  forma  el  cerebro  y  el  corazón,  al  par  de  los 
últimos  filamentos  nerviosos,  en  el  organismo  sensible. 

No  creo  que  sea  intempestivo  penetrar  un  poco 
más,  aunque  sea  muy  poco,  en  este  interesante  pro- 
blema. Hagámoslo,  mis  queridos  amigos,  siquiera  sea 
por  esta  vez.  Yo  os  prometo  corregirme,  en  adelante, 
de  esas  vagas  ideologías.  No  puedo  resistir  a  la  ten- 
tación de  haceros  compartir  mi  visión  clara  sobre  la 
aparición  de  la  patria  de  Artigas,  de  Artigas  mismo, 
como  el  cumplimiento  de  leyes  o  el  producto  de  fuer- 
zas providenciales,  incontrastables,  más  fuertes  que 
el  libre  querer  de  los  hombres  que  edifican  capitales. 
Sin  esa  convicción,  jamás  percibiríais,  en  todo  su  ca- 
rácter y  magnitud,  al  hombre  que  es  el  agente  heroico 
de  aquellas  fuerzas,  y  que  es  arrebatado  por  ellas, 
como  el  profeta  por  el  espíritu  del  fuego.  Bien  me  doy 
cuenta  de  vuestra  impaciencia  por  llegar  cuanto  an- 
tes a  la  historia  concreta;  pero  no  hay  remedio:  tengo 
que  poner  a  prueba  vuestra  virtud.  Dadme  media 
hora  de  atención;  sólo  media  hora. 


EX  I,A    REGIÓX    DE  L,ÁS  MADRES  ^9 

Hipólito  Taine,  el  orfebre  del  diáfano  estilo,  en  su 
Filosofía  del  Arte,  pronunció,  para  juzgar  de  la  civi- 
lización helénica,  la  palabra  entéléchie,  que  él  escribe 
en  caracteres  griegos,  que  no  conozco,  desgraciada- 
mente. Nosotros  diremos  entelequia,  si  os  parece.  I^a 
palabra  es  lo  de  menos;  vamos  al  concepto.  Entele- 
quia, en  la  lengua  de  Aiistóteles,  es,  en  un  ser  vivo, 
el  principio  de  su  organización,  de  su  unidad  y  de  su 
vida;  es  su  forma,  su  principio  informador,  por  oposi- 
ción a  su  materia. 

Ese  concepto  del  filósofo  griego  fué  visto  por  I^eib- 
nitz;  pero  éste,  como  intérprete  del  espiritualismo 
monístico,  que  ve  en  la  materia  el  espíritu  con  el  pen- 
samiento amortiguado,  consideró  esa  llamada  entelequia 
como  el  principio  dinámico  de  los  mónadas  o  seres  pri- 
mitivos, lya  misma  doctrina  moderna  de  la  evolución 
cuenta  con  esa  entidad  empírica,  que  me  parece  muy 
interesante.  El  plan  arquitectónico  que  sigue  cada  indi- 
vidualidad orgánica,  según  la  ley  llamada  de  unidad 
de  composición,  obliga  a  reconocer  un  principio  in- 
terno, director  de  las  transmutaciones  que  estudia 
la  morfología  moderna.  Según  eso,  la  doctrina  aris- 
totélica de  la  entelequia  se  parece  mucho  a  lo  que 
Claudio  Bernard  llama  idea  directiva  de  la  vida,  y 
mucho  más  todavía  a  la  idea-fuerza,  de  que  habla 
Fouillée,  en  su  Evolucionismo  de  las  I  deas- fuer  zas. 
Llámesele  como  se  quiera,  yo  creo  que  existe  un  prin- 
cipio ordenador  y  regulador  de  todas  las  energías, 
que  se  reúnen  en  un  centro,  para  formar  la  individua- 
lidad viva  concreta. 

De  ese  concepto  saca  Aristóteles  su  definición  del 
alma,  del  alma  en  general,  en  todos  los  seres  anima- 
dos: «la  entelequia  de  un  cuerpo  natural  orgánico». 

Taine  se  apasiona  por  esa  definición;  «ella  hubiera 

T.  I.-6 


50  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

podido  ser  escrita,  dice,  por  todos  los  escultores  grie- 
gos; es  la  idea  madre  de  la  civilización  helénica». 
Aceptadla  vosotros,  si  ella  os  inspira,  mis  amigos 
artistas.  Pero  Taine  la  aplica  especialmente  al  alma 
humana,  y  de  ahí  deduce,  como  es  obvio,  que  el  ser 
moral  no  es  sino  el  término  y  como  la  flor  del  animal 
físico.  En  eso  se  equivoca,  como  yerra  también  al 
atribuir  tal  aplicación  a  Aristóteles.  Éste,  lo  mismo 
que  los  filósofos  cristianos,  aunque  ve  en  el  alma  del 
hombre  la  entelequia  de  su  cuerpo,  el  principio  de  su 
organización,  de  su  unidad,  de  su  vida  (su  forma  subs- 
tancial, dicen  los  escolásticos),  también  descubre  en 
ella,  y  sobre  todo,  un  orden  de  funciones  hiperorgá- 
nicas.  I^as  operaciones  del  pensamiento  y  de  la  virtud 
son  algo  más  que  la  flor  terminal  del  cuerpo  huma- 
no. Aristóteles  las  atribuj'e  al  alma,  que  es  substan- 
cia, que  es  en  sí  y  se  concibe  por  sí,  que  es  espiritual, 
porque  lo  son  muchos  de  los  objetos  de  sus  opera- 
ciones privativas,  que  sobrevive  a  la  destrucción  del 
cuerpo,  y  que  es  simple,  indisoluble,  inmortal.  Y 
creada  por  Dios  para  informar  el  cuerpo,  dice  la  filo- 
sofía cristiana. 

Pero  si  ese  concepto  de  entelequia,  o  como  queráis 
llamarle,  no  es  aplicable  al  organismo  del  hombre, 
se  me  ocurre  que  lo  es,  en  cierto  modo,  al  social  y 
político  que  llamamos  estado  o  nación,  como  lo  es 
a  los  organismos  puramente  sensitivos,  en  que  el 
alma,  aunque  simple,  desaparece  con  el  organismo. 
A  mí  me  sirve,  cuando  menos,  a  maravilla,  para  dar 
forma  musical  a  mi  concepto  de  patria.  Tomadlo  si- 
quiera, mis  amigos,  como  una  sonora  imagen,  cual- 
quier que  sea  vuestro  criterio  filosófico.  Existe,  me 
parece,  un  principio  de  organización,  de  unidad,  de 
vida,  constituido  por  múltiples  elementos,  geológi- 


En  r<A  REGIÓN  DE  r,AS   MADRES  5 1 

eos,  étnicos,  biológicos,  climatéricos,  históricos,  que 
informa  los  organismos  sociológicos  o  colectivos,  y 
que,  no  teniendo  más  misión  que  la  de  informarlos, 
desaparece  con  ellos.  I^as  patrias  concretas  no  son 
espirituales;  no  son,  pues, inmortales;  viven  en  el  tiem- 
po; éste  las  transforma,  las  aniquila.  A  ellas,  por  lo 
que  difieren  del  hombre,  es  aplicable  la  doctrina  mo- 
derna del  transformismo,  de  la  selección,  de  la  conser- 
vación de  la  vida  por  la  muerte.  Pero  esas  patrias, 
en  tanto  viven,  en  cuanto  conservan  el  principio 
informador  que  constituye  su  yo  permanente,  que  les 
da  carácter,  unidad,  vida  orgánica.  Y  ese  principio  es 
tanto  más  enérgico  y  persistente,  tanto  más  inmor- 
tal, si  me  permitís  la  paradoja,  cuanto  más  se  identi- 
fica con  el  orden  o  divina  ley  del  universo,  y  es  una 
nota  de  su  recóndita  armonía.  O  mucho  me  equivoco 
o  el  patriotismo  no  es  otra  cosa  que  la  fe  en  ese  prin- 
cipio con  relación  a  la  propia  tierra;  es  la  creencia  en 
la  relativa  inmortalidad  de  ésta,  basada  en  la  identi- 
ficación del  principio  que  la  informa  con  las  leyes 
más  enérgicas  e  inmutables. 

Por  eso  y  para  eso,  para  hacer  razonable,  inque- 
brantable, la  fe  patriótica  de  esta  nación  de  Artigas, 
yo  os  he  hecho  conocer,  mis  amigos,  los  agentes  geoló- 
gicos que  hacían,  de  la  región  oriental  del  Plata,  un 
territorio  capaz  de  imprimir  diferencias  étnicas  a  los 
seres  humanos  que  en  él  constituyeron  un  pueblo,  de 
dar  existencia  a  un  Genio  de  los  Orientales,  como  dirá 
el  ilustre  Monterroso;  por  eso  no  puedo  pensar,  con 
Unamuno,  que  la  entelequia,  el  principio  vital  de  la 
Patria  Oriental,  haya  sido  sólo  la  ciudad  de  Montevi- 
deo, como  no  lo  fué  en  la  platense  la  de  Buenos  Aires; 
tampoco  la  aparición  de  un  héroe,  sea  personal  o 
.  colectivo. 


52  I/A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Veréis  cómo  no  nació  el  Uruguay  porque  existía 
Montevideo;  sino  que  existió  Montevideo,  y  se  des- 
arrolló, con  las  condiciones  requeridas  para  ser  núcleo 
de  civilización,  porque  existía  el  Uruguay,  porque  el 
principio  vital,  complejo,  indescifrable,  hijo  de  la  ma- 
dre naturaleza,  preexistía  en  aquella  región  atlántica 
subtropical,  cuyos  habitantes,  desde  los  aborígenes 
hasta  nosotros,  han  estado  y  están  bajo  el  influjo 
misterioso  de  la  tierra,  del  factor  étnico. 

Era  ese  principio  vital  el  que  animaba  a  Artigas, 
el  que  creó  su  figura  heroica,  con  su  carácter  y  su  vi- 
sión o  mensaje.  No  sólo  no  consagró  éste,  al  crear  la 
patria,  el  predominio  absoluto  de  su  ciudad  natal, 
Montevideo,  como  querían  hacerlo  sus  rivales  con 
Buenos  Aires,  sino  que  impuso  a  aquélla  el  de  toda 
la  región,  sin  perjuicio  de  darle  la  influencia  y  el  sig- 
nificado que  le  eran  propios.  Artigas  no  se  radicó 
jamás  en  Montevideo.  Veréis  cómo  la  primera  capital 
de  esta  nuestra  República  Oriental  del  Uruguay  fué 
Purificación,  el  caserío  primitivo,  no  Montevideo.  Des- 
de allí.  Artigas  dirigió  toda  la  patria,  Montevideo 
inclusive,  y  aun  la  región  occidental,  sin  excluir  el 
pueblo  de  Buenos  Aires,  que  vio  en  él,  tanto  como 
la  oriental,  el  solo  conductor  heroico.  Montevideo  no 
hubiera  hecho  al  Uruguay;  todo  lo  contrario;  ya  veréis 
cómo,  si  la  idea  de  patria  democrática  sufrió  quebran- 
tos, éstos  los  sufrió  en  Montevideo,  como  los  padeció 
de  muerte  en  Buenos  Aires.  Sólo  vivió  íntegra  en  el 
pensamiento  de  Artigas,  que  concentraba  el  espíritu 
de  toda  su  tierra  germinal. 

Oportunamente  hemos  de  medir  la  distancia  in- 
conmensurable que  hay  entre  el  héroe  del  Uruguay, 
y  Güemes,  y  I^ópez,  y  otros  agentes,  más  o  menos 
enérgicos,  pero  secimdarios,  de  la  independencia  ame- 


EN  r^A  REGIÓN   DE  I. AS  MADRES  53 

ricana,  que  obedecían  a  aquél.  La  hay  mayor  acaso 
entre  Artigas  y  San  Martín  o  Belgrano,  por  ejemplo; 
son  cosas  muy  distintas,  completamente  distintas. 
Difícilmente  se  dará,  como  lo  veremos  en  nuestras 
conversaciones,  un  cúmulo  de  circunstancias  más  ad- 
versas a  la  conquista  de  la  independencia,  que  las 
que  rodearon  el  nacer  de  la  República  Oriental  del 
Uruguay;  nadie  hubiera  visto  en  aquel  pedazo  de 
América  atlántica,  con  una  población  total  de  se- 
tenta u  ochenta  mil  habitantes,  la  región  de  tm  pue- 
blo independiente,  distinto  de  los  demás,  y  mucho 
menos  el  eje  de  la  revolución  democrática  en  el  Plata. 
Pero  ese  trozo  del  continente  era  casi  toda  la  región 
atlántica  subtropical  de  la  América  del  Sur,  fuera  de 
la  costa  patagónica;  su  equivalencia  en  la  del  Norte, 
a  igual  latitud,  tiene  dos  millones  de  kilómetros. 
Y  allí  había  un  alma,  la  entelequia  de  un  pueblo,  un 
carácter,  que  aim  hoy  persiste,  y  es  observado,  y 
fácihnente  distinguido,  como  nota  diferencial  de  tma 
persona  colectiva. 


II 


Pero  existe  un  error,  radicalmente  contrario  al  de 
Unamtmo,  y  en  él  incurriríamos,  con  gran  menoscabo 
de  nuestra  preparación  para  la  comprensión  de  Ar- 
tigas, si  no  atribuyéramos  a  esa  ciudad  de  Montevi- 
deo la  influencia  que  le  corresponde,  en  la  formación 
de  la  patria  de  que  hoy  es  capital.  Sí,  la  tiene  y  grande. 
Artigas,  el  héroe  de  esa  tierra,  nació  en  Montevideo, 
como  hemos  dicho;  en  Montevideo  recibió  las  prime- 
ras indelebles  impresiones  de  la  vida  y  la  primera 
educación.  Y,  sin  entrar  a  profundizar  demasiado  el 


54  I-A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

problema  de  las  influencias  recíprocas  entre  el  hom- 
bre, primer  factor  de  progreso,  y  la  sociedad  en  que 
vive,  no  es  posible  negar  la  existencia  de  ese  doble 
influjo.  El  hombre  es  más  hijo  de  su  tiempo  que  de  su 
madre. 

Incurre,  pues,  en  un  error,  el  historiador  Mtre, 
por  ejemplo,  cuando  sostiene  precisamente  todo  lo 
contrario  de  Unamuno:  que,  en  la  formación  del  Uru- 
guay, no  obró  el  influjo  de  la  ciudad.  Para  Mitre,  el 
Uruguay  no  tenía  una  ciudad  que  pudiera  servir  de 
núcleo  a  una  nación.  En  el  Plata  no  había  más  que 
Buenos  Aires.  «I^a  insurrección  de  la  Banda  Oriental, 
dice,  nacida  en  las  campiñas,  sin  un  centro  urbano  que 
le  sirviese  de  núcleo,  privada  así  de  toda  cohesión  y 
de  todo  elemento  de  gobierno  regular,  fué  el  patri- 
monio de  multitudes  desagregadas,  emancipadas  de 
toda  ley,  que  al  fin  la  hicieron  política  y  militarmente 
ingobernable,  entregándola  desorganizada  al  arbitrio 
del  caudillaje  local,  que,  convirtiéndola  en  insurrec- 
ción contra  la  sociabilidad  argentina,  le  inoculó  ese 
principio  disolvente.» 

Pues  bien:  el  historiador  argentino  tampoco  tiene 
razón  al  afirmar  que  Montevideo  no  era  un  centro 
urbano  que  sirviese  de  núcleo,  al  rayar  la  era  de  la 
independencia  americana.  No  sólo  era  eso,  sino  que, 
desde  su  fundación,  fué,  no  una  de  tantas  ciudades 
coloniales  secundarias  con  tendencias  autonómicas, 
sino  una  metrópoli  importante,  característica,  y  rival 
de  Buenos  Aires.  En  el  curso  de  nuestras  conversa- 
ciones veréis  la  importancia  política  y  social  que  ad- 
quirió Montevideo,  los  hombres  que  en  él  descollaron 
y  fueron  colaboradores  de  Artigas,  y  lo  que  era  su 
población  cuando  llegó  el  momento  de  la  independen- 
cia. El  brigadier  don  Cornelio  Saavedra,  primer  pre- 


EN  LA  REGIÓN  DE  I^AS  ^L4DRES  55 

sidente  de  la  Junta  revolucionaria  formada  en  Bue- 
nos Aires  el  25  de  mayo  de  1810,  vio  mejor  que  Mitre 
lo  que  era  Montevideo.  I^eed  este  fragmento  de  sus 
Memorias  postumas:  «Todos  saben  cuánto  se  trabajó 
a  fin  de  que  Montevideo  se  imiformase  al  nuevo  sis- 
tema adoptado;  mas  bastaba  que  Buenos  Aires  hu- 
biese tenido  la  iniciativa  en  aquella  empresa,  para 
que  aquel  pueblo  se  opusiese  y  lo  contradijese;  él  fué 
siempre,  para  Buenos  Aires,  lo  que  Roma  para  Car- 
tago».  El  parangón  es  ingenuo,  no  hay  duda;  Cartago 
no  formaba  parte  del  mundo  romano,  como  Monte- 
video del  español;  pero  el  recuerdo  del  buen  Saavedra 
no  deja  de  ser  sugestivo.  No  fueron,  pues,  las  cam- 
piñas orientales,  no  las  solas  multitudes,  las  que  obe- 
decieron al  principio  disolvente;  éste  partió  de  Monte- 
video, de  su  ingénita  rivalidad  con  Buenos  Aires. 
Y  ese  fenómeno,  que  es  cierto,  y  que  ha  sido  permanen- 
te, no  puede  ser  efecto  del  capricho  de  un  hombre  ni  de 
varios  hombres;  y,  sin  el  conocimiento  de  sus  ver- 
daderas causas,  jamás  podríamos  comprender  el  alto 
significado  de  Artigas.  Es  preciso  que  las  examine- 
mos. 

Montevideo  no  fué  el  principio  vital,  hondo,  com- 
plejo, de  nuestra  patria;  pero  fué,  no  hay  lugar  a 
duda,  uno  de  sus  productos;  acaso  el  más  importante. 
Esa  su  rivalidad  con  Buenos  Aires,  que  advierte  in- 
genuamente Saavedra,  tenía  raíces,  que  este  escla- 
recido patricio  no  pudo  percibir,  pero  que  vosotros 
comprenderéis  ahora,  y  profundizaréis  mucho  más, 
a  medida  que  adelantemos  el  curso  de  nuestras  ama- 
bles conversaciones.  Buenos  Aires  se  opuso  a  la  fun- 
dación de  Montevideo;  miró  con  ojeriza  el  nacimien- 
to del  hermano  legitimario  que  iba  a  dar  núcleo  ur- 


56  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

baño  a  lo  que  era  servidumbre  o  vaquería  de  Buenos 
Aires,  y  a  arrebatar  a  éste  el  monopolio  del  comercio 
del  Plata,  como  puerto  único.  Una  vez  fundada  la 
ciudad,  entorpeció  cuanto  pudo  su  prosperidad,  se 
opuso  al  reparto  de  tierras  en  la  región  oriental, 
al  establecimiento  de  un  faro  en  Montevideo,  a  la 
habilitación  de  su  puerto,  y,  después  de  habilitado, 
a  sus  mejoras,  a  la  construcción  de  recobas  en  la  pla- 
za, etc.  Todo  eso  era  natural:  aquella  ciudad  re- 
cién nacida  al  otro  lado  del  Plata,  con  puerto  pro- 
pio superior  a  Buenos  Aires,  con  territorio  separado 
del  virreinato,  no  era  Córdoba  ni  Tucumán  que,  si 
bien  tuvieron  su  espíritu  local  y  su  autonomía,  eran 
miembros  de  un  gran  cuerpo  geográfico,  de  que  Bue- 
nos Aires  tenía  que  ser  puerto  y  cabeza.  Montevideo, 
por  el  contrario,  era  núcleo  de  otra  región,  cabeza  de 
otro  organismo,  producto  de  otra  vida,  materia  de 
otra  forma  substancial,  de  otra  entelequia,  si  no  os  ha 
molestado  demasiado  la  palabra  griega.  Y  bien  cono- 
cemos el  error  económico  de  entonces,  del  que  no 
estaban  exentos,  por  cierto,  los  mismos  americanos 
que  se  lo  imputaban  a  España.  Por  eso  la  nueva 
ciudad  pugnó,  a  su  vez,  por  su  emancipación  de 
Buenos  Aires,  desde  muy  poco  después  de  su  fun- 
dación. Esa  tendencia  ingénita  cobró  forma  radical 
con  ocasión  de  la  reconquista  de  la  capital  del  virrei- 
nato contra  los  ingleses,  que  la  conquistan  en  1805. 
Entonces,  el  cabildo  y  el  comercio  de  Montevideo, 
que  han  iniciado  con  el  gobernador  aquella  recon- 
quista, envían  directamente  a  Madrid  un  agente  o 
embajador,  con  la  misión  de  reclamar  para  su  ciudad, 
en  pugna  con  la  trasplatina,  la  gloria  principal  de 
aquella  hazaña.  La  obtiene,  por  fin,  y  consigue  que 
ella  se  consagre  en  su  escudo  colonial  y  en  su  título 


EN  I^A  REGIÓN  DE  IvAS  MADRES  57 

de  Reconquistadora.  Pero  el  embajador  lleva  muy 
especialmente  el  encargo  de  obtener  de  España  «la 
independencia  de  esta  Gobernación  del  virreinato  de 
Buenos  Aires»;  pide,  en  consecuencia,  «la  creación  de 
un  consulado  o  tribunal  en  Montevideo,  en  virtud  de 
la  rivalidad  y  de  las  tendencias  opresoras  del  de  Bue- 
nos Aires». 

Todo  eso,  y  mucho  más  que  no  cabe  en  la  índole 
de  nuestras  conversaciones,  os  convencerá  de  que  no 
puede  afirmarse  que  Montevideo  no  fuera  un  centro 
urbano  que  sirviese  de  núcleo  a  la  Región  Oriental 
del  Plata. 

Pero  lo  que  sí  puede  y  debe  afirmarse,  porque  cons- 
tituye, mucho  más  que  los  intereses  materiales,  la 
causa  de  la  rivalidad  entre  ambas  ciudades,  y  expli- 
ca el  carácter  y  la  acción  de  Artigas,  el  hijo  por  exce- 
lencia de  Montevideo,  es  que  la  ciudad  oriental,  fun- 
dada dos  siglos  después  de  la  occidental,  tuvo  un 
carácter,  si  no  antagónico,  muy  distinto  del  de  su  her- 
mana mayor,  y  que,  unido  a  las  causas  étnicas  que 
hemos  notado,  le  señalaron  distinto  destino  histó- 
rico. Montevideo  fué  una  plaza  fuerte,  un  bastión; 
era  una  ciudad  menos  señorial,  menos  suntuosa  que 
su  hermana  ultraplatense;  sintió  menos  el  influjo 
del  abolengo;  no  tuvo  el  carácter  de  semicorte  colo- 
nial de  otras  ciudades  más  antiguas;  fué  la  sede  de 
una  especie  de  democracia  foral  ingénita,  en  contra- 
posición de  las  aristocracias  reflejas  de  que  fué  asiento 
Buenos  Aires,  y  que  allí  engendraron  esas  tendencias 
opresoras  a  que  se  refiere  el  embajador  de  Montevideo 
en  España,  y  que  veremos  después  confirmadas. 

Y  como  la  independencia  americana,  de  que  ya  es 
tiempo  que  comencemos  a  hablar,  no  será  otra  cosa 


5^  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

que  el  espíritu  surgente  de  la  democracia  en  el  Nuevo 
Mundo,  he  ahí  cómo  y  por  qué  Montevideo,  más 
aun  que  Buenos  Aires,  está  llamada  a  ser  el  núcleo 
urbano,  no  sólo  de  la  región  oriental,  sino  de  todos 
los  pueblos  del  Plata,  en  el  proceso  sociológico  de  la 
emancipación  democrática  de  América.  Y  por  qué 
Artigas,  hijo  de  la  plaza  fuerte  oriental,  será  el  indis- 
cutido  caudillo  popular  en  todo  el  antiguo  virreinato. 
Si  don  Cornelio  Saavedra  hubiera  pensado  en  eso, 
acaso  se  hubiera  percatado  de  por  qué  Montevideo 
fué  la  Cartago  de  la  Roma  occidental,  en  la  lucha, 
que  vamos  a  estudiar,  de  la  independencia  de  estos 
pueblos. 


III 


Y  bien;  ya  es  tiempo,  mis  amigos  artistas,  de  que 
comencemos  a  hablar  algo  de  eso:  de  la  emancipación 
de  este  continente.  Os  creo  ya,  gracias  a  vuestra  ama- 
ble paciencia,  más  que  debidamente  preparados. 
^1  Hemos  visto  cómo  se  dividió  la  América  entre  In- 
glaterra, España  y  Portugal,  y  cómo,  en  esos  repartos 
de  los  colonizadores  europeos,  se  echaron  los  cimien- 
tos de  los  futuros  estados  americanos.  Ha  llegado, 
pues,  el  momento  de  ver  a  éstos  nacer. 

Finaliza  el  siglo  xvni,  y  comienza  el  xix. 

Dos  siglos  ha  durado  la  dominación  inglesa  en  Amé- 
rica; tres  la  española  y  la  portuguesa.  Creo  que  pen- 
saréis conmigo  que  es  bastante,  para  dominación  de 
estados  sobre  continentes,  al  través  del  Océano  At- 
lántico, con  todas  sus  aguas.  Eso  no  podía  ser  eterno; 
había  de  tener  un  término,  como  todas  las  cosas  de 
este  mundo;  las  contrarias  a  la  naturaleza,  sobre  todo. 


En  IvA  región  de  IvAS  madres  6i 

«El  descubrimiento  de  América,  su  conquista,  su 
colonización,  fueron  un  desgarrón  de  las  entrañas  de 
España;  por  esa  herida  enorme  se  derramó  su  sangre 
sobre  el  otro  mundo...  Hoy  hace  cuatro  siglos,  ganó 
la  raza  hispánica;  pero  perdió  la  nación  política  de 
Europa;  y  lo  que  ella  perdió  fué  nuestra  vida,  fué 
nuestra  herencia. 

»No  seremos  nosotros,  los  americanos,  los  que  le 
reprochemos  la  genial  locura  que  nos  engendró:  la 
decadencia  es  gloria  en  estos  casos,  como  lo  es  la  san- 
gre perdida  en  la  batalla,  las  cicatrices  en  el  pecho, 
la  santa  palidez  de  la  mujer  convaleciente  después 
de  haber  sido  madre  dolorosa  de  un  hombre,  que  es 
también  un  mundo.» 

Pero  una  vez  realizada  la  obra  magna  de  fundar 
estas  nuevas  sociedades  cristianas,  que  tanto  enal- 
tece a  España,  se  ofreció  el  problema  más  natural  que 
ofrecerse  puede:  ¿para  quién  fueron  fundadas? 

Pues,  ¿para  quién  habían  de  serlo,  sino  para  sus 
propios  miembros?  ¿Puede  tener  acaso  la  sociedad 
civilizada  otro  objeto  que  el  bien  de  sus  propios  miem- 
bros? 

Ahora  bien,  mis  amigos:  aquellos  soldados  de  hie- 
rro y  funcionarios  de  la  corona,  que  aquí  venían  a 
hacer  la  voluntad  del  rey,  o  la  propia,  porque  el  rey 
estaba  lejos;  aquella  servidumbre  del  pueblo,  y  sobre 
todo  del  indio,  que  en  vano  procuraba  defender  el 
misionero,  y  aun  el  mismísimo  rey;  aquel  orgullo, 
sobre  todo,  aquel  desdén  del  español  que  venía  de 
ultramar,  hacia  el  nativo  o  criollo,  al  que,  yo  no  sé 
por  qué,  consideraba  de  especie  inferior,  aunque  fuera 
su  propio  hijo,  provocando  en  él  una  irresistible  rebe- 
lión, segúp  lo  observó  Azara;  aquel  monopolio  comer- 


62  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

cial  de  la  metrópoli;  aquella  prohibición,  en  América, 
de  toda  industria  o  cultivo  que  pudieran  hacer  com- 
petencia a  los  de  la  península;  aquel  aislamiento  de 
las  colonias  entre  sí,  y  con  lo  demás  del  mundo  que 
no  fuera  Bspaña...  en  fin,  creo  que  no  es  necesario 
demostrar  la  existencia  de  la  noche   a  medianoche. 

Bien  sabemos  que  todo  ello  era  defecto  de  la  época, 
no  sólo  de  Bspaña;  pero  es  indudable  que  eso  no  po- 
día ser,  y  despertaba  el  natural  irresistible  instinto 
de  emancipación.  Iva  independencia  étnica  precedió, 
de  mucho  tiempo,  en  América,  en  la  española,  no 
en  la  inglesa,  a  la  independencia  política,  no  hay 
punto  de  duda.  Estas  sociedades  coloniales  no  tenían 
por  objeto  único,  ni  siquiera  predominante,  el  bien 
de  sí  mismas,  de  sus  habitadores;  el  hombre  era  para 
la  autoridad  que  se  le  remitía  desde  el  otro  hemis- 
ferio, no  la  autoridad  para  el  hombre;  el  bien  par- 
ticular, que  no  deja  de  ser  tal  por  llamarse  quien 
lo  disfruta  rey  de  España  o  Corte  de  España,  estaba 
sobrepuesto  al  bien  común,  sobre  todo  al  de  las  clases 
que  deben  ser  preferidas,  las  más  humildes  e  indefen- 
sas; las  colonias  eran  consideradas  cosas,  propiedades, 
medios  de  que  disponía  la  metrópoli  para  sus  fines; 
no  personas,  sociedades  instituidas  en  orden  a  la  feli- 
cidad de  su  pueblo... 

Hemos  dado,  al  fin,  mis  amigos,  con  lo  esencial, 
en  todo  esto:  el  pueblo,  el  pueblo  americano.  Todo  lo 
demás  es  accidental. 

En  esos  tres  siglos  de  coloniaje,  imperceptiblemen- 
te, como  el  capullo  del  gusano  de  seda  tejido  de  in- 
visibles hebras  de  substancia  vital,  se  había  formado 
de  este  lado  del  Atlántico  esa  entidad:  el  pueblo  ameri- 
cano. El  pueblo  americano,  entendedlo  bien:  no  el 
pueblo  español  residente  en  la  tierra  que  conquistó. 


EN  LA  REGIÓN  DE  I<AS  MADRES  63 

El  hombre  no  es  un  accssorio  de  la  tierra,  ni  puede  ser 
materia  de  conquista;  la  tierra,  en  cambio,  se  inocula 
en  él  y  le  imprime  su  carácter.  Aquí,  en  la  América 
española,  mucho  más  que  en  la  inglesa,  pese  a  lo  di- 
cho en  contrario,  y  dicho  sea  en  honor  de  España, 
había  nacido  esa  entidad  biológica,  mezcla  de  persis- 
tencias y  transformaciones,  de  persistencia  indígena  y 
de  transformación  caucásica,  fruto  de  influencias  re- 
cíprocas, substráctum  de  progreso  evolutivo,  sin  solu- 
ciones de  continuidad:  una  masa  nativa,  autóctona 
en  cierto  sentido,  con  fuerzas  de  asimilación  predo- 
minantes; el  pueblo  americano  civilizado,  una  ver- 
dadera persona.  Y  vosotros  bien  sabéis  lo  que  es  eso, 
una  persona,  en  contraposición  a  una  cosa:  algo  que  es 
fin  de  sí  mismo,  no  medio  para  que  otros  realicen  o 
consigan  el  suyo. 

Pues  bien:  el  que  más  crea  en  la  existencia  de  esa  en- 
tidad colectiva,  pueblo  americano;  el  que  dé  concien- 
cia y  orientación  humana  a  ese  fenómeno  sociológico 
producido  por  las  fuerzas  misteriosas  y  constantes  de 
la  vida  universal,  ése  será  el  héroe  de  la  independen- 
cia de  América.  Yo  os  prometo  demostraros  que  ese 
hombre  fué  Artigas:  eso  es  Artigas:  el  nexo,  el  gran 
nexo  personal,  inteligente,  fuerte,  de  aquellas  trans- 
formaciones y  persistencias. 

Excusado  me  parece  decir  que  el  régimen  monár- 
quico absoluto,  que  había  sido  la  base  de  las  naciones 
modernas  europeas,  lo  fué  del  gobierno  de  sus  colo- 
nias. El  poder  real  había  sido  un  progreso,  sin  duda  al- 
guna, sobre  el  feudal;  las  unidades  nacionales  se  con- 
glomeraron, en  la  Europa  occidental,  en  torno  del 
rey  absoluto,  feudal  de  los  feudales  y  señor  de  los 
señores.  Este  apareció  entonces,  a  los  ojos  de  los  pue- 


64  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

blos,  no  como  una  entidad  terrestre  que  ascendía, 
sino  como  algo  celeste  que  había  bajado  a  la  tierra,  con 
su  corona  en  la  cabeza  y  su  cetro  en  la  mano.  No  se 
vio  en  él  una  entidad  que  surgía  de  la  masa  social 
y  se  elevaba  sobre  ella  por  sus  servicios  reconocidos, 
y  que  debía  ser  acatada  porque  servía,  y  mientras 
servía,  sino  una  entidad  celestial,  un  hombre  sagrado, 
mejor  dicho,  que  debía  ser  venerado,  y  aun  amado, 
por  los  siglos  de  los  siglos,  con  prescindencia  de  sus 
actos,  así  fueran  éstos  los  más  opuestos  al  bien  co- 
mún. Ese  fetichismo  tomó  en  España  forma  legal  en 
la  ley  de  Partidas,  según  la  cual  «el  pueblo  debe  ver 
e  conoscer  como  el  nome  del  Rey  es  el  de  Dios  e  tiene 
su  lugar  en  la  tierra,  para  facer  justicia  e  derecho  e 
merced;  e  ningún  orne  non  podría  amar  a  Dios  cum- 
plidamente sinon  amase  a  su  Rey». 

De  ahí  que  el  monarca  era  considerado  «como  el 
Vicario  de  Dios  sobre  la  tierra,  y  como  el  propieta- 
rio de  todos  los  países  sujetos  a  su  cetro». 

No  era,  pues,  la  autoridad,  la  que  tenía  su  origen 
en  Dios;  era  el  primogénito  de  la  familia  A  o  B.  No 
era  la  esencia  del  poder  público  la  que  brotaba  de  fuen- 
te divina;  era  el  accidente,  la  forma  en  que  ese  poder  se 
ejercía:  el  Rey  Nuestro  Señor  de  carne  y  hueso,  ele- 
fante blanco  hecho  nacer  expresamente  por  los  dio- 
ses inmortales  para  representarlos.  Hoy  miramos  esa 
creencia,  en  nuestra  América,  como  se  mira  una  inte- 
resantísima vetusta  ruina;  como  el  bello  almenado 
castillo  que  ya  no  sirve;  como  la  vieja  armadura  que 
ya  no  asusta. 

La  substitución  de  ella  por  la  racional  creencia  de 
que  el  hombre-autoridad  no  es  una  cosa  distinta  por 
naturaleza  de  los  demás  hombres,  sino  el  primero  en- 
tre los  iguales,  y  que  el  dueño  de  los  países  no  es  el 


EN  •L.A  REGIÓN  DE  I,AS  MADRES  65 

que  ejerce  la  autoridad,  así  tenga  un  cetro  en  la  mano 
o  deje  de  tenerlo,  así  se  llame  rey  o  presidente  o  como 
quiera  llamársele,  sino  el  país  mismo  compuesto  de 
gobernantes  y  gobernados,  es  decir,  el  pueblo  cons- 
tituido en  organismo  vivo,  que  crea  sus  propios  me- 
dios de  transformación  espontánea;  la  aparición  de 
esa  entidad  pueblo,  persona  colectiva  formada  de  per- 
sonas humanas  con  todos  los  atributos  esenciales  de 
la  persona,  igualdad  de  especie,  libertad,  propiedad, 
dignidad,  fe  en  sí  mismo,  aptitud  natural,  divina  por 
consiguiente,  para  imprimir  a  su  organismo  la  estruc- 
tura política  más  conducente  a  su  fin,  y  todo  lo  demás 
que  conocemos;  el  nacer,  pues,  de  la  democracia  con- 
génita,  es  decir,  del  orden  civil,  en  que  todas  las  fuerzas 
jurídicas  y  económicas  cooperan  proporción almente  al 
bien,  no  de  un  hombre  o  de  una  familia  o  clase  o  ciudad 
privilegiadas,  sino  a  la  felicidad  común,  y  tienden,  en 
último  resultado,  al  bien  preponderante  de  las  clases 
inferiores;  la  aparición,  en  una  palabra,  del  pueblo 
americano  viable,  dueño  de  sí  mismo,  eso  y  sólo  eso 
es  lo  que  va  a  determinar  el  desgarrón  sangriento  de 
las  entrañas  ibéricas,  producido  por  el  desprendi- 
miento de  la  América  emancipada. 

Bien  comprendéis,  por  consiguiente,  que  indepen- 
dencia y  caducidad  de  la  monarquía  europea  serán, 
en  América,  la  misma  cosa. 

Todo  esto  os  parecerá,  sin  duda,  muy  claro  y  sen- 
cillo; lo  es  hoy  indudablemente.  Pero  al  estallar  la 
revolución  no  lo  era  tanto.  Eran  pocos  los  que  veían 
eso  tan  claro  como  hoy  se  ve.  I^a  vieja  doctrina,  que 
ataba  con  vínculo  sagrado  las  colonias  a  su  rey  y 
señor,  dominaba  entonces  en  muchas  almas,  y  tenía 
tanto  más  arraigo  en  éstas,  y  en  los  sentimientos  y 

T.  1.-7 


66  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

costumbres  de  las  ciudades  o  núcleos  de  sociabilidad, 
cuanto  más  antiguas  y  más  señoriales  fueran  esas 
ciudades. 

Buenos  Aires,  dos  siglos  mayor  que  Montevideo, 
estaba  más  compenetrado  de  ella,  como  Méjico  o 
Ivima;  sus  hombres  más  descollantes,  formados  mu- 
chos de  ellos  en  la  Kuropa  monárquica,  la  sentían 
circular  en  sus  arterias. 

Como  hemos  dicho  antes,  Bspaña  concentró  todo 
su  interés  en  su  gran  virreinato  andino,  cuyos  centros 
fueron,  al  Norte,  I^ima,  la  ciudad  que  fué  llamada 
de  los  Reyes,  y,  al  Sur,  sobre  la  margen  occidental 
del  Plata,  Buenos  Aires,  dependiente  del  virrey  de 
lyima  hasta  el  año  1776,  en  que,  organizado  el  virrei- 
nato del  Plata,  y  transformada  su  capital  en  residen- 
cia también  de  virreyes,  comienza  a  sentirse  con  algo 
de  reina.  A  las  viejas  poblaciones  de  esos  virreinatos 
andinos  lleva  España  sus  elementos  sociológicos;  en 
ellas  forma  sus  hombres,  sus  aristocracias  tributarias; 
en  ellas,  en  Lima,  en  Chuquisaca,  en  Córdoba,  en 
Buenos  Aires,  funda  las  universidades  reales,  en  que 
se  educan  los  togados  coloniales  y  los  sacerdotes  lega- 
listas, que  custodiarán  el  fuego  sacro  de  la  doctrina 
real.  Los  veréis  sostenerla  por  instinto,  aun  en  medio 
de  las  luchas  del  pueblo  por  su  independencia  demo- 
crática; la  primera  idea  que  tiene  Belgrano,  antiguo 
alumno  de  Salamanca,  en  Buenos  Aires,  y  con  él  mu- 
chos otros,  al  vislumbrar  la  independencia,  es  ofre- 
cer el  trono  del  Plata  a  la  princesa  Carlota,  hermana 
de  Femando  VII.  Ni  siquiera  conciben,  pues,  la  idea 
de  independencia  plena  que  animará  a  Artigas. 

Tres  clases  de  elementos  ve  José  Manuel  Estrada 
en  la  revolución  argentina:  «el  gaucho,  hijo  de  la  en- 
comienda; la  muchedumbre  urbana,  condenada  a  la 


EN  LA  REGIÓN  DE  I<AS  MADRES  67 

miseria,  y  la  aristocracia  criolla,  conocedora  de  las 
cuestiones  sociales,  pero  impregnada  con  los  ejemplos 
de  arrogancia  en  que  había  sido  educada». 

«I^as  aspiraciones  de  la  masa  a  la  soberanía,  agrega 
el  pensador  bonaerense,  se  estrelló  contra  la  impoten- 
cia de  la  sociedad  para  establecer  la  democracia  bajo 
formas  regulares,  porque  la  colonización  de  España 
traía  estos  dos  grandes  caracteres:  la  idolatría  realista; 
la  desigualdad  civil.» 

En  todo  eso  hay  mucho  de  verdad. 

Pero  existía  esa  región  oriental,  separada  de  los 
virreinatos  por  el  Río  de  la  Plata,  y,  muy  especial- 
mente, esa  nueva  ciudad  de  Montevideo,  sin  más 
brillo  que  el  del  bronce  de  sus  cañones,  adonde  no 
llegaron,  o  llegaron  muy  atenuadas,  las  grandezas, 
y  donde,  al  lado  de  algunos  pocos  patricios  análogos 
a  los  de  Buenos  Aires,  puede  distinguirse,  con  mucha 
claridad,  un  elemento  que  le  imprime  todo  su  carác- 
ter: una  selección  criolla  intelectual,  a  la  que  perte- 
nece Artigas,  y  que  se  identifica  con  la  masa  popular. 
lya  idolatría  realista  venía  a  Montevideo  en  los  espa- 
ñoles; pero  no  contaminaba  a  los  nativos;  de  éstos 
no  procedían  los  ejemplos  de  arrogancia. 

I^a  aristocracia  criolla  fué  desconocida  en  este  lado 
del  Plata;  sus  pobladores  fueron  todos  hombres  de 
trabajo;  no  hubo  marqueses  orientales,  como  los  hubo 
en  otras  regiones  americanas. 

Montevideo  no  tuvo  universidad  real,  ni  claustros 
regalistas.  Una  aula  de  latinidad  dirigida  por  los  pa- 
dres franciscanos,  que  se  hacen  cargo  de  ella  desde 
la  expulsión,  en  1768,  de  la  Compañía  de  Jesús,  y 
que,  en  1787,  establecen  el  primer  curso  de  filosofía 
y  teología,  es  todo  su  núcleo  intelectual.  Ese  conven- 
to será  el  foco  revolucionario;  esos  frailes  francisca- 


68  r,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

nos,  los  solos  maestros,  no  son  doctores  de  Salamanca; 
no  han  venido  de  España;  son  nativos,  orientales  en 
su  mayor  parte;  entre  ellos  está  Monterroso,  que  será 
el  precursor  y  secretario  de  Artigas;  Lamas,  que  será 
su  capellán.  Y  todos  ellos  serán  expulsados  en  masa 
de  Montevideo  por  los  españoles,  como  amigos  de  los 
matreros,  en  cuanto  estalle  la  revolución.  De  esas 
aulas  saldrán  Pérez  Castellano,  y  Larrañaga,  y  Ron- 
deau,  y  el  mismo  Artigas.  Los  hombres  de  pensamien- 
to, en  la  tierra  oriental,  emanan  de  la  masa  popular; 
son  el  mismo  pueblo  que  piensa 

El  ambiente  de  Buenos  Aires,  con  sus  sesenta  o 
setenta  mil  habitantes,  y  su  Corte,  y  su  Audiencia, 
y  su  Junta  Superior  de  Hacienda,  y  su  Intendente,  y 
su  Virrey,  su  Virrey  sobre  todo,  y  sus  ejemplos  de  arro 
gancia,  no  podía  menos  de  producir  la  aristocracia 
criolla  de  que  habla  Estrada.  Y  la  majestad  sagrada 
del  rey,  alma  de  toda  aristocracia,  tendrá  que  apare- 
cer, como  un  Mefistófeles  blanco,  en  el  pensamiento  de 
los  grandes  hombres  bonaerenses,  cuando  sientan  mo- 
verse en  sus  entrañas,  como  la  palpitación  de  una  hija 
de  pecado,  la  idea  de  independencia.  El  blanco  espíritu 
enervará  nacientes  energías,  y  separará  a  sus  poseídos 
de  la  masa  popular.  Y  ésta  será  llamada  la  barbarie,  la 
legión  infernal.  Y  t^enio  infernal,  su  caudillo  heroico. 

Creo,  mis  amigos  artistas,  que,  sin  dar  por  agotado 
este  tema,  de  suyo  inagotable  por  lo  complejo,  ya  estáis 
pasablemente  iniciados  en  el  carácter  y  la  misión  de 
las  dos  márgenes  del  Plata,  y,  en  especial,  de  las  ciuda- 
des tan  candorosamente  llamadas  Roma  y  Cartago  por 
el  bravo  y  noble  hidalgo  don  Cornelio  de  Saavedra. 

Éste  hizo  ese  ingenuo  parangón  a  falta  de  otro  me- 
jor; pero  bien  comprendemos  lo  que  quiso  decir.  Era 
una  gran  verdad  entrevista. 


63 


CONFERENCIA  IV 

WASHINGTON 

I<A     INDEPENOENCLÍL     DE     AMÉRICA. — L,A     AMÉRICA     INGLESA. — ^El 

INDIO. — Washington  y  Artigas. — Washington,  Fraxklin  y 

Iv.\FAYETTE. "El.    APOYO    DE    FRANCIA.. I,OS    ESTADOS    UNIDOS 

DE  América. — El  piomero  en  la  paz  y  en  la  guerra  y  en  el 

CORAZÓN  DE  SUS  CONCIUD.\DANOS. 


¿Cómo  ofreceros,  oh  amigos  artistas,  en  forma  mar- 
mórea, el  cuadro  trágico,  que  debo  haceros  sentir, 
de  un  mundo  nubil,  vestido  de  hierro,  que  se  arranca 
de  los  brazos  de  su  madre,  para  acogerse  a  los  de  una 
joven  diosa,  que  brota  desnuda,  ceñida  de  su  casco 
de  oro,  y  con  su  tirso  de  laureles? 

¡Dejarás  a  tu  padre  y  a  tu  madre,  y  seguirás  a  tu 
amada,  oh  espíritu  del  mundo  americano,  valiente 
espíritu!...  Y  tu  beso  será  fecundo,  como  el  amor  del 
sol  que  baja  del  cielo.  Y,  como  los  retoños  en  torno 
del  olivo,  crecerán  tus  hijos  numerosos,  renuevos  de 
diosa,  que  serán  inmortales. 

lyas  madres  resistirán,  se  aferrarán  a  sus  hijos,  y 
sus  manos  se  convertirán  en  garras,  que  se  hundirán 
en  las  carnes.  Y  correrá  mezclada  la  sangre  de  las 
generaciones  abrazadas. 

¡Amor  de  fiera!...  ¡I^a  hembra  del  león,  encelada  ante 


70  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

la  pubertad  de  sus  cachorros,  que  han  sentido  la  re- 
velación de  la  vida! 

Escuchad,  oh  amigos  artistas,  el  rugir  de  la  inde- 
pendencia de  nuestra  América;  ese  grito  tiene  que 
hacerse  substancia  musical  en  vuestro  bronce  sonoro; 
tiene  que  brotar  de  abajo,  de  las  hondas  armonías, 
y  elevarse  y  subir  hasta  la  frente  de  vuestro  Arti- 
gas pensativo. 

Yo  debo  imponeros  de  las  dos  faces  del  suceso:  el 
desprendimiento  total  del  mundo  americano  del  eu- 
ropeo, y  los  desgarrones  parciales  que  en  aquél  se 
hicieron;  sobre  todo  el  de  la  región  que  yo  os  he  pre- 
sentado casi  desprendida  del  conjunto:  la  que  baña 
el  Plata  y  el  Atlántico  en  las  zonas  subtropicales: 
la  tierra  de  Artigas. 

Si  recordáis  el  reparto  del  nuevo  continente,  que 
os  narré  en  una  de  nuestras  conferencias  anteriores; 
si  tenéis  presente  el  lote  adjudicado  al  descubridor 
británico  allá,  en  el  Norte  de  las  latitudes  supertro- 
picales,  las  más  próximas  a  Europa;  si  conocéis,  por 
fin,  el  origen  libre,  y  no  oficial,  de  la  colonización  in- 
glesa, y  el  camino  que  en  Inglaterra  habían  hecho 
los  principios  que  han  de  servir  de  base  a  la  democra- 
cia americana,  bien  comprenderéis  cómo  y  por  qué 
la  primer  frase  de  amor  dirigida  a  la  visión  surgente 
de  la  luz  había  de  ser  pronunciada  en  inglés,  y  por  qué 
ha  de  ser  un  inglés  quien  ha  de  hablar  las  primeras 
palabras  germinales.  Es  éste  un  varón  del  que  tendre- 
mos mucho  que  hablar  al  hablar  de  Artigas.  Tenemos 
que  mirarlo  ahora,  aunque  sea  de  paso:  es  preciso 
que  miremos  a  Washington. 

I/as  colonias  inglesas  comienzan  a  sentir  su  puber- 
tad, y  a  realizar  obra  de  varón,  como  lo  hacen  más 


WASHINGTON  7 1 

tarde  las  españolas:  en  defensa  de  su  propia  metró- 
poli; en  la  de  su  propia  lengua.  I^a  independencia 
angloamericana  comienza  en  la  guerra  colonial  con- 
tra los  franceses,  que  se  creen  dueños  del  curso  del 
Misisipí,  y  que  pretenden  cortar  el  continente  del 
Norte  como  se  cortó  el  del  Sur  —  de  arriba  abajo — , 
para  darle  dos  dueños.  No:  toda  la  zona  supertropi- 
cal  de  aquella  América  hablará  inglés. 

En  esa  guerra,  que  comienza  en  1752  y  termina, 
por  la  toma  de  Quebec,  en  1759,  y  por  el  tratado  de 
París  de  1763,  que  incorpora  el  Canadá  al  dominio 
de  la  Gran  Bretaña,  ya  figura  y  descuella,  en  defen- 
sa del  pabellón  británico,  ese  joven  militar  de  Virgi- 
nia llamado  Jorge  Washington. 

Así  veréis  surgir  a  nuestro  Artigas,  en  defensa  de 
su  lengua,  cuando,  cincuenta  años  más  tarde,  In- 
glaterra ataque  los  dominios  españoles  en  el  Plata. 
También  él  es  un  militar  español;  Montevideo,  su 
ciudad  natal,  será  la  que  más  esfuerzos  haga  por  ex- 
pulsar al  inglés,  y  defender  la  zona  de  acción  de  su 
lengua  castellana.  Muchos  émulos  de  Artigas,  por  el 
contrario,  verán  en  eso  un  accidente;  lo  mismo  que- 
rrán hablar  en  español  que  en  inglés  o  en  francés. 

Pero  el  espíritu  americano  que  encarna  Washing- 
ton al  defender  la  lengua  inglesa  contra  el  francés, 
como  el  que  encarnará  más  tarde  Artigas,  en  el  Sur, 
al  defender  la  española  contra  el  inglés,  no  era,  ni 
podía  ser,  el  de  conservar  eternamente  aquella  región 
para  la  corona  o  la  dinastía  de  Inglaterra.  Algo  más 
que  eso  se  había  incubado  en  el  tiempo;  para  algo 
más  grande  había  de  hacer  el  pueblo  americano  su 
gran  revolución:  iba  a  realizarla  para  hacerse  dueño 
de  sí  mismo,  no  para  conservar  sus  anteriores  dueños, 
ni  mucho  menos  para  cambiarlos  por  otros. 


72  r^A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Algunos  creyeron  esto  último,  sin  embargo,  en  la 
Améiica  inglesa;  muchos  en  la  española.  Hubo  mo- 
narquistas aquí  y  allá. 

Washington  no  lo  creyó  así;  Artigas  no  lo  creyó 
así.  Ambos  eran  hijos  de  su  tierra;  brotaron  de  ella, 
crecieron  en  ella.  Y  creyeron  en  la  'personalidad  del 
pueblo  americano. 

Ni  un  momento  solo  de  vacilación  en  Washington; 
ni  uno  solo  en  Artigas.  Son  dos  caracteres;  los  dos 
caracteres  en  las  dos  fuertes  familias. 

Tanto  sobre  el  uno  como  sobre  el  otro  se  ejercía 
la  influencia  de  las  tradiciones  coloniales,  más  libres, 
sin  duda  alguna,  en  el  Norte  que  en  el  Sur;  pero  esas 
tradiciones  no  fueron  las  que  infundieron  en  esas  dos 
almas  el  mismo  pensamiento:  fué  la  visión  genial,  cuyo 
origen,  en  que  intervienen  cielo  y  tierra,  es  complejo 
y  misterioso. 

Iva  América  de  Washington  proclama  su  indepen- 
dencia el  4  de  julio  de  1776;  treinta  y  tantos  años 
antes  que  la  española  tropical  de  Bolívar  y  que  la 
subtropical  de  Artigas.  Pero  el  espíritu  que  engendra- 
rá en  la  libertad,  el  espíritu  creador,  era  llevado  sobre 
las  aguas,  en  la  América  inglesa,  cien  años  antes  de 
encarnarse.  Era  distinto,  sin  embargo,  en  ambos  mun- 
dos, y  nada  puede  caracterizar  más  enérgicamente  al 
héroe  del  Uruguay  que  el  parangón  entre  esos  espíri- 
tus: Washington  es  el  primero;  Artigas  el  segundo. 

I/)S  angloamericanos  eran  ingleses  nacidos  o  resi- 
dentes en  América.  Al  principio  de  la  revolución  con- 
taban una  población  de  dos  millones;  una  quinta 
parte  era  formada  de  negros  esclavos  de  las  colonias 
del  Sur;  el  resto,  de  ciudadanos  ingleses.  Éstos  no 
mezclaron  su  sangre  con  la  del  indio,  como  lo  hicie- 
ron los  españoles;  los  colonizadores  ingleses  impor- 


WASHINGTON  73 

taban  mujeres  de  la  metrópoli,  mujeres  buenas  o 
malas,  pero  an£;losajonas  de  pura  sangre;  las  luchas 
religiosas  y  políticas  arrojaban  también  familias  en- 
teras al  otro  lado  del  mar.  lyos  indios  aborígenes,  los 
hijos  primitivos  de  la  tierra,  no  formaban  parte  de  la 
población;  la  colonización  británica  los  extinguía; 
ñié  con  ellos  más  cruel  que  la  española  y  la  portu- 
guesa, pese  a  todo  cuanto  se  ha  dicho  para  confundir 
a  España.  Hubo  gobernadores  ingleses  que  pagaban 
algunos  dólares  por  cada  cabeza  de  indio,  como  se 
paga  la  de  un  lobo.  Si  alguien  utiliza  más  tarde  al 
hombre  aborigen  en  la  guerra,  como  podría  utilizar 
un  rebaño  de  fieras  para  lanzarlo  sobre  el  enemigo, 
será  el  inglés  contra  el  angloamericano.  Éste  no  pe- 
dirá al  indio  su  sangre  para  emanciparse:  Washing- 
ton mandó  soldados  ingleses;  mandó  también  fran- 
ceses; no  mandó  indígenas.  I^a  América  inglesa  no 
los  necesitaba  para  su  independencia,  que,  a  pesar 
de  lo  dicho  en  contrario,  fué,  más  aún  que  la  hispá- 
nica, un  gran  episodio  de  la  evolución  política  eu- 
ropea. 

I/a  América  española  sí  necesitaba  del  pueblo,  de 
todo  el  pueblo,  del  indígena  especialmente,  que  for- 
maba, con  el  europeo,  una  sola  estirpe;  sin  él  no  hu- 
biera habido  independencia.  Con  sólo  combinaciones 
políticas,  por  más  sutiles  e  ingeniosas  que  fueran,  la 
América  española  no  hubiera  sido  libre;  mucho  me- 
nos republicana.  El  pobre  indio,  el  hombre  americano, 
amó  a  Artigas.  Y  Artigas  lo  amó  también;  lo  creyó 
hombre,  compatriota;  lo  hizo  soldado. 

Esa  es  la  causa  quizá  del  punto  más  negro  de  la 
independencia  angloamericana:  la  conservación  de  la 
esclavitud. 

Y  la  de  la  gloria  de  nuestro  Artigas,  al  lado  del 


74  I'A.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 


mismo  Washington:  Artigas  no  conoció  esclavos:  los 
indios  americanos  le  dieron  su  última  sangre;  un 
negro  fué  su  último  amigo. 


II 


Iva  independencia  étnica  estaba,  pues,  más  hecha 
en  la  América  española;  pero  la  política  lo  estaba  más 
en  la  inglesa.  Esta,  al  llegar  su  separación  de  la  metró- 
poli, era  ya  independiente,  puede  decirse;  era  demo- 
crática y  republicana.  «En  el  carácter  de  los  ameri- 
canos, escribió  el  inglés  Burke,  en  1775,  el  amor  a  la 
libertad  es  rasgo  predominante.  Este  espíritu  de  li- 
bertad es  probablemente  más  poderoso  en  las  colo- 
nias inglesas  que  en  ninguna  otra  parte  de  la  tierra.» 

El  pueblo  tenía  allí,  en  efecto,  una  conciencia  co- 
lectiva, que  flotaba,  no  sólo  en  sus  masas  populares 
campesinas,  sino,  sobre  todo,  en  la  de  las  ciudades; 
formaba  sus  asambleas  provinciales  elegidas  por  él;  es- 
taba persuadido  de  que  el  rey  de  Inglaterra  no  era 
ni  podía  ser  el  dueño  de  América;  ésta  pertenecía 
a  los  americanos  ingleses,  que  aceptaban  su  autori- 
dad de  gobernante,  mientras  él  aceptara  la  dignidad 
y  los  derechos  de  sus  gobernados.  Y  si  non,  non. 

«Ivas  cartas  dadas  por  los  soberanos  a  las  colonias, 
dice  Stevens,  eran  cartas  de  corporaciones  comer- 
ciales. Por  otra  parte,  los  artículos  de  dichas  cartas, 
en  lo  referente  al  gobierno  de  las  colonias,  seguían  de 
muy  cerca  las  líneas  del  gobierno  inglés,  lo  que  ayudó 
poderosamente  a  las  colonias  a  establecer  en  su  seno 
las  instituciones  sajonas.  Ivos  colonos  no  se  limitaron 
a  los  artículos  de  dichas  cartas;  llenaron  los  vacíos 
que  en  ellas  encontraron,  copiando  textualmente  las 


WASHlNGtON  75 

instituciones  inglesas  originales;  y  el  resultado  fué 
que,  por  iniciativa  del  pueblo  mismo,  cada  gobierno  co- 
lonial fué  una  reproducción  fiel  del  gobierno  de  la  me- 
trópoli... I/as  asambleas  legislativas  no  fueron  creadas 
desde  luego;  pero  tomaron  nacimiento  ellas  mismas, 
porque  estaba  en  la  naturaleza  de  los  ingleses  el  re- 
unirse en  asambleas.» 

Hay,  pues,  una  diferencia  fundamental  entre  los 
pueblos  de  origen  inglés  y  los  de  origen  español:  éstos 
querían  la  independencia  para  conquistar  sus  liber- 
tades; aquéllos  para  conservar  las  3'a  conquistadas. 

Entre  los  derechos  que  los  angloamericanos  pro- 
clamaban estaba,  sobre  todo,  el  que  es  base  de  toda 
democracia:  es  el  pueblo  quien  paga  los  impuestos, 
y  es  él  quien  debe  votarlos;  ese  dinero  sale  del  pueblo, 
y  debe  volver  al  pueblo  en  forma  de  servicio  al  bien 
común,  incluido  en  éste  el  mismo  sostenimiento  de 
la  autoridad,  así  se  llame  autoridad  real.  ¿La  colonia 
no  tenía  representantes  en  el  Parlamento  inglés? 
Pues  entonces,  el  Parlamento  inglés  no  podía  votar 
impuestos  para  las  colonias. 

Ese  principio  era  claro  e  inconcuso  para  el  anglo- 
americano; su  negación  era  la  tiranía.  Y  la  tiranía 
era  la  disolución  de  la  autoridad.  Y,  caducada  ésta, 
¿quién  ha  de  tomar  posesión  de  esa  entidad  moral 
res  nullius,  la  autoridad,  sino  el  pueblo  mismo?  Esa 
es  la  base  de  toda  la  revolución  americana,  base  angular. 

¡El  rey!  La  majestad  real  estaba  ya  muy  quebran- 
tada, por  muchas  causas,  en  el  mundo  inglés  de  Amé- 
rica. Ya  en  1765,  con  motivo  de  un  impuesto  no 
consentido  por  la  nación,  suenan,  en  la  asamblea  pro- 
vincial de  Virginia,  como  un  toque  de  llamada,  las 
palabras  de  Patricio  Henry:  «César  tuvo  un  Bruto; 
Carlos  I  un  Cromwell,  y  Jorge  III...» 


76  LX  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Ese  delito  de  lesa  majestad  no  hubiera  sido  cometi- 
do en  las  grandes  ciudades  de  la  América  española. 
Ésta  hizo  su  independencia  al  grito  de  jViva  Fernan- 
do VII I  Fué  Artigas,  sólo  el  bárbaro  Artigas,  quien, 
antes  que  nadie  soñara  en  articularlas  en  el  Río  de 
la  Plata,  pronunció  palabras  semejantes  a  las  de  Pa- 
tricio Henry.  «Yo  no  defiendo  a  su  rey»,  diiá  al  virrey 
de  Ivima,  cuando  el  momento  se  presente. 

La  metrópoli  inglesa  quiere  imponer  tma  nueva 
contribución,  y  el  pueblo  americano  dice  que  no, 
que  no  quiere.  Recurre  la  primera  a  la  fuerza,  y  a  la 
fuerza  recurre  el  segundo.  I/)s  primeros  choques  en- 
tre los  ciudadanos  y  las  tropas  ocurren  en  1770;  co- 
rre la  primera  sangre  inglesa.  Todas  las  clases  sociales 
resisten  el  impuesto,  todas,  las  altas  y  las  bajas.  Itos 
prácticos  se  rehusan  a  conducir  al  puerto  los  bu- 
ques conductores  de  te,  que  es  el  artículo  gravado;  el 
pueblo  impide  su  venta;  ataca,  por  fin,  en  la  rada  de 
Boston,  a  los  barcos  que  lo  conducen,  y  arroja  al 
agua  la  mercancía. 

«Nadie  debe  vacilar  en  emplear  las  armas,  para  de- 
fender intereses  tan  preciosos»,  escribe  Washington. 

¿Qué  intereses? — No  era  ciertamente  el  puñado  de 
te  arrojado  al  agua.  No;  Washington  no  podía  defen- 
der con  las  armas  un  puñado  ni  muchos  puñados  de 
te.  Aquel  te  era  símbolo  de  la  opresión  del  hombre 
sobre  el  hombre,  del  menoscabo  de  un  atributo  esen- 
cial de  la  personalidad  humana,  o  de  la  colectiva  de 
un  pueblo:  de  su  derecho  a  ser  dueño  de  sí  mismo,  y 
de  las  cosas  en  que,  con  su  trabajo,  inocula  su  perso- 
nalidad inalienable.  Eso  se  llama  derecho  de  propie- 
dad, y  es  lo  que  hace  intolerable  el  impuesto  arbitra- 
rio, porque  es  la  aplicación  de  un  hombre,  o  de  un 


WASHINGTON  77 

pueblo,  a  la  consecución  del  destino  de  otro  pueblo, 
o  de  otro  hombre.  Y  eso  era  lo  que  Washington  cali- 
ficaba de  precioso  interés. 

Un  Congreso  general,  al  que  concurren  todas  las 
provincias,  reconocidas  como  autónomas  e  iguales, 
reunido  en  Filadelfia  (1774);  una  primera  batalla 
campal  en  lyexington;  un  nuevo  Congreso  en  la  misma 
ciudad,  en  1775,  que  se  dirige  al  rey  y  al  pueblo  de 
la  Gran  Bretaña,  y  anuncia  al  mundo  las  razones  que 
tiene  para  apelar  a  las  armas,  y  emite  moneda,  y  or- 
dena la  formación  de  un  ejército  de  veinte  mil  hom- 
bres; y  nuevas  y  resonantes  batallas,  en  que  corre  la 
sangre  inglesa,  todo  eso  es  la  revolución  americana. 
Pero  es  todo  eso...  y  Jorge  Washington,  Este  es  ele- 
gido general  en  jefe  de  los  ejércitos  americanos.  I^os 
conducirá  hasta  el  fin,  hasta  dejar  a  su  patria  hecha 
en  su  torno,  condensada  en  él,  refundida  en  él,  con 
todas  sus  grandes  obras,  con  sus  vitales  ideas. 

«lyas  cosas  han  llegado  a  tal  punto,  que  nada  tene- 
mos que  esperar  de  la  justicia  de  la  Gran  Bretaña», 
dice  Washington. 

Y  la  pluma  de  Tomás  Jefferson  traza,  sin  vacilar, 
las  cifras  del  evangelio  cívico  americano,  proclamado 
el  4  de  julio  de  1776  en  la  cumbre  de  un  Sinaí:  «Nos- 
otros, reunidos  en  Congreso  general,  después  de  ha- 
ber invocado  al  Juez  Supremo  de  los  hombres,  en 
testimonio  de  la  rectitud  de  nuestras  intenciones, 
declaramos  solemnemente  que  estas  Colonias  Unidas 
tienen  el  derecho  de  llamarse  Estados  I^ibres  e  In- 
dependientes». 

No  cabe  en  los  límites  de  estas  conversaciones, 
oh  amigos,  el  trazaros  ni  siquiera  las  líneas  fundamen- 
tales del  hombre  Washington;  yo  he  buscado  sólo  la 
ocasión  de  nombrároslo:  su  solo  nombre,  es  luminosa 


78  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

sugestión.  Él  es  el  caudillo,  en  la  grande,  en  la  ver- 
dadera acepción  de  la  palabra;  es  el  núcleo  que 
arrastra  su  cauda  luminosa;  él  es  pensamiento;  es  fe, 
sobre  todo,  fe  en  la  pubertad  de  América,  al  par  que 
nervio  y  acción. 

Al  lado  de  esa  figura  de  oro,  yo  voy  a  ofreceros, 
sin  envidia  y  sin  temor,  la  de  hierro  de  nuestro  cau- 
dillo, de  nuestro  profeta.  I^a  luz  ofenderá  los  ojos  de 
los  que  han  estado  sentados  en  la  obscuridad;  pero 
vosotros,  que  veis  la  lumbre  interior  que  circula  en 
el  mármol,  al  parecer  opaco  y  muerto,  vosotros  acep- 
taréis el  parangón,  que  no  comprenderán  los  que  sólo 
viven  en  las  apariencias  de  las  cosas,  entre  la  luz  solar 
meridiana  que  envuelve  la  forma  del  suntuoso  héroe 
del  Norte,  y  la  luz  de  aurora,  hija  del  mismo  sol,  que 
compenetra  la  sombra  del  héroe  pobre  que  el  Uru- 
guay ofrece  como  arquetipo  a  la  América  española. 

Iva  revolución  de  la  independencia  angloameri- 
cana es,  como  antes  os  lo  he  dicho,  el  desarrollo  na- 
tural en  América  del  principio  democrático;  pero  su 
estallido  puede  considerarse  como  un  gran  episodio 
de  la  política  internacional  europea;  allí  no  lucha  sólo 
el  mundo  nuevo  contra  el  antiguo:  éste  libra  también 
sus  batallas  intestinas,  y  todo  se  funde,  y  casi  se  con- 
funde, en  un  solo  problema  político. 

Después  de  los  primeros  triunfos  de  Washington, 
Franklin  es  enviado  a  Francia,  a  buscar  la  alianza  de 
ésta,  enemiga  a  la  sazón  de  Inglaterra. 

Fijaos  bien,  mis  amigos,  en  la  figura  de  este  hombre, 
Franklin,  que  es  lo  que  yo  llamo  un  hombre,  una  per- 
sona, un  pensamiento,  un  carácter.  Él  habla  con  los 
reyes  absolutos  como  tal  persona,  es  decir,  como  la 
persona  de  los  instados  Unidos.  Y  no  ha  de  hablar  de 


WASHINGTON  79 

arreglos  y  concesiones  que  comiencen  por  poner  en 
duda  los  atributos  esenciales  de  la  persona  de  su  pa- 
tria. El  rey  I^uis  XVI  vacila  al  principio;  no  se  atre- 
ve a  arrostrar  la  empresa;  no  reconoce  al  enviado  en 
carácter  oficial.  Pero  el  pueblo  lo  reconoce  bien;  va- 
rios señores  franceses  se  declaran  en  favor  de  la  inde- 
pendencia de  América,  y  uno  de  ellos,  el  marqués  de 
I^afayette,  carga  un  buque  de  armas  y  pertrechos, 
y  se  embarca  a  ofrecer  su  espada  al  pueblo  ame- 
ricano. 

El  Congreso  de  Estados  Unidos  lo  nombra  mayor 
general   (1777). 

De  eso  al  reconocimiento  oficial  hay  sólo  un  paso, 
y  éste  se  da  meses  después,  tras  nuevos  triunfos  de 
la  causa  nueva.  Francia  reconoce  la  independencia 
de  los  Estados  Unidos,  en  un  tratado  con  Franklin. 
Es  ese  un  tratado  de  alianza,  que  hace  estallar  la 
guerra  entre  Francia  e  Inglaterra,  arrastrando  a  la 
Europa  casi  entera.  Inglaterra  tiene  en  su  contra  a 
Ivuis  XVI;  tiene  también  a  España,  que  ha  aceptado 
la  alianza  francesa;  tiene  a  Holanda;  tiene,  por  fin,  la 
liga  de  la  neutralidad  armada:  Rusia,  Suecia,  Dina- 
marca. Notad  eso,  de  paso  por  ahora,  amigos  míos: 
es  I^uis  XVI,  el  nieto  de  Ivuis  XIV,  el  rey  de  indeleble 
origen,  quien  da  la  mano  a  Washington,  de  soberano 
a  soberano;  son  las  banderas  blancas  flordelisadas  y 
el  oriflama  hispánico  los  que  flotan  imidos  al  tricolor 
democrático,  en  la  lucha  contra  el  otro  rey  antiguo. 

¡No  importa!...  El  fiero  leopardo  inglés,  que  pa- 
reció inclinado  a  reconocer  la  independencia  de  los 
Estados  Unidos,  para  evitar  una  conflagración  europea, 
se  sintió  herido  en  su  orgullo,  y  se  rebeló.  No,  no  ha- 
bía de  ser  indigno  de  sus  cachorros  americanos.  Sus 
zaípazos  atruenan  la  tierra;  levantan  espuma  en  los 


8o  LA   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

mares,  sobre  todo.  Una  escuadra  francesa,  al  cargo 
del  almirante  d'Estaing,  ha  partido  para  América; 
setenta  navios  aliados  amenazan  las  costas  inglesas; 
los  corsarios  hostilizan,  en  los  mares  de  América  y 
de  Europa,  el  comercio  de  Inglaterra.  Esta  defiende 
sus  costas,  arrebata  a  los  franceses  sus  colonias  de 
las  Antillas,  aferra  con  las  garras  crispadas  a  Gibral- 
tar,  amenazado  por  los  esfuerzos  combinados  de 
Francia  y  España,  y  lucha  con  tales  bríos  en  territo- 
rio americano,  que  sólo  la  entereza  de  Washington 
sostiene  la  causa.  Washington  se  agiganta,  al  pro- 
yectarse sobre  el  fondo  pálido  de  los  desfallecimien- 
tos de  su  pueblo.  Hay  momentos  en  que  se  queda  casi 
solo;  los  soldados  reclaman  sus  sueldos,  desertan  de 
las  filas;  los  enganches  no  dan  resultado;  faltan  tien- 
das de  campaña,  y  ese  es  un  grave  inconveniente. 
Washington  es  desconocido,  es  tratado  de  inepto,  de 
bárbaro  y  aun  de  ladrón  y  facineroso,  como  lo  será 
Artigas. 

Pero  permamce,  es. 

I/afayette  ha  pasado  a  Francia,  a  pedir  auxilio  al 
rey.  I^uis  XVI  nombra  a  Washington  teniente  ge- 
neral de  sus  ejércitos,  y  pone  a  sus  órdenes  un  cuerpo 
de  seis  mil  franceses.  I^a  Europa  batalla  en  Amé- 
rica. Una  nueva  escuadra  cruza  el  mar,  y  la  guerra 
continúa  encarnizada  y  heroica:  luchas,  combates, 
campañas  con  suerte  varia,  traiciones,  desfallecimien- 
tos y,  sobre  todo,  el  pensamiento  de  Washington, 
que  flota  sobre  las  aguas,  la  espada  de  Washington 
que,  al  salir  de  la  vaina,  brilla  y  desaparece,  como 
un  meteoro  sobre  el  fondo  de  una  noche  sin  estrellas. 

El  leopardo  inglés  se  echa,  por  fin,  en  la  arena,  en- 
sangrentado y  jadeante,  pero  sin  perder  su  actitud 
de  noble  fiereza.  No  está  rendido,  pero  está  cansado; 


WASHINGTON  8t 

comprende,  por  otra  parte,  sin  duda,  que  la  que  lo 
ha  vencido  es  su  propia  sangre.  Mira  a  Washington, 
y  ruge  sin  odio. 

Inglaterra  trata,  por  fin.  El  3  de  septiembre  de  1783, 
los  agentes  de  los  Estados  Unidos  y  de  la  Gran  Bre- 
taña firman  el  tratado  de  Versalles,  en  que  se  reco- 
noce   la  independencia  del  pueblo   angloamericano. 

La  gran  nación  del  Nuevo  Mundo  ha  surgido,  y 
va  a  emprender  su  marcha  triunfante  hacia  el  por- 
venir. 

Pero  también  hay  allí  incrédulos,  como  los  vere- 
mos más  adelante  en  los  émulos  de  nuestro  Artigas. 

«Sólo  la  monarquía,  dijeron  algunos,  puede  conso- 
lidar la  patria  recién  nacida.»  Eso  fué  dicho  por  muchos 
oficiales  del  ejército;  y  uno  de  ellos,  en  nombre  de  sus 
compañeros,  se  dirigió  a  Washington,  exponiéndole 
la  ventaja  de  la  coronación  de  un  rey. 

En  caso  de  haber  rey,  ¿quién  sino  Washington  ha- 
bía de  serlo?...  El  hombre,  Washington  no  tuvo  un 
momento  de  vértigo;  era  un  inmune.  Y  escribió:  «Nin- 
gún suceso,  en  el  transcurso  de  esta  guerra,  me  ha 
afligido  tanto  como  saber  que  tales  ideas  circulan 
en  el  ejército.  Busco  en  vano  en  mi  conducta  qué  es 
lo  que  ha  podido  alentaros  a  hacerme  una  proposi- 
ción semejante,  que  me  parece  preñada  de  las  mayores 
desgracias  que  puedan  caer  sobre  mi  país». 

Después,  al  rechazar  una  tercera  elección  de  Pre- 
sidente de  la  República,  se  retiró  a  Mont  Vernon,  y 
allí  murió,  simple  ciudadano  de  un  pueblo  dueño  de 
sí  mismo:  First  in  War.  First  in  Peace  and  First  in 
the  Heart  of  his  Countrymen. 

Eso  fué  el  hombre  Washington:  una  fe,  un  carác- 
ter, una  virtud. 

Busquemos  a  su  hermano,  mis  amigos  artistas,  en 

T.  1.-8 


82  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

la  historia  de  la  independencia  ibérica,  si  es  que  ésta 
lo  tuvo;  busquemos  al  creyente  en  el  pueblo  ameri- 
cano; al  que  fué,  entre  nosotros,  el  carácter,  y  la  vir- 
tud, y  la  fe;  al  primero  en  la  paz,  al  primevo  en  la  gue- 
rra, al  primero  en  el  corazón  de  sus  conciudadanos. 


^ 


CONFERENCIA  V 

Mil.  OCHOCIENTOS  DIEZ 

I,A  América  espaííola. — I<os  Estados  Unidos    hispánicos  no 

ERAN  posibles. — I<A  DESMEMBRACIÓN  TOTAL  DE  LA  METRÓPOLI 
Y  LAS  desmembraciones  PARCIALES. — I,A  REGIÓN  ORIENTAL  DEL 

Plata. — I,a  doble  lucha  con  España  y  Portugal. — ^España 
ante  la  emancipación  de  sus  hijos. sus  títulos  y  sus  pre- 
tensiones.— su  derecho  imprescriptible. — toma  de  buenos 
Aires  por  los  ingleses. — I/A  reconquísta. — Napoleón. — ^El 

REY  prisionero. — I<A  INDEPENDENCIA  ESPAÑOLA. — I<A  INDE- 
PENDENCIA    AMERICANA. — 181O. —  I<OS     DOS     NÚCLEOS. —  VenC 

zuela.  —  Bolívar. — El  Río  de  la  Plata. —El  25  de  mato 
DE  1 8 10. — ^Bl  espíritu  de  Mayo. 


Amigos  artistas: 

Allá  queda,  en  el  Norte,  constituida  en  torno  de 
Washington,  la  gran  federación  angloamericana,  con 
medio  continente  por  territorio:  de  los  30  a  los  60  gra- 
dos geográficos  de  latitud. 

El  resto  de  América  continúa  bajo  las  dominacio- 
nes española  y  portuguesa,  que  se  la  han  dividido 
a  lo  largo. 

¿Permanecerá  todo  eso  español? 

Había  quien  así  lo  creía  muy  seriamente.  Debía 
ser  de  España  por  los  siglos  de  los  siglos.  Ivos  títulos 


§4  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

de  esa  propiedad  eran  imprescriptibles,  por  lo  sagra- 
dos: el  descubrimiento,  una  guerra  justa,  la  Bula  de 
Alejandro  VI.  Hasta  la  palabra  divina,  la  del  pro- 
feta Isaías,  según  Solórzano,  aseguraba  el  dominio 
de  España  sobre  América  para  siempre  jamás.  Esa 
palabra  decía:  «Palomas  con  tan  arrebatado  vuelo 
como  cuando  van  a  su  palomar;  las  ya  salvadas  arro- 
jarán saetas  a  su  predicación,  a  Italia,  a  Grecia  y 
a  las  islas  más  apartadas,  y  le  traerán  en  retorno  su 
oro  y  su  plata  juntamente  con  ellos».  ¿Puede  darse 
nada  más  claro?  Isaías  hablaba  de  América,  sin  duda 
alguna.  Esas  palomas  (columba)  no  son  otras  que 
Colón  (Colomho)  el  descubridor.  Mientras  exista, 
pues,  un  solo  español,  allá  o  aquí,  aquende  o  allende 
el  Atlántico,  ése,  y  nadie  más  que  ése,  será,  por  dere- 
cho divino  y  humano,  el  dueño  de  América  con  todos 
-sus  hombres,  en  representación  del  rey,  supremo 
dueño. 

No  es  necesario  desvanecer  todo  eso,  me  parece. 

¿Se  formarán  entonces  los  Estados  Unidos  de  la 
lengua  española,  como  se  formaron,  en  el  Norte,  los 
de  la  lengua  inglesa  ? . . . 

Advertid  muy  mucho,  mis  amigos,  la  siguiente 
circimstancia,  que  no  se  suele  tener  en  cuenta:  los 
Estados  Unidos  se  hicieron  independientes,  en  1776, 
con  trece  estados,  limitados  por  el  Misisipí:  con  la 
tercera  parte  del  territorio  que  hoy  poseen;  ahí  se 
formó  en  sentimiento  de  nacionalidad.  En  1803  com- 
praron a  los  franceses  la  I/uisiana,  que  les  duplicó 
el  territorio;  en  1848  compensaron  a  Méjico  por  la 
conquista  de  Tejas,  Nuevo  Méjico  y  California,  que 
lo  triplicó.  Así  se  formó  la  enorme  plataforma  de  la 
nación  americana,  de  nueve  o  diez  millones  de  kiló- 
metros cuadrados,  y  extendida  de  uno  a  otro  océano; 


MU,  OCHOCIENTOS  DIEZ  85 

SU  dominio  territorial  no  es,  pues,  herencia  de  la  metró- 
poli, sino  en  pequeña  parte;  es  expansión,  absorción, 
debidas  a  la  fuerza  orgánica  de  aquel  pueblo  que  creyó 
en  sí  mismo,  que  no  invocó  el  derecho  de  ajenos  reyes 
para  cimentar  el  propio.  Pero  advertid,  mis  amigos, 
que  ese  enorme  territorio,  que  se  dilata  entre  los  70  y 
los  130  grados  de  longitud;  que  tiene  50  grados  geo- 
gráficos de  ancho,  de  Este  a  Oeste,  del  Atlántico 
al  Pacífico,  sólo  tiene  30  de  largo  de  Norte  a  Sur, 
entre  los  30  y  los  60  grados  de  latitud,  en  la  misma 
latitud  de  Europa,  de  España,  Francia,  Austria,  Ita- 
lia. Aquello  es  un  continente  concentrado.  Fijaos  bien 
en  vuestra  carta  geográfica. 

Aun  así,  la  tendencia  a  la  desmembración  sacó  la 
cabeza  en  la  guerra  de  Secesión;  pero  no  tuvo  sufi- 
ciente energía:  el  enorme  bloque  supertropical  no  per- 
dió su  cohesión. 

Notad  ahora  lo  extenso  de  la  América  española; 
tomad  vuestra  carta.  Tiene  30  grados  geográficos 
de  longitud  en  el  hemisferio  Norte,  y  55  en  el  Sur: 
85  grados  de  largo,  con  un  ancho  medio  que  no  al- 
canzará a  20  grados:  lo  ancho  ahí  es  el  mundo  por- 
tugués tropical:  el  Brasil.  El  español  es  una  enorme 
serpiente  que  ondula  en  el  mar,  y  cuya  espina  dorsal 
son  los  Andes;  comienza  en  el  trópico  de  Cáncer,  en 
la  América  del  Norte,  allá  en  el  hemisferio  boreal, 
cruza  el  Ecuador,  atraviesa  el  trópico  de  Capricor- 
nio, penetra  en  la  zona  subtropical,  y  hunde  su  vértice, 
por  fin,  allá  en  las  profundidades  del  polo  antartico. 
l/os  montes,  los  ríos,  el  clima,  la  estructura,  la  exten- 
sión, la  extensión  sobre  todo,  son  barreras  naturales 
insuperables.  En  ese  mundo,  por  otra  parte,  las  di- 
versas inmigraciones  formaron  distintos  núcleos  de 
sociabilidad  absolutamente  incomunicados  que  se  fun- 


86  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

dieron  con  la  estirpe  indígena;  la  lengua  común  no 
les  servía  de  vínculo,  porque  no  se  hablaban,  ni  se 
cambiaban  productos,  ni  ideas,  ni  nada;  las  regiones 
que  ocupaban,  de  clima  y  de  estructura  diferentes, 
creaban  costumbres,  intereses  y  tendencias  discre- 
pantes. 

No  es,  pues,  posible  concebir  estados  unidos  con- 
tra esa  desunión,  hija  de  la  geología,  de  los  elementos 
étnicos,  del  clima,  de  la  distancia  enorme,  de  las  cos- 
tumbres e  intereses  diferentes,  y  de  la  falta  de  un 
cuerpo  con  fuerza  centrífuga  suficiente  paia  conglo- 
merar todo  aquello. 

No  se  formarán,  pues,  los  Estados  Unidos  Hispano- 
americanos; sólo  nacerá  oportunamente  una  solida- 
ridad de  causa  y  de  acción,  una  federación  más  o 
menos  informe  e  instintiva,  pero  transitoria,  contra 
el  enemigo  común,  y  cuya  base  sine  qua  non  tendrá 
que  ser  el  respeto  mutuo  de  las  soberanías  parciales, 
más  o  menos  embrionarias,  como  lo  era  toda  la  so- 
ciabilidad de  América. 

Comprender  eso,  era  comprender  la  revolución  de 
independencia;  desconocerlo,  era  violentarla,  ani- 
quilarla. 

Dos  problemas,  pues,  ofrecerá  la  independencia  de 
la  gente  ibérica  del  continente:  el  desprendimiento 
inevitable  de  todo  éste,  y  la  formación,  no  menos  in- 
evitable, de  los  diversos  estados  soberanos  a  que  aquél 
dará  ocasión.  Para  lo  primero,  todos  los  estados  his- 
panoamericanos tendrán  que  luchar  con  una  metró- 
poli, la  española;  para  lo  segundo,  la  lucha  intestina 
no  podrá  evitarse. 

Pero  había  uno,  el  Estado  Oriental  del  Uruguay, 
cuya  posición  os  he  precisado  en  mis  conferencias  an- 
teriores, que  tenía  un  carácter  especial.  Esa  comarca, 


un,  OCHOCIENTOS  DIEZ  87 

que  hablaba  español,  y  que,  como  el  Paraguay  y 
Bolivia,  estaba  unida  en  cierto  modo  al  virreinato 
español  del  Plata,  como  Buenos  Aires  y  Chile  lo  es- 
taban anteriormente  al  del  Perú,  y  el  Ecuador  y  Vene- 
zuela al  de  Nueva  Granada;  esa  comarca,  digo,  ten- 
drá que  luchar  también  con  la  madre  patria  española, 
en  unión  de  sus  hermanos;  pero  eso  no  le  será  bas- 
tante para  hacerse  independiente  con  su  lengua  y 
sus  costumbres,  si  no  combate  también  contra  la  metró- 
poli portuguesa,  que,  si  no  la  posee,  la  amenaza  desde 
dos  siglos  atrás,  y  cuya  pretensión  secular  es  tras- 
pasar la  línea  divisoria  entre  los  dominios  portugue- 
ses y  españoles,  penetrar  en  la  zona  subtropical,  y 
dar  por  límite  a  su  vasto  territorio  la  margen  orien- 
tal del  Plata  y  del  Uruguay.  Ksa  pretensión  es  causa 
de  rencillas  entre  Portugal  y  su  hermana  España, 
cuando  se  trata  de  la  partición  de  la  herencia  común; 
pero  Portugal  y  España  son  una  misma  cosa  cuando 
se  trata  de  la  conservación  de  aquélla  para  la  corona 
ibérica;  son  aliados  forzosos  contra  la  emancipación 
americana.  I^a  lucha  con  Portugal  será  rasgo  caracte- 
rístico, sin  embargo,  de  la  independencia  oriental; 
sólo  ese  Estado  Oriental,  él  sólo,  defenderá  a  la  Amé- 
rica entera  de  aquel  aliado  natural  de  todo  dominador 
europeo  del  continente,  y  que,  más  aun  que  España, 
es,  en  la  costa  atlántica,  el  enemigo  protagonista  de 
la  independencia  del  continente. 


II 


España,  como  hemos  visto  en  nuestra  anterior  con- 
ferencia, fué  aliada  de  los  Estados  Unidos;  coadyuvó 
a  su  esfuerzo  contra  la  metrópoli  británica;  reconoció 


88  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

sin  vacilar  su  independencia.  Proclamó,  pues,  el  de- 
recho de  la  gente  inglesa,  en  América,  a  dejar  a  su 
padre  y  a  su  madre,  y  a  seguir  su  visión  de  libertad. 

^; Había  de  reconocer  otro  tanto  en  su  propio  mun- 
do?... 

-  ¡Ah,  no!  La  madre  España  no  reconoció,  desgra- 
ciadamente, tal  derecho  en  sus  hi]os;  no  concedió 
a  sus  entrañas  bastante  fuerza  para  haber  termina- 
do, en  tres  siglos,  lo  que  la  madre  inglesa  había  ter- 
minado en  dos;  no  creyó  haber  concebido  varones. 
Y,  para  su  honor,  los  había  engendrado,  y  los  parirá 
con  dolor,  con  desgarramiento  de  sus  visceras.  Es  la 
ley  de  la  vida  universal. 

Como  las  bellezas  marchitas,  que  se  juzgan  incó- 
lumes al  mirarse  en  el  espejo,  sin  darse  cuenta  de  que 
sólo  se  ven  los  ojos  llenos  de  recuerdos,  la  España, 
con  el  pensamiento  fijo  en  sus  pasadas  glorias,  no  po- 
día convencerse  de  que  estaba  muy  quebrantada, 
al  rayar  del  siglo  xrx. 

Vosotros  conocéis  mejor  que  yo,  amigos  artistas, 
el  camino  que  se  ha  seguido  para  llegar  a  esa  declina- 
ción, lyas  naciones  tienen  sus  ciclos.  I^a  España  del 
siglo  XVI,  la  del  descubrimiento  y  conquista  de  Amé- 
rica, estaba  ya  muy  lejos.  Bien  sabéis  que,  en  el  si- 
glo XVII,  desapareció  su  hegemonía  y  surgió  la  de 
Francia  con  Luis  XIV,  le  Roi  Soleü.  Francia  era  en- 
tonces la  señora  del  mundo,  moral  y  materialmente; 
su  rival  ya  no  será  España,  sino  Inglaterra,  que  ha 
realizado  su  gran  revolución  en  1688.  Luis  XIV  co- 
loca en  el  trono  de  Recaredo  a  su  nieto  Felipe  V;  subs- 
tituye la  dinastía  de  los  Austrias,  que  de  Carlos  V  y 
Felipe,  su  hijo,  ha  venido  a  parar  en  el  infeliz  Carlos  II, 
por  la  de  los  Borbones.  Este  Borbón,  Felipe  V,  con  que 
se  inicia  el  siglo  xviii,  y  que  da  su  nombre  a  nuestra 


Mir<  OCHOCIENTOS  DIEZ    .  89 

ciudad  ds  San  Felipe  de  Montevideo,  es  el  predecesor 
del  pobre  Carlos  IV,  con  quien  vamos  a  encontramos 
al  finalizar  ese  siglo,  y  comenzar  el  xix.  Y  Carlos  IV 
es  el  padre  de  Fernando  VII. 

El  siglo  xvni  de  España  está,  pues,  como  estru- 
jado entre  Luis  XIV  y  Napoleón  Bonaparte.  Lo  han 
consumido  los  remados,  llenos  de  intrigas  palaciegas, 
de  Felipe  V  y  de  sus  hijos  y  nieto,  Fernando  VI, 
Carlos  III  y  Carlos  IV,  mientras  que,  en  Francia, 
se  ha  pasado  de  Luis  XIV  a  la  Revolución  Francesa 
y  a  Napoleón,  al  través  de  Luis  XV  y  Luis  XVI. 
España  ha  tenido  que  someterse  a  las  exigencias  de 
las  combinaciones  continentales,  hasta  figurar  sus 
reyes  como  aliados  de  la  revolución;  de  la  misma  revo- 
lución francesa  que  decapitó  al  rey.  Y  he  aquí  a  Bo- 
naparte, que,  surgido  de  esa  revolución,  viene  tam- 
bién a  España,  por  la  corona  del  nieto  de  Luis  XIV. 

Confesemos  que  la  patria  de  Carlos  V  está  muy 
lejos;  y  más  aun  la  de  las  Cortes  de  Castilla,  y  las  del 
férreo  Justicia  de  Aragón. 

Pero  España  se  mira  en  sus  glorias  pasadas;  no 
puede  convencerse  de  que  es  madre;  rechaza  la  idea 
de  una  emancipación  amistosa  de  sus  hijos  ameri- 
canos, que  algún  grave  pensador  insinúa,  como  fe- 
nómeno inevitable,  en  tiempo  de  Carlos  III.  ¡No... 
jamás!  La  América  ha  de  permanecer  sometida, 
perpetuamente  sometida;  nunca  será  persona. 

A  los  primeros  síntomas  de  emancipación,  España 
sintió  un  espasmo  de  fiera;  su  zarpazo  fué  terrible;  su 
rugido  espantoso.  Un  indio,  Tupac-Amarú,  preten- 
dió alzarse  en  el  Perú,  en  1780,  precisamente  cuando 
los  angloamericanos,  con  la  protección  de  España, 
se  levantaban  contra  la  madre  Inglaterra. 

Después  de  ver  matar  en  su  presencia,  y  entre  su- 


90  I,A  EPOPEYA  DE   ARTIGAS 

plicios,  a  su  mujer,  a  sus  hijos  y  a  sus  parientes  más 
cercanos,  cuatro  caballos,  atados  a  las  cuatro  extre- 
midades del  rebelde,  tiraron  hacia  los  cuatro  vientos; 
tiraron  mucho  rato,  porque  el  cuerpo  era  muy  duro; 
pero  éste  al  fin  estalló,  como  un  odre  de  sangre.  Sus 
pedazos  fueron  repartidos,  para  servir  de  escarmiento. 

Pero  muy  pronto,  otro  síntoma  de  gravísimo  pro- 
nóstico aparece.  Ya  no  es  un  indio,  ni  nada  que  se  le 
parezca,  quien  pretende  alzarse  con  la  América, 
arrebatándola  a  su  dueña;  es  Inglaterra,  que,  no  per- 
donando a  España  sus  forzados  contubernios  con  los 
enemigos  de  la  Gran  Bretaña,  con  IvUis  XVI  primera- 
mente, y  con  la  revolución  y  Bonaparte  después, 
quiere  desquitarse  de  la  pérdida  de  su  América  del 
Norte,  con  la  conquista  de  toda  la  española,  que  de 
tiempo  atrás  preparaba,  pues  tanto  en  Venezuela 
como  en  Buenos  Aires  tenía  agentes  rentados  con  ese 
objeto.  El  general  venezolano  Miranda,  grande  fi- 
gura exótica,  era  la  cabeza  de  esa  conspiración  bri- 
tánica. Artigas  será  el  reverso  de  este  tipo  gené- 
rico. Artigas  no  buscará  a  Inglaterra  ni  a  nadie;  no 
cambiará  el  dominio  español  por  nada  de  este  mundo 
que  no  sea  la  libertad,  el  dominio  de  América  sobre 
sí  misma.  Ese,  notadlo  bien,  será  el  rasgo  caracterís- 
tico de  Artigas  entre  los  libertadores  americanos. 

Inglaterra  rompe  con  España  en  1804.  Acude  ésta, 
en  mala  hora,  a  Napoleón,  y,  en  esa  peligrosa  com- 
pañía, va,  con  su  aun  poderosa  escuadra,  a  Trafalgar. 
Bien  sabe  el  mundo  cómo  cayó  España,  el  21  de  oc- 
tubre de  1805,  en  aquella  jornada.  No  en  vano  se 
creía  sin  quebranto  en  su  belleza  heroica,  al  mirarse 
los  ojos.  I^a  raza  no  ha  declinado...  Trafalgar  es  her- 
mana de  Lepanto. 

Pero  allí  se  sumergió  el  poder  naval  de  España, 


Mil,  OCHOCIENTOS  DIEZ  9 1 

Inglaterra,  vencedora,  se  lanza  sobre  America; 
los  mares  son  suyos;  en  sus  innumerables  barcos  aun 
humean  las  mechas  de  los  cañones  de  Trafalgar.  Y 
con  ellas  encendidas,  penetra,  segura  de  sí  misma, 
en  el  Río  de  la  Plata,  puerta  principal,  sin  duda  al- 
guna, de  los  dominios  españoles  en  América.  Allí 
están,  a  ambos  lados  de  esa  puerta,  Montevideo, 
en  la  margen  izquierda  meridional,  y  Buenos  Aires, 
en  la  derecha  del  grande  estuario,  con  sus  banderas 
españolas  enarboladas. 

I^a  escuadra  del  comodoro  Popham,  con  tropas  de 
desembarco,  al  mando  de  Beresford,  mira  de  lejos 
los  cañones  de  las  fortalezas  de  Montevideo,  y  pasa  de 
largo,  a  velas  desplegadas.  Cruza  el  inmenso  río;  des- 
embarca en  las  inmediaciones  de  Buenos  Aires.  Sue- 
nan en  tierra  sus  clarines;  baten  las  alas  rojas  en  el 
aire  sus  banderas  de  rapiña. 

Y  de  un  vuelo,  de  un  solo  vuelo  atrevido,  van  a 
posarse,  como  dueñas,  en  el  alcázar  de  la  capital  del 
virreinato,  que  ve  substituir  asombrada  el  pabellón 
español  por  el  inglés. 

El  marqués  de  Sobremonte,  virrey  español,  ante  el 
amago  de  la  invasión,  ni  siquiera  pensó  en  la  defensa; 
huyó  hacia  el  interior,  y  dejó  abandonada  la  capital. 
Unos  dicen  que  fué  cobarde,  otros  que  no;  que  se 
retiró  al  interior,  en  procura  de  más  eficaz  defensa. 
Pero  eso  no  hace  al  caso.  El  hecho  es  que  Buenos 
Aires  despierta  asombrado,  al  verse  inglés  de  la  noche 
a  la  mañana.  Aquello  es  un  sueño  de  oprobio;  la  vieja 
sangre  española  hierve  en  sus  venas;  es  preciso  vol- 
ver por  el  honor  de  la  estirpe.  I/iniers  y  Pueyrredón 
son  el  núcleo;  I^iniers,  sobre  todo.  Piensan  en  la 
reconquista. 

Y  entonces  aparece  la  otra  metrópoli  del  Plata: 


92  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Montevideo,  el  Montevideo  que,  según  el  historiador 
Mitre,  no  constituía  un  centro  urbano  de  cohesión. 

La  convulsión  heroica  que  entonces  se  apoderó 
de  la  población  oriental  fué  una  revelación  estupen- 
da. Todas  las  fuerzas  vitales  de  aquel  organismo  se 
condensaron  en  un  esfuerzo  inverosímil,  bajo  la  direc- 
ción de  don  Pascual  Ruiz  de  Huidobro,  bizarro  gober- 
nador de  Montevideo,  hidalgo  español.  Se  organiza 
una  expedición  reconquistadora;  se  la  coloca  al  man- 
do de  I/iniers,  que  ha  venido  de  Buenos  Aires  en  bus- 
ca de  apoyo;  el  pueblo  armado  cruza  el  río  en  barcas, 
en  botes,  por  el  aire,  yo  no  sé  cómo;  toma  tierra  en 
la  otra  margen;  recoge  los  elementos  occidentales 
que  allí  lo  esperaban  anhelantes;  corre  hacia  la  plaza 
de  Buenos  Aires,  como  un  enjambre  irritado;  rodea  el 
baluarte  inglés;  lo  expugna  hasta  con  el  pecho  de  los 
caballos,  que  se  estrellan  en  él;  arranca  el  pabellón 
extraño;  repone  el  español.  Os  aseguro,  mis  amigos, 
que  aquella  fué  realmente  una  gran  mañana. 

El  memorable  suceso  se  consumó  el  12  de  agosto 
de  1806.  I/)s  ingleses,  los  vencedores  de  Trafalgar, 
se  han  ido  sin  banderas;  éstas  quedan  cautivas,  como 
recuerdo  perpetuo. 

Pero  no  es  tanto  el  hecho  cuanto  su  espíritu  lo  que 
más  reclama  aquí  nuestra  atención.  Esa  reconquista 
de  Buenos  Aires,  que  inicia  Montevideo,  es  el  primer 
acto  llevado  a  término  -por  libre  resolución  de  un  pueblo 
americano,  con  prescindencia  y  desacato  de  un  virrey, 
en  defensa,  no  tanto  del  rey,  cuanto  de  la  estirpe  espa- 
ñola en  América,  de  la  religión,  de  la  lengua,  de  las 
tradiciones  paternas.  El  virrey  Sobremonte  huyó,  como 
hemos  visto,  de  la  cmdad,  ante  el  ataque  inglés;  pero, 
en  la  esperanza  de  reconquistarla,  dirigió  una  circular 
a  todas  las  provincias,  pidiéndoles  contingentes.  El 


Mil,  OCHOCIENTOS  DIEZ  93 

gobernador  de  Montevideo  recibió  la  suya,  con  orden 
de  remitir  inmediatamente  la  tropa  veterana  y  la 
artillería  de  campaña.  Ruiz  de  Huidobro  contestó  que 
no,  «que  había  tenido  por  conveniente  suspender  la 
publicación  de  la  circular,  por  hallarse  autorizado  por 
el  Cabildo  de  Montevideo  para  la  reconquista))-  y,  en 
cuanto  a  la  tropa  solicitada,  «no  podía  enviársela, 
porque  debía  marchar  en  la  expedición». 

Y  así  fué,  efectivamente;  marchó  en  la  expedición 
reconquistadora. 

He  aquí,  pues,  al  Cabildo  de  la  ciudad  de  Monte- 
video, de  la  que  será  declarada  la  Muy  Fiel  y  Recon- 
quistadora, que,  por  sí  y  ante  sí,  se  erige  en  autoridad. 
Y  ese  I^iniers,  precisamente,  a  quien  el  pueblo  de 
Montevideo  arma  caballero  de  su  derecho,  será  el 
nuevo  virrey  del  Río  de  la  Plata,  designado  por  el 
pueblo. 

Caro  tenía  que  costar  a  Montevideo  esa  su  fogosa 
reconquista  de  Buenos  Aires.  He  ahí  a  Inglaterra 
que  vuelve  por  su  honor.  Una  nueva  y  formidable 
escuadra  inglesa,  al  mando  de  Auchmuty,  penetra 
en  el  Plata,  y  se  une  a  la  del  comodoro  Popham,  que 
ha  ocupado  Maldonado,  no  sin  heroica  resistencia. 
Esta  vez  es  Montevideo  el  blanco  primero  de  las  iras 
británicas;  iras  temibles,  si  las  hay. 

Montevideo  se  apresta  a  la  defensa,  al  sacrificio. 
El  inglés  desembarca  en  el  Buceo:  lOO  cañones  y 
5.700  hombres  rodean  la  ciudad.  El  virrey  Sobre- 
monte  que,  expulsado  de  Buenos  Aires,  se  ha  refu- 
giado en  Montevideo,  inicia  una  resistencia  en  las 
afueras,  pero  pronto  se  retira.  No  así  los  vecinos  de 
la  ciudad;  éstos  salen  imprudentemente  al  campo, 
y  ima  batalla  encarnizada  y  desastrosa  se  libra  en  el 


94  I'A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Cardal,  el  20  de  enero  de  1807.  El  inglés  avanza; 
la  escuadra  dirige  sus  fuegos  sobre  la  ciudad;  ésta  es 
batida  por  mar  y  tierra;  un  círculo  de  fuego  la  en- 
vuelve; sus  cañones  rugen. 

Se  abre,  por  fin,  una  brecha  en  las  murallas,  que 
los  defensores  cierran  con  todo  cuanto  encuentran: 
fardos  de  cuero,  bolsas,  muebles,  con  sus  propios 
cuerpos  sobre  todo;  allí  luchan  y  mueren. 

Isleños  están  nuestros  recuerdos  de  la  defensa  de 
esa  brecha  dantesca;  aquí  encuentro,  entre  mis  pape- 
les de  familia,  el  recuerdo  del  abuelo  de  mis  hijos,  don 
Juan  Benito  Blanco,  joven  de  quince  años,  que,  des- 
pués de  haber  asistido  a  la  reconquista  de  Buenos 
Aires,  cae  mortalmente  herido  en  esa  brecha  de  Mon- 
tevideo, su  patria.  Aun  después  de  abierta  brecha, 
y  de  penetrar  por  ella  el  torrente  invasor,  Huidobro 
hace  fuego  de  cañón  desde  la  cindadela  hacia  el  centro 
de  la  plaza;  los  vecinos,  desde  las  ventanas,  desde  los 
tejados,  desde  las  esquinas,  disparan  sus  armas,  arro- 
jan agua  hirviendo;  el  ejército  inglés  avanza,  haciendo 
fuego  por  compañías  como  una  máquina;  el  pabellón 
español  flota  ceñudo  en  los  baluartes,  entre  el  humo 
que  sube  lentamente. 

I/)s  ingleses,  pasando  por  sobre  400  cadáveres  de 
montevideanos,  tendidos  en  las  calles,  al  lado  de  los 
muertos  rubios  vestidos  de  colorado,  se  hacen  dueños, 
por  fin,  de  la  ciudad  oriental,  el  3  de  febrero  de  1807. 

Y  van  a  reconquistar  Buenos  Aires:  son  12.000 
hombres,  al  mando  de  Whitelocke,  que  ha  llegado 
con  imponentes  refuerzos. 

Pero  ya  no  es  posible;  Buenos  Aires  se  ha  hecho 
soldado,  y  está  de  pie.  lyiniers,  nombrado  popular- 
mente gobernador,  en  reemplazo  de  Sobremonte, 
les  sale  al  encuentro,  pero  es  rechazado;  los  ingleses 


Mn.  OCHOCIENTOS  DIEZ  95 

siguen  tras  él,  y  atacan  la  ciudad  el  5  de  julio.  Alzaga, 
español  bizarro,  organiza  la  defensa;  el  choque  for- 
midable se  produce,  y  el  inglés  queda  vencido  por  el 
animoso  pueblo  bonaerense.  Whitelocke  ha  capitu- 
lado el  día  6;  ha  pactado  con  I^iniers  la  evacuación 
completa  del  Río  de  la  Plata,  la  de  Montevideo  in- 
clusive, por  más  que  no  han  faltado  quienes  han  que- 
rido prescindir  del  rescate  de  Montevideo  como  con- 
dición del  pacto,  I^iniers  entre  ellos.  Es  Alzaga  quien 
impone  la  evacuación  de  la  ciudad  reconquistadora. 

Y  es  bastante,  amigos  artistas,  para  que  os  forméis 
una  idea  de  esas  invasiones  inglesas.  Huelga  el  comen- 
tario.  El  pueblo  se  ha  dado  cuenta  de  que  es  varón. 
Y  de  que  puede  vencer  sin  virreyes. 

Sólo  os  haré  notar  dos  detalles  sugestivos. 

Recordaréis  que,  en  la  lucha  colonial  de  Inglate- 
rra con  Francia,  que  precedió  a  la  independencia 
de  los  Estados  Unidos,  comenzó  a  figurar,  en  defensa 
de  su  metrópoli,  un  joven  capitán  llamado  Jorge 
Washington.  También  en  estas  invasiones  inglesas  al 
Río  de  la  Plata  nos  encontramos  con  un  capitán  o 
ayudante  mayor,  José  Artigas,  quien,  hallándose  en- 
fermo, al  ver  que  su  regimiento  se  queda  de  guar- 
nición en  Montevideo  cuando  sus  camaradas  han 
partido  a  la  reconquista  de  Buenos  Aires,  ruega  al 
gobernador  Huidobro  que  le  permita  incorporarse  a 
la  gloriosa  cruzada.  Huidobro  accede;  le  da  un  pliego 
para  Wniers.  Artigas  cruza  solo  el  río;  alcanza  la  ex- 
pedición, cuando  ésta  va  a  expugnar  a  Buenos  Aires; 
pelea  en  los  Corrales  de  Miserere,  en  el  Retiro,  en  la 
Plaza  Victoria.  Rendido  el  inglés,  es  él  quien  se  pre- 
senta a  Huidobro  en  Montevideo  con  el  parte  de  la 
victoria;  ha  repasado  el  río  en  una  barca;  ésta  ha 
naufragado,  y  el  animoso  tripulante,  desnudo  como 


96  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  heraldo  de  Maratón,  ha  ganado  la  orilla  a  nado, 
con  la  feliz  noticia. 

Corre  con  su  escuadrón  a  defender  a  Maldonado 
de  la  agresión  inglesa;  vuelve  a  Montevideo,  y,  con 
las  tropas  de  Sobremonte,  se  opone  al  desembarco 
del  enemigo  en  el  Buceo;  Sobremonte  hu3-e,  pero  él 
se  repliega  a  la  plaza  amenazada;  lucha  en  el  Cardal 
«con  el  mayor  enardecimiento,  sin  perdonar  instante 
ni  fatiga».  Asaltada  y  tomada  la  ciudad,  él  no  se  rinde; 
se  embarca  para  el  Cerro,  y  hostiliza  sin  cesar  a  los 
ingleses,  durante  los  seis  meses  de  su  primer  domi- 
nio... Barbagelata  nos  ha  narrado  todo  esto  muy  bien, 
con  muchos  documentos  comprobantes.  El  Artigas 
caudillo  comienza  allí,  cuando  lucha  prescindiendo  de 
Sobremonte. 

Otro  detalle  final,  y  pasaremos  a  otra  cosa. 

Las  dos  ciudades  del  Plata  han  quedado,  y  con  ra- 
zón, igualmente  orgullosas  de  sí  mismas,  con  la  expul- 
sión de  los  ingleses;  pero  se  miran  con  celo.  Buenos 
Aires  agradece  oficialmente  a  Montevideo  su  concur- 
so; pero  va  a  España,  a  reclamar  para  sí  la  gloria  de 
la  reconquista.  La  ciudad  oriental  no  lo  consiente: 
la  reconquistadora  es  ella,  y  sólo  ella;  suya,  y  de  nadie 
más,  es  la  gloria.  Montevideo  invoca  en  España  su 
derecho  preferente  a  los  laureles;  cuenta  allí  la  his- 
toria; discute  con  Buenos  Aires;  presenta  sus  pruebas; 
triimfa,  por  fin.  El  rey  de  España  le  documenta  para 
siempre  ese  triunfo:  concede  a  Montevideo  «el  título 
de  Muy  Fiel  y  Reconquistadora,  con  la  facultad  de 
agregar  a  su  escudo  las  banderas  que  apresó  en  aque- 
lla reconquista,  con  una  corona  de  oro  sobre  el  Cerro, 
atributo  heráldico  de  aquel  escudo,  atravesada  con 
otra  de  las  reales  armas,  palma  y  espada». 

Está  bien.  Coronas  de  oro,  palmas,  reales  armas... 


^^I,  OCHOCIENTOS  DIEZ  97 

abalorios  que  valen  por  su  significado  histórico;  valen 
indudablemente.  Pero  esos  pueblos  han  ganado,  me 
parece,  algo  más  que  una  palma  simbólica  y  una  es- 
pada pintada.  ¿No  se  pensará,  siquiera,  en  su  derecho 
a  un  principio  de  emancipación? 

Eso,  jamás:  la  América  debía  continuar  como  pro- 
piedad de  su  madre,  mientras  ésta  se  conservase  due- 
ña de  sí  misma.  ]\'Iientras  exista  un  español,  un  nacido 
en  la  península,  éste,  y  nadie  más  que  éste,  debe  man- 
dar en  América.  Y  aim  más:  como  el  pueblo  portu- 
gués a  doña  Inés  de  Castro,  según  la  le3'enda,  el  ame- 
ricano debe  permanecer  fiel,  no  sólo  a  España,  sino 
a  la  monarquía  española;  besar  la  mano  a  su  esque- 
leto, y  acatar  su  sombra  cadavérica. 

Comprenderéis,  mis  amigos,  que  eso  no  pudo  ser. 
I/a  América  española,  desde  Méjico  hasta  Patagonia,  ha 
sentido  el  estremecimiento  de  su  pujante  pubertad. 
Ese  rechazo  de  las  invasiones  inglesas,  que  hemos 
visto,  no  ha  sido  una  causa,  ni  siquiera  una  ocasión 
de  independencia;  ha  sido  un  efecto  de  la  étnica  ya 
consumada;  falta  sólo  la  accidental,  la  política. 

Ved  cómo  ésta  se  manifiesta,  por  fin,  en  su  ple- 
nitud. 

Napoleón,  que,  a  principios  del  siglo  pasado,  reco- 
rre triunfante  la  Europa,  y  traza  con  su  espada  nue- 
vas fronteras  arbitrarias  en  el  antiguo  continente, 
y  regala  coronas  reales  a  sus  deudos  y  capitanes,  re- 
suelve apoderarse  de  la  península  ibérica  y  de  los 
reyes,  nuestros  señores.  España  es  aliada  de  Napoleón, 
como  lo  eran  entonces  los  aliados:  estaba  amarrada 
a  él.  Portugal  lo  es  de  Inglaterra;  es  enemigo  del  Cé- 
sar, por  consiguiente.  Éste,  Bonaparte,  a  pretexto 
de  pasar  sus  tropas  a  Portugal — cuyo  rey  huye  al 
Brasil  ante  el  amago,  y  establece  su  corte  en  Río 

T.  I.-9 


98  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Janeiro,  —  las  hace  penetrar  en  España,  con  anuencia 
del  rey  Carlos  IV,  su  aliado,  que,  temeroso  del  par- 
tido político  que  se  ha  formado  en  torno  de  su  hijo 
Fernando,  cree  hallar  apoyo  para  su  corona  en  el 
flamante  emperador  francés.  Aquella  corte  española 
es  una  miseria,  una  verdadera  miseria;  aquellas  ma- 
jestades de  todo  tenían  menos  de  majestuosas,  preciso 
es  confesarlo.  Y  de  sagrado,  o  divino,  mucho  menos. 
El  pueblo  español,  grande  a  pesar  de  sus  reyes,  se 
alarma  ante  la  invasión  francesa;  el  partido  de  Fer- 
nando asalta  la  casa  del  ministro  Godoy,  y  obliga  a 
Carlos  a  abdicar  la  corona  en  su  hijo.  Pero  Napoleón, 
a  título  de  arreglar  las  rencillas  de  la  familia  real  es- 
pañola, la  invita  a  pasar  a  Bayona,  donde,  tratados 
los  infelices  monarcas  como  entidades  despreciables, 
son  obligados  a  poner  la  férrea  corona  de  España  en 
manos  de  Bonaparte,  que  así  tendrá  una  más  de  que 
disponer.  El  pueblo  se  levanta  airado  y  heroico;  el  de 
Madrid  se  hace  fusilai  en  las  calles,  el  2  de  mayo  de 
1808,  lo  que  da  por  resultado  el  coronamiento  de  José 
Bonaparte,  como  rey  de  España.  En  seguida,  el  pue- 
blo todo,  como  un  solo  corazón  de  león,  se  revuelve 
contra  el  usurpador  de  su  propia  soberanía.  En  ejer- 
cicio de  ésta,  instintivamente,  prueba  que  es  un  or- 
ganismo vivo,  capaz  de  crear  sus  propios  medios  de 
existencia;  elige  Juntas  Provinciales  primero,  que, 
en  representación  del  rey  ausente,  acaudillan  la 
resistencia  de  la  nación;  un  Consejo  de  Regencia 
después;  se  reúne,  por  fin,  en  las  Cortes  de  Cádiz,  y, 
bajo  el  fuego  de  los  cañones  franceses,  dicta  leyes  al 
porvenir:  sanciona  la  Constitución  de  1812.  Y  el  pue- 
blo español  reconquista,  en  lucha  homérica,  su  inde- 
pendencia, agregando  al  catálogo  de  sus  glorias  secu- 
lares los  nombres  de  Bailen,  de  Zaragoza,  de  Gerona... 


Mlh  OCHOCIENTOS  DIEZ  99 


III 


¿Y  América?  ¿Qué  hará  América  mientras  en  Es- 
paña el  rey  está  prisionero,  y  el  pueblo — sólo  el  pue- 
blo español,  no  sus  reyes  ni  sus  Consejos  reales — 
combate  por  su  independencia? 

¿Aguardar,  impasible  y  resignada,  a  que  en  Europa 
se  resuelva  de  sus  destinos,  y  se  le  haga  saber  cuál 
es  el  dueño,  nuevo  o  viejo,  que  en  definitiva  le  ha 
tocado  en  suerte,  y  si  ha  de  hablar  en  francés,  o  en 
español,  o  en  inglés? 

Eso  es  lo  digno  y  lo  justo,  en  el  concepto  de  la  me- 
trópoli, y  de  sus  agentes  en  América;  eso  es  lealtad. 

Pero  el  pueblo  americano  ya  no  puede  hacer  tal 
cosa;  sería  indigno  de  su  propia  madre.  El  también 
luchará  por  su  vida,  por  su  independencia,  como  el 
español;  con  el  mismo  título,  con  el  mismo  brío. 

¿En  España  está  el  rey  Fernando  VII  prisionero,  y 
las  Juntas,  emanadas  del  pueblo  español,  lo  repre- 
sentan?... Pues  los  virreyes  de  Fernando  en  América 
deben  considerarse  también  prisioneros,  y  dejar  su 
puesto  a  Juntas  emanadas  del  pueblo  americano,  que 
no  tienen  por  qué  ni  para  qué  ir  a  reunirse  en  Cádiz; 
Cádiz  está  demasiado  lejos  de  América,  y  demasiado 
cerca  de  Bonaparte  y  de  la  corte  española  fugitiva. 

¿I^as  Juntas  españolas  conservan  la  soberanía  para 
el  soberano,  es  decir,  para  el  rey  prisionero  Fernan- 
do VII,  el  legítimo,  el  sagrado,  el  dueño?...  Pues  otro 
tanto  harán  las  americanas  para  el  soberano  de  Amé- 
rica, prisionero  a  su  vez  hace  mucho  tiempo;  también 
lucharán  por  esa  causa,  con  el  mismo  heroísmo  con 
que  lucha  el  pueblo  español. 

Pero...  he  aquí  que  se  nos  ofrece  el  problema,  todo 


loo  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  problema:  el  soberano  prisionero  ya  no  es,  en  Amé- 
rica, aunque  lo  parezca,  Femando  VII  ni  sus  sucesores; 
eso  es  lo  que  hay  aquí  de  más  grave  y  serio.  Cuando, 
debelado  Napoleón  en  Waterloo,  vuelva  Femando  a  su 
trono  de  Madrid,  después  de  su  cautiverio,  a  restaurar 
el  gobierno  absoluto  tambaleante,  ya  habrá  nacido  en 
esta  América,  por  la  ley  de  la  universal  germina- 
ción, por  la  de  la  constante  renovación  de  la  vida, 
otro  soberano  legítimo,  más  legítimo  que  el  prisio- 
nero de  Bonaparte  por  cierto. 

El  nacimiento,  en  estas  tierras,  de  ese  príncipe  he- 
redero de  los  reyes  presos,  de  todos  los  reyes  cadu- 
cos, no  ha  sido  notificado,  es  verdad,  a  las  naciones, 
con  la  solemnidad  del  ceremonial  sagrado;  no  ha  sido 
presentado  un  niño  a  la  corte  en  una  bandeja  de  oro; 
pero  ciego  hubiera  sido  quien  no  se  hubiera  dado 
cuenta  pe  su  venida  al  mundo.  Fué  él,  precisamente, 
quien  expulsó  a  los  ingleses  conquistadores,  hace 
dos  años.  Sin  él,  ^qué  hubiera  sido  del  dominio,  no 
sólo  de  la  nación,  pero  aun  de  la  lengua  española  en 
el  Plata? 

Y  los  virreyes,  y  sus  delegados,  y  sus  cortes  colo- 
niales no  eran  ciegos;  tampoco  lo  eran  los  españoles 
residentes  en  las  colonias.  Bien  veían  que  el  heredero 
de  Fernando  estaba  ya  en  la  tierra  americana,  y  que 
ese  tal  heredero  no  era  ni  podía  ser  un  rey  español. 
El  derecho  imprescriptible  que  creían  poseer  en  su 
propia  sangre  les  impedía,  sin  embargo,  reconocer 
al  nuevo  soberano  recién  nacido;  tenían  que  estran- 
gular a  ese  bastardo  en  su  cuna;  no  podía  haber  más 
rey  que  el  rey. 

Y  la  cuna  eran  esas  Juntas,  que,  emanadas  del  pue- 
blo, de  que  eran  núcleo  los  cabildos,  y  con  presidencia 
de  virreyes,  y  gobernadores,  y  capitanes  generales. 


Mn,  OCHOCIENTOS  DIEZ  I  Oí 

se  forman  en  América  como  en  España,  y  se  disponen 
a  reconocer,  y  conservar,  y  defender,  los  derechos  del 
soberano  legítimo  contra  el  usurpador. 

¿El  soberano  legítimo  se  llamaba  entonces  Fernan- 
do VII,  y  Napoleón  I  el  intruso?...  Pues  las  Juntas 
americanas  se  constituirán  al  grito  de  ¡Viva  Fernan- 
do VIH... 

El  nombre  es  lo  de  menos,  como  es  lo  de  menos  lo 
que  puedan  pensar  individualmente  tales  o  cuales 
promotores  de  aquel  movimiento,  ignorantes  de  su 
esencia.  Hasta  hubo  virreyes  españoles  que  presidie- 
ron la  formación  de  esas  Juntas. 

Itos  virreyes,  y  gobernadores,  y  peninsulares  resi- 
dentes en  América  oyeron,  sin  embargo,  generalmente, 
en  aquel  grito,  un  clamor  de  rebelión.  Se  dieron  cuenta, 
pues,  de  la  realidad  oculta  en  las  apariencias.  Y  los 
unos,  los  americanos,  se  lanzaron  contra  los  otros, 
los  españoles,  e  iniciaron  una  lucha  que  duró  quince 
años,  al  final  de  los  cuales  se  verá  que  el  soberano 
legítimo,  llamado  Femando  VII  por  los  primeros, 
no  era  ni  podía  ser  el  fruto  concebido  por  el  tiempo 
en  la  antigua  monarquía,  sino  el  que  palpitaba  en 
las  entrañas  del  pueblo  de  América,  que,  como  todo 
organismo  vivo,  tenía  que  formar  de  su  propia  subs- 
tancia, y  no  de  elementos  ajenos,  su  cabeza,  al  par  que 
su  corazón  y  su  brazo;  el  soberano  que  se  aclamaba 
era,  pues,  el  héroe  o  caudillo  que  surgiera  del  pueblo, 
fuente  inmediata  de  autoridad  soberana. 


IV 


Eso  es  lo  que  significan,  mis  queridos  amigos,  las 
efemérides  consagradas  por  los  estados  americanos: 


102  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  21  de  septiembre  de  1808  en  Montevideo;  el  10 
de  agosto  ds  1809  en  Qiito;  el  25  de  mayo  del  mismo 
año,  y  el  16  de  julio,  en  Chuquisaca  y  I^a  Paz;  el  19 
de  abril  en  Caracas;  el  22  de  mayo  de  1810  en  Carta- 
gena de  Indias;  el  25  de  mayo  de  ese  mismo  1810  en 
Buenos  Aires,  y  también  en  Montevideo,  y  el  20  de 
julio  en  Bogotá,  y  el  18  de  septiembre  en  Santiago 
de  Chile,  y  el  14  de  mayo  de  1811  en  la  Asunción, 
y  el  16  de  septiembre,  por  fin,  de  1810,  con  el  14  de 
mayo  de  1811,  Junta  de  Zitácuaro  y  Grito  de  Dolores, 
en  Méjico.  Tales  cifras,  amadas  de  los  pueblos,  conme- 
moran la  formación  de  Juntas  de  Gobierno  americanas, 
en  substitución  del  virrey,  para  mejor  custodiar  los 
derechos  del  rey. 

Esas  regiones  constituían  las  subdivisiones,  más  o 
menos  arbitrarias,  del  dominio  español,  al  iniciarse 
la  independencia.  Allá,  en  la  América  del  Norte,  estaba 
el  virreinato  de  Méjico  o  Nueva  España,  el  mundo  de 
los  aztecas,  entre  uno  y  otro  océano,  y  alrededor  del 
golfo  enorme,  con  la  Capitanía  General  o  Provincia 
de  Guatemala;  en  la  América  Meridional,  que  es  la 
que  vamos  a  examinar  especialmente,  se  encontraba 
el  Virreinato  de  Nueva  Granada,  en  el  Norte,  con  su 
punta  en  el  Istmo  de  Panamá,  y  con  su  sede  en  Santa 
Fe  de  Bogotá;  y  la  Presidencia  de  Quito,  más  al  Sur, 
sobre  el  Pacífico;  y  a  la  derecha,  sobre  el  mar  de  las 
Antillas,  la  Capitanía  General  de  Venezuela. 

Bl  Virreinato  del  Perú,  que  había  comprendido  todas 
las  posesiones  españolas  de  la  América  del  Sur,  hasta 
Santiago  de  Chile,  hasta  Buenos  Aires  y  Montevideo, 
estaba  allá,  también  en  el  Pacífico,  con  su  remedo  de 
opulenta  sede  en  Lima,  la  gran  ciudad  colonial;  de  él  se 
había  desprendido,  y  formaba  una  capitanía  genera], 
Chile,  la  tierra  de  los  araucanos,  tendida  a  lo  largo  de 


Mn,  OCHOCIENTOS  DIEZ  I03 

los  estrechos  contrafuertes  de  los  Andes,  con  su  centro 
sociológico  en  la  ciudad  de  Santiago.  Y,  por  fin,  des- 
prendido también  del  Perú  en  los  últimos  tiempos  de 
la  colonia,  estaba  el  Virreinato  de  Buenos  Aires,  que 
había  arrastrado  consigo,  hacia  el  Atlántico,  hacia  el 
Plata,  un  territorio  de  más  de  la  mitad  de  Europa: 
todo  el  que  se  extiende  entre  los  Andes  y  la  cordillera 
del  Brasil,  desde  las  altiplanicies  del  Perú  meridional, 
hasta  el  Río  de  la  Plata.  Este  virreinato  comprendía 
el  Alto  Perú;  la  actual  Bolivia,  con  su  ciudad  de  Char- 
cas y  su  cerro  de  Potosí;  las  actuales  Provincias  Argen- 
tinas, tributarias  geográficamente  de  la  ciudad  de 
Buenos  Aires,  único  puerto  de  esa  región;  el  Paraguay, 
con  su  vieja  Asunción,  dormida  en  sus  bosques  de 
naranjos;  y,  por  fin,  del  otro  lado  de  la  gran  cuenca, 
con  los  caracteres  originales  que  os  he  descrito,  la 
Gobernación  Oriental,  con  la  plaza  fuerte  de  Monte- 
video, puerto  magnífico  de  la  margen  izquierda  del 
Plata,  como  núcleo  sociológico. 

Como  bien  lo  comprendéis,  mis  amigos  artistas, 
esas  agrupaciones  arbitrarias  de  territorios  hetero- 
géneos, habían  de  disolverse  o  rectificarse  con  la  di- 
solución del  régimen  colonial;  en  ellas  no  se  tenían 
para  nada  en  cuenta  los  intereses,  y  mucho  menos 
los  derechos,  de  los  distintos  pueblos  esparcidos  en 
ese  inmenso  territorio,  sino,  como  lo  hemos  dicho 
antes,  las  conveniencias  de  la  dueña  y  señora  de  to- 
dos ellos.  Abrir  el  juicio  testamentario  de  la  madre 
común  significaba,  por  consiguiente,  iniciar,  ipso  facto, 
la  partición  de  su  herencia  entre  sus  distintos  hijos 
varones,  herederos  todos  ellos  al  mismo  título,  los 
menores,  lo  mismo  que  los  mayores,  Chile  y  el  Uru- 
guay y  el  Paraguay,  lo  mismo  que  el  Perú  o  Buenos 
Aires.    I/as    divisiones    del    coloniaje    no    daban  ni 


104  ^A.  Epopeya  de  artigas 

quitaban  derechos;  no  los  constituían,  sobre  todo, 
superiores  a  las  leyes  étnicas,  geográficas,  socioló- 
gicas, biológicas,  si  queréis,  que  determinan  la  volun- 
tad de  los  pueblos,  y  que  forman  las  distintas  perso- 
nas colectivas. 


V 


En  1810  se  creyó  en  América  que  España  iba  a 
caer  por  fin,  toda  entera,  en  poder  de  los  franceses 
de  Napoleón;  el  ejército  invasor  había  pasado  Sierra 
Morena;  la  Junta  Central  se  había  refugiado  en  la 
isla  de  León;  habíase  formado  un  Consejo  de  Regen- 
cia. La  autoridad  de  los  virreyes  había  caducado, 
por  ende,  en  América.  Sin  rey,  ¿cómo  concebir  al  vi- 
rrey? La  autoridad  era  aquí,  por  consiguiente,  res 
nullius,  cosa  de  nadie.  Pertenece,  en  tales  casos,  como 
antes  hemos  dicho,  al  primer  ocupante,  y  éste  puede 
serlo  el  pueblo  entero,  que  se  erige  en  fuente  inmediata 
de  soberanía,  y  consagra,  con  su  designación  o  su  acep- 
tación, al  hombre  o  a  los  hombres  en  que  debe  residir. 
Ese  es  el  origen  de  la  democracia  republicana.  Y  ese 
fué  el  espíritu  autóctono,  creador  de  la  revolución  de 
América.  Ese  principio  es  el  orden,  la  divina  armonía. 

Llegó,  pues,  el  momento:  toda  la  América  se  le- 
vantó de  una  vez  a  gobernarse  a  sí  propia.  El  fuego 
central  es  el  mismo  en  todo  el  continente;  los  cráteres 
que  se  abren  son  varios.  Allá  en  el  Norte,  después  de 
Quito,  aparece  el  volcán  principal  en  Caracas,  en  la 
Capitanía  General  de  Venezuela,  Virreinato  de  Nueva 
Granada.  En  el  Sur,  tras  la  gran  conmoción  de  Co- 
chabamba  y  La  Paz,  ahogadas  en  sangre,  estalla  el 
nuevo  fuego  en  Santiago  de  Chile;  pero,  sobre  todo,  y 


^^I:<  ochocientos  diez  105 

como  núcleo  principal,  en  Buenos  Aires.  Entre  ambas 
zonas  incandescentes,  la  del  Norte  y  la  del  Sur,  hay 
una  apagada:  el  Perú.  lyima,  su  gran  capital,  será  el 
último  baluarte  español,  al  que  convergerán  encres- 
padas las  olas  del  Plata  y  las  del  Orinoco. 

Era  el  mes  de  mayo  de  1810.  El  pueblo  de  Buenos 
Aires,  a  quien  el  mismo  virrey  había  revelado  fran- 
camente, el  día  18,  la  desastrosa  situación  de  Espa- 
ña, hervía  en  la  Plaza  Mayor;  quería  Junta,  como  la 
metrópoli;  Junta  que  gobernase  en  ausencia  del 
rey.  Pero  aquella  gente  quería  más:  clamaba  por  la 
deposición  inmediata  del  virrey.  ¡Una  barbaridad! 
Aquel  organismo  estaba  con  fiebre;  elaboraba  o  repo- 
nía instintivamente  un  miembro  que  le  faltaba.  Y 
era  nada  menos  que  la  cabeza. 

Era  virrey  a  la  sazón  don  Baltasar  Hidalgo  de  Cis- 
neros,  quien,  designado  tal  por  la  Junta  de  España, 
en  substitución  de  Iviniers,  el  héroe  de  la  reconquista 
que  fué  levantado  por  el  pueblo  y  apoyado  por  las 
tropas,  había  ocupado  su  puesto  en  julio  de  1809. 
El  i.°  de  enero  de  ese  año  noveno,  Liniers  se  vio  en 
el  caso  de  sofocar,  con  el  apoyo  de  las  milicias,  presi- 
didas por  el  americano  don  Comelio  Saavedra,  nacido 
en  Potosí,  una  conspiración  fraguada  contra  él  por  el 
español  Alzaga,  alentado  por  Elío,  gobernador  de 
Montevideo,  que,  en  1808,  le  había  ya  negado  su  obe- 
diencia, lyos  españoles  miraban  de  reojo  a  Liniers, 
por  su  origen  francés;  lo  creían  accesible  a  la  influen- 
cia de  Bonaparte,  cuyos  emisarios  trabajaban  en  el 
Plata. 

Pero  otra  conspiración  estuvo  por  producirse  en  cam- 
bio, en  favor  de  I^iniers,  cuando  Cisneros  llegó,  poco 
después,  de  España,  a  substituirlo:  se  intentaba  recha- 


I06  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

zar  al  virrey  enviado  por  la  metrópoli,  y  sostener  al 
designado  por  el  pueblo.  I^a  lealtad  de  I^iniers,  hom- 
bre de  bien  a  carta  cabal,  y  la  indecisión  de  las  tropas, 
retardaron  la  hora  magna,  y  abrieron  el  camino  al 
último  virrey,  que  ocupó  su  puesto,  como  hemos  dicho, 
el  30  de  julio  de  1809.  Todo  anunciaba,  sin  embargo, 
que  aquella  hora  estaba  a  punto  de  sonar.  Una  heroica 
sublevación,  que  fué  ahogada  en  sangre,  estalló,  des- 
pués de  la  llegada  de  Cisneros,  en  Cochabamba  y  I^a 
Paz;  en  Buenos  Aires  y  Montevideo  se  formaban  nú- 
cleos de  conspiradores,  cuyos  trabajos  secretos  se  sen- 
tían en  el  aire. 

Una  diferencia  fundamental  había  entre  estos  tra- 
bajos, sin  embargo:  en  Buenos  Aires,  el  espíritu  se  con- 
centraba en  la  ciudad;  los  jefes  de  fuerzas  militares 
formaban  parte  de  los  conspiradores;  don  Cornelio 
Saavedra,  jefe  del  Batallón  de  Patricios,  era  su  prin- 
cipal exponente,  y  presidirá  la  primera  Junta;  el  es- 
píritu predominante,  sin  excepción,  era  monárquico; 
doña  Carlota  de  Borbón,  hermana  de  Fernando  VII, 
era  el  astro  del  nuevo  día,  al  parecer. 

En  Montevideo,  por  el  contrario,  el  espíritu  palpita 
difundido  en  todo  el  pueblo  de  la  Banda  Oriental;  los 
conspiradores  se  reúnen,  generalmente,  fuera  de  los 
muros;  no  esperan  nada  de  las  tropas;  se  alejan  de  ellas. 
Bntre  esos  conspiradores,  Suárez,  Larrañaga,  los  Váz- 
quez, Barreiro,  Pacheco,  etc.,  está  Artigas,  Éste,  que 
será  el  hombre,  comenzará  por  abandonar  los  viejos 
soldados  que  manda,  para  acaudillar  la  masa  popular 
de  la  que  saldrán  los  nuevos,  y  que,  como  lo  veréis,  es, 
en  ambas  márgenes  del  Plata,  la  verdadera  autora 
de  la  revolución  de  Mayo.  Esa  no  ha  pensado  en  doña 
Carlota;  no  la  conoce. 

Es  indudable  que  Cisneros,  mejor  que  nadie,  se  dio 


Mn,  OCHOCIENTOS  DIEZ  107 

cuenta  de  que  su  autoridad  estaba  allí  como  un  medio 
en  la  puerta  de  una  escuela,  según  suele  decirse.  Bajo 
la  presión  popular,  y  ante  la  actitud  de  los  jefes  milita- 
res, que  salieron  garantes  de  la  seguridad  pública,  hubo 
de  autorizar  la  convocación,  por  el  Ayuntamiento,  de 
una  asamblea  plebiscitaria  o  Cabildo  abierto,  que 
determinase  la  voluntad  del  pueblo  sobre  lo  que  debía 
hacerse,  en  caso  de  una  pérdida  total  de  la  penín- 
sula. Bien  es  verdad  que  el  virrey  autorizaba  eso 
«a  condición  de  que  nada  se  haga  que  no  sea  en  ob- 
sequio del  amado  soberano  Fernando  VII,  o  no  res- 
pete la  integridad  de  sus  dominios,  pues  la  monarquía 
es  una  e  indivisible»;  pero  bien  comprendéis,  amigos 
artistas,  que  lo  que  el  pueblo  quería,  pese  a  todo  cuan- 
to hicieran  y  dijeran  los  cabildos  o  asambleas,  o  pro- 
motores académicos,  no  era  propiamente  eso,  ni  cosa 
parecida. 

El  Cabildo  abierto  se  reunió  el  22  de  mayo;  sus  miem- 
bros fueron  elegidos  por  el  Ayuntamiento,  y  convoca- 
dos personalmente  por  esquelas. 

Ese  acto  fué  el  decisivo  de  la  revolución,  por  más 
que  allí,  según  dice  Groussac,  no  había  nadie  con  la 
visión,  ni  siquiera  confusa,  del  edificio  futuro.  No  im- 
porta: ya  aparecerá  quien  la  tenga. 

Se  sentaron  en  la  sala,  presididos  por  el  Cabildo, 
249  de  las  450  personas  que  habían  sido  convocadas; 
votaron  224.  Allí  estaban  los  representantes  del  clero 
y  la  milicia,  alcaldes,  empleados,  abogados,  escriba- 
nos, comerciantes,  catedráticos,  vecinos  distingui- 
dos. Era  una  asamblea  de  privilegiados;  no  había 
delegados  directos  del  pueblo.  Pero  tampoco  eso 
importa  gran  cosa;  también  el  pueblo  aparecerá  cuan- 
do llegue  el  caso.  El  Cabildo,  que  se  decía  su  repre- 
sentante, no  lo  era,  ni  por  su  origen,  ni  por  sus  ideas: 


I08  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

recomendó  a  la  asamblea  que  evitase  toda  innova- 
ción o  mudanza,  por  peligrosas;  la  amenazó  con  las 
miras  absorbentes  de  Portugal;  le  advirtió  que  sus 
resoluciones  tenían  que  nacer  de  la  ley,  o  del  consenti- 
miento de  todos  los  pueblos  o  provincias  interiores 
del  reino.  En  fin:  se  ve  claro  que  el  propósito  esencial 
de  aquel  Cabildo  era  uno  ante  todo:  que  no  se  tocase 
al  virrey.  Y  era  lo  contrario,  precisamente,  lo  que  el 
pueblo  quería:  quería  tocarlo;  deshacerse  del  virrey, 
como  primera  providencia. 

Me  parece  excusado  detallaros  los  votos  de  ese 
célebre  Congreso;  los  hubo  innumerables.  Desde  el 
que  quería  la  continuación  del  virrey,  tal  cual  estaba, 
o  asociado  a  otras  entidades;  desde  el  que  optaba 
porque  el  Cabildo  gobernase,  mientras  no  se  organi- 
zara un  gobierno  emanado  de  España,  hasta  el  que 
proponía  la  creación  de  un  gobierno  emanado  de 
la  nación;  desde  la  doctrina  del  derecho  ingénito 
radicado  en  la  persona  del  monarca,  hasta  la  más  ex- 
trema que  consagra  el  derecho  popular,  todos  los  pa- 
receres tuvieron  allí  su  intérprete.  De  todo  aquello 
surgió,  por  fin,  la  resolución  siguiente:  «Consultando 
la  salud  del  pueblo,  y,  en  atención  a  las  actuales  cir- 
cunstancias, debe  subrogarse  el  mando  superior  en 
el  Excmo.  Cabildo  de  esta  capital,  con  voto  decisivo 
del  señor  Síndico  Procurador  General,  ínterin  se  cons- 
tituye, en  el  modo  y  forma  que  se  estime  por  el  Exce- 
lentísimo Cabildo,  la  corporación  o  Junta  que  debe 
ejercerlo,  y  sin  que  quede  duda  de  que  es  el  pueblo 
quien  confiere  la  autoridad». 

Bien  cabía,  como  se  ve,  dentro  de  esa  resolución, 
el  vuelco  reclamado  por  el  pueblo;  pero  todo  depen- 
día de  la  ejecución  de  lo  resuelto,  y  ésta  quedaba, 
según  vemos,  al  arbitrio  del  Cabildo.  El  Cabildo  no 


Mn,  OCHOCIENTOS  DIEZ  III 

hablaban,  golpeaba    las    puertas  de  la  sala  capitu- 
lar, y  daba  voces  endiabladas. 

¡Pues  que  el  diablo  cargue  con  él!  se  dijo  el  Cabil- 
do. Y  envió  una  diputación  al  virrey,  indicándole  la 
conveniencia  de  su  renuncia.  Esta  no  se  hizo  esperar; 
llegó  verbalmente. 

Todavía  se  pensaba  en  una  nueva  componenda. 
Castelli  y  Saavedra  proyectaban  el  mantenimiento 
de  la  Junta  con  el  simple  cambio  de  piesidente,  cuan- 
do un  grupo  tumultuario  penetró  hasta  la  sala  del 
Ayuntamiento,  y  declaró,  a  su  modo,  que  el  pueblo 
reasumía  la  autoridad,  destituía  la  Junta  nombrada, 
y  proclamaba  una  nueva.  Esta  se  había  formado, 
no  se  sabe  dónde  a  ciencia  cierta,  ni  importa  nada 
el  saberlo;  el  pueblo  anónimo  la  hacía  propia,  y  la 
imponía  porque  sí:  Presidente:  Saavedra,  el  jefe  del 
Batallón  de  Patricios;  Vocales:  Castelli,  Belgrano, 
Azcuénaga,  Alberti,  Matheu  y  I^arrea.  Moreno  y  Paso, 
Secretarios. 

El  Cabildo,    desde  los  balcones  de  la  casa  consis 
torial,  pactó  con  el  pueblo  que,  en  escaso  número, 
estaba  reunido  en  la  plaza.  «¿Dónde  está  el  pueblo?» 
preguntó.  «Sonad  la  campana  y  aparecerá»,  le  fué  res- 
pondido. 

El  Cabildo  no  sonó  la  campana:  pactó  con  aquel 
grupo,  en  el  que  no  se  veía  a  ninguno  de  los  promo- 
tores del  motín,  y  reconoció  el  nuevo  Gobierno:  el 
que  estaba  escrito  en  la  lista  anónima. 

Poco  después,  tronaban  los  cañones  en  sus  trone- 
ras antiguas;  se  estremecían  las  campanas  en  las  altas 
torres  venerables,  y  daban  gritos;  flotaban  en  el  aire, 
como  pájaros  recién  salidos  del  nido,  las  escarapelas 
bicolores,  blancas  y  azules,  que  llevaban  los  hombres 
a  guisa  de  distintivo,  y  éstos  se  abrazaban,  como  quien 


112  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

celebra  la  llegada  de  un  viajero  que  se  esperaba,  y 
que,  al  fin,  estaba  allí.  La  primera  Junta  de  Gobierno 
está,  pues,  formada;  la  primera  autoridad,  emanada 
de  la  nación,  que  destituye  a  un  virre3^ 

Eso  es,  reseñado  ligeramente,  el  25  de  Mayo  y 
sus  equivalentes  en  América,  mis  buenos  amigos:  la 
mañana  de  un  largo  día  de  la  historia.  Una  esplén- 
dida mañana. 


VI 


Trátase  ahora,  amigos  míos,  de  designar  el  héroe 
de  esa  gran  revolución  que  se  inicia:  del  25  de  Mayo 
y  sus  consecuencias. 

¿Quién  había  realizado  aquello  en  Buenos  Aires? 
¿Había  allí  un  hombre?  O  mejor  dicho:  ¿estaba  allí 
el  hombre,  la  conciencia  humana  depositarla  del  pen- 
samiento fundamental  de  la  persona  colectiva  que 
allí  nacía?  «El  Cabildo  abierto  del  22  de  mayo,  dice 
Groussac,  señala  el  acto  decisivo  de  la  revolución  ar- 
gentina. A  él  concurrieron,  para  combinarse  o  comba- 
tirse, las  fuerzas  vaiias,  afines  o  refractarias,  que, 
de  años  atrás,  venían  trabajando  el  complejo  orga- 
nismo... En  todos  estaba  la  conciencia  de  un  cambio 
necesario;  pero  en  nadie  la  visión,  siquiera  confusa, 
del  edificio  futuro  que  de  los  escombros  coloniales 
podía  y  debía  surgir.»  «...Todo  monumento  con  ins- 
cripciones nominativas  en  que  se  consagre  «a  los  auto- 
res» de  la  revolución  de  Mayo,  tiene  que  cometer  la 
enorme  injusticia  de  desconocer  a  sus  verdaderos  hé- 
roes, que  son  anónimos.» 

«Aquel  movimiento  no  tuvo  caudillo,  dice  el  maes- 
tro don  José  Manuel  Estrada.  En  el  Río  de  la  Plata 


Mii<  ocHocreNTos  DIEZ  113 

la  revolución  se  desarrolló  por  la  coincidencia  de 
todas  las  pasiones  populares;  y  sabéis  que  el  populacho 
de  Buenos  Aires,  llamado  en  horas  de  desaliento,  salvó 
la  naciente  nacionalidad,  y  puso  sobre  las  cumbres 
de  la  historia  su  ídolo  y  su  lámpara.? 

y  dice  otro  maestro,  don  Domingo  F.  Sarmiento, 
en  su  Facundo:  «Buenos  Aires,  en  medio  de  todos 
estos  vaivenes,  muestra  la  fibra  revolucionaria  de 
que  está  dotada.  En  Venezuela,  Bolívar  es  todo.  Vene- 
zuela es  la  peana  de  esa  colosal  figura;  Buenos  Aires 
es  una  ciudad  entera  de  revolucionarios;  Belgrano, 
Rondeau,  San  Martín,  Alvear  y  los  cien  generales 
que  mandan  sus  ejércitos,  son  sus  instrumentos,  su 
brazo;  no  son  su  cabeza  ni  su  cuerpo.  En  la  Repú- 
blica Argentina  no  puede  decirse  «el  general  tal  liber- 
tó al  país»,  sino  «la  Junta,  el  Directorio,  el  Congreso, 
el  Gobierno  de  tal  o  cual  época  mandó  al  general  tal 
que  hiciese  tal  cosa». 

Observemos  aquí,  de  paso,  que  lo  que  dice  Sar- 
miento no  es  del  todo  exacto;  veréis  cómo  ese  gene- 
ral Rondeau,  recordado  por  él,  continuará  el  segundo 
sitio  de  Montevideo,  que  dará  en  tierra  con  el  dominio 
español  en  el  Plata,  a  pesar  de  las  órdenes  del  go- 
bierno de  Buenos  Aires,  que  le  imponen  levantar  el 
asedio;  sabréis  oportunamente  cómo  el  otro,  Belgrano, 
librará  la  batalla  de  Tucumán,  a  ruego  angustioso  de 
los  tucumanos,  pero  contra  las  instrucciones  del  triun- 
virato de  Buenos  Aires,  que  lo  llama  premiosamente 
a  la  capital;  veréis,  por  fin,  cómo  el  tercero,  San  Mar- 
tín, el  más  grande  de  los  tres,  realizará  la  expedición 
al  Perú,  violando  mandatos  expresos  del  gobierno  cen- 
tral, cuyos  planes  entorpece  con  ella.  Pero  Sarmiento 
tiene  razón,  no  cabe  duda,  cuando  juzga  que  en  nin- 
guno de  esos  generales  estuvo  el  pensamiento  integral 

T.  1.-10 


114  I<^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

de  la  revolución,  ni  la  visión  remota  del  edificio  futuro, 
ni  la  acción,  por  consiguiente,  del  héroe,  del  arquitecto 
de  patrias.  Ésta  estuvo  sólo  en  otro,  que  no  era  gene- 
ral de  Buenos  Aires,  ni  su  enviado,  y  que  vais  a  cono- 
cer muy  bien. 

Por  ahora,  para  que  os  deis  cuenta,  mis  amigos,  de 
lo  que  significa  eso  que  dice  Sarmiento,  y  os  iniciéis 
en  el  conjunto  de  la  revolución  hispanoamericana,  es 
menester  que  sepáis  quién  es  ese  Bolívar  de  que  aquél 
nos  habla,  porque,  efectivamente,  es  una  figura  colosal. 

Y,  antes  que  a  Bolívar,  bueno  es  que  conozcamos 
al  mismo  Sarmiento,  porque  es  un  voto  de  calidad 
cuando  se  trata  de  Artigas.  Sarmiento  fué  su  detrac- 
tor encarnizado:  pero  tiene  mucho  de  aquel  profeta 
Balaam  que  bendecía  al  pueblo  de  Israel,  cuando, 
montado  el  buen  vidente  en  una  burra,  iba  con  el 
propósito  deliberado  de  echarle  maldiciones  y  con- 
juros. Lo  indeliberado  era  en  Balaam  la  profecía;  lo 
indeliberado  es  en  Sarmiento  la  verdad.  Hombre  de 
lucha,  escritor  inspirado,  diplomático,  general,  y  hasta, 
a  ratos  perdidos,  presidente  de  la  República  Argenti- 
na, este  Sarmiento  fué  un  varón  insigne  por  muchos 
conceptos;  pero  lo  fué,  sobre  todo,  porque  vio  más 
de  una  vez  verdades  intrínsecas  que  no  se  veían,  y 
las  habló  con  sinceridad  casi  infantil.  No  era  papeló- 
filo;  no  se  sometía  más  de  lo  justo  a  la  tiranía  de  los 
documentos,  ni  rendía  gran  culto  a  los  manuscritos 
viejos,  ni  a  los  nuevos;  pero  leía  dentro  de  sí  mismo 
con  claridad,  y  decía  cosas  reales,  casi  inconscientes. 
Por  eso  hubo  quien  lo  llamó  loco,  y  por  eso  hoy  le 
llaman  genio,  y  no  sin  causa.  En  Buenos  Aires  le  han 
erigido  una  bella  estatua  marmórea.  Se  le  erigirán 
otras  probablemente. 

Y,  conocido  Sarmiento,  pasemos  a  Bolívar. 


Mu,  OCHOCIENTOS  DIEZ  II 5 


VII 


Ya  hemos  dicho  que  el  fuego  central  revoluciona- 
lio  hizo  erupción  al  mismo  tiempo  en  toda  América; 
por  todas  partes  se  abrieron  cráteres. 

En  Caracas,  lo  mismo  que  en  Bogotá  y  en  Quito, 
la  invasión  de  Napoleón,  y  la  prisión  de  Fernando  VII, 
determinan  algo  semejante  a  lo  que  hemos  visto  en 
Buenos  Aires.  También  es  el  pueblo  quien  allí  se  le- 
vanta: depone  al  virrey  o  gobernador,  crea  una  Jun- 
ta de  Gobierno,  aclama  a  Fernando  VII, etc.,  etc.  Y  se 
empeña  en  una  lucha  homérica.  Allí,  lo  mismo  que  en 
Chuquisaca  la  mártir,  y  al  revés  de  Buenos  Aires, 
donde  nunca  se  oj'^ó  un  tiro  español,  la  represión  es 
inmediata  y  espantosa.  Venezuela  es  la  tierra  de  la 
guerra  u  muerte,  la  más  sangrienta  de  la  revolución 
americana.  Pero  de  en  medio  de  aquellos  populachos, 
tan  briosos  como  el  de  Buenos  Aires,  surge  un  caudi- 
llo (tiene  razón  Sarmiento),  que,  más  aun  que  por 
su  genio  militar,  por  su  arraigo  en  el  pueblo,  puede 
ofrecerse  como  el  espíritu  de  aquellas  multitudes, 
inflamado  en  una  conciencia  de  hombre. 

Es  el  mismo  Sarmiento  el  que  precisa  el  carácter 
de  ese  hombre  Bolívar.  Dice,  criticando  una  biogra- 
fía que  sobre  él  se  escribió:  «En  esa  biografía,  como  en 
toaas  las  otras  que  c'e  él  se  han  escrito,  he  visto  al 
general  europeo,  a  los  mariscales  del  imperio,  a  un 
Napoleón  menos  colosal;  pero  no  he  visto  al  caudillo 
americano,  al  jefe  de  un  levantamiento  de  las  masas; 
veo  un  remedo  de  la  Europa;  nada  que  me  revele 
la  América. 

^Colombia  tiene  llanos,  vida  pastoril,  vida  bárbara. 


Il6  tA  EPOPSYA  DE  ARTIGAS 

americana  pura,  y  de  ahí  partió  el  gran  Bolívar;  de 
aquel  barro  hizo  su  grandioso  edificio... 

»La  manera  de  tratar  la  historia  de  Bolívar  de  los 
escritores  europeos  y  americanos  conviene  a  San  Mar- 
tín, y  a  otros  de  su  clase.  San  Martín  no  fué  caudillo 
popular;  era  realmente  un  general.  Habíase  educa- 
do en  Europa,  y  llegó  a  América,  donde  el  gobierno 
era  revolucionario,  y  pudo  formar  a  sus  anchas  el 
ejército  europeo,  disciplinarlo  y  dar  batallas  regula- 
res, según  las  reglas  de  la  ciencia.  Su  expedición  sobre 
Chile  es  una  conquista  en  regla,  como  la  de  Italia 
por  Napoleón.  Pero  si  San  Martín  hubiese  tenido  que 
encabezar  montoneras,  ser  vencido  aquí  para  ir  a 
reunir  un  grupo  de  llaneros  por  allá,  lo  hubieran  col- 
gado a  la  segunda  tentativa.» 

^...A  Bolívar,  al  verdadero  Bolívar,  no  lo  conoce 
aún  el  mundo;  y  es  muy  probable  que,  cuando  lo  tra- 
duzcan a  su  idioma  natal,  aparezca  más  sorprendente, 
y  más  grande  aún.» 

Todo  eso  tiene  mucho  de  verdad.  Vosotros  debéis 
tenerlo  muy  en  cuenta  cuando  tracéis  la  figura  de 
Artigas.  Pero  acaso  no  es  toda  la  verdad. 

Es  preciso  que  conozcamos  a  Bolívar,  como  hemos 
conocido  a  Washington,  para  llegar  a  Artigas.  Nos 
hace  falta  para  apreciar  a  éste  por  contraste. 

Simón  Bolívar  fué  grande,  efectivamente,  por  eso 
que  dice  Sarmiento:  porque  de  aquel  barro,  del  pueblo 
americano,  hizo  su  grandioso  edificio.  Aparece  en  la  his- 
toria, muy  joven  aun,  cuando  se  constituyen  las  prime- 
ras juntas  en  Caracas;  es  enviado  en  una  comisión  a 
Inglaterra,  y  regresa  cuando  está  empeñada  la  lucha; 
llega  a  Nueva  Granada,  y  de  allí  pasa  a  Venezuela, 
su  patria,  como  libertador;  da  batallas;  cae  en  la  pri- 


Mil,  OCHOCIENTOS  DIEZ  II7 

mera  jornada;  emprende  una  nueva,  y  triunfa;  pasa 
los  Andes  septentrionales,  empresa  que  no  tiene  su- 
perior en  la  historia  humana,  y  se  abre  camino,  con 
victorias  estupendas,  hasta  Bogotá.  De  la  fusión  de 
Venezuela  y  Nueva  Granada  constituye  la  primera 
patria  colombiana,  la  Gran  Colombia;  refunde  en  ésta 
la  provincia  de  Quito;  triunfante  en  el  Norte,  des- 
ciende, en  busca  del  baluarte  español,  al  bajo  Perú, 
y  lo  domina;  se  encuentra  en  el  camino  con  San  Mar- 
tín, excelso  capitán  ríoplatense  que  sube  victorioso 
del  Sur,  y  San  Martín  se  desvanece  a  su  contacto, 
como  luz  que  en  luz  mayor  se  disipa;  persigue  al  ene- 
migo hasta  el  Perú  alto;  acaba  con  él  en  Junín.  en 
Ayacucho,  donde  Sucre,  el  mariscal  sin  tacha,  brilla 
a  su  lado  como  estrella  acompañante. 

Para  que  os  deis  cuenta  de  lo  que  todo  eso  signifi- 
ca, como  empresa  militar,  básteos  saber  que  Bolívar 
dirigió  como  jefe  treinta  y  seis  batallas,  de  las  que  ganó 
diez  y  ocho;  fué  derrotado  en  seis,  y  se  retiró  en  doce. 
I/a  guerra  que  él  sostuvo  fué  la  más  encarnizada  de 
América;  guerra  a  muerte,  sin  cuartel,  llena  de  ho- 
rrores y  de  martirios. 

Pero  si  el  guerrero  genial  y  fulgurante  aparece  en 
él,  no  pasa  otro  tanto,  ni  mucho  menos,  con  el  pensa- 
dor. Todo  en  él  son  vértigos,  tinieblas,  resplandores 
intermitentes.  Mientras  al  golpe  de  su  espada  hace 
brotar  la  patria  de  la  roca,  Bolívar  procura  encau- 
zarla hacia  un  porvenir  que  él  ha  soñado,  pero  que 
no  ve  con  claridad:  una  gran  monarquía  criolla  bajo 
el  protectorado  de  Inglaterra;  una  república  aristo- 
crática; una  confederación  americana,  especie  de 
magno  imperio,  o  de  algo  así.  En  todo  eso  pensó. 
Nunca  creyó  en  la  posibilidad  de  una  república  de- 
mocrática. Se  juzgó  a  sí  mismo  el  hombre  necesario; 


Il8  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Que  OS  baste  saber,  para  daros  cuenta  de  esto,  que^ 
de  los  veinte  años  que  duró  su  vida  pública,  fué,  du- 
rante diez  y  ocho,  jefe  supremo,  presidente  o  dictador 
de  la  compleja  nación  primitiva  que  surs;ía  de  su 
cabeza  volcánica,  y  que  lo  aclamaba  como  a  un  dios. 

Pero  más  que  la  historia,  yo  quiero  que  conozcáis 
el  carácter,  el  significado  de  esa  especie  de  meteoro. 
Bolívar  no  es  Washington;  es  mucho  más  grande  y 
mucho  más  chico  que  Washington;  es  su  contraste. 
Veréis  cómo  no  es  tampoco  Artigas:  el  contraste  con 
éste  es  todavía  mayor,  si  cabe.  Bolívar  fué  una  lla- 
marada en  las  tinieblas,  agitada  por  el  viento  hura- 
canado; Artigas,  como  lo  veremos,  fué  una  luz  fija, 
fija  como  la  mirada  de  unos  grandes  ojos  desconocidos; 
no  disfrutó  jamás  las  delicias  del  triunfo  en  las  cm- 
dades;  no  tuvo  ambición  de  rey;  se  ignoró  a  sí  mismo. 

Bolívar  es  un  vastago  de  sangre  azul;  es  hijo  de 
noble;  se  casó  en  Madrid  con  una  sobrina  del  marqués 
del  Toro.  Es  \in  hombre  de  letras;  ha  estudiado,  via- 
jado por  Europa,  donde  ha  vivido  en  contacto  con 
príncipes;  jugó  con  el  mismo  Femando  VII;  asistió 
en  París  a  la  coronación  de  Bonaparte.  Ha  formado 
parte  de  los  núcleos  revolucionarios  constituidos  por 
Miranda  en  Inglaterra,  para  envolver  la  independencia 
americana  en  los  problemas  políticos  europeos  y  ha- 
cerla brotar  de  ellos,  aunque  fuera  entregándola  a  la 
Gran  Bretaña.  Ha  presenciado  las  convulsiones  inter- 
nas de  la  Europa  revolucionaria;  las  ideas  flotantes 
en  el  aire  europeo  resuenan  en  su  cabeza,  sin  llegar  a 
formar  una  armonía;  la  aturden  algunas  veces. 

Pero  su  enérgica  personalidad  no  es  arrastrada 
por  esas  formidables  influencias; se  sobrepone  aellas: 
es  original,  completamente  original;  tiene  un  pensa- 
miento propio,  no  aprendido,  sino  aparecido  en  él.  Hay 


Mn,  ochocienxos  diez  119 

momentos  en  que  Bolívar  es  el  tipo  del  montonero  ame- 
ricano, un  criollo  de  alma  y  cuerpo;  piensa  y  obra  como 
caudillo  heroico.  Hay  otros  en  que  no  se  distingue  en  él 
al  hombre  de  esta  tierra,  ni  siquiera  al  de  tierra  alguna; 
vive  en  los  vapores  o  en  el  fuego,  como  la  salamandra; 
sube  y  baja,  como  llama  vibrátil  y  policroma  en  forma 
de  lagarto.  Pero  no  por  eso  se  ve  en  él  al  hombre  euro  - 
peo;  es  Bolívar.  Es  escritor,  verdadero  escritor,  inspira- 
do, grandilocuente,  hasta  crítico  de  su  propio  cantor 
Olmedo;  y  buen  crítico.  Es  poeta,  orador,  habitante  del 
país  de  ensueño;  es  estadista  empírico,  filósofo  intermi- 
tente; sus  proclamas  y  arengas  son  batallas;  son  poe- 
mas sus  combates.  Es  grandioso;  no  lo  llamo  teatral, 
aunque  lo  parece,  porque  es  sincero.  I^a  ambición  de 
gloria,  de  poder,  de  mando  militar,  es  el  motor  in- 
mediato de  aquel  espléndido  instrumento,  formado 
para  las  triunfales  sinfonías.  Quería  refundir  en  su 
propia  persona  a  Washington  y  a  Napoleón;  no  que- 
ría ni  podía  ser  ninguno  de  los  dos.  En  cuanto  a  Arti- 
gas, no  lo  conocía;  no  lo  veía. 

Pero  en  él,  a  la  vera  de  las  visiones  que  flotan  ala- 
das en  el  alma  y  la  libertan,  vivían  rampantes  las 
pasiones  que  hormiguean  en  la  carne,  el  gusano  bru- 
tal del  espíritu.  ¡Las  pasiones  de  Bolívar!  Nadie  las 
ha  sentido  más  altas,  ni  más  bajas.  Y  las  pasiones  son 
las  enemigas  del  carácter.  Era  orgulloso,  impetuoso, 
irritable;  las  palabras  se  derramaban  de  su  boca, 
como  la  sangre  de  una  herida,  cuando  montaba  en 
cólera;  pero  era  rápido  en  deponer  la  ira.  El  movi- 
miento, la  perpetua  transición,  la  satisfacción  inme- 
diata y  rápida  de  sus  apetitos  eran  su  vida.  El  reposo 
en  un  sitio  o  en  un  afecto  era  para  él  la  muerte;  no 
se  veía  a  sí  propio  con  intensidad;  se  ausentaba  de 
sí  mismo  a  cada  paso,  ya  por  abstracción,  3'a  por  dis- 


I20  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

tracción.  Amaba  con  los  sentidos,  es  decir,  no  amaba. 
El  incienso  de  la  adulación  y  de  la  lisonja  cortesana, 
que  lo  envolvieron  como  a  nadie;  la  garra  de  los  de- 
leites voluptuosos;  los  hombres  y  las  mujeres,  todos 
tenían  poder  sobre  él,  y  hacían  intermitente  la  luz  de 
aquel  genio,  que  pasaba  de  las  grandes  claridades  a  las 
tinieblas  sin  orillas.  En  sus  épocas  de  pobreza  y  de 
angustia  piensa  en  el  suicidio;  en  las  de  ambición, 
sueña  en  su  propia  corona  imperial;  en  las  de  desalien- 
to, se  vuelve  a  Fernando  VII,  y  le  llama  el  más  grande 
y  glorioso  de  los  monarcas  de  la  tierra,  el  único  pa- 
dre y  dueño  de  América.  Un  día  dice  a  su  amigo 
íntimo,  el  inglés  Sutherland,  entre  bromas  y  veras, 
al  despedirlo:  «Cuando  yo  me  encuentre  desemba- 
razado de  los  españoles,  y  usted  venga  a  visitarme, 
lo  tendré  a  usted  de  rodillas  para  besarme  las  ma- 
nos». Mr.  Sutherland  repetía  a  su  hijo  Roberto 
esa  frase,  que  por  algo  quedó  tan  grabada  en  su  me- 
moria, como  lo  comprendéis.  Es  muy  conocido  el 
brindis  que  pronuncia  Bolívar  en  el  banquete  que 
ofrece  a  San  Martín  en  Guayaquil:  «Por  los  dos  hom- 
bres más  grandes  de  la  América  del  Sur:  San  Mar- 
tín y  yo». 

lya  fiebre  que  lo  agotaba,  y  le  conservaba,  al  mismo 
tiempo,  la  existencia  y  el  genio,  lo  mató,  por  íin,  en 
la  plenitud  de  su  vida  y  de  sus  desencantos;  murió  a 
los  cuarenta  y  siete  años,  después  de  ver  destrozada, 
por  sus  propios  tenientes,  la  soñada  Unión  Colombiana 
que  él  legisló;  después  de  más  de  una  tentativa  de 
asesinato  contra  él;  desalentado  y  devorado  de  pesar; 
«menos  intrépido  contra  la  calumnia  que  contra  los 
puñales»,  dice  don  José  Tomás  Guido.  Y  de  su  obra 
quedó  sólo  la  realidad  intrínseca;  los  sueños  se  dilu- 
yeron en  la  aureola  dorada  que  circunda  su  cabeza. 


Mu,  OCHOCIENTOS  DIEZ  121 

Y  la  realidad  intrínseca  de  Bolívar,  la  permanente 
al  través  de  las  variaciones,  era  eso  que  dice  Sarmien- 
to: la  fe  en  el  pueblo,  en  el  barro;  la  parte  que  él  tenía 
de  común  con  ese  mismo  barro  germinal;  lo  que  te- 
nía de  común  precisamente  con  Washington  y  con 
Artigas,  en  medio  de  las  enormes  distancias  aparen- 
tes de  esos  tres  hombres,  que  ocupan  los  tres  ángulos 
del  gran  polígono  histórico  americano.  Bolívar  tuvo 
fe  en  América,  aunque  la  tuvo  mayor  en  sí  mismo;  se 
sentía  las  alas,  y  las  juzgaba  de  fuerza  ilimitada.  No 
existen  de  esas  alas  en  el  mundo;  por  eso  su  misma 
fe  en  América  sufrió  congojas;  el  héroe  no  murió  en 
aquella  fe  como  veréis  morir  a  Artigas,  que  se  negó 
a  sí  propio  por  confesarla.  Ese  mismo  desencanto,  sin 
embargo,  nos  revela  en  Bolívar  la  existencia  del  en- 
canto, del  ideal  entrevisto  en  medio  de  las  tempes- 
tades. 

Bolívar  creyó  sinceramente  en  la  existencia  orgá- 
nica del  pueblo  americano  recién  nacido;  se  refundió 
en  él,  se  identificó  con  él,  con  sus  grandezas  y  sus 
miserias.  Quiso  ser  su  cabeza,  es  cierto;  pero  cabeza 
articulada,  irrigada  por  la  misma  sangre  de  todo  el 
organismo.  Después  de  realizada  la  independencia, 
pensó  en  organizar  aquello,  y  se  sintió  confundido, 
y  con  razón.  I^a  república  no  es  una  semilla:  es  un 
fruto.  Aquello,  allá  como  acá,  era  una  materia  cós- 
mica caótica.  Pensó,  como  hemos  dicho,  en  la  mono- 
cracia,  en  el  gobierno  del  hombre  necesario,  en  sena- 
dos vitalicios  y  aun  hereditarios,  en  cualquier  cosa 
que  conjurara  el  peligro  de  disgregación  de  aquellas 
moléculas  hirvientes;  él  aprobó  el  coronamiento  de 
Itúrbide  en  Méjico,  a  título  de  que,  «no  pudiendo 
hacerse  otra  cosa,  ello  era  preferible  a  la  coronación 
en  América  de  príncipes  Borbones  de  Francia  o  Es- 


122  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

paña,  o  austríacos,  o  de  otra  dinastía».  Así  lo  dice  su 
secretario  Pérez  en  nota  oficial.  Pero  todo  eso,  y  todo 
lo  dímás  que  quiera  atribuírsele  con  ese  objeto,  hasta 
su  propia  tiranía,  había  de  salir  del  pueblo  mismo,  del 
organismo  americano,  cu3'o  definitivo  desprendimiento 
de  la  metrópoli  era  el  alma  de  su  pensamiento  o  visión 
proféticos.  «Me  ruborizo  al  decirlo,  dice  en  tmo  de  sus 
mensajes  al  Congreso;  la  independencia  es  el  único 
bien  que  hemos  adquirido  a  costa  de  todos  los  demás; 
pero  ella  nos  abre  la  puerta  para  reconquistarlos.» 
Bl  vio  lo  grosero,  lo  primitivo  de  aquel  barro;  pero 
no  renunció  a  él,  como  materia  prima  de  la  obra 
que  su  genio  entreveía;  llegó  a  hablar  hasta  de  una 
nueva  casta  americana,  formada  de  la  fusión  de  todas 
nuestras  razas,  en  que  se  fundía  su  propia  sangre 
hidalga  con  la  del  indio,  con  la  del  negro.  Todo  me- 
nos volver  a  la  antigua  servidumbre.  «Venezuela 
no  ha  solicitado  ni  solicitará  jamás  su  incorporación 
a  la  nación  española,  ni  la  mediación  de  potencias; 
no  tratará  jamás  con  España,  sino  de  igual  a  igual, 
en  paz  y  en  guerra»,  dice  en  el  Congreso  de  Angostura. 
Ks  el  ideal  que  reaparece  como  la  luna  entre  las  nubes. 
Allí  se  pensó  en  una  monarquía;  pero,  como  en 
los  Estados  Unidos,  el  monarca  había  de  ser  el  héroe, 
Bolívar.  Santander,  uno  de  sns  generales,  escribe 
a  éste  una  carta  en  que  le  dice  que  aceptaría  la  monar- 
quía si  el  monarca  fuese  él,  el  Libertador.  BoHvar  re- 
chaza; no  se  resuelve  a  echar  mano  a  esa  corona  que 
pasa  tentándole  ante  sus  ojos,  y  que  él  mira  con  avi- 
dez. I/O  vemos  gestionar  expresamente  el  estableci- 
miento en  Colombia  de  una  monarquía  inglesa;  pero 
en  todo  eso  se  percibe  su  propósito  de  ser  él,  y  sólo  él, 
el  Inca.  No  quiere  ser  el  instrumento  de  Inglaterra; 
sueña  en  hacer  de  ésta  su  instrumento  contra  España, 


Mil,  OCHOCIENTOS  DIEZ  I23 

y  en  favor  de  la  libertad  de  América.  Sueños,  sueños, 
sueños.  El  general  Páez  le  propone  el  cetro,  encargán- 
dole el  secreto.  Bolívar  contesta  con  estas  palabras: 
«A  la  sombra  del  misterio  no  trabaja  sino  el  crimen». 

Terminemos  este  rápido  esbozo;  no  hay  nada  que 
más  desoriente  que  el  seguir  la  rotación  de  ese  vértice 
central  de  nuestra  historia;  yo,  cuando  menos,  con- 
fieso que,  no  pocas  veces,  ese  hombre  fosforescente 
me  hace  perder  la  cabeza.  Hay  momentos  en  que  no 
se  sabe  si  uno  está  viendo  pasar  por  el  cielo  la  sombra 
de  un  águila  que  viene  del  sol,  o  si  es  la  de  una  mari- 
posa enorme  que  revolotea  en  tomo  de  una  hoguera 
que  puede  ser  un  astro;  pero  de  lo  que  no  cabe  duda 
es  de  que  se  está  en  presencia  de  una  criatura  infla- 
mada de  luz  propia  o  muy  cercana  al  foco  de  que 
procede  el  día.  Bolívar  tuvo  maestros;  pero  no  precur- 
sores; fué  un  espíritu  autóctono,  una  nebulosa  espiral. 

Y  eso,  la  aparición  en  él  de  un  carácter  nuevo,  dis- 
tinto de  los  preexistentes,  y  que  sólo  en  América  pudo 
entonces  formarse,  eso,  más  aun  que  sus  condicio- 
nes intelectuales  o  imaginativas,  es  lo  que  hace  de 
Bolívar  el  glorioso  exponente  de  la  revolución  ame- 
ricana en  el  Norte.  Sus  otras  condiciones,  educación, 
elocuencia,  imaginación,  teorías  empíricas,  genio  mili- 
tar, son  simples  accidentes,  que  sólo  toman  ser  unidos 
a  la  substancia;  ceros  gloriosos  que  parecen  nimbos 
triunfales,  pero  que  son  aureolas  de  humo  sin  la  uni- 
dad que  los  preside. 

VIII 

Iva  revolución  americana  tuvo,  pues,  mis  amigos 
artistas,  un  héroe,  allá  en  el  Norte,  lo  que  se  llama 
un   héroe,   es  decir,   un   protagonista,   una  concien- 


124  I- A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

cia  humana  depositaría  de  su  pensamiento  integral, 
más  o  menos  claro:  fe  en  el  pueblo,  independencia 
de  toda  dinastía  europea. 

¿No  existirá  algo  semejante  en  esta  América  sub- 
tropical? ¿No  vivirá  el  héroe  de  Carlyle,  el  hombre 
de  carne  y  hueso,  no  una  fórmula,  una  abstracción, 
ya  que,  según  Víctor  Hugo,  la  multitud  tiene  demasia- 
dos ojos  para  tener  una  mirada,  y  demasiadas  cabe- 
zas para  tener  un  pensamiento? 

Como  hemos  visto,  Groussac  no  encuentra  a  nadie 
con  la  visión,  siquiera  confusa,  del  edificio  futuro, 
entre  los  hombres  del  25  de  mayo  de  1810;  Estrada 
está  en  el  mismo  caso;  Sarmiento  dice  que  tampoco 
lo  ve  allí,  ni  lo  reconoce  en  ninguno  de  los  cien  genera- 
les, San  Martín,  Belgrano,  Rondeau,  Alvear,  que  man- 
daron ejércitos  argentinos. 

El  héroe  de  la  revolución  de  Mayo  existía,  sin  em- 
bargo, mis  amigos  artistas;  existía  felizmente.  Y 
por  eso,  porque  también  aquí  tuvo  la  sociedad  ener- 
gías bastantes  para  formarlo  de  su  propia  substancia, 
por  eso  triunfó  el  pueblo,  a  despecho  y  pesar  de  todos 
los  hombres  de  poca  fe,  y  de  las  multitudes  incapaces 
de  pensar.  Nosotros  lo  vamos  a  encontrar,  lo  vamos 
a  reconocer  entre  mil,  sin  que  pueda  confundírsele  con 
hombre  alguno. 

Pero  demos  a  cada  cual  lo  suyo.  Fué  ese  extrava- 
gante de  Sarmiento  quien,  antes  que  nosotros,  y  pese 
a  las  tinieblas  de  sus  preocupaciones,  entrevio  la  reali- 
dad y  pronimció  su  nombre,  cuando  nadie  lo  pronun- 
ciaba; es  él  quien,  al  hablar  de  Bolívar  lo  que  hemos 
leído,  nos  dice  en  su  Facundo,  el  año  1840:  «Sí  los  espa- 
ñoles hubieran  penetrado  en  la  República  Argentina  el 
año  XII,  acaso  nuestro  Bolívar  hubiera  sido  Artigas, 


Mil,  OCHOCIENTOS  DIEZ  1 25 

si  este  caudillo  hubiera  sido,  como  aquél,  tan  'pródiga- 
mente dotado  por  la  naturaleza  y  la  educación^. 

¡Nuestro  Bolívar  hubiera  sido  Artigas!  ¡Oh  pro- 
feta Balaaml 

¿Por  qué  Artigas,  y  no  alguno  de  los  otros  bravos 
caudillos  de  esta  tierra,  ingenuo  Sarmiento,  siendo 
así  que  los  hubo  tan  heroicos?  ¿Por  qué  no  San  Mar- 
tín o  Pueyrredón  o  Güemes? 

¿Y  qué  tenía  de  común  el  caudillo  oriental  con  el 
venezolano  (ya  que  algo  de  común,  y  muy  esencial, 
había  de  tener  para  ser  su  equivalente),  no  siendo, 
como  no  lo  eran,  ni  los  estudios  en  Europa,  ni  la 
naturaleza,  ni  la  educación,  ni  el  aparato  exterior? 

Eso  es  lo  que  no  podía  percibir  Sarmiento  con  cla- 
ridad, y  lo  que  ha  ignorado  la  historia  ríoplatense,  y 
aun  americana,  hasta  ayer  no  más;  y  es  eso  lo  que 
voy  a  haceros  ver  yo,  mis  amigos  artistas:  lo  que 
hay  de  común  entre  Artigas  y  los  pocos  videntes 
de  las  cosas  futuras;  lo  que  hay  en  él  de  idéntico 
con  el  genio,  que,  en  la  región  de  los  iguales,  aparece 
con  su  visión,  y  que,  como  el  Proteo  poliforme  de 
la  fábula,  se  \iste  con  la  túnica  de  Moisés,  o  con  la 
armadura  de  Juana  de  Arco;  se  envuelve  en  la  clá- 
mide de  César,  o  en  el  capuchón  de  Dante;  se  pone 
el  uniforme  de  Washington,  o  la  chaquetilla  de  capi- 
tán de  blandengues  de  este  caudillo  americano. 

Y  eso  es  lo  que  debemos  convertir  en  bronce  so- 
noro, amigos  míos. 

¡Acaso  nuestro  Bolívar  hubiera  sido  Artigas  1 

¡Oh  viejo  Sarmiento,  hombre  de  bien!  ¿Mirabas 
por  el  ojo  de  la  cerradura? 

Sí,  era  eso  lo  que  estaba  allí  dentro:  Artigas  fué  el 
Bolívar  del  Sur,  como  éste,  con  ser  la  antítesis  de 
Washington,  fué  el  Washington  del  Norte,  porque  era 


I26>,  l,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  solo  caudillo,  es  decir,  el  solo  núcleo  de  cohesión 
orgánica,  el  principio  substancial,  inmanente,  de  vida 
propia,  en  estos  pueblos.  Era  un  Bolívar  menos  ígneo 
o  fulgurante  que  el  otro,  como  que  nació  en  una  tierra 
fría  y  sin  volcanes;  menos  tentado  de  exóticas  apari- 
ciones, como  que,  encerrado  en  su  pobre  tierra  ameri- 
cana, no  aprendió  doctrinas  enciclopédicas,  no  se  creyó 
todo  en  su  patria,  como  Bolívar  lo  creyó  de  sí  mismo 
y  Sarmiento  de  Bolívar;  no  se  codeó  con  príncipes, 
ni  conoció  grandezas  señoriales,  ni  pudo  pensar  en 
emular  a  Bonaparte,  ni  a  ningún  César  coronado; 
menos  poeta,  menos  elocuente,  como  que  su  visión 
era  silenciosa,  de  ojos  de  sibila,  inaccesible  al  carnal 
deleite.  Pero  fué  más  autóctono,  incomparablemente 
más  autóctono  que  Bolívar,  más  creyente  en  el  pueblo 
americano,  más  carne  de  nuestra  carne  y  hueso  de 
nuestros  huesos,  más  atento  y  obediente  a  la  voz  de 
su  dios  interior,  y  tan  distinto  como  aquél,  en  el 
carácter,  de  todo  lo  preexistente.  Artigas  es  el  equili- 
brio, la  ponderación,  la  plenitud.  Él  es  el  grande. 
Y  es  más  difícil  ser  grande  que  ser  sublime. 

Por  él,  y  sólo  por  él,  mis  amigos,  podemos  afirmar 
que  la  revolución  en  el  Río  de  la  Plata  tuvo  un  pen- 
samiento, y  fué,  desde  su  origen,  una  verdadera  re- 
volución, mucho  más  republicana  que  la  del  Orinoco. 
Él  es,  pues,  el  hombre  del  25  de  mayo  de  1810,  si  es- 
tablecemos esa  cifra  como  el  primer  día  de  la  patria 
que  hoy  existe  en  este  mundo  austral  americano. 


IX 

Porque  eso  es  lo  que  debemos  dejar  establecido, 
y  con  mucha  precisión,  una  vez  por  todas,  en  nuestra 


MU,  OCHOCIENTOS  DIEZ  1 27 

conversación  de  hoy,  amigos  míos :  si  el  rey  que  se 
aclamaba  en  la  plaza  de  Buenos  Aires  el  25  de  mayo 
con  el  nombre  de  Fernando  VII,  era  realmente  el 
Fernando  VII  de  carne  y  hueso,  ludibrio  a  la  sazón 
de  Bonaparte,  o  era  el  nuevo  rey,  el  pueblo  ameri- 
cano; si  el  movimiento  de  1810  era  una  simple  evolu- 
ción política,  es  decir,  la  aparición  de  una  fuerza 
progresiva  que,  combinada  con  la  conservadora  exis- 
tente, dará  tma  resultante  análoga  intermedia,  o  si 
era,  como  hoy  se  proclama  a  grito  herido,  y  se  canta 
en  los  himnos  patrios,  el  levantarse  de  «una  nueva  y 
gloriosa  nación»;  si  se  trata,  en  una  palabra,  de  la 
reforma  del  coloniaje,  o  de  su  abolición;  si  el  camino 
que  había  de  emprenderse,  por  consiguiente,  era  el 
de  la  línea  curva,  suave  y  armoniosa,  cuya  dirección 
está  indicada  en  cada  instante  por  la  del  momento 
que  la  precede,  o  el  de  la  línea  recta,  rígida  y  dura, 
brutal  si  queréis,  que  no  cambia  de  rumbo  sin  esta- 
llar y  romperse. 

Hoy  parece  todo  eso  muy  sencillo;  para  quien  sólo 
conociera  la  historia  por  los  cantos  y  los  mármoles, 
sería  una  verdad  inconcusa  que  todos  y  cada  uno  de 
los  proceres  de  Mayo  creyeron  lo  segundo,  y  no  pu- 
dieron creer  otra  cosa. 

Pero  eso,  como  la  existencia  de  América,  era  el 
secreto  manifiesto  revelado  al  genio,  mis  amigos;  eso 
fué  sentido  por  Artigas;  sólo  él  lo  creyó,  cuando  me- 
nos, con  la  obstinación  del  poseído  de  un  dios.  Él  fué  el 
bárbaro,  en  el  sentido  clásico  de  la  palabra:  extraneus, 
el  distinto  de  los  demás,  el  extraño. 

Son  muy  fáciles  de  distinguir  las  tres  entidades  clá- 
sicas en  la  gestación  de  nuestra  vida:  la  del  que  quiere 
la  continuación  del  dominio  europeo;  la  del  que  aspira 
al  condominio  o  participación  del  pueblo  americano;  la 


128  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

del  que  proclama,  por  fin,  la  caducidad  de  aquél  y 
el  pleno  dominio  de  éste  sobre  sí  mismo. 

Los  patricios  de  la  revolución  de  Mayo,  sometidos 
a  las  leyes  biológicas  que  antes  hemos  estudiado, 
fueron  grandes  y  gloriosos;  pero  eran  el  hombre  viejo; 
no  podían  abrigar  aquella  fe  de  los  ingenuos,  trans- 
portadora de  montañas;  no  la  abrigaron. 

Se  estudian  esos  varones  ilustres,  uno  a  uno,  Bel- 
grano.  Moreno,  Pueyrredón,  Castelli,  Rivadavia,  Gar- 
cía, para  encontrar  al  hombre  de  suprema  sinceridad, 
o,  lo  que  es  lo  mismo,  de  convicción  clara  y  propósito 
fijo,  y  yo  os  aseguro,  mis  amigos,  que  tienen  razón 
Estrada  y  Sarmiento  y  Groussac  y  todos  los  que 
dicen  que  no  se  le  encuentra  en  la  plaza  de  Buenos 
Aires.  Se  busca  entonces  al  hombre  de  ciencia  emi- 
nente, que  pueda  suplir,  con  una  convicción  muy 
arraigada,  la  falta  de  inspiración  creadora,  y  tam- 
poco se  da  con  él;  allí  no  había  tm  sabio. 

Si  alguno  de  entre  ellos  pudiera  reclamar  la  prima- 
cía, ése  no  sería  otro,  me  parece,  que  el  joven  secre- 
tario de  la  Junta  de  Mayo,  don  Mariano  Moreno,  al 
que  se  designa  generalmente  con  el  predicado  de 
Numen  de  la  Revolución.  Él  era,  no  hay  que  dudarlo, 
el  alma  mater,  el  maestro  de  aquella  Junta,  que  lo 
reconocía  «como  el  solo  capaz,  por  sus  vastos  conoci- 
mientos y  talentosa,  de  trazarle  su  rumbo. 

Bueno  será  que  conozcamos,  siquiera  sea  somera- 
mente, a  ese  joven  héroe;  hoy  podemos  penetrar  has- 
ta el  fondo  de  su  pensamiento,  a  la  luz  de  sus  escri- 
tos que  poseemos,  y  damos  cuenta  del  lugar  que  ocu- 
paba en  las  tres  categorías  de  que  antes  hablamos. 

Moreno  fué  el  fundador  y  director  de  La  Gaceta 
de  Buenos  Aires,  órgano  de  la  revolución;  el  redac- 
tor  de  los  manifiestos,   decretos  y  comunicaciones 


Muy  OCHOCIENTOS  DIEZ  I29 

de  entonces;  el  encargado  por  la  Junta  de  la  redac- 
ción de  un  Plan  de  las  Operaciones  que  el  Gobierno 
Provisional  debe  poner  en  práctica  para  consolidar 
la  Gra>ide  Obra  de  nuestra  libertad  e  independencia. 
Se  lee  todo  eso,  y  mucho  más,  y  uno  se  convence 
de  que,  si  bien  el  joven  revolucionario  era  una  altiva 
figura,  descollante  en  su  medio,  no  era  el  hombre 
nuevo  de  América,  ni  tampoco  un  estadista  de  grati 
preparación  científica.  Abogado  formado  en  la  Uni- 
versidad colonial  de  Chuquisaca,  ejercía  Moreno  su 
profesión  en  Buenos  Aires;  poco  antes  de  estallar 
la  revolución,  había  defendido,  en  una  exposición 
memorable,  las  buenas  doctrinas  sobre  libertad  de 
comercio  de  las  colonias,  por  más  que  su  visible  ten- 
dencia a  mantener  el  monopolio  de  Buenos  Aires, 
le  hace  incurrir  en  los  mismos  errores  que  combate 
en  la  metrópoli.  No  era,  sin  embargo,  tm  econo- 
mista; sus  conocimientos  eran  mucho  menos  vas- 
tos, menos  profundos  sobre  todo,  de  lo  que  juzgaban 
sus  compañeros;  sus  ideas  económicas  rudimentarias, 
frágiles  y  vacilantes.  No  lo  eran  menos  las  políticas: 
casi  no  tenía  noticia  exacta  de  la  revolución  inglesa, 
ni  de  la  angloamericana;  le  era  desconocida  la  cons- 
titución de  los  Estados  Unidos,  que  había  de  ser  el  mo- 
delo de  la  de  su  patria.  Había  estudiado  alguno  de 
los  enciclopedistas  franceses;  su  oráculo  era  Rous- 
seau; pero  si  bien  Moreno  sintió  que  los  principios 
en  que  se  había  formado  se  conmovían  al  nocivo  in- 
flujo del  filósofo  ginebrino,  no  se  dejó  dominar  por 
él  en  absoluto;  quiso  conciliar  lo  inconciliable;  divulgó 
el  Contrato  Social,  pero  suprimiendo  el  capítulo  en 
que  se  atacan  las  doctrinas  religiosas,  que  el  procer 
profesaba,  y  conservó  incólumes.  El  año  1810  lo  encon- 
tró en  ese  momento  de  crisis:  nada  estaba  maduro  en  él. 

T.  l.-ii 


130  tA  Epopeya  de  artigas 

Leamos  algunos  párrafos,  siquieía,  del  interesante 
estudio  de  Paul  Groussac,  apologista  de  Moreno,  so- 
bre la  preparación  científica  de  éste.  Me  parece  que 
Groussac  acierta  en  su  semblanza. 

«Mariano  Moreno,  dice,  estaba  imbuido  en  algunos 
escritores  del  siglo  xviii,  especialmente  filósofos  y 
enciclopedistas;  a  éstos  los  sabía  de  memoria,  puede 
decirse,  entretanto  que  parece  ignorar  a  los  demás, 
y,  entre  ellos,  al  más  giande  e  ilustre  de  todos...  El 
Espíritu  de  las  Leyes,  la  magna  obra  política  del  siglo, 
la  sola  que  contuviera  algo  más  que  peligrosas  uto- 
pías, hipótesis  inverificables  o  apasionadas  declama- 
ciones, no  se  encuentra  citada  en  los  escritos  de  Mo- 
reno, ni  parece  que  le  pida  nada,  a  no  ser  lo  que  se  le 
alcanzaría  por  el  reflejo  de  Filangieri. 

oEste  brillante  y  especioso  napolitano,  discípulo 
de  Montes  quien,  y  sublevado  algo  ridiculamente  con- 
tra su  maestro,  sí  que  ejerció,  junto  con  Jovellanos, 
una  marcada  influencia  sobre  Moreno... 

i>Pero  éste  muy  pronto...  deja  correr  su  verbo  to- 
rrentoso, que  arrastra  en  su  carrera,  mezclados  con 
ideas  y  frases  propias,  detritus  y  astillas  innumera- 
bles de  Mably,  Volney,  Rousseau;  sobre  todo  de  Ray- 
nal,  el  fogoso  y  desmelenado  historiador  del  Comer- 
cio europeo  en  ambas  Indias... 

»Villemain  ha  señalado  esta  preponderancia  y  pre- 
sencia visible  del  Contrato  Social  en  los  debates  de  la 
América  latina,  siendo  así  que  casi  nunca  se  le  cita 
en  las  asambleas  de  los  Estados  Unidos. 

»Para  Moreno  no  existe  nada  entre  la  Asamblea 
Nacional  y  el  Imperio:  las  leyes,  las  constituciones, 
los  Derechos  del  hombre,  las  arengas  de  los  Girondinos 
y  Jacobinos,  son  letra  muerta  para  el  revolucionario 
argentino.  ¡Ninguna  experiencia  ni  enseñanza  pueden 


MU,  OCHOCIENTOS  DIEZ  1 31 

extraerse  de  los  triunfos  y  catástrofes,  de  las  conquis- 
tas y  excesos  de  la  Convención!  El  caso  es  tan  extraor- 
dinario, que  señalo  este  nuevo  punto  de  vista  a  los 
historiadores  futuros.  Sin  reparar  para  nada  en  que, 
de  las  tempestades  y  cataclismos  contemporáneos, 
ha  surgido  a  la  historia  un  mundo  nuevo,  como  una 
Atlántida  del  seno  del  océano,  el  pensador  colonial 
continúa  extractando  de  Rousseau  y  Mably  sus  abun- 
dantes referencias  a  las  constituciones  de  Esparta 
y  Atenas,  y  suministrando  copiosos  ejemplos  de  Mi- 
nos y  Licurgo  a  los  diputados  de  Santiago,  Jujuy,  Ta- 
rija  y  demás  provincias,  que  ya  se  ponen  en  camino 
para  derrocarle.» 

Creo  que  con  esto  tenemos  bastante  para  compren- 
der que  el  Numen,  el  verdadero  Numen  de  la  revolu- 
ción de  Mayo,  no  había  aparecido  en  Mariano  Moreno, 
sin  por  eso  negar  que  había  algo  en  aquella  noble  ca- 
beza de  treinta  años,  y  mucho  en  aquel  ígneo  corazón 
atormentado. 

Su  pensamiento  integral,  en  cuanto  al  fin  de  la  re- 
volución americana  y  a  los  medios  que  debían  em- 
plearse para  su  triunfo,  está  consignado  en  ese 
Plan  de  Operaciones,  que  os  he  dicho  le  fué  encar- 
gado por  la  Junta.  Este  largo  documento  era  desco- 
nocido hasta  hace  muy  poco;  su  aparición  produjo 
un  estupor  parecido  al  pánico;  los  principios  en  él 
adoptados,  el  despotismo  sobre  todo,  son  contrarios 
a  la  revolución  de  Mayo;  los  medios,  proclamación 
engañosa  de  Fernando  VII,  crueldad,  terror,  exter- 
minio, doblez,  traiciones,  son  contrarios  a  la  natura- 
leza. Hasta  se  aconseja  allí  la  cesión  de  la  isla  de  Mar- 
tín García  a  Inglaterra,  en  cambio  de  su  protección; 
hasta  se  proyecta  la  conquista  del  Brasil...  Ilusiones 
o  atrocidades. 


132  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Groussac  ha  hecho  inteligentes  esfuerzos  por  demos- 
trar que  ese  estupendo  documento  es  apócrifo.  No 
vacilo  en  afirmar,  tras  detenido  estudio,  que  Grous- 
sac tiene  razón:  ese  documento  no  es  de  Moreno;  ha 
sido  escrito  con  posterioridad  a  su  fecha,  y  por  un 
detractor  de  la  revolución  de  Mayo.  Pero  este  igno- 
rado autor  ha  impreso  tal  verosimilitud  a  su  obra, 
que  el  Ateneo  de  Buenos  Aires,  que  es  quien  la  ha  di- 
vulgado últimamente,  lo  ha  hecho  creyéndola  perfec- 
tamente auténtica.  Si  se  estudian,  efectivamente,  los 
actos  y  decretos  de  la  Junta  de  Mayo,  inspirada  por 
Moreno,  se  concluye  en  que,  si  bien  esos  actos  no  se 
ajustaron  al  documento  apócrifo,  éste  se  ajusta  de 
tal  manera  a  aquellos  actos,  que  sólo  una  mirada  muy 
experta  puede  percibir  el  engaño.  Veremos  cómo  se 
recurrió  al  terror,  y  a  muchos  otros  de  los  medios 
que  ese  documento  dice  aconsejados  por  Moreno; 
en  cuanto  a  la  proclamación,  sincera  o  engañosa,  del 
rey,  la  Junta  decía,  en  un  manifiesto  de  agosto  de 
1810,  redactado  por  su  ilustre  secretario,  que  «la 
capital  había  jurado  solemnemente  fidelidad  a  su 
amado  monarca  Fernando  VII  y  la  guarda  constan- 
te de  sus  derechos;  y  desafiaba  al  mundo  entero  a 
que  descubriera  en  su  conducta  un  solo  acto  capaz  de 
comprometer  la  pureza  de  su  fidelidad».  La  biogra- 
fía de  Moreno,  escrita  por  su  hermano  Manuel,  con- 
firma también  ese  concepto. 

No  quiero  hablaros  demasiado,  mis  amigos,  de  ese 
Plan  de  Operaciones;  ni  siquiera  os  aconsejo  que  lo 
leáis...  por  si  es  realmente  apócrifo.  Fijémonos,  sin 
embargo,  en  la  contestación  que  en  él  da  Moreno, 
o  quienquiera  que  sea,  cuando  se  le  consulta  sobre 
los  medios  de  incorporar  la  Banda  Oriental  a  la  revolu- 
ción, sometiendo  su  capital,  Montevideo,  que,  como 


Jin,  OCHOCIENTOS  DIEZ  I33 

lo  veréis,  fué  necesario  arrebatar  por  la  fuerza  al  do- 
minio extranjero.  «Sería  muy  del  caso,  contesta, 
atraerse  a  dos  sujetos,  por  cualquiera  interés  y  pro- 
mesas, así  por  sus  conocimientos,  que  nos  consta  son 
muy  extensos  en  la  campaña,  como  por  sus  talentos, 
opinión,  concepto  y  respeto:  son  el  capitán  de  drago- 
nes, don  José  Rondeau,  y  el  capitán  de  blandengues, 
don  José  Artigas,  quienes,  puesta  la  campaña  en  este 
tono,  y  concediéndoles  facultades  amplias,  comesio- 
nes,  gracias  y  prerrogativas,  liarían  en  poco  tiempo 
progresos  tan  rápidos,  que  antes  de  seis  meses  podría 
tratarse  de  formalizar  el  sitio  de  la  plaza.» 

Esa  visión  atribuida  a  Moreno  sobre  Artigas  nos 
daría  mucho  que  pensar,  amigos  míos,  mucho,  sin 
duda  alguna,  y  mucho  que  hablar.  Moreno  fué  el 
hombre,  de  la  revolución  argentina,  que  hubiera  po- 
dido, acaso,  comprender  y  aun  secundar  a  Artigas; 
él  fué  quien  más  participó  de  su  visión  democrática, 
aunque  sólo  la  percibía  al  través  de  exóticos  precon- 
ceptos  que  la  desfiguraban.  Pero  si  no  hemos  de  per- 
der el  sentido  de  la  proporción  en  nuestras  conferen- 
cias, es  menester  que  nos  limitemos  a  lo  dicho  sobre 
este  punto. 

El  doctor  Moreno  fué  un  relámpago;  brilló  y  se 
apagó  en  el  océano.  A  fines  de  1810  se  vio  extrañado 
de  su  patria,  y  murió  en  el  viaje;  hay  quien  dice  que 
envenenado. 

Que  tanta  agua  era  necesaria  para  apagar  tanto 
fuego,  dijo  Saavedra,  al  saber  la  muerte  del  luminoso 
joven  en  el  mar. 

¿Quién  puede  ofrecerse  a  nuestro  examen  como  su 
substituto  en  Buenos  Aires?  ¿Quién  como  el  hombre 
representativo,  que  queda  allí,  del  pensamiento  de 


134  ^^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Mayo,  y  que,  por  su  sinceridad,  tenga  derecho,  lo  que 
se  llama  derecho,  a  ser  creído  y  obedecido  por  los  de- 
más hombres? 

Allí  estaba  don  Manuel  J.  García,  persona  de  ta- 
lento y  de  vasta  ilustración;  pero  de  éste  no  hay  que 
hablar,  por  ahora;  él  será  el  agente  de  restauración 
monárquica  más  apasionado  del  Plata;  no  hay  en  él, 
ni  remotamente,  una  persona.  ^Hablaremos  de  don 
Bernardo  de  Monteagudo,  el  Marat  de  la  revolución 
americana,  que  termina  también  renegando  del  prin- 
cipio republicano,  o  del  amable  Belgrano,  que  cono- 
ceremos más  adelante,  o  del  doctor  Agrelo,  grandi- 
locuente orador?  No;  no  es  posible  vacilar:  el  gran 
personaje  que  descuella  en  Buenos  Aires,  aun  sobre 
Belgrano,  es  don  Bemardino  Rivadavia.  Éste  sí  que 
era  un  hombre  de  Estado;  sus  ideas  eran  firmes  y 
maduras.  Tócanos  averiguar  cuáles  eran  esas  ideas 
sobre  la  revolución  de  Ma^'o. 

A  juzgar  por  sus  primeros  actos,  se  hubiera  dicho 
que  este  Rivadavia  era  realmente  el  hombre  de  la 
nueva  fe,  el  bárbaro,  el  mimen,  ya  que  en  ese  orden  de 
simbólico  lenguaje  hemos  entrado.  Entre  otros  gestos 
expresivos,  podemos  observar  uno,  que  lo  es  mucho, 
de  este  rígido  personaje. 

Asistía  a  un  banquete  que,  a  fines  de  1812,  se  ofre- 
cía a  San  Martín,  llegado  recientemente  de  Europa, 
y  que  era  coronel  de  los  granaderos  a  caballo.  San  Mar- 
tín brindó  por  el  establecimiento  de  una  monarquía  en 
el  Plata.  En  mala  hora  lo  hizo,  Rivadavia  se  alzó  como 
una  furia;  estaba  poseído  de  tal  indignación,  al  parecer 
republicana,  que  amenazó  a  San  IVIartín  con  una  bote- 
lla. Y  se  la  hubiera  arrojado  a  la  cabeza,  dice  el  testigo 
ocular  que  el  incidente  nos  narra,  sin  la  interposición 
del  brazo  de  Alvear,  joven  recién  llegado  también. 


MIL,  OCHOCIENTOS  DIEZ  135 

Convengamos  en  que  fué  muy  oportuna  y  feliz  la 
interposición  del  teniente  Alvear.  Y  lo  fué,  mis  ami- 
gos, no  sólo  porque  salvó  la  cabeza  de  San  Martín, 
preciosa  cabeza  por  cierto,  del  aleve  golpe  del  fiero 
Rivadavia,  sino  porque  éste  no  iba  a  tardar  mucho 
tiempo  en  ser  más  realista  que  San  Martín,  y  que 
Alvear,  y  que  todos  los  demás  miembros  de  la  Junta 
de  Mayo,  pues  iba  a  serlo  más  que  el  mismo  Fernan- 
do VII. 

Debo  adelantaros  aquí,  por  muy  conveniente  a  la 
formación  de  vuestro  criterio,  el  conocimiento  de  la 
opinión  de  este  Rivadavia  sobre  la  revolución  de  Mayo. 
Está  consignada  en  la  exposición  que  él,  en  compañía 
del  no  menos  insigne  don  Manuel  Belgrano,  presenta 
al  rey  destronado  don  Carlos  IV,  padre  de  Fernan- 
do VII,  en  i6  de  mayo  de  1815.  Rivadavia  y  Belgrano, 
como  Diputados  y  Plenipotenciarios  del  Gobierno  de 
las  Provincias  del  Plata,  van  a  pedir  a  Carlos  IV,  al 
infeliz  Carlos  IV,  «que  ceda  en  favor  de  su  hijo,  don 
Francisco  de  Paula  (otra  innocua  persona),  el  domi- 
nio y  señorío  natural  de  aquellos  pueblos,  consti- 
tuyéndole rey». 

Es  muy  original  el  fundamento  de  esa  actitud,  y 
es  eso  lo  que  yo  quiero  haceros  notar  especialmente. 
Según  esos  plenipotenciarios,  la  revolución  del  25  de 
mayo,  si  bien  aclamó  y  seguía  aclamando  y  juran- 
do a  Fernando  VII,  en  todo  pensaba,  menos  en  sos- 
tener los  derechos  de  éste,  por  la  sencilla  razón  de 
que  Fernando  no  los  tenía,  ni  por  pienso.  Quien  los 
tenía,  según  Rivadavia  en  1815,  era  Carlos  IV.  Éste 
era  el, rey  legítimo  de  América,  pues  su  derrocamien- 
to por  Fernando  VII  había  sido  una  verdadera  ini- 
quidad, qtie  sólo  apoyaban  los  españoles  residentes  en 
América,  pero  no  los  americanos.  Éstos  habían  perma- 


136  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

necido  y  permanecían  fieles,  como  debían,  a  su  amado 
rey  don  Carlos  IV,  a  quien  Dios  guarde. 

Rivadavia  y  Belgrano  establecen,  entonces,  en 
nombre  de  América,  los  tres  principios  siguientes: 
«I. o  A  aquellos  pueblos  no  es  adaptable  otro  go- 
bierno que  el  monárquico,  2.°  Ningún  príncipe  ex- 
tranjero prometía  la  seguridad  y  las  ventajas  de  uno 
de  la  familia  de  Vuestra  Majestad.  3.0  En  caso  de 
no  poderse  conseguir  ésta,  que  se  ha  tenido  siem- 
pre por  la  mayor  ventaja,  debía  preferirse  la  integri- 
dad de  la  monarquía.» 

No  entraré,  mis  amigos,  en  las  intenciones  o  re- 
servas mentales  de  esos  hombres,  cuando  tales  cosas 
hacían  y  decían;  mucho  menos  a  condenarlos  porque 
así  pensaban;  pero  yo  os  aseguro  que  si,  en  aquel 
tiempo,  no  hubiera  habido  algo  más  que  eso  que  vemos 
en  Buenos  Aires;  si  no  hubiera  existido  el  pueblo  ar- 
gentino, oriental  y  occidental,  y,  sobre  todo,  el  ór- 
gano inteligente  de  esa  nueva  persona  internacional, 
el  hombre  plenamente  sincero  en  obras  y  palabras, 
y  con  derecho,  lo  que  se  llama  derecho,  a  ser  obedecido, 
ya  que  sólo  la  verdad  lo  tiene,  poco  o  nada  hubiera 
sido  la  revolución  de  Mayo. 

Aquellos  ilustres  proceres  ganaron  la  gloria  de  des- 
pertar al  pueblo;  ello  basta  para  que  los  llamemos 
grandes.  Pero  lo  despertaron  en  la  prudente  esperanza 
de  llevarlo  más  o  menos  lejos,  según  las  circunstan- 
cias. No  bien  se  dieron  cuenta  de  que  lo  que  habían 
iniciado  era  una  colosal  revolución,  no  supieron  qué 
hacer  con  ella,  y  quisieron  volver  atrás;  cuando  ad- 
virtieron que  lo  que  habían  concitado  contra  el  león 
hispánico  era  un  cachorro  de  león,  que  sentía  en  las 
entrañas  el  salto  fisiológico  de  la  pubertad  y  el  esta- 
llar de  sensaciones  ignotas,  no  se  sintieron  de  su  es- 


Mn,  OCHOCIENTOS  DIEZ   .  137 

pede;  comprendieron  que,  lejos  de  arrastrarlo,  tenían 
que  ser  arrastrados  por  él;  pensaron  en  prevenirse 
contra  sus  zarpazos,  en  domesticarlo  cuando  menos... 
y  hasta  en  matarlo,  en  último  caso. 

No  era  posible.  Alea  jacta  est. 

No  se  vencen  los  leones  sino  con  leones.  Y  no  se 
les  acaudilla  sin  serlo. 

No  es  exacto,  felizmente,  que  ese  león  caudillo  no 
hubiera  nacido  en  nuestro  Río  de  la  Plata,  aunque 
no  se  le  haya  visto  en  la  plaza  de  Buenos  Aires:  él 
estaba  entre  nosotros,  os  aseguro  que  estaba  entre 
nosotros,  y  que  voy  a  hacéroslo  reconocer,  a  poco  que 
tengáis  ojos  para  mirar  y  oídos  para  oir. 


Ii9 


CONFERENCIA  VI 
I,A  FECHA  INICIÁIS 

I,A  REVOLUCIÓN  DE  MaYO  EN  MONTEVIDEO. — El  CABILDO  ABIERTO 
DE  21    DE  SEPTIEMBRE  DE  l8o8. — 'Bí  ENVIADO  DE  BUENOS  AlRES 

ANTE  EL  Cabildo  de  Montevideo  en  i8io.  —  I,as  expedi- 
ciones AUXILIARES. — Al  Alto  Perú. — Al  Paraguay. — ^A  la 
Banda  Oriental. —  Suipacha. —  Don  Gaspar  Rodríguez  de 
Francia. — I,a  revolución  de  Mayo  en  la  Asunción. — "Ei. 
DOCTOR  Francia  en  su  guarida. — Independencia  del  Para- 
guay.— ^El  despertar  de  la  Banda  Oriental. — El  pueblo 

MATINAL. 


Amigos  artistas: 

El  25  de  mayo  de  1810  ha  sido  consagrado,  y  no  sin 
verdadera  causa,  como  la  cifra  inicial  de  independen- 
cia en  nuestra  América  austral.  El  sol  de  nuestra 
bandera  es  el  de  ese  día,  el  de  Mayo,  el  mismo  que 
alumbra  a  la  argentina. 

Bien  es  verdad  que  no  ha  faltado  quien  quiera  rei- 
vindicar, para  Montevideo,  la  gloria  de  haber  pro- 
clamado, antes  que  nadie,  no  sólo  en  el  Plata,  sino  en 
América,  en  1808,  la  fórmula  de  independencia;  pero 
creo  que  es  ése  un  detalle  de  significado  más  socio- 
lógico que  político. 


140  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

No  falta  razón,  sin  embargo,  para  fundar  esa  acción 
reivindicatoria,  que,  cuando  menos,  serviría  para 
confirmar  lo  que  dijimos  antes,  sobre  la  importan- 
cia de  Montevideo  como  centro  urbano. 

Bl  movimiento  del  25  de  mayo  de  1810,  en  Buenos 
Aires,  fué  precedido,  efectivamente,  de  uno  muy  aná- 
logo que  tuvo  lugar  dos  años  antes,  el  21  de  septiem- 
bre de  1808.  en  Montevideo,  donde  se  ve  reaparecer 
el  espíritu  que,  en  1806,  animó  a  Ruiz  de  Huidobro 
para  iniciar  la  reconquista  de  Buenos  Aires  con- 
tra los  ingleses.  Gobernaba  entonces  en  la  capital, 
como  virrey,  don  Santiago  I/iniers,  el  mismo  I^i- 
niers  a  quien  Montevideo  había  confiado  su  expe- 
dición reconquistadora,  y  al  que  vamos  a  Ver  fusilado, 
en  defensa  de  su  rey,  por  la  expedición  que  los  hom- 
bres de  Mayo  enviarán  al  Alto  Perú.  Mandaba  en 
Montevideo,  como  gobernador,  el  general  don  Francis- 
co Javier  de  Klío,  noble  y  empecinada  persona,  desig- 
nado por  el  rey  Carlos  IV,  en  16  de  julio  de  ese  año 
1808,  para  recibir  la  plaza  de  los  ingleses  desalojados 
del  Plata.  Acaecida  la  invasión  de  Napoleón  en  Es- 
paña, Blío  cree  que  I^iniers,  por  su  origen  francés,  no 
ofrece  garantías  a  la  defensa  de  la  patria  española 
contra  Bonaparte,  y  mucho  más  después  de  sus  rela- 
ciones con  un  señor  Sassenay,  enviado  por  Napoleón 
al  Río  de  la  Plata;  le  pide,  en  nota  oficial,  que  renun- 
cie el  mando;  se  resiste  a  secundar  sus  órdenes,  como 
se  había  resistido  Ruiz  de  Huidobro  a  secundar  las 
de  Sobremonte  en  1806.  I/iniers  decreta  entonces 
la  separación  de  Klío,  enviándole  como  substituto  a 
tm  capitán  de  navio  de  la  real  armada,  Michelena, 
«que  tenía  fama  de  valentón  y  aire  de  matamoros», 
con  orden  de  reducirlo  a  prisión.  EHo,  en  plena  rebe- 
lión contra  el  virrey,  rechaza  a  Michelena,  «después 


I,A  FECHA  INICIAIv  I4I 

de  haber  enarbolado  el  uno  una  pistola,  y  recurrido 
el  otro  a  los  puños,  en  la  primera  entrevista». 

Y  hete  aquí  que  el  pueblo  de  Montevideo,  unido  a  los 
jefes  militares,  se  levanta  amotinado;  rodea,  sos- 
tiene y  aclama  a  EHo;  se  reúne  en  tumultuoso  ple- 
biscito; celebra  el  clamoroso  Cabildo  abierto  de  21  de 
septiembre,  formado  de  cincuenta  y  cuatro  miembros, 
entre  los  cuales  hay  veinte  delegados  directos  del  pue- 
blo; expulsa  a  Michelena;  proclama  a  Fernando  VII, 
y,  rompiendo  sus  vínculos  con  Buenos  Aires,  y  aun 
con  el  gobierno  de  la  metrópoli,  se  separa  del  virrei- 
nato, y  forma  una  Junta  de  Gobierno  independiente, 
para  custodiar  los  derechos  del  rey  prisionero.  Todo  se 
hizo,  según  las  actas  capitulares,  ^por  ser  ese  el  voto  del 
pueblo). 

lyos  detalles  que  esas  actas  nos  ofrecen  son  precio- 
sos, para  apreciar  aquel  suceso  y  vivir  en  aquel  am- 
biente; para  darnos  cuenta,  sobre  todo,  de  lo  que  esa 
ciudad  de  Montevideo,  cuna  de  Artigas,  representa 
en  la  emancipación  de  América.  Michelena  llegó  a 
Montevideo  el  17  de  septiembre  con  sus  credencia- 
les, que  presentó  al  Cabildo  Justicia  y  Regimiento  de 
la  ciudad;  éste  lo  reconoció  en  su  carácter  de  gober- 
nador reemplazante  de  EHo,  por  acuerdo  unánime, 
que  firmó  en  su  presencia  en  la  noche  del  día  20.  Pero 
he  aquí  que,  no  bien  ha  terminado  el  acto,  se  oye  en 
las  puertas  y  ventanas  de  la  «casa  de  la  ciudad»  una 
de  gritos  infernales,  y  golpes  y  amenazas,  que  sus- 
pende a  todo  el  mxmdo.  Algunos  capitulares  se  aso- 
man a  las  ventanas.  Es  el  pueblo  de  Montevideo,  el 
poptílacho,  que,  informado  de  la  resolución  que  acaba 
de  adoptarse,  viene  a  ponerle  su  veto.  I<as  voces  se 
oyen  claramente:  ¡Viva  EHo!  ¡Viva  Femando  VII! 
¡Abajo  lyiniers!  ¡Cabildo  abierto!  ¡Cabildo  abierto! 


142  lyA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Es  la  escena  que  tendrá  lugar  dos  años  después,  el 
25  de  mayo  de  1810,  en  Buenos  Aires:  el  despertar 
del  populacho. 

Se  hace  advertir  a  Michelena  lo  que  pasa  afue- 
ra. Era  un  inmenso  pueblo,  dice  el  libro  capitu- 
lar, que  se  difundía  por  la  plaza  Mayor.  El  equi- 
valente, pues,  del  que,  en  pequeño  número,  apareció 
en  Buenos  Aires.  No  había  más  remedio  que  sus- 
pender el  acto;  darlo  por  no  consumado;  aplazar 
para  el  día  siguiente  la  resolución. Y  al  día  siguiente, 
21  de  septiembre,  se  repite  la  misma  escena:  el  pue- 
blo afuera  «con  grande  algazara  y  otras  demostra- 
ciones», dice  el  acta;  los  municipales  adentro;  crujen 
las  puertas  y  ventanas;  las  voces,  claras  y  distin- 
tas, penetran  por  ellas;  el  pueblo,  dice  el  libro,  repite 
los  clamores  de  la  noche  anterior,  e  insiste  en  sus  pre- 
tensiones. Y,  para  no  excitar  más  al  pueblo  exaltado, 
agrega,  los  señores  capitulares  adoptaron  el  tempera- 
mento de  permitir  que  eligiese  de  su  albedrío  un 
determinado  número  de  sujetos  que  explicase  sin  con- 
fusión sus  instancias.  Fueron  designados  veinte  ciu- 
dadanos, cuyos  nombres  son  los  más  ilustres  dé  nues- 
tra historia.  Elío,  que  se  encontraba  en  la  sesión, 
quiso  entonces  retirarse;  pero  no  se  le  permitió,  «por- 
que su  presencia  no  obstaba  a  que  cada  uno  expresase 
lo  que  concibiese  ser  la  voluntad  expresa  o  tácita  del 
soberano».  Algunos  cabildantes  se  asoman  personal- 
mente a  las  puertas,  y  piden  al  pueblo  que  las  despeje, 
que  guarde  moderación,  que  espere  tranquilo. 

Y  se  resolvió:  «Que  la  orden  del  virrey  debía  obe- 
decerse, pero  no  cumplirse^;  que  era  el  caso  de  recurrii, 
contra  su  resolución,  a  la  Audiencia  territorial,  y  aun 
a  la  Jimta  de  Sevilla;  que  Elío  había  de  quedar  mien- 
tras tanto  como  el  legítimo  gobernador  de  Montevideo, 


LA  FECHA  INICIAI,  .  1 43 

for  ser  ese  el  voto  del  pueblo,  a  cuya  instancia  se  habían 
todos  congregado;  y  que,  por  fin,  la  Junta  que  allí 
se  formó  y  organizó,  a  ejemplo  de  las  formadas  en 
España,  debía  subsistir  como  la  particular  de  aquel 
puebloD. 

La  muchedumbre  que  aguardaba  en  la  plaza,  al 
ser  notificada  de  esa  resolución,  estalló  en  clamores 
de  entusiasmo,  que  se  repetían  cada  vez  que  se  incor- 
poraba a  ella,  saliendo  de  la  «casa  de  la  ciudad»,  cual- 
quiera de  los  que  habían  sido  intérpretes  de  su  veto: 
Magariños,  el  guardián  del  convento  de  San  Fran- 
cisco, fray  Carvallo,  Salvañach,  Pereira,  Vilardebó, 
Chopitea,  Murguiondo,  Diago,  Illa;  Pérez  Castellano, 
sobre  todo,  autor  de  la  fórmula  adoptada. 

Eso  fué  el  Cabildo  abierto  de  21  de  septiembre  de 
1808.  I/a  primera  Junta  de  origen  popular  nacida 
en  la  América  española  quedó  constituida  allí.  No  sin 
causa,  pues,  se  conmemora  en  nuestra  República 
Oriental  del  Uruguay,  como  cifra  gloriosa,  ese  21  de 
septiembre  de  1808. 

lyiniers  hizo  responsable  a  EHo  «de  las  fatales  conse- 
cuencias que  pueden  venir  a  estas  provincias  del 
escandaloso  y  abusivo  medio  adoptado  en  el  Cabildo 
abierto»;  pero  hubo  de  someterse  al  hecho;  el  pueblo 
de  Montevideo  había  procedido  con  la  misma  espon- 
tánea energía  y  con  la  misma  independencia  del  virrey, 
con  que  muy  poco  antes,  de  acuerdo  entonces  con 
I/iniers,  había  iniciado  la  reconquista  de  Buenos  Aires 
contra  el  inglés. 

Esto  es  muy  análogo,  casi  idéntico,  como  lo  veis, 
a  lo  realizado  el  25  de  maj-o  de  1810  en  Buenos  Aires, 
salvo  la  representación  directa  del  pueblo,  que  en  la 
Junta  de  Mayo  no  existió;  el  derecho  del  pueblo  a 
organizarse  sin  intervención   de  la  metrópoli,  y  la 


144  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

autonomía  regional,  basada  en  la  igualdad  de  los  pue- 
blos, quedaron  allí  consagrados.  El  presbítero  orien- 
tal doctor  Pérez  Castellano,  miembro  de  la  Junta  de 
Gobierno  de  Montevideo,  decía  entonces  a  su  obispo, 
el  de  Buenos  Aires,  que  lo  censuraba  por  su  participa- 
ción en  ella:  «I^os  españoles  americanos  somos  herma- 
nos de  los  españoles  de  Europa...  I^os  de  allá,  viéndose 
privados  de  nuestro  muy  amado  rey,  han  tenido 
facultades  para  proveer  a  su  seguridad  común,  creando 
Juntas,  y  creándolas  casi  al  mismo  tiempo,  y  como 
por  inspiración  divina.  I^o  mismo  podemos  hacer,  sin 
duda,  nosotros,  -pues  somos  igualmente  libres... 

&Si  se  tiene  a  mal  que  Montevideo  haya  sido  la  pri- 
mera ciudad  de  América  que  manifestase  el  noble  y  enér- 
gico sentimiento  de  igualarse  con  las  ciudades  de  su 
madre  patria...  la  obligaron  a  ello  circunstancias  no- 
torias. También  fué  la  primera  ciudad  que  despertó  el 
valor  dormido  de  los  americanos.» 

Esa  es  la  fórmula,  como  lo  veis,  de  la  revolución 
de  Ma5'o,  Pérez  Castellano  fué  su  autor,  sin  que  por 
eso  podamos  atribuirle  una  visión  más  clara  del  por- 
venir que  la  que  atribuimos  a  los  hombres  de  Buenos 
Aires,  a  quienes  el  ilustre  presbítero  oriental  miró 
siempre  con  malos  ojos. 

IMitre,  I^pez,  Florencio  Várela,  el  deán  Funes, 
historiadores  argentinos,  son  los  que  han  adjudicado 
a  ese  suceso  carácter  fundamental.  «I^a  Junta  de 
Montevideo,  dice  Mitre,  es  un  punto  hacia  el  cual 
convergen  las  líneas  de  la  historia,  y  de  que  parten 
todos  los  que  de  él  se  han  ocupado,  sea  que  lo  hayan 
interpretado  del  punto  de  vista  jurídico,  o  en  sus 
relaciones  con  el  desenvolvimiento  futuro  de  la  revo- 
lución, que  él  contenía  en  germen,  y  que  debía  pro- 
ducir la  descomposición  del  gobierno  colonial,  como 


I^A  FECHA  INICIAL  I45 

acertadamente  lo  establece  el  señor  I/>pez,  al  asig- 
narle su  importancia  causal  en  el  momento  preciso 
en  que  se  produjo.» 

«I<a  creación  de  la  Junta  de  Montevideo  en  1808, 
agrega  Mitre,  a  imitación  de  las  que  se  habían  forma- 
do en  España...  fué  la  primera  repercusión  de  la  re- 
volución de  la  metrópoli  sobre  su  colonia,  que  sugirió 
la  teoría  y  dio  el  tipo  de  la  revolución  que  debía  pro- 
ducirse más  tarde. 

♦Instrumento  de  intereses  extraños,  movido  pro- 
miscuamente por  pasiones  propias  y  ajenas,  Monte- 
video, sin  embargo,  fué  el  primer  teatro  en  que  se 
exhibieron,  en  el  Río  de  la  Plata,  las  dos  grandes  es- 
cenas democráticas  que  constituyen  el  drama  revo- 
lucionario: el  Cabildo  abierto,  y  la  constitución  de 
una  Jimta  de  propio  gobierno  nombrada  popular- 
mente. 

»Este  suceso  tuvo  gran  repercusión  en  América, 
y  su  alcance  no  se  ocultó  a  la  observación  de  los  es- 
píritus perspicaces,  que  presentían  la  revolución  y 
la  independencia. 

»Iya  Junta  del  25  de  Mayo  de  1810,  sería,  con  otros 
elementos  y  tendencias,  la  repetición  de  la  de  1808 
en  Montevideo,  y  la  abortada  en  Buenos  Aires  en 
1809...» 

En  nuestra  conferencia  anterior  os  hice  conocer 
la  exposición  de  Belgrano  y  Rivadavia  a  Carlos  IV. 
En  ella,  esos  diputados  y  plenipotenciarios  del  Go- 
bierno de  las  Provincias  del  Plata,  denuncian  al  go- 
bernador Elío,  de  que  ahora  hablamos,  como  el  ver- 
dadero y  único  revolucionario  contra  la  metrópoli; 
es  él,  según  aquéllos,  quien,  con  los  españoles  residen- 
tes en  el  Plata,  ha  conspirado  contra  el  único  legíti- 
mo soberano  y  rey  de  la  monarquía  española,  que  no 

T.  I.- 1 2 


146  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

es  otro,  según  los  plenipotenciarios,  sino  don  Car- 
los IV,  que  Dios  guarde;  es  Elío  quien  ha  apoyado 
a  Fernando  VII,  contra  la  lealtad  del  pueblo  ameri- 
cano hacia  su  rey.  Recordando  entonces  Belgrano  y 
Rivadavia  el  momento  en  que  Elío  se  rebela  contra 
I/iniers  y  tiene  lugar  el  Cabildo  abierto  de  Monte- 
video, de  que  estamos  hablando,  dicen  lo  siguiente: 
«Pero  don  Javier  Elío  se  separó  entonces  de  la  obe- 
diencia de  todas  las  autoridades  de  la  capital,  y 
formó  un  Gobierno  independiente,  en  una  Junta  que  fué 
la  primera  de  toda  la  América». 

En  esas  razones,  pues,  muy  dignas  de  consideración, 
por  cierto,  y  en  muchas  otras  que  huelgan  aquí,  se 
apoyan  los  que  reclaman,  para  Montevideo,  el  título 
de  cuna  de  la  revolución  en  la  América  austral.  Pero 
yo  atribuyo  a  todo  eso,  con  ser  tan  importante,  una 
secundaria  importancia:  recordemos  que  también  se 
ha  reclamado  para  los  normandos,  para  los  irlandeses, 
y  hasta  para  los  chinos,  la  gloria  del  descubrimiento 
de  América. 

No;  el  que  descubrió  la  Americano  era  tal  chino  ni 
normando;  fué  Cristóbal  Colón,  el  geno  vés  que  todos 
conocemos.  Y  fué  Buenos  Aires,  la  gran  ciudad  río- 
platense,  capital  del  antiguo  virreinato,  fué  su  vale- 
roso pueblo,  su  populacho,  como  dice  Estrada,  quien 
pudo  marcar,  y  marcó  con  eficacia,  el  25  de  mayo 
de  1 810,  la  hora  prima  de  nuestra  vida  indepen- 
diente. Allí  estaba  el  virrey,  y  sólo  allí  tenía  que  ser 
depuesto,  como  lo  fué.  Aun  suponiendo  que  Mon- 
tevideo hubiese  llegado  hasta  destituir  a  su  gober- 
nador español,  lo  que  no  sucedió  ni  se  pretendió, 
ese  acto  no  hubiera  tenido  la  trascendencia  de  la 
destitución  del  virrey  en  Buenos  Aires.  ¿Quién  puede 
dudarlo^  Nada  importan  las  intenciones  o  sospechas 


I,A  FECHA  INICL\ly  147 

sobre  el  porveni  que  los  instigadores  de  esos  plebis- 
citos pudieron  abrigar;  las  de  los  principales  de  Mon- 
tevideo en  1808  no  eran  más  claras,  por  cierto,  que 
las  de  los  de  Buenos  Aires  en  1810,  Artigas  estaba 
en  la  sombra  todavía.  Esc  nuestro  doctor  Joseph 
Pérez  Castellano,  por  ejemplo,  autor  de  la  fórmula 
célebre,  era  un  sabio  y  virtuoso  ciudadano,  que  no 
sin  causa  glorificamos;  pero  no  podemos  hacerlo  por- 
que tuviese  una  visión  más  precisa  que  la  de  Riva- 
davia  o  Belgrano,  por  ejemplo,  sobre  el  espíritu  de 
la  revolución  que  provocaban.  Pérez  Castellano  fué 
tan  sincero  como  Rivadavia;  cuando,  en  substitución 
de  los  héroes  anónimos,  aparezca  Artigas,  el  héroe 
personal,  con  su  visión  profética,  el  sabio  doctor 
oriental,  anciano  de  setenta  años,  no  podrá  ya  com- 
prenderlo ni  recibir  su  revelación;  mirará  de  reojo 
sus  alianzas  con  Buenos  Aires,  porque  sólo  verá  en 
éstas  una  defección  de  la  buena  causa,  de  la  oriental 
española;  creerá  ver  por  eso  en  el  gran  caudillo,  y 
así  lo  dice  en  alguno  de  sus  escritos,  el  Don  Julián 
Oriental,  que,  por  odio  al  rey,  al  don  Rodrigo  mo- 
derno, da  entrada  en  nuestra  tierra  a  los  moros.  lyos 
moros  son,  para  él,  los  hombres  de  Buenos  Aires, 
«violadores,  dice,  del  juramento  más  solemne  que 
jamás  se  le  hizo  a  Dios  en  favor  de  su  rey». 

Si  debemos,  pues,  atribuir  al  Cabildo  abierto  de 
Montevideo  su  importancia  sociológica,  no  cabe  equi- 
pararlo, en  sus  consecuencias  políticas,  con  el  plebis- 
cito de  Mayo  que,  en  la  capital  del  virreinato,  da  en 
tierra  con  el  virrey. 

Aquel  golpe  audaz  fué  decisivo  desde  el  primer 
momento;  fué  el  disparo  certero  que  rompe  el  ala 
izquierda,  la  del  corazón,  al  pájaro  de  osamenta 
férrea.  Toda  la  lucha  que  seguirá  a  ese  golpe  ten- 


148  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

drá  por  objeto  la  ya  imposible  reconquista  de  Buenos 
Aires  por  parte  de  España;  su  conservación  por  par- 
te de  América,  de  toda  América.  Allí  debía,  por  lo 
tanto,  radicarse  el  pensamiento  de  la  revolución  ge- 
neral; esa  ciudad  era  el  depósito  de  los  recursos,  el 
centro  de  operaciones,  por  otra  parte,  y  de  allí  debían 
distribuirse  los  elementos  de  acción,  de  que  eran 
dueños  todos  los  pueblos  platenses. 

Buenos  Aires  tuvo  la  gloria  de  ser  el  heraldo  o  men- 
sajero de  la  diosa  Libertad;  pero,  por  eso  mismo,  des- 
de ese  momento,  dejó  de  pertenecerse  a  sí  propio,  para 
pertenecer  a  la  divinidad,  cuyo  era  el  mensaje  que 
aceptaba.  Era  preciso  que  no  volviese  allí  el  virrey, 
y  mucho  menos  el  rey;  pensar  en  restaurarlo,  era 
delito  de  lesa  América.  Buenos  Aires  mismo  no  podía 
hacerlo  ya.  El  propósito  de  ratificar,  de  perpetuar 
lo  hecho  en  su  plaza  pública,  el  25  de  mayo  de  1810, 
es  el  alma  de  la  guerra  de  independencia  que  allí  se 
inicia;  si  así  no  fuera,  esa  consagrada  fecha  sería  una 
mentira.  No  lo  es,  felizmente.  De  una  parte,  estará 
el  pueblo  americano;  de  la  otra,  todos  cuantos  preten- 
dan volver  un  paso  atrás  de  la  deposición  del  virrey 
de  España  en  Buenos  Aires.  Eso  es  lo  que  se  llama 
la  revolución  de  Ma^'o. 

Desgraciadamente,  la  idea  contraria  anidó  en  los 
hombres  dirigentes,  ya  que  no  en  el  pueblo,  de  la  ciu- 
dad iniciadora. 

No  era  Buenos  Aires,  según  aquellos  hombres, 
quien  debía  pertenecer  a  los  pueblos  que  la  defen- 
dían; eran  los  pueblos  quienes  debían  pertenecer  a 
Buenos  Aires.  He  aquí  el  grande  y  funesto  error, 
que  hizo  imposible  la  unidad  política  de  la  nación 
hispánica  independiente  en  el  Plata. 

I/a  idea  de  que  esa  capital  continuaba  siendo  la 


LA  FECHA  INICIAi;  1 49 

sede  nata  de  toda  soberanía  y  autoridad,  por  el  solo 
hecho  de  haberlo  sido  como  sede  colonial,  y  por  vo- 
luntad del  Rey  Nuestro  Señor;  el  concepto  de  que  todo 
debía  someterse  al  arbitrio  y  dirección,  no  ya  del 
pueblo  ríoplatense,  sino  de  los  hombres  que  en  Bue- 
nos Aires  ocuparan  el  poder,  y  dispusieran,  pública 
o  secretamente,  secretamente  sobre  todo,  de  los  des- 
tinos del  pueblo  americano,  se  hizo  carne  en  los  hom- 
bres de  Mayo. 

«Tu  miedo  aumenta  el  número  de  mis  enemigos», 
dice  Macbeth.  Esa  idea  aumentaba  el  número  de  los 
enemigos  de  América,  y  con  ellos  morirá. 

Pero  no  por  eso  el  25  de  mayo  de  1810  deja  de  ser 
la  cifra  inicial  de  la  gran  revolución,  ni  la  ciudad  de 
Buenos  Aires  su  capital  gloriosa,  nuestra  capital  glo- 
riosa, si  así  lo  queréis. 


II 


Una  de  las  resoluciones  adoptadas  el  25  de  mayo, 
además  de  la  convocación  de  todos  los  pueblos  del 
virreinato  para  que  enviaran  representantes,  a  fin 
de  resolver  libremente  de  sus  destinos,  fué  la  forma- 
ción y  el  envío  inmediato  de  ejércitos,  que  difundieran 
el  movimiento  por  todo  el  territorio  de  la  nación,  y 
sofocaran  las  resistencias  que  a  sus  propósitos  se  opu- 
sieran. Bsas  expediciones  se  llamaban  auxiliares,  es 
decir,  colaboradoras  o  centro  de  apoyo  de  los  elemen- 
tos populares  que  se  adhirieran  al  impulso  de  eman- 
cipación, reconociendo  la  Junta  Provisional  de  Buenos 
Aires. 

Una  de  aquéllas  se  dirigió  hacia  el  Noroeste,  hacia  la 
provincia  del  Alto  Perú,  que  será  más  tarde  una  na- 


I50  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

ción  independiente;  esa  expedición  debía  cruzar,  en 
línea  diagonal,  el  territorio  argentino.  La  otra,  bajo 
las  órdenes  de  Belgraco,  se  dirigió  hacia  el  Norte, 
a  la  provincia  del  Paraguay,  que  también  formará 
un  estado  soberano.  Más  tarde  se  dirigirá  otra  hacia 
el  Este,  hacia  el  otro  lado  del  Uruguay  y  el  Plata,  a  la 
Provincia  Oriental,  que,  como  el  Alto  Perú  y  el  Para- 
guay, será  también  nación,  y  cuya  capital,  la  plaza 
fuerte  de  Montevideo,  es  el  núcleo  principal  de  resis- 
tencia a  lo  iniciado  el  25  de  mayo  en  la  capital  del 
virreinato.  Esos  cuatro  núcleos  sociológicos,  Alto  Perú, 
Paraguay,  Región  Occidental  y  Banda  Oriental,  for- 
man la  nación  platense.  Trátase,  pues,  no  de  conquis- 
tarlos, sino  de  conglomerarlos,  de  substituir  la  fuerza 
colonial,  que  les  daba  cohesión  forzada,  por  la  fe  que 
debe  darles,  con  una  conciencia,  una  cohesión  orgá- 
nica, vital,  permanente.  Ke  ahí  el  problema. 

Mucho  nos  convendrá  saber,  antes  que  todo,  3" 
aunque  sea  a  la  ligera,  quién  resiste  en  Montevideo^ 
y  por  qué  resiste.  Veamos  lo  que  es  el  25  de  mayo 
de  1810,  en  la  futura  capital  de  la  República  Oriental 
del  Uruguay.  El  punto  es  tan  interesante  como  com- 
plejo, y  reclamo  para  él  vuestra  atención  toda  entera. 

Montevideo,  como  todo  el  pueblo  oriental  de  que  es 
cabeza,  no  sólo  se  adherirá  entusiasta,  dentro  de  ocho 
meses,  a  la  iniciativa  de  Mayo,  sino  que,  conducido 
por  Artigas,  le  imprimirá  su  verdadero  significado, 
independencia,  le  dará  sus  primeras  glorias,  y  conser- 
vará su  espíritu,  cuando  los  mismos  iniciadores  re- 
nieguen de  él,  o  pierdan  su  fe,  dado  que  la  hayan 
tenido.  Resiste,  sin  embargo,  en  los  primeros  mo- 
mentos, la  iniciativa  de  Buenos  Aires.  Y  es  muy  de 
notar  que  el  rechazo  es  unánime;  no  son  sólo  los  es- 


I^A  FECHA  INICIAI,  151 

pañoles,  que  han  de  sostener  empecinados  la  causa 
del  rey,  quienes  se  oponen  a  lo  hecho;  son  también 
los  nacionales,  que,  mañana  no  más,  serán  sm  más 
obstinados  sostenedores. 

¿I^a  causa  de  ese  fenómeno?. . .  Fijaos  bien  en  esto, 
amigos  artistas,  porque  mucho  se  vincula  con  lo  que 
hemos  hab'.ado  y  con  lo  que  vamos  a  hablar  para 
comprender  a  Artigas. 

IyO£  españoles  de  Montevideo  resisten  el  movimien- 
to de  Buenos  Aires,  porque  dudan,  y  no  sin  alguna 
causa,  de  la  fidelidad  al  rey  de  España,  que  sus  ini- 
ciadores proclaman .  I/)s  orientales,  porque  dudan, 
también  con  fundamento,  de  la  fidelidad  y  del  respeto 
a  los  pueblos  que  aquél  debe  entrañar. 

I<os  españoles  temen  ver  substituido  el  virrey,  y  el 
rey  por  consiguiente,  por  el  pueblo  americano.  I^s 
orientales  temen  ver  substituido  un  yirrey  por  otro 
virrey,  el  español  poi  el  bonaerense. 

Producido  el  movimiento  de  Mayo,  Montevideo 
no  permanece  impasible,  ni  mucho  menos;  se  con- 
mueve profundamente,  observa  lo  que  pasa  en  el 
otro  lado  del  Plata,  y  se  dispone,  no  a  obedecer  la 
autoridad  de  la  capital,  así  se  llame  Junta  o  Virrey, 
pues,  desde  que  acordó  por  sí  y  ante  sí  la  reconquista 
de  Buenos  Aires,  no  reconoce  más  autoridad  que  la 
del  rey,  sino  a  adoptar  una  resolución  propia,  libre 
y  consciente,  como  lo  hizo  en  el  Cabildo  abierto 
de  1808. 

Tanto  el  virrey  Cisneros  como  la  Junta,  que  cono- 
cen bien  el  carácter  de  aquel  pueblo,  le  envían  sus 
representantes. 

El  virrey,  antes  de  su  caída,  y  al  sentirla  inmi- 
nente, le  pide  adhesión  y  apoyo,  por  intermedio  de 
su  secretario,    que   llega   fugitivo   a   Montevideo   el 


152  hA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

24  de  mayo.  La  Junta  le  reclama  el  reconocimiento, 
y  el  envío  de  un  diputado,  después  de  depuesto  Cis- 
neros;  pero  no  lo  hace  por  simple  comunicación  es- 
crita, como  a  los  demás  pueblos  del  virreinato,  sino 
enviándole  un  comisionado  especial,  el  capitán  don 
Martín  Galaín,  que  llega  a  la  ciudad  oriental,  el  31  de 
mayo,  con  toda  clase  de  explicaciones. 

Al  enviado  de  Cisneros,  de  cuyos  actos  no  quiere 
hacerse  más  solidario  que  de  los  de  Liniers  antes  de 
conocerlos  y  juzgarlos,  contesta  Montevideo,  después 
de  larga  deliberación,  «que  está  dispuesto  a  tomar 
todas  las  medidas  conducentes  a  la  conservación  del 
orden,  3^  de  los  derechos  sagrados  de  Femando  VII»; 
pero  le  ordena  que  salga  inmediatamente  de  Monte- 
video. 

Al  enviado  de  la  Junta  ¿qué  le  contestará?  El  caso 
es  arduo.  Montevideo  no  tenía  por  qué  sorprenderse 
ante  lo  hecho,  pues  la  Junta  de  mayo  de  1810,  en 
Buenos  Aires,  no  era  sino  la  repetición,  como  hemos 
visto,  de  la  de  septiembre  de  1808,  en  Montevideo, 
y  mucho  más  si  tenemos  en  cuenta  que,  con  los  plie- 
gos que  conduce  Galaín,  viene  uno  del  mismo  virrey 
Cisneros,  el  depuesto,  en  que  exhorta  al  Cabildo  de 
Montevideo  al  reconocimiento  de  la  nueva  Jimta, 
pues  ésta  acata  sinceramente  al  Rey  Nuestro  Señor. 
El  Cabildo  delibera,  y  no  se  cree  habilitado  para 
resolver  el  punto.  Convoca  al  pueblo,  llama  a  Cabildo 
abierto,  es  decir,  se  integra  con  los  principales  veci- 
nos. El  Cabildo  se  realiza  el  1.°  de  junio,  bajo  la  pre- 
sidencia del  gobernador  Soria,  que  ha  substituido  a 
Elío.  Éste  se  ha  ido  a  España,  de  donde  pronto  vol- 
verá con  el  carácter  de  nuevo  virrey. 

Veamos,  pues,  lo  que  pasó  en  ese  Cabildo  de  1.°  de 
junio.    En  él  se  discute  larga  y  acaloradamente;  los 


I,A  FECHA  ESriCIAI,  1 53 

ánimos  están  muy  agitados;  hay  allí  muchas  reservas 
mentales.  Se  llega,  por  fin,  a  una  solución  por  simple 
mayoría,  con  grande  oposición:  la  Junta  de  Buenos 
Aires  será  reconocida,  pero  condicionalmente,  con 
ciertas  limitaciones;  éstas  serán  fijadas  por  una  comi- 
sión especial,  que  les  dará  forma,  y  las  someterá  de 
nuevo  a  la  aprobación  del  Cabildo. 

Pero  en  esos  precisos  momentos,  el  2  de  junio, 
llega  a  Montevideo  un  buque,  el  bergantín  Filipino. 
con  la  noticia  de  haberse  instalado  en  Cádiz,  en  re- 
emplazo de  las  Juntas,  un  Consejo  de  Regencia,  y 
con  comunicaciones  de  éste.  Era  lo  que  deseaba  el 
gobierno,  el  Cabildo,  el  pueblo  montevideanos:  una 
ocasión  cualquiera,  así  fuera  la  más  inconsistente, 
para  proceder  por  sí  mismos,  y  para  no  verse  obli- 
gados a  consagrar  el  derecho,  que  parecía  arrogarse 
Buenos  Aires,  de  someter  a  su  autoridad  a  Montevi- 
deo, no  teniendo  la  delegación  directa  del  rey.  De 
rey  abajo  ninguno.  No  se  vacila;  se  lee  en  voz  alta, 
en  la  plaza  Mayor,  la  proclama  de  las  nuevas  autori- 
dades españolas,  que  invitan  al  pueblo  americano 
a  ieconocerlas;se  las  reconoce  sin  pérdida  de  tiempo, 
y  se  aclama  el  Consejo  de  Regencia.  Salvas  de  arti- 
llería, repiques  de  campanas,  juramento  solemne 
de  las  tropas,  aclamaciones  del  pueblo.  Y  siempre, 
eso  sí,  ¡Viva  Fernando  VII!,  el  augusto  Comodín 
prisionero. 

Es  claro  que  la  contestación  a  la  Junta  de  Buenos 
Aires  se  imponía,  y  el  Cabildo  la  acuerda  el  2  de  ju- 
nio: que  Buenos  Aires  reconozca,  ante  todo,  como 
Montevideo,  el  Consejo  de  Regencia;  que  se  declare, 
a  la  par  de  Montevideo,  vasallo  del  rey,  sin  pretender 
substituirlo,  y  entonces  se  hablará  del  envío  de  dipu- 
tados, etc. 


154  ^■'^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

El  Cabildo  resolvió,  pues,  suspender  su  delibera- 
ción, hasta  conocer  la  actitud  de  la  Junta  de  Mayo 
ante  los  nuevos  sucesos  de  España. 

I^a  Junta  de  Buenos  Aires  insiste  premiosamente, 
y  en  la  forma  que  cree  más  eficaz.  No  sólo  contesta 
en  una  larga  y  bien  fundada  comunicación,  sino  que 
desprende  de  su  seno  a  su  propio  secretario,  el  doctor 
don  Juan  José  Paso,  uno  de  los  varones  más  conspi- 
cuos del  movimiento  de  Mayo,  y  lo  envía  a  conven- 
cer a  Montevideo  con  su  influjo  y  elocuencia.  El 
Cabildo  resuelve  darle  audiencia  inmediatamente,  el 
mismo  día.  El  mensajero  habla  con  pasión;  relata 
los  sucesos  ocurridos;  da  las  razones  por  las  cuales  no 
es  el  caso  de  reconocer  el  Consejo  de  Regencia,  que 
en  Montevideo  ha  sido  proclamado.  El  Cabildo,  des- 
pués de  oirle,  le  intima  se  retire  a  su  alojamiento  de 
extramuros,  y  resuelve  que,  «desde  que  la  diputación 
venía  al  pueblo,  debía  convocarse  a  éste,  en  la  parte 
más  respetable  del  vecindario,  para  que,  instruido 
por  el  diputado,  delibere  lo  que  estime  justo». 

El  Cabildo  abierto  tiene  lugar  el  15  de  junio.  Allí 
está  todo  el  pueblo.  I^as  personas  más  caracterizadas 
se  sientan  al  lado  del  gobernador  y  de  los  cabildantes: 
allí  están  Soria  el  gobernador,  y  don  José  de  vSalazar, 
jefe  de  la  marina,  y  las  autoridades  eclesiásticas,  La- 
rrañaga  y  Pérez  Castellano.  Y  don  Nicolás  de  Herrera, 
ministro  de  la  Real  Audiencia,  y  Elias,  tesorero  de 
Gobierno.  Y  los  miembros  del  Cabildo:  Salvañach, 
Arambuiú,  Vidal,  Illa,  Ortega,  Mas  de  Ayala,  de  la 
Peña,  Pérez,  Vidal  y  Bena vides.  Y  los  ciudadanos 
lyucas  José  Obes,  y  Mateo' Magariños,  y  Juan  J.  Du- 
ran, y  Acevedo,  5'  de  las  Carreras,  y  Costa,  y  Gómez 
Neira,  Méndez,  etc.,  etc.  Es  realmente  un  senado  de 
gran  respetabilidad;  tiene  personalidades  como  las 


L,A  FECHA  DaCIAt  155 

más  ilustres  del  movimiento  de  Mayo:  Herrera,  Obes, 
lyarrañaga,  Pérez  Castellano,  Magariños...  Bstan  ecléc- 
tico como  el  de  Buenos  Aires.  El  diputado  de  la  capital 
exhibe  sus  credenciales,  en  que  la  Junta  le  da  plenos 
poderes,  y  lo  presenta,  por  su  inteligencia  y  su  pureza 
de  intenciones,  como  la  mejor  prueba  de  su  vivo 
anhelo  porque  la  unión  de  ambos  pueblos  se  realice; 
porque  pueda  la  patria  «presenciar  el  tierno  espec- 
táculo que  prepara  Buenos  Aires  a  la  entrada  del 
representante  de  Montevideo  en  compañía  del  de  la 
Junta». 

Paso  hace  esfuerzos  por  arrastrar  el  Cabildo  a  su 
opinión;  sus  razones  son  las  mismas  que  ha  consig- 
nado la  Junta  en  su  notable  comrmicación,  redactada 
por  su  secretario  Moreno,  pero  realzadas  por  el  brío 
del  orador.  Y  son  razones  poderosísimas,  irrefuta- 
bles. La  Junta  organizada  el  25  de  mayo  no  ve,  en 
las  noticias  recién  llegadas,  en  la  formación  del  Con- 
sejo de  Regencia,  nada  que  pueda  conmover  los  fun- 
damentos en  que  descansa.  El  fundamento  principal 
de  su  constitución  es  la  carencia,  en  España,  de  una  en- 
tidad que  sea  representante  genuina  del  rey  prisio- 
nero. Si  las  Juntas  no  lo  eran,  ¿cómo  ha  de  serlo  el 
Consejo  que  de  ellas  procede? 

¿Pero  Montevideo  cree  que  ese  Consejo  de  Regen- 
cia representa  efectivamente  al  rey? 
[;V^Sea,  contesta  Buenos  Aires.  Eso  no  debe  obstar 
a  nuestra  unión.  Nosotros  también  lo  hemos  acatado 
tácitamente,  y  lo  proclamaremos,  desde  el  momento 
en  que  estemos  seguros  de  que  ese  Consejo  entraña 
la  voluntad  del  rey  que  hemos  jurado,  y  cuyos  dere- 
chos defenderemos  hasta  morir.  «Lo  substancial,  agre- 
ga Buenos  Aires,  es  que  todos  permanezcamos  fieles 
vasallos  de  nuestro   augusto   monarca   don   Fernán- 


15^  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

do  VII,  indiscutible  para  todos;  que  cumplamos  nues- 
tro juramento  de  reconocer  al  gobierno  de  España, 
legítimamente  constituido,  y  que,  entretanto,  estre- 
chemos nuestra  unión,  para  socorrer  a  la  metrópoli,  de- 
fender su  causa,  observar  sus  leyes,  celebrar  sus  triun- 
fos, llorar  sus  desgracias.»  Con  ese  motivo,  el  orador 
habló  de  los  peligros  que  corrían  los  pueblos  del 
virreinato,  si  no  se  unían  reconociendo  la  Junta  de 
Buenos  Aires.  Dijo,  repitiendo  la  idea  del  Cabildo 
bonaerense  en  el  Cabildo  abierto  del  22  de  mayo, 
que  esa  alianza  era  necesaria  para  precaverse  de  posi- 
bles ataques  de  la  corte  portuguesa,  etc.,  etc. 

Todo  eso,  y  mucho  más,  escribía  Buenos  Aires  en 
su  nota,  y  expresó  con  animada  elocuencia  su  repre- 
sentante ante  el  Cabildo  de  Montevideo. 

Y  todo  eso  era  de  lo  más  concluyente  que  puede 
imaginarse;  nada  mejor  fundado  ni  más  lógico. 

¿Pero  conocéis  algo  más  inconsistente  que  la  lógica 
en  ciertas  ocasiones,  mis  amigos  artistas?  ¡La  lógica 
de  las  palabras!  L^a  palabra  es  un  huevo,  de  donde 
puede  salir  lo  mismo  un  caimán  que  una  paloma. 
|La  fidelidad  al  reyl  ¿Quién  es  el  rey?  Los  españoles 
de  Montevideo,  tanto  los  venidos  de  España  cuanto 
los  nacidos  en  América,  creían  que  era  uno;  los  ameri- 
canos que  era  otro.  Pero  españoles  y  americanos  monte- 
videanos estaban  absolutamente  conformes  en  una  cosa 
en  su  inmensa  mayoría:  en  que  el  rey  no  debía  ser  Bue- 
nos Aires.  Eso  era  allí  lo  esencial;  lo  demás  se  resolvería 
entre  españoles  y  americanos  de  Montevideo.  Yeso  fué 
lo  que  allí  predominó,  teniendo  por  órgano  principal  a 
don  Mateo  Magariños,  que  llevó  al  Cabildo  el  eco  del 
pueblo  de  Montevideo,  que,  como  el  de  Buenos  Aires  el 
25  de  mayo,  y  como  él  mismo  el  21  de  septiembre, 
se  agitaba  frenético  en  la  plaza,  mientras  el  Cabildo 


lyA  FECHA  INICIAI,  159 

nes  de  Balcarce  y  de  CastelU,  sucesores  de  Ocampo  y 
de  Vieites,  que  resistieron  el  sacrificio  de  I^iniers  y 
sus  compañeros.  Ese  Castelli  es  de  una  severidad  con 
los  demás,  que  causa  escalofríos.  Iba  como  Represen- 
tajtie  de  la  Junta. 

El  ejército  auxiliar  cruza  por  territorio  indiferente. 
El  sol  del  25  de  mayo  no  aparecía  por  aquellas  sole- 
dades. 1/3.  noche  era  profunda  y  sin  estrellas;  la  auro- 
ra estaba  lejos.  I^a  expedición  no  era,  pues,  auxiliar 
de  nadie;  era  conquistadora  del  desierto. 

Sólo  al  llegar  a  Salta,  allá  en  el  Norte,  encuentra  el 
concurso  popvilar;  allí  vive  un  caudillo  local,  Martín 
Güemes,  que  ha  reunido  milicias  y  caballos  y  ganado, 
con  los  que  acrece,  por  intermedio  del  gobernador 
intendente,  los  elementos  del  ejército  conductor  del 
mensaje  de  libertad.  Esa  expedición  sigue  hacia  el 
Norte;  penetra  en  el  Alto  Perú;  llega  a  Cotagaita,  y 
allí  choca  con  el  ejército  español,  al  mando  del  gene- 
ral Córdoba,  que  rechaza  al  de  Buenos  Aires  (27  de 
octubre  de  1810). 

Se  rehace  éste,  con  algunos  contingentes  recibidos 
de  Jujuy,  y  los  dos  ejércitos  vuelven  a  encontrarse 
de  nuevo,  algunos  días  después,  el  7  de  noviembre, 
en  los  campos  de  Suipacha.  Sólo  media  hora  duró  la 
lucha  en  esta  acción  campal  de  las  armas  argentinas, 
que  obtuvieron  allí  la  primer  resonante  victoria. 
Cuarenta  muertos,  ciento  cincuenta  prisioneros,  toda 
la  artillería  enemiga,  una  bandera  y  los  bagajes, 
quedaron  en  poder  del  vencedor. 

Éste  no  fué  generoso;  tampoco  fué  aquí  clemente, 
por  desgracia.  El  intendente  de  Potosí,  y  los  genera- 
les vencidos,  Córdoba  y  Nieto,  fueron  fusilados  en 
la  plaza  de  aquella  ciudad,  lo  que  provocó  terribles 
represalias,    jMaldito   espíritu   infernal   que   entene- 


1 6o  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

brece  la  gloria!  Tampoco  fué  grato  el  recuerdo  que 
dejó  el  vencedor  en  la  sociedad  del  Alto  Perú;  no 
fué  popular.  La  conducta  licenciosa  de  Castelli,  sobre 
todo,  dejó  allí  un  recuerdo  desastroso.  No  quiero 
hablaros  de  eso.  Pasemos.  Bse  recuerdo  había  de  refor- 
zar el  germen  de  inevitable  desmembración  de  aquella 
región  andina,  que,  a  no  haber  intervenido  el  espíritu 
disolvente  de  la  ciudad  virreinal,  hubiera  formado 
parte,  como  estado  soberano,  de  la  grande  unión  his- 
pánica del  Plata.  Esa  provincia  formará  la  república 
de  Bolívar,  Bolivia.  Su  libertad  no  vendrá,  pues,  a 
ella,  de  Buenos  Aires;  vendrá  del  Norte.  Bolívar, 
Sucre,  serán  sus  héroes. 

Como  consecuencia  de  la  batalla  de  Suipacha,  el 
dominio  de  la  Junta  se  extendió  hasta  el  Desaguadero, 
límite  de  los  dos  virreinatos.  I^as  cuatro  intendencias 
del  Alto  Perú,  núcleo  vivo  de  emancipación  que, 
aimque  lleno  de  energías  intelectuales  y  sociales,  tiene 
que  buscar  su  centro  de  relación  en  Buenos  Aires, 
el  solo  puerto,  se  declararon  por  la  revolución.  Pero  la 
posesión  fué  fugaz;  seis  meses  después  (20  de  junio 
de  1811),  los  ejércitos  libertadores,  al  mando  de  Bal- 
caree,  serán  deshechos  por  los  españoles  en  los  cam- 
pos de  Huaqui. 


IV 


La  segunda  expedición,  la  dirigida  hacia  la  provin- 
cia del  Paraguay,  a  las  órdenes  de  Belgrano,  penetró 
también  allí  en  territorio  enemigo;  pero  de  un  enemigo 
capaz  de  desorientar  al  mismo  diablo,  cuanto  más  a 
Belgrano.  Éste  debía  encontrarse  allí  con  el  caso  más 
extraordinario  de  patología  social  que  presenta  la 


I,A  FECHA  INICIAI,  l6l 

historia  americana:  un  pueblo  vigoroso,  conducido, 
como  un  autómata,  por  un  monstruo  extraño,  mezcla 
de  arcángel  y  de  gato  furioso,  de  mirada  suave  y 
siniestra,  llena  de  fuego  frío,  de  luz  obscura,  del  eter- 
no contraste,  de  la  eterna  negación;  un  híbrido  de 
Ariel  y  Calibán.  ¡Qué  extraño  personaje  este  que 
vamos  a  conocer!  Tenía  alas,  debemos  creerlo,  alas 
de  piel  membranosa;  pero  llevaba  también  una  zarpa 
escondida  en  la  piel  llena  de  escalofríos,  y  blanda  como 
una  caricia  mortal.  No  fué  el  enemigo  español;  fué 
ese  extravagante  troglodita  paraguayo,  con  el  pueblo 
en  las  garras,  quien,  al  sentir  el  paso  de  Belgrano, 
sacó  la  cabeza  de  entre  la  cálida  selva  y  salió  al  en- 
cuentro del  ejército  auxiliar,  para  destrozarlo  en  un 
abrir  y  cerrar  de  ojos.  Se  llamaba  don  Gaspar  Ro- 
dríguez de  Francia. 

No  es  tarea  fácil,  antes  la  creo  en  extremo  difícil, 
si  no  imposible,  averiguar  de  qué  procedía,  cuándo  y 
cómo  había  sido  engendrado  tan  extraño  y  contradic- 
torio ser,  en  aquella  región  apartada,  con  la  que  nada 
tenía  de  común;  pero  de  lo  que  os  narre  y  diga,  mis 
amigos  artistas,  sacaréis  vosotros  las  consecuen- 
cias que  os  parezcan  más  razonables.  Sobre  este  don 
Gaspar  Rodríguez  de  Francia,  que  es  preciso  conozcáis, 
para  el  contraste  por  ahora,  como  conocimos  a  Bolí- 
var en  el  otro  extremo  y  significado,  se  ha  escrito  mu- 
cho, como  no  podía  menos;  cada  cual  ha  pensado  según 
su  leal  saber  y  entender.  Carlyle  se  extasiaba  ante  el 
fenómeno  éste,  que  apenas  entrevio  al  través  de  infor- 
maciones deficientes,  y  en  el  qne  quería  ver  algo  de  su 
Cromwell.  A  mí  me  recuerda,  quizá,  aquellas  marmó- 
reas esfinges,  descritas  por  Gautier,  que  afilan  sus  ga- 
rras en  el  ángulo  de  sus  pedestales,  que  nos  miran  con 
los  ojos  en  blanco,  con  una  intensidad  que  asusta,  y 

T.  1.-13 


1 62  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

sobre  cuyos  lomos  leonados  se  ven  como  estremeci- 
mientos; su  cuello  de  mujer  palpita,  como  si  allí 
latiese  un  corazón. 

Resumamos  los  hechos:  Belgrano  y  su  ejército  de 
i.ooo  hombres,  entre  los  cuales  descolló  por  su  biza- 
rría un  primo  hermano  de  Artigas,  Manuel,  que  pronto 
morirá  por  la  patria,  fué  inmediatamente  destrozado 
por  el  ejército  enemigo  en  Paraguarí,  el  19  de  enero 
de  1811.  Se  fortificó  aquél  60  leguas  más  abajo,  en  la 
margen  izquierda  del  Tacuarí,  y  allí  sufrió  el  descala- 
bro definitivo;  capituló,  prometió  retirarse  al  otro 
lado  del  Paraná,  y  se  retiró  para  siempre  de  aquella 
tierra  intangible. 

^; Quién  lo  había  hecho  pedazos?  Se  dice  en  las  his- 
torias generales  de  América,  malas  como  toda  enciclo- 
pedia, que  el  ejército  que  venció  era  el  de  don  Bernardo 
de  Velazco,  gobernador  español  del  Paraguay.  Eso  es 
no  ver  sino  las  apariencias,  y  repetir  lo  que  dijo  el  pri- 
mero que  habló  de  historia  paraguaya  sin  conocerla, 
o  poniéndola  al  servicio  de  otras  historias. 

No  hubo  tal:  Velazco  abandonó  el  campo;  allí  con- 
cluyó su  autoridad,  como  la  de  Sobremonte  ante  las 
invasiones  inglesas.  Quien  venció  a  Belgrano  fué  el 
Paraguay,  el  ejército  paraguayo,  conducido,  en  primer 
término,  por  el  coronel  don  Manuel  Anastasio  Caba- 
nas. Al  lado  de  éste,  lucharon  también  allí,  como  je- 
fes bizarros,  Gamarra,  Juan  Antonio  Caballero,  Pas- 
cual Urdapilleta,  Fulgencio  Yegros,  I/Uis  Caballero 
y  muchos  otros,  todos  bravos  paraguayos,  que  figu- 
rarán en  su  tierra. 

Pero  todos  esos  combatientes  obraban  ya  dentro 
del  círculo  mágico  de  la  esfinge,  o  dragón,  o  como 
queráis  imaginarlo,   que  ha  de  tragárselos  a  todos. 


I,A  FECHA  INICIAI,  1 6$ 

Fué  el  aliento  de  fuego  de  esa  esfinge  o  dragón  quien 
allí  venció  a  todo  el  mundo:  a  españoles,  a  argentinos 
y  a  los  mismos  paraguayos:  don  Gaspar  Rodríguez 
de  Francia. 

Bs  menester  que  aclaremos  esto. 

Recordad,  mis  amigos,  la  repercusión  del  25  de  mayo 
en  Montevideo;  la  resistencia  de  esta  ciudad  a  some- 
terse a  Buenos  Aires,  etc.,  etc.  El  mismo  sentimiento 
de  los  orientales  hacia  la  capital  del  virreinato ^  y  por 
causas  análogas,  existía  en  el  Paraguay.  Éste  se  sen- 
tía persona  distinta  de  las  demás,  y  no  sin  razón,  por 
cierto.  El  Paraguay,  lo  mismo  que  la  Banda  Oriental, 
no  fué  jamás,  como  se  ha  dicho,  provincia  argentina; 
fué  una  gobernación  dependiente  del  virrey  del  Río 
de  la  Plata  en  los  últimos  tiempos  del  virreinato.  Así 
como  la  Banda  Oriental  vivió  abandonada  y  siendo 
la  vaquería  de  Buenos  Aires  durante  el  coloniaje,  el 
Paraguay  existió  casi  aislado  de  las  demás  provincias, 
cuyas  influencias  sobre  él  fueron  nulas;  pero  la  ciudad 
de  la  Asunción  experimentó,  tanto  como  la  de  Mon- 
tevideo, y  por  causas  análogas,  el  efecto  de  los  celos 
de  Buenos  Aires,  que  obstó  siempre  a  sus  progresos: 
obstaculizó  el  comercio  paraguayo  gravando  sus  pro- 
ductos; impidió  su  expansión;  formó  y  enconó  la  ri- 
validad entre  ambos  pueblos.  He  aquí  que  se  nos 
ofrece  otra  Cartago.  Por  otra  parte,  el  paraguayo  se 
consideraba  de  im  origen  étnico  distinto  del  argen- 
tino; hasta  la  conservación  del  idioma  guaraní,  pues 
allí  no  se  hablaba  o  se  hablaba  muy  poco  el  caste- 
llano, constituía  una  barrera  fundamental,  que  no  la 
fuerza,  sino  la  discreción  y  el  genio  hubieran  podido 
salvar,  en  obsequio  a  la  grande  unión. 

No  queriendo,  pues,  substituir  un  gobernador  ex- 
tranjero por  otro  tan  extranjero  como  él,  no  vio  en 


164  r<A   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

la  expedición  de  Belgrano  sino  el  espíritu  de  conquis- 
ta de  Buenos  Aires,  de  la  Roma  platense,  y  rechazó 
esa  expedición,  con  el  propósito  de  conquistar  por  sí 
mismo,  y  para  sí  mismo,  la  independencia.  Y  no  se 
equivocaba,  por  cierto;  Belgrano  llevaba  la  misión 
expresa  de  deponer  al  gobernador  español  Velazco, 
para  quedar  él  en  su  lugar  como  representante  de  la 
Junta  de  Mayo,  a  la  que  enviaría  diez  mil  hombres 
paraguayos.  El  espíritu  vital  de  conservación  se  des- 
pertó allí. 

Pero  ese  espíritu,  que  en  la  Provincia  Oriental  ani- 
maba a  muchas  almas,  en  el  Paraguay,  bien  que 
difundido  en  el  pueblo  inconsciente,  y  sentido  por 
algunos  hombres  de  pensamiento,  estaba  concentrado, 
como  principio  de  acción  política,  en  las  soledades 
negras  de  im  alma  sola,  y  de  un  alma  que  de  tal  ma- 
nera absorbía  a  todas  las  demás,  que  se  las  devoró 
a  todas,  y  se  llevó  la  causa  de  la  independencia  a 
sus  profundidades  psíquicas,  guarida  llena  de  noche 
glacial,  y  habitada  por  varias  familias  de  serpientes 
y  otras  sabandijas. 

Vais  a  ver,  mis  amigos,  cómo  los  esfuerzos  de  Ar- 
tigas por  e\'itar  el  injusto  predominio  de  la  oligarquía 
o  comuna  porteña  en  su  patria  oriental,  lejos  de  lle- 
varlo a  matar  el  nervio  popular  con  la  tiranía,  o  a 
separar  a  su  pueblo  de  la  defensa  común,  lo  induce 
a  ser  el  primer  capitán  de  esa  defensa,  a  buscar  alian- 
zas con  todos  los  pueblos  libres,  incluso  el  de  Buenos 
Aires,  a  ponerlos  por  testigos  y  jueces  de  la  santidad 
de  su  causa,  a  despertai  en  ellos  el  sentimiento  de 
su  propio  ser  y  del  respeto  mutuo,  a  luchar  animoso 
por  la  felicidad  de  todos  los  americanos,  que  consi- 
dera una  sola  nación,  a  difundir,  a  la  faz  del  mundo, 
y   a  hacer  prácticos,  los  más  amplios  principios  de 


I.A  FECHA  INICIAI,  1 65 

libertad,  de  democracia,  de  gobierno  propio,  a  los  que 
da  forma  con  el  concurso  de  los  hombres  más  ilustres 
de  su  tierra,  que  respeta  3^  tiene  a  su  lado. 

Don  Gaspar  Rodríguez  de  Francia  es  todo  lo  con- 
trario: él,  unido  a  sus  compañeros  de  las  primeras 
horas,  sinceros  y  candorosos,  proclama  el  principio 
vital,  la  independencia;  pero  con  reservas  mentales 
y  tortuosidades  solapadas.  I^o  vemos  aparecer  y  des- 
aparecer en  la  vida  pública;  sacar  la  cabeza  y  escon- 
derla como  la  araña;  adherir  con  los  demás  al  pensa- 
miento y  a  la  obra  y  a  la  alianza  de  Artigas  mientras 
no  ha  asegurado  su  predominio  propio,  y  renegarlo, 
y  abandonarlo  después,  cuando  no  le  conviene  su 
proximidad.  Francia  realiza  así  la  independencia  del 
Paraguay;  pero  no  para  el  pueblo  paraguayo,   que 
no  educa  ni  quiere  educar.  Una  vez  conseguida,  separa 
a  ese  su  Paraguay,  no  sólo  de  España,  y  de  Buenos 
Aires,  y  de  los  orientales,  y  de  los  argentinos,  sino 
del  mundo  entero;  se  lo  lleva  en  las  garras,  una  vez 
aniquilados  sus  compañeros,  a  quienes  mata  o  encar- 
cela para  siempre;  lo  secuestra  del  contacto  de  los 
vivientes,  poniéndole  por  muralla  la  distancia,  el  de- 
sierto, y  la  misma  guerra  sostenida  por  Artigas  en 
defensa  del  derecho  de  todos.  Nada  sería  eso,  si  se 
lo  llevara  para  hacerlo  feliz  en  alguna  manera,  mien- 
tras evitaba,  por  medio  del  aislamiento,  los  ataques 
posibles  a  su  independencia.  Pero,  no:  lo  encierra  en 
la  obscuridad  de  su  tiranía,  y  allí  se  entretiene,  du- 
rante treinta  años,  en  matar  en  él,  con  deleite  felino, 
todo  germen  de  vida:  hombres  y  principios  de  civili- 
zación, relaciones  exteriores  e  interiores. 

Oportuno  es  recordar  aquí  que  no  ha  faltado  quien, 
suponiendo  que  en  el  Paraguay  no  respiraba  más 
hombre  de  pensamiento  que  el  doctor  Francia,  ha 


1 66  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

dicho  qiis,  sin  éste,  la  independencia  paraguaya  no 
existiría.  ¡Gran  majadería  la  de  confundir  el  héroe 
con  el  tirano,  que  es  su  negación!  En  el  Paraguay,  lo 
mismo  que  en  toda  América,  ni  más  ni  menos,  flotaba 
sobre  las  aguas  el  grande  espíritu;  sin  él,  la  nada 
hubiera  j)ersistido.  En  cuanto  al  núcleo  de  hombres 
de  pensamiento,  necesario  para  que  aquél  cobrara 
su  forma  inteligente,  existía  también  allí,  con  los 
mismos  caracteres  que  en  los  demás  pueblos,  con  las 
mismas  aptitudes  y  deficiencias.  No  es  del  caso  un 
análisis  detallado  de  aquellos  malogrados  proceres; 
pero  basta  examinar  los  actos  y  documentos  de  las 
Juntas  que  nacieron  de  la  revolución,  para  conven- 
cerse de  que  no  es  sólo  Francia  quien  allí  piensa  y 
escribe,  ni  mucho  menos;  es  precisamente  cuando  él 
está  ausente,  cuando  esas  Juntas  nos  ofrecen  los  do- 
cumentos y  actitudes  más  definidas  y  más  fuertes. 

La  casi  desconocida  figura  de  don  Fernando  de  la 
Mora,  por  ejemplo,  secretario  de  la  primera,  equiva- 
lente a  la  del  Moreno  bonaerense,  o  a  la  del  Larra- 
ñaga  oriental,  a  la  del  Martínez  Rozas  chileno,  des- 
cuella entre  aquellos  hombres  con  interesantísimo 
relieve.  Fué,  como  Moreno,  im  relámpago;  como  él 
fué  tragado  por  el  mar;  la  tiranía  es  mar.  Era  de  la 
Mora  un  joven  abogado,  inteligente,  ilustrado,  lleno 
de  luminosas  inquietudes;  he  tenido  ocasión  de  cono- 
cer algtmos  de  sus  manuscritos,  y,  entre  ellos,  ima 
copia  fragmentaria,  de  su  puño  y  letra,  de  la  constitu- 
ción de  los  Estados  Unidos  que,  concordada  con  algima 
cita  a  oradores  angloamericanos  que  leemos  en  comu- 
nicaciones de  la  Jimta,  son  ima  interesante  revelación 
para  la  historia  que  está  por  hacer. 

Lo  que  caracteriza,  pues,  al  Paraguay  no  es  la 
ausencia  de  hombres  de  fuerza  en  el  pensamiento  o 


I,A  FECHA  INICIAI.  IÍÍ7 

en  el  propósito;  es  la  concentración,  en  un  hombre 
solo,  sin  nada  heroico,  de  la  fuerza  de  acción  excén- 
trica, que,  en  otros  pueblos,  se  distribuj-ó  entre  varios, 
y  formó  personas  colectivas,  o  dio  nacimiento  al  héroe 
fulgurante,  hijo  de  diosa  al  fin,  que  debió  mucho, 
pero  pagó  su  deuda  en  inmolación  y  en  gloria. 

Sólo  un  héroe  de  verdad,  opuesto  al  tirano,  hubiera 
podido  servir  allí  de  núcleo  de  cohesión;  pero  el  que 
lo  fué  de  los  demás  pueblos  platenses,  sin  excluir  el 
de  Bueno.s  Aires,  Artigas,  no  pudo  penetrar  en  el 
Paraguay. 


Así  como  üs  dije  lo  que  fué  el  25  de  mayo  en  Mon- 
tevideo, es  preciso  que  os  haga  saber  lo  que  fué  en 
la  Asunción,  capital  del  Paraguay.  Aquí,  como  allá, 
el  gobernador  español  Velazco,  al  recibir  la  comuni- 
cación de  la  Junta  Revolucionaria  de  Buenos  Aires, 
convocó  un  Congreso  popular;  pero  esa  asamblea 
no  era  como  la  de  Montevideo:  estaba  constituida 
por  doscientos  hombres,  analfabetos  en  su  casi  tota- 
lidad... y  don  Gaspar  Rodríguez  de  Francia,  que  miraba 
ya  de  reojo  a  los  otros,  Yegros,  Caballero,  de  la  Mora, 
de  la  Mora  sobre  todo,  y  les  buscaba  el  punto  vulne- 
rable. 

Ahí  lo  tenéis  sentado,  con  su  figura  tenue  y  dis- 
tinguida, con  su  cara  caucásica,  pálida  y  aquilina, 
con  sus  cabellos  castaños  obscuros  que  empiezan  a 
blanquear,  pues  tienen  45  años,  sus  labios  muy  finos, 
sus  manos  de  dedos  muy  afilados,  su  actitud  de  per- 
petuo acecho,  y  sus  ojos,  sobre  todo,  sus  ojos  negros 
o  policromos,  sin  patria  ni  sexo,  cuyas  miradas  bri- 


1 68  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

lian  y  se  apagan,  se  van  a  las  profundidades  del  alma 
a  recoger  algo,  y  vuelven  de  ella  de  repente,  trans- 
formadas en  un  relámpago  mortal,  que  se  hunde  en 
los  otros  ojos  humanos  y  los  hace  cerrar.  Había  na- 
cido en  la  Asunción;  otros  dicen  que  en  el  Brasil,  en 
San  Pablo;  que  su  nombre  era  Franga,  de  origen  por- 
tugués. Ello  es  que,  de  la  Asimción,  se  fué  a  estudiar 
a  Córdoba  del  Tucumán;  de  allí  volvió  a  su  tierra 
con  los  grados  de  maestro  en  filosofía  y  doctor  en 
Sagrada  Teología;  se  aplicó  especialmente  al  estudio 
del  derecho;  fué,  en  el  Seminario  de  la  Asunción,  pro- 
fesor de  latinidad  y  de  teología;  llevaba  traje  talar, 
y  leía  y  estudiaba  los  enciclopedistas  franceses,  Rous- 
seau especialmente,  y  la  historia  de  Roma  de  Rollín, 
Aquel  hombre,  en  el  Paraguay,  era  un  exótico;  su 
superioridad,  no  tanto  en  inteligencia  y  preparación 
literaria,  cuanto  en  carácter  y  fuerza  de  fascinación 
siniestra,  era  allí  aplastadora.  Allí  no  había  contrapeso 
posible;  Francia  no  tenía  raíces  de  ningún  género  en 
aquel  pueblo  americano,  indígena  en  svis  siete  octavas 
partes,  que  hablaba  en  guaraní. 

Sigámoslo,  pues,  en  la  asamblea  convocada  por 
Velazco,  el  gobernador  español,  para  apreciar  el 
25  de  mayo  de  1810.  El  lo  hace  todo,  y  lo  seguirá 
haciendo  todo,  directa  o  indirectamente,  en  la  Inz  o 
en  la  sombra,  hasta  dentro  de  treinta  años,  en  que 
el  pueblo  paraguayo,  al  oir  decir  que  el  Señor  ha  muer- 
to solo  y  encerrado,  a  los  84  años  de  edad,  no  se  atre- 
verá a  escuchar  la  noticia,  menos  a  darle  crédito,  y 
menos  aun  a  entrar  a  ver  el  cadáver,  por  temor  de 
que  abra  los  ojos  y  derrame  la  mirada,  más  llena 
de  muerte  que  cuando  estaba  viva.  Y  llorará,  con  su- 
persticiosos gritos  lamentables,  la  muerte  de  su  dra- 
gón sagrado. 


I,A  FECHA  INICIAI,  I7I 

Provincia  del  Paraguay  con  las  demás  de  nuestra  Amé- 
rica era  natural  y  conveniente;  pero  que  las  desgra- 
ciadas circunstancias  ocurridas  entre  Buenos  Aires  y 
la  Asunción  la  habían  dificultado;  que,  en  consecuen- 
cia, había  sido  preciso  que  la  provincia  recobrara  sus 
derechos  usurpados,  para  salir  de  la  antigua  opresión, 
y  ponerse  a  cubierto  de  una  nueva  esclavitud  de  que  se 
sentía  amenazada.  «Se  engañaría,  concluye,  quien  ima- 
ginase que  la  intención  de  la  Provincia  del  Paraguay 
había  sido  entregarse  al  arbitrio  ajeno,  y  hacer  de- 
pendiente su  suerte  de  otra  voluntad.  En  tal  caso, 
nada  habría  adelantado,  ni  reportado  otro  fruto  de 
su  sacrificio  que  el  cambiar  una  cadena  por  otra,  y 
cambiar  de  amo.» 

Con  ser  esto  tan  claro,  Buenos  Aires  no  acabó  de 
comprenderlo:  la  conciencia  de  su  derecho  virreinal 
hereditario,  tan  irracional  y  funesto,  lo  indujo  a  subs- 
tituir la  conquista  por  la  diplomacia,  para  dominar 
al  Paraguay.  ¿No  existía  allí  un  Congreso  con  tenden- 
cias a  la  unión?  Envió,  pues,  una  misión  diplomática, 
formada  de  los  doctores  Belgrano  y  Echevarría:  dos 
conspicuos  personajes. 

«¿Leoncitos  a  mí?  ¿A  mí  leoncitos  y  a  tales  horas? 
Pues  por  Dios  que  han  de  ver  esos  señores  que  acá 
los  envían,  si  soy  yo  hombre  que  se  espanta  de  leones.» 
Así  hablaba  el  Caballero  de  la  Triste  Figura. 

Buenos  Aires  no  sabía,  indudablemente,  con  quién 
se  tomaba.  Francia  encerró  a  sus  diplomáticos  en  un 
círculo  mágico;  no  vieron  otra  cosa  que  él;  fueron 
muy  agasajados.  Aquél  los  visitaba  durante  la  noche; 
les  hablaba  contra  sus  propios  compañeros  de  Go- 
bierno, a  quienes  denunciaba  como  amigos  de  los  espa- 
ñoles; se  les  presentaba  como  el  solo  hombre,  como  el 
héroe  amigo;  ellos  le  pagaban  sus  visitas  en  su  estudio, 


172  hA.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

donde  lo  encontraban  rodeado  de  libros,  y  frente  al 
retrato  de  Franklin,  que  allí  tenía;  pasaron  por  todo 
cuanto  él  quiso:  reconocieron,  en  un  tratado,  la  inde- 
pendsncia  de  la  Provincia  del  Paraguay  de  la  de  Buenos 
Aires,  sin  perjuicio  de  consignar  el  deseo  de  estrechar 
los  vínculos  que  unen  y  deben  unir  ambas  provincias  eii 
una  federación  y  alianza  indisoluble,  que  las  obliga 
a  auxiliarse  mutuamente,  contra  cualquier  enemigo  de 
la  común  libertad.  El  Gobierno  central  aprobó  todo 
lo  hecho  por  sus  embajadores,  y  calificó  de  interesan- 
te federación  el  arreglo  con  Rodríguez  de  Francia; 
sólo  objetó  la  demarcación  de  límites,  que  también  se 
había  acordado.  Todo  eso  era  una  doblez,  por  su- 
puesto. ¡Dobleces  con  Rodríguez  de  Francia! 

Desde  ese  momento,  se  sigue  con  facilidad  e  inte- 
rés el  vuelo  de  aquel  negro  moscardón  que  zumba 
dando  \aieltas;  desaparece  de  la  Junta  de  Gobierno 
en  1812,  para  ver  si  se  siente  su  ausencia,  lo  que  no 
consigue,  pues  las  cosas  marchan  sin  él,  como  lo  hemos 
dicho  y  lo  veremos;  reaparece  en  1813,  para  aniquilar 
a  sus  compañeros,  a  de  la  Mora  sobre  todo,  y  prepara 
entonces  un  gran  Congreso,  en  que  se  hace  aclamar 
por  los  mil  ciudadanos  que  lo  componen. 

¿Queréis  creer,  mis  amigos,  que,  después  de  esto, 
todavía  tentó  Buenos  Aires  un  nuevo  esfuerzo  de 
conquista  diplomática  en  aquella  tierra,  con  ocasión 
de  ese  Congreso  fabricado  por  Francia  para  sus  fines 
propios?  ¡Todavía  mandó  al  doctor  don  Nicolás  He- 
rrera, un  nuevo  leoncito,  con  el  objeto  de  tentar  la 
conquista  de  la  amistad  de  aquel  ogro,  y  obtener  el 
envío  del  representante  paraguayo  al  Congreso  Gene- 
ral de  las  Provincias  unidas!  ¡Representante  para- 
guayo! lyO  que  allí  se  hizo  fué:  confirmar  la  declaratoria 
de  independencia;  romper  la  alianza  celebrada  con 


I,A  PECHA  INICIAI.  173 

Buenos  Aires;  cambiar  el  título  de  Provincia  del  Para- 
guay por  el  de  República  del  Paraguay/  adoptar  armas 
y  colores  nacionales,  y...  poner  todo  eso  en  manos  de 
su  autor  y  dueño.  Se  creó,  como  gobierno,  un  Consu- 
lado de  dos  miembros:  Francia  y  Yegros.  Como  el 
de  Bonaparte  y  Sieyes.  Francia  se  desembarazó  de 
su  compañero  cónsul,  al  que  fusilará  en  oportimidad, 
como  a  los  demás,  y,  al  año  siguiente,  1814,  se  hizo 
aclamar  dictador  temporal  primeramente,  y  vitalicio, 
perpetuo,  eterno,  después. 

Veréis  más  adelante  cómo,  hasta  ese  momento  en 
que  Francia  cobra  su  forma  real  de  genio  satánico, 
los  gobiernos  colectivos  que  allí  se  suceden  cultivan 
con  Artigas  relaciones  íntimas,  reconocen  en  su  visión 
la  de  todos  los  americanos,  combinan  con  él  la  acción 
común.  Francia  se  aparta  del  gobierno  en  1812;  cuan- 
do, en  1813,  vuelve  a  compartirlo  con  los  otros,  tam- 
bién comparte,  al  principio,  la  adhesión  colectiva  al 
héroe  oriental;  pero  no  bien  se  queda  solo  y  dueño 
absoluto,  toda  relación  del  Paraguay  con  Artigas  ter- 
mina para  siempre;  para  nadie  como  para  él,  mientras 
sea  capaz  de  acción,  quedarán  tapiadas  las  puertas 
de  aquella  casa  de  los  silencios. 

Y  don  Gaspar  Rodríguez  de  Francia  envolvió  en 
sus  alas  membranosas  articuladas  a  las  calladas  mu- 
chedumbres. 

Y  se  llevó  el  Paraguay  a  su  guarida.  Y  así  lo  tuvo, 
ausente  de  la  tierra,  durante  treinta  años.  El  mundo 
sólo  sabía  de  él,  por  los  lamentos  que,  de  vez  en  cuan- 
do, se  oían  salir  de  allí;  encarcelamientos  perpetuos, 
ejecuciones  precedidas  de  suplicios;  espantos  pálidos 
en  el  aire.  La  gente  no  podía  mirar  al  dictador  cuando 
pasaba,  rodeado  de  su  escolta,  por  las  calles  solita- 
rias; ponía  la  cara  contra  la  pared. 


174  I-A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Eso  fué,  mis  amigos,  la  expedición  auxiliadora  en- 
viada por  la  Junta  de  Mayo  al  Paraguay,  a  las  órde- 
nes de  Belgrano. 


VI 


Quédanos  por  conocer  la  otra  expedición  auxilia- 
dora, enviada  por  esa  Junta  de  Mayo:  la  que,  formada 
de  los  restos  del  ejército  del  Paraguay,  unidos  a  re- 
gimientos destacados  en  Entrerríos,  fué  destinada 
a  prestar  auxilio  a  la  región  oriental  del  Uruguay  y 
el  Plata,  bajo  el  mando  del  mismo  Belgrano,  y  a 
expugnar  a  Montevideo,  el  baluarte  español  en  el 
Atlántico. 

Al  fin  hemos  llegado,  oh  artistas  que  me  escucháis, 
al  fin  hemos  llegado  al  núcleo  popular,  vivo,  de  inde- 
pendencia republicana,  y  que  debió  serlo  de  unión 
entre  los  pueblos  libres  españoles. 

Penetrad  en  esa  región,  amigos  míos,  y  allí  veréis 
otro  mundo.  Allí  sí  que  la  expedición  pudo  llamarse 
con  propiedad  auxiliadora,  aliada  de  un  pueblo  lleno 
de  sol,  movido  en  sus  propias  entrañas  por  el  espí- 
ritu de  Mayo  directamente,  deseoso  de  una  alianza 
indisoluble  con  sus  hermanos;  de  la  interesante  fede- 
ración que  hallaba  Buenos  Aires  en  la  unión  propues- 
ta por  Rodríguez  de  Francia.  Allí  iba  a  encontrar 
una  nación  homogénea,  característica,  nutrida  de  li- 
bertad: el  pueblo  y  la  región  que  os  he  hecho  mirar 
con  tanta  intensidad  en  todas  mis  conferencias,  a  fin 
de  que  los  reconocierais  en  este  momento  histórico. 

Allí  encontraréis,  por  fin,  a  la  cabeza  de  ese  pueblo, 
no  a  personas  colectivas  anarquizadas  y  discrepan- 
tes, ni  al  tirano  excéntrico,  hosco,  sombrío,  exótico, 


I.A  FECHA  INICIAI,  175 

encerrado  en  sí  mismo,  sino  al  hombre  fuerte  más 
directamente  iluminado  por  el  sol  meridiano,  al  per- 
sonaje representativo  de  todos  los  pueblos  platenses, 
incluso  aquel  anónim^o  que,  el  25  de  mayo  de  1810, 
se  presentó  en  la  plaza  de  Buenos  Aires  a  deshacer  lo 
que  habían  hecho  los  proceres:  Artigas,  el  héroe. 

¡Artigas  y  Rodríguez  de  Francia! 

El  supremo  contraste. 

Belgrano  mismo  manifestaba  su  entusiasmo  ante 
el  espectáculo  del  levantamiento  en  masa  del  pueblo 
oriental.  «Siendo  Montevideo  la  raíz  del  árbol,  decía, 
debemos  ir  a  sacarla;  añadiéndose  que,  para  ir  allá, 
tenemos  todo  el  camino  por  país  amigo,  cuando  aquí, 
en  el  Paraguay,  todos  son  enemigos.  Para  esta  empre- 
sa necesitamos  fuerzas  de  consideración,  y  los  auxi- 
lios prontos;  y  aun  cuando  no  se  consiga  más  que 
desviar  a  Elío  de  todas  sus  ideas  en  contra  de  la  capi- 
tal, habremos  hecho  una  grande  obra.» 

En  esa  ingenua  frase  del  gran  Belgrano,  hermanos 
artistas,  está  condensada  la  historia  política  de  nues- 
tra independencia  en  sus  relaciones  con  la  platense. 
He  ahí  la  idea  de  que  ya  ima  vez  hablamos:  desviar 
el  ataque  contra  la  capital  es  la  grande  obra;  salvar 
la  ciudad,  la  reina  de  la  colmena;  inmimizar  la  cabeza. 
Era  ese,  en  Belgrano,  un  error  sincero.  Que  todo  era 
sinceridad  y  abnegación  en  aquella  alma  sana,  que 
hemos  de  conocer  y  amar.  Pero,  no:  j'a  sabrá  el  pue- 
blo oriental  hacer  algo  más  que  salvar  la  capital  del 
virreinato;  está  dispuesto  a  salvarse  a  sí  mismo  ante 
todo.  Y  bien  sabe  que  es  él  mismo  quien  tiene  que 
salvarse  si  ha  de  llenar  su  misión  propia:  la  de  núcleo 
de  vida  democrática  en  todo  el  Río  de  la  Plata. 

Al  llegar  Belgrano,  el  pueblo  oriental  está  ya  levan- 
tado en  masa,  al  grito  de  libertad;  en  su  cielo  ha 


176  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

lucido,  a  la  par  que  en  Buenos  Aires,  3-  acaso  antes, 
el  sol  del  mes  de  ma^'o.  Ese  pueblo,  y  no  la  expedi- 
ción auxiliadora,  será  el  que,  conducido  por  un  hom- 
bre que  tiene  la  visión  del  porvenir,  librará,  contra 
los  españoles  imido  a  sus  hermanos,  y  contra  los  por- 
tugueses solo,  completamente  solo,  las  batallas  cam- 
pales de  la  independencia,  casi  las  solas  que  se  libra- 
ron contra  el  extranjero  en  las  márgenes  del  Plata; 
dominará,  con  la  rapidez  del  relámpago,  todo  el  terri- 
torio de  la  patria,  y  dará  a  la  causa  del  25  de  mayo 
su  más  resonante  victoria.  Ésta,  la  de  Las  Piedras, 
levantará  su  espíritu,  y  encerrará  el  dominio  español, 
como  en  un  calabozo  de  hierro,  en  su  propia  formida- 
ble cindadela,  en  cuyo  tomo,  como  en  el  de  Troya, 
se  jugará  la  suerte  de  la  raza  aquea. 

Ese  pueblo  es  el  que  os  he  ido  describiendo  hasta 
en  sus  raíces,  amigos  artistas,  y  el  que  os  pide  forma 
para  su  alma  heroica;  ese  hombre  que  concentra  su 
espíritu  y  lo  conduce,  es  Artigas,  nuestro  férreo  Arti- 
gas, el  inspirado  mediador  entre  el  alma  libre,  recién 
creada,  y  el  cuerpo  que  la  espera.  ¡Si  yo  consiguiera 
que  lo  amarais,  para  que  pudierais  comprenderlo! 
¡Que  lo  vierais  pasar  siquiera,  en  el  fondo  de  mis 
palabras,  como  una  visión  de  lo  invisible! 

Artigas,  como  os  he  dicho,  ha  sido  muy  calumnia- 
do, amigos  míos;  muy  duramente  injuriado.  Se  apro- 
vechó el  desamparo  en  que  quedó  su  recuerdo,  y  con- 
tra él  se  envenenaron  las  fuentes  de  la  historia.  En  él 
se  nos  ha  ofendido  a  nosotros  mismos,  a  los  orientales; 
se  nos  ha  querido  arrancar  el  abolengo,  la  honra  de 
la  estirpe.  Y  sentimos  una  sed  muy  grande  de  agua 
de  montaña,  de  vindicación  y  desagravio. 

Vuestro  mármol  tiene  que  ser  vengador  y  resonan- 
te; más  resonante  que  medio  siglo  de  palabras  insen- 


^'I^A  FECHA  rNICIAI,  1 77 

satas;  más  que  el  coloso  aquel  de  Memnón,  que  cantaba 
al  ser  tocado  por  el  sol.  Tiene  que  disipar  la  noche 
con  su  blancura  luminosa. 

Es  preciso  que  ese  mármol  baga  el  día. 

El  día  es  la  proximidad  de  una  estrella. 


T.  1.-14 


|19 


CONFERENCIA  VII 
ARTIGAS 

Su  ORIGEN. — Su  CARRERA. — SEMBLANZA  DE  ARTIGAS. — ICONOGRA- 
FÍA.  Su  HISTORIA  ANTES  DE  LA  REVOLUCIÓN. En  LOS  CIMIEN- 
TOS DE  SU  PATRIA. — La  TRADICIÓN  DOMÉSTICA. — El  DEÁN  FU- 
NES. —  El  CAPITÁN  DE  BLANDENGUES.  —  ARTIGAS  ANTE  EL 
MOVI»nENTO     DE    MAYO. SU  ADHESIÓN    A    LA    REVOLUCIÓN    DE 

Mayo. — Su  incubación  en  la  Banda  Oriental. — Los  enemi- 
gos DEL  Uruguay. — España  y  Portugal. — Buenos  Aires. 


Mis  amigos  artistas: 

Artigas,  a  quien  ya  habéis  visto  aparecer  un  mo- 
mento en  las  invasiones  inglesas  de  1806  y  1807, 
tiene  46  años  en  el  momento  en  que  os  lo  muestro; 
tiene  ya  algunas  canas.  Ha  nacido  en  la  ciudad  de 
Montevideo,  y  casi  con  ella,  el  19  de  junio  de  1764: 
menos  de  cuarenta  años  después  de  su  fundación. 
Ahí  está  la  casa  solar  en  que  nació;  es  solar  verdade- 
ramente, si  los  hay.  El  abuelo  del  héroe,  don  Juan 
Antonio  Artigas,  hidalgo  de  Zaragoza,  viene  de  Es- 
paña a  Buenos  Aires,  en  1716,  después  de  larga  y 
honrosa  carrera  militar,  tradicional  en  su  familia. 
Según  Menéndez  Pelayo,  la  voz  artiga  significa  adoc- 
trinado. Quizá  no  sea  del  todo  aventurado  suponer^ 


1 8o  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

según  eso,  que  la  familia  de  Artigas  procede  de  ára- 
bes o  moros  convertidos. 

Don  Juan  Antonio  Artigas,  que  forma  parte  de  la 
Compañía  de  Caballos  Corazas  del  capitán  don  Mar- 
tín José  de  Echauri,  es  uno  de  los  fundadores  de  Mon- 
tevideo en  1726.  I/)  vemos  figurar  entre  sus  primeros 
vecinos,  declarados  «de  casa  y  solar  conocido»;  se  le 
adjudica  una  de  las  treinta  manzanas  que  forman  la 
planta  de  la  ciudad  recién  nacida. 

Pero  aun  antes  de  fundada  ésta  oficialmente,  ya 
estaba  allí  avecindado  el  abuelo  de  Artigas,  con  su  es- 
posa y  sus  cuatro  hijos;  esa  familia  es  la  primera  agru- 
pación de  hombres  civilizados  que  se  fija  en  Monte- 
video. Aquí  viven,  «con  casa  de  firme,  con  edificios 
de  piedra  cubiertos  de  teja  y  otras  oficinas,  con  plan- 
tíos y  arbolados,  y  con  estancia  de  ganados  mayores 
en  los  campos»,  las  familias  de  Artigas,  Carrasco, 
Burgués  y  Callo,  que  son  una  misma  (la  esposa  de 
Artigas  era  Carrasco),  y  que  allí  estaban  cuando  los 
otros  pobladores  llegaron  a  fundar  la  ciudad..  Con 
ellas  residían,  desde  1723,  dos  misioneros  de  la  Com- 
pañía de  Jesús,  que  evangelizaban  a  los  indios  tapes. 

Fué,  pues,  la  familia  de  Artigas,  la  primera  que 
encendió  hogar  estable  en  Montevideo;  ella  es,  en  ese 
sentido,  la  fimdadora  de  la  ciudad,  como  lo  será  de 
la  nación  el  nieto  del  hidalgo  soldado  de  coraceros, 
natural  de  Zaragoza.  Éste  forma  parte,  como  alcalde, 
del  primer  Cabildo  o  gobierno  municipal  constituido 
por  Zavala  en  1730;  y  tanto  él,  como  su  hijo  mayor, 
don  Martín  José,  padre  del  fundador  de  la  patria, 
prestan  buenos  servicios  militares  a  la  colonia,  dejan 
honroso  vestigio  de  su  paso  por  los  más  encumbrados 
puestos  de  nuestra  vida  cívica  incipiente,  y  son  miem- 
bros conspicuos  del  primitivo  patriciado  oriental. 


ARTIGAS  l8l 

Es  bueno  que  conozcáis,  por  razones  que  yo  me  sé, 
y  que  ahora  me  reservo,  ese  abolengo  de  Artigas. 

Os  lo  presento  en  1811,  al  adherirse  a  la  revolución 
de  Mayo,  ocho  meses  después  de  iniciada  en  Buenos 
Aires. 

Es  capitán  de  caballería;  ayudante  mayor  del  Re- 
gimiento de  blandengues;  el  grado  más  alto  al  que 
pueden  aspirar  los  criollos  en  el  ejército  colonial. 

Ha  ingresado  en  la  milicia  a  los  32  años,  en  1797; 
lleva,  pues,  catorce  años  de  servicios  militares.  Muy 
bueno  será  que  precisemos  esta  fecha,  porque  ella 
nos  permite  dividir  su  historia  en  tres  épocas  carac- 
terísticas: su  vida  privada,  desde  su  nacimiento  en 
1764,  hasta  ese  año  1797;  sus  14  años  de  carrera  mi- 
litar, que  terminan  en  181 1;  y,  por  fin,  su  grande 
historia. 

Las  viejas  patrañas,  malignas  unas,  apologéticas 
otras,  en  que  se  ha  presentado  a  Artigas  como  un 
ente  mitológico  desde  la  infancia,  se  han  desvanecido. 
No  hay  tales  aventuras  extraordinarias.  Artigas  no 
fué  velado  por  águilas  en  su  cuna,  ni  amamantado 
por  ninguna  loba.  Su  buena  madre,  doña  Francisca 
Antonia  Arnal,  le  dio  su  leche.  Su  padre,  don  Martín 
José,  es  también  militar;  ha  prestado  excelentes  ser- 
vicios; pero  tiene  el  pecado  original:  es  criollo,  y,  como 
su  hijo,  no  ha  podido  ascender  sino  a  lo  que  éste  as- 
cendió: a  capitán  de  caballería.  Bueno  es  que  advir- 
tamos eso:  que  Artigas  es  segunda  generación  de  ame- 
ricanos nativos.  La  posición  de  su  padre  es  holgada  y 
decorosa,  gracias  a  su  trabajo:  tiene  su  casa  en  la 
ciudad,  una  barraca  o  depósito  de  frutos,  campos  y 
ganados;  poste  tierras  heredadas  de  su  padre  en  Cha- 
mizo, otras  denunciadas  por  él  en  Casupá,  y  las  de 
su  esposa  en  el  Sauce.  Puede  dar  a  sus  hijos,  en  el  con- 


1 82  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

vento  de  los  franciscanos,  la  mejor  instrucción  que 
entonces  se  adquiría,  y  que,  si  no  era  grande,  era  la 
que  entonces  constituía  un  hombre  culto.  La  que  re- 
cibe el  cuarto  de  sus  hijos,  el  que  a  nosotros  nos  inte- 
resa, es  más  esmerada  que  la  de  sus  hermanos.  Estos 
se  consagran  muy  pronto  al  trabajo  de  campo;  aquél 
permanece  en  la  ciudad,  y  es  compañero  de  estudios 
de  Nicolás  de  Vedia,  Rondeau,  Melchor  de  Viana 
y  otros. 

Os  ofrezco  el  manuscrito  más  auténtico  que  he  en- 
contrado, para  que  deduzcáis  la  primera  educación 
de  Artigas  por  el  carácter  de  su  letra,  mucho  más 
correcta,  como  lo  veis,  que  la  de  muchos  proceres  ci- 
viles, cuanto  más  militares,  de  entonces.  En  ese  do- 
cumento veréis  también  la  letra  y  la  firma  de  Manuel 
Francisco,  el  mayor  de  los  hermanos. 

Su  abuelo  materno,  don  Antonio  Arnal,  ha  adver- 
tido sin  duda  esas  tendencias  literarias  de  su  nieto 
predilecto,  e  instituye  una  capellanía  en  su  favor, 
creyendo  ver  en  él  un  futuro  sacerdote,  un  prelado 
acaso.  En  cuanto  al  concepto  que  de  él  tuvo  siempre 
su  padre,  baste  decir  que  le  donó  en  vida  el  usufructo 
de  un  solar,  en  que  Artigas  construyó  su  casa,  y  lo 
designó  después  albacea  en  su  testamento.  Aquí  te- 
néis, además,  el  documento  en  que  da  su  consenti- 
miento para  el  matrimonio  de  su  hijo,  y  deposita  la 
suma  de  tres  mil  pesos,  como  fianza  o  dote  militar; 
aquí  tenéis  las  partidas  en  que  figura  como  padrino 
de  sus  nietos. 

Imaginemos  a  Artigas  a  los  veinte  años;  ha  de  pen- 
sar en  su  porvenir.  No  son  amplios,  por  cierto,  los 
horizontes  que  se  abren  ante  él.  L,os  puestos  de  la 
administración  pertenecen  a  los  españoles;  la  iglesia 


ARTIGAS  185 

y  la  milicia  son  las  dos  únicas  carreras.  Él  no  se  siente 
inclinado  a  la  carrera  eclesiástica;  no  utiliza  la  cape- 
llanía instituida  por  su  abuelo.  Nada  más  visible  que 
su  vocación  y  sus  aptitudes  militares;  pero...  el  mili- 
tar no  se  hace  en  América;  pertenece  al  rey,  se  forma 
a  su  lado,  viene  armado  y  galonado  de  ultramar. 
Uno  se  imagina  lo  que  hubiera  llegado  a  ser  este  ca- 
pitán de  blandengues,  si,  dejando  su  pobre  tierra,  se 
hubiera  incorporado  a  los  ejércitos  de  Europa,  como 
lo  hicieron  otros  americanos  que  allí  se  educaron. 
No  la  dejó,  felizmente:  no  dejó  su  tierra...  Y  a  eso  de- 
bemos el  haber  tenido  en  él  algo  más  que  un  gran 
general,  recamado  de  oro  y  ganador  de  batallas. 

Aquí  quedó,  encerrado  en  la  plaza  fuerte  de  Monte- 
video, aprisionada  a  su  vez  en  su  granítico  cinturón 
de  murallas  y  cubos  artillados,  con  su  formidable 
cindadela  por  broche,  y  erizado  délas  púas  de  sus  tres- 
cientos cañones  o  más.  I^a  vida,  de  portones  adentro, 
era  sencilla  y  monótona:  funciones  religiosas,  corri- 
das de  toros,  revistas  militares;  saraos  de  vez  en  cuan- 
do, honrados  por  la  presencia  del  gobernador,  don 
Joaquín  del  Pino,  futuro  virrey  del  Plata;  paseos  por 
las  murallas  o  las  costas.  I^as  puertas  de  la  ciudad  se 
cerraban  al  anochecer,  y  nadie  entraba  ni  salía.  Sa- 
bemos de  la  vida  del  joven  Artigas  en  esa  época;  de 
sus  aficiones  y  costumbres.  Era  afable  y  atencioso; 
muy  dado  a  la  sociedad;  vestía  con  esmero,  a  lo  ca- 
bildante, como  entonces  se  decía,  con  su  coleta  y 
su  casaca  bordada,  o  su  chaquetilla  de  alamares  o 
trencilla  fina  en  el  pecho,  y  su  pino  en  la  espalda. 

Pero  lo  que  constituía  el  lujo  de  los  jóvenes  de  en- 
tonces, y  les  ofrecía  ocasión  de  ostentar  elegancia  y 
bizarría,  era  el  caballo.  Poseer  y  montar  caballos 
briosos,  casi  indómitos,  y  bien  enjaezados;  salir  al 


184  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

campo,  en  alegres  cabalgatas,  y  entrar  de  regreso  por 
el  Portón  de  San  Pedro,  con  aventuras  que  contar, 
devolviendo  con  arrogancia  el  saludo  de  ojos  ama- 
bles, era  el  triunfo  de  los  elegantes  criollos,  que  esta- 
ban convencidos  de  su  innata  superioridad,  como  ji- 
netes, sobre  los  europeos  o  chapetones,  y  lo  juzgaban 
rasgo  distintivo  del  americano. 

Artigas  iba  a  menudo  a  los  campos  de  sus  hermanos 
y  parientes;  compartía  sus  faenas  como  deporte  at- 
lético;  se  adiestró  en  ellas;  desarrolló  su  sano  organis- 
mo, se  hizo  gran  jinete:  domaba  un  potro,  enlazaba 
un  toro  salvaje,  boleaba  un  avestruz. 

Se  resolvió,  por  fin,  a  consagrarse  seriamente  a  los 
trabajos  del  campo,  convencido  de  que  la  carrera  de 
las  armas,  a  la  que  se  sentía  inclinado,  era  inaccesi- 
ble para  él. 

En  esos  trabajos  invirtió  diez  o  doce  años:  de  los 
veinte  a  los  treinta  y  dos  de  su  vida.  Su  actividad  fué 
extraordinaria:  trabajó  y  negoció  en  Misiones,  en  el 
Arapey  y  Queguay,  en  Soriano  especialmente;  reco- 
rrió y  dominó  todo  el  territorio  de  la  provincia;  co- 
noció bien  su  tierra:  hombres  y  cosas;  formó  entonces 
esa  imaginación  topográfica  que  será  su  rasgo  carac- 
terístico; fué  pastor,  cazador,  más  bien,  de  animales 
bravios,  y  conductor  de  hombres,  más  fieros  aun. 
Esas  faenas  de  campo,  en  aquel  tiempo,  eran  una 
conquista  del  desierto,  una  constante  y  peligrosa 
aventura.  Artigas  adquirió,  por  su  honradez,  su  inte- 
ligencia y  su  valor,  la  autoridad,  el  prestigio,  la  nom- 
bradía,  que  serán  el  fruto  verdadero  de  esos  sus  diez 
años  de  labor  y  de  prueba. 

En  cuanto  a  los  productos  que  acopiaba,  cueros, 
astas,  grasa,  crin,  eran  lemitidos  por  él  a  su  padre, 
que  los  depositaba  y  negociaba  en  su  barraca;  mu- 


ARTIGAS  185 

cias  veces  eran  llevados  por  él  mismo  a  Montevideo, 
donde  descansaba  algún  tiempo,  cultivaba  sus  amis- 
tades, y,  sobre  todo,  sentía  renacer  su  vocación  a  las 
armas. 

Se  encuentra  precisamente  en  Montevideo,  en  1797, 
cuando  se  crea  un  nuevo  regimiento,  llamado  Cuerpo 
Veterano  de  Blandengues,  destinado  principalmente  a 
defender  las  fronteras  contra  los  portugueses  y  los 
contrabandistas,  y  a  proteger,  contra  los  salvajes  y 
malhechores,  los  vecindarios  de  los  campos  que  re- 
clamaban amparo.  Artigas,  estimulado  por  hombres 
influyentes,  se  resuelve,  por  fin,  a  seguir  su  vocación: 
ingresa  en  el  nuevo  regimiento,  como  simple  soldado 
meritorio  o  cadete.  El  10  de  marzo  de  1797,  en  que 
tal  sucede,  es  el  día  inicial  de  su  nueva  vida. 

Se  ha  dicho,  con  aviesa  intención,  que  ingresó  en  el 
ejército  con  el  grado  de  capitán.  Nada  más  inexacto. 
Fué  simple  soldado  distinguido.  Se  le  confiaron,  es 
cierto,  las  funciones  de  teniente,  pues  ya  gozaba  de  un 
alto  concepto;  pero  el  grado  no  se  le  otorgó  sino  im 
año  después,  en  1798.  En  cuanto  al  de  capitán,  con 
que  lo  encontramos  al  iniciarse  la  revolución,  trece 
años  de  labor  y  de  méritos  le  fueron  necesarios  para 
obtenerlo.  Fué  capitán  el  5  de  septiembre  de  1810. 
No  necesitó  Artigas  más  experiencia  que  la  propia, 
para  comprender  que,  sin  patria  independiente,  no 
había  ni  podía  haber  patria  para  los  americanos. 

Los  méritos  contraídos  por  él  en  su  carrera  militar 
están  amplísimamente  documentados.  Lo  vemos,  en 
todas  partes,  desempeñar  las  comisiones  más  la- 
boriosas, importantes  y  difíciles:  en  los  dos  solos  pri- 
meros años  de  servicio,  recluta,  por  sus  prestigios, 
doscientos  hombres  para  su  regimiento;  persigue  con- 
trabandistas y  malhechores,  y  guarnece  las  fronteras 


l86  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

contra  las  invasiones  portuguesas.  Su  presencia  es 
orden,  autoridad,  garantía.  Leemos  en  un  proceso 
uno  de  tantos  casos  reveladores  de  su  carácter.  El 
teniente  Artigas  recibe  orden  de  prender  a  un  sar- 
gento; éste  se  resiste;  se  atrinchera  en  una  casa.  Ar- 
tigas no  pasa  adelante,  no  se  atrepella;  da  cuenta 
del  caso  al  gobernador;  le  dice  que  sólo  dando  muerte 
a  aquel  hombre  será  posible  arrestarlo,  y  pide  auto- 
rización expresa  para  ello,  como  si  deseara  dilatar, 
y  esquivar  por  fin,  ese  recurso  extremo.  No  fué  ne- 
cesario: el  rebelde  se  rindió  por  persuasión  al  noble 
teniente.  En  1803,  la  Comisión  representativa  de  los 
hacendados  del  país  pide  al  virrey  Sobremonte  que 
se  sirva  enviar  al  teniente  de  blandengues  José  Ar- 
tigas, y  sólo  a  él,  en  protección  de  los  campos.  «Este 
se  ha  portado,  dicen  los  hacendados,  con  tal  celo  y 
eficacia,  que,  en  breve  tiempo,  experimentamos  los 
buenos  efectos  a  que  aspirábamos,  viendo  substituido 
el  temor  y  sobresalto  por  la  tranquilidad  de  espíritu 
y  seguridad  de  nuestras  haciendas.»  Los  hacendados 
se  comprometen  a  abonar  de  su  propio  peculio  los 
sueldos  de  Artigas,  y,  algún  tiempo  después,  «en  ma- 
nifestación de  su  justp  reconocimiento»,  le  acuerdan 
espontáneamente  un  donativo  o  gratificación  extraor- 
dinaria de  quinientos  pesos. 

Recordaréis,  mis  amigos,  lo  que  hemos  dicho  sobre 
las  tendencias  y  empresas  de  Portugal  en  la  frontera 
del  Norte.  Si  no  se  pone  remedio  inmediato  a  sus 
avances,  la  región  oriental  será  arrebatada  a  España. 
Don  Félix  de  Azara,  el  ilustre  sabio,  que  se  da  cuenta 
del  problema,  propone,  el  año  1800,  como  remedio, 
un  vasto  plan  de  fundación  de  pueblos  en  esa  ame- 
nazada frontera.  El  virrey  lo  aprueba;  nombra  al  mis- 


ARTIGAS  187 

mo  Azara  Comandante  General  de  la  Campaña,  y 
pone  a  sus  órdenes  al  teniente  Rafael  Gascón,  y,  por 
pedido  del  mismo  Azara,  al  ayudante  José  Artigas, 
«en  quienes,  dice,  concurren  las  cualidades  que  al 
efecto  se  requieren».  Azara  pensó  en  levantar  el  mapa 
de  la  región  fronteriza;  pero,  a  fin  de  evitar  demoras, 
confió  a  Artigas  la  tarea  de  dirigir  el  reparto  de  tie- 
rras, asistido  del  agrimensor  o  piloto  de  la  Real  Ar- 
mada, Francisco  Mas  y  Coruela. 

Yo  atribuyo  grande  importancia  a  ese  contacto 
de  Artigas  con  Azara;  a  la  activa  participación  de 
aquél,  sobre  todo,  en  la  obra  y  el  alto  pensamiento 
de  éste.  Estoy  persuadido,  sin  embargo,  de  que  el 
problema,  en  toda  su  extensión,  era  dominado  con 
mayor  intensidad  por  Artigas  que  por  el  mismo 
Azara. 

Artigas  tenía  en  la  imaginación  el  mapa  de  una 
patria  futura;  es  fuera  de  duda.  IvO  estaba  trazando, 
al  realizar  el  plan  del  ilustre  sabio;  veía  sus  fronteras 
en  las  que  entonces  lo  eran  del  dominio  español:  allá 
en  las  Misiones,  limítrofes  con  el  Brasil.  Era  un 
gran  territorio;  toda  la  América  subtropical  atlán- 
tica. I/a  visión  del  que  será  fundador  de  esa  patria  se 
transparenta  en  la  pasión  con  que  lucha  entonces  con- 
tra los  avances  del  portugués,  y  aun  contra  la  desidia 
o  indiferencia  de  sus  propios  jefes  españoles,  en  la 
defensa  del  territorio.  Esa  desidia,  que  en  algunos  lle- 
gaba al  pacto  venal  con  el  enemigo,  lo  desespera,  lo 
desalienta,  pone  la  increpación  en  su  boca.  I^a  acti- 
vidad y  la  pasión  que  vemos  entonces  en  Artigas  se 
explican.  ¿Qué  podía  importar  a  los  españoles  un  pe- 
dazo más  o  menos  de  tierra  colonial  en  estas  Amé- 
ricas?  Ellos  tenían  su  tierra,  su  verdadera  tierra,  del 
otro  lado  del  Atlántico.  Una  plaza  fuerte  en  Europa 


1 88  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

compensaba  con  creces  la"  cesión  de  un  millón  de 
kilómetros  de  desierto  americano. 

Artigas  es  otra  cosa;  él  no  tiene  más  tierra  que  ésta 
que  defiende:  este  germen  de  su  futura  patria  inde- 
pendiente es  todo  para  él;  no  conoce  ni  ama  más  que 
esa  patria.  Se  ve  claramente  que  él  ya  no  es,  desde 
ese  período  de  su  vida,  el  simple  ejecutor  del  pensa- 
miento español,  que  trata  y  contrata  en  Europa  sobre 
el  destino  de  estas  regiones;  que  cede  las  Misiones 
Orientales,  con  todos  sus  hombres  y  contra  la  volun- 
tad de  éstos,  al  portugués,  como  se  cede  una  jaula  de 
pájaros,  y  que  lo  hubiera  cedido  todo,  sin  excluir 
Montevideo,  si  así  lo  hubiera  exigido  la  política  eu- 
ropea. Es  evidente,  para  él,  que  la  defensa  eficaz  de 
esa  región  española,  limítrofe  del  portugués,  no  puede 
venir  del  otro  lado  del  Atlántico,  ni  siquiera  del  otro 
lado  del  Plata.  O  la  defienden  los  orientales,  o  des- 
aparece fundida  en  el  dominio  portugués.  Ya  veremos 
eso  con  meridiana  claridad. 

Artigas  ha  pensado  mucho  en  ello;  ha  aprendido  en 
la  observación  de  hombres  y  cosas,  en  la  honda  comu- 
nicación consigo  mismo,  lo  que  no  se  aprende  en  li- 
bros; lo  que  no  hubiera  sabido,  si,  formado  en  Europa, 
hubiese  regresado  con  entorchados  y  condecoraciones 
reales.  Notad  esto  bien,  amigos  míos;  no  existe  en 
América  un  arquitecto  de  la  propia  patria,  desde  sus 
cimientos,  que  pueda  compararse  con  este  Artigas;  él 
defendió  a  España  de  España  misma;  vio  y  amó  a  su 
Patria  Oriental  desde  el  claustro  materno,  y  custodió  su 
difícil  gestación.  Y  conservó  su  herencia.  Y  le  dio,  por 
fin,  sus  títulos  y  su  bautismo,  que  imprime  carácter. 

Nos  encontramos,  en  este  momento,  con  una  crisis 
en  la  vida  del  héroe.  El  lo  de  marzo  de  1803  está 


ARTIGAS  189 

éste  en  Montevideo,  y  gestiona  su  retiro  del  ejército; 
pide,  en  una  larga  y  fundada  exposición,  ser  agregado 
a  la  plaza,  con  sueldo  de  retirado.  Invoca  sus  servi- 
cios, que  enumera,  y  el  estado  de  su  salud.  El  rey, 
bien  que  reconociendo  aquéllos,  le  niega  el  retiro, 
porque  no  quiere  privarse  de  su  concurso.  El  bizarro 
teniente  (pues  sus  méritos  no  lo  han  hecho  ascender 
en  su  carrera),  vuelve  a  campaña,  como  ayudante  del 
coronel  don  Francisco  Javier  de  Viana,  hijo  del  an- 
tiguo gobernador,  honesto  caballero,  que  lo  distin- 
gue especialmente;  pero,  en  marzo  de  1805,  desde  su 
campamento  de  Tacuarembó,  a  cien  leguas  de  la 
capital,  reitera  su  solicitud  de  retiro.  Lo  obtiene,  por 
fin.  Vuelve  a  Montevideo,  donde  el  gobernador  Hui- 
dobro  lo  nombra  oficial  del  Resguardo,  con  jurisdic- 
ción del  Cordón  al  Peñarol. 

¿Qué  es  eso?  ¿Abandona  Artigas  la  carrera  militar? 
¿Estaba  realmente  enfermo? 

I/)renzo  Barbagelata,  en  un  precioso  estudio  que 
le  debemos,  nos  ha  revelado  la  causa  de  esa  crisis. 
El  31  de  diciembre  de  ese  año  1805,  Artigas,  a  los 
cuarenta  y  uno  de  su  edad,  contrae  matrimonio  con  su 
hermosa  prima  Rafaela  Villagrán,  a  quien  amaba  con 
pasión.  El  teniente  retirado  soñaba  en  la  dicha  do- 
méstica. No  pudo  ser.  La  felicidad  no  era  para  él, 
porque  no  es  compañera  de  la  gloria.  Dos  años  des- 
pués, al  nacer  su  segundo  hijo,  Eulalia,  que  nace 
el  12  de  diciembre  de  1807,  y  muere  muy  pronto, 
la  joven  madre,  atacada  de  enajenación  puerperal, 
es  arrebatada  para  siempre  de  los  brazos  de  su  es- 
poso. 

Este  se  queda  solo  con  su  hijo  primogénito,  José  Ma- 
ría, y  vuelve  a  la  vida  de  soldado,  con  esa  herida  en 
el  alma.  Herida  incurable.  La  soledad  será  su  compa- 


igo  I<A   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

nía;  la  patria  su  solo  amor  fecundo.  Ya  hablaremos, 
si  la  ocasión  se  presenta,  que  sí  se  presentará,  de 
esas  tristezas  del  héroe. 

Así  le  encontraron  las  invasiones  inglesas  de  que 
hemos   hablado:  vestido  de  teniente  de  blandengues. 

Cuando,  en  noviembre  de  1805,  se  supo  en  Monte- 
video que  un  convoy  inglés  andaba  por  las  costas 
brasileñas,  se  tomaron  precauciones;  se  formó  un  nue- 
vo escuadrón  de  caballería.  El  gobernador  Huidobro 
lo  puso  a  las  órdenes  de  Artigas,  el  teniente  recién 
casado,  lleno  aún  de  sus  casi  juveniles  ilusiones. 

Aquel  convoy  precursor  atravesó  el  Atlántico,  y 
cayó  sobre  el  Cabo  de  Buena  Esperanza,  que  fué  arre- 
batado a  los  holandeses;  pero  ya  sabéis  cómo,  al  año 
siguiente,  en  1806,  el  nublado  descargó  también  sobre 
el  Río  de  la  Plata,  y  cómo  se  proyectó,  sobre  sus  re- 
lámpagos, la  figura  bizarra  del  teniente  Artigas;  lo 
vimos  en  la  reconquista  de  Buenos  Aires,  en  el  Car- 
dal, en  la  brecha  de  Montevideo. 

No  es  nada  aventurado  el  afirmar,  mis  amigos  ar- 
tistas, que,  en  el  momento  en  que  nos  encontramos, 
el  de  la  revolución  de  Mayo,  José  Artigas  es  el  oficial 
más  discreto  y  mejor  conceptuado  del  ejército  colo- 
nial; era  tm  protagonista  en  la  sociedad  de  Montevi- 
deo; su  opinión  se  escuchaba  en  las  tertulias  que 
hablaban  de  política;  cuando  él  pronunciaba  sus  po- 
cas palabras,  se  hacía  silencio,  y  se  le  miraban  los 
ojos.  Ya  tuvimos  ocasión  de  conocer  el  concepto  que 
de  él  tenía  Mariano  Moreno,  Don  Rafael  Zufriategui, 
que  en  181 1  informaba,  como  diputado  de  América 
en  las  Cortes  de  Cádiz,  sobre  la  situación  del  Río  de 
la  Plata,  relataba  la  angustia  experimentada  en  Mon- 
tevideo al  saberse  que  Artigas  y  Rondeau  habían  abra- 


ARTIGAS  191 

zado  la  causa  americana:  «Estos  dos  sujetos,  decía  con 
ese  motivo,  en  todos  tiempos  habían  merecido  la  mayor 
confianza  y  estimación  de  todo  el  pueblo  y  jefes  en  ge- 
neral, por  suexactísimo  desempeño  en  toda  clase  de  ser- 
vicios; pero  muy  particularmente  don  José  Artigas,  para 
comisiones  en  la  campaña,  por  sus  dilatados  conoci- 
mientos en  la  persecución  de  vagos,  ladrones,  contra- 
bandistas e  indios  charrúas,  que  causan  males  irrepara- 
bles, eignedmente  para  contener  a  los  portugueses,  que, 
en  tiempo  de  paz,  acostumbran  usurpar  nuestros  gana- 
dos y  avanzar  impunemente  dentro  de  nuestra  línea». 
El  año  1818,  el  mariscal  de  campo  don  Gregorio 
Laguna  proyecta  y  presenta  al  rey,  que  lo  aprueba, 
un  plan  de  reconquista  del  Plata  insurreccionado,  y 
dice  en  sus  instrucciones:  «Será  uno  de  los  primeros 
cuidados  del  general  atraerse  a  su  partido  al  guerri- 
llero don  José  Artigas...  Este  Artigas  era,  el  día  de  la 
revolución,  ayudante  mayor  de  un  regimiento  de  ca- 
ballería, y  tomó  el  partido  de  los  insurgentes;  después 
el  rey,  conociendo  el  mérito  de  ese  oficial,  le  indultó  y 
ascendió  al  grado  de  brigadier...  He  aquí  uno  de  los 
puntos  más  esenciales  para  la  reconquista,  y  en  el  que 
el  general  debe  emplear  todo  su  talento  para  ganár- 
selo... colmarle  de  beneficios,  graduaciones  y  mando, 
pues  haciéndolo  así,  no  solamente  le  sobrará  todo  a 
nuestro  ejército,  sino  que,  con  su  ayuda,  se  conseguirá 
la  destrucción  de  todos  los  rebeldes  de  aquel  hemisferios. 


II 


Eso  era,  pues,  José  Artigas,  mis  hermanos  artistas, 
en  el  momento  en  que  os  lo  tengo  que  hacer  conocer 
personalmente. 


192  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Ahora  os  debo  su  retrato,  es  decir,  el  alma  de  ese 
capitán,  hecha  visible  en  un  cuerpo. 

Toda  la  iconografía  que  poseemos  se  reduce  al 
apunte  de  viajero,  que  generalmente  se  atribuye  al 
sabio  francés  Bompland,  y  que  figura  en  el  atlas  de 
la  obra  de  Demersay,  El  Paraguay.  Os  ofrezco  ese 
recuerdo  gráfico  del  héroe  casi  nonagenario,  que,  como 
lo  veis,  no  es  más  que  la  silueta  de  una  ruina.  He 
verificado,  sin  embargo,  en  la  Asimción,  personalmen- 
te, su  parecido,  de  boca  de  don  Gregorio  Narváez, 
que  conoció  a  Artigas,  y  que  lo  reconoció  sin  vacilar  en 
ese  dibujo.  Juan  Manuel  Blanes,  nuestro  insigne  artis- 
ta nacional,  lo  ha  restaurado  con  inteligente  penetra- 
ción, y  nos  ha  legado  el  gran  retrato,  que  también  os 
ofrezco,  fidelísimo  en  su  indumentaria,  como  toda  obra 
de  Blanes.  Tras  él  han  venido  otros  artistas,  más  o  me- 
nos aforttmados:  Juan  Luis  Blanes  siguió  de  cerca  a  su 
padre  en  la  tela  inconclusa  de  la  Batalla  de  LasPiedras. 
que  existe  en  nuestro  Museo,  y  que  también  os  mues- 
tro; Diógenes  Hequet  ha  evocado  al  héroe,  con  amor  y 
discreción,  en  sus  numerosos  lienzos;  pero  es  Carlos 
María  Herrera  quien  me  parece  haber  sentido  con 
ma3^or  intensidad  la  persona  de  Artigas,  en  el  valiente 
cuadro  que  asimismo  os  presento,  y  de  que  él  me 
Uama  inspirador  para  regalarme  una  parte  de  su 
triunfo.  Podéis  mirar  también,  si  os  place,  el  busto 
modelado  por  mi  hijo  José  Luis.  Es  obra  de  niño; 
pero  algo  expresa,  me  parece,  en  su  balbuciente  inge- 
nuidad. 

Vosotros,  mis  amigos,  nos  debéis  ahora  vuestro 
Artigas,  el  vuestro,  la  revelación,  en  un  hombre  de 
hierro,  del  hombre  vivo  que  se  levante  en  vosotros 
al  llamado  de  mis  palabras,  si  éstas  tienen  el  poder 
de  llamar.  Espero  que  me  creeréis,  si  os  digo  que  yo 


ARTIGAS  193 

he  visto  a  Artigas  en  alguna  parte,  y  aun  en  más  de 
una;  bien  sabéis  con  cuánta  precisión  se  ven  esas 
cosas. 

Artigas  me  ha  mirado,  se  ha  movido  en  mi  pre- 
sencia, me  ha  revelado  su  carácter,  sus  actitudes,  y 
hasta  el  color  de  sus  ojos,  en  lo  mucho  que  escribió. 
También  conozco  su  voz;  la  he  oído  como  estoy  oyendo 
la  vuestra;  no  la  confundo  con  voz  alguna. 

Por  lo  que  os  dije  de  su  educación,  comprenden- 
réis  que  ese  alumno  de  los  Padres  Franciscanos  no 
era  un  literato.  Es  evidente,  sin  embargo,  que  el  gran 
caudal  de  documentos  que  poseemos  con  su  firma 
han  sido  redactados  por  él  personalmente.  Eso  no 
lo  equivoca  el  hombre  medianamente  experto  en  acha- 
ques de  hermenéutica  literaria.  Esos  documentos  son 
suyos,  exclusivamente  suyos.  En  ellos  se  le  ve  luchar, 
como  casi  todos  sus  contemporáneos  americanos,  con 
la  falta  de  técnica;  pero,  en  medio  de  sus  énfasis  y 
redundancias,  propias  de  la  época  por  otra  parte;  al 
través  de  lo  que  Carlyle  llamaría  su  dialecto,  apare- 
cen su  fisonomía  y  su  carácter  permanentes,  invaria- 
bles, con  nitidez  perfecta.  Mucho  nos  servirán,  pues, 
esos  papeles,  en  nuestra  obra  de  retratistas. 

Para  ver  bien  a  Artigas,  contamos,  además,  con 
las  descripciones  que  de  él  nos  han  hecho  los  que  lo 
vieron.  Todos,  I^arrañaga,  Vedia,  Cáceres,  Díaz,  Fu- 
nes, Robertson,  todos  los  que  lo  trataron,  se  sintieron 
movidos  a  ensayar  el  retrato  o  semblanza  de  aquel 
hombre  singular. 

El  sabio  I^arrañaga,  que  amaba  al  héroe,  nos  dice 
que  «era  hombre  de  estatura  regular  y  robusto,  de 
color  bastante  blanco,  de  muy  buenas  facciones,  con 
nariz  aguileña,  pelo  negro  y  con  pocas  canas  ». 

El  mayor  Vedia  nos  lo  describe  así,  en  ima  memoria 

T.  I.-15 


194  ^A.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

inédita:  «Era  o  es  Artigas  de  regular  estatura,  algo 
recio  y  ancho  de  pecho.  Su  rostro  es  agradable;  su 
conversación  afable,  y  siempre  decente.  Comía  par- 
camente; bebía  a  sorbos;  jamás  empinaba  los  vasos. 
No  tenía  modales  agauchados,  sin  embargo  de  haber 
vivido  siempre  en  el  campo...»  «Bn  el  sitio  se  le  vio 
siempre  montar  en  silla,  y  vestir  de  levita  azul,  sobre 
la  cual  se  ceñía  el  sable.» 

El  armador  y  propietario  de  la  goleta  francesa  La 
Celeste,  M.  Grandshire,  que  vio  a  Artigas,  nos  lo  des- 
cribe, en  una  nota  de  1817,  que  acaba  de  leer  Hugo 
Barbagelata  en  los  archivos  de  París:  «Artigas,  dice 
en  ella,  tiene  de  42  a  45  años  de  edad;  es  de  muy  her- 
mosa presencia,  de  mirada  segura  y  noble,  y  revela 
en  sus  modales  el  hábito  de  mandar  a  los  hombres». 

Don  Vicente  Fidel  lyópez,  el  historiador  argentino 
más  brillante  y  menos  concienzudo,  que  odiaba  a  Arti- 
gas con  miedo  cerval,  dice  que  «el  óvalo  de  su  cara  era 
perfecto,  tirando  a  ser  agudo,  aunque  no  mucho; 
pero  lo  bastante  para  ser  pronunciado.  Su  cabeza  muy 
regular,  bastante  desenvuelta,  y  enteramente'  con- 
forme al  mejor  tipo  de  la  raza  caucásica;  su  perfil  era 
sumamente  acentuado  y  clásico...»  Todo  eso  y  nada, 
me  parece  que  es  la  misma  cosa.  Es  ése  un  pobre  re- 
trato impersonal. 

Y  no  hay  por  qué  extrañarse.  Es  oportuno  aquí 
un  recuerdo  auténtico  sobre  ese  retrato  que  el  señor 
lyópez  hizo  para  su  Historia  Argentina,  en  substitu- 
ción de  otro  que  acababa  de  imaginar  y  escribir,  en 
momentos  en  que  entraba  en  su  gabinete  de  estudio 
el  general  don  Antonio  Díaz.  —  Hombre,  llega  usted 
a  tiempo,  le  dijo  I/Spez  suspendiendo  su  tarea...  ¿Co- 
noció usted  a  Artigas?  —  ¡Y  tanto!,  le  contestó  el 
recién  llegado,  I/5pez  le  leyó  la  semblanza  que  había 


ARTIGAS  195 

escrito;  era  la  de  un  hombre  cetrino,  de  ojos  y  cabellos 
negros,  de  mirada  penetrante  y  fiera,  de  musculatura 
férrea...  un  fiero  personaje. — ¡Qué  ha  de  ser  eso!,  gritó 
Díaz,  con  una  carcajada.  Si  Artigas  era  todo  lo  con- 
trario: blanco,  rubio,  de  ojos  claros,  más  débil  que 
fuerte,  de  mirada  y  modales  afectuosos... — El  histo- 
riador argentino  borró  entonces  con  pena  su  Artigas. 
Y  nos  dejó  el  otro. 

Veamos  de  penetrar  en  lo  interior. 

«Su  conversación,  nos  dice  I^arrañaga,  tiene  atrac- 
tivos; habla  quedo  y  pausado;  no  es  fácil  sorprenderlo 
en  largos  razonamientos,  pues  reduce  la  dificultad  a 
pocas  palabras,  y,  lleno  de  mucha  experiencia,  tiene 
una  previsión  y  un  tino  extraordinarios.» 

Cuando  yo  leía  esa  auténtica  descripción,  sentía 
moverse  en  mi  memoria  la  magna  página  en  que  Car- 
lyle  nos  retrata  su  Mahoma: 

«Sus  compañeros  le  llamaban  el  Amín,  el  creyente, 
un  hombre  de  verdad  y  fidelidad;  verdadero  en  todo 
cuanto  hacía,  en  todo  cuanto  hablaba  y  pensaba.  Tam- 
bién notaban  que,  en  todo  lo  que  decía,  daba  siempre  a 
entender  alguna  cosa.  Hombre  más  bien  taciturno,  y, 
cuando  nada  tenía  que  decir,  silencioso;  pero  oportuno, 
discreto,  sincero  cuando  hablaba,  y  siempre  esclare- 
ciendo la  cuestión:  único  modo  digno  del  discurso. 
Carácter  grave  y  franco;  pero,  al  mismo  tiempo,  cor- 
dial, amable  y  hasta  jocoso  y  amigo  de  la  risa  de  vez 
en  cuando.» 

Salvo  lo  de  taciturno,  yo  veo  mucho  de  Artigas  en 
ese  árabe  Mahoma,  conocido  de  Carlyle.  No  me  gusta 
lo  de  taciturno,  porque  nos  desvía  del  carácter  que 
buscamos;  nos  sugiere  la  idea  de  sombrío,  ceñudo, 
montaraz,  en  el  sentido  de  insociable  o  bravio;  la  de 
impasible,  sobre  todo. 


196  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Y  no  es  eso  lo  que  vio  en  Artigas  el  inglés  Robert- 
son,  por  ejemplo.  «Pienso,  dice,  que  si  los  negocios 
del  mundo  entero  hubieran  pesado  sobre  sus  hombros, 
hubiera  procedido  de  igual  manera.  Parecía  un  hom- 
bre abstraído  del  bullicio,  y  era,  bajo  ese  punto  de 
vista,  semejante  al  más  grande  de  los  generales  de 
nuestra  época,  si  se  me  permite  la  alusión.» 

Eso  ya  es  otra  cosa:  abstraído,  pensativo,  en  co- 
municación constante  consigo  mismo.  Eso  sí:  eso  es 
perfectamente  suyo:  era  un  ambulante,  un  viajero 
silencioso  de  soledades  psíquicas.  Eso  le  daba  una 
seriedad  clásica,  y  im  sereno  laconismo;  permanecía 
siempre  a  alguna  distancia  de  los  demás;  algo  que- 
daba siempre  guardado  en  él;  entre  sus  palabras  se 
formaban   silencios,   largos  algunas  veces. 

Pero  no  era  un  impasible;  nada  más  ajeno  al  ca- 
rácter de  aquel  hombre  estoico,  pero  de  gran  corazón, 
de  intensa  vida  afectiva,  y  también  imaginativa.  Me 
han  llamado  mucho  la  atención  las  persistentes  refe- 
rencias a  su  sensibilidad,  que  hallamos  en  los  que  lo 
vieron.  Artigas,  aunque  no  desprovisto  de  cierta  afec- 
tuosa jovialidad,  con  los  humildes  especialmente,  reía 
poco;  sólo  de  vez  en  cuando,  y  moderadamente,  sin 
carcajada;  he  notado,  en  cambio,  que  los  observadores 
de  su  vida  interna  nos  hablan  con  frecuencia  de  su 
llanto.  Yo  encuentro  muy  interesante  el  llanto  en  ese 
solitario  intrépido  y  fuerte.  Don  Joaquín  Suárez,  por 
ejemplo,  al  hablamos  de  su  honradez,  y  de  que  jamás 
faltó  a  su  palabra,  nos  dice  que  era  muy  sensible  con  los 
desgraciados;  el  deán  Funes  advierte  su  extrema  sen- 
sibilidad' el  general  Díaz  nos  lo  pinta  conmovido  en 
alto  grado;  «he  regado  su  sepulcro  con  mis  lágrimas», 
escribe  él  mismo,  al  comunicar  la  muerte  de  Blas  Ba- 
sualdo,  su  capitán  y  amigo  predilecto.  Pero,  más  que 


ARTIGAS  197 

todo  eso,  me  ha  interesado  lo  que  dice  el  coronel  Cáce- 
res  en  sus  Memorias:  «Se  acordaba,  con  lágrimas  en  los 
ojos,  de  Valdenegro  y  Ventura  Vázquez;  decía  que 
eran  hombres  que  hubieran  sido  muy  útiles  al  país, 
si  no  hubieran  sido  venales  y  ambiciosos». 

Juzgo  que  hallaréis  en  todo  esto  motivo  de  medi- 
tación. , 

Venales  y  ambiciosos... 

Cuando  sepáis  que  Artigas  vivió  y  murió  en  la  ma- 
yor pobreza,  como  un  anacoreta;  cuando  lo  veáis  pre- 
ferir el  honor  a  los  honores,  desdeñar  el  renombre  y 
la  gloria  personales,  elegir  funcionarios  entre  sus  pro- 
pios adversarios,  cuando  los  juzgaba  aptos  para  el 
cargo,  mientras  separa  de  él  a  sus  amigos  y  parien- 
tes, y  hasta  impedir  que  se  levantaran  las  calumnias 
que  contra  él  forjaban  sus  enemigos,  no  podréis  me- 
nos de  convenceros  de  que  estáis  en  presencia  de 
un  alma  solitaria,  original  y  misteriosa,  si  las  hay. 
En  ese  odio  a  todo  lo  que  es  ambición  y  venalidad, 
que  arranca  lágrimas  a  Artigas;  en  ese  desprendi- 
miento de  todo  interés  humano,  veréis  la  fuente  de 
una  fortaleza  y  de  una  tenacidad  en  el  propósito  y 
la  acción,  que  sólo  los  insensatos  confundirán  con  la 
estúpida  soberbia,  o  con  la  vanidad  de  los  prepo- 
tentes. 

Artigas  no  fué  un  soberbio;  no  había  en  él  ni  un  áto- 
mo de  lo  que  puede  constituir  un  tirano  o  un  déspota; 
pero  era  de  una  altivez  inflexible;  todo  lo  hubie- 
ra soportado  antes  que  el  menoscabo  de  su  dignidad. 
Ese  rasgo  de  su  carácter,  que  encontramos  en  los  otros 
miembros  de  su  familia  hidalga,  de  antiguo  cuño  es- 
pañol, determina  en  gran  parte  su  fisonomía  moral. 
Fué  enemigo  de  las  apariencias  ostentosas;  si  bien 
siempre  vistió  con   decencia,   y  hasta  con  esmero, 


1 98  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

nunca  usó  insignias  ni  entorchados;  el  deleite  del  pre- 
dominio, el  abuso  de  autoridad,  la  insolencia,  el  placer 
de  menospreciar  a  los  hombres,  a  los  humildes  o  caídos 
sobre  todo,  eran  tan  ajenos  a  su  carácter,  como  el 
servilismo  o  la  humillación  ante  quien  pretendía  eri- 
girse en  autoridad  sin  derecho.  Nadie  ha  sido  más 
respetuoso  y  sumiso  que  él  de  toda*  superioridad  real 
y  verdadera;  pero  nadie  más  altivo  ante  las  falsas 
grandezas.  Se  inclina  ante  el  sabio  I^arrañaga,  y  se 
yergue  ante  el  virrey  de  Ivima. 

Y  yo  os  aseguro,  mis  amigos,  que,  si  no  fué  el  or- 
gullo el  móvil  de  su  vida,  mucho  menos  lo  fué  el  de- 
leite sensual.  Sus  costumbres  fueron  moiigeradas  y 
sencillas;  era  muy  sobrio  en  la  mesa;  no  bebía  alcohol, 
y  sí,  muy  a  menudo,  la  infusión  de  hierba  mate  del 
Paraguay;  fumaba  moderadamente;  detestaba  el  jue- 
go; no  se  le  conoce  drama  alguno  pasional,  ni  siquiera 
afecciones  vehementes  o  privanzas. 

Con  esos  elementos,  pues,  y  con  mi  largo  trato  con 
el  Artigas  invisible  que  me  es  familiar,  obtendremos 
un  retrato  bastante  fiel  de  aquella  interesante  per- 
sona, es  decir,  de  aquel  cuerpo  informado  primera- 
mente y  modelado  después  por  el  espíritu  de  Artigas. 
Porque  yo  os  invito,  para  hacer  en  este  caso  obra  de 
arte,  a  que  distingamos  en  el  hombre  tres  elementos: 
el  alma,  el  cuerpo  y  la  persona.  No  entremos  a  definir 
eso  con  demasiada  precisión.  Si  se  hubiera  exigido  a 
Virgilio  que  definiera  aquel  su  lacrimae  rerum,  lágri- 
mas de  las  cosas,  que  la  humanidad  aun  repite,  no  sé 
si  hubiera  podido  salir  del  paso. 

Como  el  correr  de  los  ríos  abre  su  cauce  natural, 
y  los  aluviones  dejan  su  huella,  y  como  toman  los 
cuerpos  su  propio  color  según  su  composición  quí- 
mica, así  el  correr  de  las  pasiones,  las  operaciones  de 


ARTIGAS  199 

la  inteligencia,  las  vicisitudes  de  la  vida  van  amasando 
y  dando  sus  coloraciones  y  formas  a  este  barro  plás- 
tico de  que  se  forma  nuestro  cuerpo  pasajero,  y  dejando 
en  él  la  historia  del  alma  persistente.  I^a  impasibilidad, 
por  ejemplo,  es  superficie  intacta  en  la  frente,  línea  si- 
nuosa en  la  boca,  trazo  seguro  en  el  perfil,  en  la  recta  de 
la  nariz,  en  las  curvas  de  las  mejillas  o  de  la  barba.  De 
ahí  procede  aquella  impersonalidad  soberana  de  las 
estatuas  que  nacieron  en  Grecia;  eran  dioses  impa- 
sibles, inmortales,  inaccesibles  a  las  ofensas  del  tiem- 
po. No  bien  se  hacen  hombres,  las  estatuas  comienzan 
a  padecer;  la  sangre  afluye  a  la  superficie;  la  comisura 
de  los  labios  se  les  estría  o  retuerce;  la  piel  se  arruga; 
el  músculo  contraído  perturba  su  ondulación  serena; 
la  actitud  y  el  andar  olvidan  la  divina  euritmia;  la 
frente  y  los  ojos  se  atormentan;  la  desnudez  se  aver- 
güenza. Algo  de  eso  pasará  más  tarde  con  las  figuras 
del  Renacimiento:  las  candorosas  actitudes,  las  colo- 
raciones ingenuas,  las  simplicidades  celestes  y  rosadas 
se  hundirán  para  siempre  en  las  grises  realidades; 
vivirán  más  la  vida  del  tiempo;  pero,  precisamente 
por  eso,  nos  sacarán  menos  de  la  realidad,  es  decir, 
nos  llevarán  menos  a  lo  desconocido. 

Vosotros,  mis  graves  artistas,  tenéis  que  plasmar 
en  vuestro  Artigas  un  hombre  que  padeció;  pero  creo 
que  saldréis  tanto  más  con  vuestro  intento,  cuanto 
más  consigáis  conciliar  esa  misión  con  la  de  damos 
todo  lo  de  impasible  que  pudo  existir  en  aquella  noble 
criatura;  cuanto  más  logréis  detener  en  el  bronce 
aquella  forma  corporal  modelada  por  la  vida:  la  in- 
fluencia recíproca  del  cuerpo  y  el  alma  coexistentes, 
consubstanciales. 

Veamos,  pues,  la  arcilla  en  que  aquel  Artigas  fué 
modelando  su  obra  corporal.  Era  de  estatura  mediana; 


200  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

no  tenía  contextura  atlética,  ni  siquiera  muy  robusta; 
su  aspecto  parecía  más  bien  delicado.  No  era  erguido 
de  cuerpo;  aquel  «aspecto  imperioso»  de  que  nos  habla 
Grandshire,  el  marino  francés,  más  que  de  su  estruc- 
tura ósea,  dependía  de  las  varoniles  proporciones  de 
los  miembros,  unidas  al  reposo  de  las  actitudes  y 
movimientos  habituales.  Hubo  quien  lo  vio  de  grande 
estatura;  lo  parecía,  no  hay  duda,  en  ciertos  momen- 
tos, sobre  todo  cuando  montaba  a  caballo;  pero  no 
había  tal.  Tenía  la  cara  ovalada,  ligeramente  aguileña 
la  nariz,  los  ojos  claros,  pardos  azulados,  muy  sere- 
nos y  fijos,  de  larga  mirada  inmóvil.  Era  fina  la  comi- 
sura de  sus  labios,  pero  el  superior  muy  amplio;  fuerte 
el  maxilar  inferior,  pero  sin  tendencia  al  prognatismo; 
poco  salientes  los  pómulos;  la  tez  pálida,  linfática, 
casi  enfermiza;  poco  poblada  la  barba,  que  él  se  ra- 
saba, conservando  sólo  su  arranque  sobre  las  mejillas; 
tenía  el  cabello  escaso  y  fino,  ligeramente  ondulado, 
de  color  castaño;  en  su  vejez,  le  caía  en  rizos  blancos 
sobre  los  hombros.  Una  depresión  característica  de  los 
temporales  y  parietales,  unida  a  la  calvicie  precoz  here- 
ditaria, hacían  muy  aparente  la  amplitud  de  su  bóveda 
frontal,  y  daban  a  su  cabeza  los  caracteres  jerárquicos 
que,  según  la  craneología  topográfica,  constituye,  como 
dice  I/Spez,  el  mejor  tipo  de  la  raza  caucásica:  amplitud 
del  diámetro  ánteroposterior  del  cráneo  con  relación 
al  transversal,  fuerza  en  las  órbitas,  reducción  de  los 
pómulos,  corrección  del  ángulo  facial.  Si  a  todo  esto 
agregamos  una  delicadeza  en  las  manos  que  alguno 
obsen/ó,  no  sin  sorpresa,  en  él,  tendríamos  bastante, 
me  parece,  para  restaurar  el  retrato  que  de  aquella 
interesante  persona  nos  dejó  Bompland,  su  conse- 
cuente amigo.  Quiero,  sin  embargo,  como  complemento 
y  comprobación  al  mismo  tiempo  de  lo  que  os  he  dicho, 


ARTIGAS  201 

que  leáis  conmigo  una  encantadora  tradición  domés- 
tica, que  debemos  a  una  anciana  sobrina  de  Artigas, 
doña  Josefa  Ravía,  que  todavía  llamaba  tío  Pepe  al 
héroe  de  I^as  Piedras,  y  que,  a  los  93  años  de  edad,  dic- 
taba sus  recuerdos  en  la  forma  ingenua  que  veréis, 
y  es  preciso  conservar.  Tengamos  presentes  esas  pá- 
ginas, transparentes  como  el  agua  que  corre. 

«Por  relaciones  de  familia,  dice  la  anciana,  sé  que, 
en  sus  primeros  tiempos,  tío  Pepe  se  ocupaba  en  sus 
estudios  aquí  en  Montevideo;  sus  hermanos,  don  Ma- 
nuel y  tío  Cucho  (don  Cirilo),  se  ocupaban  en  las  es- 
tancias de  su  padre,  don  ^lartín  Artigas,  que  se  sentía 
cada  vez  más  achacoso,  y  había  confiado  los  queha- 
ceres de  campo  a  esos  sus  hijos. 

»Tío  Pepe  iba  a  las  estancias  por  vía  de  paseo;  en 
ellas  adquirió  relaciones  de  familia  con  los  Latorre,  de 
Santa  I^ucía,  y  los  Pérez,  del  valle  del  Aiguá.  Repi- 
tió esas  visitas  al  campo,  y  fué  tomando  afición  a 
sus  faenas;  pero  como  no  tuviera  en  las  estancias  de 
su  padre  una  colocación  estable,  se  ponía  de  acuerdo 
con  los  Latorre  y  los  Torgueses,  con  don  Domingo 
I^ema  y  don  Francisco  Ravía,  y  salían  a  los  campos  de 
don  Melchor  de  Viana,  con  autorización  de  éste  y  del 
gobernador  de  Montevideo,  a  hacer  cuereadas,  uti- 
lizando también  las  gorduras  y  las  astas. 

»También  tenía  autorización  del  gobernador  para 
sacar  de  Montevideo  medias -lunas  (cuchillos  curvos) 
con  que  desjarretaban  los  animales,  pues  los  paisa- 
nos no  estaban  avezados  a  desjarretar  con  los  cuchi- 
llos, y  el  que  lo  hacía  era  muy  aplaudido  por  los  com- 
pañeros. 

»Iyas  medias -lunas  eran  hechas  por  el  herrero  don 
Francisco  Antuña;  y  como  hacía  muchas  más  de  las 
que  tenía  autorización  para  llevar  al  campo,  las  pa- 


202  liA.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

saba  clandestinamente  don  Francisco  Ravía  por  el 
Portón.  Tío  Pepe  decía  que  esas  medias-lunas  eran 
para  armar  a  los  paisanos,  y  defender  a  la  patria.  Con 
ese  mismo  fm,  sacaban  continuamente  para  el  campo 
cuchillos  de  marca  mayor.» 

Suspendo  un  momento  la  lectura,  caros  artistas, 
para  haceros  notar  que  esas  medias-lunas  y  cuchillos 
de  marca  mayor,  enastados  en  cañas,  que  Artigas 
sacaba  clandestinamente,  serán  las  lanzas  de  las  ca- 
ballerías orientales,  en  las  primeras  batallas  de  la 
independencia;  las  vencedoras  en  San  José  y  Las  Pie- 
dras. Tened  en  cuenta  que  Artigas  preparaba  este 
parque  primitivo,  mucho  antes  de  la  revolución  de 
]\Iayo.  Es  muy  útil  que  lo  tengáis  en  cuenta. 

«En  cuanto  al  carácter  personal,  continúa  la  ancia- 
na, lo  tengo  muy  presente,  porque  desde  niña  he  es- 
tado oyendo  grandes  diálogos  de  tía  Martina  Artigas, 
hermana  de  tío  Pepe,  con  mi  tía  Josefa  Ravía,  sobre 
el  carácter,  hechos  y  costumbres  de  aquél,  hasta  la 
época  que  voy  refiriendo.  Todos  decían  que  tío  Pepe 
era  muy  paseandero,  y  muy  amigo  de  sociedad  y  de 
visitas,  así  como  de  vestirse  bien,  a  lo  cabildante, 
y  que  se  atraía  la  voluntad  de  las  personas  por  su 
modo  afable  y  cariñoso. 

»Su  traje  era  análogo  al  de  cabildante;  su  fisonomía 
abierta,  franca  y  hasta  jovial.  Era  de  estatura  regu- 
lar y  de  cuerpo  delgado;  usaba  buen  pantalón  y  buena 
bota;  nunca  quiso  usar  espuelas  grandes,  que  eran 
las  de  moda  entre  los  mozos  de  campo,  ni  llevar  el 
cuchillo  a  la  cintura,  pues  fué  de  los  primeros  que  lo 
usaron  entre  caronas  (piezas  de  la  montura  del  ca- 
ballo). Usaba  el  sombrero  sobre  el  redondel  de  la 
cabeza;  pero  cuando  galopaba  a  caballo  o  entraba 
en  las  lidias  de  campo,  se  lo  echaba  a  la  nuca.  Su  fi- 


ARTIGAS  203 

sonomía  era  simpática,  y  ya  en  esa  época,  y  ocupado  en 
las  labores  referidas,  las  jóvenes  de  Montevideo  se 
disputaban  su  persona.  Tío  Pepe  y  tío  Martín  eran 
muy  blancos  y  tenían  el  cabello  castaño;  tío  Cucho  y 
tío  Manuel  eran  morenos. 

»Sus  antecedentes  en  la  familia  eran  excelentes, 
hasta  el  punto  de  que  todos  los  parientes  lo  conside- 
raban como  el  jefe  de  ella. 

»I/a  casa  de  don  Martín  Artigas  era  visitada  por 
todos  los  parienteí:,y  estaba  situada  en  la  calle  Wash- 
ington (de  San  Diego  se  llamaba  entonces),  inmediata 
a  la  plaza  de  toros,  en  que  aquél  tenía  un  sitio  de  pre- 
ferencia y  concurría  con  su  familia. 

&Como  una  prueba  de  la  vida  holgada  que  en  aque- 
lla época  tenía  la  familia  de  Artigas,  está  el  gran  nú- 
mero de  ganados  mansos  que  poseía  antes  de  la  gue- 
rra de  la  patria,  y  las  grandes  ventas  que  hacía  don 
Manuel,  su  hijo  mayor,  quien  entregaba  a  su  padre 
fuertes  cantidades  de  onzas  de  oro,  que  contaba  hasta 
en  presencia  de  las  visitas. 

»En  cuanto  a  la  afirmación  que  se  ha  hecho  de  que 
tío  Pepe  haya  abandonado  la  casa  paterna  contra  la 
voluntad  de  su  padre,  que  lo  quería  a  su  lado  en  Mon- 
tevideo, para  entregarse  a  los  trabajos  del  campo, 
baste  saber  que  don  Martín  Artigas  era  el  que  recibía 
en  Montevideo  las  carretas  de  cueros  que  mandaba 
tío  Pepe  del  campo.  Eran  conductores  de  ellas,  don 
Francisco  Ravía,  don  Domingo  I^ema  y  don  Manuel 
I^atorre  con  sus  esclavos.  Don  Martín  vendía  la  car- 
ga, la  metalizaba  y  repartía  su  importe. 

oHe  citado  el  traje  habitual  y  el  modo  de  vivir  hon- 
rado de  tío  Pepe  Artigas.  Ahora  hablaré  del  traje  que 
usaba  desde  que  fué  nombrado  oficial  del  regimiento 
de  blandengues.  Parece  que  hubiera  tenido  de  ante- 


2  ©4  i,A  Epopeya  de  artigas 

mano  vocación  para  la  carrera  militar,  pues  desde  el 
primer  día  que  se  puso  la  casaquilla  de  blandengue 
no  se  le  vio  otro  traje  en  Montevideo,  pues  además 
de  la  que  había  recibido  en  su  regimiento,  se  había 
mandado  hacer  otras  iguales,  una  que  guardaba  en 
el  Cordón,  en  las  casas  que  hoy  llaman  de  I/Dmba,  y 
que  entonces  se  llamaban  de  Artigas,  y  otra  que  guar- 
daba en  la  Aguada,  para  mudarse  a  cada  paso,  e  ir 
a  los  bailes  con  su  compañero  inseparable,  el  buen 
patriota  don  Manuel  Pérez,  a  cuya  esposa,  tía  María 
del  Carmen  Gomar,  acostumbraba  Artigas  dar  bro- 
mas por  esos  bailes,  por  más  que  don  Manuel  era  un 
excelente  y  fiel  esposo,  aunque  de  genio  jovial  y  ami- 
go de  diversiones. 

»Don  José  Artigas,  en  la  época  que  fué  oficial  de 
blandengues  y  comisario  de  la  Unión  y  de  la  Aguada, 
por  el  año  1806,  vestía  lo  mejor  posible;  usaba  lujosa 
camisa  de  hilo  de  Holanda,  chaleco  de  raso  y  ricos 
pañuelos  de  seda  de  bolsillo,  muy  en  uso  entonces.» 

liSL  anciana  que  nos  da  estos  ingenuos  y  preciosos 
recursos  para  la  evocación  del  héroe  oriental,  vivo  y 
bien  visible,  dice  también  «que  recuerda  haber  visto 
los  fracs  con  que  su  tío  Pepe  concurría  a  los  bailes, 
y  que,  otras  veces,  el  traje  que  llevaba,  como  el  de 
todos  los  jóvenes  decentes  de  su  tiempo,  era,  cuando 
no  usaba  casaca  larga,  una  chaquetilla  ajustada  al 
cuerpo,  con  más  o  menos  bordados  de  trencilla  fina 
en  el  pecho,  y  un  gran  pino  bordado  en  la  espalda; 
pantalón  ajustado  sobre  la  caña  de  la  bota,  rico  cha- 
leco de  raso  y  corbata». 

Demos  gracias,  amigos  artistas,  a  la  buena  nona- 
genaria que  nos  ha  dejado  el  tesoro  de  esos  sus  áureos 
recuerdos,  que  nos  permiten  ver  tan  de  cerca  al  gen- 
til  capitán   de    blandengues,    que  algunos    amables 


ARTIGAS  205 

historiadores  han  presentado  como  un  salvaje  tro- 
glodita. 

Pero  es  preciso  que  os  lo  haga  ver  mejor  todavía, 
para  terminar.  Busquemos  a  alguien  que  lo  haya  mi- 
rado con  mayor  intensidad  que  la  buena  anciana. 
Encontramos  al  célebre  deán  Funes,  procer  de  la 
independencia  argentina,  doctor  de  la  Universidad  de 
Córdoba,  e  historiador  de  autoridad  única  acaso  en 
su  época,  que  parece  haber  visto  algo  en  el  fondo  de 
los  ojos  claros  del  libertador  oriental.  El  retrato  que 
de-  éste  nos  hace  es  magistral,  en  su  intensa  sobrie- 
dad de  tonos  fundamentales.  «Artigas,  dice,  es  un 
hombre  singular,  que  reúne  una  sensibilidad  extrema, 
a  una  indiferencia  al  parecer  fría;  una  sencillez  in- 
sinuante, a  una  gravedad  respetuosa;  un  lenguaje 
siempre  de  paz,  a  una  inclinación  innata  a  la  guerra; 
un  amor  vivo,  en  fin,  por  la  independencia  de  la  pa- 
tria, a  un  extravío  de  su  verdadera  dirección.» 

No  hay  duda,  amigos  artistas:  Artigas  era  un  hom- 
bre singular,  un  hombre  extraño.  El  historiador  ar- 
gentino vio  su  rasgo  heroico:  era  un  solitario;  estaba 
ausente  de  los  demás,  porque  jamás  lo  estaba  de  sí 
mismo.  Y  no  es  ésta  una  simple  frase;  la  veréis  com- 
probada en  su  vida  entera;  tenía  un  extravío  clásico 
con  relación  al  ilustre  deán  Funes,  y  a  los  togados 
coloniales  que  con  él  sentían  y  pensaban,  respecto  de 
la  independencia.  No  la  había  aprendido,  ciertamente, 
en  Bentham,  ni  en  Rousseau,  ni  en  la  revolución  fran- 
cesa; la  supo  en  sí  mismo,  en  su  yo  americano.  Fué 
un  enigma  para  su  época,  como  lo  son  todos  los  hom- 
bres sin  época,  absolutos,  objetivos;  el  historiador 
argentino  don  Bartolomé  Mitre,  recogiendo  palabras 
precipitadas  que  dijo  en  hora  menguada,  condensa  sus 
vacilantes  opiniones  sobre  él  en  estas  palabras  escritas 


206  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  año  1881:  «Artigas  es  hoy  íina  especie  de  mito,  del 
que  todos  hablan  y  ninguno  conoce,  y  cuyo  signifi- 
cado histórico  es  más  complejo  de  lo  que  a  primera 
vista  parece».  ¡Un  mito!  ¡Un  enigma!  Sí,  lo  fué...  pero 
ya  no  lo  es;  está  descifrado,  amigos  míos,  está  plena- 
mente descifrado. 


III 


Tal  era  el  personaje  que  esperaba  su  hora  en  la 
Banda  Oriental,  cuando,  en  el  mes  de  mayo  de  1810, 
el  virrey  Cisneros  fué  depuesto  en  Buenos  Aires.  Vi- 
godet,  el  gobernador  de  Montevideo,  primero,  y  Elío, 
el  virrey  enviado  a  suceder  a  Cisneros,  después,  re- 
pudiaron a  la  Junta  de  Mayo,  como  sabemos,  e  hi- 
cieron de  la  ciudad  oriental  el  centro  de  resistencia 
monárquica  absoluta. 

Artigas,  por  su  parte,  clavó  los  ojos  en  el  movimien- 
to de  Buenos  Aires,  y,  si  bien  se  sintió  arrastrado  a  él, 
no  reconoció  del  todo  su  visión  en  las  declaraciones 
del  25  de  mayo.  No:  la  libertad  por  él  soñada  de  tiem- 
po atrás,  y  para  cuya  conquista  formaba  su  arsenal 
de  lanzas  primitivas,  no  se  llamaba  Fernando  VII; 
el  objeto  de  la  revolución  no  era  ni  podía  ser  el  «con- 
servar esta  parte  de  América  a  su  Augusto  Soberano, 
el  Señor  Don  Fernando,  y  sus  legítimos  sucesores», 
como  lo  decía  el  juramento  a  que  se  habían  ligado 
los  primaces  de  la  revolución,  y  era  la  fórmula,  más 
o  menos  sincera,  adoptada  en  toda  América.  El,  que 
era  un  hombre  real,  sentía  gran  repugnancia  hacia 
todo  lo  que  no  era  verdad.  Y  no  era  tal  el  mensaje 
del  dios  interior  de  que  era  depositario,  y  que  sonaba 
en  su  oído  al  dar  todas  las  horas.  Desfigurarlo  le  pa- 


ARTIGAS  207 

recia  una  profanación.  Fuera  de  la  nota  que  Artigas, 
hablando  en  nombre  de  la  Junta  de  Buenos  Aires, 
escribe  después  de  la  batalla  de  I/as  Piedras,  no  hay, 
en  toda  su  vida,  una  sola  palabra  de  reconocimiento 
al  rey;  ni  una  sola.  Y  él  es  el  primero  que  desconoce 
tal  entidad  expresamente,  bárbaramente;  el  primero, 
como  lo  hemos  dicho,  que  pronuncia  las  palabras  de 
Henry,  el  angloamericano:  «César  tuvo  un  Bruto;  Car- 
los I  un  Cromwell,  y  Jorge  III...» 

Por  otra  parte,  en  el  movimiento  iniciado  por  Bue- 
nos Aires  él  no  veía  perfectamente  garantido  lo  que 
constituía  la  esencia  de  su  pensamiento:  la  conserva- 
ción y  la  autonomía  del  pueblo  oriental,  en  la  fa- 
milia española;  la  supresión,  y  no  el  cambio  de  due- 
ño para  la  patria,  cuyos  límites  había  estudiado  con 
Azara.  El  veía  con  toda  nitidez  en  ésta  un  estado, 
una  provincia,  como  entonces  se  llamaba  a  tales  es- 
tados (Provincia  de  Chile,  Presidencia  de  Quito,  Go- 
bernación de  Caracas,  etc.,  etc.);  un  organismo  ín- 
tegro, una  persona  colectiva,  con  todos  los  atributos 
esenciales  de  la  persona:  con  pensamiento  y  voluntad; 
con  libertad,  propiedad,  dignidad,  destino  propio,  y 
no  supeditado  a  otros  destinos,  fin  de  sí  misma,  y 
no  medio  para  que  otros  consiguieran  el  suyo.  En  ese 
concepto,  la  Provincia  Oriental  era  exactamente  lo 
mismo  que  la  Provincia  Occidental  del  Uruguay,  o 
la  Provincia  de  Chile:  hermanas  que  se  emancipan; 
unidas,  pero  distintas. 

Nadie  mejor  que  Artigas  conocía  y  sentía,  sin  em- 
bargo, la  incompatibilidad  de  caracteres  entre  las 
dos  hermanas  del  Plata,  fundada  en  las  causas  pro- 
fundas que  os  he  hecho  notar  en  mis  anteriores  con- 
ferencias: estructura  étnica  y  geológica,  edad,  tradi- 
cípijes,  educación,  fortuna,  intereses,  relaciones  con 


208  r,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

la  madre  común.  El  sentía  la  tendencia  de  Buenos 
Aires  a  considerar  como  dependencia  suya  a  Monte- 
video; a  mirar  a  su  hermana  con  cierto  altivo  desdén 
que  la  ofendía;  a  arrebatarle  sus  glorias  privativas, 
y  hasta  a  perjudicar  sus  intereses,  favoreciendo  el 
puerto  de  Buenos  Aires,  puerto  único,  a  expensas  del 
de  Montevideo,  simple  plaza  fuerte. 

Nadie  mejor  que  Artigas  conocía,  pues,  la  resisten- 
cia del  pueblo  oriental,  desde  la  capital  hasta  el  úl- 
timo confín  del  territorio,  a  compartir,  con  su  opu- 
lenta y  altiva  hermana  occidental,  la  casa  común, 
y  a  no  tener  la  propia,  por  más  modesta  que  fuera. 
Puede  afirmarse  que  la  resistencia  de  Montevideo 
hacia  Buenos  Aires  no  era  inferior  a  la  que  le  inspi- 
raba España  misma.  El  pueblo  no  hubiera  sacudido 
el  yugo  de  ésta  para  cambiarlo  por  el  de  aquélla;  no 
sé  si  hubiera  preferido  ser  español.  «Sería  muy  ridícu- 
lo, dice  Artigas,  que  el  Estado  Oriental,  no  mirando 
ahora  por  sí,  prodigara  su  sangre  frente  a  Montevideo, 
y  mañana  ofreciera,  a  un  nuevo  cetro  de  hierro,  el 
laurel  mismo  que  va  a  tomar  sobre  sus  murallas.  I^a 
Provincia  Oriental  no  pelea  por  el  restablecimiento 
de  la  tiranía  en  Buenos  Aires.» 

He  ahí,  mis  amigos  artistas,  el  problema  planteado, 
no  por  Artigas  ciertamente,  sino  por  la  misma  natu- 
raleza de  las  cosas. 

¿Debía  Artigas,  a  pesar  de  todo  eso,  despertar  a 
su  pueblo,  paia  adherirlo  al  movimiento  del  25  de 
mayo?  ¿O  debía  hacer  lo  que  el  doctor  Rodríguez  de 
Francia  en  el  Paraguay? 

Artigas  no  vaciló:  debió  hacer  lo  primero,  y  lo  hizo. 
Él  vio,  desde  el  primer  momento,  una  garantía  que 
le  permitía  prometer  la  libertad  a  sus  compatriotas 


ARTIGAS  209 

sin  engañarlos;  la  vio,  con  toda  precisión,  en  la  ana- 
logía de  costumbres,  de  ideales,  de  estructura  socio- 
lógica, entre  los  diferentes  pueblos  argentinos,  con 
excepción  de  los  togados  de  Buenos  Aires,  y  el  orien- 
tal. Ese  vínculo  entre  los  pueblos  occidentales  y  el 
oriental  era  mucho  mayor  que  el  que  ligaba  a  aquéllos 
con  la  capital  del  virreinato.  Si  bien  en  aquéllos  no  con- 
currían las  condiciones  necesarias,  como  en  Chile  o 
en  Bolivia  o  en  el  Paraguay,  para  formarse  estados 
independientes;  si  bien  constituían  con  Buenos  Aires 
una  entidad  geográfica  casi  imposible  de  disgregar, 
pues  era  Buenos  Aires  el  puerto  único  de  aquella 
inmensa  región,  había  en  ellos  energías  bastantes  para 
rechazar  toda  imposición  de  la  capital  que  signifi- 
cara la  substitución  del  despotismo.  El  fenómeno  que 
advertimos  en  el  Uruguay,  existía  también  en  las 
otras  provincias  argentinas:  no  rechazaban  éstas  menos 
el  yugo  de  Buenos  Aires  que  el  de  España.  Era  preciso, 
sin  embargo,  empezar  por  sacudir  éste,  y,  para  ello, 
la  unión  se  imponía  por  la  ley  natural.  Pero  el  único 
vínculo  posible  de  unión  era  la  alianza  federal,  o, 
para  que  las  malhadadas  palabras  dialécticas  o  téc- 
nicas no  nos  sugestionen,  digamos  el  respeto  mutuo 
entre  las  unidades  sociológicas,  más  o  menos  embrio- 
narias, pero  vitales,  que  allí  estaban  formadas. 

Es  de  advertir,  y  os  pido  lo  hagáis  con  grande  em- 
peño desde  ahora,  que,  entre  los  pueblos  o  provin- 
cias con  que  Artigas  contaba,  figuraba,  en  primer 
término,  y  con  caracteres  muy  salientes,  la  Provincia 
del  Paraguay,  limítrofe  al  Norte,  como  el  Uruguay 
al  Sur,  de  los  dominios  portugueses,  y  geológicamente 
unida  al  macizo  orográfico  brasileño,  al  continente 
atlántico.  El  peligro  portugués  los  vincula,  pues,  espe- 
cialmente. Artigas  conoce  bien  a  los  caudillos  para- 

T.  1.-16 


5lO  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

guayos  y  es  por  ellos  conocido  y  respetado,  pues,  como 
sabéis,  ese  capitán  de  blandengues,  ayudante  de  Aza- 
ra, ha  recorrido  mucho  aquellas  regiones  fronterizas; 
tiene  allí  formado  su  prestigio;  ha  sido  compañero 
de  armas,  en  la  defensa  de  Montevideo  contra  los 
ingleses,  de  aquellos  caudillos,  enviados,  con  soldados 
paraguayos,  por  el  gobernador  español  Velazco,  en 
auxilio  de  la  cindadela  platense  amenazada;  ama  a 
aquel  pueblo;  comprende,  sobre  todo,  la  importancia 
vital  de  su  concurso,  como  limítrofe  del  portugués, 
en  el  plan  político  que  tiene  trazado  en  su  cabeza. 
Ya  desde  entonces,  Artigas  vio  en  el  Paraguay  su 
triunfo  o  su  sepulcro.  Estaban  las  dos  cosas. 

En  esa  idea,  pues,  de  federación  o  autonomía  pro- 
vincial, se  encontraba  la  garantía  de  la  independen- 
cia oriental,  si  ella  llegara  a  peligrar  por  obra  de  la 
capital  del  antiguo  virreinato.  No  era  imposible  que 
ésta,  dándose  cuenta  clara  de  la  esencia  de  la  revolu- 
ción y  de  su  misión  en  ella,  supiera  conciliar  el  esfuer- 
zo común  con  la  conservación  de  la  estirpe,  con  la 
autonomía  regional  y  con  la  democracia;  pero  si  así 
no  fuera,  y  Buenos  Aires,  como  no  era  tampoco  impo- 
sible, llegara  a  pretender  substituirse  a  los  odiosos 
virreyes,  o  a  traicionar  la  causa  de  la  familia  española 
o  de  la  independencia.  Artigas  siempre  tendría  apela- 
ción para  ante  aquellos  pueblos,  que  acudirían  a  él,  y  al 
hermano  oriental,  movidos  por  afinidades  naturales, 
en  defensa  de  sus  derechos.  Artigas  y  su  nación  serían 
entonces,  y  no  Buenos  Aires,  el  verdadero  núcleo  de 
la  revolución  hispanoamericana  de  Mayo.  Lo  fueron. 

No  entregaba,  por  ende,  a  su  pueblo,  completa- 
mente desarmado,  a  su  rival;  cuando  menos,  estaba 
firmemente  resuelto  a  no  entregarlo:  le  juró  fidelidad 
en  el  fondo  de  su  alma  y  no  fué  perjuro. 


ARTIGAS  211 


IV 


Pero  no  era  eso  todo:  otro  peligro,  otro  enemigo, 
que  ya  hemos  señalado  y  caracterizado,  iba  a  caer 
sobre  su  patria  al  rebelarse  contra  España  y  des- 
prenderse de  ésta:  el  enemigo  secular,  mucho  más 
odioso  para  el  pueblo  oriental  que  España  misma, 
mucho  más  odioso:  Portugal. 

Portugal,  durante  dos  siglos,  no  había  cesado,  como 
hemos  dicho,  de  hacer  tentativas  para  pasar  la  mal- 
dita línea  divisoria,  y  dar  a  sus  dominios  por  límite 
arcifinio  el  Uruguay  y  el  Plata;  su  obra  había  sido 
lenta  y  eficaz;  sólo  restaba  una  pequeña  parte  de  lo 
que  había  sido  y  debía  ser  español  en  la  región  atlán- 
tica. Vanos  eran  los  esfuerzos,  heroicos  muchas  veces, 
que  aquí  se  hacían  para  conservarlo.  España,  sin 
tino  ni  criterio,  lo  cedía  al  portugués,  en  sus  tratados, 
por  cualquier  cosa,  por  un  abalorio.  El  centro  de  cul- 
tura de  Portugal  estaba  muy  lejos,  allá  en  Río  Ja- 
neiro. Al  Uruguay  llegaban  sólo  las  incursiones  de  sus 
paulistas  bandoleros  y  de  sus  contrabandistas,  que 
habían  hecho  abominable  al  enemigo  portugués.  Arti- 
gas precisamente,  con  sus  milicianos  orientales,  había 
sido,  como  lo  sabéis,  el  defensor  de  vidas  y  haciendas 
contra  esos  invasores;  el  defensor  de  las  fronteras, 
sobre  todo,  de  lo  último  español  que  quedaba  en  el 
Atlántico:  la   Banda  Oriental. 

Y  Portugal,  que  sólo  esperaba  la  ocasión  de  repetir 
sus  tentativas  y  terminar  su  obra  inteligente,  creyó 
que  el  alzamiento  de  las  provincias  platenses  contra 
España  había  marcado  esa  hora.  El  rey  don  Juan  VI, 
regente  entonces  del  reino,  por  incapacidad  de  su 


212  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

madre  doña  María  de  Braganza,  y  perseguido  por 
Napoleón,  había  establecido  su  corte  en  Río  Janeiro; 
era  aliado  de  Inglaterra,  que  tenía  acreditado  en  la 
corte  a  lord  Strangfort,  como  agente  diplomático. 
I^a  mujer  del  rey  portugués,  la  princesa  Carlota  Joa- 
quina de  Borbón,  persona  muy  poco  recomendable, 
dicho  sea  de  paso,  era  hermana  de  Femando  VII; 
era  la  hija  primogénita  de  Carlos  IV,  y  la  heredera 
legítima,  por  consiguiente,  según  algunos,  del  trono 
de  España  y  de  sus  Indias.  Había,  pues,  aquí  en  Amé- 
rica, una  más  que  mediana  propiedad  de  la  sangre 
real,  disponible  para  esos  monarcas:  las  tierras  pla- 
tenses,  que  parecían  escapar  al  dominio  español,  y 
sus  accesorios:  hombres,  pueblos,  tierras  y  cosas. 

Ambos  príncipes  pensaron  en  hacerla  propia:  don 
Juan  y  su  esposa,  cada  uno  por  su  lado,  porque  no 
vivían  en  buenas  relaciones.  I^a  princesa  Carlota,  a 
título  de  ir  a  «conservar  aquellos  dominios  para  sil 
augusto  hermano»,  pensó  en  hacer  un  reino  para  sí 
misma  en  la  región  platense.  Ese  había  sido  el  primer 
pensamiento  de  Belgrano  y  otros,  como  sabéis;  Puey- 
rredón  fué  a  Río  Janeiro  con  ese  objeto.  Para  ello, 
la  princesa  envió  emisarios  al  Uruguay,  proponiendo 
su  regia  instalación  en  Montevideo  y  su  apoyo 
contra  Buenos  Aires  cuando  éste  formó  su  primera 
Junta  en  1810;  mandó  sus  propias  joyas,  para  que 
fueran  vendidas;  regaló  la  primera  imprenta  que 
llegó  al  país,  con  el  objeto  de  defender  los  derechos  del 
rey,  su  augusto  hermano,  y  secundar  sus  propósitos. 

El  rey  don  Juan,  por  su  parte,  ofreció  también  su 
concurso,  sus  armas  portuguesas,  para  defender,  por 
supuesto,  los  derechos  de  España,  los  sagrados  in- 
tereses de  Fernando.  I^as  armas  estaban  prontas;  un 
ejército  se  acercaba  ya  a  la  frontera  uruguaya.  De- 


ARTIGAS  213 

fendería  así  todo  el  virreinato,  pero  recogería,  como 
gaje  de  la  victoria,  el  territorio  oriental,  su  ensueño. 
I/a  bandera  portuguesa  substituiría  a  la  española  en 
la  ceñuda  cindadela  de  Montevideo;  España,  en  cam- 
bio, conservaría  la  suya  en  las  fortalezas  del  Callao, 
y  en  los  alcázares  de  Buenos  Aires  y  de  Santiago  de 
Chile.  Otra  idea  inteligente  era  complemento  de  ese 
plan  de  Portugal  en  América:  dividir  el  bloque  espa- 
ñol, conservando  lo  más  compacto  posible  el  por- 
tugués. 

Artigas,  el  capitán  de  blandengues,  el  compañero 
de  Azara  en  la  defensa  de  la  frontera  española,  contra 
las  irrupciones  portuguesas,  sentía  todo  eso  con  más 
intensidad  que  nadie.  El  Uruguay  estaba  amenazado 
de  ser  portugués;  lo  hubiera  sido,  sin  duda  alguna,  en 
definitiva,  como  lo  fué  transitoriamente,  si  allí  no 
hubiera  estado  ese  bárbaro  de  Artigas;  si  éste  no  hu- 
biera substituido  la  línea  imaginaria  de  Alejandro  VI, 
por  un  foso  de  sangre  de  su  pueblo,  inmolado  a  la 
patria,  a  la  común  independencia  ríoplatense,  y  a  la 
conservación  de  la  familia  hispánica  en  toda  la  en- 
trada del  gran  río. 

Y  no  había  tiempo  que  perder;  era  urgente  la  re- 
solución de  adherirse,  o  no,  a  la  iniciativa  de  ]\Iayo; 
el  movimiento  insurreccional  contra  la  metrópoli  es- 
pañola palpitaba  en  Montevideo  y  en  los  campos;  la 
simiente,  esparcida  por  el  mismo  Artigas,  brotaba 
ya  de  la  tierra;  las  medias-lunas  y  largos  cuchillos  al- 
macenados por  él  se  movían  solos. 

El  gobernador  de  Montevideo,  Vigodet,  había  sido 
substituido  por  Elío,  bravo  caballero  sin  miedo  y  sin 
tacha,  que  llegó  de  España  en  enero  de  181 1,  nom- 
brado virrey  por  la  Junta  de  la  península,  en  substi- 


214  ^•'^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

tución  de  Cisneros,  depuesto  en  Buenos  Aires,  y  es- 
tableció su  sede  en  Montevideo.  De  aquí  se  dirigió 
a  la  Junta  de  Buenos  Aires  reclamando  su  obedien- 
cia. I/a  consideraba  rebelde,  olvidando,  sin  duda,  que 
él  mismo  había  encabezado  la  de  Montevideo  en 
1808,  y  que  ésta  no  fué  condenada  por  España,  por 
más  que  desconoció  al  virrey  de  entonces. 

lya  Junta  no  reconoció  al  virrey  Elío.  Y  estalló  la 
guerra. 

El  elemento  nacional,  con  todos  los  síntomas  de 
la  fiebre  americana,  se  agitaba  de  tiempo  atrás  en 
Montevideo;  pero  con  el  carácter  diferencial  del  de 
Buenos  Aires,  que  notamos  oportunamente.  El  prin- 
cipio de  acción  o  agente  dinámico  esencial  en  el  mo- 
vimiento de  Buenos  Aires  fueron  los  jefes  militares. 
El  pueblo  los  secunda;  pero  aparece  en  segundo  tér- 
mino. En  Montevideo  las  cosas  pasan  al  revés:  el  pue- 
blo está  en  primer  término;  son  los  hombres  doctri- 
nales los  que  han  de  secundarlo;  el  jefe  no  puede  ser 
allí  un  togado  transformado  en  militar.  En  la  Banda 
Occidental  del  Plata,  es  la  ciudad  la  que  conquista 
los  campos;  en  la  Oriental,  son  los  campos  los  que  ex- 
pugnan y  recuperan  la  ciudad. 

Hubo  un  momento  en  que  se  creyó  poder  hacer  en 
Montevideo  lo  que  en  Buenos  Aires:  un  motín  mili- 
tar manejado  por  los  proceres  civiles,  y  tras  el  cual 
se  levantara  el  pueblo.  Se  creyó  encontrar  el  equiva- 
lente de  don  Cornelio  Saavedra,  el  comandante  del 
batallón  de  Patricios,  en  los  comandantes  de  dos  cuer- 
pos de  infantería  de  Montevideo,  don  Prudencio  de 
Murgiondo  y  don  Juan  Balbín  de  González  Vallejo, 
que,  instigados  por  los  hombres  de  Mayo,  fraguaron, 
en  julio  de  1810,  la  conspiración  de  que  habla  Mariano 
Moreno  en  su  Plan  de  Operaciones  que  conocéis.  Pero 


ARTIGAS  215 

no  pudo  ser:  el  gobernador  Soria  descubrió  esa  ten- 
tativa de  motín;  sus  jefes  fueron  desterrados,  y  el 
agente  instigador  huyó  a  Buenos  Aires,  El  proceso 
levantado  en  España  a  esos  conspiradores  se  lee, 
inédito  todavía,  con  detalles  muy  llenos  de  color,  en 
los  archivos  de  Madrid. 

El  elemento  nacional  o  patriota  existía  en  la  Banda 
Oriental  como  en  Buenos  Aires;  pero  no  concentrado 
en  la  cabeza,  sino  difundido,  como  la  sangre,  por  todo 
el  organismo.  Desde  que,  en  1809,  había  sido  disuelta 
la  Junta  que  nació  del  Cabildo  abierto  de  1808,  y 
substituida  por  el  gobernador  delegado  de  España,  ese 
elemento  nacional  se  había  separado  del  español  y  orga- 
nizado; sus  primeros  directores  habían  sido  don  Joa- 
quín Suárez,  don  Pedro  Celestino  Bauza,  don  Santiago 
Figueredo,  cura  de  la  Florida,  don  Francisco  Meló,  y 
varios  otros,  Pero  eso  no  se  concentraba  en  Montevi- 
deo, ni  contaba  con  sus  fuerzas  militares;  unidos  a  los 
Barreiro,  I^arrañaga,  Araucho,  y  a  los  frailes  francis- 
canos, se  movían  los  García  Zúñiga,  en  Canelones;  y 
los  Bustamante  y  Pérez  Pimienta  y  Aguilar,  en  Mal- 
donado;  y  los  Escalada,  Haedo,  Gadea  y  Almirón,  en 
el  litoral  del  Uruguay;  y  los  curas  párrocos  de  Colonia, 
Paysandú,  Canelones,  San  José,  San  Ramón,  Colla, 
las  Víboras,  Soriano,  etc.,  en  sus  regiones  respectivas, 
Y,  en  todas  partes,  los  Artigas:  Manuel  Francisco, 
Manuel...  y  el  otro,  el  capitán  de  blandengues,  todos 
ellos  instigados  y  acompañados  por  sus  ancianos 
padres. 

Era  eso,  y  no  los  batallones,  lo  que  era  preciso  mo- 
ver y  organizar,  Y  para  ello  era  menester  una  cabeza; 
pero  cabeza  viva,  parte  integrante  del  organismo, 
irrigada  por  su  sangre;  cabeza  pensante,  sobre  todo. 

Fué,  pues,  un  error  suponer,  como  se  supuso  un 


21 6  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

momento,  que  esa  cabeza  había  aparecido  en  la  per- 
sona del  doctor  don  Lucas  Obes,  asesor  letrado  del 
Cabildo,  joven  brioso  y  elocuente,  entidad  muy  aná- 
loga a  los  promotores  del  movimiento  de  Mayo,  y, 
como  ellos,  partidario  de  la  coronación  de  Carlota  y 
de  las  soluciones  de  ese  género.  Precisamente  por  eso 
el  doctor  Obes  estaba  allí  contraindicado. 

El  virrey  Elío  no  vio  eso;  ni  siquiera  lo  sospechó, 
me  parece.  Creyó  que  don  I/Ucas  Obes  era  el  peligroso; 
lo  encerró  en  la  fortaleza,  y  lo  desterró  a  la  Habana. 

lyos  patriotas  que  quedaban  eran  vigilados  y  per- 
seguidos; Larrañaga,  Suárez,  Lamas,  los  mismos  frai- 
les franciscanos  en  su  claustro,  sólo  vivían  a  fuerza 
de  precauciones.  Muchos  de  ellos  acudían  a  la  protec- 
ción del  bien  conceptuado  capitán  de  blandengues 
José  Artigas,  que  intercedió  por  algunos;  pero  se  hizo 
sospechoso. 

¡El  capitán. Artigas! 

Todas  las  miradas  se  dirigían  a  él,  las  recelosas  de 
los  españoles  y  las  anhelantes  de  los  patriotas.  Los 
primeros  no  quieren  manifestar  sus  recelos  por  no 
precipitarlo;  los  segundos  ocultan  sus  esperanzas  por 
no  comprometerlo.  ¿Cómo  piensa?...  ¿Qué  hará?... 
Desde  los  hombres  de  letras,  que  han  sido  sus  compa- 
ñeros de  estudios  y  amigos  de  infancia;  desde  los  ofi- 
ciales de  la  guarnición,  y  los  jóvenes  de  la  sociedad 
culta,  hasta  los  habitantes  casi  nómadas  de  los  cam- 
pos, todos  sienten  que  el  capitán  Artigas  es  el  hombre. 
Pero  él  permanece  impenetrable,  sólo  con  su  dios  in- 
terior. 

Con  él  va  a  la  Colonia,  de  guarnición  con  sus  blan- 
dengues, a  las  órdenes  del  coronel  Muesas.  De  allí 
dará  su  contestación,  acordada  en  la  comunicación 
consigo  mismo;  la  que  esperan  en  Montevideo.  La 


ARTIGAS  217 

forma  en  que  contestará  estará  de  acuerdo  con  el 
carácter  que  os  he  descrito,  y  con  el  que  reveló  toda 
su  vida:  el  que  distingue  a  los  hombres  intensos  que 
llamamos  héroes,  a  los  depositarios  de  la  realidad 
que  está  en  el  fondo  de  todas  las  apariencias.  Iva  ac- 
ción y  la  palabra  coexisten  en  esos  hombres;  el  verbo 
es  carne. 

Una  noticia,  que  fué  un  trueno,  cayó  de  repente  en 
Montevideo,  y  se  difundió  por  los  campos:  Artigas  se 
había  fugado  de,  la  Colonia;  se  había  adherido  a  la 
revolución  de  Mayo.  I^a  del  Uruguay  tiene,  pues,  su 
cabeza. 

Ya  os  hice  saber,  por  los  informes  de  Zufriategui 
en  las  Cortes  de  Cádiz,  y  por  los  del  mariscal  I^aguna, 
entre  otros,  la  impresión  que  produjo,  en  la  causa  es- 
pañola, la  defección  de  aquel  simple  ayudante  ma- 
yor de  blandengues. 

Veremos  después  los  esfuerzos  que  se  harán  para 
recuperar  al  desertor;  pero  bueno  es  que  conozcáis, 
desde  ahora,  la  contestación  de  Artigas  a  la  primera 
tentativa  que  hace  Elío  para  reconquistarlo,  no  bien 
regresa  de  Buenos  Aires,  como  conductor  de  su  pue- 
blo: «Vuestra  Merced  sabe  muy  bien,  contesta  Arti- 
gas, cuánto  me  he  sacrificado  en  el  servicio  de  Su  Ma- 
jestad; que  los  bienes  de  todos  los  hacendados  de  la 
campaña  me  deben  la  mayor  parte  de  su  seguridad. 
¿Cuál  ha  sido  el  premio  de  mis  fatigas?  El  que  siem- 
pre ha  sido  destinado  para  nosotros.  Así,  pues,  des- 
precie Vuestra  Merced  la  vil  idea  que  ha  concebido, 
seguro  de  que  el  premio  de  mayor  consideración 
jamás  será  suficiente  a  doblar  mi  conducta,  ni  hacer- 
me incurrir  en  el  horrendo  crimen  de  desertar  de  mi 
causa». 


2l8  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

He  ahí,  mis  amigos,  el  temple  de  la  resolución  que 
mueve  a  ese  capitán  que  se  fuga  de  la  Colonia.  En 
esa  frase  el  premio  que  siempre  ha  sido  destinado  para 
nosotros  están  sus  agravios;  no  los  personales,  sino 
los  de  nosotros.  Personalmente  puede  obtenerlo  todo; 
todo  se  le  ofrece  y  se  le  ofrecerá;  pero  los  derechos  del 
pueblo  americano  no  serán  reconocidos.  Como  Wash- 
ington, cuando  dijo  «nada  puede  esperarse  de  la 
justicia  de  la  Gran  Bretaña»,  Artigas  está  convencido 
de  que  nada  hay  que  esperar  para  nosotros  de  la  me- 
trópoli española,  nada.  Por  eso  ha  tomado  su  reso- 
lución. Y  ésta  será  inquebrantable. 

El  ayudante  mayor  Artigas  había  llegado  a  la  Co- 
lonia, procedente  de  Paysandú,  con  su  resolución 
adoptada,  y  también  revelada  a  sus  parciales,  no  sólo 
de  la  Banda  Oriental,  sino  de  Entrerríos,  en  la  otra 
margen  del  Uruguay,  donde  su  nombre  y  sus  pro- 
yectos, mucho  más  que  ios  de  Buenos  Aires,  corren 
por  campos  y  poblados.  Su  situación  es  insostenible 
dentro  de  los  muros  de  la  Colonia;  sus  trabajos  por 
sublevar  los  sargentos  y  soldados  de  la  guarnición 
trascienden;  Muesas  los  siente  en  el  aire;  los  pasos 
del  sospechoso  ayudante  mayor  son  vigilados;  los 
ceños  se  arrugan.  Wega,  por  fin,  el  hecho  determi- 
nante: la  noticia  de  que  Elío,  el  13  de  febrero,  ha 
declarado  la  guerra  a  Buenos  Aires.  El  15,  Artigas, 
caudillo  de  los  Orientales,  está  a  caballo  en  el  campo. 

De  acuerdo  con  el  cura  de  la  Colonia,  doctor  En- 
rique Peña,  su  amigo  y  confidente,  y  con  el  teniente 
Ortiguera,  su  compañero  de  armas,  resolvió  lanzarse 
a  la  empresa.  Hablan  las  historias  de  una  disputa 
entre  Muesas  y  Artigas;  afirman  otros  que  ell^iberta- 
dor  fué  preso  y  se  evadió.  No  lo  creo,  porque  la  firma 


ARTIGAS  219 

de  Artigas  figura,  el  mismo  día  de  su  defección,  en 
la  lista  de  su  regimiento. 

Ese  día  fué  el  15  de  febrero;  no  el  2,  como  también 
se  ha  dicho.  Acompañado  del  doctor  Peña  y  de  un 
negro  esclavo  de  éste,  tío  Peña,  abandonó  la  Colonia; 
recorrió  nueve  leguas,  y  fué  a  refugiarse  en  un  bosque 
de  la  estancia  de  don  Teodosio  de  la  Quintana,  si- 
tuada en  la  costa  del  Arroyo  San  Juan,  entre  el  Paso 
del  Hospital  y  el  Cerro  de  las  Armas.  Desde  su  refugio 
en  el  monte,  por  intermedio  del  cura,  se  puso  en  rela- 
ción con  de  la  Quintana,  rico  propietario  de  aquellos 
campos,  que  le  prestó  todo  su  apoj^o;  le  proporcionó 
un  baqueano  o  experto  conductor.  Chamorro;  puso 
a  sus  órdenes  algunos  hombres,  a  cuya  cabeza  iban 
sus  dos  hijos,  Pedro  y  Pablo,  que  lo  acompañaron 
hasta  la  costa  del  Uruguay,  y  le  regaló  cincuen- 
ta onzas  de  oro  y  una  tropilla  de  excelentes  ca- 
ballos. 

Bl  capitán  de  blandengues,  transformado  en  I/iber- 
tador  del  Uruguay,  emprende  su  primera  marcha 
con  el  primer  ejército  de  la  patria,  un  puñado  de  ne- 
gros lanceros;  se  dirige  hacia  el  Norte,  hacia  el  Río 
Negro;  atraviesa  éste  por  el  paso  de  Tres  Árboles,  y 
busca  la  costa  del  Uruguay.  En  el  trayecto  anuncia 
a  sus  amigos  la  buena  nueva:  su  próximo  regreso; 
les  da  la  cita  de  la  patria,  los  llama  a  la  gloria.  Cruza 
el  departamento  de  Soriano;  pasa  por  Mercedes  j  por 
Paysandú,  y  deja  allí  a  Ramón  Fernández,  gobernador 
militar  de  aquella  región,  y  ardiente  partidario  suyo, 
la  orden  del  inmediato  levantamiento.  Esa  orden  es 
cumplida  a  los  pocos  días,  pues,  como  lo  veréis,  ocho 
o  diez  días  después  de  pasar  por  allí  el  Libertador, 
tiene  lugar  el  Grito  de  Asensio,  dirigido  por  Fernán- 
dez, que  acababa  de  recibir  la  consigna,  y  que  comu- 


220  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

nica  inmediatamente  el  suceso  al  caudillo  que  lo  deter- 
mina, y  que  es  su  verdadero  protagonista. 

Artigas  cruza  entonces  el  río  Uruguay,  y  pisa  terri- 
torio occidental  de  Entrerríos,  donde  continúa  la 
obra  que  allí  tiene  comenzada:  incita  al  pueblo  entre- 
rriano  a  la  insurrección,  y  consigue  que  se  levante, 
acaudillado  por  Ricardo  López  Jordán,  Vicente  Za- 
pata, y,  sobre  todo,  por  el  joven  y  valiente  paisano 
Francisco  Ramírez,  su  protegido  y  apasionado  secuaz. 
En  las  primeras  comimicaciones  que  envía  Zapata  a 
la  Junta  de  Buenos  Aires,  dándole  cuenta  de  su  levan- 
tamiento, 3'a  se  la  da  de  haber  procedido  con  el  apoyo 
«de  veinte  blandengues  y  un  sargento  del  capitán  Arti- 
gas». Allí  comienza  ya  a  ser  éste  el  alma  de  todos  aque- 
llos pueblos  que  despiertan  a  su  voz,  a  la  misma  hora; 
disxDOne  de  la  insurrección  de  Entrerríos  enviando,  des- 
de Nogoyá,  ochenta  soldados  de  ésta  a  unirse  a  los 
orientales  que  han  cumplido  sus  instrucciones  en  Asen- 
sio,  y  de  allí  se  dirige  a  Buenos  Aires,  donde  anuncia  a 
la  Junta  su  resolución,  y  el  levantamiento  en  masa  de 
su  pueblo,  del  pueblo  oriental  que,  para  ser  dueño 
de  sí  mismo,  ofrece  su  alianza  al  occidental,  su  her- 
mano en  la  raza,  en  la  lengua,  en  los  destinos,  por 
intermedio  del  que  será  el  hombre  de  nuestra  América 
atlántica,  la  forma  personal  de  aquel  héroe  anónimo 
autor,  según  Estrada  y  Sarmiento,  de  la  revolución, 
y  que  apareció,  en  la  plaza  de  Buenos  Aires,  el  25  de 
mayo  de  1810. 


ii>l 


CONFERENCIA  VIII 

El.  HOMBRE  Y  I.OS  HOMBRES 

Artigas  ante  la  Junta  de  Buenos  Aires. — ^En  busca  de  la 
independencia  republicana. ¡jefe  de  los  orientales! 

EST.\DO  DE  LA  JUNTA  DE  MaYO. — I^AS  DISCORDIAS. — I,A  EXTIN- 
CIÓN DEL  ESPÍRITU  DE  MAYO. — DOSCIENTOS  PESOS  Y  CIENTO 
CINCUENTA    SOLDADOS. TENIENTE    CORONEL. El  IyIBERTADOR. 

— En  el  SUELO  de  su  patria. — I,A  «Calera  de  las  Huérfanas». 


Mis  amigos  artistas: 

Creo  que  estáis  habilitados  para  apreciar,  en  todo 
su  significado,  la  escena  en  que  el  protagonista  de 
este  drama  s?  presenta  ante  la  Junta  revolucionaria, 
y  le  ofrece  su  espada.  Es  un  cuadro  lleno  de  color  y 
de  movimiento;  un  acto  de  exposición,  en  que  las  fi- 
guras cobran  su  tono  relativo.  Confesemos  que  la  de 
Artigas,  que  vemos  en  el  primer  plano,  se  nos  ofrece 
muy  llena  de  carácter  en  su  simplicidad. 

Bien  se  ve  que  quien  ha  llegado  a  Buenos  Aires 
es  un  héroe,  es  decir,  un  sincero,  un  ingenuo.  Él 
ofrece  «llevar  el  estandarte  de  la  libertad  hasta  los 
muros  de  Montevideo»,  y  pide  auxilio  de  municio- 
nes y  dinero  para  sus  compatriotas.  Pero  desde  el 
primer  momento  se  advierte  que  aquel  hombre  de  la 


222  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

región  oriental  es  un  extraviado  clásico,  como  lo  dijo 
el  deán  Funes;  un  elemento  extravagante.  Un  héroe 
tiene  siempre  algo  de  bárbaro,  indudablemente;  los 
de  Homero  no  son  otra  cosa:  son  la  Naturaleza. 

Todos  los  miembros  de  la  Junta,  que  tienen  sus  pro- 
yectos y  ambiciones  propias,  clavan  los  ojos  en  los  ojos 
claros,  llenos  de  pensamientos  impenetrables,  a  fuerza 
de  evidentes,  de  aquel  altivo  y  sereno  capitán  de  blan- 
dengues, mezcla  de  hijodalgo  y  de  pechero,  de  patricio 
y  de  centauro  americano.  Dice  que  busca  la  indepen- 
dencia de  su  patria.  Pero  eso  dice  poco...  o  dice  dema- 
siado. ¡I/a  independencia!  También  afirmaba  el  deán 
Funes,  insigne  jefe  intelectual  de  una  de  las  fraccio- 
nes de  la  Junta,  de  la  predominante,  y  hombre  ex- 
perto en  libros  muertos,  «que  Artigas  tenía  un  amor 
vivo  por  la  independencia,  pero  con  un  extravío  clá- 
sico de  su  verdadera  dirección». 

¿Cuál  era  la  verdadera? 

He  ahí  el  gran  problema,  que,  lejos  de  ser  claro,  se 
presentaba  más  que  medianamente  obscuro. 

Nadie  menos  que  la  Junta,  cuyos  miembros  mira- 
ban al  recién  llegado,  podía  resolverlo,  porque  en  ella 
no  había  un  pensamiento,  ni  sobre  el  ^odo  de  obte- 
ner la  independencia,  ni  aun  sobre  la  independencia 
misma.  Ya  hemos  estudiado  todo  eso  con  detenimien- 
to. Ya  sabemos  que  allí  no  estaba  el  hombre. 

Y  Artigas  se  presentaba  lleno  de  entusiasmo,  como 
si  se  tratara  de  la  cosa  más  sencilla  del  mundo.  I^a 
voz  entusiasmo  viene  de  en  theos,  un  dios  interior. 
«El  hombre  puede  embriagarse  de  su  propia  alma, 
dice  Víctor  Hugo;  y  esa  borrachera  se  llama  heroís- 
mo.» Víctor  Hugo  suele  ser  un  poco  enfático  en  sus 
imágenes;  pero  creo  que  ésta,  con  no  carecer  de  én- 
fasis, no  deja  de  tener  su  intensa  verdad.  Hay  una 


El,  HOMBRE  Y  I<OS  HOMBRES  223 

embriaguez  de  alma  en  la  idea  fija,  en  la  obsesión  del 
hombre  inspirado,  héroe,  genio,  poeta,  vate  o  como 
queráis  llamarle,  que  todo  es  uno.  Artigas  tenía  algo 
de  esa  embriaguez;  no  podía  darse  cuenta  de  que  se 
presentaba  en  un  momento  inoportuno;  allí  no  había 
nada  que  se  pareciera  a  entusiasmo. 

Precisamente  en  el  momento  en  que  aquél  ofrecía 
su  esfuerzo  heroico  y  el  de  su  pueblo,  el  espíritu  revo- 
lucionario sufría  congojas  en  Buenos  Aires,  y  que- 
brantos de  muerte. 

El  Mefisíófeles  blanco,  de  que  os  hablé  días  pasados, 
soplaba  en  los  oídos  de  los  proceres:  éstos  comenzaban 
a  creer  que  acaso  aquella  rebelión,  iniciada  sin  orden 
expresa  del  Rey  Nuestro  Señor,  era  sugestión  diabó- 
lica, o  cosa  parecida.  I^a  idea  de  un  acomodamiento, 
en  cualquier  forma,  ganaba  terreno.  I^a  fe  en  el  pue- 
blo, de  que  Artigas  estaba  poseído;  la  esperanza  de 
hacer  de  él  la  base  de  «una  nueva  y  gloriosa  nación»; 
el  pensamiento  del  25  de  mayo,  en  una  palabra,  si 
es  que  25  de  mayo  significa  independencia  democrá- 
tica, es  decir,  aurora  del  día  en  que  hoy  estamos,  era 
una  llama  que,  si  había  estado  encendida  en  aquellas 
almas,  se  estaba  muriendo  en  ellas,  soplada  por  un 
pálido  fantasma. 

Eso  sólo  vivía,  y  vivirá,  para  siempre  jamás,  en  la 
mirada  tranquila  de  aquel  extraño  capitán  de  blan- 
dengues, ebrio  de  alma,  que  busca  ingenuamente  la 
independencia  de  la  patria  republicana.  Y  nada  más. 

Aquel  hombre  se  llama  Jefe  de  los  Orientales. 

¡Jefe  de  los  Orientales  1  ¿Es  decir,  jefe  de  una  pro- 
vincia del  virreinato,  que  debe  someterse  al  destino 
de  las  demás,  de  Córdoba,  de  Cuyo  o  del  Paraguay, 
y  recibir,  por  consiguiente,  la  libertad  que  Buenos 
Aires  quiera  darle,  o  someterse  a  perderla  si  éste  no 


224  I-A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

se  la  otorga?  Sólo  así  podría  aceptarse  a  ese  Jefe  de 
los  Orientales.  Y  si  así  fuera,  aquel  militar  veterano, 
inteligente,  lleno  de  autoridad  y  de  prestigios,  sería 
una  inapreciable  adquisición.  Era  precisamente  ese 
jefe  el  hombre  indicado  por  Mariano  Moreno  como 
el  arbitro  de  la  Banda  Oriental.  ¿No  sería  el  gene- 
ral que  aun  no  había  aparecido  en  Buenos  Aires? 
Porque  era  indudable  que  allí  no  había  aparecido 
un  general;  Saavedra  no  lo  era;  San  Martín  no  ha- 
bía llegado  todavía...  Era  menester  improvisar  hom- 
bres de  guerra  con  abogados,  con  guardias  naciona- 
les, con  milicianos  valientes.  ¡Si  aquel  militar  que 
llegaba  se  conformara  con  ser  un  simple  general  de 
la  Junta  de  Buenos  Aires,  y  estuviera  persuadido  de 
que  su  misión  no  podía  ser  otra  que  la  de  secundar 
los  planes  de  quien  en  ésta  predominara! 

Pero  Buenos  Aires  no  se  equivocaba  al  mirarle 
los  ojos.  Ese  capitán  de  blandengues  no  parece  con- 
vencido de  tal  cosa;  viene  resuelto,  y  resuelto  a  todo, 
con  una  convicción  madura,  que  parece  sincera  e 
inquebrantable.  Jefe  de  los  Orientales  quiere  decir, 
para  él,  no  el  simple  militar  graduado  por  la  Junta 
de  Buenos  Aires,  sino  el  conductor  de  un  pueblo  de 
varones,  que  se  desprende,  no  de  otro  pueblo  ameri- 
cano, sino  de  la  madre  europea,  y  que,  para  la  conse- 
cución del  propósito  común,  ofrece  su  alianza  a  un 
hermano,  que  ha  proclamado  el  primero,  animosa- 
mente, aquel  propósito,  y  que  ya  no  puede  volver 
atrás. 

Es,  pues,  un  hombre  peligroso  por  lo  ingenuo  y 
de  buena  fe;  un  alucinado  quizá.  Y  es  fuerza  usar  de 
muchas  precauciones  para  con  él,  hasta  estar  bien 
seguros  de  su  docilidad. 


EIv  HOMBRE  Y  I,OS  HOJMBRES  225 


II 


;Y  a  cuál  de  las  tendencias  de  la  Junta  hubiera 
debido  someter  sus  intenciones  ese  Jeíe  de  los  Orien- 
tales, para  ser  persona  grata? 

Esa  Junta,  que  no  se  paraba  en  barras,  como  lo 
probó  la  muerte  de  lyiniers  y  sus  compañeros,  ya  había 
decretado  la  destitución  del  Cabildo  de  Buenos  Aires, 
y  el  destierro  de  sus  miembros,  y  la  confiscación  de 
los  bienes  de  éstos,  y  hasta  la  pena  de  muerte  contra 
los  que  contrariaran  sus  propósitos.  Allí  estaba  la 
fracción  de  Saavedra,  que  éste  presidía,  y  tenía  sus 
partidarios,  y  predominaba.  Allí  la  de  Moreno,  su 
ilustre  secretario,  que,  habiendo  combatido  a  Saave- 
dra, por  atribuirle  tendencias  a  rodearse  de  la  majes- 
tad real,  había  sido  vencido  en  la  pugna  y  acababa  de 
ser  extrañado  del  país,  y  había  muerto,  sabe  Dios 
cómo,  en  el  mar,  pero  dejando  en  Buenos  Aires  sus 
parciales. 

¿Debía  ser  Artigas  de  los  saavedristas  o  de  los  mo- 
renistas,  que  serán  más  tarde  federales  y  unitarios? 
Belgrano,  miembro  insigne  de  la  primera  Junta,  ha- 
bía aceptado  el  noando  de  la  expedición  al  Paraguay, 
para  huir,  según  su  propia  confesión,  de  las  irreme- 
diables disensiones  del  cuerpo  de  que  formaba  parte. 
Pero  esas  disensiones  lo  siguieron:  el  5  de  abril  de 
1811,  antes  de  cumplirse  un  año  de  la  revolución  de 
Mayo,  una  revolución  intestina,  o  asonada,  o  motín 
militar,  estallaba  en  Buenos  Aires,  y  se  imponía  a  la 
Junta  de  Gobierno.  I/OS  vencedores,  entre  otras  im- 
posiciones, llamaban  a  Belgrano  a  juicio  de  respon- 
sabilidad, so  pretexto  de  haber  sido  desgraciado  en 

T.  1.-17 


226  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

SU  expedición  al  Paraguay,  le  arrebataban  el  despacho 
de  brigadier  general  con  que  había  sido  honrado,  y 
dejaban  acéfala  la  expedición  destinada  a  prestar 
auxilio  a  la  región  oriental.  En  octubre  de  1812, 
tendremos  otra  revolución  que  pondrá  patas  arriba 
lo  existente;  los  revolucionarios  serán  los  nuevos  mili- 
tares precisamente:  San  Martín,  Alvear,  etc.,  que  se 
alzarán  contra  el  gobierno  no  bien  lleguen  de  Europa. 
Para  que  os  deis  cuenta,  hermanos  artistas,  de  la 
naturaleza  del  núcleo  dirigente  ante  el  cual  Artigas 
ofrece  su  espada  a  la  patria,  buscando  independencia 
para  ella,  dejadme  leeros  siquiera  esta  página  de  la 
Historia  de  Belgrano,  del  general  Mitre.  Así  veréis  la 
realidad  de  Artigas,  que  ha  sido  tachado  de  anárqui- 
co, porque  no  se  sometió  a  la  unidad  de  que  Buenos 
Aires  era  cabeza.  «Apenas  había  transcurrido  un  año, 
y  ya  la  arena  revolucionaria  se  veía  abandonada  por 
sus  más  esforzados  atletas.  Moreno,  el  numen  de  la 
revolución,  había  expirado  en  la  soledad  del  mar. 
Alberti,  miembro  de  la  Comisión  de  Mayo,,  había 
muerto  antes  de  ver  consolidada  su  obra.  Berruti  y 
French,  los  dos  tribunos  del  25  de  mayo,  estaban  ex- 
patriados como  unos  criminales.  Rodríguez  Peña,  el 
nervio  de  la  prédica  patriótica  en  los  días  que  prece- 
dieron ala  levolución;  Azcuénaga,  que  tan  eficazmente 
había  cooperado  a  su  triunfo;  Vieytes.  el  infatigable 
compañero  de  Belgrano  en  los  trabajos  que  pre- 
pararon el  cambio  del  año  10,  todos  ellos  eran  ignomi- 
niosamente perseguidos,,  y  calificados,  por  sus  anti- 
guos amigos,  con  los  epítetos  de  fanáticos,  frenéticos, 
demócratas  furiosos,  desnaturalizados,  inmorales,  se- 
dientos de  sangre  y  de  pillaje,  infames,  traidores, 
facciosos,  almas  bajas,  cínicos,  revoltosos,  insurgen- 
tes, hidras  ponzoñosas  y  corruptores  del  pueblo.» 


El,  HOMBRE  Y  I^OS  HOMBRES  227 

Esa  pugna  continuará  sin  cesar,  encarnizada,  im- 
placable, mis  amigos  artistas;  allí  no  aparecerá  el 
hombre,  hasta  que  no  surja  el  tirano;  las  revolucio- 
nes, los  motines,  las  asonadas,  las  conspiraciones 
políticas  se  seguirán  sin  interrupción  en  el  seno  de 
aquel  núcleo,  en  el  que  subirán  y  bajarán  los  caudi- 
llos políticos,  gracias  muchas  veces  a  la  intriga,  y 
con  prescindencia  de  los  altos  intereses  de  la  causa 
americana. 

Noes,  pues,  posible  que  el  capitán  de  blandengues, 
el  hombre  sincero  que  os  estoy  haciendo  ver  en  pre- 
sencia de  la  Junta  de  Buenos  Aires,  tome  partido  en 
ella,  ni  jure  allí  la  sumisión  incondicional  de  su  pue- 
blo a  ninguna  de  esas  fracciones.  Él  es  el  orden:  vie- 
ne a  pedir  recursos  para  libertar  a  su  patria,  y  acep- 
tará los  que  le  den  y  de  quien  se  los  dé,  pues  está 
dispuesto  a  libertarla  con  esos  hombres,  sin  esos 
hombres,  y  contra  esos  hombres  si  es  preciso.  Pero 
tampoco  es  posible  que,  en  la  obra  a  que  lo  ha  preci- 
pitado Buenos  Aires,  prescinda  de  éste.  Buenos  Aires 
no  se  pertenece  ya  a  sí  mismo;  no  puede  volver  atrás. 
Artigas  tiene  el  derecho,  lo  que  se  llama  derecho,  de 
intimarle  que  no  vuelva  atrás. 


III 


Se  acepta,  por  fin,  su  ofrecimiento;  le  dan  doscien- 
tos pesos  y  ciento  cincuenta  soldados.  No  es  muni- 
ficiente  el  socorro,  fuerza  es  confesarlo;  pero  Artigas 
toma  los  soldados  y  el  dinero.  lyc  confieren  el  grado 
de  teniente  coronel.  No  es  muy  excelsa  la  graduación, 
que  digamos;  él  es  mucho  más  en  el  ejército  español, 
y  pronto  podrá  ser  lo  que  quiera.  Pero  acepta  el  gra- 


228  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

do;  también  Washington  aceptó  el  de  general  fran- 
cés, sin  dejar  por  eso  de  ser  Washington,  el  ameri- 
cano. I/)  ponen  a  las  órdenes  de  Belgrano,  a  quien 
confían  la  expedición  a  la  Provincia  Oriental,  dando 
a  éste  por  segundo  a  Rondeau;  y  a  las  órdenes  de 
Belgrano  se  coloca  Artigas,  sin  reservas  mentales. 
No  será  él,  por  cierto,  quien,  por  ambición  personal, 
inicie  las  disensiones.  Estalla  en  Buenos  Aires  la  revo- 
lución o  asonada  de  Abril,  de  que  acabo  de  hablaros, 
la  primera  subversión,  que  obliga  a  Belgrano  a  dejar 
el  ejército,  para  responder,  en  Buenos  Aires,  de  sus 
actos  en  el  Paraguay;  se  nombra,  en  su  reemplazo, 
para  mandar  la  expedición  de  la  Banda  Oriental,  a 
Rondeau,  camarada  de  Artigas,  y  nombrado,  como 
él,  teniente  coronel,  pero  más  moderno,  con  menos 
servicios  y  sin  arraigo  ni  prestigio  alguno  en  el  pue- 
blo uruguayo...  No  importa;  Artigas  ha  sido  testigo 
de  las  disensiones  que  hierven  en  Buenos  Aires;  las 
ha  mirado  con  pena  por  sus  propios  ojos;  pero  acepta 
lo  que  le  dan,  sin  observación,  con  tal  de  acudir  donde 
la  patria  lo  espera.  Comprende  que  entre  Rondeau 
y  él,  Buenos  Aires  no  puede  vacilar;  Rondeau  está  dis- 
puesto a  ser  un  simple  general.  Todo  lo  acepta,  todo  lo 
obedece,  y  parte  para  Entrerríos,  a  situarse  en  la  costa 
del  Uruguay,  dispuesto  a  cruzarlo,  en  cuanto  reúna  los 
elementos  necesarios  para  pisar  el  suelo  de  la  patria. 
Eso  es  lo  que  él  quiere;  está  sintiendo,  como  el  ruido 
de  la  marea,  el  rumor  del  pueblo  oriental,  que  se 
levanta  a  su  voz,  y  que  confía  en  él,  y  cuenta  con  él. 
Y  es  preciso  que  vaya  a  ponerse  a  su  cabeza. 

El  7  de  abril  de  i8ii  cruza  Artigas  el  río,  burlando 
los  cruceros  españoles,  y  pisa  el  suelo  que  busca.  Des- 
embarca, por  fin,  en  la  Calera  de  las  Huérfanas,  don- 
de su  pueblo  lo  rodea  y  lo  aclama. 


EIv  HOMBRE  Y  LOS  HOMBRES  229 

Iva  independencia  de  la  República  Oriental  del  Uru- 
guay ha  comenzado,  amigos  artistas.  I,a  revolución 
de  Mayo  no  puede  ya  volver  atrás;  su  pensamiento 
integral  habita  la  conciencia  de  un  soldado  caballero, 
y  es  en  ella  acción  heroica. 


U'í' 


I,AS  PIEDRAS  Y  Elv  ÉXODO  DElv  PUEBI,0  ORIEKTAI,  233 

con  SUS  fuerzas,  a  los  sublevados  en  Asensio;  toma  el 
mando  de  aquel  grupo  armado  o  pequeño  enjambre, 
que  aumenta  de  hora  en  hora  con  la  adhesión  de  todos 
los  hombres  válidos  que  afluyen  a  él  vitoreando  la 
patria;  desde  la  capilla  de  Mercedes,  en  que  fija  su 
cuartel  general,  envía  a  Viera,  a  quien  designa  como 
su  segundo,  con  una  pequeña  fuerza,  a  intimar  al 
Cabildo  Justicia  y  Regimiento  de  Soriano,  cabeza 
de  la  región,  el  inmediato  reconocimiento  de  la  Junta 
de  Buenos  Aires,  y  la  entrega  a  discreción  de  la  plaza; 
la  intimación  va  en  una  nota  imperiosa  y  amenazante, 
subscrita  por  Fernández,  del  mismo  28  de  febrero. 
El  Cabildo,  en  acta  de  la  misma  fecha,  declara  inútil 
toda  resistencia;  entrega  la  villa.  Las  autoridades 
españolas  son  depuestas,  y  substituidas  por  la  pri- 
mera americana  independiente  que  se  forma  en  tierra 
oriental,  la  primera  impuesta  por  las  armas  que  se 
constituye  en  el  Río  de  la  Plata. 

Eso  es  nuestro  Grito  de  Asensio:  el  primero  de  Arti- 
gas dado  por  boca  de  Ramón  Fernández,  su  prota- 
gonista inmediato;  el  toque  de  llamada  que  el  pueblo 
estaba  esperando  y  que  al  punto  reconoció. 

En  ocho  días,  Fernández,  Viera  y  Benavides  se  en- 
cuentran al  frente  de  un  ejército  de  más  de  quinientos 
hombres,  brotados  de  latiena,  que  siguen  aumentando 
de  día  en  día.  Eselnúcleo  equivalente,  peio  diferencial, 
del  batallón  de  Patricios  de  Saavedra  en  Buenos 
Aires.  Viera  se  dirige  al  Norte;  Benavides  al  Sur,  ha- 
cia la  Colonia,  que  tomará  más  tarde.  En  Paysandú 
se  realiza  una  reunión  revolucionaria,  que  es  sorpren- 
dida y  deshecha;  Maldonado  se  subleva  allá  en  el  Sur, 
sobre  el  Rio  de  la  Plata,  casi  en  el  Atlántico;  los  suble- 
vados, entre  los  que  figuran  don  Manuel  Francisco 
Artigas,  hermano  del  I^ibertador,  y  don  Juan  Antonio 


234  I-A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Lavalleja,  toman  por  asalto  la  plaza,  rinden  la  guar- 
nición, y  capturan  a  su  jefe,  que  ponen  luego  en  liber- 
tad. A  las  puertas  de  Montevideo,  a  cuarenta  kiló- 
metros de  la  cindadela,  se  alza  en  armas  Canelones;  y 
allí  cerca,  Casupá  y  Santa  Lucía.  Aquí  preside  el  pue- 
blo otro  Artigas,  don  IManuel;  otro  procer,  don  Joa- 
quín Suárez.  Durazno,  en  el  centro  del  país;  Tacuarem- 
bó, más  arriba;  Cerro  Largo,  allá  en  el  Norte  oriental, 
sobre  la  frontera  portuguesa;  el  Pantanoso,  junto  a 
Montevideo,  a  cuyas  puertas  llegan  los  rebeldes  con 
Otorgues,  primo  hermano  de  Artigas;  las  Misiones, 
también  las  Misiones,  allá  en  el  otro  extremo  del 
Norte  occidental,  todo  se  alza  sacudido  por  una  rá- 
faga de  viento:  es  un  espíritu  que  pasa. 

Y  todo  eso  se  realiza  en  menos  tiempo  del  que  yo 
empleo  en  narrarlo. 

Y  por  todas  partes  surgen  capitanes,  caudillos, 
conductores.  I/OS  unos  son  gérmenes  de  futuros  pro- 
ceres de  la  patria;  los  otros,  formas  inconsistentes  y 
fugaces,  como  los  mismos  Viera  y  Benavides,  caudillos 
inmediatos  en  Asensio,  que  no  perseveran,  y  muy 
pronto  se  disipan;  como  Ramírez,  el  entrerriano,  que, 
satélite  de  Artigas,  con  Zapata  y  I^ópez  Jordán,  aca- 
bará por  apostatar  de  su  fe  en  el  héroe.  I,a  gloria  es  de 
los  que  quedan.  Son  éstos  los  Artigas,  Latorre,  Lava- 
lleja.  Rivera,  Blas  Basualdo,  I^arrañaga,  Oribe,  Suárez, 
Barreiro,  Escalada,  Otorgues,  Bicudo,  Baltavargas, 
cien  y  cien  nombres  que  se  encienden,  y  que  represen- 
tan la  larga  escala  de  todos  los  elementos  de  aquel  país, 
desde  el  procer  caballero,  vestido  del  frac  colonial;  des- 
de el  sacerdote,  revestido  de  su  túnica  sagrada,  hasta  el 
indio  semidesnudo;  desde  el  militar  identificado  con 
su  uniforme  y  devoto  de  la  disciplina,  hasta  el 
cabecilla  o  caudillejo  montaraz  e  indómito;  desde  el 


I^S  PIEDRAS  Y  EL  ÉXODO  DEI,  PUEBLO  ORIENTAL  235 

artillero  que  vive  con  el  alma  de  su  cañón,  hasta  el 
gaucho  armado  del  lazo  y  de  la  boleadora  de  piedra, 
o  de  la  lanza  entonces  más  usual:  un  cuchillo  o  una 
rama  de  tijera  de  esquilar,  aquellas  medias-lunas  o 
cuchillos  de  marca  mayor  que  Artigas  sacaba  clan- 
destinamente de  Montevideo,  enastados  en  una  caña 
de  tacuara. 

Pero  en  todo  ese  fermento  heterogéneo  hay  una 
homogeneidad  casi  absoluta  de  pensamiento;  allí  está 
pura  la  idea  de  la  igualdad  de  los  hombres,  de  la 
aptitud  natural  del  pueblo  para  darse  sus  mejores 
gobernantes,,  aptitud  que  se  identifica  con  el  instin- 
to social,  ingénito  en  el  hombre:  la  idea  republicana 
nativa,  sin  influencia  extraña,  hija  legítima  de  la 
naturaleza  humana  no  contaminada. 

Hay  también  otro  sentimiento  instintivo,  indeli- 
berado, en  esa  multitud:  el  primado  indiscutible  del 
Conductor  que  se  esperaba,  y  que  es  aclamado  al 
llegar:  Artigas. 


II 


Artigas,  al  desembarcar  en  las  Huérfanas,  mira  todo 
eso  que  le  rodea,  desde  lo  alto  de  su  caballo  de  guerra, 
y  con  la  cabeza  sobre  el  pecho.  Mira  también  larga- 
mente su  propio  pensamiento. 

Iva  llegada  del  héroe  dio  nuevo  empuje  a  las  opera- 
ciones del  pueblo  armado.  El  20  de  abril,  Bena vides, 
al  frente  de  su  división,  rinde  un  destacamento  español 
de  ciento  treinta  soldados  en  el  Colla,  y  toma  prisionero 
a  su  jefe.  Su  triunfo  resuena  en  el  aire,  como  un  grito; 
todo  el  mundo,  en  Buenos  Aires  sobre  todo,  mira  sor- 
prendido hacia  ese  lado  del  horizonte  que  se  ilumina. 


236  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Tengamos  en  cuenta,  amigos  artistas,  para  apre- 
ciar el  efecto  producido  por  esa  primera  hazaña  de 
la  revolución  de  Mayo  en  el  Plata,  que  nos  encontra- 
mos entre  la  pasada  victoria  de  Suipacha,  allá  en  el 
Norte  lejano  (7  de  noviembre  de  1810),  y  el  próximo 
desastre  de  Huaqui  (20  de  junio  de  1811),  que  la  hará 
estéril.  Recordemos  que  Belgrano  ha  sido  rechazado 
en  el  Paraguay;  que  el  español  se  refuerza  en  el  Alto 
Perú  y  amaga  descender  a  darse  la  mano  con  el  que 
lo  espera  en  Montevideo;  y,  por  fin,  no  olvidemos 
el  cuadro  de  la  política  interna  en  Buenos  Aires: 
aquello  es  un  caos;  los  hombres  y  los  prestigios  suben 
y  bajan;  no  se  ve  el  hombre;  falta  el  eje  de  lotación. 
El  desaliento  domina  los  espíritus. 

Bl  suceso  del  Colla,  y  los  triunfos  que  van  a  se- 
guirlo, concentran  en  la  Banda  Oriental  toda  la  aten- 
ción. Pero  no  es  el  triunfo  en  sí  mismo  lo  que  tonifica 
la  esperanza;  es  la  aparición  de  im  hombre,  del  hom- 
bre acaso,  que  nadie  puede  dejar  de  ver:  de  xm  pres- 
tigio y  de  una  autoridad  intrínsecos.  Benavides,  al 
comunicar  a  Belgrano,  que  ha  llegado  con  la  expe- 
dición auxiliar,  su  victoria,  termina  así:  «I^os  pre- 
sos europeos  y  los  soldados  prisioneros  se  los  remití 
al  segundo  general  interino  don  José  Artigas,  con  una 
lista  de  todos  ellos».  Y  Belgrano  mismo,  al  hacer 
saber  el  suceso,  el  21  de  abril,  a  la  Junta  de  que  es 
miembro  y  delegado,  le  dice:  «Dirijo  a  V.  E.  el  parte 
y  demás  documentos  de  don  Venancio  Benavides 
sobre  la  rendición  del  pueblo  del  Colla.  Mañana  sale 
el  teniente  coronel  don  José  Artigas,  segundo  jefe 
interino  del  Estado,  con  ima  partida,  a  estrechar  a  los 
enemigos.» 

Notad  eso,  pues;  Artigas  ha  llegado  a  su  tierra  con 
el  solo  grado  de  teniente  coronel  de  Buenos  Aires; 


I,AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PUEBI.O  ORDÍNTAI,  237 

Belgrano  lo  ha  nombrado  «segundo  jefe  del  ejército 
auxiliar  del  Norte»;  pero  el  otro  carácter,  el  que  emana 
de  otra  fuente  más  segura  y  alta,  es  sentido  5'  reco- 
nocido, no  sólo  por  Benavides,  que  ve  en  él  el  general 
de  hecho,  sino  también  por  Belgrano,  que  le  reconoce 
el  carácter  de  segundo  jefe  del  Estado. 

Pero  he  aquí  que  ya  desde  este  primer  momento, 
a  raíz  de  la  primera  victoria  oriental,  aparecen  los 
dos  genios  cuya  pugna  llenará  nuestro  drama.  No 
piensan  ni  proceden  como  Belgrano,  desgraciada- 
mente, los  oficiales  que  con  él  vienen  como  auxiliares 
de  este  pueblo,  llenos  del  espíritu  que  en  Buenos  Aires 
impera;  la  ruptura  entre  orientales  y  bonaerenses  es 
inmediata;  parece  fatal.  El  sargento  ma^-or  don  Mi- 
guel Estanislao  Soler,  que  viene  a  las  órdenes  de 
Belgrano,  desobedece  a  éste,  desconoce  y  menos- 
precia a  Artigas,  y  procede  de  tal  suerte,  que  obliga 
a  este  último  a  recurrir  al  general  auxiliar,  denun- 
ciándole las  depredaciones,  los  desacatos,  los  des- 
órdenes, la  barbarie  de  sus  subordinados,  y  que  pa- 
recen repetir  lo  que  aconteció  en  el  Alto  Perú,  en 
que  Castelli  dejó  tan  triste  recuerdo.  «Nada  importa, 
dice  Artigas  a  Belgrano,  el  aje  de  mi  persona,  cuando 
está  de  por  medio  la  felicidad  de  la  Patria;  he  consi- 
derado deber  sufrir  los  insultos  que  aquél  (el  sargento 
mayor  Soler)  ha  hecho  a  mi  carácter,  antes  que  dar 
lugar  a  una  disensión...  Pero  el  desorden  en  estos 
pueblos  ha  sido  general,  y  éste  se  aumentó  en  la  acción 
de  Soriano,  que  comandó  el  señor  Soler,  en  cuyo  pue- 
blo ha  sido  tan  desmedido  el  saqueo  por  nuestras 
tropas,  que  varias  familias  han  quedado  completa- 
mente desnudas;  por  lo  que  he  determinado  mandar 
una  partida...» 

I^a  Junta  de  Buenos  Aires,  la  que  acababa  de  sur- 


238  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

gir  del  motín  de  5  y  6  de  abril,  no  estaba  más  habili- 
tada, por  cierto,  que  Soler,  para  estimular  las  victo- 
rias de  Artigas;  los  hombres  políticos  estaban  allá 
absorbidos  por  sus  ambiciones.  En  esos  momentos, 
precisamente,  el  19  de  abril,  el  gobierno  triimfante 
destituía  a  Belgrano,  su  adversario,  y  lo  llamaba  a 
responder  de  sus  fracasos  en  el  Paraguay;  dejaba, 
pues,  sin  cabeza  la  expedición  auxiliar  de  la  Banda 
Oriental;  sin  jefe  el  ejército,  frente  al  enemigo...  No 
queda  sin  jefe,  felizmente;  allí  está  el  que  tiene  su 
grado  más  firmemente  refrendado  que  el  emanado 
de  esas  reyeitas  políticas.  Será  él,  y  no  Rondeau, 
nombrado  poco  después,  como  el  hombre  de  confianza 
del  nuevo  gobierno,  para  suceder  a  Belgrano,  será  él. 
Artigas,  quien  probará  que  aquel  ejército  no  ha  que- 
dado sin  cabeza,  y  que  también  la  tiene  la  revolución 
de  Mayo. 

Rondeau  ha  llegado,  como  Belgrano  al  Paraguay, 
con  instrucciones  expresas  de  serlo  todo  en  la  Banda 
Oriental;  pero  la  realidad  se  impone.  Artigas,  como 
una  fuerza  de  la  naturaleza,  sigue  su  marcha;  va  en 
derechura  a  su  objeto,  encerrado  en  sí  mismo,  fija  en 
el  horizonte  la  mirada.  Va  a  cumplir  su  promesa  de 
arriar  el  pabellón  español  de  la  cindadela  de  Monte- 
video; a  arrebatar,  de  todo  detentador  injusto,  la 
capital  de  su  patria,  y  el  baluarte  de  América  en  el 
Atlántico. 

Una  fuerza  española  de  ciento  veinte  hombres,  con 
un  cañón,  se  encuentra  en  el  Paso  del  Rey,  cerca  del 
pueblo  de  San  José,  a  las  órdenes  del  teniente  coronel 
Bustamante.  Era  el  núcleo  formado  por  el  virrey  Elío 
para  impedir,  desde  un  punto  céntrico,  la  reunión  de 
los  patriotas.  Artigas  conoce  el  hecho,  y  ordena,  desde 
Mercedes,  a  su  primo  hermano   don  Manuel,   que. 


I,AS  PIEDRAS  Y  EIv  iSxODO  DEIv  PUEBI/)  ORIENTAI,  239 

uniendo  a  sus  fuerzas  todas  las  partidas  de  los  distri- 
tos inmediatos,  vaya  a  ocupar  San  José. 

Don  IVIanuel  va  a  buscar  allí  su  doble  victoria:  el 
triunfo  y  la  muerte. 

Reúne  sus  tropas  a  las  de  Baltavargas,  y  ataca  a 
Bustamante.  I^a  lucha  es  encarnizada  y  tenaz  por 
ambas  partes. 

I/)s  españoles  ceden;  son  desalojados  del  Paso  del 
Rey,  y  huyen  a  atrincherarse  en  el  pueblo  de  San  José, 
donde  reciben  refuerzos,  hasta  formar  una  división 
bien  armada  y  mtmicionada.  También  Manuel  Artigas 
ha  recibido  el  contingente  de  Venancio  Benavides, 
y  ambos  se  preparan  a  tomar  el  pueblo  por  asalto. 
I/)  expugnan  en  la  mañana  del  25  de  abril. 

El  fragor  de  ese  combate  resonó  en  todo  el  Plata 
como  una  aclamación;  aun  resuena  en  las  estrofas  del 
himno  que  cantan  los  argentinos  a  su  patria.  Imagi- 
naos, amigos,  la  impresión  que  todo  eso  producía  en 
Buenos  Aires;  el  efecto  de  esa  inesperada  batalla  de  San 
José.  Allí  corrió  la  primera  sangre  de  Artigas:  el  ca- 
balleresco don  Manuel  cayó  herido  sobre  las  trinche- 
ras enemigas;  murió  por  la  patria.  Buenos  Aires,  en- 
tusiasmado ante  aquella  revelación,  decretó  que  su 
nombre  fuera  escrito  en  la  Pirámide  de  Mayo,  erigida 
en  su  plaza  principal.  Allí  está  escrito. 

Cuatro  horas  duró  la  encarnizada  lucha.  Bravos 
eran  los  veteranos  españoles,  y  veteranos  parecían 
los  bisónos  soldados  del  Uruguay.  Estos  triunfaron 
por  fin:  penetraron  en  el  pueblo,  desalojando  al  con- 
trario de  sus  posiciones  avanzadas,  en  que  resistía 
bizarramente;  se  apoderaron  de  las  trincheras;  pu- 
sieron en  derrota  al  enemigo.  Cien  prisioneros,  dos 
piezas  de  artillería,  gran  cantidad  de  armas  y  muni- 
ciones quedaron  en  poder  del  vencedor.  /San  José! ... 


240  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Artigas  sentía  todo  aquello  a  su  alrededor,  y,  con 
la  cabeza  sobre  el  pecho,  marchaba,  al  paso  de  su  ca- 
ballo, en  línea  recta  hacia  el  Sur,  en  que  clavaba  de 
vez  en  cuando  los  ojos.  Allá,  en  la  falda  de  su  cerro, 
estaba  Montevideo,  su  ciudad  natal,  ceñida  de  su  cin- 
tura de  cañones.  Artigas  veía  su  granítica  cindadela, 
en  que  flameaba  el  pabellón  español,  sus  cubos  arti- 
llados, su  larga  muralla,  sus  fuertes  destacados,  su 
foso  profundo.  Era  un  modelo  de  arquitectura  mili- 
tar aquella  cindadela;  uno  de  los  baluartes  principa- 
les del  dominio  colonial  de  América. 

Artigas  marchaba  tranquilo  a  cumplir  su  promesa: 
arriar  ese  pabellón  de  la  cindadela  de  Montevideo.  Cami- 
naba en  línea  recta,  seguro  de  sí  mismo. 

Sólo  450  soldados  lo  seguían;  el  resto  de  las  milicias 
orientales,  que  ascendía  a  más  de  2.000  hombres,  es- 
taba diseminado  por  el  país.  Era  necesario,  sin  em- 
bargo, que  él  personalmente  entrara  en  batalla. 

El  español  le  ofreció  la  ocasión  que  buscaba;  salió 
de  las  murallas  de  Montevideo,  y  se  atravesó  al  paso 
del  Jefe  de  los  Orientales. 

El  capitán  de  fragata  don  José  Posadas,  con  un 
ejército  de  1.230  soldados,  con  buenas  armas  y  abun- 
dantes municiones,  y  con  cinco  piezas  de  artillería, 
se  había  acuartelado  y  fortificado  en  Las  Piedras, 
pequeña  población  situada  a  tres  o  cuatro  leguas  de 
Montevideo. 

Artigas  pide  a  Rondeau,  quien,  en  substitución 
de  Belgrano,  ha  pasado  de  Buenos  Aires  con  el  ejér- 
cito auxiliar,  según  hemos  dicho,  dos  compañías  de 
infantería,  para  librar  un  combate.  Rondeau  le  envía 
las  dos  compañías:  250  hombres  del  batallón  llamado 
de  Patricios. 

Artigas  acampa  en  Canelones,  el  12  de  mayo,  con 


I,AS  PIEDRAS  Y  Ely  ÉXODO  DElv  PUEBW)  ORIENTAI,  24I 

700  hombres,  los  250  patricios  entre  ellos,  y  dos  piezas 
de  artillería.  Con  fuerzas  tan  inferiores  no  debe  jugar 
la  suerte  de  sus  armas,  empeñando  una  batalla  en  que, 
como  en  casi  todas  las  de  América,  desde  esta  primera 
de  Las  Piedras  hasta  la  última  de  Ayaciicho,  será  el 
hombre  a  caballo,  las  pujantes  cargas  de  caballería, 
los  que  resolverán  de  la  suerte  de  los  combates.  Arti- 
gas ordena  a  su  hermano  Manuel  Francisco,  destacado 
en  Maldonado,  y  en  camino  de  Pando,  se  le  incorpore 
a  marchas  forzadas,  con  300  jinetes  que  le  si- 
guen. 

Inútiles  fueron  los  esfuerzos  de  Posadas  por  evitar 
la  incorporación,  aunque  tuvo  por  aliada  una  copiosa 
lluvia,  que  empezó  a  caer  desde  la  noche  del  12,  hasta 
la  mañana  del  16;  la  junción  de  los  dos  Artigas  se  rea- 
lizó el  17  a  la  tarde,  y  el  día  18  de  mayo,  casi  en  el 
primer  aniversario  del  movimiento  de  Buenos  Aires, 
salió  el  sol  de  la  batalla  de  Las  Piedras,  sol  de  Mayo 
en  su  plenitud. 

No  os  describiré  la  batalla,  mis  amigos  artistas,  con 
el  tecnicismo  militar;  eso  anda  en  los  libros,  y  yo  no 
escribo  un  libro.  Bl  terreno  es  allí  ondulado;  el  que 
ya  conocéis  como  característico  del  Uruguay:  peque- 
ñas colinas;  los  horizontes  abiertos;  el  cielo  azul.  El 
arroyo  de  Las  Piedras,  festonado  de  bosques,  apare- 
ce y  desaparece  en  el  fondo  de  las  colinas,  como  una 
cinta  verde.  lyos  orientales  miramos  ese  campo,  mis 
bravos  artistas,  con  infantil  soberbia,  como  cosa  de 
simplicidad  homérica. 

Artigas  triunfó  en  Las  Piedras;  dio  a  la  revolu- 
ción su  primera  victoria  en  el  Plata,  muy  superior, 
por  sus  proporciones  y  trascendencia,  a  la  brillantí- 
sima que  hemos  visto  obtener  por  el  ejército  auxiliar 

T.  1.-18 


242  r,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

hace  pocos  días  en  Suipacha.  allá  lejos,  en  el  Alto 
Peiú. 

En  Suipacha  se  luchó  media  hora.  Todo  el  día 
se  combatió  en  I^as  Piedras;  hasta  la  puesta  del  sol. 
Artigas  reveló  en  esa  función  de  guerra  las  condicio- 
nes de  ma  gran  capitán,  como  las  mostró  en  el  resto 
de  sus  campañas.  Pero  yo  tengo  empeño,  mis  bravos 
artistas,  en  no  haceros  ver  en  él  al  general.  Hay 
muchos  generales.  Y  Artigas  es  Artigas. 

No:  no  pongáis  a  nuestio  héroe  en  la  batalla,  como 
en  su  principal  teatro  de  acción;  no  lo  imaginéis,  ni 
aun  en  el  momento  en  que,  muerto  su  caballo  por  un 
casco  de  granada  y  siendo  el  blanco  exclusivo  de  toda 
la  infantería  enemiga,  avanza  a  pie,  para  mostrar  a 
sus  soldados  la  inmunidad  que  comunica  el  valor,  y 
señalando  con  la  espada  el  sitio  desde  donde  lo  mira 
intensamente  con  sus  ojos  negros  la  victoria. 

Artigas  no  mandó  muchos  combates;  eso  es  un  acci- 
dente de  su  persona.  No  era  un  lancero.  Eran  prover- 
biales su  destreza  y  su  valor;  pero  todo  hombre,  por 
el  hecho  de  serlo,  tiene  el  deber  de  ser  valiente.  Arti- 
gas tenía  un  deber  muy  superior  a  ése:  el  de  revelar 
a  los  hombres  su  mensaje. 

¿Queréis,  sin  embargo,  verlo  un  instante  en  el  cam- 
po de  batalla,  una  vez  por  todas  siquiera,  aquí  en  I^as 
Piedras?  Miradlo  en  el  momento  en  que,  ya  entrada 
la  tarde.  Posadas,  el  jefe  enemigo,  que  ve  a  su  alrede- 
dor 97  de  sus  soldados  muertos  y  61  heridos;  que  está 
herido  él  mismo  de  un  sablazo;  que  se  encuentra  en- 
vuelto por  los  patriotas  triunfantes  y  se  siente  des- 
moralizado, hace  levantar  bandera  de  parlamento. 
Tan  estrechado  estaba,  que  es  Artigas  personalmente 
quien,  envainando  la  espada,  le  intima  a  voces  que 
se  rinda  a  discreción,  prometiéndole  la  vida  y  la    de 


I,AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PUEBI,0  ORIENTAI,  243 

todos.  Así  lo  hizo  el  bizarro  jefe  español.  Pero  Arti- 
gas no  recogió  personalmente  la  buena  espada  de  aquel 
hombre  de  bien,  leal  a  su  patria  y  a  su  rey.  Como  tri- 
buto de  hidalgo  respeto,  envió  un  sacerdote,  el  ca- 
pellán don  Valentín  Gómez,  a  recoger  como  objeto 
sacro  aquella  espada. 

Posadas  se  entregó  a  discieción,  con  22  oficiales 
y  342  individuos  de  tropa.  Del  resto  de  su  ejército, 
una  parte  quedaba  postrada  en  el  campo;  la  otra  se 
dispersó.  I^as  pérdidas  de  los  patriotas  fueron  11  muer- 
tos y  23  heridos.  En  poder  de  Artigas  quedaron  462 
prisioneros,  con  sus  jefes  y  oficiales,  y  cinco  piezas 
de  artillería,  armas,  municiones  y  bagajes. 

Para  juzgar  de  esas  cifras,  mis  queridos  artistas, 
es  necesario  que  las  consideréis  con  relación  al  teatro 
de  la  acción.  Son  muy  grandes.  I^a  batalla  de  San 
Ivorenzo,  primera  resonante  victoria  de  San  Martín, 
el  gran  capitán  americano,  se  libró  entre  200  ó  300 
hombres  por  ambas  partes.  Y  es  un  fasto  glorioso  de 
la  revolución  de  América. 

Notemos  un  rasgo  final  de  este  combate  de  Las  Pie- 
dras, que  consuela  las  congojas  provocadas  en  el  espí- 
ritu por  la  ejecución  de  Liniers  3^  la  de  los  vencidos 
en  Suipacha:  ni  una  gota  de  sangre  manchó  las  ma- 
nos del  vencedor.  Artigas  personalmente  defendió 
a  los  fugitivos,  e  hizo  de  ello  siempre  mi  título  de 
honra;  lo  consigna  expresamente  en  el  parte  de  la  vic- 
toria. Después  de  la  batalla,  se  verificó  el  canje  de 
los  prisioneros,  el  primero  realizado  en  América,  de 
acuerdo  con  las  leyes  de  la  humanidad  y  de  la  guerra. 
La  humanidad,  mis  queridos  artistas,  fué  el  rasgo  ca- 
racterístico de  ese  hombre  de  bien.  Nadie  lo  superó 
en  esa  virtud;  muy  pocos  lo  alcanzaron.  En  esta  ac- 
ción de  guerra,  como  en  todas,  sin  una  sola  excepción, 


244  I'A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  héroe  oriental  pudo  incluir  su  victoria  entre  sus 
buenas  acciones. 


III 


La  batalla  de  I^as  Piedras  retempló  en  toda  América 
el  espíritu  de  la  revolución  de  Mayo.  I^a  Junta  de  Bue- 
nos Aires  se  sintió  compensada  de  los  desastres  de 
Belgrano  en  el  Paraguay,  y  del  descalabro  de  Huaqui, 
que  acaece  casi  en  el  mismo  tiempo  (junio  de  1811), 
confirió  al  vencedor  el  grado  de  coronel,  y  le  decretó 
una  espada  de  honor.  El  nombre  de  su  victoria,  como 
la  del  otro  Artigas  en  San  José,  suena,  junto  con  los 
de  San  lyorenzo  y  Suipacha  y  Tucumán,  en  las  estro- 
fas del  himno  que  hoy  canta  el  pueblo  argentino,  y 
enseña  a  cantar  a  sus  niños  al  recordar  sus  efemérides 
de  gloria. 

Pero  el  triunfo  de  Artigas  y  de  su  pueblo  ofrecía 
un  aspecto  incómodo.  Como  vamos  a  verlo,  la  Junta 
gestionaba  ya  un  arreglo  con  las  cortes;  quería  volver 
atrás,  permanecer  a  la  defensiva,  hacer  de  la  acción 
militar  sólo  una  preparación  de  la  diplomática.  Y 
aquel  vencedor  de  I^as  Piedras  parecía  querer  ir 
solo  adelante.  Kra  una  pieza  extraña  al  tablero  en 
que  Buenos  Aires  jugaba  su  partida;  una  pieza  de 
hierro  demasiado  pesada.  Aquel  hombre  comenzaba 
ya  a  estorbar,  y  era  de  presumir  que  estorbaría,  en 
los  planes  políticos,  tanto  más  cuanto  más  necesario 
se  hiciera  en  la  acción  militar.  Una  autoridad  que  no 
emanaba  de  Buenos  Aires  radicaba  en  su  persona, 
como  hemos  dicho,  y  era  de  presumir  que  la  espada  de 
honor  que  se  le  había  regalado,  y  el  grado  de  coronel,  no 
fueran  bastantes  para  imprimirle  la  docilidad  necesaria. 


líAS  PIEDRAS  Y  Elv  ÓXODO  DEt.  PUEBLO  ORIENTAI,  245 

Y  así  era,  efectivamente:  Artigas  reclamaba  otro 
premio  para  el  animoso  esfuerzo  de  su  pueblo,  que  no 
se  había  levantado  en  masa  para  retroceder.  El  pre- 
cio de  la  batalla  de  Las  Piedras  debía  ser  las  llaves 
de  Montevideo,  y  fué  inmediatamente  por  ellas.  El 
21  de  mayo,  tres  días  después  de  la  victoria,  hace 
acampar  su  ejército  en  el  Cernió,  colina  inmediata 
a  la  plaza,  y  él  golpea  con  el  puño  de  su  espada  la 
puerta  herméticamente  cerrada  de  la  ciudadela,  cu- 
yos cañones  sacan  la  cabeza  de  los  agujeros  de  sus 
troneras,  y  miran  silenciosos  y  asombrados  a  aquel 
hombre  audaz,  que  así  interrumpe  el  sueño  secular 
de  sus  bronces  taciturnos... 

Para  damos  cuenta,  amigos  artistas,  de  la  resonan- 
cia de  esos  golpes  del  vencedor  de  I^as  Piedras  en  las 
puertas  de  Montevideo,  leamos  esta  carta  que,  en 
30  de  mayo,  escribe  a  España  un  vecino  de  la  plaza: 
«...  las  consecuencias  de  esta  desgraciada  batalla  han 
sido  las  más  funestas.  Envalentonados  con  esta  vic- 
toria, y  habiendo  armado  con  nuestras  armas  800 
hombres  más,  se  han  presentado  delante  de  esta 
plaza  1.500  a  2.000  hombres;  de  modo  que  hemos 
tenido  que  poner  los  cañones  para  defensa  de  la  Agua- 
da, sin  que  podamos  conducir  los  trigos  de  las  pana- 
derías que  están  bajo  tiro  de  cañón,  y,  al  fin,  se  han 
cerrado  los  portones,  sin  que  tengamos  otra  cosa  que 
el  casco  de  la  ciudad».  Conozcamos  ahora  la  siguiente 
comunicación  que,  sobre  tales  sucesos,  dirige  don  José 
María  Salazar,  comandante  del  apostadero,  al  minis- 
tro de  Marina,  y  que  hallamos  en  el  Archivo  de  In- 
dias: «El  enemigo  tomó  500  quintales  de  pólvora  que 
estaban  en  la  falda  del  Cerro,  y  todo  el  trigo  del  pue- 
blo de  la  Aguada,  hallándose  toda  la  ciudad  conster- 
nada, por  hallarse  desprovista  de  todo,  pues  nadie 


246  hA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

había  pensado  en  que  podía  llegar  tal  caso,  y  mucho 
menos  el  señor  virrey,  que,  con  un  tono  de  desprecio 
y  burla,  me  preguntó  el  26  de  abril  si  yo  creía  que 
los  gauchos  se  atreverían  a  presentarse  a  la  vista  de 
los  muros  de  esta  plaza...  I/a  sola  noticia  de  que  las 
tropas  de  Buenos  Aires  tenían  sitiado  al  baluarte  de 
esta  América,  reanimó  el  entusiasmo  de  las  Provin- 
cias en  favor  de  la  independencia,  el  de  Chile,  y  no 
dudaré  en  afirmar  que  hasta  el  mismo  reino  de  Lima 
se  ha  resentido  de  tan  ftmesta  prueba;  pero  lo  que  no 
puede  dudarse  es  que  ella  ocasionó  que  el  Paraguay 
adoptase  el  unirse  a  Buenos  Aires,  como  lo  hizo.  Si 
por  defuera  consiguieron  los  enemigos  estas  grandes 
ventajas,  en  esta  Banda  lograron  atraer  a  su  partido 
a  todos  los  pueblos,  y,  quitándonos  cuantos  auxilios 
sacábamos  de  ellos,  reducimos  al  solo  recinto  de  la 
plaza  y  a  la  mayor  miseria  y  pobreza  por  mucho 
tiempo». 

Bn  cuanto  a  la  proyección  de  tales  sucesos  sobre 
la  figura  del  mismo  Artigas,  podemos  leer  a  Guerra 
y  lyarrañaga  en  sus  Apuntes  Históricos:  <'Don  José 
Artigas,  dicen,  ganó,  el  18  de  mayo,  la  victoria  de 
Las  Piedras,  en  que  quedó  prisionero  el  capitán  de 
fragata  Posadas,  jefe  de  los  vencidos,  y  casi  toda  la 
tropa  de  marina  y  de  milicias  que  mandaba.  Eso 
contribuyó  sobremanera  a  la  grande  sublimación,  auto- 
ridad y  concepto  de  qw  gozaba  Artigas  en  la  Banda 
Orientah. 

El  vencedor  de  Las  Piedras  tiene  la  persuasión  de  que 
la  caída  de  la  ciudad  es  inevitable;  nadie  mejor  que  él 
conoce  sus  fortificaciones,  sus  elementos  de  resistencia, 
el  modo  eficaz  de  expugnarla;  mil  veces,  desde  su  pri- 
mera infancia,  ha  cruzado  aquel  puente  levadizo,  reco- 


I,AS  PIEDRAS  Y  El.  ÉXODO  DEI,  PUEBI^O  ORIENTAI,  247 

rrido  aquellas  murallas,  oído  tronar  aquellos  310  caño- 
nes, que  ahora,  echados  en  las  almenas,  con  las  fauces 
abiertas  hacia  el  campo,  lo  miran  silenciosos.  Se  sen- 
tía seguro  del  éxito;  allí  debía  terminar  el  dominio 
español  en  el  Uruguay.  El  pueblo  oriental,  dueño  de 
sus  destinos  por  su  propio  esfuerzo,  será  el  más  po- 
deroso aliado  de  su  hermano  occidental;  el  núcleo  de 
independencia  en  el  extremo  austral  del  continente. 

Se  dirigió,  pues,  a  Rondeau,  pidiéndole,  a  fin  de 
aprovechar  la  desmoralización  del  enemigo  y  los  po- 
cos elementos  con  que  éste  contaba — sólo  500  hom- 
bres y  las  dotaciones  indispensables  para  la  artille- 
ría,— apurara  su  marcha, ole  enviara  refuerzos,  armas 
y  municiones  sobre  todo,  para  asaltar  la  plaza.  Ar. 
tigas  está  seguro  del  triunfo;  lo  manifiesta  en  una  nota 
memorable;  completamente  seguro.  Una  lucha  te- 
rrible se  libraba  en  su  espíritu;  sentía  impulsos  de 
proceder  por  sí  solo;  ya  comenzaba  a  recelar  de  los 
propósitos  secretos  de  su  aliado  occidental;  pero  no 
debía  romper  con  éste;  la  alianza  le  era  necesaria,  y, 
sólo  por  no  romperla,  dirige,  en  este  momento,  al 
gobernador  español,  como  representante  de  la  Junta, 
la  única  comunicación  de  su  vida  en  que  invoca  a 
Fernando  VII;  lo  hace  para  exigirle  la  entrega  de 
Montevideo. 

Rondeau  rechazó  la  idea  del  asalto,  aunque  5.000 
voluntarios  orientales  acompañaban  su  ejército,  y  los 
patriotas  de  la  plaza  reclamaban  el  golpe.  El  jefe  del 
ej  él  cito  auxiliar  llegó  al  Cerrito,  y  tomó  el  mando 
de  las  fuerzas  sitiadoras,  dejando  al  de  los  orientales 
en  segundo  téimino,  y  con  escasos  elementos;  lo  más 
escasos  posible. 

Ya  os  explicaré  ampliamente,  mis  queridos  artis- 
tas, la  razón  de  ésta  y  de  muchas  otras  postergado- 


248  I,A    EPOPEYA   DE   ARTIGAS 

nes  de  Artigas,  por  más  que  ya  las  habéis  penetrado. 
Rondeau  era  un  patriota,  un  animoso  capitán;  era 
un  conductor  de  soldados,  pero  no  un  conductor  de 
hombres;  y  de  ideas,  menos.  Si  tuvierais  que  modelar 
su  estatua,  os  bastaría  con  plasmar  la  de  un  bizarro 
jefe  impersonal,  la  de  un  noble  uniforme.  Era  de  ca- 
rácter apacible;  había  cursado  la  carrera  de  letras; 
prisionero  de  los  ingleses  en  la  toma  por  éstos  de 
Montevideo,  es  conducido  a  Inglaterra,  y  devuelto 
después  a  España,  donde  obtuvo  el  grado  de  capitán 
español.  Ahora  es  un  número  pasivo  del  ejército; 
será  en  Buenos  Aires  personaje  político;  lo  será  todo, 
menos  caudillo  revolucionario.  I^a  de  Rondeau  es  una. 
brillante  carrera  oficial.  Fué  vm  hombre  de  bien. 

Artigas,  que  era  coronel  de  Buenos  Aires  sólo  como 
Washington  era  general  francés,  comprendía  que,  pre- 
cisamente por  eso,  debía  ser  Rondeau,  y  no  él,  quien 
mandara  el  ejército  sitiador.  I^a  tierra  y  el  pueblo  que 
aquél  conducía,  a  pesar  de  las  causas  que  os  he  hecho 
tocar  hasta  en  las  entrañas  de  aquella  tierra,  no  eran 
reconocidos  por  el  dueño  del  ejército  auxiliar. 

Y  eso  era  natural.  El  patriciado  predominante  en 
Buenos  Aires  no  podía  reconocer  a  Artigas;  le  falta- 
ban atributos  o  apariencias,  y  le  sobraban  realida- 
des; era  demasiado.  «El  escéptico,  dice  Carlyle,  no  es 
capaz  de  reconocer  un  héroe,  aunque  lo  vea  y  lo  toque; 
el  doméstico  espera  ver  en  él  carrozas,  mantos  de  púr- 
pura, cetros  de  oro,  cuerpos  de  alabarderos,  séquito 
de  magnates  y  la  banda  correspondiente  de  trompas 
y  chirimías.  En  el  fondo,  tanto  el  doméstico  como  el 
escéptico  esperan  lo  mismo:  la  pasamanería  y  las  chi- 
rinolas de  algún  vastago  de  reconocida  realeza.  El  rey 
que  se  les  presente  sencillamente,  y  de  ruda  y  no  fan- 
tástica manera,  que  llame  a  otra  puerta:  no  será  rey.» 


IvAS  PIEDRAS  Y  Er<  ÉXODO  DEI,  PUEBI.O  ORIKNTAI,  249 

Artigas  hubo  de  someterse,  pues.  A  las  órdenes  de 
Rondeau,  formó  con  su  pueblo  en  la  línea  del  sitio  que 
se  puso  a  Montevideo,  viendo  desvanecerse  en  el  aire 
la  visión  de  gloria  que  lo  llamaba  desde  lo  alto  de  las 
murallas;  pero  el  problema  inevitable  del  porvenir 
se  ofreció  claro  a  sus  ojos,  y  el  héroe  meditó  en  su 
corazón. 

I^ejos  de  mí,  oh  amigos  artistas,  el  intento  de  depri- 
mir a  los  proceres  de  Mayo,  cuando,  al  enseñaros  esta 
historia,  me  vea  en  la  necesidad  de  contraponerlos  a 
Artigas;  pero  ese  conflicto  es  toda  la  historia  del  Río 
de  la  Plata.  El  problema  nos  saldrá  al  encuentro  a 
cada  paso,  y,  quieras  que  no,  es  fuerza  que  lo  mire- 
mos de  frente. 

Buenos  Aires  y  Artigas  eran  dos  rivales,  desgracia- 
damente; éste  era  la  independencia  republicana,  la 
idea  fija,  el  propósito  genial  inquebrantable,  la  rea- 
lidad futura;  aquél  era  el  tanteo,  la  desconfianza  en 
el  propio  pueblo  argentino,  siempre  heroico,  y  que, 
como  lo  veréis  más  tarde,  no  halló  más  jefe  que  el 
mismo  Artigas.  Buenos  Aires  era  el  simple  cambio  de 
dueño,  la  idea  negativa:  la  expulsión  de  España,  si 
las  circunstancias  lo  permitían,  para  substituirla  por 
una  monarquía  más  o  menos  tributaria,  por  un  prín- 
cipe cualquiera  de  reconocida  realeza  como  dice  Car- 
lyle.  Y  si  las  cosas  se  ponían  mal,  dejarlas  para  mejor 
ocasión.  Artigas  era  la  idea  positiva  con  su  resolución 
heroica:  la  independencia  absoluta,  la  coronación  del 
verdadero  rey  prisionero:  el  pueblo  americano. 

Y  es  preciso  resolver,  oh  amigos  míos,  sobre  en  cuál 
de  esas  dos  entidades  está  la  realidad  de  la  revolución 
de  América;  cuál  de  ellas  puede  resistir,  para  cobrar 
la  forma  perdurable,  el  baño  lustral  del  hierro  someti- 
do al  fuego. 


250  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Artigas  se  ha  adherido  de  buena  fe,  sin  ambiciones, 
a  la  revolución  de  jVIayo;  ha  comprometido  en  ella  a 
su  pueblo;  pero  eso  no  significa  que  haj'^a  aceptado, 
ni  pueda  aceptar,  el  puesto  de  ejecutor  del  ajeno 
pensamiento,  cuando  se  trate  de  los  destinos  de  ese 
pueblo. 

Y  eso  era  lo  que  Buenos  Aires  no  reconocía:  la  per- 
sonalidad del  pueblo  oriental;  sus  destinos  tenían  que 
someterse  al  de  los  demás,  y  no  había  de  tomar  in- 
tervención decisiva,  ni  mucho  menos,  en  su  resolu- 
ción, que  sólo  incumbía  a  los  habitadores  de  la  ciu- 
dad capital;  a  los  que  en  ésta  predominaran. 


IV 


En  esos  momentos,  precisamente,  se  estaban  ju- 
gando esos  destinos  en  la  corte  de  Río  Janeiro,  donde 
la  Junta  de  Buenos  Aires  tenía  acreditado,  como  agen- 
te, a  don  Manuel  de  Sarratea,  el  más  escéptico  de 
todos  sus  miembros. 

Allá  en  la  corte  estaba  el  rey  de  Portugal,  don 
Juan  VI,  vastago  de  reconocida  realeza,  con  la  ambi- 
ción secular  de  esa  su  realeza  en  el  alma:  llevar  al 
Plata  la  frontera  de  sus  dominios  coloniales;  su  minis- 
tro e  inspirador  era  el  conde  de  Linares.  Allí  estaba 
la  princesa  Carlota,  esposa  de  don  Juan,  hermana  de 
Femando  VII,  con  su  ambición  de  formarse  un  reino 
para  sí  propia  en  el  Río  de  la  Plata;  su  brazo  era  el 
capitán  general  de  Río  Grande,  don  Diego  de  Souza. 
Allí  estaba  el  marqués  de  Casa  Irujo,  personaje  inno- 
cuo, representante  de  las  Juntas  españolas.  Allí  vivía, 
sobre  todo,  Lord  Strangfort,  agente  diplomático  de 
Inglaterra,  aliada  de  España  contra  Napoleón,  y  que 


I,AS  PIEDRAS  Y  El.  ÉXODO  DEl,  PUEBI.O  ORIEnTAI,  253 

para  escalar  el  Olimpo;  rebelde  a  España,  a  Inglate- 
rra, a  Portugal,  a  Carlota,  a  Buenos  Aires,  al  mundo 
entero;  era  la  revolución  de  Mayo;  la  de  América, 
la  Naturaleza  activa. 

¡Rebelde!...  Sí,  lo  será  toda  su  vida;  pero  rebelde 
sin  ira,  reflexivo.  El  era  la  realidad  rebelada  contra  la 
apariencia;  la  verdad  alzada  contra  la  mentira;  era 
el  rebelado  olímpico,  encadenado  por  ladrón  del  fue- 
go sacro.  I^as  ondinas  bajarán  del  cielo  a  acompañar 
su  divina  soledad. 

El  virrey  Elío,  que  veía  las  cosas  de  más  cerca,  quiso 
vencerlo  también  a  él,^  y  acudió  al  recurso  satánico,  a 
la  tentación.  Envió  a  Artigas,  nombrado  coronel  por 
Buenos  Aires  después  de  la  victoria  de  Las  Piedras,  dos 
comisionados  que  le  hicieron  las  ofertas  que  ya  conoce- 
mos: el  grado  efectivo  de  general,  el  gobierno  militar  de 
toda  la  campaña  uruguaya,  todos  los  honores  del  caso, 
una  gruesa  suma  de  dinero,  etc.  Artigas  contestó  «que 
consideraba  aquello  como  un  insulto  hecho  a  su  per- 
sona, tan  indigno  de  quien  lo  hacía  como  de  ser  con- 
testado». Y  envió  el  mensajero  a  ser  juzgado  en  Bue- 
nos Aires.  Él  no  sabía  de  las  gestiones  que  Buenos 
Aires  tenía  pendientes. 

I^a  situación  de  Elío  en  Montevideo  se  tornaba 
cada  vez  más  premiosa.  Vigodet  había  sido  desalo- 
jado de  la  Colonia,  caída  en  poder  de  Bena vides,  que 
la  sitiaba.  También  esa  toma  de  la  Colonia  es  cantada 
en  el  himno  nacional  argentino,  como  primicia  de 
gloria. 

Toda  la  esperanza  de  Elío,  perdida  la  que  cifró  en 
la  seducción  de  Artigas,  se  basaba  entonces  en  la  pro- 
tección que  había  demandado  y  obtenido  de  Río  Ja- 
neiro. I^a  princesa  Carlota  había  acudido  a  su  deman- 
da, y  conseguido  del  rey  don  Juan,  su  esposo,  una  orden 


254  I<-^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

para  que  el  capitán  general  de  Río  Grande,  don  Diego 
de  Souza,  invadiera  sin  demora  el  territorio  del  Uru- 
guay, «en  defensa  de  los  derechos  de  su  augusto  her- 
mano», según  decía.  Souza  llevaba,  además,  el  come- 
tido de  invitar  a  la  Junta  de  Buenos  Aires  a  aceptar 
la  mediación  negociada  por  Sairatea,  a  fin  de  hacer 
cesar  las  desavenencias  con  España.  Es  claro  que, 
estando  allí  I/)rd  Strangfort,  el  objeto  ostensible  era 
defender  al  amado  Fernando  VII;  pero  Portugal  de- 
cía reservadamente,  por  otra  parte,  a  Buenos  Aires, 
«que  estos  dominios  no  volverían  al  yugo  español, 
aunque  Fernando  recuperara  el  trono  de  sus  padres», 

vSouza,  agente  apasionado  de  la  política  de  Carlota, 
enemigo  de  España,  y  de  Buenos  Aires,  y  de  Artigas, 
y  de  la  revolución  americana,  invadió  el  territorio  del 
Uruguay  con  su  ejército  pacificador,  que  constaba  de 
3.000  hombres  y  dos  baterías  montadas,  el  17  de  ju- 
lio de  1811,  dos  meses  después  de  la  batalla  de  Las 
Piedras. 

I/Ds  orientales  sitiadores  de  Montevideo,  ignoran- 
tes de  los  manejos  de  la  Junta  y  del  desaliento  que 
en  ella  acababa  de  causar  el  desastre  de  Huaqui,  allá 
en  el  Norte,  que  anuló  el  éxito  de  Suipacha.  pensaban 
en  oponerse  al  paso  del  portugués  y  en  apresurar  la 
toma  de  la  plaza.  Pedían  recursos  a  Buenos  Aires; 
éste  prometía,  pero  los  recursos  no  llegaban.  Y  el 
portugués  avanzaba,  devastando  el  país.  Las  pobla- 
ciones huían  ante  el  invasor  odiado,  incendiaban  sus 
viviendas,  arreaban  sus  ganados,  hacían  el  vacío  al 
conquistador  y  afluían  en  torno  de  Artigas.  Comen- 
zaba el  éxodo  del  pueblo  oriental. 

Y  Elío  perfeccionaba  las  fortificaciones,  y  retem- 
plaba a  los  suyos,  y  enviaba  una  escuadrilla  a  blo- 
quear a  Buenos  Aires,  y  a  simular  un  bombardeo: 


I.AS  PIEDIL\S  Y  El,  ÉXODO  DEIv  PUEBI,0  ORIENTAI,  255 

arrojó  sobre  la  ciudad   algunas  bombas  inofensivas, 
pero  que  alarmaron  mucho  a  la  gente. 

El  gobierno  de  la  capital  mandó  entonces  comi- 
siones que  tratasen  con  Elío;  que  le  revelasen,  sobre 
todo,  el  objeto  verdadero  de  la  invasión  portuguesa* 
Pero  en  esos  momentos  llegó  a  Montevideo  la  noticia 
de  haber  sido  derrotada  en  Huaqui.  en  el  Alto  Perú, 
la  expedición  que  había  vencido  en  Suifacha,  y  todo 
arreglo  que  no  fuera  la  completa  sumisión  fué  re- 
chazado. Vino,  poco  después,  la  noticia  de  que  las 
autoridades  realistas  habían  sido  derrocadas  en  el 
Paraguay,  donde  se  había  formado  un  gobierno  pro- 
pio, dispuesto,  al  parecer,  a  entenderse  con  Buenos 
Aires,  y  esa  noticia  quebrantó  de  nuevo  los  bríos  de 
los  españoles  montevideanos.  Por  fin,  apareció  re- 
suelto el  embajador  inglés  en  Río  Janeiro.  Éste  ar- 
ticuló un  ultimátum:  era  necesario  concluir  con  aquel 
tejemaneje:  intrigas  de  doña  Carlota,  tanteos  de  Bue- 
nos Aires,  invasiones  de  Portugal.  Y  todo  terminó. 
Reconocimiento  de  Fernando  Vil;  retiro  inmediato  de 
los  ejércitos  portugués  y  bonaerense,  que  ocupaban 
la  Banda  Oriental;  cesación  del  bloqueo  de  Buenos 
Aires;  abandono,  en  manos  de  Elío,  de  todo  el  territo- 
rio oriental,  y  aun  de  una  parte  del  occidental;  sus- 
pensión completa  de  hostilidades.  Eso  quería  el  in- 
glés. Y  eso  se  hizo.  Elío  se  dispuso  a  ejecutarlo. 


V 


Lo  único  en  que  no  se  había  pensado  fué  en  el  modo 
de  deshacerse  de  ese  extravagante  Artigas,  que  allí 
estaba  con  su  mensaje  en  el  alma  y  con  su  fe  de  niño 
bárbaro.  ¡Y  vaya  si  era  el  caso  de  pensar  en  eso!  Fué 


256  ];a  epopeya  de  artigas 

el  punto  que  quedó  en  ignición;  el  que  renovó  el  in- 
cendio, como  lo  veréis. 

El  pueblo  oriental,  armado,  había  salido  al  encuen- 
tro del  portugués  invasor,  al  que  tenía  la  convicción 
de  poder  repeler.  Pero,  también  en  esa  resistencia. 
Artigas  se  vio  maniatado  por  la  necesidad  de  conservar 
sus  buenas  relaciones  con  Buenos  Aires:  libraba  sus 
batallas  en  todas  partes,  mientras  las  familias  seguían 
huyendo  ante  aquél;  el  país  se  despoblaba. 

Kn  esa  situación,  el  centro  directivo  de  Buenos  Aires, 
que,  desde  el  25  de  mayo  de  1810,  había  ya  sufrido  dos 
modificaciones,  reveladoras  de  su  anarquía  y  de  su  im- 
potencia, dejó  el  puesto  a  un  triunvirato.  El  25  de 
septiembre  se  formó  éste,  y  en  él  estaba  Sarratea, 
que  volvía  de  Río  Janeiro:  mandaba  allí,  por  consi- 
guiente, la  influencia  de  Strangfort.  Se  envió  a  Mon- 
tevideo, sin  demora,  una  comisión,  encabezada  por 
don  José  Julián  Pérez,  para  ajustar  con  Elío  el  armis- 
ticio convenido  en  Río  Janeiro;  se  impartieron  órde- 
nes a  Rondeau,  para  que  se  preparase  a  retirar  in- 
mediatamente las  tropas  sitiadoras.  Elío  recibió  con 
gran  deferencia  al  comisionado;  Rondeau,  soldado  de 
orden,  se  dispuso  inmediatamente  a  obedecer... 

Pero  entonces  apareció  la  entidad  con  que  no  se 
había  contado:  el  pueblo  oriental,  es  decir,  el  desorden, 
la  revolución  de  Aménca.  Entonces  se  vio  que  no 
era  posible  restituir  a  sus  hogares,  bajo  la  protec- 
ción del  virrey  español  y  del  invasor  portugués  su 
aliado,  a  aquel  pueblo,  que  había  vencido  en  la  Co- 
lonia, en  el  Colla,  en  San  José  y  I^as  Piedras;  que, 
buscando  sinceramente  su  libertad,  se  había  levan- 
tado en  masa,  y  estaba  resuelto  a  morir  si  no  ven- 
cía. Entonces  tocó  Buenos  Aires  el  error  de  haber 
creído   que   Artigas  era  un  coronel  de  su  ejército; 


I^AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PUEBI/)  ORIENTAI,  257 

que  aquel  territorio  que  estaba  al  otro  lado  del  Plata 
y  del  Uruguay  era  una  provincia  que  le  debía  obe- 
diencia, cuando  no  era  eso,  sino  el  núcleo  providencial 
incontaminado  de  libertad  que  os  he  descrito  en  mis 
conferencias  anteriores.  Y  lo  vais  a  ver,  oh  amigos 
artistas,  en  su  momento  eterno.  Buscaréis  mármol 
para  detener  ese  instante  en  la  forma  heroica,  y  no 
lo  hallaréis  bastante  perdurable. 

En  cuanto  supo  que  se  trataba  de  su  abandono  a 
la  tiranía  española  y  portuguesa,  un  escalofrío  reco- 
rrió las  carnes  de  aquel  pueblo.  Se  crisparon  sus  ner- 
vios; se  hincharon  sus  arterias;  sintió  zumbar  en  sus 
oídos  la  voz  del  vacío,  y  sus  ojos,  abiertos  y  encendi- 
dos en  una  enorme  interrogación,  se  clavaron  en  Ar- 
tigas. Este  bajó  los  suyos,  y  dejó  caer  la  cabeza  sobre 
el  pecho.  Él  era  quien  había  instigado  a  aquel  pueblo 
a  levantarse;  él  el  gran  responsable.  Ya  había  hablado 
con  el  agente  de  Buenos  Aires,  y  le  había  dicho  «que 
se  negaba  absolutamente  a  intervenir  en  aquellos  tra- 
tados, que  consideraba  inconciliables  con  las  fatigas  del 
pueblo  oriental». 

Pero  eso  no  era  bastante;  aquel  pueblo  quería  y 
debía  decir  expresamente  que  estaba  en  eso  con  su 
caudillo,  y  más  allá  de  su  caudillo;  debía  rechazar 
aquellos  tratados  porque  no  eran  suyos,  porque  no 
los  quería.  Como  las  gruesas  gotas  que  preceden  y 
anuncian  los  grandes  aguaceros  de  verano,  las  pala- 
bras tempestuosas  caían  allí  de  la  nube  popular. 
Aquel  pueblo  decía  a  grito  herido  que,  si  era  su  des- 
tino quedar  abandonado  a  la  tiranía  de  EHo  y  de  los 
portugueses,  aceptaba  el  abandono,  pero  no  la  tira- 
nía; la  muerte  gloriosa  era  también  un  término  hábil. 

Artigas,  por  su  parte,  no  quería  tampoco  determi- 
narse a  una  tal  resolución,  sin  que  la  de  su  pueblo 


258  I^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

fuera  concreta,  plenamente  consciente,  y,  con  ese 
objeto,  un  gran  congreso,  convocado  a  su  pedido  por 
Rondeau,  tuvo  lugar  en  el  Miguelete,  frente  a  los 
muros  de  Montevideo. 

Jamás  acertaría  a  encareceros  debidamente,  ami- 
gos artistas,  el  relieve  y  la  trascendencia  de  ese  Con- 
greso de  octubre  o  Congreso  del  Miguelete,  que  fué 
nuestra  primera  asamblea  nacional.  El  pueblo  que, 
fundido  aún  con  el  español,  realizó  el  Cabildo  abierto 
de  1808,  se  congrega  solo,  solo  por  fin  y  dueño  de  sí 
mismo,  a  dictar  su  primera  ley.  Y  ésta  es  la  de  su 
propia  inmolación  a  la  libertad. 

lya  referencia  más  auténtica  que  de  ese  congreso 
tenemos  nos  la  ofrece  el  mismo  Artigas,  su  presi- 
dente, cuando  al  presidir,  dos  años  después,  el  no 
menos  memorable  del  Penar ol,  comienza  su  discurso 
inaugural  diciendo:  «Tengo  la  honra  de  volver  a  habla- 
ros en  la  segunda  vez  que  hacéis  uso  de  vuestra  sobera- 
nía...'» Ésta  es,  pues,  la  primera  en  que  el  caudillo 
se  siente  a  la  cabeza,  no  ya  de  un  ejército  que  com- 
bate, sino  de  una  nación,  dueña  del  mismo  ejército, 
que  delibera  y  legisla. 

En  cuanto  a  la  composición  de  la  asamblea,  a  falta 
de  acta  escrita,  que  no  ha  llegado  a  nosotros,  sírvanos 
lo  que  de  ella  escribe  uno  de  sus  miembros,  el  coronel 
Cáceres,  en  su  Reseña  Histórica:  «Se  hizo  entonces  una 
Junta,  dice,  para  tratar  sobre  ese  asunto,  en  el  Migue- 
lete; a  ella  asistieron  todas  las  personas  más  notables 
y  de  consejo  que  había  en  aquella  época».  Y  para  sa- 
ber quiénes  eran  éstas,  recordemos  que  en  la  línea  sitia- 
dora estaban  los  Orientales  todos,  pues  el  gobernador 
BHo,  después  de  la  batalla  de  I^as  Piedras,  expulsó  de 
la  ciudad  a  todo  aquel  que  pudiera  tener  atingencia 
con  los  matreros  o  rebeldes,  hombres,  mujeres,  niños. 


I,AS  PI  BDRAS  Y  Bl.  ÉXODO  DEl,  PUKBI,0  ORIENXAI,  259 

En  cuanto  a  la  actitud  de  Artigas  en  aquel  congreso, 
será  el  mismo  Cáceres  quien  nos  haga  sentir,  más  atm 
que  conocer,  la  serena  firmeza  con  que  aprueba,  esti- 
mula y  afianza  la  heroica  resolución  de  sus  conciu- 
dadanos. 

«Don  Francisco  Javier  de  Viana,  dice  Cáceres,  obje- 
tando a  Artigas  por  su  tenacidad,  le  pregimtó  con 
qué  recursos  pensaba  resistir  a  los  portugueses,  que 
venían  tan  bien  fardados,  armados  y  equipados.  Arti- 
gas le  contestó  que  con  palos,  con  los  dientes  y  con  las 
uñas.9 

Advirtamos  que  esos  relámpagos  iluminan  muy  a 
menudo  aquella  sombra,  serena  generalmente.  Cuan- 
do, ocho  años  después  de  esto,  vencido  por  el  número 
y  agotado  de  recursos,  reciba  del  enemigo  portugués 
proposiciones  de  honroso  sometimiento,  lo  veremos 
alzarse,  y  decir  al  mensajero,  clavándole  los  ojos: 
<iDiga  usted  a  sti  amo  que,  cuando  no  me  quede  un  solda- 
do, lo  pelearé  con  perros  cimarrones)'). 

I/)  acordado  por  el  Congreso  del  Miguelete,  la  inmo- 
lación, fué  aclamado  por  la  multitud;  las  mismas 
mujeres  iban  por  leña  para  la  hoguera  del  holocausto. 
El  delegado  de  Buenos  Aires  vio  una  verdad  en- 
cendida, como  una  brasa,  en  el  fondo  de  los  ojos  de 
aquellos  hombres;  aquel  fuego  sagrado  no  mentía. 
Manifestó  entonces  que  la  situación  del  ejército  sitia- 
dor era  comprometida...,  que  se  hallaba  entre  dos  ene- 
migos..., que  se  esperase  la  resolución  de  Buenos 
Aires...,  que  se  enviarían  toda  clase  de  socorros... 

«¿Es  entonces  una  medida  estratégica?...,  dijo  el  pue- 
blo oriental  respirando,  y  queriendo  acaso  engañarse 
a  sí  mismo.  ¿Se  trata  sólo  de  luchar  por  la  patria  en 
otra  parte...  lejos  de  las  murallas?...» 

«¡Pues  sea!,  gritó.  Que  se  levante  eláitio.  Que  el  ejér- 


26o  LA   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

cito  auxiliar  se  vuelva  a  su  capital,  a  Buenos  Aires, 
pues  así  se  le  ordena;  el  ejército  auxiliar  es  sólo  auxi- 
liay.  Pero  el  pueblo  oriental,  que  ya  no  tiene  casa, 
se  queda;  se  queda  armado  aquí,  en  el  campo,  aun- 
que se  levante  el  sitio  de  la  ciudad;  se  queda  aquí, 
agarrado  a  su  tierra,  abrazado  a  su  tierra,  como  a  su 
madre,  que  le  tiende  los  brazos. 

Y  la  gente  miró  a  Artigas.  Y  Artigas,  alzando  ai 
fin  la  cabeza,  dijo  serenamente  que  sí,  que  él  también 
se  quedaba... 

Y  el  pueblo,  proclamando  en  aquel  momento  a  Ar- 
tigas Jefe  de  los  Orientales^  protestó  «no  dejar  la  gue- 
rra en  la  Banda  Oriental,  hasta  extinguir  a  sus  opre- 
sores, o  morir,  dando  con  su  sangre  el  maj'or  triunfo 
a  la  libertad». 

El  delegado  de  Buenos  Aires,  convencido  de  que 
aquello  era  realmente  una  voluntad,  determinó  tra- 
tar el  asunto  en  una  conferencia  con  Artigas.  En  ella 
le  prometió  el  concurso  del  Gobierno  central,  para 
el  logro  del  propósito  de  los  orientales;  le  ofreció 
toda  clase  de  socorros,  a  fin  de  llevar  adelante  la 
guerra;  le  protestó  la  admiración  del  gobierno  hacia 
su  pueblo. 


VI 

Pero  el  sitio  de  Montevideo  se  levantó;  se  levantó 
cuando  la  plaza  sólo  tenía  víveres  frescos  para  quince 
días,  y  doscientos  pesos  en  las  arcas  públicas. 

El  ejército  sitiador  emprendió  su  marcha  hacia  San 
José.  Artigas  y  los  cinco  mil  soldados  que  lo  seguían 
marchaban  resueltos;  solos  o  acompañados,  iban  a 
combatir;  iban,  pues,  a  vencer;  creían  ver  despuntar 


LAS  PIlvDUAS  Y  Kl,  ÉXODO  DEIv  PUKBI^O  ORIENTXi,   261 

de  nuevo  en  el  horizonte  el  sol  de  Las  Piedlas;  el  ar- 
misticio no  sería  ratificado  en  Buenos  Aires. 

Pero  lo  fué;  lo  fué  inmediatamente,  en  Montevideo 
y  en  Buenos  Aires.  Ese  23  de  octubre  de  1811,  en  que 
se  ratificó  el  tratado,  es  recordado  por  Artigas,  en  una 
de  sus  comunicaciones,  como  un  día  nefasto,  que  él 
contrapone  al  28  de  febrero,  en  que  se  dio  el  Grito 
de  Asensio,  calificado  por  él  mismo  de  «memorable 
día  de  la  Providencia,  que  no  puede  ser  recordado  jin 
emoción».  L/OS  tratados  lo  contenían  todo,  todo  lo 
triste:  reconocimiento  pleno  «a  la  faz  del  universo, 
ahora  y  j^ara  siempre  jamás»,  de  Fernando  VII  y  su 
descendencia  legítima;  <ainidad  indivisible  de  la  nación 
española,  de  que  forma  parte  toda  la  América,  bajo 
Fernando»;  desocupación  completa  de  la  Banda  Orien- 
tal, hasta  el  Uruguay;  restablecimiento  exclusivo  de 
la  autoridad  de  Elío...  >  todo  lo  demás.  Y,  para  mayor 
garantía,  esa  autoridad  de  Elío  salvaba  el  río  Uruguay- 
la  provincia  de  Entrerríos,  Arroyo  de  la  China,  Gua- 
leguay  y  Gualeguaychú  entraban  también  en  su  do- 
minio; también  ellos,  levantados  contra  España  con 
el  apoyo  de  Artigas,  quedaban  a  merced  del  gober- 
nador español.  I^a  revolución  de  América  debía,  pues, 
aguardar  a  mejor  ocasión;  todo  estaba  terminado, 
como  en  la  noche  del  24  de  mayo  de  1810,  antes  de 
la  aparición  del  héroe  anónimo.  Aquí  aparecerá  el 
héroe  personal. 

Al  saber  eso  en  San  José,  la  indignación  del  pueblo 
oriental  cobró  un  carácter  sombrío;  vio  al  ejército  au- 
xiliar levantar  su  campo  y  dirigirse  silencioso  con 
Rondeau  a  la  Colonia,  donde  se  embarcó  para  Buenos 
Aires.  Se  fueron  con  él  los  habitantes  fugitivos  que  pu- 
dieron hacerlo,  los  más  pudientes,  los  más  afortuna- 
dos: trescientas  personas. 


262  I,A  EPOPEVA  DE  ARTIGAS 

Se  fueron,  y  el  pueblo  oriental,  que  no  podía  ni 
quería  dispersarse,  se  quedó  solo  en  tomo  de  Artigas. 
Este  no  se  fué,  oh,  éste  no  se  fué.  ¡Qué  se  había  de 
ir!... 

¿Y  qué  debía  hacer,  entonces?... 

¿Dirigirse,  cubierta  la  cabeza  de  ceniza,  a  las  puer- 
tas de  Montevideo,  a  pedir  a  EHo,  el  dueño  y  señor, 
alguna  compasión  para  con  aquel  gentío  indigente 
y  abandonado?...  ¿Aconsejar  a  éste  que  fuera  a  recons- 
truir, bajo  la  protección  del  enemigo  enconado,  sus 
miserables  casas  incendiadas,  y  a  recoger  sus  ganados 
dispersos?.,. 

Esa  era,  no  cabe  duda,  la  actitud  qui  correspondía 
a  la  Banda  Oiiental,  según  el  plan  de  la  comuna  de 
Buenos  Aires,  y  la  que  realmente  hubiera  procedido 
si  la  revolución  americana  hubiera  sido  lo  que  Buenos 
Aires  entendía.  Pero  éste  es  el  momento,  amigos  míos, 
que  es  preciso  dominéis  enérgicamente,  en  que  se  per- 
cibe con  claridad  cómo  esa  Banda  Oriental  no  es  un 
miembro  del  organismo  político  vivificado  por  la  ca- 
pital del  virreinato,  sino  un  cuerpo  y  un  alma  distin- 
tos; es  ahora  cuando  vemos  aparecer,  en  Artigas,  el 
personaje  épico,  lo  que  se  llama  épico,  de  la  revolu- 
ción de  Mayo,  es  decii,  la  conciencia  peisonal  de  todo 
un  pueblo  o  raza  con  destino  propio. 

Yo,  que  os  lo  he  hecho  mirar  sólo  de  paso  en  el  cam- 
po de  la  batalla  gloriosa,  amigos  artistas,  quiero  que 
le  miréis  ahora  largamente,  con  reposo.  Aquí,  especial- 
mente, comienza  a  tomar  el  carácter  original  y  grande 
que  lo  distingue  de  todas  las  otras  figuras  coetáneas: 
el  de  portador  de  una  revelación  o  mensaje  casi  sa- 
grado; el  de  fundador  de  patrias  nuevas. 

Cuando  el  pueblo  sintió  el  frío  de  su  abandono,  una 
idea,  como  un  inmenso  latido,  se  movió  en  todos  los 


I,AS  PIEDRAS  Y  El.  ÉXODO  DEI,  PUEBlvO  ORIENXAI,  263 

corazones,  y  subió  de  ellos  en  un  acords  de  cuerdas 
vivas.  No  fué  una  idea  personal  de  Artigas  ni  de  nadie," 
lo  fué  de  otra  per¿ona  que  estaba  en  la  multitud;  de 
la  misma  que,  el  25  de  mayo  de  1810,  apareció  con 
su  revelación  en  la  plaza  de  Buenos  Aires. 

Y  la  idea  palpitaba,  viva  como  un  astro:  todo,  me- 
nos retomar  a  la  esclavitud. 

Se  resolvió  abandonar  el  suelo  nativo,  para  volver 
por  él;  salvar  la  patria,  aun  sin  tierra;  el  espíritu  aun 
sin  cuerpo,  esperando  la  resuriección. 

Y  Artigas  tomó  entonces  a  su  pueblo,  a  todo  su 
pueblo,  y  lo  caigo  en  sus  hombros  de  gigante.  Y  dijo: 
I  Vamos  I 

Y  se  lo  llevó  a  cuestas,  al  través  del  territorio  orien- 
tal, hasta  encontrar,  allá  en  el  Norte,  un  sitio  en  que 
vadear  el  río  Uruguay,  y  poner  a  salvo,  como  el 
tigre  sus  cachorros,  aquel  nido  lleno  de  garras.  Y  mar- 
chó al  través  de  los  enemigos  que  invadían  la  patria. 
Y  que,  a  pesar  de  los  tratados  de  octubre,  seguían 
dueños  del  territorio  oriental,  mientras  las  familias 
campesinas  inermes  huían  ante  el  invasor,  como  un 
rebaño,  y  afluían  a  la  sombra  del  profeta. 

Y  Artigas  cruzó,  con  su  preciosa  caiga,  el  patrio 
río  del  Uruguay. 

Y  la  banda  migratoria  de  los  héroes  fué  a  posarse 
allá,  del  otro  lado  del  caudaloso  río,  en  el  arroyo  del 
Ayuí,  en  otra  tierra,  en  la  provincia  occidental  de 
Entremos, 

Y  los  héroes  eran  mujeres,  y  eran  niños,  y  eran 
viejos,  muy  viejos  algunos.  Y  eran  soldados,  y  eran 
familias,  la  misma  familia  de  Artigas,  sus  ancianos 
padres,  su  hermana  primogénita  doña  Martina. 

Y  eran  indios  semisalvajes,  y  eran  proceres,  Suárez. 
Barreiro,  Bauza,  Monterroso.  Y  eran  los  cmas  de  las 


264  I.A   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

parroquias,  y  los  franciscanos  expulsados  de  Monte- 
video poi  amigos  de  los  matreros...  y  era  Artigas. 

1/3.  población  del  Uruguay  quedó  reducida  a  la  ter- 
cera parte;  a  menos  de  la  quinta  parte  de  sus  mora- 
dores, decía  el  gobernador  español. 

Porque  es  preciso  recordar  que  el  gobernador  de  Mon- 
tevideo, como  represalia  de  la  batalla  da  I,as  Piedras, 
ordenó,  una  vez  establecido  el  asedio  por  el  vencedor, 
que  fueran  arrojadas  de  la  ciudad  sitiada  las  familias 
de  todos  los  patriotas  en  arma?,  con  •  us  viejos  y  sus 
niños.  Y  fueron  arrancadas  de  sus  casas,  y  echadas 
al  campo,  y  dejadas  en  una  noche  gélida  de  invierno, 
junto  al  foso  de  las  murallas,  sin  llevar  otra  cosa  que 
lo  puesto:  ni  ropas,  ni  abrigos,  ni  enseres,  ni  recurso 
alguno.  Vanas  fueron  las  reclamaciones  de  Artigas 
en  nombre  de  la  humanidad.  I<a  larga  procesión  de 
señoras  y  niños  y  viejos  traspuso,  volviendo  atemori- 
zada la  cabeza,  las  puertas  de  la  ciudadela,  que  se  ce- 
rraron tras  ella,  y  cruzó  el  campo  desierto,  y  se  acogió 
al  campamento  de  los  sitiadores,  que  la  recibieron 
con  los  brazos  abiertos,  e  infundieron  el  valor  heroico 
hasta  en  el  corazón  de  las  mujeres  que  daban  de  ma. 
mar  a  sus  hijos. 

Y  ahí  van  esas  familias,  incorporadas  a  la  grande 
emigración. 

Las  gentes  de  los  campos,  que  huían  desde  el  Sur 
ante  el  invasor  portugués,  que  todo  lo  arrasaba,  se 
plegaban  al  núcleo  caminante.  Y  lo  engrosaban  las 
que  venían  del  Norte  y  del  Oeste.  Y  como  los  arroyos 
van  al  río  y  el  río  va  hacia  el  mar,  por  todos  los  ca- 
minos se  veían  venir  las  pobres  caravanas:  una  cañe- 
ta conducida  por  una  mujer,  cubierta  con  un  poncho, 
que  allí  lleva  el  grupo  de  sus  hijos  desnudos,  todo  cuan- 
to le  quedaba  en  el  mundo;  un  viejo  que,  montado  en 


I,AS  PIEDRAS  V  El,  ÉXODO  DEI.  PÜEBI.O  0RIENTAI<  265 

SU  caballo  transido,  golpea  en  vano  con  los  talones 
los  ijares  del  animal;  un  grupo  de  gente  sobresaltada 
que  camina  a  pie,  que  cruza  anhelante  y  exhausta 
los  campos  sin  sendas,  que  busca  rumbo,  mirando 
las  lejanías  impasibles  y  mudas;  una  tropa  de  ganado 
arreada  por  sus  dueños;  y  otra  más  allá;  y  un  rebaño 
de  ovejas  conducido  por  un  muchacho;  y  otra  carreta 
destechada,  seguida  de  un  grupo  de  perros,  los  fieles 
amigos  de  los  niños  fugitivos;  y  otro  de  jinetes,  que 
miran  los  horizontes  sobre  las  colinas  solitarias,  por 
ver  si  se  aproxima  el  invasor... 

No  han  faltado  quienes,  dudando  de  la  sinceridad 
con  que  Buenos  Aires  aseguraba  a  Vigodet  que  aque- 
llo era  un  acto  libérrimo,  incontrarrestable,  del  pueblo 
oriental,  se  han  resistido  a  creer  en  la  espontaneidad 
de  ese  desalojo  de  una  patria;  lo  han  creído  invero- 
símil, y  han  afirmado,  con  el  gobernador  español, 
que  aquel  pueblo  obró  forzado  por  Artigas.  Más  que 
como  probanza  de  que  lo  que  Buenos  Aires  decía 
era  la  verdad,  para  ver  bien  al  héroe  en  este  momento, 
leamos  dos  papeles  inéditos  que  acaban  de  llegamos 
del  Archivo  de  Indias  de  Sevilla.  Son  dos  cartas  ori- 
ginales, dirigidas  por  Artigas  a  don  Mariano  Vega. 

Dice  la  una ,  fechada  en  el  Cuartel  General  del  Per- 
dido, en  19  de  noviembre  de  1811:  «Sostener  los  hom- 
bres el  primer  voto  de  sus  corazones  es  lo  que  da  dig- 
nidad a  sus  obras.  Usted  obra  con  carácter,  cuando 
declara  ser  permanente  en  seguir  nuestra  causa.  El 
Gobierno  de  Buenos  Aires  abandona  esta  Banda  a  su 
opresor  antiguo;  pero  ella  enarbola,  a  mis  órdenes,  el 
estandarte  conservador  de  su  libertad.  Síganme  cuan- 
tos gusten,  en  la  seguridad  de  que  yo  jamás  cederé.» 

Y  dice  la  otia  carta,  datada  en  el  Ctiartel  General 
de  Colólo,  el  3  de  noviembre:    «Todo  individuo  que 


366  r,\  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

quiera  seguirme,  hágalo,  uniéndose  a  V.,  para  pasar 
a  Paysandú,  luego  que  yo  me  aproxime  a  ese  punto. 
No  quiero  que  persona  alguna  venga  forzada.  Todos 
voluntariamente  deben  empeñarse  en  su  libertad. 
Quien  no  lo  quiera,  deseará  permanecer  esclavo. 

»En  cuanto  a  las  familias,  siento  infinito  no  se  ba- 
ilen los  medios  de  poderlas  contener  en  sus  casas;  un 
mundo  entero  me  sigue;  retarda  mis  marchas.  Yo  me 
veré  cada  día  más  lleno  de  obstáculos  para  obrar- 
Ellas  me  han  venido  a  encontrar;  de  otro  modo,  yo 
no  las  hubiera  admitido.  Por  estos  motivos,  encargo 
a  V.  se  empeñe  en  que  no  salga  fámula  alguna;  acon- 
séjeles V.  que  les  será  imposible  seguirnos;  que  llega- 
rán casos  en  que  nos  veremos  precisados  a  no  poder- 
las escoltar,  y  será  peor  el  verse  desamparadas  en  unos 
parajes  en  que  nadie  podrá  Valerias.  Pero  si  no  se 
convencen  con  estas  razones,  déjelas  que  obren  como 
gusten.» 

Lai  familias  no  se  convencieron;  lo  que  las  movía 
era  más  fuerte  que  la  razón  humana.  Como  lo  veis, 
amigos.  Artigas  quería  poner  en  salvo  sólo  un  ejér- 
cito voluntario,  custodio  de  la  libertad  de  su  pueblo; 
éste  le  demostró  que  todo  él  era  un  ejército. 

Es  este  el  momento,  pues,  amigos  artistas,  de  veri- 
ficar, en  presencia  de  ese  suceso  juzgado  por  algunos 
inverosímil,  la  existencia,  en  esta  región  oriental,  de 
un  espíritu,  que  no  sólo  lo  hace  posible,  sino  que  nos 
lo  presenta  como  el  cumplimiento  de  alguna  de  aque- 
llas leyes  sociológicas  emanadas  de  la  región  de  las 
causas  o  de  las  madres,  de  que  hablamos  alguna  vez. 
El  recuerdo  de  la  aparición,  en  los  tiempos  antiguos, 
del  admirable  pequeño  pueblo  griego,  que  llena  la 
misión  de  poner  al  mundo  occidental  la  valla  de  liber- 
tad en  que  se  detiene  la  barbarie  asiática,  se  ofrece 


I,AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PUEBI^O  ORERNTAI^  267 

aquí,  a  muy  poco  que  meditemos,  como  se  ofrecía, 
hace  ochenta  años,  al  ilustre  fraile  franciscano  don 
José  Moncerroso,  hombre  de  grande  ilustración  y 
fuerte  entendimiento,  que  fué  secretario  de  Artigas. 
Monterroso,  expatriado  en  Marsella  en  1835,  se  plan- 
teaba en  la  soledad  aquel  problema,  como  pudiera 
hacerlo  un  sociólogo  moderno.  Dando  al  cHma,  a  la 
raza,  a  la  posición  geográfica,  la  influencia  del  caso, 
llegaba  al  reconocimiento  de  un  Genio  de  los  Orien- 
tales, como  la  sola  solución  filosófica  de  tal  problema. 
Y  escribía  al  diputado  Gadea: 

«Por  más  exageradas  que  parezcan  estas  líneas, 
ellas  envuelven  una  verdad  más  digna  de  admira- 
ción que  de  explicarse.  Aun  antes  de  la  revolución, 
se  notaron  esos  síntomas  en  la  Banda  Oriental:  la 
reconquista  de  Buenos  Aires  fué  obra  de  sus  manos; 
la  Junta  representativa  de  Montevideo,  en  1808, 
indica  sus  ideas;  en  la  revolución,  ¿qué  podrá  decirse? 
¿que  la  Banda  Oriental  no  siguió  el  rol  común?  Su 
causa  está  justificada  por  los  mismos  que  la  comba- 
tieron... 

»¿Podrá  negarse  el  Genio  de  los  Orientales?  ¡Féisoni- 
f icario!...  I^a  oposición,  en  1811,  al  tratado  de  paz 
entre  Buenos  Aires  y  Elío,  reconociendo  a  éste  como 
capitán  general  hasta  el  Paraná,  no  fué  el  voto  de  un 
hombre,  sino  el  de  un  pneblo.'la  oposición  a  la  entrada 
del  general  Souza  inviste  el  mismo  carácter...  Si  se 
miden  las  proporciones,  no  fueron  los  griegos  más 
gloriosos  en  Maratón,  ni  los  españoles  resistiendo  a 
los  franceses,  I^a  historia  desanollará  estas  ideas,  y 
dará  al  tiempo  lo  que  es  del  tiempo.» 

Estamos,  pues,  en  el  previsto  por  Monterroso,  ami- 
gos artistas;  tenemos  la  obligación  de  pensar  tan  seria- 
mente como  él,  cuando  menos,  en  la  presencia  del 


268  I, A  EPOPEYA   DE  ARTIGAS 

genio  de  un  pueblo  inspirado,  al  mirar  el  cuadro  que 
nos  ofrece  Artigas  en  marcha  por  el  desierto.  Mire- 
mos, ante  todo,  el  aspecto  de  nuestra  tierra,  mientras 
todo  lo  que  en  ella  siente  y  piensa  se  acoge  al  caudillo, 
quiere  caminar  a  su  lado  y  seguirlo,  vaya  donde  vaya: 
a  la  vida  o  a  la  muerte. 

Kn  las  lomas,  o  allá  en  los  bajos,  humeaban  de 
trecho  en  trecho,  a  largas  distancias,  las  viviendas 
abandonadas,  el  rancho  de  bario  y  paja  incendiado 
por  sus  dueños,  o  las  sementeras,  que  nadie  recogerá; 
el  sol  alumbraba  la  soledad;  las  noches  parecían  do- 
bles, al  envolver  el  suelo  del  Uruguay;  el  ombú,  árbol 
guardián,  solitario  de  las  taperas,  de  las  pobres  rui- 
nas criollas,  quedaba  al  lado  de  éstas  pensativo;  los 
ganados  innumerables,  yeguadas,  millares  de  vacas 
multicolores,  ovejas  blancas,  manchaban  los  declives 
de  las  colinas,  las  orillas  de  los  arroyos;  el  terutero 
gritaba  en  los  aires,  y  el  hornero,  que  fabrica  de  barro 
su  redonda  casa,  la  conservaba  y  defendía,  de  pie 
sobre  ella,  con  el  pico  abierto  y  las  alas  amenazantes, 
y  lanzando  chillidos  a  las  golondrinas  usurpadoras; 
el  avestruz  y  el  venado  dominaban  la  tierra;  la  ci- 
güeña se  alzaba  del  juncal,  y  era  señora  del  cielo 
azul...  Sólo  faltaba  el  hombre;  sólo  el  hombre  aban- 
donaba el  nido  y  la  tierra  en  que  nació. 

Mirad  un  cuadro  auténtico  entre  mil:  el  general 
portugués  invasor  comunica  su  impresión  al  ministro 
en  Río  Janeiro.  «Llegué  a  la  villa  de  Paysandú,  dice» 
sólo  encontré  allí  dos  indios  viejos.  Todo  este  pueblo 
es  de  Artigas.»  Imaginaos,  amigos  artistas,  esos  dos 
indios  viejos  sentados  en  la  soledad:  no  han  podido 
caminar.  El  cuadro  es  sencillo,  pero  intenso:  hace  in- 
clinar la  cabeza.  No  sé  si  tiene  cierta  paradójica  ana- 
logía con  el  de  aquellos  augures  de  barba  blanca  que 


I.AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEl,  PUEBLO  ORIENTAI,  269 

estaban  sentados,  inmóviles,  en  los  pórticos  de  Roma 
abandonada;  los  bárbaros  invasores  los  creyeron  es- 
tatuas, símbolos;  s¿  apearon  de  sus  potros,  se  acer- 
caron; tocaron  las  barbas  de  los  viejos.  I/)s  augures, 
irritados  por  aquella  profanación,  golpearon  a  los 
bárbaros  con  los  báculos.  I^os  invasores  no  se  atre- 
vieron a  matarlos.  ¡Esos  dos  indios  viejos  de  Paysandú! 
¿No  les  halláis  algo  de  pájaros  augúrales,  lechuzas, 
o  ratones,  o  lagartos  de  sepulcro? 

El  cuerpo  de  la  Patria  Oriental  ha  quedado  inmóvil, 
como  el  de  una  muerta  desnuda;  sus  ojos  no  brillan, 
su  pulso  no  late.  No  está  muerta,  sin  embargo;  haga- 
mos silencio,  y,  si  ponemos  el  oído  sobre  su  corazón, 
lo  sentiremos  latir  con  fuerza  extraordinaria.  Es  una 
interesante  historia  la  que  os  prometo  contaros  en  la 
de  esa  vida,  amigos  míos;  una  interesantísima  histo- 
ria, os  lo  aseguro. 


El  gobierno  de  Buenos  Aires,  al  subscribir  el  ti  atado 
de  Octubre,  se  dio  cuenta  de  la  responsabilidad  en 
que  incurría  al  abandonar  a  aquel  pueblo,  después  de 
haberlo  incitado  al  levantamiento  heroico;  pero  nun- 
ca se  imaginó  lo  que  iba  a  suceder;  estaba  asombrado 
de  verlo.  Nombró  a  Artigas,  como  si  ya  no  lo  fuera, 
jefe  principal  del  ejército  en  armas,  y  de  las  familias 
que  abandonaban  el  país;  dejó  a  sus  órdenes  el  cuerpo 
veterano  de  blandengues,  y  ocho  piezas  de  artillería; 
lo  designó  gobernador  del  territorio  de  Misiones,  con 
residencia  en  Yapeyú;  en  todas  sus  comunicaciones, 
lo  mismo  que  en  la  Gaceta,  comenzó  a  llamarle  espon- 
táneamente, y  sin  decreto  alguno  ni  resolución  con- 
creta. General  Artigas;  lanzó,  por  fin,  un  manifiesto  de 
admiración  hacia  el  pueblo  que  lo  seguía,  «cuya  he- 


370  I«A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

roica  resolución  y  sacrificios,  escribe  en  nota  dirigida 
a  Artigas,  es  digna  de  consideración,  y  cuya  memoria 
será  tierna  a  los  ojos  de  la  posteridad». 

«Pueblo  y  conciudadanos  de  la  Banr^a  Oriental, 
decía  la  Junta  al  publicar  el  tratado  con  Elío,  la 
patria  os  es  deudora  de  los  días  de  gloria  que  más  la 
honran.  Sacrificios  de  toda  especie,  y  una  constancia 
a  toda  prueba,  harán  vuestro  elogio  eterno.  I^a  patria 
exige,  en  estos  momentos,  el  sacrificio  de  vuestros 
deseos...  * 


VII 


¡El  pueblo  y  los  ciudadanos  de  la  Banda  Oriental! 

Ningún  momento  más  oportuno  que  el  actual,  mis 
amigos  artistas,  para  que  conozcáis  y  veáis  lo  que  es 
eso,  ti  pueblo  de  la  Banda  Oriental,  de  quien  tan  deu- 
dora se  reconoce,  y  no  sin  causa,  por  cierto,  la  patria 
toda  argentina,  patria  común  entonces  a  las  dos  ban- 
das del  Plata.  Nada  más  propicio,  para  formar  su 
esquema  demográfico,  que  sorprender  y  fijar  con 
energía  la  mancha  de  color  que  nos  ofrece  la  multitud 
que  camina  en  pos  de  Artigas.  Ahí  va  todo:  tipos,  in- 
dumentaria, enseres,  razas,  caracteres,  costumbres, 
estado  social;  familias,  soldados,  proceres,  muchedum- 
bres anónimas,  animales;  líneas,  colores,  expresión, 
movimiento,  vida  colectiva;  toda  la  gama,  toda  la  lira. 
Con  verlo,  sabréis  más  que  estudiando  muchos  libios 
de  estadística . 

Distinguid  las  tres  razas  que  formaban  nuestra  es- 
casa población;  ahí  van.  I^a  blanca  o  europea,  la  su- 
perior, destinada  a  prevalecer,  tiene  su  exponente  en 
Artigas  mismo,  en  sus  padres  y  hermanos,  en  sus  acom- 


i:,AS  PIEDRAS  Y  El.  ÉXODO  DEI.  PUEBI,0  ORIENTAI,  271 

pañantes  inmediatos,  Suárez,  Barreiro,  lyamas,  Mon- 
terroso,  Anaya,  Rivera,  lyavalleja.  Otorgues,  Bauza; 
en  las  familias  salidas  de  Montevideo;  en  los  campesi- 
nos altivos,  de  barbas  y  cabellos  negros  o  rubios,  de 
ojos  horizontales,  de  tez  curtida  por  el  sol,  pero  irri- 
gada por  limpia  sangre  caucásica,  que  se  ven  en  la 
multitud,  mezclados  a  otros  tipos  lampiños,  color  de 
cobre,  de  pómulos  salientes  y  frentes  estrechas,  de  ojos 
pequeños  y  casi  oblicuos,  de  cabellos  rígidos  y  negros, 
de  mirar  hosco,  huraño... 

Aquéllos  son  los  hijos  de  los  hidalgos  conquistado- 
res, los  criollos,  los  españoles  nacidos  en  América. 
Ivos  otros  denuncian  la  segunda  raza;  son  los  indios 
aborígenes  conquistados,  la  desgraciada  estirpe  ex- 
tinguida, que  fué  dueña  de  esta  tierra. 

Esas  dos  razas  no  se  odiaron  aquí  a  muerte,  como 
en  la  América  inglesa;  muchos  indios  permanecieron 
salvajes,  y  fueron  devorados  por  el  desierto;  pero  no 
pocos  se  redujeron  a  la  civilización.  Y  la  mujer  in- 
dígena fué  la  compañera  del  hombre  blanco;  encen- 
dió el  fuego  del  hogar  campesino.  Y  ahí  van  los  mes- 
tizos, que  nacieror  al  calor  de  ese  fogón.  En  unos  pre- 
dominan los  rasgos  antropológicos  europeos;  en  la 
mayor  parte,  los  americanos:  la  materna  sangre  in- 
dígena enciende  miradas  negras  en  el  fondo  de  ojos 
azules;  el  medio  es  el  aliado  de  la  raza  que  él  mismo 
forma,  y  conforma,  y  defiende  por  regresión  atávica. 

Observad,  por  fin,  mis  amigos,  los  tipos  de  la  ter- 
cera estirpe,  de  la  etiópica;  ved  esos  pobres  negros 
que  pasan,  mezclados  a  los  demás  jinetes,  o  como  ser- 
vidores de  las  familias;  son  ochocientos,  que  han 
huido  de  sus  amos,  y  que,  a  pesar  de  las  reclamacio- 
nes de  Vigodet,  hallan  amparo  en  Artigas;  el  blanco  de 
los  ojos  y  el  marfil  de  los  dientes  brillan  en  la  piel  negra. 


272  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

y  en  las  bocas  pulposas;  el  apretado  y  crespo  vellón  de 
los  cabellos  redondea  las  cabezas  de  hierro  forjado;  en 
la  masa  obscura  de  la  carne  clarean  las  palmas,  casi 
blancas,  de  las  manos.  Esos  no  son  hombres  de  esta 
tierra;  fueron  arrancados  a  su  sol  africano,  e  importa- 
dos como  esclavos.  Se  les  pudo  robar  la  libertad;  pero 
no  el  privilegio  de  ser  hombres,  y  también  héroes,  seres 
de  nuestra  especie,  hermanos  de  los  ladrones  que  los 
trajeron.  Y  padres  o  madres  de  los  hijos  de  éstos;  tam- 
bién padres  y  madres.  I^a  sangre  africana  se  fundió 
con  la  europea  y  con  la  americana.  Todos  los  matices 
del  hibridismo  antropológico  van,  pues,  en  esa  masa 
que,  con  el  nombre  de  Pueblo  Oriental,  camina  en  tor- 
no de  Artigas. 

Y  todos  ellos  reclaman  su  puesto  en  la  apoteosis 
del  ciclo  heroico. 

Bien  es  verdad  que  ese  cuadro  se  ha  borrado  en  el 
tiempo;  la  gota  aquella  de  sangre  indígena  o  africana, 
mucho  más  escasa  en  el  Uruguay  que  en  los  otros 
pueblos  de  América,  se  ha  diluido  ya,  y  casi  perdido, 
en  el  aluvión  de  sangre  caucásica  que  ha  inundado 
nuestra  tierra;  pero  el  pasado  no  obra  menos  que  el 
porvenir  sobre  el  presente;  lo  que  fué,  es;  como  es  lo 
que  será.  ¡El  pasado!  ¿Acaso  es  otra  cosa  que  un  pre- 
sente que  está  en  segundo  término?  El  pasado  no  está 
detrás  de  nosotros,  como  suele  creerse,  sino  delante; 
lo  que  ha  muerto  nos  precede,  no  nos  sigue. 

La  ¿loria,  de  quien  sois  sacerdotes,  amigos  artis- 
tas, es  la  dominadora  del  tiempo,  el  eterno  presente. 
Mirad,  pues,  con  intensidad,  ese  pueblo  que  va  pasan- 
do al  través  de  los  caminos,  cruzando  ríos,  atrave- 
sando bosques.  1/3  veréis  envuelto  en  una  nube  enor- 
me de  polvo,  llena  de  ruidos,  que  flota  al  ras  del  suelo, 
siguiendo  lentamente  las  ondulaciones  de  las  colinas. 


I,AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PUEBT.O  ORlENTAI.  273 

lyQ  punta  O  la  cabeza  penetra  en  el  monte  que  franjea 
el  río;  reaparece  del  otro  lado,  sobre  la  loma  opuesta, 
mientras  la  multitud  se  arremolina  en  el  vado,  y  la 
larga  cola  va  descendiendo  a  él,  desde  el  lejano  hori- 
zonte en  que  se  pierde. 

Y  tramonta  nuevas  colinas,  y  atraviesa  nuevas  sel- 
vas, y  vadea  nuevos  ríos. 

I^a  mercha  es  penosa  y  lenta,  por  lo  complejo  de  los 
órganos  locomotivos;  unos  van  a  caballo,  otros  a  pie, 
los  otros  en  vehículos  más  o  menos  groseros:  canos 
destechados  o  cubiertos  de  cuero,  rastras  tiradas  por 
caballos,  acémilas  cargadas.  Una  estridente  sinfonía 
de  voces  y  ruidos  sale  de  aquello:  la  carreta  primitiva 
S2  mueve  oscilante,  dando  tumbos  y  crujiendo;  parece 
que,  con  stis  ejes  de  madera  y  sus  ruedas  macizas, 
se  lamenta  dolorida,  largamente,  de  la  dura  tracción  de 
los  bueyes.  En  sus  convulsiones,  sacude  todo  cuanto 
lleva  dentro,  hombres  y  cosas;  en  ellas  van  los  mejor 
parados:  las  familias  expulsadas  d^  Montevideo,  los 
viejos  y  los  niños,  los  rendidos  por  el  cansancio,  los 
enfermos.  I/)s  conductores  a  caballo  clavan  sus  lar- 
gas picanas  en  los  lomos  de  las  bestias,  cuatro,  seis, 
ocho  bueyes,  y  las  azuzan  con  gritos  que  parecen 
quejidos  o  risas.  I/)S  pelotones  de  ganado  salvaje, 
novillos,  vacas,  caballos,  carneros,  que  mugen,  ba- 
lan, entrechocan  los  cuernos  con  ruido  de  granizo, 
o  hacen  retemblar  el  suelo  bajo  el  martilleo  de  los 
cascos  innumerables,  pasan  arreados  por  jinetes  que 
galopan,  que  cierran  la  huida  a  los  que  amagan  dis- 
persión, reincorporan  a  los  dispersos,  empujan  ha- 
cia un  paso  difícil  a  los  que  se  resisten  y  arremolinan, 
lyos  perros  acosan  al  ganado,  ladrando.  I/)s  mu- 
chachos, negros,  blancos,  cobrizos,  alternan  con  los 
hombres  y  con  los  perros  en  la  faena;  se  ven  jine- 

T.  i.-ío 


274  I'A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

tes  de  diez  años,  y  aun  de  menos,  casi  tan  desnudos 
como  el  potro  que  montan  y  rigen  con  destreza;  ca- 
chorros de  centauro  alado.  Van  también  mujeres  a 
caballo,  con  sus  hijos  en  brazos;  y  mujeres  armadas 
de  lanza,  con  sombrero  en  la  cabeza,  y  cubiertas  con 
el  poncho  o  capa  americana:  una  tela  con  un  agujero 
en  el  centro  por  el  que  se  pasa  la  cabeza,  y  que  cae  en 
largos  y  graciosos  pliegues,  desde  los  hombros  hasta  el 
anca  del  caballo.  I^os  hombres  visten  como  pueden; 
se  cubren  a  medias:  una  vincha  o  lienzo  blanco,  atado 
a  la  frente,  les  retiene  los  cabellos  como  un  vendaje, 
que  les  da  un  aspecto  de  fieros  convalecientes;  una 
camisa  de  lienzo  les  cubre  el  cuerpo;  un  pedazo  de 
jerga  o  de  bayeta  de  color,  ceñido  a  la  cintura,  el 
chiripá,  les  envuelve  los  muslos,  dejando  libres  las 
piernas,  desnudas,  o  defendidas  por  ima  especie  de 
guante  de  piel  de  caballo  sobada,  la  bota  de  poiro,  que 
no  envuelve  los  dedos,  agarrados  al  estribo;  en  la  cin- 
tura llevan  ceñidas  las  boleadoras,  y  atravesado  a  la 
espalda  el  cuchillo.  Un  viejo  con  un  niño  en  bra- 
zos y  una  mujer  a  la  grupa;  jinetes  conim  caballo  de 
tiro  o  de  repuesto;  cargueros  o  animales  en  cuyos  lo- 
mos se  amontonan  los  utensilios  que  se  han  podido 
salvar:  ropas,  monturas,  trebejos;  destacamentos  de 
gente  armada  de  lanzas,  de  sables  o  trabucos,  o  fusi- 
les de  formas  varies;  los  escuadrones  de  blandengues, 
uniformados;  las  ocho  piezas  de  artillería;  nuevas  ca- 
rretas, tambaleantes  y  quejumbrosas...  todo  camina 
lentamente,  camina  hacia  el  Norte. 

I/)s  días  caniculares,  con  su  viento  soplado  por  el 
trópico,  tostaron  los  átomos  de  aquella  sofocante  pol- 
vareda; las  noches  tempestuosas,  llenas  de  pánicos 
flotantes,  se  aparecieron  en  el  camino;  las  lluvias  to- 
rrenciales   de    noviembre  y  diciembre  inundaron  la 


I,AS  PIEDRAS  Y  ET.  ÉXODO  DEI,  PUEBLO  ORIENTAI,  275 

caravana  sin  amparo,  empaparon  las  ropas,  los  ense- 
res, desbordaron  los  ríos,  que  se  presentaban  invadea- 
bles, campo  ajuera.  Se  esperaba  entonces  a  que  las 
aguas  bajaran  lo  suficiente  para  dar  paso.  Y  caía  la 
multitud  al  vado:  un  declive  cenagoso  entre  los  ár- 
boles, una  corriente  profunda,  una  barranca  salvaje 
del  otro  lado.  Descendían  las  carretas  por  la  pendien- 
te resbaladiza  y  áspera,  sostenidas  por  largos  manea- 
dores  o  cuerdas  de  cuero  trenzado,  para  evitar  el  de- 
rrumbe, y  tiradas,  desde  la  orilla  opuesta,  por  otros 
jinetis,  en  previsión  de  un  estancamiento  de  los  bue- 
yes en  medio  de  la  corriente.  Y  la  carreta  descendía, 
se  hundía  en  el  fango,  en  el  agua,  se  tumbaba  o  no, 
trepaba,  por  fin,  tambaleante,  la  barranca,  entre  los 
gritos  d¿  los  arrieros  y  los  clamores  de  las  mujeres. 

I^as  penmias  de  aquellas  jornadas  fueron  muy  gran- 
des. Muchos  murieron  por  el  camino;  las  cruces  que 
quedaban  solitarias,  detrás  de  la  caravana,  marcaban 
la  sepultura  de  los  rezagados  para  siempre;  también 
nacieron  niños  en  las  carretas  ambulantes,  o  debajo 
de  ellas,  y  comenzaron  a  mamar  a  caballo. 

Pero  la  muerte  y  el  dolor  no  engendraban  desalien- 
to; la  tradición  nos  ha  transmitido  fielmente  el  espí- 
ritu que,  como  el  dios  propicio  en  los  poemas  primi- 
tivos, descendía  sobre  aquella  multitud:  la  fe  en  Ar- 
tigas, que  era  en  ella  entusiasmo  y  fortaleza.  ¡Oh,  la 
buena  primera  patria  peregrinante!  Se  la  ve  hacer 
alto,  tras  los  días  de  fatiga  y  sufrimiento,  en  la  margen 
montuosa  de  algún  arroyo,  y  se  piensa  en  los  cantos 
de  Ossián,  en  los  sacrificios  de  Ulises  o  Eneas  a  los 
dioses  inmortales,  o  a  las  divinidades  tutelares  de 
la  raza. 

El  cuadro  es  homérico. 

Se  han  desuncido  los  bueyes,  desensillado  los  ca- 


276  I«A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

bal  los,  que  pastan  atados  en  estacas,  o  en  las  matas 
de  flechilla  bien  arraigadas;  se  han  enlazado  y  abatido 
los  novillos  que  han  de  comer¿e,  encendido  los  fogo- 
nes. Estos  llamean  entre  el  humo,  bajo  los  árboles, 
junto  a  las  carretas,  en  la  orilla  del  arroyo,  en  una  ex- 
tensión de  dos  leguas:  los  costillares  de  la  res  salvaje, 
o  los  trozos  de  carne  extraídos  con  el  cuero,  se  asan 
a  fuego  lento,  ensartados  en  los  asadores  de  hierro, 
o  en  ramas  aguzadas,  y  clavados  en  el  suelo;  en  las 
calderas  hierve  el  agua;  las  familias,  servidas  por  ne- 
grillos o  indiecitos  o  chinas,  toman  mate,  la  infusión 
de  hierba  que  suministra  todo  el  alimento  vegetal; 
los  hombres  cortan  con  los  cuchillos  los  trozos  de  car- 
ne que  primero  se  asan;  los  bueyes  rumian  lentamente, 
echados  en  la  loma;  las  caballadas  pacen  dispersas; 
los  teruteros  gritan  en  el  aire;  el  olor  del  zorrino,  mez- 
clado al  humo  de  los  fogones,  flota  en  el  ambiente; 
del  suelo  sube  el  fresco  olor  de  los  pastos  húmedos. 

I/a  multitud  siente  el  consuelo  de  la  tarde  declinan- 
te, y  ve  encenderse  las  estrellas,  entre  los  copos  de 
pequeñas  nubes,  o  en  las  soledades  celestes,  de  las  que 
descienden,  como  lluvias,  los  silencios.  Y  en  algunos 
fogones  se  oyen  punteos  de  guitarra...  y  algún  canto 
de  voz  humana,  triste  como  un  quejido.  Y  todo  se 
duerme,  por  fin. 

Yo  miro,  mis  artistas,  a  esa  patria  recién  nacida, 
dormida  a  la  luz  de  las  constelaciones  amigas.  El  es- 
pectáculo es  sagrado;  la  Cruz  del  Sur  resplandece 
amable  en  un  extremo  del  cielo;  el  Alfa  del  Centauro, 
Sirius,  y  Canope,  y  Orion,  con  sus  Tres  Marías,  en  el 
cénit;  Venus  declina,  como  un  cirio  bendito,  en  el 
horizonte  del  Norte,  sobre  la  última  colina. 

Algunos  hombres  rondan  el  ganado,  y  custodian 
las  caballadas,  en  previsión  de  alguno  de  esos  páni- 


I,A9  PIEDRAS  Y  El,  ÍXODO  DEl,  PUEBW)  ORIENTAI,  277 

eos  nocturnos  de  las  bestias,  que  las  convierten  en 
avalanchas  espantosas;  en  el  remanso  del  río,  ilumi- 
nado por  la  luna,  dos  jinetes  que  pasan  detienen  sus 
caballos  para  que  beban;  uno  que  otro  pájaro  noctur- 
no grita,  de  vez  en  cuando,  y  se  calla  en  el  silencio 
del  bosque,  lleno  de  sombra;  los  centinelas  velan,  es- 
perando la  aurora,  con  el  caballo  de  la  rienda,  o  con 
los  brazos  sobre  el  recado  y  la  cabeza  entre  los  brazos... 

Pero  el  que  vela  día  y  noche,  y  está  en  todas  partes, 
es  Artigas.  Todos  lo  ven,  todos  lo  oyen.  Artigas  casi 
no  duerme;  es  el  espíritu  de  las  horas.  Aparece  casi 
impensadamente  en  todas  partes:  en  medio  de  las  fae- 
nas, en  el  vivac  de  los  soldados,  en  el  rodeo,  en  el  fo- 
gón de  las  familias;  tiene  para  el  campesino  una  fiera 
palabra  criolla  de  aliento,  una  amable  de  consuelo 
para  las  señoras  amedrentadas  y  para  los  enfermos; 
ofrece  un  pedazo  del  churrasco  o  carne  asada  que  él 
come,  a  los  que  van  a  verlo  a  su  tienda  de  ramas;  acep- 
ta el  mate  que  le  ofrecen  en  los  diferentes  fogones  a 
que  llega.  Todos  le  llaman  «w«  Generah.  El  está  a  ca- 
ballo antes  de  brillar  el  lucero;  antes  de  que  suenen  los 
clarines  el  toque  de  aurora;  antes  de  que  el  crujir  de 
las  carretas,  y  las  voces  del  rodeo,  y  el  grito  de  los 
teruteros,  y  el  canto  de  los  veníeveos  y  las  calandrias, 
despierten  la  multitud  para  reemprender  la  jornada. 

El  era  el  baqueano,  el  conocedor  del  terreno  y  del 
rumbo,  al  mismo  tiempo  que  el  pensador;  sabía  cómo 
debía  uncirse  una  carreta,  evitarse  el  peligro  en  un 
paso  difícil,  enfrenarse  un  potro,  enlazarse  o  desja- 
rretarse un  novillo,  repararse  la  cureña  de  un  cañón. 
El  era,  por  fin,  quien  primero  trepaba  a  las  colinas  más 
lejanas,  y,  desde  la  altura,  observaba  los  horizontes, 
como  rastreando  al  enemigo  con  la  mirada... 

Porque  es  preciso  no  olvidar  que  los  portugueses. 


278  LA   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

que  habían  invadido  el  territorio  oriental,  so  pretexto 
de  auxiliar  a  los  españoles,  lejos  de  acatar  el  armisti- 
cio de  que  hablamos,  celebrado  con  Buenos  Aires, 
continuaban  en  la  posesión  de  la  tierra,  y  salían  al 
paso  de  aquel  pueblo  que,  como  una  selva  que  arras- 
tra sus  raíces,  se  ponía  en  salvo  con  Artigas,  llevando 
el  Arca  de  la  Alianza,  la  ley  del  Sinaí,  el  maná  sagrado. 
El  español,  a  su  vez,  ante  la  actitud  manifiesta  de 
Artigas  y  la  sinuosa  de  Buenos  Aires,  lejos  de  intimar 
el  desalojo  al  portugués,  lo  protegía  y  estimulaba, 
contaba  con  ese  su  natural  aliado.  El  caudillo  for- 
maba el  cuadro  protector  de  la  ambulante  patria 
con  sus  soldados  veteranos,  con  sus  blandengues,  su 
artillería.  Y  lanzaba  contra  el  agresor  injusto,  por 
su  frente,  por  sus  flancos,  por  su  retaguardia,  sus 
pelotones  de  gauchos,  que,  luchando  y  muriendo,  des- 
pejaban el  camino,  arrojando  al  portugués.  Lo  des- 
alojaron de  Mercedes,  Concepción,  Salto,  Belén,  Cu- 
ruzú-Cuatiá,   Mandisoví... 

¡Los  gauchos!  He  aquí,  mis  amigos  artistas,  que  se 
nos  presenta  el  hombre  representativo:  el  gaucho 
Os  debo  hacer  sentir  con  grande  intensidad  esa  fi- 
gura, porque  es  nuestro  tipo  homérico;  es  el  mismo 
que  vemos  en  la  Ilíada.  junto  a  las  huecas  naves  de 
los  aqueos,  o  al  pie  de  las  murallas  de  la  sagrada 
Ilion,  conducido  por  Aquiles,  el  de  los  ligeros  pies, 
o  por  Héctor,  el  domador  de  caballos. 

El  gaucho  fué,  con  los  potros,  y  los  toros,  y  los  aves- 
truces, el  habitador  de  nuestros  campos  ilimitados, 
sin  más  fruto  que  el  espontáneo  de  esos  ganados  in- 
numerables, ni  más  vivienda  humana  que  el  rancho 
aislado  en  el  desierto.  No  es  la  raza  lo  que  lo  distingue: 
lo  mismo  es  el  hombre  caucásico  de  barba  negra,  que 
el  hijo  engendrado  por  él  en  la  mujer  india,  que  com- 


I,AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PüEBI^O  ORIENTAL  279 

parte  la  soledad  de  su  choza  de  tierra  y  paja.  Tam- 
poco es  la  posición  social;  si  bien  es  pobre,  se  le  con- 
cibe propietario  de  campos  y  ganados,  sin  perder  por 
eso  su  carácter.  Lo  que  imprime  al  gaucho  su  sello 
es  el  medio,  la  naturaleza,  amiga  o  enemiga,  que  lo 
envuelve;  el  momento  histórico;  el  método  de  vida. 
Es  el  hombre  andante,  el  que,  como  personero  nues- 
tro, tomó  posesión  real  de  nuestra  tierra;  es  el  caza- 
dor de  ganados  en  los  campos  abiertos,  sin  más  arma 
que  las  boleadoras,  serpiente  alada  de  túrdigas  de 
cuero  trenzado,  y  de  tres  cabezas  de  piedra,  que  se 
agarra,  como  un  grillo,  a  las  patas  del  animal.  Caza 
caballos  salvajes,  que  monta  a  medio  domar;  sobre  el 
lomo  de  éste,  caza  el  toro  montaraz,  la  vaca  y  el  no- 
villo, a  los  que  detiene  de  los  cuernos  con  el  lazo,  y 
abate  y  desuella  y  despedaza  con  el  cuchillo.  El  acto 
de  apropiación  del  ganado  por  el  hombre  se  reduce 
a  traerlo  a  rodeo,  es  decir,  a  rodear  al  galope  trozos 
de  millares  de  reses,  a  fin  de  separarlas  de  la  gran 
masa  sin  dueño,  e  impedir  su  dispersión  en  la  exten- 
sión ilimitada,  o  su  refugio  en  el  bosque. 

El  gaucho  pertenece  a  la  tierra  por  intermedio  de 
su  caballo,  que  modifica  hasta  la  estructura  de  sus 
órganos:  le  levanta  los  hombros,  le  encorva  las  espal- 
das, le  arquea  las  piernas,  le  regula  los  movimientos. 
Como  se  ven  las  alas  en  el  pájaro  que  camina,  se  per- 
cibe el  caballo  en  el  gaucho  que  anda  a  pie.  La  nómada 
faena  determina,  por  otra  parte,  la  índole  de  sus  ideas, 
las  imágenes  de  su  fantasía,  su  vocabulario,  los  giros 
de  su  lengua,  los  temas  únicos  de  su  conversación; 
le  imprime  el  instinto  de  libertad,  le  limita  las  nece- 
sidades, le  determina  la  industria.  Ésta  se  reduce  a 
levantar  y  quinchar  o  techar  con  paja  el  rancho  de 
tierra  cruda;  a  fabricar  los  aperos  o  arneses  rústicos 


28o  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

del  caballo;  a  estaquear  o  estirar  las  pieles  secadas  al 
sol;  a  trenzar  las  largas  túrdigas  de  cuero  del  lazo,  o 
las  cuerdas  de  las  boleadoras;  a  coser  con  tientos  la 
vaina  del  cuchillo;  a  cortar  las  caronas  de  suela,  o  sobar 
las  pieles  de  carnero  o  cojinillos  que  cubrirán  la  mon- 
tura de  los  jinetes,  o  las  de  yegua  que  les  envolverán 
las  piernas. 

Cuando  el  gaucho  no  está  a  caballo,  no  hace  nada, 
generalmente.  ¿Y  qué  ha  de  hacer?  Toma  mate  junto 
al  fogón;  hace  sonar  en  la  guitarra  algunos  punteos 
melancólicos  con  que  acompaña  sus  tristes,  o  relacio- 
nes; juega  a  la  taba,  el  dado  primitivo,  formado  por 
una  choquezuela  de  vaca,  que  da  o  quita  la  suerte 
según  caiga  en  un  sentido  o  en  otro.  Su  fe  en  lo  sobre- 
natural se  transforma  fácilmente  en  superstición:  cree 
en  ánimas  en  pena,  en  duendes  y  aparecidos,  en  Itices 
malas,  en  el  destino  fatal;  las  supersticiones  españolas, 
mezcladas  a  las  indígenas,  foiman  su  símbolo  de  fe 
mitológico;  la  lechuza  que  canta  a  deshora,  es  claro 
que  anuncia  muerte;  el  séptimo  hijo,  en  una  serie 
de  varones,  es  el  lobison;  si  la  serie  es  de  mujeres, 
nace  la  bruja.  Ese  lobison  se  transfonna  en  chancho, 
en  perro,  en  caballo,  en  camero;  pero  sólo  en  ciertos 
días,  los  viernes  generalmente,  y  al  caer  de  la  tarde; 
la  bruja  es  la  misma  de  las  consejas  españolas:  desden- 
tada, con  la  nariz  que  todos  le  conocemos,  con  los 
ojillos  penetrantes. 

Con  esos  elementos,  fácil  es  determinar  la  pasión 
dominante  o  el  motor  de  esa  ambulante  vida.  El  hom- 
bre se  une  a  la  mujer  por  amor,  sólo  por  amor;  con- 
quista su  corazón  con  la  ostentación  de  su  destreza, 
de  su  valor,  de  su  capacidad  para  grandes  hazañas, 
en  la  guerra  o  en  las  carreras  de  caballos,  en  las  domas, 
en  los  rodeos.  Os  imaginaréis  los  trágicos  idilios  de 


I, AS  PIEDR.A.S  Y  RI,  ÉXODO  DEI,  PÜEBI.O  ORIENTAI,  28 1 

esos  amores  nómadas.  Se  oyen  punteos  de  guitarra 
y  choques  de  puñal.  El  hogar  así  formado  no  retenía 
al  hombre;  éste  lo  arrastraba,  más  bien,  consigo,  como 
lo  vemos  en  el  éxodo.  Iva  mujer  sigue  al  soldado  cuan- 
do es  posible;  es  la  cantinera  gaucha,  y  llega  también 
a  ser  combatiente:  ya  la  hemos  visto  armada  entre 
la  muchedumbre.  Cuando  no  puede  seguir,  se  queda 
con  sus  hijos,  en  el  rancho  abandonado,  a  la  luz  de 
las  estrellas;  muere  con  ellos  de  miseria,  mientras  el 
padre  muere  voluntario  por  la  patria. 

¡El  pobre  gaucho! 

En  el  cuadro  heroico  que  estamos  trazando,  en  el 
Éxodo  del  Pueblo  Oriental,  ese  hombre  es  todo:  él  es 
el  que  arrea  y  carnea  los  ganados,  y  asa  la  carne,  y 
la  distribuye  a  la  muchedumbre  hambrienta;  es  el 
que  conduce  las  caballadas,  y  se  arroja  a  nado  en  los 
pasos  profundos,  y  construye  las  chozas  o  enramadas 
con  las  horquetas  del  monte,  para  que  en  ellas  se  asile 
el  grupo  de  las  famüias  patricias,  nuestras  abuelas, 
que  vieron  en  ese  hombre,  en  el  buen  gaucho,  en  el 
buen  paisano,  al  amigo,  al  poderoso  amigo;  es  el  que 
queda  aplastado  bajo  el  potro  que  rueda;  el  que  cae 
atravesado  por  la  lanza  enemiga,  y  degollado  al  caer; 
el  que  muere,  luchando  con  el  cuchillo,  dentro  del 
cuadro  enemigo  en  que  cayó  desmontado  en  la  carga 
homérica,  como  un  pájaro  herido  en  las  alas...  Todos 
esos  que  veis  en  el  éxodo,  mis  amigos,  todos  esos  van 
a  morir  así;  morirán  por  la  patria  que  no  verán,  y 
a  la  que  nada  pedirán  por  su  sangre... 

«Si  Esparta  hubiera  combatido  en  Maratón,  dice 
Paul  de  Saint- Victor,  hubiera  entregado  a  los  buitres 
los  cuerpos  de  los  ilotas  muertos  en  sus  filas.  I^a  noble 
Atenas  concedió  una  tumba  de  honor  a  los  esclavos 
que  perecieron  por  su  libertad.» 


282  I. A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

El  gaucho  americano,  amigos  míos,  no  fué  un  es- 
clavo; no  será  alimento  de  las  aves  de  rapiña.  Tendrá 
su  tumba,  más  grande  que  la  de  Atenas,  o  no  mere- 
cemos tenerla  nosotros. 

El  no  fué  la  civilización,  es  cierto;  pero  jamás  reco- 
noceré como  hombre  de  juicio  a  quien  no  vea  en  él 
otra  cosa  que  la  barbarie.  ¡Oh,  no!  nuestro  gaucho  no 
es  el  bárbaro,  el  destructor  exótico;  mucho  menos  el 
ilota,  la  carne  para  buitres.  Él  es  nuestro  hombre,  el 
hombre  nuevo,  el  germen  de  la  nueva  patria  hispano- 
americana, que,  si  tiene  un  rasgo  diferencial  entre 
todas,  es  ése  precisamente:  el  no  haber  tenido,  por  fun- 
damento sociológico,  ni  el  bárbaro,  ni  el  siervo,  sino 
el  gaucho  libre,  la  célula  autóctona  de  su  democracia 
ingénita. 

Ese  hijo  de  la  naturaleza,  con  ser  un  primitivo,  un 
inconsciente,  no  fué  la  plebe  antigua,  el  siervo  de  la 
gleba  poseído  por  la  tierra;  no  fué  el  vasallo  que  debía 
tributo  a  su  señor;  por  eso  la  esclavitud,  en  la  América 
española,  desapareció  con  la  dominación  colonial.  Sus 
defectos,  porque  no  pudo  menos  de  tenerlos,  fueron 
los  inherentes  a  su  excelsa  cualidad.  Seguirá  al  caudillo; 
pero  no  como  la  mesnada  a  los  ricos  hombres  o  seño- 
res feudales;  no  porque  le  da  pan,  o  librea  con  escudo 
señorial,  sino  como  soldado  voluntario,  porque  ofrece 
un  empleo  a  su  prurito  de  libertad,  y  hasta  le  hace 
sentir  la  dignidad  de  una  vaga  misión,  surgente  en 
su  nebulosa  subconciencia.  Y  es  en  esa  subconciencia 
de  los  pueblos  donde,  como  las  semillas  en  el  miste- 
rio de  la  tierra,  germinan  las  apariciones  de  la  his- 
toria. 

El  gaucho  vio  en  Artigas  un  ser  superior,  pero  de 
su  especie,  carne  de  su  carne.  Bien  se  dio  cuenta  de  que 
Artigas  lo  amaba  sinceramente;  sintió  la  diferencia 


I,AS  PIEDRAS  Y  El.  ÉXODO  DEI.  PUEBW5  ORIENTAT.  283 

entre  ese  hombre  y  los  que,  no  teniendo  con  el  campe- 
sino americano  otro  vínculo  que  el  del  menosprecio, 
lo  reniegan,  para  no  contaminarse,  después  de  utili- 
zarlo. Ese,  y  no  otro,  es  el  secreto  del  culto  profesado 
a  Artigas  por  el  gaucho  de  todo  el  mundo  argentino: 
el  vínculo  de  amor,  alma  de  todo  lo  que  se  engendra, 
espíritu  del  universo...  En  los  tiempos  primitivos  lo 
hubieran  adorado  como  a  un  dios.  Los  Prometeos, 
los  Odinos,  los  semidioses  del  N"orte  no  fueron  otra 
cosa:  benefactores  del  hombre;  raptores  del  fuego  de 
Zeus  para  los  mortales;  genios  o  divinidades  protec- 
toras de  la  estirpe  desamparada. 

Os  lo  repito,  amigos:  todos  esos  que  veis,  todos  esos 
esforzados  gauchos,  van  a  quedar  muertos  en  el  campo. 
Pero  sus  cuerpos  no  serán  alimento  de  los  cuervos; 
tendrán  tumba  en  esta  tierra,  y  no  de  esclavos,  porque 
no  lo  fueron. 

No  otra  cosa  es  el  monumento  de  Artigas,  que  os 
manda  alzar  la  patria  de  aquellos  gauchos.  Ser  im 
homérida,  aunque  sea  el  último,  es  bella  cosa,  dice 
Goethe  en  un  verso  célebre.  Nosotros  lo  seremos  de 
esa  legión  de  combatientes  que  caminan  con  el  pro- 
feta; ella  fué  la  primera  guardia  noble  de  la  patria 
recién  nacida;  ella  acompañó  sus  primeros  desampa- 
ros; le  dio  a  mamar  su  sangre,  como  la  hembra  del 
tigre  da  su  leche;  ella,  la  pobre  turba  campesina,  ha 
continuado  esa  lactancia  de  fiera  hasta  agotarse;  se 
va  hundiendo  en  la  nada,  substituida  por  otros  hom- 
bres, mientras  la  patria  crece  nutrida  de  anónimos 
heroísmos,  de  heroísmos  gauchos. 

Hoy,  al  ascender  Artigas  en  la  historia  heroica, 
sale  con  él,  por  la  puerta  de  las  visiones  estéticas,  esa 
su  primitiva  guardia  de  caballeros,  vestida  de  sus 
harapos.  Glorificado  y  transfigurado  por  la  muerte, 


a  84  T<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

aparece  aquel  hijo  ambulante  y  sin  codicias  de  la 
soledad  y  del  desierto,  pan  ácimo  de  sangre  que  comió 
nuestra  victoria,  y  vino  nuevo  que  bebió  para  ser 
diosa;  soldado,  holocausto,  desnudo  y  altivo  corte- 
sano del  re}'"  futuro. 

Yo  quiero  que  sintáis,  y  que  améis,  y  que  saludéis 
conmigo,  mis  bravos  artistas,  a  ese  pobre  gaucho  de 
mi  tierra.  Si  es  cierto  que  se  va;  si  ya  se  ha  ido  para 
siempre,  que  los  últimos  que  queden  contemplen  la 
resurrección  en  bronce  de  su  raza.  Que  escuchen  mi 
despedida;  que  me  oigan  a  mí,  el  rapsoda,  el  homé- 
rida,  que  quiero  inocularos,  amigos  míos,  todo  mi 
amor  a  esa  figura  de  otros  tiempos;  a  mí,  pobre  sol- 
dado de  la  aurora,  que  rinde  el  tributo  de  la  patria 
a  aquel  héroe  misterioso  de  la  sombra: 

Moi,  soldat  de  l'aurore, 
A  toi,  héros  de  l'ombre. 


VIII 

El  tratado  de  Octubre  había  sido  celebrado  de  mala 
fe  por  todos:  españoles,  portugueses,  bonaerenses;  por 
todos.  Ni  los  españoles  de  Montevideo,  realistas  em- 
pecinados, estaban  dispuestos  a  dejar  de  considerar 
como  reos  de  lesa  majestad  a  los  americanos,  ni  doña 
Carlota,  que  protestaba  contra  el  armisticio,  abando- 
naba su  ilusión  de  ser  reina  del  Plata,  ni  Portugal  re- 
nunciaba a  su  ensueño  secular,  ni  Buenos  Aires  decía 
verdad  ni  mentira  al  proclamar  a  Fernando  VII,  o 
a  Carlos  IV,  si  era  Carlos  IV,  como  decía  Rivadavia, 
y  no  Fernando  VII,  como  decían  los  otros,  el  rey  le- 
gítimo proclamado. 


I,AS  PIEDRAS  Y  El.  ÉXODO  DEI.  PUEBI,0  ORIENTAI,   285 

I/O  Único  que  allí  había  de  sinceridad  plena  era 
aquel  hombre  que,  buscando  libertad,  cruzaba  con 
su  indigente  pueblo  las  colinas  de  su  tierra.  Él  y  su 
caravana,  eran  la  sola  intrínseca  realidad,  la  sola  si- 
miente viva.  Seguir  su  historia  es  conocer  la  del  Río 
de  la  Plata;  sin  él  queda  descentrada:  es  como  un 
cuento. 

Iva  multitud  llegó,  por  fin,  al  sitio  en  que  debía 
cruzarse  la  anchura  del  Uruguay,  para  dejar  la  pa- 
tria. Y  allí  lo  cruzaron  lentamente;  los  hombres  a 
nado,  o  agarrados  a  la  crin  o  a  la  cola  de  los  caballos; 
las  familias  en  hombros,  o  en  balsas,  o  en  pelotas  de 
cuero.  vSe  echaron  al  agua  las  caballadas,  los  ganados; 
se  pasó  todo  cuanto  se  pudo;  el  resto  quedó  amonto- 
nado de  este  lado  del  río.  Cruzaron  el  cauce  las  fami- 
lias primeramente;  las  tropas  después;  Artigas  por 
fin,  con  su  Estado  Mayor. 

Allí,  antes  del  pasaje,  nos  dejó  Artigas  la  primera 
revelación  escrita,  perfectamente  definida,  de  la  vi- 
sión que  lo  inspira  y  lo  conduce  de  la  mano.  En  tma 
nota  memorable,  se  dirigió  entonces  al  gobierno  del 
Paraguay,  con  el  que  cultiva  correspondencia  asidua, 
directa,  de  estado  a  estado,  y  que  estudiaremos  más 
adelante;  le  narró  todo  lo  acaecido;  el  nacer  de  la 
Patria  Oriental,  el  levantamiento  en  masa  de  su  pue- 
blo, sus  abnegaciones  y  heroísmo,  su  abandono;  le 
mostró  al  enemigo  portugués,  como  el  peligro  común 
a  orientales  y  paraguayos;  le  propuso  la  natural  alian- 
za de  ambos  pueblos,  la  alianza  directa,  como  paso 
previo  a  la  federación  de  los  estados  platenses;  le  re- 
veló, también  a  él,  su  mensaje.  El  pueblo  aquel  oyó, 
en  la  voz  de  Artigas,  su  propio  verbo,  la  forma  entre- 
vista de  su  suxjremo  anhelo,  por  el  que  ya  había  lucha- 
do contra  Belgrano.  I^a  comunicación  del  Jefe  de  los 


286  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Orientales  fué  leída  públicamente  en  la  Asunción, 
entre  aclamaciones;  el  Cabildo,  en  sesión  especial, 
acordó  los  términos  de  la  respuesta. 

Esa  nota,  del  7  de  diciembre  de  1811,  mis  amigos, 
es  nuestro  primer  rescripto  de  emancipación;  todo  el 
profético  pensamiento  de  Artigas  está  consignado  allí. 
En  ella  habla  él;  no  el  agente  de  Buenos  Aires,  sino 
el  Jefe  de  los  Orientales.  Y  allí  está  trazado  todo  su 
programa:  caducidad  de  toda  dinastía,  de  toda  co- 
rona; independencia  democrática,  con  forma  republi- 
cana, de  todo  el  virreinato;  y,  dentro  de  ella,  indepen- 
dencia de  la  Provincia  Oriental,  aliada  o  confederada 
con  las  repúblicas  hermanas;  expulsión  de  todo  po- 
der extranjero.  Hay  allí  toda  una  doctrina,  todo  un 
plan  político;  muy  pronto  veremos  a  su  autor  trazar 
su  plan  militar  en  consonancia, 

«Cuando  las  revoluciones  políticas,  dice  Artigas  en 
ese  memorable  documento,  han  reanimado  los  espíri- 
tus abatidos  por  el  poder  arbitrario,  temerosos  los 
ciudadanos  de  caer  de  nuevo  en  la  tiranía,  aspiran 
a  concentrar  la  fuerza  y  la  razón  en  un  gobierno  in- 
mediato, que  pueda,  con  menos  dificultades,  conser- 
var ilesos  sus  derechos. 

»I/a  sabia  naturaleza  ha  señalado  los  límites  de  los 
estados.  La  Banda  Oriental  tiene  los  suyos.  Esta  es 
la  aliada,  la  hermana  de  Buenos  Aires.  I/)s  orienta- 
les han  jurado  un  odio  irreconciliable  a  toda  clase 
de  tiranía;  han  jurado  no  dejar  sus  armas,  mientras 
todo  extranjero  no  evacué  el  país...» 

Pero  ese  documento  no  sólo  consigna  principios; 
da  también  a  su  autor  la  ocasión  de  ponerlos  por  obra, 
y,  sobre  todo,  la  de  manifestar  la  sinceridad  con  que 
ha  abrazado,  y  cree  abrazada  por  sus  hermanos,  la 
fe  democrática.  El  Jefe  de  los  Orientales  envía  al 


íyAS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI<  PUEBLO  ORIENTAI,  287 

Paraguay  con  aquel  su  mensaje  a  don  Juan  Fran- 
cisco Arias,  «mi  primer  edecán,  dice,  capitán  del  ejér- 
cito, a  quien  he  comisionado  cerca  de  V.  S.». 

Ese  edecán  Arias  va,  pues,  con  el  carácter  de  un 
agente  confidencial;  lleva  sus  credenciales,  sus  ins- 
tilicciones  subscritas  por  Artigas,  el  encargo  de  hacer 
conocer  reservadamente  el  plan  militar  concertado 
con  Buenos  Aires.  En  ese  concepto,  Arias  debe  hacer 
saber  al  Paragua}'  las  fuerzas  con  que  cuenta  el  Jefe 
de  los  Orientales,  así  como  los  elementos  de  que 
carece,  y  que  pueden  ser  suplidos  por  aquél  en  cam- 
bio de  los  que  pueden  serle  suministrados  por  el 
Estado  Oriental,  ganados,  caballos,  etc.  «Aunque  nues- 
tra fuerza,  dicen  las  Instrucciones,  no  está  bien  exa- 
minada aún  escruptilosamente,  podemos  contar  con 
seis  mil  hombres  útiles,  y  sobre  tres  mil  fusiles.  Esto 
se  considera  bastante  para  intentar  una  acción;  pero 
puede  no  serlo  para  continuar  las  operaciones  dejando 
guarnecidos  los  puntos  de  la  frontera  y  costas...»  Y 
agregan  aquéllas:  «La  Junta  de  Buenos  Aires  se  ha 
comprometido,  por  medio  de  su  diputado  don  Julián 
Pérez,  a  damos  toda  clase  de  auxilios,  incluso  las 
tropas  necesarias;  pero  los  vecinos  de  esta  Banda 
están  resueltos  a  no  admitir  éstas,  sino  en  caso  de 
extrema  necesidad». 

Es  muy  de  advertir,  por  fundamental  en  nuestra 
historia,  que  nada  hay  clandestino  en  esta  actitud 
de  Artigas;  él  ha  recibido  del  triunvirato  bonaerense 
la  instrucción  expresa  de  entenderse  y  obrar  de  con- 
suno con  el  gobierno  paraguayo;  le  hace  conocer,  en 
consecuencia,  la  forma  en  que  procede,  enviándole 
copia  de  sus  comunicaciones;  le  da  cuenta  detallada 
de  la  misión  con  que  ha  enviado  a  su  edecán  Arias. 
El  Paraguay,  que  ha  recibido,  a  su  vez,  de  Buenos 


288  I.A  EPOPEYA  DB  ARTIGAS 

Aires,  la  orden  de  acordarse  con  Artigas  y  de  pres- 
tarle su  concurso,  da  noticia  también  al  triunvirato 
(Chiclana,  Sarratea  y  Paso,  con  Rivadavia  de  secre- 
tario), en  12  de  enero  de  1812,  de  sus  relaciones  con 
el  Jefe  de  los  Orientales.  «I^e  hemos  contestado,  dice, 
que  esta  Provincia  queda  unida  íntimamente  a  su 
ejército;  desde  el  momento  feliz  de  nuestra  dichosa 
reunión  con  ese  gran  pueblo,  dijimos  con  más  sencillez 
que  el  orador  americano:  «Hemos  plantado  el  árbol 
de  la  paz,  y  enterrado  bajo  sus  raíces  el  hacha  de  la 
guerra;  en  adelante,  descansaremos  bajo  su  sombra 
y  haremos  que  resplandezcan  las  cadenas  que  han  de 
unir  a  todo  el  continente».     lyc  hemos   asegurado, 
agrega,   que  estamos  prontos  a  la  confederación  y 
ataque,  para  cuj-a  ratificación  hemos  enviado  al  capi- 
tán graduado  don  Francisco  Laguardia.»  Y,  al  dar 
cuenta  de  algunos  recursos  enviados  a  Artigas,  llama 
a  éstos  «demostración  sensible  de  la  unión  y  firme 
alianza   que    hemos   jurado   con  esa   Excelentísima 
Junta,  no  menos  que  un  pequeño  índice  de  gratitud 
a  las  sinceras  ofertas  con  que  nos  ha  honrado  el  gene- 
ral Artigas,  ese  gran  jefe...» 

El  Paraguay,  que  en  todo  esto  procede  de  acuerdo 
con  los  tratados  que  celebró  con  Belgrano,  contesta, 
efectivamente,  a  Artigas  su  mensaje,  por  intermedio 
de  Laguardia,  «que  va,  dice  en  su  nota,  con  las  cre- 
denciales y  misión  de  cumplimentar  a  V.  S-,  dar  razón 
de  la  actual  situación  ventajosa  y  oir  de  su  boca  el 
plan  que  haya  de  concertar  y  poner  en  ejecución  con- 
tra los  portugueses»). 

Todo  eso  es  una  ilusión  por  parte  del  Paraguay; 
por  parte  de  Artigas  sobre  todo.  Éste  presume  inge- 
nuamente que,  si  alguien  debe  compartir  su  idea  fun- 
damental, nadie  con  mayor  energía  que  los  hombres 


I. AS  PrEDR.A.S  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PUEBI,0  ORIENTAI,  289 

de  Mayo,  que  la  consagraron  en  sus  tratados  con  el 
Paraguay;  pero  nada  más  distante  de  la  realidad.  Si 
bien  el  pueblo  de  la  provincia  de  Buenos  Aires,  de  la 
capital  sobre  todo,  el  anónimo  del  25  de  maj'o  de  1810, 
vive  de  ese  esi)íritu,  ese  pueblo  será  absorbido  por  una 
entidad  colectiva,  la  que  ahora  está  procediendo  con 
reservas  mentales,  y  que  es  la  negación  de  todo  prin- 
cipio republicano.  Y,  en  cuanto  al  Paraguay,  será  a 
su  vez  devorado  por  una  entidad  personal,  equiva- 
lente a  aquella  colectiva,  don  Gaspar  Rodríguez  de 
Francia,  que,  también  con  reser\^as  mentales,  íorma 
ahora  parte  de  los  triunviratos  que  fraternizan  con 
Artigas.  Artigas  5'  su  pueblo  son,  pues,  una  ilusión, 
a  fuerza  de  ser  la  sola  realidad. 

Cuando  conozcáis,  amigos  artistas,  los  escepticis- 
mos, los  desfallecimientos,  las  negaciones  de  los  pro- 
motores de  la  revolución  en  Buenos  Aires;  cuando 
sepáis  que,  diez  años  después  de  este  momento,  toda- 
vía negarán  al  pueblo  americano  esa  aptitud  que  le 
atribuj^e  Artigas  de  ser  el  germen  de  una  vida  nueva, 
y  trabajarán  por  traerle  un  monarca  europeo  que 
supla  su  ineptitud,  entonces  os  daréis  cuenta  de  lo 
que  significa,  en  la  historia  americana,  ese  hombre 
todo  verdad,  colocado  entre  dos  mentiras;  todo  liber- 
tad, acosado  por  dos  despotismos. 

Su  verdad  hará  la  patria,  sin  embargo;  todo  lo  que 
hagamos  en  adelante,  hasta  el  triunfo  de  nuestra 
democracia  americana,  no  será  otra  cosa  que  la  soli- 
dificación en  el  caos,  tras  las  convulsiones  cósmicas, 
de  ese  pensamiento  escrito  por  Artigas  en  su  nota  del 
7  de  diciembre  de  1811. 

Y  fué  dicho  al  profeta  bíblico  por  Jehová:  Tibi 
daho  frontem  duriora  frontibus  ejus:  Y  te  daré  una 
frente  más  dura  que  sus  frentes. 

T.  1.-31 


290  t,K  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 


IX 


Artigas,  poseído  por  el  espíritu,  está,  por  fin,  del 
otro  lado  del  Uruguay,  entre  las  palmeras,  algarrobos 
y  quebrachos  de  los  bosques  de  Concordia:  en  el  Cam- 
pamento del  Ayuí,  frente  al  Salto  Chico  del  Uruguay. 
El  patriarca  y  su  pueblo  permanecerán  allí  catorce 
meses,  después  de  los  cuales  regresarán  a  la  patria, 
por  el  mismo  camino  que  llevaron,  y  conducidos  por 
la  misma  visión. 

El  cuadro  que  ofrecía  ese  Campamento  del  Ayuí, 
especie  de  enjambre  volador  posado  en  un  árbol  del 
camino,  no  puede  menos  de  llamar  la  atención.  Pen- 
sad, primeramente,  en  que  diez  y  seis  mil  personas 
era  mucha  gente  en  aquella  época;  mucha  gente,  os 
lo  aseguro.  Meditad  especialmente  en  el  carácter  so- 
ciológico de  esa  muchedumbre. 

El  agente  confidencial  que  el  gobierno  del  Paraguay 
envía  entonces  a  Artigas  describe  aquello  en  cuatro 
palabras:  «Toda  la  costa  del  Uruguay,  dice,  está  po- 
blada de  familias  que  salieron  de  Montevideo,  unas 
bajo  las  carretas,  otras  bajo  los  árboles,  y  todos  a 
la  inclemencia  del  tiempo;  pero  con  tanta  conformi- 
dad y  gusto,  que  causa  admiración  y  da  ejemplo». 

Con  los  elementos  que  ya  poseéis,  podéis  desarro- 
llar ese  cuadro.  Allí  se  permaneció  todo  el  verano 
de  1811,  el  crudo  invierno  de  1812  y  el  nuevo  verano 
que  precedió  a  1813.  Todo  lo  que  hemos  visto  en  el 
viaje  se  ofrece  aquí  en  una  nueva  interesantísima 
actitud.  lyas  familias  ocupaban  el  primer  plano;  los 
soldados  tenían  sus  cuarteles,  y  hacían  ejercicios  mi- 
tares;  como  escaseaban  las  armas,  los  soldados  del 


I. AS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI.  PUEBLO  ORIENTAL  291 

infantería  que  no  las  tenían  se  adiestraban  con  palos 
a  guisa  de  fusiles;  los  de  caballería  fabricaban  sus 
lanzas,  enastaban  en  cañas  puntas  de  cuchillos  u 
hojas  de  tijera.  Todos  obedecían  a  sus  jefes,  Rivera, 
Lavalleja,  Manuel  Francisco  Artigas,  Otorgues,  Blas 
Basualdo,  Ojeda.  Los  indios  acampaban  a  lo  lejos 
en  sus  aduares. 

Aquel  campamento,  colonia,  colmena,  o  como  que- 
ráis llamarle,  ocupaba  una  extensión  de  varias  leguas; 
bajo  los  árboles,  en  las  carretas,  en  chozas  de  paja 
y  barro,  vivía  el  pueblo  oriental.  Una  choza,  mayor 
que  las  demás,  era  el  templo,  en  que  los  sacerdotes 
celebraban  los  divinos  oficios  ante  la  multitud,  y  ense- 
ñaban a  los  niños  la  doctrina  cristiana;  delante  de 
ella  se  alzaba  una  horqueta  de  madera,  de  la  que  col- 
gaba una  campana,  cuyas  voces  se  unían  a  las  lejanas 
de  los  clarines,  en  la  aurora,  a  mediodía,  al  caer  la 
tarde.  El  Ángelus  aquel  tenía  también  su  melodía, 
su  original  melodía.  Yo,  por  mi  parte,  le  encuentro 
insuperable  belleza.  ¡El  Ángelus  del  Ayuíl  Era  la 
primera  oración  de  la  patria  bajo  la  bóveda  estre- 
llada. 

La  vida  fué  de  labor,  de  angustias,  de  miserias;  fal- 
taba abrigo  en  invierno;  escaseaban  los  alimentos; 
hubo  hambre,  desnudez,  desamparo.  Pero  un  prin- 
cipio ordenador  circulaba  por  aquel  organismo  de 
nueva  especie,  y  le  conservó,  sin  el  más  mínimo  que- 
branto, su  cohesión  vital  y  el  carácter  de  sociedad 
civilizada.  Allí  se  protegía  el  derecho;  se  administra- 
ba justicia;  se  hacía  caridad. 

Para  daros  una  idea  del  orden  que  en  todo  aquello 
supo  inocular  Artigas,  quiero  que  conozcáis  el  bando 
que  pregonó,  al  aplicar,  con  un  dolor  que  se  revela  en 
BU6  términos,  la  pena  de  muerte,  a  dos  delincuentes 


292  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

debidamente  juzgados,  eu  el  comienzo  de  aquella 
emigración. 

Dice  así: 

«Si  aún  queda  alguno  mezclado  entre  vosotros  que 
no  abrigue  sentimientos  de  honor,  patriotismo  y  hu- 
manidad, que  huya  lejos  del  ejército  que  deshonra, 
y  en  el  que  será,  de  hoy  más,  escrupulosamente  per- 
seguido. Que  tiemblen,  pues,  los  malvados,  y  que  es- 
tén todos  persuadidos  de  que  la  inflexible  vara  de 
la  justicia,  puesta  en  mi  mano,  castigará  los  excesos 
en  la  persona  en  que  se  encuentren.  Nadie  será  ex- 
ceptuado, y  en  cualquiera,  sin  distinción  alguna,  se 
repetirá  la  triste  escena  que  se  va  a  presentar  al  pue- 
blo, para  temible  escarmiento  y  vergüenza  de  los  mal- 
hechores, satisfacción  de  la  justicia  y  seguridad  de 
los  buenos  militares  y  beneméritos  ciudadanos.» 

Los  orientales  dejaron  una  huella  bien  profunda  de 
su  paso  en  aquel  pedazo  de  tierra  argentina,  en  la 
que  veían  reproducida  la  propia.  Una  nota  carac- 
terística entre  varias,  y  al  parecer  insignificante, 
les  denunciaba,  sin  embargo,  que  no  estaban  en  su 
tierra. 

Quiero  detenerme  a  haceros  notar,  especialmente, 
esta  nota  pintoresca  que  se  presenta  a  mi  imagina- 
ción, y  que  parece  cosa  de  risa.  No  lo  es  del  todo; 
ella  os  recordará  cosas  serias,  de  que  hablamos  al  prin- 
cipio. Los  orientales  expatriados,  los  niños  sobre  todo, 
miraban  con  curiosidad,  en  aquella  tierra,  un  habi- 
tante que  les  era  desconocido:  la  vizcacha.  Es  éste  un 
animal,  un  extraño  roedor,  algo  mayor  que  un  conejo, 
que  vive  en  la  banda  occidental  del  Uruguay.  Y  aquí 
está  lo  interesante  del  caso:  ni  uno  solo  cruza  el  río 
del  Uruguay. 


tAS  PIEDRAS  Y  El,  ÉXODO  DEI,  PUEBI,0  ORIKNTAI,  293 

En  la  tierra  occidental,  en  la  andina,  esa  vizcacha 
es  una  plaga;  sus  excavaciones  invaden  el  suelo  por 
todas  partes,  y  todo  lo  destruyen;  en  la  oriental  es 
extranjera;  no  se  ha  conocido  una  sola  que  haya  sen- 
tido el  instinto  de  ir  a  taladrar  con  sus  diabólicos 
dientes  la  tierra  que  se  extiende  del  Uruguay  al  At- 
lántico; también  hay  árboles  y  plantas  que  viven  en 
una  tierra  y  no  arraigan  en  la  otra.  Salen  las  vizca- 
chas de  su  cueva  al  caer  la  tarde;  se  posan  en  los 
bordes  de  su  excavación,  esperando  la  luna;  se  ríen 
con  ésta,  cuando  aparece,  mostrándole  sus  incisivos 
blancos;  caminan  lentamente,  silenciosas,  a  pequeños 
saltos;  parecen  visiones  grises  y  negras,  brujas  sardó- 
nicas, lya  lechuza  llamada  vizcachera  las  suele  acom- 
pañar, y  grazna  o  chilla,  como  un  demonio  de  ojos 
amarillos,  en  la  puerta  de  las  cuevas,  posada  en  el 
montón  de  tierra  de  la  excavación;  salta  de  vez  en 
cuando  en  línea  recta,  y,  clavada  en  el  aire,  vuelve 
a  chillar,  agitando  las  alas.  Y  cae  de  nuevo,  como 
una  saeta  que  rebota  en  el  suelo. como  si  fuera  elás- 
tica. Esa  figura  de  animal  extranjero,  la  vizcacha, 
parecía  estar  allí  para  recordar  a  los  orientales,  a  los 
niños  especialmente,  que  aquella  tierra,  si  bien  amiga 
hospitalaria,  no  era  su  tierra;  que  eran  allí  viajeros, 
pasajeros,  desterrados;  les  hacía  advertir  que  el  olor 
de  los  pastos  no  era  allí  exactamente  el  mismo  que 
el  del  otro  lado,  ni  la  lengua  en  que  se  hablaban  los 
árboles,  uno  con  otro,  ni  las  canciones  que  cantaban 
los  pájaros  al  sol. 

Y  los  punteos  de  las  guitarras  pensaban  en  la  otra 
patria  que  quedó  abandonada,  y  sonaban,  entre  las 
notas  de  la  gran  naturaleza,  fieramente  nostálgicos, 
y  antmciando  el  regreso  libertador. 

Yo  siento  en  eso  un  gran  motivo  sinfónico,  un  ori- 


294  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

ginal  Nociurno  del  Ayuí.  que  el  arte  recogerá.  Me  guar- 
daría bien  de  decir  estas  cosas  nimias,  si  no  hablara 
confidencialmente,  y  con  artistas;  pero  vosotros  sois 
bien  capaces  de  comprender  que  ese  motivo  sinfó- 
nico no  es  menos  interesante,  ni  menos  serio,  que  el 
sociológico  que  voy  a  exponeros.  Dejemos,  pues,  las 
niñerías,  y  hablemos  de  lo  que  todo  el  mundo  entien- 
de, porque  es  más  grosero. 


X 


También  el  gobierno  de  Buenos  Aires  envió  su 
comisionado,  como  el  del  Paraguay',  a  ver  el  campa- 
mento de  su  General  del  Nayte;\o  envió  cuando,  como 
veremos  más  adelante,  comenzó  a  entrever  que  aquel 
hombre,  en  quien  entonces  cifraba  sus  esperanzas, 
fodía  llegar  a  ser  demasiado.  El  agente,  que  lo  fué 
don  Nicolás  de  Vedia,  cuenta,  lleno  de  asombro,  lo 
que  allí  vio,  y  describe  el  mismo  cuadro  que  el  envia- 
do paraguayo.  cAllí  está  toda  la  Banda  Oriental»,  dice 
en  su  informe.  Y,  notando  los  efectos  de  éste,  nos 
dice:  «I^a  viveza  con  que  pinté  al  gobierno  las  buenas 
disposiciones  que  yo  había  notado  en  Artigas,  y  en  la 
multitud  que  lo  circundaba,  fué  oída  con  sombría 
atención.  Después  supe  que  el  gobierno  no  gustaba 
que  se  hablara  en  favor  del  caudillo  oriental». 

Con  no  menor  atención  debemos  nosotros,  amigos 
artistas,  analizar  desde  ahora  el  origen  de  esa  actitud 
sombría  que  advierte  Vedia  en  el  gobierno,  no  en 
el  pueblo,  por  cierto,  de  Buenos  Aires  con  relación 
a  Artigas.  Ese  hombre  se  aparecía  allí  como  un  fan- 
tasma; era  un  sincero,  y  en  Buenos  Aiires  las  ambicio- 
nes y  las  rivahdades  de  los  políticos,  con  las  dobleces 


I, AS  PIEDRAS  Y  RI,  ÉXODO  DEI,  PURBI.O  ORIENTAI,  295 

consiguientes,  prevalecían.  Este  año  1812,  pasado  por 
Artigas  con  su  indigente  pueblo  en  el  Ayuí,  es  en  la 
capital  una  tempestad;  arrecia  la  que  nos  describía 
Mitre;  la  Junta  de  Mayo  de  1810  había  invitado  a  los 
pueblos  a  enviar  sus  representantes;  éstos  llegaron 
y  se  incorporaron  a  la  Junta,  formando  con  ella  un 
solo  cuerpo:  un  Ejecutivo  plural  deforme,  imposible. 
Surge  de  allí  un  primer  triunvirato...  y  un  secundo... 
y  un  tercero...  Y  nada  es  permanente,  no  hay  allí 
prestigios  ni  autoridades;  existen,  al  parecer,  dos 
partidos,  pero  sin  nombre  ni  programa,  persona- 
les, fluctuantes;  las  cabezas,  como  las  casas  desal- 
quiladas, están  dispuestas  a  recibir  malos  inquilinos. 
El  primer  triunvirato,  S arratea,  Chiclana  y  Paso, 
con  Rivadavia,  Pérez  y  Ivópez  de  secretarios,  es 
modificado,  a  los  tres  meses,  con  la  entrada  de 
Pueyrredón  en  substitución  de  Paso.  El  predominio 
de  Rivadavia,  el  personaje  más  importante,  con  don 
Nicolás  Herrera,  de  aquel  bloque  político,  es  califi- 
cado de  despotismo;  Pueyrredón  lo  combate;  lo  fus- 
tiga, como  un  energúmeno,  el  fiero  Monteagudo;  lo 
atacan  sin  cuartel  los  diputados  de  las  provincias, 
y  esto  provoca  la  expulsión  de  todos  ellos  a  sus  regio- 
nes respectivas,  en  el  término  de  veinticuatro  horas, 
y  la  difusión,  por  consiguiente,  del  odio  contra  la  ca- 
pital, en  todas  y  cada  una  de  esas  regiones  o  provin- 
cias interiores.  Y  la  instintiva  mirada  de  todos  hacia 
Artigas,  que  es  «w  hombre,  una  realidad. 

San  Martín  y  Alvear,  que  llegan  a  la  sazón  de  Eu- 
ropa, se  enrolan  en  la  lucha  política;  preparan  el 
motín;  lo  llevan  a  ejecución  en  octubre;  echan  abajo 
el  segundo  triunvirato,  y  hacen  surgir  el  tercero: 
Paso,  Rodríguez  Peña,  Alvarez  Jonte...  Y  todo  eso 
nada  representaba,  nada  que  no  fuese  las  ambiciones 


296  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

de  los  que  se  creían  los  primeros.  Y  todos  se  creían 
tales;  todos,  como  es  natural,  querían,  en  los  ejér- 
citos, generales  sumisos  y  adictos  a  sus  personas. 

Y  he  aquí  que  ninguno  de  ellos  podía  ver  en  Arti- 
gas semejante  cosa;  todos  miran  de  reojo,  por  con- 
siguiente, aquella  extraña  figura  que  se  impone  como 
hombre  de  guerra  necesario;  pero  que  no  puede  acep- 
tarse si  pretende  tener  un  pensamiento. 

¡lyas  buenas  disposiciones  de  Artigas!  Vedia  las 
expuso  bien,  probablemente:  Artigas  quería  la  unión; 
estaba  dispuesto  a  respetar  toda  jerarquía  que  a  tal 
unión  propendiera;  pero  no  se  resignaba  a  no  ver  en 
el  pueblo  que  lo  seguía  un  mero  instrumento  de  quien 
venciera  entre  los  hombres  de  Buenos  Aires.  Éstos, 
por  su  parte,  no  podían  creer  en  Artigas  ni  en  su  pue- 
blo; aquella  muchedumbre  congregada  en  el  Ayuí 
no  era  nada;  no  debía  serlo,  cuando  menos,  pese  a  las 
impresiones  de  Vedia. 

Bl  caudillo  oriental  quiere  hacerse  perdonar  el  deHto 
de  tener  un  pensamiento;  desea  ser  persona  grata  en 
la  capital,  no  estorbar  a  nadie  en  ella.  No  interviene 
en  sus  pendencias;  mira  sus  disensiones  como  él  des- 
arrollo de  la  política  interna  de  un  estado  amigo  3^  de 
primera  importancia  entre  los  platenses;  acata  sin 
observación  los  hechos  consumados.  Más  aun:  reco- 
noce y  obedece  al  que  Buenos  Aires  le  señala  como 
general  conveniente,  pues  nadie  como  él  reconoció  la 
necesidad  de  que  Buenos  Aires  llenara  su  misión  de 
ser  cabeza  viva,  articulada,  de  aquel  fuerte  organismo 
vivo  recién  nacido;  nadie  como  él  pugnó  por  ese  vital 
principio  de  orden  y  de  verdad.  Todo  es  inútil;  pre- 
cisamente por  eso,  el  ceño  sombrío  que  advirtió  Vedia 
se  arruga  cada  vez  más  ante  el  nombre  de  Artigas; 
por  esa  su  serena  impasibilidad,  precisamente. 


I.AS  PIEDRAS  V  Til,  ÉXODO  DEl,  PUEBU)  ORIENTA!,  297 

Pero  si  los  gobiernos  de  la  capital  miraban  a  Arti- 
gas de  reojo  3'  comenzaban  a  meditar  su  ruina,  los 
pueblos  argentinos,  sin  excluir  el  mismo  de  Buenos 
Aires,  y  agregado  el  paraguayo;  los  de  las  provin- 
cias de  Entrerríos  y  Corrientes;  los  de  Santa  Fe 
y  Córdoba,  del  otro  lado  del  Paraná,  y  los  del  cen- 
tro de  la  gran  planicie,  y  los  que  vivían  en  la  falda  de 
los  Andes,  todos  miraban  aquello  del  Ayuí,  y  sentían 
como  una  misteriosa  revelación;  allí  estaban  formados 
dos  núcleos  cósmicos,  indudablemente:  el  oriental  y 
el  occidental;  Artigas  3'  Buenos  Aires;  la  vida  inma- 
nente 3-  la  extraña  o  refleja.  Los  pueblos  argentinos 
cre3'eron  en  sí  mismos,  por  obra  de  Artigas. 

Claro  está  que,  entre  todos  esos  pueblos,  la  adhe- 
sión a  Artigas  de  los  ribereños  occidentales  del  Urus 
gua3',  los  que  vivían  entre  los  ríos  Urugua3-  y  Para- 
ná, tenía  que  ser  la  más  estrecha;  eUos,  como  lo- 
orientales,  se  habían  levantado  a  la  voz  3"  bajo  la 
protección  del  gran  caudiüo,  3",  también  como  los 
orientales,  habían  sido  dejados  a  merced  del  español 
por  los  tratados  de  Octubre.  «Los  entrerrianos,  dice 
José  Ignacio  Yani,  hijo  de  aquella  provincia,  creyé- 
ronse traicionados,  3'  adhirieron  al  caudillo  fuerte 
que,  del  .otro  lado  del  Urugua3',  se  resistía  a  entregar 
su  pueblo  al  enemigo,  por  más  que  a  él  se  le  diera 
un  importante  destino...»  «La  actitud  del  caudillo 
oriental,  agrega,  soHdarizado  en  absoluto  con  Za- 
pata, Ramírez  y  López  Jordán,  explica  sus  vincula- 
ciones posteriores  con  los  entrerrianos...  Para  los  pue- 
blos que  el  armisticio  entregaba  maniatados  en  manos 
del  odiadísimo  virre3'.  Artigas  representaba,  en  ese 
momento  preciso  de  nuestra  historia  ribereña,  la  fide- 
lidad a  la  causa  americana.» 

Eso  es  mucha  verdad;  los  rilj érenos,  que  veían  3' 


298  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

oían  a  Artigas,  estaban  más  que  nadie  bajo  su  influjo; 
pero  los  que  no  lo  veían  de  tan  cerca,  empezando  por 
Córdoba  y  siguiendo  hasta  las  remotas  fronteras  del 
virreinato,  se  sentían  arrastrados  por  la  fuerza  cen- 
trífuga, de  aquella  mole  en  rotación,  y,  consciente  o 
inconscientemente,  se  incorporaban  al  sistema  de  que 
era  núcleo.  Los  que  hoy  proclaman  las  glorias  priva- 
tivas de  tal  o  cual  provincia  argentina  como  centro 
de  libertad  democrática,  pero  prescindiendo  de  Arti- 
gas, no  se  dan  cuenta  de  que  una  gloria  inerme,  sin 
casco  de  oro,  o  siquier  de  hierro,  que  defienda  el  pen- 
samiento, es  una  estéril  diosa. 

El  fenómeno  sociológico  del  nacer  de  la  autoridad 
por  acto  indeliberado,  libre,  pero  necesario  al  mismo 
tiempo,  del  pueblo,  se  realizó  allí.  Artigas  era  la  au- 
toridad... porque  era;  le  obedecerán,  porque  le  obede- 
cerán, l/os  pueblos  occidentales,  al  ver  de  cerca  a 
ese  hombre  inspirado,  creyeron  oir  voces  dentro  de 
sí  mismos.  El  légamo  sagrado,  que  dice  Esquilo,  sin- 
tió el  soplo  de  vida,  y  palpitó  en  la  primitiva  obscuri- 
dad, en  que  pasan  los  misterios  de  la  generación. 


CONFERENCIA  X 
FRENTE  A  MONTEVIDEO 

La  federación  y  el  xtnitarismo. — Origen  de  la  federación 

interna  en  la  argentina. i<a  federación  de  artigas. 

San  Martín  y  Alvear. — I,a  «I,ogia  IíAutaro». — Ruptura  del 

ARMISTICIO. — I<AS    CAMPAÑAS    SOBRE  LOS  ANDES. — BELGRANO. — 

TucuMÁN  Y  Salta. — Artigas  en  el  Ayüí. — ^El  triunvirato 
Y  Artigas. — ^El  delito  de  Artigas. — I,a  guerra  de  Buenos 
Aires  contra  él  y  su  pueblo. — Sarratea. — Rondeau. — Ba- 
talla del  «Cerrito». — Artigas  y  Rondeau  en  la  cumbre  del 
Cerrito. — El  segundo  sitio  de  Montevideo. 


Hermanos  artistas: 

Si  es  intensa  la  mirada  de  los  pueblos  occidentales 
sobre  Artigas  y  su  nación,  posados  en  el  Ayuí,  no  lo 
es  menos,  bien  que  de  diferente  naturaleza,  la  que 
tienen  en  él  clavada,  como  hemos  dicho,  los  inicia- 
dores de  la  revolución,  residentes  en  Buenos  Aires. 

Ese  enorme  factor,  el  conductor  de  enjambres  po- 
pulares, no  entraba  en  los  planes  de  aquellos  hombres; 
los  perturba,  los  desbarata.  No  hay  que  hacer  con  él; 
es  una  pieza  demasiado  grande  en  aquel  tablero. 

En  Buenos  Aires,  donde  se  espera  todo  de  las  com- 
binaciones políticas  secretas,  y  no  del  esfuerzo  popu- 


300  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

lar,  se  cree  que  el  medio  racional  de  llevar  adelante  la 
tentativa  iniciada  en  Mayo  no  puede  ser  otro  que  la 
completa  pasividad  de  las  masas,  incluso  sus  inme- 
diatos conductores,  y  la  juiciosa  sumisión  de  todos 
a  las  decisiones  de  quienes  predominen,  por  la  revuel- 
ta interna,  en  la  comuna  bonaerense.  Debía  inocularse 
en  el  pueblo  la  fiebre  revolucionaria,  el  furor  de  los 
combates,  que  dice  Esquilo;  despertarse  en  él  la  fiera 
heroica;  pero  ésta  tenía  que  ser  una  fiera  virtuosa,  con- 
tinente, amable,  dispuesta  a  dar  su  sangre  y  obedecer. 
Eso  era  lo  justo,  lo  racional  y  lo  sólo  eficaz:  domes- 
ticar la  tempestad,  y  atar  los  vientos  en  el  establo. 

Aquellos  hombres  partían,  por  otra  parte,  del  su- 
puesto de  que  todo  el  antiguo  virreinato  del  Plata 
era,  y  debía  ser  para  siempre,  una  sola  nación,  y  un 
solo  compacto  estado,  dependiente  de  Buenos  Aires, 
desde  el  Alto  Perú  y  el  Paraguay,  hasta  la  Banda 
Oriental.  Todo  lo  que  no  fuera  ese  concepto  empírico 
era  desorden,  anarquía,  y  hasta  traición;  crimen  dig- 
no de  muerte.  Y  decretaban  la  muerte  de  buenas  a 
primeras. 

No  es  del  caso  apreciar  ahora  si  eso  hubiera  sido  o 
no  lo  más  conveniente,  ni  lo  que  de  eso  hubiera  salido. 
1/5  veremos  después.  Pero  sí  es  el  momento  de  adqui- 
rir la  persuasión  de  que  la  realidad  no  era  ésa.  No  ha- 
bía tal  nación,  en  el  sentido  político,  en  estos  países. 
Kra  preciso  hacerla,  amasarla  con  su  propia  levadura 
de  libertad. 

Creo  que  hemos  visto  con  bastante  claridad,  hasta 
en  las  entrañas  de  la  tierra,  cómo  la  Banda  Oriental 
era  ima  nación  tan  distinta  de  la  occidental  traspla- 
tense,  como  lo  era  ésta  de  la  trasandina,  Chile  o  Boli- 
via,  cuando  menos,  o  como  aquélla  lo  era  de  la  tro- 
pical portuguesa. 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  301 

No  insistamos  más  en  esto;  vosotros  estáis  ya  con- 
vencidos de  que  lo  que  es  entre  la  región  oriental  y 
la  occidental  del  Plata  no  había  tal  unidad  política 
dependiente  de  Buenos  Aires.  Podrá  ser  odioso  que 
eso  fuera  verdad,  pero  era  verdad. 

Sepamos  ahora  si  era  realmente  un  hecho  la  tal 
cohesión  natural  en  la  otra  banda,  entendiéndose  por 
tal  la  inmensa  región  situada  entre  los  Andes  y  el 
plata.  ¿Bxistía  la  unidad  social  y  política  en  lo  que 
es  hoy  república  federal  argentina?  Eso  es  lo  que 
nos  conviene  precisar. 

Convengamos  en  que  allí  no  concurrían  las  causas 
profundas  que  obraban  la  separación  de  los  dos  pue- 
blos ribereños  del  estuario,  ni  las  que  determinaban  la 
del  Paragua}-,  guaram'ticoy  atlántico.  Dice  Ramos  Me- 
jía,  sociólogo  argentino:  «I^a  nacionalidad  argentina 
resulta  así  un  hecho  que  tiene  el  fatalismo  y  la  estabi- 
lidad de  la  causa  física,  de  donde  en  parte  procede. 
Sin  abusar  de  la  metáfora,  puede  decirse  que  es  un 
organismo  con  esqueleto  de  montañas,  y  en  cuyas 
venas  circiila  sangre  caliente  de  volcanes».  Creo  que 
tiene  razón:  sangre  de  volcanes  andinos.  Es  la  misma 
causa  física  que  yo  os  he  indicado  como  base  de  la 
nacionalidad  oriental;  esa  sangre  no  circula  en  stis 
arterias  geológicas;  no  hay  un  solo  nudo  volcánico 
en  todo  el  macizo  atlántico.  Sí:  allí,  en  la  Banda  Oc- 
cidental, existía  una  enorme  imidad  geográfica,  cuan- 
do menos,  con  su  puerto  necesario  en  Buenos  Aires; 
éste,  si  bien  no  tan  importante  como  el  de  Montevideo, 
lo  era  en  sumo  grado  para  aquella  extensa  xegión 
mediterránea.  Por  eso  sus  habitantes  fueron  y  aun 
son  llamados  porteños,  los  del  puerto,  los  de  la  sola 
puerta  de  salida. 


302  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Pero  si  allí  existía  una  unidad  geográfica  y,  si  que- 
réis, geológica,  con  sangre  de  volcanes,  nada  estaba 
más  lejos  de  la  realidad  que  la  unidad  sociológica,  y 
mucho  menos  política,  con  su  núcleo  natural  de  cohe- 
sión en  Buenos  Aires,  que  querían  ver  aquellos  hom- 
bres del  puerto  o  porteños. 

Dado,  pues,  aunque  no  concedido,  que  éstos,  los  por- 
teños, hubieran  sido  realmente  los  más  ordenados  y 
virtuosos,  los  incólumes  depositarios  de  la  idea  madre 
que  engendró  la  patria  republicana;  supuesto,  siquiera 
por  un  momento,  que  allí  residieran  efectivamente  la 
gran  visión  del  porvenir,  el  héroe  colectivo,  la  unidad  de 
pensamiento  y  de  acción,  el  espíritu  de  orden  y  de 
respeto  a  la  autoridad,  la  virtud  y  la  ciencia  y  la  ci- 
vilización ejemplares,  el  hecho  es  que  los  distintos 
pueblos  argentinos  sólo  concebían  la  acción  común, 
conciliada  con  la  propia  autonomía;  sin  ésta,  no  en- 
tendían la  independencia  ni  podían  amarla.  Fijad 
bien  en  vuestro  espíritu,  amigos  míos,  esa  verdad, 
que  es  angular.  Sin  ella,  la  figura  de  Artigas  se  disipa; 
con  ella,  él,  y  sólo  él,  es  el  héroe.  Los  pueblos  argen- 
tinos no  hubieran  cooperado  a  la  independencia  co- 
mún, sin  el  estímulo  de  la  vida  autónoma;  estimulada 
ésta,  no  hubiera  habido  fuerza  humana  capaz  de  hacer 
volver  atrás  la  revolución  de  ]\Iayo. 

¿Acontecía  tal  cosa  porque  los  tales  pueblos  eran 
bárbaros? 

No  ha  faltado  quien  lo  haya  afirmado;  la  federa- 
ción, en  el  Plata,  no  tuvo  otra  madre,  según  ellos: 
la  barbarie,  la  ignorancia.  Mucho  decir  es  eso,  me  pa- 
rece. 

Ha  habido  historiadores  argentinos,  y  no  de  los 
menos  afamados,  por  cierto,  que  han  dicho  gravemen- 
te, y  para  deprimir  al  hombre  oriental,  que  ese  con- 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  303 

cepto  de  federación,  en  el  Río  de  la  Plata,  fué  sólo  una 
invención  de  Artigas;  de  don  Gaspar  Rodríguez  de 
Francia,  dicen  otros.  Vosotros  pensaréis  lo  que  os  pa- 
rezca sobre  el  respeto  que  merecen  esos  graves  auto- 
res. Yo  los  considero,  en  este  caso,  unas  pobrísimas 
peisonas. 

Convengamos,  ante  todo,  en  que,  si  tal  concepto  hu- 
biera sido  realmente  una  invención  de  aquel  conduc- 
tor de  pueblos,  él  sería,  por  ese  solo  hecho,  un  hombre 
extraordinario,  lo  que  se  llama  un  genio,  o  cosa  pa- 
recida. Genio  es  invención  precisamente. 

Pero  bien  sabemos  que  eso  no  se  inventa.  Artigas 
no  inventó  semejante  concepto,  si  ya  no  es  que  tome- 
mos el  término  invención  en  el  sentido  de  descubri- 
miento o  encuentro  de  la  realidad  oculta  o  confusa. 
En  ese  sentido,  Cristóbal  Colón  es  el  inventor  de  las 
Indias  Orientales. 

Pero  bien  comprendéis  que  no  es  ésa  la  acepción 
del  título  de  inventor  atribuido  a  Artigas,  sino  el  de 
propalador  de  embustes  y  perturbador  o  enemigo  del 
orden  natural  de  las  cosas.  Pues  bien,  en  ese  sentido, 
los  verdaderos  inventores,  o  perturbadores  de  la  na- 
tural armonía,  no  fueron  otros,  yo  os  lo  aseguro,  sino 
los  que  quisieron  imponer  como  realidad,  lo  que  sólo 
era  ente  de  razón,  según  dicen  los  escolásticos,  hijo 
inconsistente  o  de  la  ilusión  o  de  la  soberbia  ensimis- 
mada: la  unidad  social  y  política  de  aquella  tierra, 
con  su  centro  de  cohesión  en  Buenos  Aires. 

El  inmenso  territorio,  mayor  de  la  mitad  de  Eu- 
ropa, que  se  extiende  entre  las  altiplanicies  del  Perú 
y  el  Cabo  de  Hornos  por  un  lado,  y  entre  los  Andes  y 
el  Plata  por  otro,  no  constituyó,  ni  pudo  constituir 
semejante  unidad;  ésta  fué  obra  del  sacrificio,  de  la 
gloria  común,  del  heroísmo.  Es  conveniente  que  se- 


304  I/A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

páis,  mis  amigos,  el  verdadero  origen  de  la  federación 
argentina,  y  que  os  iniciéis  siquiera  en  la  génesis  de 
su  formación  social  y  política. 

Hemos  visto  que  ese  magnífico  territorio,  que  hoy 
forma  el  suntuoso  y  bien  ganado  patrimonio  de  nues- 
tra nobilísima  hermana  ultraplatense,  fué  inventado, 
y  colonizado,  tanto   por  los   descubridores   del   Río 
de  la  Plata  que  subían  hacia  el  Perú,  cuanto  por  los 
que,  viniendo  del  Pacífico  y  tramontando  los  Andes, 
bajaban,  por  sus  contrafuertes  orientales,  al  encuentro 
de  aquéllos,  en  bvisca  de  una  salida  por  el  Mar  del 
Norte,  como  se  llamaba  entonces  al  Atlántico.  Esos 
animosos  descubridores  españoles  repartían  las  tie- 
rras que  iban  descubriendo;  fundaban  ciudades,  la 
Asunción,  Santa  Fe,  en  el  litoral;  Córdoba  del  Tu- 
cumán  en  el  centro;   Mendoza  en  la    falda    de  los 
Andes,  etc.,  etc.;  levantaban  fuertes;  creaban  ios  cabil- 
dos; nombraban  jefes  y  alcaldes,  los  unos  con  inde- 
pendencia de  los  otros.  Esas  gobernaciones  que  allí 
existieron,  Paraguay,  Tucumán,  Cuyo  y  Buenos  Ai- 
res, estaban  separadas,  no  sólo  por  el  desierto  y  la 
enorme  distancia,  casi  infranqueable  entonces,  sino 
por  intereses  locales,  por  inclinaciones  y  necesidades 
diversas.  Se  gobernaban  por  sí  mismas;  aun  dentro 
de  cada  gobernación,  los  Cabildos  o  Municipios,  sin 
perjuicio  de  reconocer  al  virrey,  como  representante 
del  dueño  y  señor  de  todo  aquello,  obraban  con  au- 
tonomía, se  dirigían  directamente  al  rey  cuando  lo 
estimaban  oportxmo,  se  prestaban  mutuo  auxilio  en 
las  guerras  contra  los  salvajes,  se  cambiaban  recur- 
sos; pero  defendían  celosamente  sus  franquicias,  sus 
privilegios,  su  persona  colectiva.  La  defensa  del  te- 
rritorio estaba  a  cargo  de  jefes  militares  nombrados 
por  el  Cabildo;  éste  compraba  las  armas  }'•  municio- 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  3O5 

nes  a  otras  provincias  cuando  no  las  tenía  en  casa. 

Todos -custodiaban  su  propia  jurisdicción,  hasta  el 
punto  de  prohibir  la  extracción,  sin  permiso  de  la 
autoridad  local,  de  criminales  refugiados;  creaban 
impuestos,  señalaban  el  valor  de  las  monedas.  Las 
mismas  disposiciones  reales  eran  resistidas,  cuando 
menoscababan  las  facultades  de  la  ciudad;  ésta  for- 
maba una  especie  de  código  propio  de  las  reales  cédu- 
las que  le  acordaban  privilegios  o  franquicias. 

Había  allí  mucho  del  régimen  foral  de  las  provin- 
cias españolas,  y,  si  queréis,  mucho  de  las  ciudades- 
repúblicas  antiguas  o  medievales.  Era  muy  de  apre- 
ciar, no  hay  duda,  la  influencia  de  las  causas  econó- 
micas: el  puerto  de  Buenos  Aires,  atrayendo  a  sí  el 
comercio  que  antes  tenían  las  provincias  del  Norte 
con  el  Perú,  mató  sus  progresos;  la  falta  de  intercam- 
bio de  los  productos  locales,  y  otros  fenómenos  aná- 
logos, eran  factores  importantes  de  autonomía;  pero, 
dígase  lo  que  se  quiera,  más  que  las  causas  económicas 
son  las  sociológicas  las  que,  en  éste,  como  en  todos 
los  casos  de  construcción  de  un  pueblo,  ejercen  su 
influencia  preponderante,  y  ellas  fueron  las  que  aUí 
engendraron  lo  que  se  llamó  artiguismo;  veneno  arti- 
giiista  lo  apellidará  alguno. 

Esas  ciudades  mediterráneas  argentinas  no  tenían, 
fuera  está  de  duda,  la  importancia  del  puerto.  Más 
alejadas  del  mundo  europeo,  no  contaban  con  los  re- 
cursos de  que  aquél  disponía  para  su  progreso  mate- 
rial; pero  eso  mismo  hizo  que,  concentradas  en  su 
región,  cobrasen  un  carácter  interesantísimo,  que  aun 
hoy  es  el  verdadero  fermento  de  esa  pujante  naciona- 
lidad, que  los  hijos  de  Artigas  amamos  con  natural 
predilección.  Hasta  la  misma  lengua  común  española, 
que  era  el  vínculo  más  enérgico  que  las  unía,  tomaba 

T.  i.-aa 


3o6  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

caracteres  varios,  por  la  cadencia  o  acento  musical 
con  que  era  pronunciada  en  una  u  otra  provincia, 
y  que  aun  hoy,  dentro  de  la  unidad  nacional,  distin- 
gue a  los  diferentes  estados  de  la  federación  argentina. 
Pero  los  había  en  que  ese  rasgo  diferencial  eufónico 
o  filológico  era  determinado  por  el  predominio  en  el 
pueblo  de  las  lenguas  aborígenes,  el  guaraní,  el  qui- 
chua. Y  era  tal  3-  tan  poderosa  esa  influencia,  que, 
cuando,  en  181 6,  el  Congreso  de  Tucumán  declare  la 
independencia  de  las  Provincias  Unidas,  ordenará  que 
la  Declaratoria  sea  traducida  en  las  lenguas  quichua 
y  aimará,  para  hacerla  inteligible  entre  una  parte 
de  los  nuevos  ciudadanos. 

No  tenían  aquellas  ciudades  la  relativa  opulencia, 
sólo  muy  relativa,  por  cierto,  y  muy  circunscrita  al 
recinto  urbano,  de  la  ciudad  de  Buenos  Aires,  y  con- 
seguida a  expensas  del  conjunto,  que,  con  razón, 
se  consideraba  copropietario  de  tales  opulencias;  pero 
no  por  eso  carecían  de  un  respetable  patriciado  local, 
ni  de  tradiciones  seculares,  ni  de  servicios  y  gloriaf 
propias,  como  agentes  de  civilización.  I,a  famüia  san- 
tafecina, la  cordobesa,  la  tucumana,  la  salteña,  y 
todas  las  demás,  eran  tipo  de  virtudes,  santuario  de 
tradiciones,  fermento  verdadero  de  patria.  La  gran- 
deza de  Buenos  Aires,  sus  ricos  patricios,  sus  togados, 
lejos  de  inspirarles  un  sentimiento  de  sumisión,  les 
despertaba  el  de  nativa  altivez  del  hidalgo  pobre, 
pero  de  limpia  estirpe,  doblemente  orgulloso  ante  el 
desdén  o  el  injusto  agravio  del  hermano  mayor  o  legiti- 
mario. Aun  en  el  día  de  hoy,  las  provincias  argenti- 
nas, sin  menoscabar  su  sentimiento  nacional,  escriben 
su  propia  historia;  recuerdan  su  origen  y  sus  glo- 
rias locales,  sin  excluir  las  coloniales;  se  enorgullecen 
de  sus  héroes;  se  precian  de  su  antigua  cultura  social, 


PRBNTE  A  MONTRVIDRO  307 

de  SUS  grandes  virtudes  domésticas,  de  sus  costum- 
bres patriarcales,  llenas  de  poético  colorido.  Y  tienen 
razón. 

Algo  más  es  fuerza  que  consideremos;  esos  agentes 
de  civilización,  los  hombres  de  las  provincias,  no  habi- 
taban sólo  las  ciudades;  también  salpicaban,  aquí  y 
allá,  los  campos  dilatadísimos,  y  vivían,  con  sus  hones- 
tas familias,  de  un  durísimo  trabajo.  Con  un  desdén 
parecido  al  del  español  hacia  el  criollo,  el  hombre  letra- 
do de  Buenos  Aires  no  veía  en  el  habitante  de  los  cam- 
pos otra  cosa  que  el  gaucho.  Y  no  era  así;  no  era  todo 
bárbaro  en  aquellos  campos.  Es  cierto  que  por  las 
inmensas  soledades  vagaban  salvajes  de  todo  género; 
pero  no  debe  confundirse  con  ellos  a  los  estancieros  o 
hacendados  de  entonces,  cuyos  derechos,  defendidos  por 
Moreno,  fueron  el  primer  programa  de  la  revolución 
de  Maj'o;  tampoco  a  los  peones,  que  con  ellos  vivían,  y 
que  eran  los  cow-hoys  hispanoamericanos,  los  únicos 
hombres  de  trabajo  adaptables  a  aquel  medio,  los  ciu- 
dadanos naturales  de  aquel  momento  histórico.  EUos, 
en  lucha  inmediata  con  los  salvajes,  fueron  los  des- 
bravadores del  desierto,  los  zapadores  de  la  indepen- 
dencia, los  mártires,  muchas  veces,  de  nuestra  civi- 
lización incipiente.  De  la  vigorización  y  conglomeración 
de  aquellos  núcleos,  sobre  todo,  debía  formarse  la 
nueva  nación;  y  sólo  quitu  haya  sabido  compren- 
derlo puede  ser  llamado  su  fundador,  el  constructor 
de  sus  cimientos.  Quedaréis  convencidos  de  que  nadie 
como  Artigas  comprendió  eso;  nadie  como  él,  ni  remo- 
tamente, lo  hizo  práctico,  sobre  todo. 

Ayer  no  más,  al  celebrarse  por  todos  los  argentinos 
el  centenario  de  la  revolución  de  Mayo,  erigía  la  ciu- 
dad de  Córdoba,  por  ejemplo,  un  monumento  al 
deán  Funes,  su  ilustre  hijo.  Y  decía  el  doctor  don 


308  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

David  Peña,  en  nombre  y  representación  de  la  Co- 
misión Nacional  del  Centenario,  al  hacer  entrega  del 
monumento  a  las  autoridades  de  la  provincia:  «En 
estas  reivindicaciones  de  figuras  sobresalientes,  ad- 
\'ierto  la  raíz  de  un  federalismo  que  está  en  la  esen- 
cia de  las  democracias  argentinas.  Todo  podrá  im- 
pedirlo la  fuerza  absorbente  de  la  unidad  política, 
menos  el  arrebatamiento  de  las  unidades  provincia- 
nas, por  más  que  su  acción  o  su  entendimiento  se 
hayan  difundido  sobre  el  territorio  del  país, 

»E1  deán,  el  general  Paz,  el  viejo  Vélez,  son  figu- 
ras nacionales  por  el  resultado  de  los  hechos,  por  la 
amplitud  de  sus  trabajos,  por  la  grandeza  de  sus  sa- 
crificios; pero  en  la  historia,  y  por  los  siglos,  los  acom- 
pañará el  sello  genuino  que  les  imprimió  esta  patria 
chica,  que  ellos  guardaron,  hasta  el  fin,  en  sus  idio- 
sincrasias, y  en  el  fondo  de  sus  recuerdos.» 

Y  el  gobernador  de  Córdoba  contestaba  en  idéntico 
sentido.  El  deán  Funes,  según  él,  conciliaba  los  idea- 
les patrióticos  con  la  representación  de  los  estados; 
la  entidad  «nación»,  con  la  de  «provincias  indepen- 
dientes autónomas». 

«Y  del  unitarismo  de  la  primera  Junta,  organizada 
por  el  municipio  de  Buenos  Aires,  agregaba  el  goberna- 
dor, se  pasa  al  federalismo  de  un  Ejecutivo  formado 
por  los  municipios  de  las  provincias,  surgiendo  así 
la  idea  de  la  Unión  Federal  Argentina,  que  más  tarde 
dará  origen  a  la  federación  de  estados  que  forman  la 
nación  de  hoy.» 

Ese  estudio,  artistas  amigos,  sería  interesante,  para 
darse  cuenta  de  lo  que  Artigas  significa  en  la  cons- 
trucción de  la  nación  argentina;  él  fué  el  protector 
de  la  vida  de  esos  municipios  germinales.  Pero  temo 
que,  prolongado  demasiado,  ese  estudio  perjudique  la 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  3O9 

proporción  en  nuestras  estéticas  lecciones.  No  lo  dejaré, 
sin  embargo,  sin  antes  sugeriros  siquiera  esta  benéfica 
idea:  los  sociólogos  argentinos,  que  han  comenzado  ya 
a  razonar,  y  a  rectificar,  por  consiguiente,  su  historia, 
no  sólo  desconocen,  como  Artigas  en  su  tiempo,  el  dere- 
cho que  invocaba  Buenos  Aires  a  ser  acatado  y  obede- 
cido, sino  que  le  niegan,  y  no  sin  fundamento,  el  carác- 
ter de  núcleo  de  la  unidad  nacional,  a  la  que  muchas 
veces  obstó.  Si  leemos  a  Ricardo  Rojas,  por  ejemplo, 
en  su  Blasón  de  Plata,  nos  encontramos  con  esto  que 
vais  a  leer:  «Por  yo  no  sé  qué  misteriosa  tradición,  son 
las  comarcas  mediterráneas  de  nuestras  dos  provincias 
de  Córdoba  3-  Santiago,  las  que,  desde  los  albores  del 
siglo  XVI  hasta  nuestros  días,  han  constitm'do  el  núcleo 
más  firme  de  la  tradición  «argentina»,  y  mantenido, 
a  pesar  de  las  vicisitudes  de  la  historia,  la  continui- 
dad no  interrumpida  de  nuestro  nombre  fluvial.  En- 
traña de  la  patria,  ellas  conservan  el  núcleo  de  la 
conciencia  territorial  en  el  espacio,  y  la  unidad  de 
conciencia  histórica  al  través  de  los  tiempos». 

Y  dice  el  mismo  Rojas,  en  su  estudio  sobre  Orígenes 
del  federalismo,  que,  si  bien  la  revolución  argentina 
tiene,  entre  sus  agentes  militares,  glorias  como  las  de 
San  Martín  y  Belgrano,  la  historia  no  ha  definido 
aún,  entre  los  agentes  políticos,  sus  verdaderos  proce- 
res; éstos,  los  verdaderos  héroes  de  la  revolución  ins- 
titucional, deben  buscarse  en  los  cabildos  provincia- 
les, en  sus  diputados;  las  provincias,  dice,  asumen, 
desde  el  primer  instante,  la  obra  de  organización 
interna  o  social  que  consumaron  en  1880. 

Bien  puede  ser  eso  verdad;  pero  convengamos  en 
que,  para  que  exista  un  héroe  y  podamos  encontrarlo, 
es  necesario  que  haya  existido  la  persona  en  que  se 
concentre  la  acción  total  eficiente  con  el  pensamiento; 


3IO  I^A  EPOPEYA  DE  AüTIGAS 

el  héroe  es  virtud  plena;  es  una  fuerza  pensante  y  un 
pensamiento  fuerte... 

Te  vi  volar,  y  llegué  a  creerte  un  genio  humano... 
Eras  un  pájaro. 

Y  bien:  sea  de  ello  lo  que  fuere,  creo  que,  con  lo 
dicho,  tenéis  bastante  para  que  podáis  daros  cuenta 
del  verdadero  origen  de  la  federación  argentina,  que 
se  llamó  artignismo. 

l/cjos  de  mí  el  afirmar  que,  dados  tales  anteceden- 
tes, la  organización  política  federal  es  una  consecuen- 
cia fatal  o  necesaria;  bien  pueden  concebirse,  y  en 
el  hecho  existen,  estados  unitarios  en  tales  circuns- 
tancias; la  misma  organización  interna  federal  ar- 
gentina puede  transformarse  mañana  en  unitaria,  se- 
gún las  fluctuaciones  del  porvenir.  Pero  nadie  podrá 
afirmar,  reclamando  respeto,  que  el  federalismo,  en 
este  caso,  era  una  invención  o  embuste,  y  mucho  menos 
que  lo  razonable  hubiera  sido  imponer,  fer  fas  aui  nefas, 
la  unidad  política.  Para  imponer  el  Corán  por  la 
cimitarra  son  necesarios  un  Mahoma  y  un  pueblo  nó- 
mada, aislado  del  universo,  adorador  de  las  estrellas 
y  agrupado  en  aduares.  Y  ni  en  Buenos  Aires  apare- 
ció en  los  tiempos  heroicos  el  profeta,  ni  las  ciudades 
mediterráneas  eran  aduares,  ni  el  pueblo  argentino, 
pese  a  todas  sus  imperfecciones,  era  en  absoluto,  al 
rayar  la  independencia,  la  masa  idólatra  de  los  de- 
siertos árabes. 

Si  recordáis  que  Mitre,  intérprete  fiel  del  sentir  y 
pensar  del  patriciado  de  Buenos  Aires,  no  considera 
que  Montevideo  haya  sido  un  núcleo  urbano  capaz  de 
dar  cohesión  a  la  población  de  la  Banda  Oriental, 
fácil  os  será  daros  cuenta  del  concepto  en  que  serían 
tenidas,  por  los  hombres  del  puerto,  las  ciudades  me- 
diterráneas argentinas.  Y  más  fácil  aun  el  compren- 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  3X1 

der  cómo  y  por  qué  ese  hombre  Artigas,  que  cae  en 
la  Banda  Occidental,  con  su  pueblo  a  cuestas,  y  acam- 
pa en  el  Ayuí,  es  objeto  de  grande  atención  primero, 
y  de  acatamiento  después,  por  parte  de  esos  núcleos 
autónomos  occidentales  del  Uruguay.  Estos  acabarán 
por  aclamarlo,  como  los  orientales,  su  gran  caudillo, 
con  el  título  de  Protector  de  los  Pueblos  Libres,  y  por 
someterse  espontáneamente  a  su  autoridad;  espontá- 
neamente, y,  si  queréis  un  término  más  propio,  diga- 
mos instintivamente,  indeliberadamente,  en  modo  irre- 
sistible. 

No;  eso,  que  es  el  verdadero  germen  de  la  federa- 
ción argentina,  de  la  patria  argentina,  no  fué  inven- 
ción de  nadie;  no  era  Artigas  quien  dictaba  aquella 
ley  de  biología  social.  El  héroe  oriental  no  hizo  sino 
leerla  en  la  esencia  de  las  cosas,  y  obedecerla,  y  pro- 
mulgarla, y  defenderla,  y  hacerla  prevalecer,  como 
base  de  independencia  absoluta  en  la  Banda  Orien- 
tal atlántica,  y  de  independencia  republicana  y  or- 
ganización federal  interna,  en  la  Occidental  andina. 

Se  ha  dicho  también  que  Artigas,  al  dar  a  los  pue- 
blos occidentales  la  protección  que  le  pedían,  buscó 
la  hegemonía  de  la  Banda  Oriental  o  de  Montevideo 
en  el  Plata.  Eso  de  hegemonía  me  tiene  muy  sin  cui- 
dado. Yo  desdeño  las  palabras  deshabitadas,  y  os 
confieso  que  aun  estoy  por  saber,  a  ciencia  cierta,  el 
sentido  de  ese  vocablo  genérico:  hegemonía.  Os  he 
expuesto  fielmente  el  fenómeno;  podéis  llamarle 
equis  o  jota,  o  como  mejor  os  parezca.  Ello  es  que  Ar- 
tigas fué  el  depositario,  el  héroe  del  pensamiento  an- 
gular, que  es  hoy  la  base  de  la  federación  argentina; 
y  lo  fué,  porque  todas  esas  leyes  de  biología  social, 
que  os  he  sugerido,  hallaron  habitación,  y  forma  per- 
sonal, y  fi*erza  eficiente,  en  ese  nieto  del  fundador  de 


312  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Montevideo,  la  ciudad  democrática;  él  fué  caudillo 
entre  los  pensadores,  y  pensador  entre  los  caudillos; 
fué  el  nexo  entre  la  fuerza  y  la  materia,  la  persona 
autóctona,  sincera,  el  hombre  tipo  de  la  raza  caucá- 
sica, arraigada,  como  un  árbol  vivo,  en  este  nuestro 
suelo  americano. 

Yo  os  prometo  haceros  ver  eso,  mis  amigos,  como 
estáis  viendo  ahora  estas  mis  manos,  y  yo  veo  las 
vuestras.  Veréis  entonces  cómo,  lejos  de  ser  Buenos 
Aires  quien,  como  se  ha  dicho  candorosamente,  dio 
independencia  a  la  Banda  Oriental,  fué  ésta  la  que, 
sin  dar  ni  quitar  nada  a  nadie,  porque  no  se  da  la  li- 
bertad a  quien  no  la  tiene,  constituyó  el  núcleo  ver- 
dadero de  la  común  independencia,  al  serlo  de  la  re- 
sistencia contra  el  escepticismo  de  los  hombres,  y  al 
custodiar  la  fe  en  sí  mismos  de  los  robustos  pueblos 
argentinos,  cuya  autonomía  protegió,  pero  sin  preten- 
der absorberla  jamás. 

Ésta  es  la  gran  verdad  que  debéis  encender  en  los 
ojos  de  vuestra  estatua,  artistas  que  me  escucháis 
atentos,  para  que  ella,  luz  buena,  luz  amiga,  nos  alum- 
bre a  todos  la  ruta,  entre  los  escondidos  escollos  de 
la  historia. 


II 


Para  fijar  el  tono  de  esa  idea,  que  es  fundamental, 
3'0  quiero  haceros  ver  bien  dos  personajes  que  acaban 
de  desembarcar  en  Buenos  Aires,  en  el  momento  en 
que  nos  encontramos:  mientras  Artigas  está  en  el 
Ayuí:  en  marzo  de  1812.  Esos  dos  hombres,  que  vie- 
nen de  Europa  a  incorporarse  a  la  revolución,  y  serán 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  31 3 

famosos,  son  el  teniente  coronel  don  José  de  San  Mar- 
tín y  el  capitán  don  Carlos  de  Alvear. 

El  primero,  que  tiene  treinta  y  cuatro  años,  no  será 
ciertamente  aquel  hombre  Washington,  la  plenitud 
del  hombre,  el  hermano  de  Artigas,  que  hemos  visto 
allá  en  el  Norte,  y  cuj^a  espada  pensaba  como  un 
espíritu  de  acero;  no  será  tampoco  ese  Bolívar,  lleno 
de  relámpagos,  que  os  he  hecho  conocer;  pero  será  un 
gran  capitán,  un  excelso  capitán  heroico.  Será  el  héroe 
argentino,  como  es  Artigas  el  platense  o  el  hispano- 
americano. 

El  segundo  es  un  joven  oficial  de  veintidós  años, 
gallarda  y  exótica  persona. 

San  Martín  era  hijo  de  un  coronel  español,  gober- 
nador militar  de  las  Misiones,  y  de  una  noble  porteña, 
según  la  sugestiva  frase  de  I/ópez.  Nació  allí,  en  Yape- 
yú,  en  1778.  Pero  a  los  ocho  años  de  edad  se  fué  con 
sus  padres  a  España,  para  no  volver  hasta  el  momen- 
to actual,  en  que,  sin  más  vínculo  con  el  país  ameri- 
cano que  su  residencia,  pisa  de  nuevo  la  tierra  en  que 
accidentalmente  nació.  Se  educó  en  el  Colegio  de  No- 
bles de  Madrid;  allí  formó  su  espíritu;  recogió  las  im- 
presiones perdurables  que  siguen  al  hombre  en  la 
vida  y  forman  su  carácter  y  sus  anhelos.  A  los  25 
años,  pasó  a  Cádiz,  como  ayudante  del  gobernador 
de  esa  plaza.  Éste  fué  encargado  de  una  operación 
militar  sobre  Portugal,  y  el  joven  oficial  San  Martín 
le  acompañó  en  esa  empresa,  donde  reveló  sus  dotes 
relevantes.  En  Sevilla,  se  incorporó  al  ejército  del 
general  Castaños;  fué  infante  ligero  en  el  regimiento 
de  Murcia  y  en  el  de  Campo  Mayor;  comandante  de 
caballería  en  el  de  dragones  de  Numancia;  estuvo 
a  bordo  de  la  real  fragata  Dorotea,  donde  se  halló  en 
el  sangriento  encuentro  de  ésta  con  el  navio  inglés 


314  LA.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

León.  Fueron  sus  generales  los  más  glandes  de  Es- 
paña: Castaños,  el  marqués  de  Compigny,  el  marqués 
de  la  Romana;  asistió  a  la  batalla  de  Bailen,  donde 
su  conducta  le  conquistó  una  mención  honrosa;  en  el 
campo  de  batalla  de  Albuera  alcanzó,  por  su  bizarría, 
el  grado  de  comandante  efectivo.  No  se  encuentra, 
sin  embargo,  entre  los  libertadores  de  América,  un 
enemigo  más  tenaz  del  nombre  español  que  San  Martín. 

Era  reservado  y  taciturno;  su  carne  era  fría:  el  alma 
no  se  transparentaba  en  ella,  acaso  porque  el  cuerpo 
era  opaco,  acaso  porque  el  alma  no  era  luminosa; 
era  un  militar  de  raza,  un  técnico  inspirado;  pero  no 
una  grande  inteligencia.  No  era  elocuente,  y  su  ins- 
trucción literaria  era  muy  poca.  Fué  toda  su  vida, 
como  no  podía  menos,  monárquico;  creyó  siempre, 
como  brillante  satélite,  en  el  resplandor  del  rey,  nues- 
tro señor. 

lyibertador  en  el  Pacífico,  teatro  principal  de  su 
gloria,  todos  sus  esfuerzos  tienden  a  la  formación  de 
una  monarquía  americana;  ofrece  lealmente  al  virrey 
la  solución  del  conñicto,  sobre  la  base  de  un  prín- 
cipe de  la  sangre,  que  se  pediría  a  España,  para  ocupar 
el  trono  del  Perú,  en  el  que  volvería  a  refundirse 
Buenos  Aires;  él  mismo  está  dispuesto  a  ir  a  Europa  en 
su  busca.  Ése  hubiera  sido  el  desenlace  del  esfuerzo 
americano,  si  los  jefes  del  ejército  español  no  hubieran 
rechazado  la  propuesta.  Él  se  retiró  de  Lima,  mani- 
festando que  estaba  cansado  de  oir  decir  que  quería 
coronarse.  No:  nada  más  lejos  de  su  espíritu;  San 
Martín  era  un  caballero  leal,  un  hombre  honrado; 
creía  sinceramente,  con  devoción,  en  el  mito  de  la 
realeza  de  la  sangre,  y  él  no  la  sentía  en  sus  arterias. 
Se  consideraba  un  hombre,  no  un  rey. 

Sarmiento  vio  bien  a  San  Martín,  en  el  parangón 


FRBNTK  A  MONTEVIDEO  31 5 

que  hace  de  éste  con  Bolívar  y  con  Artigas,  y  que  os 
hice  conocer  anteriormente.  No  era  un  caudillo  ame- 
ricano, sin  dejar  de  ser  por  eso  una  esplendente  glo- 
ria de  nuestra  América. 

Alvear  era  otra  cosa  muy  distinta;  este  joven  se 
sentía  todo:  astro,  cielo  azul,  armonía.  Hubiera  acep- 
tado la  corona  de  rey,  y  también  la  de  emperador, 
como  la  cosa  más  natural  del  mimdo.  Había  nacido 
en  1789,  también  en  las  Misiones,  en  la  Reducción 
del  Santo  Ángel  Custodio;  pero  no  era  un  misionero, 
ni  cosa  que  se  le  parezca.  Su  padre,  don  Diego  de  Al- 
vear y  Ponce  de  Iveón,  de  nobilísima  alcmnia,  con  rico 
mayorazgo  en  Andalucía,  contiguo  al  de  la  marquesa 
del  Montijo,  madre  de  la  que  será  emperatriz  de  los 
franceses,  coronel  de  ingenieros  de  Su  Majestad,  vino 
al  Plata  de  Comisario  Real  y  Astrónomo,  en  la  de- 
marcación de  límites  entre  España  y  Portugal,  hecha 
según  el  tratado  de  1777.  Desempeñó  su  comisión,  y 
volvió  inmediatamente  a  Europa,  donde  su  hijo  Car- 
los se  educó  desde  su  infancia  en  la  corte,  en  contac- 
to con  los  grandes.  Era  todavía  un  niño,  tenía  17 
años,  y  ya  su  alta  posición  y  su  bizarría  le  hacían  bri- 
llar en  las  batallas,  y  ganar  el  grado  de  alférez  de  Ca- 
rabineros Reales,  cuerpo  de  gran  distinción,  después 
de  tomar  parte  en  los  combates  de  Talavera,  de  Se- 
venes  y  de  Ciudad  Real.  Cuando  vuelve  a  la  tierra 
americana,  en  que  nació  por  azar,  a  los  22  años, 
parece  un  joven  dios,  un  bello  Marte  adolescente; 
los  dorados  de  su  uniforme  centellean  y  lo  envuelven 
en  luz;  tiene  los  ojos  amables  y  la  tez  fina;  es  verboso, 
y  sus  palabras  cobran  el  desdén  trascendente  del 
Olimpo;  ama  a  la  gloria  con  amor  voluptuoso;  anhela 
la  inmediata  posesión  de  su  belleza  helénica;  quiere 


3l6  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

arrastrarla  a  sus  brazos,  besarla  en  los  ojos  y  en  la 
boca,  antes  de  merecer  la  caricia  de  su  alma.  Tiene 
la  convicción  de  que,  como  el  rey  su  carácter  sagrado, 
lleva  él,  en  su  sangre,  su  personal  triunfo  en  Amé- 
rica: es  un  conquistador. 

Alvear  cree  en  su  propio  genio  diplomático,  que 
confunde  con  la  doblez;  confiesa  ingenuamente  sus 
intrigas  infantiles;  se  jacta  de  los  engaños  en  que 
hace  caer  a  los  pobres  hombres  de  bien,  amigos  o 
enemigos,  así  se  llamen  San  Martín  o  Artigas;  se  irrita 
con  facilidad,  y  es  dado  a  las  duras  interjecciones 
españolas,  que  pronuncia  bien,  pero  escribe  muy  mal. 
Porque,  como  lo  comprenderéis,  esa  rápida  carrera 
nada  tuvo  de  literaria;  Alvear  no  era  ni  podía  ser  un 
hombre  ilustrado;  escribe  con  mala  letra  y  con  una 
ortografía  que  da  pena.  Bien  es  verdad  que,  en  esas 
materias,  ni  Artigas  ni  San  Martín  merecen  muchos 
más  puntos  de  aprovechamiento  que  él;  tampoco  la 
inmensa  mayoría  de  los  hombres  de  armas  de  aquella 
época,  sin  excluir  los  españoles,  como  hemos  dicho. 

Excusado  decir  que  sólo  la  idea  monárquica  podía 
ser  digna  de  tan  alta  persona.  Y  así  lo  fué:  buscó  la 
real  y  áurea  corona,  como  la  mariposa  a  la  luz.  Cuando 
predominó  en  Buenos  Aires,  a  los  veinticinco  años 
de  edad,  rogó  a  Inglaterra  que  viniera  por  la  corona 
del  plata;  cuando  cayó,  un  año  después,  acudió  a 
Fernando  VII  en  demanda  de  absolución,  confesando 
su  culpa,  e  invocando  sus  títulos  de  español  leal  a  la 
patria  y  al  trono.  Él  hubiera  sido,  a  no  dudarlo,  un 
lord  ejemplar.  Jamás  cabeza  alguna  hubiera  llevado 
la  peluca  inglesa  con  más  elegancia;  hubiera  sido  un 
marqués,  y  hasta  un  príncipe  español  como  muy  po- 
cos. ¡Oh  Apolo,  real  arquero! 

En  Buenos  Aires  había  cierto  ambiente  propicio 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  317 

para  tal  hombre.  Ya  os  he  descrito  el  carácter  de  ese 
remedo  de  corte  en  América.  Si  no  todo  lo  que  aca- 
baba de  dejar  al  lado  de  los  infantes  reales  en  Madrid 
algo  podía  hallar  ese  joven  efebo  en  Buenos  Aires, 
que  satisficiera  sus  monárquicas  nostalgias;  algo  de 
lo  que,  en  concepto  de  tales  hombres,  constituye  la 
sola  base  de  una  nación:  los  chirimbolos  de  que  habla 
Carlyle.  Tan  superior  se  juzga,  sin  embargo,  a  todo 
lo  que  le  rodea  cuando  llega  a  América,  tan  superior 
a  sus  compañeros  de  viaje  sobre  todo,  que,  al  expo- 
ner su  hoja  de  servicios,  en  1818,  dice:  «A  mi  arribo 
a  Buenos  Aires,  instruido  el  gobierno  del  mérito  extra- 
ordinario de  mis  servados,  y  habiendo  obtenido  su 
estimación,  fué  dirigida  mi  primera  súpHca  a  reco- 
mendar la  persona  de  don  José  de  San  Martín,  que 
había  venido  en  mi  compañía,  cuya  recomendación 
le  abrió  la  puerta  al  mando  en  la  carrera  militar, 
sin  embargo  de  ser  un  sujeto  sin  relaciones  ni  conoci- 
mientos en  el  país>>. 

Pero  fuera  de  la  capital,  ¿qué  había  de  ver  ese  jo- 
ven príncipe  en  estos  países,  cuya  historia  y  estruc- 
tura social  le  eran  tan  desconocidas,  o  más,  que  las 
del  Japón?  ¿Qué  destino  podía  atribuirles  en  el  uni- 
verso? ¿Qué  había  de  ver,  sobre  todo,  en  ese  pobre 
Artigas  de  cincuenta  años,  hijo  legítimo  de  la  tierra 
americana,  simple  hombre  honrado,  que  jamás  había 
visto  un  príncipe  en  carne  mortal,  y  que  cruzaba  las 
colinas  de  su  patria  con  su  pueblo  indigente  en  hom- 
bros, todo  manchado  de  sangre?  ¿Había  de  reconocer 
un  rey  en  ese  pueblo,  ni  en  pueblo  alguno? 

Comparad,  artistas  amigos,  esas  figuras,  y  no  ten- 
dré que  esforzarme  mucho  en  demostraros  las  cau- 
sas, mucho  más  sociológicas  que  políticas,  de  la  lucha 
que  vais  a  presenciar  entre  ellas. 


3^8  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Ya  os  creo  felizmente  habilitados,  después  de  nues- 
tras largas  conversaciones,  para  contestarme  sin  va- 
cilar la  seria  pregunta:  ¿en  cuál  de  esas  entidades  an- 
tagónicas veis  vosotros  el  verdadero  espíritu  de  la 
independencia  americana  iniciada  el  25  de  mayo  de 
1810?  ¿Bn  cuál  de  ellas  hay  luz  de  astro  nuevo,  si  es 
que  el  sol  de  L^Iayo  lo  es? 


III 


Voy  a  daros  un  elemento  más  de  juicio,  para  vigo- 
rizaros en  la  respuesta:  es  preciso  que  lo  tengáis. 

Recordaréis,  quizá,  la  frase  de  Bolívar:  «A  la  som- 
bra del  secreto  no  trabaja  sino  el  crimen». 

Itos  militares  recién  venidos  a  Buenos  Aires  adop- 
tan, para  comenzar  su  acción,  el  procedimiento  tene- 
broso: fundan  o  reorganizan  una  especie  de  logia  po- 
lítica secreta,  cuyos  miembros  son  recluta  dos  prin- 
cipalmente en  el  partido  que  domina  la  acción  popu- 
lar: se  llama  la  Logia  Lautaro,  y  forma  parte  de  un 
vasto  organismo  extendido  en  otras  naciones,  en  In- 
glaterra especialmente,  que  es  donde  más  se  forja  la 
desaparición,  no  3'a  del  dominio  político  español,  pero 
de  la  lengua,  de  la  estirpe  hispánica  en  el  Nuevo 
Mundo.  En  los  misterios  de  esa  tal  logia  o  conciliá- 
bulo se  resolverán  los  destinos  de  los  hombres  ame- 
ricanos; los  pueblos  estarán  sometidos  a  magistrados 
más  lejanos  que  los  de  España,  a  los  que  nunca  han 
visto.  Es  claro  que  el  pobre  Artigas,  simple  ameri- 
cano, no  tendrá  entrada  en  este  Consejo  misterioso. 
Ni  Artigas,  ni  los  pueblos. 

I^a  logia  ha  sido  siempre  y  será  monárquica;  tiene 
iniciación,  neófitos  sometidos  a  un  ritual,  grados  de 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  3I§ 

revelación  política,  en  que  el  secreto  va  rasgando  pau- 
latinamente sus  velos,  hasta  descubrirse,  en  su  plena 
desnudez,  al  llegarse  a  la  logia  matriz.  Si  un  hermano 
asciende  al  gobierno  de  un  estado,  no  podrá  tomar 
resoluciones  graves  sin  consulta  de  la  logia;  no  podrá 
nombrar  diplomáticos,  ni  generales,  ni  gobernadores 
de  provincias,  ni  jueces,  ni  funcionarios  eclesiásticos, 
ni  jefes  de  cuerpos  militares.  Un  hermano  que  llega 
a  general  de  ejército,  o  gobernador  de  provincia,  tiene 
la  facultad  de  crear  logias  dependientes,  compuestas 
de  menor  número  de  miembros.  El  auxilio  mutuo  es 
de  regla;  la  revelación  del  secreto  de  la  existencia  de 
la  logia,  por  palabras  o  por  señales,  tiene  «pena  de 
muerte  por  los  medios  que  se  hallen  convenientes». 

Aquellos  Cabildos,  me  refiero  sólo  a  los  Cabildos 
abiertos,  bullentes  plebiscitos  que  fueron  el  germen 
de  la  revolución  de  Mayo  y  de  la  de  toda  América,  se 
han  transformado  en  conciliábulos;  los  hombres  más 
conspicuos  de  la  ciudad  occidental  se  afüiarán  a  la 
logia;  los  de  la  oriental,  en  cambio,  le  serán  extraños, 
como  todos  los  de  las  provincias.  Los  clubs  y  las  ter- 
tulias políticas  de  Buenos  AircS,  donde  antes  se  for- 
maba la  opinión  por  la  discusión  pública,  se  refundirán 
en  la  logia;  la  juventud  bonaerense,  sobre  todo,  caerá 
eu  sus  fauces. 

El  primer  presidente  de  ese  sanedrín  es  el  joven 
Alvear;  San  Martín  va  detrás,  es  vicepresidente;  el 
alférez  Zapiola,  venido  de  Europa  con  los  dos  y  con 
Chilavert,  es  el  secretario;  Monteagudo,  Sarratea, 
Pueyrredón,  y  demás,  forman  en  sus  cuadros. 

He  ahí  el  viejo  espíritu,  el  del  viejo  soberano,  que 
viene  a  ahogar  al  nuevo  recién  nacido. 

«San  Martín,  dice  Mitre,  creyó  haber  encontrado 
en  la  logia  el  punto  de  apoyo  que  necesitaba  la  poli- 


320  tA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

tica.  Alvear,  con  su  talento  de  intrigas  y  sus  ambicio- 
nes impacientes,  se  lisonjeó  de  tener  en  su  mano  el 
instrumento  poderoso  que  necesitaba,  para  elevarse 
con  rapidez.» 

¡Pobre  Artigas,  el  extranjero,  el  bárbaro! 


IV 

y  volvamos  ahora  a  la  historia,  al  momento  en 
que  Artigas,  después  de  cruzar  con  su  pueblo  el  río 
Uruguay,  se  posa  con  él  en  el  Ayui.  El  armisticio  de 
octubre  de  1811,  que  levantó  el  sitio  de  Montevideo 
y  provocó  el  éxodo  del  pueblo  oriental,  se  rompió 
muy  pronto.  El  sitio  se  reanudó  a  fines  de  181 2. 

¿Por  qué  se  rompió  el  armisticio  con  España?... 
Es  pueril  buscar  causas  en  detalle:  se  rompió  porque, 
como  antes  os  lo  he  dicho,  ninguno  de  los  signatarios 
obró  allí  sinceramente;  había  nacido  roto.  Para  juz- 
gar la  historia,  es  necesario  considerar  las  grandes 
masas  de  sucesos,  y  éstos  se  presentan  muy  claros 
en  este  caso.  España  y  Portugal  eran  aliados  natura- 
les, como  lo  comprendéis;  defendían  su  monarquía  y 
sus  colonias;  pero  eran  también  dos  rivales,  como 
lo  era  de  ambas  la  amable  Inglaterra,  tan  amiga  de 
Fernando  VII.  «En  este  malhadado  embrollo  pala- 
tino, escribe  Oliveira  I^ima  en  Don  Joao  VI  no  Brasil, 
cada  cual  procuraba  engañar  al  otro,  adversario  o 
amigo,  y  el  resultado  final  fué  que  todos  se  engañaron 
a  sí  mismos.» 

Y  así  era,  efectivamente:  una  journée  des  dupes, 
como  dice  el  mismo  Oliveira.  Y  es  que  no  contaban 
con  el  tipo  del  caudillo  popular,  con  el  héroe  americano. 
entidad  nueva  para  ellos.  I/3S  portugueses  invasores. 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  32  I 

al  celebrarse  el  armisticio  de  que  hablamos  (el  de 
octubre  de  1811),  juzgaron  que  aquella  revuelta  estaba 
terminada;  que  la  Banda  Oriental,  cuando  menos, 
quedaría  definitivamente  en  poder  de  Femando  el 
rey.  De  éste  a  doña  Carlota  o  a  don  Juan  VI  la  dis- 
tancia no  era  grande,  y  podía  ser  salvada  por  los 
arreglos  en  la  Santa  Alianza,  pues  el  portugués,  me- 
jor que  nadie,  conocía  la  disposición  de  Buenos  Aires 
a  arreglarse  con  las  cortes,  y  a  no  hacer  cuestión 
primaria  de  la  Banda  Oriental.   Pero  no  contaron 
bastante,  repitámoslo,  con  la  presencia  de  Artigas, 
la  realidad  viva,  el  solo  que  no  engañaba  a  nadie. 
Cuando  vieron  que  se  retiraba  con  todo  su  pueblo 
y  con  su  ejército,  con  su  ceño  de  soberano  sobre  todo, 
conclu3'endo   alianzas  con  el  Paraguay,    dando  sus 
órdenes  directas  a  los  caudillos  populares,  hablando 
a  Buenos  Aires  como  jefe  de  un  estado  amigo,  los 
auxiliares  de  España  se  resistieron  a  cvunplir  lo  pac- 
tado a  regañadientes;  no  sacaban  sus  tropas  de  la 
Banda  Oriental;  hostilizaban  al  gran  caudillo,   que 
a  su  vez  los  rechazaba.  Bien  se  dieron  cuenta  desde 
entonces,   los  muy  sagaces,   que  muy  poco  o  nada 
obtendrían  con  ganarse   a   Buenos  Aires,    mientras 
aquel  hombre  permaneciese  en  pie. 

Ivos  de  Buenos  Aires,  por  el  contrario,  aun  abriga- 
ban esperanzas  en  la  docilidad  de  Artigas;  lo  llamaban 
«nuestro  general  del  Noriei>;  le  hacían  saber  la  hostili- 
dad de  Vigodet  y  la  amenaza  del  portugués  contra 
él;  lo  estimulaban  a  la  acción  oportima;  lo  reforzaban 
cuando,  durante  su  marcha  primeramente,  y  desde 
el  Ayuí  después,  repelía  al  portugués,  cruzaba  el  río 
en  su  busca,  lo  tenía  a  raj^a  con  sus  formidables  lan- 
ceros; concentraban  en  él,  por  fin,  sus  esperanzas  y 
sus  recursos. 

T.  X.-«3 


322  i;a  epopeya  de  artigas 

Vigodet,  a  su  vez,  se  queja  a  Buenos  Aires  de  esa 
su  protección  a  Artigas;  el  general  Souza,  el  portugués, 
reclama  con  insolencia  de  la  actitud  de  aquél  como  vio- 
ladora del  armisticio,  y  permanece  en  son  de  guerra  en 
el  Uruguay.  Pero  Buenos  Aires,  no  sólo  defendió  los 
procederes  del  capitán  oriental,  sino  que  se  dirigió  al 
gobernador  de  Montevideo,  exigiéndole  que  hiciera 
cumplir  a  su  aliado  portugués  lo  convenido;  que  lo 
obligara  a  retirarse  del  territorio.  Vigodet,  que,  amén 
de  su  altivez  española,  ya  contaba  con  mía  conspira- 
ción que  Alzaga,  su  compatriota,  preparaba  en  Bue- 
nos Aires,  y  no  desesperaba  de  que  los  tercios  del  Perú 
se  abrieran  paso  hasta  el  Río  de  la  Plata,  contestó 
con  injurias  y  hasta  envió  corsarios  a  la  vista  de  la 
ciudad.  Esto  último  fué  comunicado  a  Artigas  sin 
tardanza,  como  lo  fué  a  Galván,  gobernador  de  Co- 
rrientes, para  que  se  precaviese  de  un  ataque  fluvial; 
pero  Galván  no  procedió  sin  antes  pedir  instrucciones 
al  general  oriental,  instrucciones  directas,  protestán- 
dole «que  sus  deseos  no  son  otros  que  los  del  acierto 
y  felicidad  de  nuestra  presente  y  grande  empresa, 
en  cuyo  honor,  no  lo  dude  V.  S.,  sacrificaré  gustoso 
la  existencia?». 

No  había,  pues,  tal  armisticio.  Artigas  tuvo  razón, 
toda  la  razón,  al  no  aceptar  aquellos  insidiosos  tra- 
tados, y  al  fundarse  sólo  en  el  pueblo  y  servirle  de 
núcleo. 

Ése  era  el  problema,  la  sola  realidad.  O  se  sigue 
adelante  lo  iniciado  el  25  de  mayo  con  la  frente  alta, 
o  se  vuelve  atrás,  pero  de  rodillas. 

España  tenía  que  reconquistar  su  acervo  andino, 
y,  para  recuperar  el  virreinato  del  Plata,  debía  seguir 
y  siguió  el  camino  trazado  por  sus  descubridores 
para  conquistarlo:  salir  del  Perú,  bajar  del  Norte, 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  323 

por  los  contrafuertes  de  los  Andes,  a  las  llanuras  ar- 
gentinas, cruzar  éstas,  y  llegar  a  Buenos  Aires,  para 
reponer  su  virrey. 

Salir  de  Buenos  Aires,  trepar  los  Andes,  y  llegar 
a  Ivima,  era  el  camino  contrario  que  tenía  que  hacer 
la  patria  americana. 

En  esos  choques  está  el  núcleo  de  las  insuperables 
glorias  argentinas.  I^a  gran  patria  occidental  se  abri- 
rá camino  hasta  la  sede  del  virreinato  del  Perú;  tra- 
zará esa  senda  con  un  reguero  de  sangre  de  héroes. 
Ya  habéis  visto  a  sus  ejércitos,  después  de  la  revolu- 
ción de  Ala  yo,  luchar  y  vencer  en  Suipacha,  allá  en 
el  borde  del  Alto  Perú;  los  habéis  visto  después  caer 
víctima  de  una  traición  en  Huaqui.  y  dejar  de  nuevo 
abierto  el  camino  hacia  el  Plata  al  invasor.  Pero  éste 
encontrará  cerrada  la  senda  en  Tucumán  (septiem- 
bre de  1812)  y  después  en  Salta  (febrero  de  1813), 
donde  Belgrano,  uno  de  los  más  amables  corazones 
de  América,  dará  a  su  patria  plenitudes  de  gloria, 
y  abrirá  otra  vez  el  paso  a  sus  armas  hacia  el  último 
baluarte  andino. 

Es  muy  grande  ese  flujo  y  reflujo  de  la  llanura  ar- 
gentina, que  va  a  escalar  la  cordillera,  y  choca  en  ella, 
y  retrocede,  y  vuelve  a  chocar,  haciendo  espuma  de 
sangre.  Vilcapugio  y  Ayohuma  (octubre  y  noviem- 
bre de  1813),  allá  en  el  Alto  Perú,  y  Sipe-Si-pe  des- 
pués (1815),  serán  rocas  en  que  se  deshará  dos  o 
tres  veces  más  la  onda  de  libertad,  dejando  penetrar 
de  nuevo,  hasta  Jujuy  y  hasta  Salta,  el  torrente  es- 
pañol que  baja  de  la  montaña.  lyOS  caudillos  argenti- 
nos, cuyo  arquetipo  es  el  formidable  Martín  Güemes, 
formarán  entonces  un  baluarte  de  arena;  gracias  a 
ellos,  el  ejército  español  del  Norte  no  llegará  al  Plata. 

Y  lucirá  la  estrella  de  San  Martín,  austral  estrella. 


324  I/A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Él  desviará  la  marea  ascendente  de  su  cauce  oblicuo 
hacia  la  meseta  central  del  Perú,  y  la  encauzará  en 
línea  perpendicular  al  eje  de  los  Andes,  que  partirá 
con  su  espada.  La  espada  de  San  Maitín  y  la  cordi- 
llera reflejarán  la  Cruz  del  Sur  sobre  la  tierra  ame- 
ricana. 

Y  por  esa  abra  de  nueva  creación  pasará  el  torrente 
a  Chile,  y  caerá  en  Chacabuco  (12  de  febrero  de  1817), 
e  inundará  a  Santiago  de  libertad. 

Y  allí  se  arrojará  en  el  mar.  Y,  como  los  grandes 
ríos  que  adelantan  en  el  océano  sin  confundirse  con 
él,  el  aluvión  chileno  argentino,  en  el  que  irán  muchos 
soldados  orientales,  de  los  que  Enrique  Martínez  y 
Pagóla  serán  honra  y  prez,  irá  en  el  mar,  y  asaltará 
triunfante  el  último  peñón  del  dominio  español  en  la 
América  emancipada. 


V 


No  es  posible,  pues,  volver  atrás  en  este  año  1812 
en  que  nos  encontramos.  Alea  jacta  est,  como  lo  diji- 
mos al  principio.  Es  una  ilusión  del  miedo  o  de  la 
falta  de  fe  toda  solución  intermedia;  Fernando  VII 
no  escucha  ni  perdona.  Buenos  Aires  está  por  con 
vencerse  de  ello.  Es  fuerza  continuar  la  heroica  em- 
presa iniciada  el  25  de  mayo  de  1810,  y  que  ahora 
exige,  quieras  que  no,  sin  pérdida  de  momento,  dos 
cosas  bien  claras:  oponer  una  valla  al  ejército  espa- 
ñol que  viene  del  Norte,  de  los  Andes,  en  busca  de 
su  junción  con  el  de  Montevideo  ahado  al  portugués; 
salirle  al  encuentro,  si  es  posible.  Pero,  sobre  todo, 
es  preciso  disponerse  a  esperarlo  en  el  Río  de  la  Plata, 
en  Buenos  Aires,  si,  como  todos  lo  presumen,    no  es 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  325 

posible  entorj^ecer  su  avance.  España  \iene  a  cas- 
tigar. 

Para  lo  primeio,  para  la  expedición  al  Norte,  no 
se  ve  más  hombre  que  Belgrano,  pese  a  su  carácter 
civil  y  a  sus  reveses.  Se  le  confía,  por  tanto,  el  ejército 
que  Balcarce  ha  dejado  vencido  en  Huaqui,  y  cuyos 
restos,  a  las  órdenes  de  Pueyrredón,  son  perseguidos 
por  el  general  Tristán,  sucesor  de  Goyeneche.  Pero 
lo  esencial  en  ese  momento  es  lo  segundo:  la  espera, 
a  pie  firme,  del  implacable  invasor,  por  si  Belgrano  no 
lo  detiene,  como  lo  presumen  todos.  Para  ello  es  pre- 
ciso recurrir  al  levantamiento  en  masa  del  pueblo, 
de  todo  el  pueblo  rioplatense;  es  menester  un  militar; 
pero  sobre  todo  un  hombre,  un  prestigio,  un  caudillo 
popular  inteligente.  Y  todo  el  mundo  está  perfecta- 
mente convencido  de  que  no  hay  más  que  uno,  uno 
solo,  en  el  Río  de  la  Plata:  el  vencedor  de  Las  Piedras, 
Artigas,  el  que  está  con  su  pueblo  en  el  Ayuí.  San 
Martín  y  Alvear,  recién  llegados  de  Europa,  son  ex- 
traños al  pueblo,  y  se  ocupan  en  preparar  la  revo- 
lución, que  pronto  estallará;  Castelli,  Balcarce,  Puey- 
rredón, no  son  más  conocidos  de  las  masas  que  los 
recién  llegados,  y  vienen  del  Norte  envueltos  en  el 
desastre;  Belgrano,  que  ha  ido  a  recoger  los  restos 
del  ejército  vencido,  escribe  de  allá  tales  cosas  sobre 
el  odio  que  inspira  a  las  provincias  todo  lo  que  huele 
a  fotteño.  y  tales  sobre  el  estado  de  desorden  y  des- 
aliento de  aquellos  hombres  y  soldados,  que  no  quiero 
leeros  lo  que  escribe,  porque  hace  sangrar  el  corazón. 
Es  ésta  la  hora  angustiosa  y  suprema  de  que  nos 
habla  Sarmiento  cuando  nos  dice  que,  si  los  españoles 
rompen  la  valla  del  Norte,  nuestro  Bolívar  hubiera  sido 
Artigas.  Y  es  indudable  que  entonces  nadie  ponía 
en  duda  que  la  valla  sería  rota;  nadie  soñaba  en  el 


326  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

espléndido  triunfo  que  la  abnegación  milagrosa  de 
Belgrano  va  a  obtener  el  24  de  septiembre  de  ese 
año  doce  en  Tucumán,  contra  las  instrucciones  de 
Buenos  Aires,  que  piensa,  ante  todo,  en  defen- 
derse. 

El  gobierno  pone,  pues,  toda  su  esperanza  en  Arti- 
gas, en  «su  ge-neral  del  Norte»,  como  le  llama  entonces, 
siquiera  sea  mientras  no  concluye  los  arreglos  que  tiene 
pendientes;  en  él  concentra  sus  recursos,  y  estimula  a 
los  pueblos  todos,  al  Paragua_v  especialmente,  a  seguir 
su  ejemplo,  a  auxiliar  a  Artigas  con  todo  cuanto  ten- 
gan. Artigas  es  el  vencedor  de  Las  Piedras,  y,  sobre 
todo,  es  la  garantía,  que  todos  los  pueblos  aceptan,  de 
que  lucharán  por  su  propia  libertad.  Él  no  tiene,  por 
otra  parte,  el  odio  al  porteño  que  ha  visto  Belgrano 
en  las  provincias  del  Norte;  el  pueblo  porteño  le  es 
tan  caro  como  los  demás. 

Pero  no  son  sólo  los  pueblos  los  que  creen  en  él; 
el  triunvirato,  formado  por  Chiclana,  Sarratea  y 
Rivadavia,  escribe  al  capitán  oriental,  el  2  de  enero 
de  1812,  una  carta  llena  de  luz.  Después  de  mani- 
festarle el  temor  de  que  el  español  de  Montevideo, 
con  infracción  de  los  tratados  de  Octubre,  renueve 
las  hostilidades  e  impida  los  trabajos  que  se  están 
haciendo  para  enviar  auxilios  al  ejército  que  aquél 
conduce,  le  dice:  «El  Gobierno  está  satisfecho  de  los 
conocimientos,  actividad  y  celo  de  V.  S.  por  la  causa 
de  la  patria,  y  nada  tiene  que  recomendarle,  comuni- 
cándole solamente  estas  ideas  para  que,  en  presencia 
de  ellas,  combine  el  acierto  de  sus  disposiciones,  bien 
en  cuanto  al  paraje  en  que  haya  de  fijar  su  cuartel 
general,  que  deja  a  su  arbitrio,  bien  en  cuanto  a  lo 
demás  correspondiente  a  su  alta  comisión,  dando 
cuenta,  con  la  posible  brevedad,  del  plan  que  adopte 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  327 

sobre  el  particular,  para  el  debido  conocimiento  de 
esta  superioridad». 

Artigas  está  perfectamente  penetrado  de  su  alta 
misión;  la  siente  en  su  conciencia;  reconoce,  por  otra 
parte,  lo  necesario  de  una  superioridad  central,  núcleo 
de  vida  y  de  acción.  En  cuanto  al  plan  de  campaña 
que  se  le  pide,  no  necesita  tampoco  inventarlo;  lo 
tiene  escrito  en  su  pensamiento  como  una  obsesión, 
y  lo  transmite  sin  tardanza,  el  15  de  febrero,  al  triun- 
virato. Está  fechado  en  el  Salto  Chico,  y  parece  es- 
crito sobre  el  arzón,  sin  apearse  del  caballo.  Conocedlo, 
amigos;  es  el  mismo  que  realizará  más  tarde:  la  sal- 
vación de  Roma  en  Cartago,  como  le  llamará  ^ütre. 

«Ante  todo,  dice  Artigas  al  gobierno,  es  preciso 
obrar  sin  tardanza;  <(todo  parece  gritamos  que  ya  es 
tiempo».  Debo  moverme  inmediatamente,  para  lla- 
mar primero  sobre  mí  la  atención  del  español  y  des- 
viarlo de  sus  proyectos  contra  Buenos  Aires;  pero 
tengo,  al  mismo  tiempo,  que  distraer  a  su  aliado  el 
portugués,  y,  con  ese  objeto,  invadiré  antes  de  quince 
días  el  territorio  de  éste,  el  de  las  Misiones  Orientales, 
que  él  nos  detenta;  ocuparé  todos  sus  pueblos;  levan- 
taré en  masa  contra  él  todos  sus  habitantes.  Comen- 
zaré por  apoderarme  de  las  dos  márgenes  del  río 
Umguay;  sin  éste,  nada  pueden  los  portugueses  en 
la  Banda  Oriental;  con  él,  por  parte  de  ellos,  nimca 
podrán  ser  sino  muy  limitados  nuestros  proyectos. 
Con  la  conquista  de  las  Misiones  quitaremos  al  por- 
tugués, por  otra  parte,  para  siempre,  la  esperanza 
de  poseer  el  Paraguay,  cuyo  concurso  estoy  pidiendo 
premiosamente,  y  espero  conseguir  entusiasta.» 

«I/)s  portugueses,  agrega,  tienen  hoy  el  grueso  de 
sus  fuerzas  en  Maldonado,  allá  en  el  Sur;  mi  invasión 
al  Norte  los  pondrá  en  un  conflicto:  o  abandonan 


328  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

nuestro  territorio  para  acudir  a  mi  ataque,  o  me 
esperan  en  Maldonado.  Juzgo  que  optarán  por  lo 
primero,  «por  ser  más  natural  acudir  a  aquella  nece- 
sidad, y  no  mantenerse  en  territorio  ajeno  mientras 
los  enemigos  hacen  la  guerra  en  el  propio».  Pero  si 
me  esperan  en  Maldonado  (y  yo  los  buscaré  allí  no 
bien  deje  guarnecidas  las  Misiones  con  fuerzas  para- 
guayas),  todas  las  probabilidades  son  nuestras,  pues 
allí,  en  mi  tierra,  contando  como  cuento  con  toda  la 
población,  y  con  el  contingente  que  de  Buenos  Aires 
se  me  remita,  no  hay  una  sola  presunción  a  favor  del 
enemigo.» 

«Y  marcharé  luego  sobre  Montevideo,  dice  el  gran 
caudillo,  que  abrirá  sus  puertas,  y  no  será  menester 
la  sangre  para  levantar  en  medio  el  pabellón  sagrado.» 

«Tal  es  el  proyecto,  termina,  que  presento  a  V.  E.; 
no  hallo  en  él  la  menor  dificultad,  según  mis  conoci- 
mientos de  la  campaña  y  de  la  táctica  particular  a 
que  sus  diferentes  situaciones  obligan.» 

Pero  hay  en  ese  plan,  que  os  expongo  en  extracto, 
algo  que  denuncia  todo  el  pensamiento  de  aqiiel  ilu- 
minado, amigos  artistas.  Ese  general  del  Norte  no 
cree  que  la  misión  que  acepta  del  triunvirato,  pero 
que  tiene  más  alto  origen,  se  limite  a  defender  el  Río 
de  la  Plata;  él  se  siente,  y  se  sentirá  siempre,  liberta- 
dor de  América;  Montevideo,  en  su  visión,  es  sólo 
un  jalón  de  su  jomada  heroica,  que  termina  en  el 
Perú. 

Para  iniciar  su  plan  sin  tardanza.  Artigas  se  dirige 
al  gobierno  del  Paraguay,  con  el  que  ha  estado  y  está 
en  asidua  correspondencia,  y  del  que  recibe  apasiona- 
das adhesiones;  le  pide  por  todo  concurso  la  guarni- 
ción que  necesita  para  conservar  las  Misiones,  una 
vez  que  las  conquiste,  y  lanzarse  con  todos  sus  ele- 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  329 

mentos  sobre  el  portugués  y  el  español,  dondequiera 
que  se  encuentren;  le  transmite  el  plan  que  se  ha 
trazado  y  que  ha  comunicado  a  Buenos  Aires;  le  pide 
«sólo  500  hombres,  para  ayudar  a  la  toma  de  los 
pueblos  de  Misiones,  primer  objeto  de  mi  plan»;  le 
despierta,  con  frases  vibrantes,  la  idea  de  la  patria 
común,  la  de  solidaridad  de  todos  los  pueblos  ameri- 
canos, la  de  lo  inútil  que  sería  pensar  en  la  defensa 
aislada  del  Paraguay  contra  su  natural  enemigo,  el 
portugués,  y  lo  indispensable  de  la  unión.  Y,  con  ese 
motivo,  escribe  en  esa  su  memorable  nota: 

«No  lo  dude  V.  S.;  éste  es  el  último  esfuerzo  de  la 
América  del  Sur;  aquí  se  va  a  fijar  su  destino...  Con 
desprenderse  V.  S.  de  500  hombres  sólo  hasta  las 
Misiones,  éstos  quedarán  allí  de  guarnición,  según  mi 
plan,  y  yo  entonces  no  me  veré  en  la  necesidad  de 
desprenderme  de  otra  tanta  fuerza,  y  podré  marchar 
con  la  bastante  sobre  Montevideo  y  sobre  el  grueso 
del  ejército  portugués.» 

Y  agrega,  por  íin,  para  decidir  al  Paraguay  a  la 
acción  abnegada  y  solidaria: 

«Yo  sé  muy  bien  que  la  señal  de  ataque  que  yo  dé 
es  la  última  que  va  a  oirse  en  obsequio  de  la  libertad. 
¡Momento  terrible,  pero  muy  glorioso,  señor,  si  lo 
asegurarnos!  ¡Cómo  doblarán  las  rodillas  los  déspotas! 
¡Qué  grado  de  grandeza  no  tomarán  nuestras  armas, 
fara  arrancar,  con  otro  solo  golpe,  la  cadena  que  man- 
tienen los  opresores  del  Perúh 

Esa  nota,  amigos  míos,  aere  perennius,  en  la  que 
Veis  la  obra  futura  de  San  Martín  y  la  de  Bolívar 
proyectadas  en  el  ensueño  de  Artigas,  esa  nota  es 
de  13  de  abril  de  1812.  No  me  sorprendería  si  me 
dijerais  que  Artigas  se  os  aparece  aquí  como  un  alu- 
cinado; pero  cuando  conozcáis  la  carta  que  escribirá 


330  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

a  Güemes,  en  1816,  prometiéndole  su  apoyo,  allá 
en  el  Norte,  no  bien  se  desembarace  del  portugués 
en  el  Sur;  cuando,  no  sólo  sin  el  apoyo  de  Buenos 
Aires  y  el  Paraguay,  sino  con  ambos  en  contra,  realice 
el  plan  que  ahora  propone,  y  sólo  sea  vencido  por  la 
alianza  de  sus  propios  hermanos  con  el  extranjero, 
entonces  os  convenceréis  de  que  ese  loco  sublime  es 
algo  más  que  un  loco.  No  en  balde  lo  entrevio  Sar- 
miento, el  otro  loco.  ¿Conocía  Sarmiento  estos  docu- 
mentos cuando  dijo  lo  que  dijo  sobre  Artigas?  ¿IvOS 
conocía  Mitre  cuando  afirmaba  primero  no  ver  en 
éste  sino  germen  de  anarquía,  y  un  enigma  después? 

Pero  no  podía  ser;  frente  a  la  persona  de  Artigas, 
que  es  abnegación  y  fe,  está  la  otra  colectiva  que 
hemos  estudiado,  y  que  es  duda,  vacilación,  y  será, 
por  fin,  apostasía.  Nada  la  caracteriza  mejor  que  su 
severo  gesto  para  con  Belgrano  en  esos  momentos 
precisamente.  Es  del  10  de  febrero  de  ese  año  1812. 
Belgrano,  antes  de  ser  enviado  al  Alto  Perú,  es  encar- 
gado de  guarnecer  la  costa  del  río  Paraná,  amenazada 
siempre  de  las  expediciones  navales  de  Montevideo; 
y,  sintiendo  allí  vm  momento  el  espíritu  de  Artigas, 
tiene,  también  él,  una  convulsión  de  locura;  la  única 
tal  vez  de  su  virtuosa  vida:  enarbola,  en  la  fortaleza 
del  Rosario,  una  bandera  azul  y  blanca,  la  actual 
argentina,  en  substitución  de  la  española,  y  la  hace 
aclamar  por  sus  tropas.  El  gobierno  desautoriza  y 
reprueba  tal  actitud,  que  cahfica  de  precipitada  e 
imprudente,  y  le  remite,  con  serios  apercibim.ientos, 
la  bandera  que  debe  enarbolar:  el  oriflama  español. 

Nada  sería  eso,  amigos  artistas,  si  fuera  sólo  un 
medio  de  ocultar  firmes  y  recónditas  intenciones;  pero 
si  éstas  existen  realmente,  que  no  lo  creo,  están  allí 
prendidas  con  alfileres.  Si  queréis,  para  convenceros 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  331 

de  ello,  adelantar  algo  en  el  conocimiento  de  los 
hechos,  leamos  esta  carta,  una  entre  mil,  que  escribe 
don  Nicolás  Herrera,  que,  con  Rivadavia,  es  allí  el 
hombre  representativo,  al  general  Rondeau,  en  1817. 
<iHe  sido  republicano  mientras  creí  qiie  la  América  -podía 
y  debía  defender  su  independencia;  dejé  de  serlo  desde 
que  conocí  la  inutilidad  de  sus  conatos...  Sí,  amigo, 
la  América  no  puede  gobernarse  por  sí  misma;  le 
falta  edad  y  madurez,  y  jamás  estará  tranquila  mien- 
tras no  tenga  al  frente  personas  que  impongan  a  los 
pueblos  por  la  majestad  del  trono».  En  esa  virtud, 
aconseja  que  se  capitule  con  Pezuela,  o  que  se  nego- 
cie sin  tardanza  una  composición  con  el  gobierno 
español;  que  se  vuelva  a  Femando  VII.  Esa  es  la 
verdad  que  está  en  la  conciencia  de  aquellos  hombres: 
independencia  es  república;  pero  la  república  es  impo- 
sible. Por  eso  es  imposible  Artigas.  Rivadavia,  a  su 
vez,  el  Rivadavia  que  en  estos  momentos  colgará  al 
español  Alzaga  de  la  horca,  escribirá  también  al  ver 
que  el  Congreso  de  Tucumán  vacila  en  sus  resolucio- 
nes: «Nunca  pensé  que  el  Congreso  demorara  tanto 
en  pronunciar  sobre  la  forma  de  gobierno».  Y  acon- 
seja, como  Herrera,  la  monarquía,  la  vuelta  hacia 
atrás,  dada  la  ineptitud  del  pueblo  americano  para 
la  vida. 

¿Y  qué  decir  de  Alvear,  que,  después  de  ser  Director 
Supremo,  acude,  una  vez  caído,  al  representante  espa- 
ñol en  Río  Janeiro,  se  pone  a  su  servicio  para  restau- 
rar el  trono  en  América,  3''  pide,  en  cambio,  ser  de 
nuevo  acogido  con  indulgencia  por  el  rey? 

Aquel  Artigas,  pues,  cualesquiera  que  sean  sus  con- 
diciones militares  o  de  prestigio,  no  sirve  para  el  caso; 
Buenos  Aires  se  ha  equivocado  al  juzgar  que  es  un 
Belgrano.  Si  llega  a  enarbolar  una  bandera,  no  la 


332  hA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

substituirá  por  otra,  y  es  preciso  que  no  enarbole 
tal  bandera.  ¿Qué  se  hará  de  él  si  efectivamente 
triunfa  en  el  campo?  ¿Qué  de  aquellos  pueblos  ven- 
cedores a  sus  órdenes.''  La  destrucción  de  Artigas 
y  de  su  pueblo  fué,  pues,  allí  decretada,  más  aun 
que  por  los  hombres  por  la  fuerza  de  las  cosas. 

Una  nueva  circunstancia  vino  entonces  a  vigorizar 
el  plan  militar  del  general  del  Norte,  pero  también 
el  político  de  sus  émulos.  España  se  ha  dado  cuenta 
de  las  miras  de  Portugal  al  invadir  el  territorio  de 
su  colonia,  y  ha  acudido  a  Inglaterra.  Interviene  en- 
tonces de  nuevo  lord  Strangford,  el  agente  diplomá- 
tico en  Río,  e  incita  al  príncipe  regente  portugués  a 
retirarse  de  veras  de  la  Banda  Oriental.  Y  así  se  hizo: 
un  embajador  de  don  Juan  VI,  Rademaker,  fué  en- 
viado a  Buenos  Aires;  la  misma  noche  de  su  llegada, 
en  mayo  de  1812,  concluyó  con  don  Nicolás  Herrera, 
secretario  de  gobierno,  un  armisticio,  según  el  cual 
el  aliado  de  España  se  separa  de  la  contienda,  y  se 
va  a  su  casa  en  buenos  términos  con  Buenos  Aires. 

I/)S  portugueses  se  han  retirado,  pues,  para  mejor 
ocasión.  Sólo  el  español  queda  de  enemigo  en  la 
Banda  Oriental  del  Uruguay,  tras  los  muros  de  Mon- 
tevideo; es,  por  lo  tanto,  el  caso  de  que  Artigas  y  los 
orientales,  con  el  auxilio  de  sus  hermanos,  vayan  en 
busca  de  su  capital. 

Pero  he  aquí  que  todo  ha  cambiado,  como  no  podía 
menos.  Artigas,  que  ha  dejado  de  ser  persona  grata 
a  la  I/Ogia  I^aütaro,  es  separado  por  Buenos  Aires  del 
mando  del  ejército,  y  debe  entregar  sus  fuerzas,  todas 
ellas,  a  su  sucesor  enviado  de  la  capital.  Éste,  el  nuevo 
general,  se  presenta  de  sorpresa  en  el  Aj-uí,  y  diciendo 
que  sólo  llega  a  arreglar  con  Artigas  la  ejecución  del 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  333 

plan  de  éste.  Va  con  el  carácter  de  representante  de 
la  Junta,  y  con  estrictas  instrucciones,  en  junio  de 
1 812.  El  ceño  sombrío  que  advirtió  Vedia  al  hablar 
de  las  buenas  disposiciones  de  Artigas  se  ha  clavado 
en  éste  directamente. 

Pero  ¿quién  es  ese  nuevo  general  que  ha  aparecido 
en  la  capital  para  substituir  con  ventaja  al  vencedor 
de  I/as  Piedras,  y  disponer  de  su  ejército,  del  oriental 
inclusive?  ¿Qué  plan  ha  concebido  en  substitución 
del  de  Artigas? 

Bl  nuevo  general  no  es  tal  general,  ni  cosa  que  se 
le  parezca,  amigos  míos;  es  don  Manuel  de  Sarratea, 
presidente  de  turno  del  triunvirato,  persona  civil, 
y  la  más  menospreciada  acaso  por  sus  propios  con- 
ciudadanos entre  las  malas  personas  de  nuestra  his- 
toria. Es  el  mismo,  sin  embargo,  que,  con  Chiclana 
y  Rivadavia,  firmaba,  hace  dos  meses,  las  notas  a 
Artigas,  las  encomiásticas  que  acabamos  de  leer.  Ya 
lo  conoceremos  ampliamente. 

En  cuanto  al  plan  que  lleva,  en  substitución  del 
recibido  de  Artigas,  se  limita  a  proyectar  un  nuevo 
sitio  de  Montevideo,  pero...  sin  Artigas,  sin  el  pueblo 
oriental,  que  debe  dejarse  abandonado  en  el  Ayuí 
sin  recursos,  indefenso  si  es  posible.  Montevideo  debe 
ser  expugnado  por  Buenos  Aires  y  para  Buenos  Aires, 
que  se  reserva  las  prudentes  soluciones  que  los  suce- 
sos impongan,  que  Artigas  no  aceptará,  y  que  se 
están  ya  preparando. 

liSL  amarga  sorpresa  que  esa  aparición  del  nuevo 
general  causa  en  Artigas  y  en  su  pueblo  está  coJi- 
signada  en  la  nota  de  aquél  al  gobierno,  pero  sobre 
todo  en  sus  copiosas  comunicaciones  al  del  Paraguay; 
todas  ellas  destilan  amargura  y  tristeza;  no  despecho, 
ni  rencor,  ni  mala  voluntad.  Artigas  se  resigna;  no 


334  ^^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

quiere  sacrificar  la  causa  de  la  patria  común  a  sus 
resentimientos;  quiere  hacerse  perdonar  el  delito  de 
ser  amado  de  los  pueblos  y  de  ser  creído.  ¿Será  real- 
mente su  deber  heroico  para  con  la  América  el  ani- 
quilarse para  siempre,  y  el  entregar  esos  pueblos,  el 
suyo  inclusive,  al  arbitrio  de  quien  predomine  en 
Buenos  Aires,  Alvear,  Pueyrredón,  Herrera,  Riva- 
davia? 

Y  aquel  hombre  meditó  en  su  corazón. 

Bn  el  nuestro  debemos  meditar  nosotros  hoy,  her- 
manos artistas,  si  la  historia  ha  de  ser  algo  más  que 
un  cuento  de  niños.  Es  indudable  que  si  Artigas  se 
hubiera  retirado  de  la  escena  en  ese  momento,  la 
historia  de  América  hubiera  sido  muy  otra  de  lo  que 
es.  Esa  su  destitución  oficial  frente  al  enemigo,  y 
cuando  sueña  en  planes  de  gloria,  tiene  su  analogía 
con  la  de  Belgrano,  que  hemos  visto,  y  con  las  que 
veremos  de  Rondeau  y  de  San  Martín  y  de  varios 
otros;  pero  sólo  analogía  accidental.  I^as  destitucio- 
nes de  San  Martín,  Rondeau,  etc.,  serán  sólo  conse- 
cuencias del  predominio  del  bando  político  A  o  B, 
fruto  de  las  querellas  y  ambiciones  del  grupo  a  que 
ellos  mismos  pertenecen;  pero  ésta  de  Artigas  es  otra 
cosa.  Artigas  no  forma  parte  de  la  oligarquía  de  Bue- 
nos Aires;  su  separación  por  ésta  del  mando  del  ejér- 
cito, del  oriental  inclusive,  es  el  primer  choque  de 
dos  genios  o  espíritus  antagónicos.  Genio  infernal  será 
llamado  Artigas  en  Buenos  Aires.  Veamos,  pues,  las 
manifestaciones  del  otro,  del  angélico,  de  que  es  con- 
ductor el  nuevo  general  Sarratea. 

Llegó  éste  al  Ayuí,  según  dijimos,  como  capitán 
general  de  la  Banda  Oriental  y  representante  del 
triunvirato.  Con  ese  carácter,  más  o  menos,  había 
procedido  Castelli  a  fusilar  a  Liniers  y  a  los  prisione- 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  335 

ros  de  Suipaclia.  Eran  algo  así  como  aquellos  delegados 
de  los  directorios  de  la  revolución  francesa  en  los  ejér- 
citos. Y  bien  recordaréis  lo  que  de  ellos  decían  los  sol- 
dados de  Bonaparte  en  las  conversaciones  del  vivac. 
«Aquella  gente  de  París,  decían,  no  se  entiende;  es 
preciso  que  les  pongamos  allá  a  nuestro  petit  caporal.i> 
Y  allá  lo  pusieron,  efectivamente,  como  sabéis;  lo  lle- 
varon a  París. 

También  aquí  va  a  repetirse  ese  cuento,  siempre 
nuevo  y  siempre  viejo:  el  del  tirano  engendrado  por 
la  anarquía.  Pero  el  pttii  caporal  que  está  incubando 
la  anarquía  de  Buenos  Aires  no  ha  nacido  en  Monte- 
video; no  es  Artigas,  ciertamente.  Éste  no  aspira  a 
ser  caporal  en  el  estado  de  Buenos  Aires,  ni  en  estado 
alguno;  pero  quiere  ser  jefe  del  Oriental,  porque  así 
lo  quiere  su  pueblo.  Es  lo  único  que  exige;  sólo  pide 
que  se  respete  en  él  lo  que  él  respeta  en  los  demás: 
el  destino  de  su  patria,  cuya  misión  conoce. 

Pero  eso  es  precisamente,  eso  sobre  todo,  lo  que 
viene  a  arrebatarle  Sarratea:  sn  carácter  de  jefe  de 
los  Orientales,  de  representante  de  un  pueblo  con 
misión  propia.  O  sometido  en  absoluto,  o  enemigo; 
enemigo  será  mejor. 

Triste  problema  es  éste,  que  no  han  querido  mirar 
de  frente  los  que  han  pretendido  resolverlo  con  lla- 
mar anarquía,  caudillaje,  barbarie,  la  obra  de  Arti- 
gas, y  orden,  patriotismo,  civilización,  la  del  áulico 
caudillaje  de  la  comuna  de  Buenos  Aires.  No  me  pa- 
rece necesario,  amigos  míos,  analizar  el  desarrollo 
de  ese  proceso  psicológico,  desde  el  ceño  sombrío 
con  que  se  reciben  los  buenos  informes  sobre  el  jefe 
d3  los  Orientales  y  su  pueblo,  hasta  el  momento  en 
que  Artigas  recoge  con  pena,  cuando  3'a  no  puede 
menos,  el  guante  que  se  le  arroja,  para  erigirse  en 


336  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

solo  caudillo  de  la  revolución  de  Mayo;  pero  es  indis- 
pensable que  nos  detengamos  en  ello  un  momento, 
por  más  que  5'a  lo  estudiamos  al  principio. 

Bn  el  infierno  político  de  Buenos  Aires  se  han 
esgrimido  contra  el  héroe,  para  acordar  su  ruina, 
una  mentira  y  una  verdad:  era  una  mentira  que  él 
pretendiera  desconocer  al  gobierno  central  y  arre- 
batarle la  obediencia  de  los  pueblos  fanatizados  por 
su  enorme  prestigio;  pero  era  una  verdad,  toda  la 
verdad,  que,  si  bien  quería  ese  gobierno  como  núcleo 
de  unión  y  de  armonía,  no  se  consideraba  ni  estaba 
dispuesto  a  considerarse  un  simple  general  de  sus 
ejércitos,  obligado,  como  tal,  a  poner  en  manos  de 
quien  en  Buenos  Aires  predominara,  los  destinos  de 
los  pueblos  que  en  él  confiaban,  del  propio  sobre 
todo.  Lo  hubiera  juzgado  un  crimen;  todo  lo  noble 
que  había  en  su  alma  se  rebelaba  ante  esa  idea  de  la 
sumisión  incondicional  a  resoluciones  secretas. 

Y  no  ocultaba  su  pensamiento,  por  cierto;  era  éste 
tan  claro  antes  como  después  de  ser  reconocido  como 
anuestro  general  del  Norte».  Su  actitud  ante  los  trata- 
dos de  Octubre;  su  emigración  con  el  pueblo;  su  plan 
genial  de  campaña,  todo  demostraba  a  aquellos  polí- 
ticos que  ninguno  de  ellos  podía  contar  con  aquel 
hombre,  como  simple  instrumento.  Pero  nada  alar- 
maba más  al  triimvirato  que  el  visible  significado 
de  las  relaciones  que  Artigas  cultivaba  con  el  Para- 
guay, y  que  él  mismo  comunicaba  a  Buenos  Aires 
como  la  cosa  más  natural  del  mundo.  Buenos  Aires 
había  tratado,  efectivamente,  con  el  Paraguay,  según 
sabéis,  después  de  las  derrotas  de  Belgrano,  y  le 
había  reconocido  su  carácter  de  estado  independiente 
aliado  o  confederado;  pero  eso  era  insincero  y  falaz; 
la  oligarquía  de  Buenos  Aires  no  puede  creer  en  esa 


FREXTE  A   MOXTEVIDEO  337 

personalidad  del  Paragua}-,  ni  en  la  de  ningún  otro 
pueblo  de  su  \irreinato;  aun  los  destinos  de  Chile  y 
el  Perú  serán  objeto  de  sus  gestiones  en  Europa. 

Pero  Artigas,  sí;  él  cree  sinceramente  en  la  sobe- 
ranía del  Paraguay*  como  en  la  de  Chile  o  el  Perú; 
cultiva  con  el  gobierno  paraguaj-o  una  corresponden- 
cia copiosa  y  apasionada,  en  la  que  lo  estimula  a  la 
unión  y  al  esfuerzo  común,  como  hemos  dicho;  lo 
incita  a  reconocer  y  secundar  las  iniciativas  de  la 
capital;  le  transmite,  como  a  Buenos  Aires,  su  pen- 
samiento, su  plan  de  campaña.  El  Paraguay,  a  su 
vez,  de  acuerdo  en  un  todo  con  él,  lo  aclama  como 
el  hombre  predestinado,  le  envía  para  su  pueblo  del 
Ayuí  los  recursos  de  que  puede  disponer:  mandioca, 
hierba  mate,  tabaco,  protestas  de  admiración  y  de 
amor  sobre  todo.  El  capitán  Laguardia,  que  es  su 
agente  confidencial  y  conductor  de  todo,  informa  a 
su  gobierno  de  cómo  ha  sido  recibido,  y  se  manifiesta 
.apasionado  por  Artigas,  «que  es  todo  un  ¡Daraguayo», 
según  dice.  «Fué  tan  general,  agrega,  la  complacencia 
del  ejército  con  la  unión  del  Paraguay,  y  el  general  tan 
obsequioso  y  adicto  a  la  provincia,  que  me  tributó  los 
inaj'ores  honores,  que  3^0  no  merecía.  A  distancia  de 
diez  leguas  del  campamento  mandó  tres  capitanes  y 
a  su  secretario  a  recibirme  y  a  acompañarme:  a  dos 
leguas,  el  ma3-or  general  y  tres  tenientes  coroneles; 
y  luego,  el  general  con  todo  el  Estado  Mayor  y  la 
música,  a  distancia  de  dos  cuadras,  a  pie,  recibién- 
dome con  un  abrazo  al  encontrarnos.» 

El  ceño  adusto  de  Buenos  Aires  se  frunce  cada  vez 
más  ante  tales  espectáculos,  por  más  que  los  respetos 
<ie  que  es  objeto  por  parte  del  capitán  oriental  son  tan 
rendidos  como  sinceros.  Sarratea,  presidente  a  la 
sazón  del  triunvirato,  se  dirige  al  gobierno  del  Pa- 

T.  i.-a4 


338  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

raguay  y  le  dice:  «I^a  generosidad  con  que  V.  S.  ha 
auxiliado  a  nuestro  ejército  del  Norte,  que  tan  acerta- 
damente dirige  el  general  don  José  Artigas,  ocupa  nues- 
tra gratitud;  pero...»  El  triunvirato  prescribe  que  las 
comunicaciones  sean  directas  con  el  gobierno  central, 
no  con  el  general  Artigas,  «a  fin  de  no  dar  pábulo  a 
la  intriga  y  a  la  mordacidad».  El  gobierno  paraguayo 
contesta  diciendo  que,  en  adelante,  se  evitarán  tales 
comisiones;  pero  un  nuevo  emisario,  don  Marín  Ba- 
zán,  fué  enviado  a  Artigas,  y  el  triunvirato,  después 
de  secuestrarlo  y  registrarlo,  reprochó  su  envío  a 
aquel  gobierno  con  dureza. 

Y  he  aquí  que  el  gran  problema,  tuétano  de  toda 
nuestra  historia,  se  presenta  en  busca  de  un  hom- 
bre capaz  de  darse  cuenta  de  él.  El  gobierno  del  Pa- 
raguay contesta  al  central  «que  él  ejerce  un  derecho 
al  enviar  sus  misiones  a  Artigas,  pues  una  provincia 
libre  e  independiente  (y  tal  ha  sido  reconocida  la  del 
Paraguay  en  pactos  solemnes)  puede  hacer  alianzas 
y  concluir  tratados,  sin  estar  obligada  a  dar  cuenta 
a  nadie  de  sus  operaciones  y  pactos  con  otras  alia- 
das; que  ningún  pueblo  tiene  el  derecho  de  mezclarse 
en  el  gobierno  de  otro,  pues  sería  hacer  injusticia  a 
su  independencia  el  ingerirse  a  ser  juez  de  su  admi- 
nistración». 

No  había  nacido,  desgraciadamente,  en  la  capital 
de  nuestro  virreinato,  el  hombre  capaz  de  proponerse» 
cuanto  y  más  de  resolver,  el  tal  problema:  el  de  bus- 
car la  resultante  de  aquellas  fuerzas  sociológicas  esen- 
ciales en  desequilibrio.  Ése  hubiera  reconocido  en 
Artigas,  si  realmente  se  pensaba  en  la  construcción 
de  una  nación  nueva,  el  nexo  entre  el  corazón  y  la 
cabeza  embrionarios  de  aquel  organismo,  y  procu- 
rado incorporarlo,  cuando  menos,   al  ente  colectivo 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  330 

del  que,  a  falta  de  un  héroe  personal,  se  creía  poder 
formar  un  núcleo  de  unidad,  de  continuidad,  de  vida 
orgánica. 

Pero,  no:  no  era  sobre  el  procedimiento  de  realizar 
un  propósito  común  sobre  lo  que  versaba  el  antago- 
nismo entre  Buenos  Aires  y  Artigas;  era  sobre  el  pro- 
pósito mismo.  1/3.  oHgarqm'a  no  quiere  la  federación, 
porque  la  célula  de  que  ha  de  formarse  el  organismo 
que  concibe  no  es  el  pueblo.  Si  ha  reconocido,  en  sus 
tratados  con  el  Paraguay,  la  persona  federativa  de 
éste,  lo  ha  hecho  sólo  para  salir  de  un  paso  difícil 
y  habihtarse  para  mejor  aniquilarla.  iVrtigas,  por  el 
contrario,  cree  en  el  pueblo;  no  cree  en  otra  cosa; 
quiere  incorporar  a  él,  como  una  levadura,  el  con- 
curso de  los  pensadores  y  letrados;  pero  como  una 
levadura,  no  como  un  reactivo. 

En  cuanto  al  Paraguay,  allí  sí  que  había  naci- 
do un  hombre;  pero  era  don  Gaspar  Rodríguez  de 
Fraocia. 

Fué  un  bien  triste  momento,  os  lo  aseguro,  aquel 
en  que  el  triunvirato,  en  la  alternativa  de  reconocer 
o  aniquilar  al  hombre  sincero  y  fuerte,  al  héroe,  optó 
por  lo  segundo:  por  aniquilar  a  Artigas,  decapitando 
al  pueblo.  Así  lo  hizo:  envió  a  Sarratea  con  tal  objeto. 
Vamos,  pues,  a  ver  cómo  procede  el  nue\*o  capitán 
general  para  llenar  su  deplorable  comisión. 

Bl  plan  de  Sarratea  es  el  siguiente:  destruir  el  poder 
militar  de  Artigas,  diluyendo  su  ejército  oriental  en 
el  que  aquél  lleva  de  Buenos  Aires;  marchar  con  éste 
a  poner  sitio  a  Montevideo,  dejando  en  el  Ayuí  al 
pueblo  expatriado,  sin  recursos  de  vida  ni  de  locomo- 
ción, con  los  pocos  restos  de  ejército  que  puedan 
permanecer  fieles  al  caudillo,  y  que  suponen  serán 
insignificantes;  aquel  pueblo  acabaría   por  morir  de 


34°  ^^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

inanición.  Se  restablecería  así  el  asedio  interrumpido 
por  los  tratados  de  Octubre;  pero  como  un  medio  de 
renovar  éstos  con  más  eficacia  que  la  primera  vez; 
sin  el  obstáculo  de  Artigas  y  de  su  irreductible  pue- 
blo. Era  preciso  tomar  la  capital  oriental;  pero  no 
para  los  orientales,  ni  siquiera  para  América,  sino 
para  Buenos  Aires,  y  en  apoyo  de  los  planes  de  su 
logia. 

Iva  actitud  de  Artigas  ante  lo  que  la  historia  ha 
llamado  «las  intrigas  del  Ayuí»,  fué  de  una  serenidad 
de  esfinge.  Bien  sabía,  cuando  llegó  Sarratea,  que  el 
nuevo  general  no  era  su  amigo,  pues  sus  agentes  en 
Buenos  Aires,  cuyas  cartas  hoy  poseemos,  lo  tenían 
al  corriente  de  lo  que  allí  pasaba,  sin  excluir  infor- 
marlo del  partido  de  que  gozaba  en  el  mismo  pueblo 
de  Buenos  Aires,  y  de  los  conatos  de  revolución  que 
en  su  favor  se  sentían  en  aquel  pueblo,  y  que  serán 
dominados  a  fuerza  de  engaños  sobre  sus  ideas  e 
intenciones.  Pero  Artigas  jamás  creyó  que  entre  las 
de  su  enemigo  estuviera  también  la  de  atentar  contra 
su  vida,  lo  que  confirmó  muy  pronto.  El  jefe  de  los 
Orientales  reconoció,  pues,  e  hizo  reconocer  por  su 
ejército  al  nuevo  general,  y  esperó  sus  órdenes.  «Yo 
pude,  escribe  después  al  gobierno  central  y  también 
al  del  Paraguay,  yo  pude,  cuando  todos  me  obedecían 
en  el  Ayuí,  rechazar  a  Sarratea;  pero  no  lo  hice,  en 
obsequio  de  la  causa  de  América.  Sólo  exigí  entonces 
que  se  me  dejase  al  frente  de  mi  pueblo  y  de  mi  ejér- 
cito; sólo  eso.» 

Muy  pronto  los  hechos  denunciaron  a  Artigas  el 
peHgro,  y  le  marcaron  su  deber  con  claridad.  No  era 
el  sitio  de  Montevideo  lo  que  más  preocupaba  al 
nuevo  general.  Acampado  en  el  Arroyo  de  la  China, 
pasaba  los  días  y  las  noches  en  fiestas  y  diversiones 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  34I 

que  contrastaban  con  las  penurias  del  pueblo  del 
Ayuí;  pese  a  las  reclamaciones  de  Artigas  y  a  las 
propias  instrucciones,  no  enviaba  a  éste  socorro  algu- 
no; aquel  pueblo,  abandonado  expresamente,  se  moría 
de  miseria.  Son  conmovedoras  las  palabras  con  que 
Artigas  habla  de  eso  al  Paraguay.  «El  hambre,  le  dice, 
la  desnudez,  todos  los  males  juntos  han  vuelto  a 
señalar  nuestros  días  mezclando  las  lágrimas  en  nues- 
tro alimento,  al  sentir  el  peso  de  la  ingratitud  de  los 
hombres.  Nuestros  afanes,  pérdidas  y  sangre  compra- 
ron la  tranquilidad  de  todos;  nuestras  familias  han 
perecido  en  la  miseria  o  recibido  el  decreto  de  orfan- 
dad... Hemos  visto  ya  los  frutos,  y  dado  a  nuestra 
historia  ese  período  admirable,  que  debe  estremecer 
a  la  posteridad  más  remota.» 

Pero  si  no  llegaban  socorros,  llegaban,  en  cambio, 
al  Ayuí  las  dádivas  muníficas  de  Sarratea  a  los  jefes 
militares  que  juzgaba  predispuestos  a  la  apostasía. 
«A  fuerza  de  oro,  dice  Mitre,  anarquizó  el  ejército  de 
Artigas.»  Sí,  es  verdad;  veréis  a  éste  llorar  más  ade- 
lante, cuando  recuerde  esas  traiciones  de  sus  amigos, 
de  Vázquez  especialmente:  lo  abandonaron  entonces 
varios  de  sus  capitanes:  Valdenegro,  ese  Ventura  Váz- 
quez, que  se  fué  con  el  magnífico  escuadrón  de  blan- 
dengues confiado  a  su  lealtad;  Baltavargas,  Viera,  el 
que  estuvo  en  el  Grito  de  Asensio,  y  que  pronto  mo- 
rirá en  las  filas  españolas  luchando  contra  la  patria 
en  la  batalla  de  Salta,  y  que  se  llevó  800  hombres... 
Vanas  fueron  las  reclamaciones  de  Artigas;  Sarra- 
tea se  reía  de  sus  iras  grandemente.  Más  que  de  éstas, 
estaba  preocupado  de  la  política  interna  de  Buenos 
Aires,  en  que  se  incubaba  la  revolución  o  motín  acau- 
dillado por  San  Martín  y  Alvear;  pensó  en  volver, 
con  ese  motivo,  a  la  capital;  pero  estallado  el  motín, 


342  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

en  octubre  de  ese  año,  en  que  caen  Rivadavia  y  Puey- 

rredón,  declarados  ^'dos  monstruos  políticos,  reos  de 
la  patria  por  haber  atentado  contra  la  libertad  y 
aspirado  a  la  tiranía  y  a  renovar  sin  pudor  la  más 
vil  y  criminal  facción»,  y  dueño  de  la  situación  el 
joven  Alvear,  Sarratea,  grande  amigo  de  éste,  creyó 
que  el  momento  de  reanudar  el  sitio  de  Montevideo 
haliía  llegado,  pues  Artigas  quedaba  destruido.  Envió 
entonces  su  vanguardia,  al  mando  de  Rondeau,  a 
establecer  el  sitio,  y  detrás  se  puso  él  mismo  en  mo- 
vimiento con  el  ejército. 

Pero  Sarratea  se  equivocaba  cuando  creía  que  Ar- 
tigas estaba  aniquilado  para  siempre;  se  equivocaba 
de  medio  a  medio.  El  gran  caudillo  ha  quedado  en 
pie,  y  en  torno  suyo  están  sus  fieles,  sus  escogidos: 
Rivera,  I^avalleja,  Manuel  Francisco  Artigas,  Blas 
Basualdo.  Y  también  Otorgues.  Y  el  pueblo  todo,  el 
sacrificado  Pueblo  Oriental,  lo  mira  y  lo  aclama  a 
gritos,  como  si  hubiera  perdido  la  razón.  Y  sigue 
tras  él,  en  busca  de  la  patria. 

Sarratea  ha  pensado  en  cumplir  hasta  el  extremo 
sus  instrucciones:  apoderarse  de  Artigas,  3^  si  eso  no 
fuera  posible,  matarlo;  veréis  más  tarde  cómo  insinúa 
a  Otorgues  la  misión  de  ejecutor  de  las  sangrientas 
justicias  de  Buenos  Aires.  ¡Matar  a  Artigas!  Ni  siquiera 
se  atrevieron.  Tenían  más  miedo  de  matarlo  que  él 
de  morir.  Ello  supo  todo;  devolvió  entonces  a  Sarra- 
tea, con  un  altivo  oficio,  los  despachos  de  coronel 
que  había  recibido  de  Buenos  Aires,  y,  con  sólo  el 
otro  carácter,  el  de  Jefe  de  los  Orientales,  emprendió 
el  regreso  a  la  patria,  con  todo  su  pueblo,  detrás  de 
sit  enemigo. 

Es  un  espléndido  regreso,  por  cierto,  ese  del  Pueblo 
Oriental  después  de  su  expatriación,  detrás  del  ejér- 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  343 

cito  de  Sarratea.  Aquellos  hombres  y  mujeres  no  se 
acordaban  de  que  eran  mortales  mientras  veían  a 
Artigas  con  ellos;  no  se  acordaban  de  que  eran  mor- 
tales, aunque  muchos  de  ellos  parecían  muertos.  Que 
si  penosa  fué  la  ida,  la  vuelta  no  le  fué  en  zaga:  los 
mismos  sacrificios,  pero  también  la  misma  resolución 
heroica.  I^a  selva  con  sus  raíces  se  ha  puesto,  pueá, 
de  nuevo,  en  movimiento  a  la  luz  de  las  estrellas  po- 
lares. Artigas,  envuelto  en  su  nube,  camina,  al  paso 
de  FU  caballo,  al  frente  de  su  multitud;  tiene  fija  la 
mirada  interna  en  su  pensamiento,  y  sus  ojos  en  las 
retaguardias  del  ejército  de  Sarratea  que  va  delante 
del  suyo,  y  al  que  alcanzan  sus  extremas  vanguar- 
dias de  lanceros. 

I/a  de  Sarratea,  al  mando  de  Rondeau,  como  hemos 
dicho,  llega,  por  fin,  a  Montevideo;  acampa  frente 
a  las  murallas,  en  el  Cerriío;  detrás  va  Sarratea,  con 
su  ejército  y  su  corte,  Valdenegro,  Viana,  Cavia, 
Figueredo,  el  coronel  Viera,  Vázquez.  Y  detrás,  por 
fin,  siguiéndole  los  pasos,  va  caminando  Artigas  lenta- 
mente, como  una  nube  o  un  remordimiento  que  true- 
na. Acampa  Sarratea  en  el  camino,  y  en  el  camino 
acampa  Artigas;  reemprende  aquél  la  marcha,  y  tras 
él  se  sienten  los  pasos  del  otro;  llega  el  primero  al 
Cerriio,  donde  lo  espera  Rondeau,  y  allí  cerca,  en 
Santa  I^ucía,  se  oyen  los  clarines  orientales  que  tocan 
atención,  y  los  caballos  que  piafan,  y  la  voz  de  Arti- 
gas que  ordena. 

Sarratea  comienza  a  creer  que  se  ha  equivocado. 
Artigas  no  está  muerto.  Cinco  mil  soldados  orientales 
esperan  la  voz  de  su  corneta  de  órdenes. 

Y  el  Pueblo  Oriental  está  vivo  también. 


344  ^A.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 


VI 


Rondeau  llegó  al  Cerrito.  frente  a  Montevideo,  el 
20  de  octubre  de  1812,  y  allí  encontró  ya  a  Culta, 
uno  de  los  caudillos  de  Artigas,  que,  con  un  puñado 
de  gauchos,  lo  asediaba  desde  el  1.°  de  junio.  Ron- 
deau, reconociendo  los  servicios  de  Culta,  lo  promovió 
al  grado  de  capitán. 

Y  allí  se  libró  inmediatamente,  dos  meses  después, 
la  segunda  gran  batalla  del  Río  de  la  Plata,  la  del 
Cerrito.  hermana  de  la  de  Las  Piedras,  una  esplén- 
dida batalla,  por  cierto. 

Es  preciso  que  hablemos  un  rato  de  ese  combate  del 
Cerrito,  con  que  se  inicia  el  segundo  sitio  de  Monte- 
video, antes  de  la  llegada  de  Sarratea. 

Iba  a  decir,  amigos  artistas,  que  lo  que  allí  triunfó 
fué  la  ausencia  de  Artigas.  Pero,  no:  allí  triunfó  Ron- 
deau; suya  es  la  gloria.  jEl  bravo  Rondeau,  el  buen 
Rondeau!  Era  casi  un  grande  hombre;  en  el  Cerrito 
fué  un  gran  capitán,  un  valeroso  soldado  de  la  patria. 

I/js  españoles,  sitiados  por  segunda  vez,  notaron 
la  ausencia  de  Artigas  entre  los  sitiadores.  Rondeau 
estaba  solo,  y  lo  creían  escaso  de  elementos.  Lo  supo- 
nían también,  y  no  sin  fundamento,  desprevenido, 
en  la  noche  del  30  de  diciembre  de  1812.  Y,  en  la 
mañana  del  31,  abrieron  las  poternas  de  la  fortaleza,  y 
salieron  resueltamente,  a  buscar  el  desquite  de  Las 
Piedras,  con  las  banderas  desplegadas,  y  formando 
tres  legiones.  Eran  1.600  soldados  y  ocho  piezas  de 
artillería.  ¡I/ds  valientes  tercios  españoles!... 

Aún  no  había  salido  el  sol.  Los  sitiadores  dormían; 
algunos  centinelas  tomaban  mate.  Los  animosos  si- 


FRENTE  A  MONTEVIDEO  345 

tiados  sorprendieron  y  arrollaron  las  avanzadas  orien- 
tales; apresaron  en  ellas  a  Balta vargas;  deshicieron 
el  batallón  número  6,  núcleo  principal  de  la  vanguar- 
dia, en  la  misma  falda  del  Cerrito;  barrieron  con  todo 
cuanto  se  opuso  a  su  paso  de  vencedores,  y  escalaron 
la  cumbre  de  la  abrupta  colina,  en  la  que  clavaron 
el  pabellón  español. 

I^as  campanas  de  Montevideo,  cuyos  habitantes 
presenciaban  la  acción  desde  las  blancas  terrazas  o 
azoteas,  comenzaron  a  cantar  victoria;  las  salvas  de 
la  cindadela  y  del  cerro  saludaron  al  pabellón  triun- 
fante, que  se  proyectaba  a  lo  lejos  sobre  el  cielo.  Pero 
la  canción  del  hierro  cesó  pronto;  los  colores  españo- 
les se  vieron  substituidos  por  los  de  la  patria  en  la 
cumbre  del  Cerrito.  Rondeau,  que,  enardecido  y  her- 
moso como  un  ágil  espíritu  del  fuego,  había  conse- 
guido rehacer  los  batallones  dispersos,  llevó  perso- 
nalmente una  carga  a  la  bayoneta;  escaló  la  cumbre 
con  su  bandera.  Volvió  a  ser  desalojado  por  el  bravo 
Vigodet,  y  volvieron  las  torres  de  la  ciudad  a  cantar 
su  aleluya;  pero  de  nuevo  enmudecieron,  para  no 
volver  a  sentir  alegrías  españolas. 

Ivos  veteranos  asaltantes  conservaron  su  posición 
largo  tiempo;  pero  los  fuegos  de  la  infantería  patrio- 
ta, y  las  cargas  inverosímiles,  absurdas,  de  las  caba- 
llerías, que  volaban  como  bandadas  de  pájaros  irri- 
tados en  torno  de  la  colina,  los  obligaron  a  desalojar 
ésta,  y  a  emprender,  a  las  diez  de  la  mañana,  una  de- 
sastrosa retirada  hacia  la  plaza,  cuyas  puertas  se  ce- 
rraron tras  ellos  con  estrépito.  Muchos  caídos  queda- 
ron en  el  campo,  muchos;  entre  los  muertos  estaba 
Muesas,  el  bizarro  brigadier  español,  que,  envuelto  en  su 
noble  bandera,  y  tendido  en  su  lecho  de  fusiles,  recibió 
los  honores    del    regreso  majestuoso.    Gloria    viciis! 


346  I,A  EPOPEYA   DE  ARTIGAS 

Aquella  colina,  que  vemos  los  montevideanos  desde 
nuestras  casas,  se  llama,  desde  entonces,  Cerrito  de 
la  victoria. 

Bl  26  de  febrero,  dos  meses  después  de  la  batalla, 
llegaba  Artigas  con  sus  orientales  a  la  línea  sitiadora. 
Después  veremos  cómo  y  por  dónde  llegó,  y  cómo 
y  por  qué  no  estaba  allí  S arratea  felizmente.  Artigas 
y  Rondeau  se  abrazaron  en  la  cumbre  del  Cerrito, 
entre  el  alborozo  de  la  multitud.  Eran  el  Pueblo  Orien- 
tal, de  regreso  en  la  patria,  después  de  su  bíblica 
emigración,  y  el  Occidental,  de  vuelta  a  su  puesto 
de  honor  y  sacrificio   en  pro  de  la  causa  americana. 

Montevideo,  con  los  codos  sobre  sus  ya  tambalean- 
tes murallas,  con  la  cabeza  entre  las  manos,  y  con  los 
ojos  de  sus  trescientos  cañones,  mudos  y  atónitos, 
clavados  en  las  vagas  lejanías  azules,  miraba  aque- 
llos dos  hombres  que  se  abrazaban  a  lo  lejos:  el  inex- 
pugnable Artigas;  el  buen  Rondeau. 

Y  el  Montevideo  español,  sin  perder  el  brío  que 
tiene  en  la  sangre,  y  que  ha  de  manifestar  en  veinte 
meses  de  asedio  riguroso,  ve  desvanecerse  en  el  aire 
su  esperanza,  como  la  última  estrella,  muerta  por 
sumersión  en  la  luz. 

¡Las  Piedras  y  el  Cerrito! 


CONFERENCIA  XI 

El.  PENSA^IIENTO  DE  ARTIGAS 

Mil  ochocientos  trece. — Artigas  regresa  a  la  patria  con  su 
PUEBLO. — Separación  de  S arratea. — Nueva  tentativa  de 
SEDUCCIÓN. — Artigas  emprende  la  organización  del  Es- 
tado Oriental. — La  Asamblea  Constituyente  de  Buenos 
Aires. — Los  diputados  Orientales. — Las  formas  de  su  elec- 
ción.— ^El  Congreso  del  Peñarol. — Discurso  de  Artigas. — 
Declin.\ción  del  sol  de  INL^yo  en  América. —  Las  memora- 
bles Instrucciones  de  1813. — La  visión  de  Artigas. — Re- 
chazo   DE    los    diputados    ORIENTALES    EN    EL    CONGRESO. SE 

ORDENA  LEVANTAR  EL  SEGUNDO  SITIO  DE  MONTEVIDEO. — SE- 
GUNDO Congreso  en  la  Capilla  de  Maclel. — El  alcalde  de 
Zalamea. —  Artigas  se  retira  de  la  línea  sitladora. — 
Salv.a  l-a  DEMOCR.ACIA. — La  b.\ndera  tricolor. — ^El  Quijote 
siniestro. —  La  sentencia  de  muerte   contra  el  héroe  y 

9U   PUEBLO. — «SeGNO   D'IMMENSA   INVIDIA...» 


Amigos  artistas: 

El  segundo  sitio  de  Montevideo  va  a  durar  veinte 
meses:  del  20  de  octubre  de  1812  al  23  de  junio  de 
1814,  en  que  la  plaza  caerá  en  poder  de  los  sitiadores. 
Artigas  lo  sostendrá  personalmente  quince  meses, 
hasta  el  21  de  enero. 

Ya  os  he  hecho  mirar  especialmente  a  vuestro  mo- 


348  .    I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

délo,  amigos  artistas,  en  sus  actitudes  marmóreas; 
he  procurado  haceros  aprovechar  los  momentos  en 
que  adquiere  todo  su  carácter,  su  expresión  inten- 
sa, su  movimiento  estético. 

En  este  año  1813,  desde  el  momento  en  que  se  in- 
corpora al  segundo  sitio,  hasta  el  en  que  se  retira  de 
él,  en  enero  de  181 4,  cobra  Artigas  todas  sus  proporcio- 
nes. Su  pensamiento  solar  brota,  ya  conglomerado, 
de  la  sombra  caótica,  y,  separando  las  tinieblas  de 
la  luz,  empieza  a  regular  los  días  y  las  noches. 

Pero  antes  de  verlo  incorporarse  al  sitio,  donde  se 
ofrece  en  la  plenitud  de  su  significado  histórico,  con- 
viene separaos  cómo  y  por  dónde  desaparece  de  esta 
escena  el  general  Sarratea;  es  un  episodio  que  tiene 
interés,  por  lo  mucho  que  nos  definirá  los  caracteres 
principales  de  nuestro  drama. 

Iva  ruptura  del  agente  del  triunvirato  con  Artigas 
en  el  Ayuí,  y  su  marcha  sin  él,  que  conocemos,  han 
producido  en  la  capital  una  malísima  impresión.  Uno 
se  convence,  al  analizarla,  de  que  el  pueblo  de  Buenos 
Aires,  el  héroe  anónimo  del  25  de  mayo,  es  tan  de  Arti- 
gas como  el  que  más;  así  lo  comprende  y  lo  dice  el 
gran  caudillo,  y  así  lo  siente,  aimque  no  lo  dice,  la 
logia  gobernante.  Ésta,  ante  la  clamorosa  protesta 
popular,  y  noticiada  de  la  fuerza  que  aquél  conserva 
y  acrece  cada  día,  intenta  un  avenimiento.  No  lo 
mueve  menos  a  ello,  dicho  sea  de  paso,  el  temor  al 
español  que  viene  del  Norte;  el  inesperado  triunfo 
de  Tucumán,  obtenido  en  septiembre  de  1812,  está 
muy  lejos  de  haber  conjurado  ese  peligro,  que  reapa- 
recerá muy  pronto,  efectivamente,  cuando  los  desas- 
tres de  Vilcapugio,  Ayohuma  y  Sipe-Sipe  cierren  de 
nuevo  los  horizontes  abiertos  en  Tucumán  y  Salta. 
Bl  triunvirato,  pues,  el  surgido  del  motín  de  Octu- 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  349 

bre,  acuerda  entrar  en  negociaciones  con  el  Jefe  de 
los  Orientales,  desagraviarlo,  ofrecerle  garantías.  Y, 
con  ese  objeto,  elige  como  mediador,  en  hora  men- 
guada, al  sargento  mayor  de  granaderos  don  Carlos 
de  Alvear,  que,  con  el  coronel  San  Martín,  ha  sido 
el  protagonista  de  la  reciente  asonada  triunfante.  El 
joven  hidalgo  parte  en  busca  del  viejo,  del  gaucho 
Artigas  (que  así  le  llamaba),  con  la  seguridad  de 
reducirlo  por  el  prestigio  de  su  presencia  y  de  su 
palabra;  lleva,  además,  una  carta  de  Rivarola,  amigo 
personal  del  procer  oriental,  en  que  aquél  lo  reco- 
mienda <icamo  erüer amenté  adicto  a  V.  S.  y  a  sus  pen- 
samientos», y  le  aconseja  «entera  confianza,  pues  el 
pueblo  de  Buenos  Aires  es  todo  de  Artigas».  El  mismo 
enviado  de  paz,  por  su  parte,  escribe  a  éste,  desde  el 
Arroyo  de  la  China,  una  carta  apasionada:  «Tengo 
que  comunicarle  cosas  que  le  serán  satisfactorias,  le 
dice  en  ella;  espero  con  ansia  el  momento  de  conocer 
a  un  patriota  como  el  general  Artigas»,  agrega.  Y  le 
pide  una  entrevista  en  Paysandú,  pues  no  puede  se- 
guir más  adelante,  a  causa  de  una  caída  del  caballo. 

Para  que  conozcáis,  amigos,  la  impresión  que  ese 
envío  del  presidente  de  la  Logia  Lautaro  no  puede 
menos  de  causar  en  Artigas,  ved  lo  que  éste  escribe 
con  ese  motivo  al  gobierno  del  Paraguay:  «No  hay 
duda  de  que  ellos  harán  todo  esfuerzo  por  llenar  sus 
miras  sobre  mí...  V.  S.  conoce  bien  cuál  puede  ser  el 
espíritu  que  anima  a  esos  hombres,  guiados  sólo  por 
una  ambición  desmedidas. 

Bien  me  sé,  amigos,  que,  por  ahora,  lo  primero  que 
se  nos  ocurre,  al  oir  esas  palabras,  es  el  tachar  a  Arti- 
gas de  suspicaz;  pero  ni  un  vestigio  nos  quedará  de 
esa  primera  impresión.  Él  no  se  resistió  a  tratar  con 
Alvear,  por  más  que,  respondiendo  a  ima  invitación 


35®  ^^  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

del  gobierno,  había  mandado  ya  a  Buenos  Aires  un 
representante,  el  oficial  Fuentes,  con  la  expresión 
razonada  de  sus  agravios  y  las  bases  de  un  razonable 
arreglo.  El  gobierno  recibió  a  éste  con  viva  compla- 
cencia; el  pueblo,  con  entusiasmo;  ese  populacho  exi- 
gía como  indispensable  la  incorporación  de  Artigas 
al  sitio  de  Montevideo  en  unión  con  las  tropas  auxilia- 
res; reclamaba  su  concurso  como  caudillo  popular 
ante  la  amenaza  del  español  que  venía  del  Norte.  Era 
tal  y  tan  resuelta  la  actitud  de  aquel  pueblo  hacia  el 
que  llamaba  «brigadier  Artigas»,  que  llegó  a  temerse 
una  revolución,  y  sólo  se  le  aplacó  haciér.dole  enten- 
der que  el  Jefe  Oriental  y  Sarratea  estaban  ya  recon- 
ciliados y  unidos. 

Pero  he  aquí  que  aparece  Alvear,  el  nuncio  de  paz. 
No  habiendo  obtenido  con  la  debida  premura  la  entre- 
vista de  Artigas,  se  volvió  despechado  a  Buenos  Aires; 
ni  siquiera  tentó  la  que  aquél  esperaba  en  el  Salto, 
y  que  le  fué  anunciada  por  Sarratea;  le  bastó  con 
saber,  como  lo  supo  a  ciencia  cierta,  que  jamás  lle- 
garía a  hacer  su  instrumento  de  aquel  hombre  nuevo 
para  él.  Llegado  a  la  capital,  pintó  al  caudillo  como 
a  un  energúmeno  irreductible;  nada  podía  esj^erarse 
de  aquel  bárbaro,  que  rechazaba  toda  idea  de  go- 
bierno; nada  debía  hacerse  que  no  fuera  aplastar  en 
él  la  anarqm'a,  y  sin  pérdida  de  momento.  El  desaten- 
tado joven  llegó  hasta  a  exhibir  documentos  apócri- 
fos de  Artigas  y  de  sus  comandantes  de  división,  que 
aquél  supone  fraguados  en  el  Arroyo  de  la  China  o 
en  Buenos  Aires;  todos  iban  refrendados  por  Sarra- 
tea, que  era  una  sola  persona  con  Alvear. 

Inútiles  fueron  los  esfuerzos  de  algunos  hombres 
juiciosos,  Larrea  y  el  vocal  Peña  entre  ellos,  para 
neutralizar  aquella  trama  mentirosa;  Fuentes,  el  en- 


EL  PENSA>nENTO  DE  ARTIGAS  35 1 

viado  de  Artigas,  fué  encarcelado,  y  consiguió  eva- 
dirse, llevando  a  su  jefe  la  noticia  de  lo  acaecido. 
Es  éste  quien,  en  nota  al  gobierno  del  Paraguay,  nos 
narra  todo  eso  con  amargura. 

Iva  misión  de  Alvear  no  lia  hecho,  pues,  otra  cosa 
que  dar  salida  a  la  realidad  y  precipitar  la  solución 
inevitable.  Artigas,  que  sigue  de  cerca  a  Sarratea, 
cu3'as  intrigas  conoce,  y  que  ve  crecer  su  propio  eje'r- 
cito  de  día  en  día,  se  siente  con  fuerzas  sobradas  para 
romper  hostilidades  con  el  auxiliar;  pero,  no;  ese  ejér- 
cito no  es  su  enemigo,  sino  su  hermano;  el  enemigo 
está  en  la  logia.  «Si  el  pueblo  de  Buenos  Aires,  escribe, 
en  nota  de  21  de  septiembre  al  gobierno  del  Para- 
guay', cubierto  de  las  glorias  de  haber  plantado  la 
libertad,  conoció  la  necesidad  de  transmitirla  a  los 
pueblos  hermanos  por  el  interés  mismo  de  conser- 
varla en  sí,  su  mérito  puede  hacer  su  distinción;  pero 
nunca  extensiva  a  más  que  a  revestir  del  carácter 
de  auxiliadoras  a  las  tropas  que  destine  a  arrancar 
las  cadenas  de  sus  convecinos.»  «Ahora,  el  derecho 
abominable  de  conquista  es  lo  que  se  presenta  jror 
fruto  a  nuestras  tropas,  y  por  premio  de  servicios 
que  reclaman  el  reconocimiento  de  toda  la  América 
libre.» 

Artigas  se  limita,  pues,  en  este  momento,  a  hacer 
sentir  su  fuerza  3-  a  intimar  a  Sarratea  su  retiro  per- 
sonal. «El  pueblo  de  Buenos  Aires,  le  dice  en  nota 
de  25  de  diciembre,  es  y  será  nuestro  hermano;  pero 
no  el  gobierno  actual.  I^as  tropas  a  las  órdenes  de 
V.  S.  serán  siempre  el  objeto  de  nuestras  considera- 
ciones; pero  no  V.  S.» 

Sarratea  tiene  que  ceder,  siquiera  aparentemente; 
promete  a  Artigas  su  inmediato  retiro,  y,  para  garan- 
tir su  promesa,  y  por  indicación  que  le  hace  don  To- 


352  LA   EPOPEYA   DE  ARTIGAS 

más  García  Zúñiga,  envía  al  campamento  de  aquél, 
sobre  el  río  Yi,  una  diputación  de  ciudadanos  que 
convengan  con  él  las  condiciones  de  arreglo.  Éste  se 
concluye,  el  8  de  enero  de  1813,  <(en  el  alojamiento 
del  ciudadano  Jefe  de  los  Orientales,  don  José  Artigas, 
por  los  coroneles  Cáceres,  Báez,  Romero  y  Medina, 
y  los  ciudadanos  José  A.  Sienra  y  Tomás  García 
Zúñiga.  Sarratea,  según  ese  Convenio  del  Yi,  hará  la 
dimisión  del  mando,  como  lo  ha  prometido;  se  retirará 
con  sus  parciales,  Valdenegro,  Vázquez,  Figueredo, 
Cavia,  Viera,  y  será  substituido  por  Rondeau;  las 
divisiones  todas,  sin  exclusión  de  una  sola,  incluido 
el  regimiento  de  blandengues,  estarán  bajo  las  inme- 
diatas órdenes  de  Artigas;  las  tropas  de  línea  venidas 
de  la  capital  serán  consideradas  ejército  auxiliar;  la 
soberanía  particular  de  los  pueblos  será  precisamente 
declarada  y  ostentada  como  objeto  único  de  nuestra 
revolución;  se  publicará  con  toda  solemnidad,  en  uno 
5'  otro  ejército,  la  transacción  acordada,  castigándose 
con  las  penas  que  impone  la  disciplina  militar  todo 
cuanto  tienda  a  renovar  el  resentimiento  pasado». 

Artigas  juzga  terminadas  para  siempre  las  desave- 
nencias entre  los  pueblos  platenses;  con  infantil  sin- 
ceridad depone  todos  sus  resentimientos;  su  satis- 
facción y  su  esperanza  se  revelan  en  la  proclama 
con  que  comunica  el  feliz  arreglo  a  sus  compatrio- 
tas. «¡Gloria  eterna,  dice  en  ella,  a  los  bravos  orien- 
tales! Nuestra  horrible  desunión  ha  terminado.  Ahora 
temblarán  los  tiranos,  viéndonos  abrazar  con  nues- 
tros auxihares...  Erijamos  un  monumento  a  esta  con- 
ciliación feliz,  que,  reuniendo  el  objeto  de  todas  nues- 
tras pretensiones,  sofoca  nuestros  resentimientos  5' 
nos  abre  la  época  de  presentamos  con  dignidad... 
Ved  aquí  los  tratados  que  van  a  sancionarse.  Esta 


Kl.  PENSAMiEN'x'O  DE  ARlIGAS  353 

unión  sacrosanta  liará  felices  nntstics  esíuer^os...  Sa- 
ludemos nuestra  unión,  iiemos  sólo  a  ella  el  día  ven- 
turoso de  nuestra  dignidad  íutura,  con  que  tiene  la 
satisfacción  de  felicitaros  vuestro  paisano.  —  José 
Artigas.» 

¡I^a  tenaz  ilusión  del  héroe  1  jCreer  que  la  oligarquía 
de  Buenos  Aires  puede  conciliarse  sinceramente  con 
su  pensamiento,  y  mirarlo  con  respeto!  Ese  Arreglo 
o  Convefición  del  Yi  es  hermano  de  los  tratados  cele- 
brados por  Belgrano  con  el  Paraguay. 

lya  actitud  de  Sarratea  desde  ese  momento  es  de 
una  doblez  desgraciada.  Impuesto  de  lo  acordado  en 
el  Yi,  dice  a  Artigas  que  lo  único  que  considera  esen- 
cial en  tal  acuerdo  es  su  retiro  personal,  y  que  está 
dispuesto  a  cumplir  con  esa  cláusula;  que  ha  presen- 
tado su  renuncia  al  gobierno,  y  «le  ha  suplicado  con 
reiteración  que  la  acepte  y  lo  autorice  a  entregar  el 
mando  a  Rondeau».  No  era  verdad.  La  anunciada 
resolución  superior  no  Uegaba.  Artigas  entonces,  para 
urgiría,  ordena  a  Rivera,  su  capitán,  que  arrebate 
al  ejército  de  Sarratea  sus  caballadas  y  bagajes  e 
intercepte  sus  comtmicaciones.  I^a  medida  produjo 
inmediato  resultado.  Sarratea  diputa  apresuradamente 
a  los  coroneles  French  y  Rondeau  ante  Artigas,  pre- 
vio dictamen  de  todos  sus  jefes;  los  nuevos  parlamen- 
tarios reiteran  y  ratifican  lo  acordado  en  el  Yi,  saHendo 
garantes  personalmente  de  su  cumplimiento,  al  que- 
ligan  su  honor  militar.  Artigas  depone  de  nuevo  su 
actitud  hostil;  no  desea  otra  cosa. 

Pero  he  aquí  que  no  pasan  quince  días,  y  el  bueno 
de  Sarratea  descubre  todo  su  intento;  el  2  de  fe- 
brero, creyendo  haber  minado,  con  nuevas  seduccio- 
nes y  sobornos,  las  fuerzas  de  su  enemigo,  hace  esta- 
llar un  bando  fulminante  contra  el  Jefe  de  losOrien- 

T.  L-aj 


354  ^A.   EPOPEYA    DE   ARTIGAS 

tales;  era  en  los  momentos,  precisamente,  en  que 
partían  para  Buenos  Aires  los  comisionados  que 
éste  enviaba  para  dar  forma  definitiva  al  concertado 
arreglo. 

«El  Gobierno  Superior  Provisional  de  las  Provin- 
cias Unidas,  dice  el  bando,  a  nombre  del  señor  Fer- 
nando VII,  y,  en  su  representación,  el  señor  excelen- 
tísimo general  en  jefe  de  la  Banda  Oriental,  don  José 
de  Sarratea,  en  consideración  a  los  grandes  perjuicios 
que  ha  experimentado  este  teriitorio  por  la  bárbara 
y  sediciosa  conducta  del  traidor  a  la  patria  José 
Artigas,  ha  tenido  a  bien  expedir  un  indulto  general 
en  la  forma  y  capítulos  siguientes:... s>  Se  indulta  allí 
a  todo  el  mimdo,  cualquiera  que  sea  su  deüto,  con  la 
sola  conaición  de  que  abandone  a  Artigas  y  se  acoja 
a  las  filas  de  Otorgues...  En  ese  mismo  día,  2  de  fe- 
brero, escribe  una  carta  interesantísima  a  este  Otor- 
gues, segimdo  de  Artigas;  en  ella  lo  proclama  lleno 
de  las  virtudes  «de  im  verdadero  patricio»,  y,  en  nom- 
bre del  Superior  Gobierno,  representante  a  su  vez 
del  señor  Fernando  VII,  lo  autoriza  a  proceder  «del 
modo  que  halle  por  más  conveniente,  y  a  tomar  las 
medidas  que  crea  mejores  para  castigar  al  rebelde  de 
la  ■patria  José  Artigasf>.  Y  le  promete  villas  y  castillos... 
Y  le  regala  las  pistolas,  dos  hermosas  pistolas,  con 
que  ha  de  castigar  a  su  deudo  y  general. 

Para  bien  apreciar  este  episodio,  amigos  artistas, 
conviene  nos  detengamos  a  conocer  bien  a  este  Otor- 
gues, en  cuyo  soborno  busca  su  apoyo  el  presidente 
del  triunvirato  bonaerense,  representante  de  Fer- 
nando VII.  La  figura  de  ese  capitán  de  Artigas,  su 
más  próximo  secuaz,  no  podía  faltar  en  esta  nuestra 
animada  tragedia;  en  las  creadas  por  el  ingenio  y  la 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  355 

fantasía  interviene  siempre  ese  carácter  determinante 
de  la  eterna  antítesis;  Shakespeare  hubiera  hecho  de 
Otorgues  un  Macbeth  gaucho  con  ribetes  de  Yago  o 
cosa  así.  I^o  veis  ahora  elegido  por  Sarratea  como  el 
más  predispuesto  a  la  traición;  muy  poco  después  lo 
buscará  y,  lo  que  es  peor,  lo  encontrará  Vigodet,  el 
español,  como  aliado  suyo  contra  Buenos  Aires  y  aun 
contra  la  causa  americana;  será  mástarde  Pueyrredón, 
el  otro  bonaerense,  quien  lo  hallará  de  nuevo  dis- 
puesto al  atentado  contra  su  general;  hasta  el  príncipe 
regente  de  Portugal,  y  la  infanta  Carlota,  y  el  emba- 
jador español  andarán  con  él  en  dimes  y  diretes. 

Fernando  Otorgues  es  un  interesante  personaje; 
si  bien  de  origen  patricio  y  de  pura  cepa  española, 
se  ha  formado  en  la  vida  de  los  campos,  en  que  casi 
ha  olvidado  su  primera  mediana  educación;  se  ciñe 
los  muslos  con  el  chiripá  de  bayeta  colorada,  y  se 
calza  la  bota  de  potro  con  enormes  espuelas  lloro- 
nas. Con  las  boleadoras  o  con  el  lazo  que  revolean 
zumbando  sobre  su  cabeza,  agitados  por  su  brazo 
formidable;  con  el  caballo  a  la  carrera  detrás  del 
potro  salvaje;  con  el  sombrero  en  la  nuca  y  el  bar- 
boquejo en  la  boca  resonante,  es  el  gaucho  clásico 
de  nuestra  leyenda,  cuya  voz  atiplada,  parecida  al 
grito  de  un  pájaro  de  presa,  conocen  y  obedecen 
los  potros  y  los  hombres,  y  hasta  el  viento  de  las 
colinas.  Es  de  elevada  estatura;  sería  esbelto  de  for- 
mas, si  su  aire  gauchesco  no  quebrara  la  euritmia 
de  su  cuerpo  flaco  y  fornido;  se  trenza  el  pelo  rubio, 
color  de  cáñamo;  es  diestro  jugador  de  taba,  muy 
locuaz,  muy  dado  a  las  interjecciones  españolas.  Si 
con  la  terrible  daga,  de  empuñadura  y  vaina  de  plata, 
hace  una  raya  en  el  suelo,  nadie  se  atreve  a  pisarla. 
Es  payador,  es  decir,  improvisa  coplas  que  canta  en 


35^  I/A  KPOPB^A^üE  ARTIGAS 

la  guitarra...  Cuenta  la  tradición  que,  durante  el 
seguudo  sitio,  solía  llegarse  hasta  la  reja  de  su  novia, 
dentro  del  recinto  íoitiíicado,  a  daile  serenatas;  y 
que,  en  una  ocasión,  sorprendido  allí  por  una  ronda 
o  patrulla,  tapó  con  el  poncho  la  cabeza  de  su  caballo 
enjaezado  de  plata,  le  clavó  las  espuelas  rechinantes 
y,  riéndose  a  carcajadas  de  los  disparos  que  sobre 
él  se  hacían,  saltó  el  foso  de  la  trinchera  de  un  salto 
inverosímil,  con  la  guitarra  terciada  a  la  espalda, 
y  golpeándose  la  boca  llena  de  gritos. 

Pero  bajo  esas  rústicas  apariencias,  se  agazapa  un 
político  instintivo,  ambicioso,  solapado,  inteligente. 
Es  pariente  cercano  de  Artigas,  lo  que  contribuye 
a  su  prestigio;  siente  la  superioridad  de  su  deudo, 
y  aparenta  respetar  como  nadie  su  autoridad;  pero, 
aUá  para  sus  adentros,  se  juzga  tanto  o  más  que 
él.  Y  nada  tan  claro  como  la  razón  de  su  juicio.  Otor- 
gues, como  tantos  otros,  no  ha  podido  percibir  el 
secreto  de  aquella  autoridad;  cree  que  solo  estriba 
en  lo  que  él,  diestro  jinete,  íormidable  lancero,  des- 
preciador  de  la  vida  propia  y  de  la  ajena,  puede 
disputarle  con  evidente  ventaja;  está,  pues,  conven- 
cido de  que  puede  substituirlo,  y  vive  en  acecho, 
día  y  noche,  de  las  ocasiones  propicias.  Artigas  tiene 
debilidad  por  su  selvático  primo;  y,  sea  por  eso,  sea 
porque  necesita  de  su  brazo,  lo  reprende  y  lo  consi- 
dera; lo  castiga  y  lo  perdona;  ve  sus  infidencias,  y 
no  se  decide  a  creer  en  ellas.  I^a  eterna  historia  de 
Sansones  y  Dalilas. 

Otorgues  tiene  el  cabello  rubio  como  Artigas,  según 
dijimos;  los  ojos  más  claros,  casi  incoloros;  la  tez 
blanca;  pero  nada  de  los  modales  finos  de  su  deudo, 
que  hacen  notar  los  que  conocieron  a  éste.  Es  desde- 
ñoso de  toda  urbanidad;  brutalmente  imperioso  y 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  357 

sarcástico;  su  carcajada  es  un  insulto,  su  sonrisa  un 
puñal.  Ostenta  exageradas  esas  cualidades  extemas, 
mientras  forma  su  prestigio  entre  las  multitudes  semi- 
bárbaras que  conduce;  pero  cuando  sea  gobernador 
de  Montevideo,  y  lo  será  pronto,  lo  primero  en  que 
pensará  será  en  mandarse  hacer  ima  levita,  en  guar- 
necer de  oro  su  uniforme  de  coronel,  y  en  hacerse 
preparar  un  alojamiento  lujoso  en  el  Fuerte.  Bien 
es  verdad  que  ya  entonces  habrá  estado  en  corres- 
pondencia diplomática,  por  su  cuenta  y  riesgo,  con 
Vigodet,  el  gobernador  español,  con  Romarate,  el 
marino,  con  el  príncipe  de  Portugal,  con  el  embajador 
de  España  y  con  la  serenísima  infanta  de  Borbón. 

I/as  ambiciones  de  Otorgues  fueron  grandes,  no 
hay  duda;  este  Macbeth  gaucho,  con  sus  ribetes  de 
diplomático  florentino,  vio  las  tres  brujas  que  le 
salieron  al  encuentro  de  entre  los  camalotes  del  arroj'o 
Pantanoso  o  del  de  Casupá.  «jTú  serás  rey!  ¡Tú  serás 
rey!»  Bien  sabemos  que  esas  tales  brujas  por  todas 
partes  andan.  I^as  que  soplaron  en  los  oídos  de  Otor- 
gues son  las  mismas  que  llenarán  de  vientos  las  cabe- 
zas de  otros  capitanes  del  héroe;  la  de  López,  en  Santa 
Fe,  por  ejemplo;  la  de  Ramírez,  sobre  todo,  en  Entre- 
rríos.  Y  serán  ellas,  las  muy  malvadas,  las  que,  con 
la  caída  de  Artigas,  traicionado  por  fin,  determinarán 
el  desenlace  de  esta  humana  tragedia  como  el  de 
tantas  otras. 

íTo  dejemos  de  recordar,  porque  seríamos  injustos, 
que  Fernando  Otorgues,  soldado  de  la  batalla  de  Las 
piedras,  combatió  mucho  al  lado  de  Artigas,  y,  sobre 
todo,  sufrió  mucho  por  la  patria;  lo  veréis  objeto, 
como  ningún  otro  quizá,  de  los  ultrajes,  de  los  más 
dolorosos  ultrajes,  por  parte  de  los  jefes  de  Buenos 
Aires  que   ahora  intentan  seducirlo;  pero  eso,   que 


358  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

incita  a  la  simpatía  y  atenúa  sus  torpezas,  pierde 
mucho  de  su  eficacia  cuando  uno  le  ve,  dos  años 
después  de  recibir  aquellos  agravios,  pactar  de  nuevo 
con  los  enemigos  y  concertarse  con  Pueyrredón.para 
castigar  a  Artigas,  y  colocarse  en  su  lugar.  Pero  tam- 
bién esto  tiene  su  atenuante:  Otorgues  no  persiste 
en  su  pecado;  ofrece  sus  explicaciones  a  Artigas;  vuelve 
a  darle  todo  cuanto  es  y  tiene,  incluso  la  vida  si  es 
preciso;  cae  prisionero,  por  fin,  a  la  sombra  de  su 
bandera.  Es  una  singular  figura  la  de  este  simbólico 
personaje.  Ahí  queda  para  que  la  historia  agote  su 
estudio  y   dicte  la  definitiva  sentencia. 

Ése  es  el  hombre,  pues,  en  quien  Sarratea  ha  creído 
ver  su  instrumento;  ése  el  a  quien  llama  granpatricio, 
y  regala  pistolas  con  bellas  incrustaciones  de  plata. 

Tan  seguro  está  del  éxito  de  su  plan,  que  escribe 
al  Gobierno  el  ii  de  febrero:  «Artigas  no  puede  adqui- 
rir consistencia;  su  ignorancia  para  la  guerra;  la  falta 
de  oficiales;  el  mal  estado  de  su  armamento,  y  otras 
circunstancias  hacen  despreciable  en  todo  sentido  a 
don  José  Artigas...  Muy  focos  fusilazos  bastarán  para 
lanzar  a  ese  caudillo  más  allá  de  las  márgenes  del  Qua- 
rey,  si  se  hiciese  sordo  a  lo  que  resuelve  V.  £....En  el 
ínterin,  continuaré  del  modo  que  V.  E.  me  ordena, 
apurando  la  medida  del  sufrimiento^. 

¡Muy  pocos  fusilazos!  Ninguno  fué  necesario  para 
arrojar  de  la  Banda  Oriental  a  aquel  rampante  ene- 
migo. El  Jefe  de  los  Orientales  muestra  a  Sarratea 
su  carta  a  Otorgues,  clavándole  los  ojos;  le  muestra 
también  el  bando,  con  un  gesto  de  interrogación 
indignada;  le  presenta,  por  fin,  sus  propias  comuni- 
caciones a  Buenos  Aires,  la  de  los  «muy  pocos  fusi- 
lados) in::lusive.  Y  se  dirige  en  seguida  a  French  y 


EL  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  359 

a  Roadeau,  los  últimos  parlamentarios.  Tu  quoqiie, 
Brutiis!  ¿También  vosotros,  los  que  me  jurasteis 
lealtad  sobre  vuestra  espada,  también  vosotros  estáis 
en  eso? 

—No,  contestan  ambos  en  voz  alta;  nada  tene- 
mos de  común  con  esa  transgresión  de  la  ley  de 
honor. 

Y  se  disponen,  de  acuerdo  con  todos  los  jefes  del 
ejército,  a  arrojar  de  allí  a  Sarratea. 

I/a  nota,  amigos  artistas,  con  que  Artigas,  en  11 
de  febrero,  increpa  a  éste  su  traición,  es  un  monu- 
mento; no  me  es  posible,  aunque  me  tachéis  de  enfa- 
doso, dejar  de  detenerme  en  algimos  de  sus  términos. 
«He  leído,  dice,  por  conducto  del  comandante  Otor- 
gues (a  quien  V.  E.  se  lisonjeó  seducir),  el  papel  en 
que  V.  B.  me  declaró  traidor  a  la  patria...  V.  E.  me 
ha  llenado  de  ultrajes., ,  Sin  embargo,  el  mimdo  entero 
vio  mi  pundonor  y  delicadeza;  V.  E.  mismo  debe 
haber  visto  originales  las  cartas  de  Elío  y  Vigodet 
para  mí,  y  que  tuve  cuidado  de  dirigir  al  momento 
al  Superior  Gobierno...  Aun  en  el  día  en  que  V.  E.  hace 
el  último  esfuerzo  para  aburrirme,  Montevideo  em- 
peña más  sus  pretensiones  sobre  mí...  Pero  yo  seré 
esclavo  de  mi  grandeza;  un  lance  funesto  podrá  arran- 
carme la  vida,  pero  no  envilecerme.  El  honor  ha  for- 
mado siempre  mi  carácter;  él  reglará  mis  pasos... 
Después  de  mis  servicios,  de  mis  trabajos,  de  mis 
pérdidas,  ¡yo  declarado  traidor!...  Retírese  V.  E.  en 
el  momento.  El  mundo  se  halla  en  estado  de  justi- 
ficar los  efectos  que  haga  yo  tocar  a  V.  E.  de  su  per- 
sistencia escandalosa  en  permanecer  en  esta  Banda. 

»Dios  guarde  a  V.  E.  —  José  Artigas.» 

Si  os  dijera,  amigos  artistas,  que  Sarratea,  aun 
después  de  todo  esto,  insiste  en  sincerarse  ante  el 


36o  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

traidor,  acaso  lo  pusierais  en  duda.  Es  así,  sin  embar- 
go; le  dirige  una  nota  en  que  le  pide  una  nueva 
tregua;  le  da  las  razones  de  cómo  y  por  qué  lo  ha 
mandado  matar,  esperando  que  lo  hallará  justo 
y  razonable.  «Es  lo  menos  que  he  podido  hacer»,  le 
dice. 

Artigas  contesta  esa  nota;  pero  como  ya  tiene  su 
sentencia  en  vías  de  ejecución,  esa  su  respuesta,  más 
que  para  Sarratea,  es  para  nosotros,  para  la  posteri- 
dad, y  no  puedo  menos  de  haceros  conocer  alguno  de 
sus  conceptos.  El  primero  que  nos  llama  la  atención 
es  el  rechazo  indignado  del  cargo  que  le  hace  Sarratea 
de  connivencias  con  los  españoles  de  la  plaza;  nada 
subleva  tanto  a  aquel  hombre  como  ese  ultraje;  jamás 
lo  deja  en  pie;  la  retractación  de  quien  lo  profiere 
es  siempre  la  primera  condición  que  impone  en  todo 
arreglo  con  sus  rivales,  a  quienes  emplaza  constante- 
mente para  ante  la  historia.  En  ésta,  como  en  todas 
las  comunicaciones  de  su  especie,  parece  oirse  hasta 
el  timbre  de  su  voz,  en  frases  personalísimas,  enfá- 
ticas generalmente,  que  veremos  repetidas  en  el  curso 
de  nuestro  estudio.  Después  de  desmenuzar  uno  por 
uno  los  cargos  de  su  enemigo,  le  dice: 

«Si  porque  V.  E.  erró  el  golpe  me  propone  ahora 
una  nueva  suspensión,  yo  no  estoy  dispuesto  a  admi- 
tirla. Nada  sirve  que  V.  E.  empeñe  de  nuevo  su  ho- 
nor... No  hacen  al  caso  sus  solicitudes  al  Gobierno, 
porque  V.  E.  sabe  que  no  espera  su  resolución.  Lo 
q-te  interesa  es  que  V.  E.  se  retire  sin  perder  instante. 
Para  ello  no  es  necesario  levantar  el  asedio.  Aquí 
no  hay  quien  mire  con  celo  las  tropas  al  mando  de 
V.  E.  Es  un  honor  nuestro  participar  con  ellas  de  las 
glorias,  de  los  triunfos.  Nosotroslas  miramos  como  una 
parte  muy  recomendable  de  la  familia  grande,  y  sus 


El,  PENSAAnENTO  DE  ARTIGAS  363 

i^{  Re  ser  vado.) 

ftlMinisterio  de  la  Guerra. 

^Noticiada  la  Regencia  de  las  Españas  de  que  el 
capitán  don  José  Artigas,  por  un  resentimiento  par- 
ticular, se  pasó  a  los  rebeldes  de  Buenos  Aires,  cuyas 
tropas  capitanea,  aunque  ofendido  actualmente  por 
aquella  Junta  subversiva,  ha  resuelto  S.  A.  que  V.  S., 
por  cuantos  medios  le  dicten  su  celo  y  conocimientos, 
procure  atraer  al  partido  de  la  justa  causa  al  men- 
cionado oficial,  asegurándole  que  será  considerado 
como  antes,  si  inmediatamente  se  presentare  e  hi- 
ciere útil  su  influencia  en  el  país. 

»De  Real  Orden  lo  comunico  a  V.  S.  para  su  cum- 
plimiento, 

»Dios  guarde  a  V.  S.  muchos  años. 

»Carbajai,. 

»Señor  Capitán  General  de  las  Provincias  del  Río 
de  la  Plata.! 

Ya  hemos  visto  cómo  Artigas  remitió  originales 
esas  comunicaciones,  tanto  las  de  Elío  como  las  de 
Vigodet,  al  gobierno  de  Buenos  Aires. 

IvO  que  tal  capitán  hubiera  sido,  amigos  míos,  al  ser- 
vicio de  España,  no  es  para  considerado  en  este  mo- 
mento; no  en  vano  era  ése  el  fantasma  que  el  miedo 
hacía  ver  a  los  hombres  de  Buenos  Aires  en  la  sombra 
de  Artigas;  pero  se  caerán  las  estrellas  del  firma- 
mento antes  que  tal  ocurra;  se  caerán  las  estrellas 
una  a  una,  como  gotas  de  fuego. 

El  Jefe  de  los  Orientales  despachó  agriamente  al 
portador  de  la  comunicación.  «¿Qué  me  importa, 
dijo,  el  carácter  de  comandante  general  de  la  cam- 
paña, si  el  voto  unánime  de  sus  habitantes  me  se- 
ñala más  altos  destinos?i  Escribió,  sin  embargo,  en 


364  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  margen  de  la  nota  en  que  contestaba  las  proposi- 
ciones de  Vigodet,  que  le  fueron  comunicadas  por 
lyarrobla  el  10  de  febrero  de  1813:  «Sirva  para  la 
vindicación  del  Jefe  de  los  Orientales,  que  rechazó 
esto  en  las  circunstancias  más  apuradas». 

Y  pues  vamos  a  ver  ahora  a  Artigas  en  el  desem- 
peño de  ese  más  alto  destino  a  que  se  siente  llamado, 
quiero,  porque  conozcáis  el  carácter  en  que  lo  llena 
con  relación  a  Buenos  Aires,  haceros  conocer  el  si- 
guiente documento,  que  poseo  original  y  que  es  nuevo 
en  nuestra  historia.  Es  una  nota  dirigida  Al  Coman- 
dante General  don  José  Artigas,  y  firmada,  como  lo 
veis,  por  el  triunvirato  de  Buenos  Aires:  Juan  José 
Paso,  Nicolás  Rodríguez  Peña  y  Antonio  Alvarez 
Jonte.  -La  subscribe  Tomás  Guido  como  secre- 
tario. 

Notad  que  es  del  momento  en  que  nos  hallamos: 
17  de  febrero  de  1813,  pocos  días  antes,  precisamente, 
del  en  que  Artigas  se  incorpora  al  segundo  sitio.  Y 
dice  así: 

«Habiendo  resuelto  el  Superior  Gobierno,  de  acuer- 
do con  la  Soberana  Asamblea,  dar  una  nueva  direc- 
ción a  las  fuerzas  sitiadoras  de  la  capital,  por  recla- 
marlo así  los  sagrados  intereses  del  país,  ha  comuni- 
cado con  esta  fecha  la  orden  consiguiente  al  general 
don  Manuel  de  Sarratea,  para  que,  con  la  brevedad 
posible,  mueva  sus  tropas  en  retirada,  y  retroceda 
hasta  el  punto  que  se  le  indica.  Mas  como  sería  muj' 
sensible  que  los  enemigos  dejasen  de  sentir  las  pri- 
vaciones y  miserias  a  que  los  había  reducido  el  sitio, 
es  de  absoluta  necesidad  el  que  V.  S.,  sin  pérdida  de 
momentos,  pase  a  ocupar  los  puntos  que  hoy  cubren 
las  fuerzas  de  la  capital.  Y  para  que  V.  S.  pueda  obrar 
9on  el  lleno  de  facultades  análogas  a  ese  nuevo  em- 


El.  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  365 

peño,  ha  tenido  a  bien  este  Gobierno  nombrarlo  Co- 
mandante  General  de  los  Orientales. 

»Eís,  pues,  llegado  el  tiempo  de  que^V.  S.,  rindiendo 
cuantos  sacrificios  reclama  la  causa  santa  de  la  liber- 
tad, haga  conocer  a  Montevideo  la  importancia  de 
los  esfuerzos  de  las  tropas  de  V.  S.  y  la  inutilidad  de 
su  resistencia... 

»Con  motivo  de  haber  resuelto  la  Soberana  Asam- 
blea la  misión  de  uno  de  sus  miembros,  plenamente 
autorizado,  para  transar  las  dificultades  que  agitan 
esa  Banda,  se  espera  el  resultado  de  su  diputación... 
y,  entretanto,  se  lisonjea  el  Superior  Gobierno  de 
que  V.  S.  proporcionará  al  referido  Sarratea  los  auxi- 
lios de  caballada  y  boyada  que  hubiere  a  su  alcance, 
para  que,  con  prontitud,  se  emprenda  la  retirada, 
contando  V.  S.,  y  las  tropas  de  su  mando,  con  toda 
la  protección  y  amparo  que  le  dispensarán  este  Go- 
bierno y  los  habitantes  de  la  capital. 

»Dios  guarde  a  V.  S.  muchos  años.» 

Creo  que  esa  nota  os  reve4ará  el  carácter  y  represen- 
tación de  Artigas.  Este  accedió  a  todo:  dio  caballos, 
y  bueyes,  y  todo  cuanto  necesitó  Sariatea  para  reti- 
rarse. Y  él  ocupó  su  puesto  de  sacrificio  en  pro  de  la 
causa  de  la  libertad,  como  jefe  de  su  pueblo,  recono- 
cido, al  fin,  por  Buenos  Aires,  como  lo  veis.  Ya  no 
es  «nuestro  general  del  Norte»;  es  el  Comandante 
general  de  los  Orientales»,  que  puede  contar  con  la 
protección  y  amparo  de  un  gobierno  y  un  pueblo 
amigos.  Ese  gobierno  ya  no  le  ordena;  se  lisonjea 
solamente  del  auxilio  que  espera  de  su  parte  y  de 
la  de  su  pueblo,  con  el  que  se  propone  transar  las  difi- 
cuUades  pendientes.  Por  eso  Artigas,  al  unirse  con 
Rondeau,  dice  a  éste  con  entusiasmo:  «Yo  felicito  a  la 
patria,  al  frente  de  mis  compaisanos,  vuelto  el  período 


366  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

de  la  continuación.  Á  nombre  de  ellos,  tengo  también 
la  honra  de  felicitar  a  V.  S.,  viendo  en  sus  manos 
depositado  el  bastón  del  ejército...  Nosotros  felici- 
tamos también  a  esos  dignos  hermanos  nuestros. 
V.  S.  tendrá  la  dignación  de  transmitirles  la  sinceri- 
dad de  nuestros  votos...» 

Ya  hemos  visto  a  los  vencedores  de  Las  Piedras 
y  del  Cerriío  abrazarse  frente  a  los  muros  de  Monte- 
video, entre  las  aclamaciones  de  los  dos  ejércitos 
aliados,  y  del  pueblo,  dueño  de  sí  mismo.  Artigas  co- 
mienza entonces  a  pensar  en  su  organización. 


II 


Sarratea,  lleno  de  rencor  exacerbado  contra  el  hé- 
roe, se  fué  a  Buenos  Aires,  donde  se  incorporó,  como 
miembro  conspicuo,  a  una  comisión  allí  formada 
con  el  objeto  de  convocar  y  animar  la  Asamblea  Ge- 
neral Constituyente,  que  debía  llamar  a  todos  los  pue- 
blos del  Plata,  para  darse  su  organización  política, 
y  que  se  inauguró  el  31  de  enero  de  181 3.  Inmediata- 
mente será  enviado  a  Río  Janeiro  y  a  Europa,  en 
busca  de  un  príncipe  real  para  estos  países;  lo  segui- 
rán, con  el  mismo  objeto,  Belgrano  y  Riv adavia,  a 
quienes  Sarratea  hará  tanta  guerra  por  allá  como 
por  acá  al  mismo  Artigas;  Rivadavia,  sobretodo,  será 
el  objeto  y  la  víctima  de  sus  rencores  e  intrigas. 

Es  el  caso,  pues,  de  pensar  en  esa  Asamblea  General 
Constituyente.  Artigas  la  deseaba  con  sinceridad.  No 
deseaba  otra  cosa:  un  sitio  elevado,  visible  de  todas 
partes,  en  que  encender  la  lámpara  de  su  pensamiento: 
independencia,  reconocimiento  de  la  personalidad  y 


El,   PENSAMIENi:o  DE  ARTIGAS  367 

de  las  energías  de  los  pueblos  para  obtenerla.  Toda 
la  verdad;  todo  el  porvenir . 

Inútil  pensamiento.  En  Buenos  Aires  está  el  es- 
píritu de  su  enemigo,  que  es  legión.  No  es  sólo  Sarra- 
tea  el  que  allí  espera  a  Artigas  en  la  Asamblea;  allí 
está,  como  arbitro  supremo,  aquel  joven  teniente 
Alvear,  el  mediador  despechado,  cuyo  carácter  y  sig- 
nificado os  he  hecho  conocer;  es  el  presidente  de  la 
I/)gia  I^autaro,  el  derrocador  del  gobierno,  el  áureo 
portador  de  las  grandezas  señoriales  europeas,  el  que, 
dos  años  más  tarde,  colocado  por  la  logia  en  el  puesto 
de  Director  .Supremo,  ofrecerá  las  Provincias  Unidas 
a  Inglaterra,  supHcándole  que  las  tome,  y  dos  o  tres 
más  tarde  ofrecerá  su  sumisión  a  Femando  VII; 
allí  está  don  Bernardo  de  Monteagudo,  tribuno  de 
grandes  palabras  sin  habitante,  organizador  de  la 
logia,  que  es  ahora  un  demagogo,  y  será  mañana  un 
monárquico  apasionado;  y  don  Nicolás  Herrera,  cuyo 
espíritu  nos  es  conocido;  y  don  Vicente  Ivópez,  y 
Vieytes,  y  Belgrano,  y  Rivadavia,  que,  dentro  de 
poco,  irán  a  Europa  a  rogar  a  Carlos  IV  que  venga 
a  América  por  su  propiedad;  y  Posadas,  que  por  nada 
quiere  república, sino  monarquía,  pues  no  concibe  la 
autoridad  ejercida  por  hombre  con  quien  se  esté  fa- 
miliarizado; allí  están  algunos,  por  fin,  de  los  que, 
tres  años  más  tarde,  constituirán  el  Congreso  de  Tu- 
cumán,  que  será  monárquico.  «Esta  Asamblea,  dice 
Mitre,  el  historiador  argentino,  aunque  libremente 
elegida,  componíase,  en  su  mayor  parte,  de  miem- 
bros de  la  lyOgia  I^autaro,  que  obedecían  a  un  sistema 
y  a  una  consigna.  Con  este  núcleo  de  voluntades  disci- 
plinadas no  era  de  temérsela  anarquía  de  opiniones 
que  había  esteriHzado  las  otras  asambleas;  pero  podía 
preverse  que  degeneraría  más  tarde  en  una  camarilla.^ 


368  I.A   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Como  bien  lo  comprendéis,  amigos  míos,  allí  no 
puede  tener  representación  el  pueblo  oriental  de  Ar- 
tigas. Artigas,  en  aquel  centro,  está  condenado  de 
antemano;  su  sentencia  está  escrita,  sentencia  impla- 
cable, irrevocable.  Si  el  pueblo  oriental  ha  de  tener 
representación  en  esa  Asamblea  Constituyente,  será 
necesario  buscar  otro  pueblo  oriental,  no  el  de  Artigas, 
es  decir,  la  no  realidad. 

No  es,  pues,  necesario  preguntar  qué  destino  espera 
a  los  diputados  orientales,  cuando  se  presenten  en 
Buenos  Aires,  con  toda  sinceridad,  a  cooperar  a  la  or- 
ganización general:  están  rechazados  ipso  jacto.  I^o 
fueron.  ¿Sabéis  por  qué?...  Por  defectos  en  la  for- 
ma de  su  elección:  porque  Artigas  había  inÜuído  en 
ella.  ¿Y  sabéis  lo  que  son  formas,  amigos  artistas? 
Meditad  un  poco  en  eso:  formas.  Ya  sabéis  cómo  an- 
daban esas  pobres  formas  en  Buenos  Aires,  donde, 
según  decía  Posadas,  y  era  verdad,  todo  se  hacía  por 
medio  de  asonadas  tumultuosas.  Y  en  cuanto  a  lo 
jue  podía  pasar,  en  materia  de  formas  electorales,  en 
las  otras  provincias,  no  creo  que  haya  persona  seria 
que  presente  los  poderes  de  sus  diputados  como  per- 
fectos de  forma. 

No:  el  defecto  de  los  diputados  orientales  no  es- 
taba en  ellas:  estaba  en  los  fondos,  en  las  profundida- 
des. Allí  no  había  sinceridad,  no  había  realidad;  los 
histoiia dores  que  han  tomado  eso  a  lo  serio,  eso  de 
formas,  pragmáticas,  etc.,  no  han  sido  tampoco  sin- 
ceros; digámoslo  en  honor  de  su  buen  sentido. 

Yo  no  sé,  mis  buenos  amigos,  si  Artigas,  en  esos 
momentos  históricos,  creyó,  o  no,  en  la  sinceridad  del 
llamado  hecho  por  Buenos  Aires  a  los  pueblos,  para 
que  se  constituyeran  libremente.  ItO  juzgo,  sin  embar- 
go, muy  capaz  de  creer  en  ella.  Él  era,  ante  todo. 


m^  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  369 

una  fe,  y  bien  pudo  creer  en  la  aparición  de  un  hom- 
bre de  fe  en  la  asamblea  que  se  proyectaba  en  la  capital. 

Pero  no  era  así,  desgraciadamente;  desde  su  primer 
paso,  Artigas  tuvo  que  tropezar  con  la  realidad  que 
se  ocultaba  en  las  apariencias;  con  el  escollo  del  fondo. 
I^a  malicia  de  Sarratea  ba  sido  substituida  en  el  Ce- 
rrito  por  la  honradez  inocente  de  Rondeau,  tan  in- 
compatible como  aquélla  con  el  pensamiento  heroico. 
Rondeau  no  tiene  la  culpa  de  su  mediocridad,  es 
cierto;  pero  menos  la  tiene  Artigas  de  su  visión  genial. 

En  nota  de  27  de  marzo  de  1813,  el  substituto  de 
Sarratea  dice  al  Jefe  de  los  Orientales  que,  «en  cum- 
plimiento de  las  órdenes  del  Supremo  Gobierno  para 
que  se  efectúe  en  la  Banda  Oriental  el  reconocimiento 
y  jura  de  la  Asamblea  Soberana  de  las  Provincias 
Unidas,  ha  dispuesto  convocar  a  todos  los  jefes  del 
ejércitos.  Y  lo  comunica  a  Artigas,  para  que  haga 
otro  tanto  de  su  parte. 

He  ahí  todo  Rondeau. 

Y  he  aquí  que  todo  Artigas  se  nos  ofrece  en  la  in- 
evitable contestación  que,  mal  de  su  grado,  tiene 
que  dar  y  da  el  28:  «Han  marchado  mis  invitaciones 
a  todos  los  'pueblos  de  esta  Banda  con  el  mismo  objeto, 
para  que,  por  medio  de  sus  diputados,  se  reúnan 
aquí  el  3  del  próximo.  Estas  me  parecen  causas  de 
bastante  importancia  para  que  yo,  sin  negarme,  sus- 
penda por  ahora  el  reconocimiento  y  jura  a  que  V.  S. 
se  sirve  convocarme.  Esto  no  impide  que  V.  S.,  con 
las  tropas  de  línea,  verifique  el  que  le  corresponde; 
pero,  para  eludir  cualquiera  inducción  siniestra,  yo 
ruego  a  V.  S.  tenga  la  dignación  de  diferirlo  también, 
para  poder  verificar  juntos  un  acto  que  fija  el  gran 
período  de  nuestro  anhelo  común. 

»Dios  guarde  a  V.  S.  muchos  años.— Jos4  Artigas.» 

T.  i.-íü 


370  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Es  muy  de  advertir  que  las  órdenes  a  que  Rondeau 
se  refería  eran  traídas  por  el  diputado  plenamente 
autorizado  de  la  Asamblea  de  Buenos  Aires,  venido 
para  zanjar  las  dificultades  a  que  se  refiere  la  nota 
que  hemos  leído.  Artigas  narra  sus  conferencias  con 
éste  al  gobierno  de  Paraguay,  en  nota  de  17  de  abril. 
Bl  diputado  pedía,  ante  todo,  el  reconocimiento  por 
Artigas  de  la  Soberana  Asamblea.  «No,  le  contesta 
Artigas;  usted  empieza  por  donde  debemos  concluir; 
he  convocado  al  pueblo  con  ese  objeto.» 

Y  es  aquí  muy  de  advertir  que,  en  esa  misma  nota. 
Artigas  somete  al  Paraguay  la  opinión  que  sostendrá 
en  la  Asamblea  que  va  a  convocar,  y  lo  consulta 
sobre  «si  le  parece  bien  equilibrado  el  juego  de  sufra- 
gios en  la  Asamblea  Constituyente  con  seis  diputados 
nuestros,  siete  de  esa  Provincia  y  dos  de  la  de  Tucu- 
mán,  decididos  al  sistema  de  Confederación  que  ma- 
nifiesta  V.   S.   tan  constantemente». 

Fué  necesario  ceder  ante  la  justa  exigencia  del 
Jefe  de  los  Orientales.  Rondeau  recibió  la  orden  ex- 
presa de  hacerlo  así.  Y  Artigas  convocó  a  sus  conciu- 
dadanos para  el  4  de  abril. 

He  ahí  el  alma  de  nuestro  gran  Congreso  de  ese 
mes,  amigos  míos;  de  nuestro   Congreso  de  Abril. 

Observad,  os  lo  ruego,  esa  doctrina  de  Artigas;  es 
toda  una  doctrina.  Bl  soldado  de  línea  puede  y  aun 
debe  obedecer  y  jurar;  pero  él.  Artigas,  no  procede 
como  soldado  de  línea,  porque  no  lo  es  del  ejército 
auxiliar;  él  es  el  Jefe  de  los  )rienlales,  el  caudillo  de 
sus  conciudadanos.  /  éstos  no  deben  obedecer  y  jurar 
por  orden  suya;  ha  de  ser  él,  por  el  contrario,  quien 
reciba  y  cumpla  las  del  pueblo  que  preside,  mientras 
su  autoridad  no  esté  debidamente  constituida. 

No  es  el  hecho,  amigos  artistas,  lo  que  aquí  nos 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  37I 

llama  la  atención;  es  el  principio,  el  espíritu  que  con- 
duce a  aquel  hombre  iluminado.  Artigas  tiende  a 
destruir  lo  existente,  el  organismo  colonial;  pero 
creando  al  mismo  tiempo  el  que  debe  substituirlo, 
y  sin  lo  cual  la  obra  es  todo  soberbia  y  vanidad.  No 
se  trata,  para  él,  de  reemplazar  un  feudalismo  con 
otro,  ni  un  virrey  con  un  general,  ni  una  colonia  con 
im  cuartel,  sino  un  pueblo  muerto  con  uno  vivo, 
apto  para  formar  sus  órganos  de  su  propia  substancia. 
Eso  es  Artigas,  todo  Artigas,  amigos,  aunque  os 
parezca  inverosímil.  I/O  parece,  sin  duda,  por  lo  pro- 
fético  de  su  criterio;  no  existe  nada!  de  ese  tamaño 
en  América,  os  lo  aseguro.  Y  os  diré  más:  no  ha  leapa- 
recido  por  acá  ese  tipo  espontáneo  de  mandatario 
democrático.  No  os  exijo  que  me  creáis  todavía;  pero 
sí  que  me  escuchéis  con  paciencia.  Veamos,  pues,  a 
Artigas  en  ese  nuestro  Congreso  de  Ahfü,  que  ha 
convocado  para  reconocer  la  Asamblea  Constituyente, 
a  fin  de  enviar  a  ella  los  verdaderos  representantes 
del  pueblo  oriental,  y  para  dar  vida  al  organismo 
político  que  debe  substituir  en  su  patria,  sin  solución 
de  continuidad,  al  ya  expirante  de  la  colonia  antigua. 


III 


lyos  diputados  elegidos  por  los  pueblos  de  la  Banda 
Oriental  llegaron  al  campo  de  Artigas,  en  el  Penar ol, 
el  3  de  abril  de  1813.  El  4  se  reunieron  para  oir  las 
explicaciones  del  procer. 

Mucho  deseo  que  veáis  bien,  en  este  momento, 
a  aquel  hombre  extravagante,  amigos  artistas.  Va 
a  dar  forma  al  mensaje  divino  de  que  es  depositario 


k 


372  I«A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

y  tiene  que  revelar  y  cumplir;  el  que  transmitió  al 
gobierno  del  Paraguay,  de  que  antes  hablamos;  el 
que  regirá  los  pasos  todos  de  su  vida. 

Es,  pues,  el  4  de  abril  de  1813.  Artigas  abre  y  pre- 
side la  que  bien  puede  llamarse  nuestra  primer  Asam- 
blea constituj^ente.  Está  en  un  modestísimo  salón, 
rodeado  de  los  hombres  de  pensamiento  de  la  pa- 
tria: Ivarrañaga,  Barreiro,  Suárez,  Duran,  Méndez, 
Vidal,  etc.  Una  asamblea  bien  respetable,  por 
cierto. 

Ese  segundo  Congreso  uruguayo,  amigos  míos,  es 
propicio  al  relieve  luminoso;  pero  yo  me  empeño  en 
no  distraer  vuestra  mirada  en  el  conjunto,  para  que 
la  concentréis  en  vuestro  hombre.  Hay  una  gran  di- 
ferencia entre  esos  patricios  que  constituyen  la  Asam- 
blea, y  ese  hombre  Artigas  que  los  preside.  Aquéllos, 
como  sus  equivalentes  de  la  Asamblea  de  Buenos  Ai- 
res, son  un  pensamiento  elevado,  una  doctrina  ade- 
lantada, una  lección  aprendida  en  buenos  libros;  éste 
es  una  fe,  una  visión  brotada  del  conocimiento  de 
los  hombres  y  las  cosas;  aquéllos  son  traductores; 
éste  es  conductor  de  un  mensaje  interno,  recibido  en 
la  comunicación  consigo  mismo,  con  la  vida  del  pue- 
blo americano,  con  el  dios  interior  de  que  os  he  ha- 
blado tantas  veces;  aquéllos  eran  idea,  pero  idea  muer- 
ta, árbol  sin  raíces;  éste  era  idea  viva,  arraigada  en 
el  alma,  idea  y  acción  compenetradas,  pasión,  lo  que 
se  llama  pasión;  aquéllos  podían  cambiar  de  pensa- 
miento, discrepar  de  él  en  la  acción,  vivir  sin  él;  Ar- 
tigas no,  porque  vida  y  pensamiento  son  en  él  la 
misma  cosa;  vivirá  con  su  pensamiento,  como  con  su 
sangre;  obrará  según  él,  por  la  misma  razón  porque 
respira,  según  aquella  sangre  sale  del  corazón  y  re- 
gresa a  él  transformada  por  la  combustión  vital.  Eso, 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  373 

y  no  otra  cosa,  es  lo  que  se  llama  un  héroe.  «Lo  que 
distingue,  dice  Emerson,  a  los  hombres  reputados 
excelentes  oradores,  de  algún  ferviente  místico  pro- 
fetizante, semialocado  bajo  lo  infinito  de  su  pensa- 
miento, es  que  estos  últimos  hablan  desde  lo  interior 
o  por  experiencia,  corno  si  fuesen  poseedores  y  coopera- 
dores del  hecho,  mientras  que  la  otra  clase  de  personas 
hablan  del  exterior,  como  simples  espectadores,  como 
si  no  conociesen  el  hecho  más  que  por  la  experiencia 
de  una  tercera  persona.» 

Así  es,  efectivamente;  el  pensamiento  del  grande 
hombre  emana  de  las  profundidades  de  su  concien- 
cia como  el  árbol  de  las  de  la  tierra.  Así  como  éste 
no  muestra  sus  raíces,  sino  su  ramaje,  su  flor,  su 
fruto,  para  probar  su  comunión  con  el  centro  de  la 
vida  universal,  el  héroe  ofrece  su  vida  en  acción,  en 
flor,  en  fruto,  como  prueba  de  su  armonía  con  la 
armonía  de  los  orbes.  Sus  razones,  las  raíces  de  sus 
ideas,  no  son  accesibles  muchas  veces  en  el  presente: 
sólo  el  tiempo  escarba  la  tierra  y  las  pone  al  fin  de 
manifiesto,  en  el  momento  floreal  de  las  memorias. 

Muy  difícilmente  hallaríamos  un  cuadro  más  pro- 
picio al  bajorrelieve,  para  expresar  todo  eso,  que  el 
que  nos  ofrece  Artigas  al  inaugurar  nuestro  Congreso 
de  A  hril;  está  vestido  de  su  chaquetilla  azul  de  blan- 
dengue, sin  espada;  lee  en  voz  alta,  lentamente,  el 
manuscrito  de  su  discurso;  toda  su  acción  exterior 
se  concentra  en  la  expresión  serena  de  sus  ojos  claros, 
en  que  se  encienden,  de  vez  en  cuando,  algunos  de 
sus  apostrofes. 

Os  dije  alguna  vez  que  yo  he  oído  la  voz  de  Arti- 
gas. Se  la  oye,  efectivamente,  no  sólo  en  las  constan- 
tes referencias  de  quienes  lo  conocieron,  sino  en  el 


374  I'A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

estudio  de  su  carácter,  reflejado  en  sus  cartas  fami- 
liares, en  el  de  su  ambiente  y  educación,  en  el  de  la 
tradición  no  interrumpida.  I^a  modificación  eufónica 
de  la  lengua  española  en  nuestra  América,  tan  cons- 
tante y  llena  de  significado,  tenía  en  el  capitán  de 
blandengues  su  genuino  intérprete.  La  hablaba  bien, 
pero  con  el  acento  de  su  región  oriental,  donde,  como 
en  las  otras  regiones  argentinas,  cobra  un  carácter 
propio  que  nadie  confunde;  la  igualdad  de  la  articu- 
lación de  la  c  o  la  z  con  la  s,  por  ejemplo,  caracterís- 
tica de  toda  la  América  española,  y  cierta  pequeña 
aspiración  de  las  vocales,  que  acerca  acaso  el  acento 
americano  al  andaluz,  eran  propios  de  Artigas.  No 
tenía,  sin  embargo,  según  lo  dicen  Vedia  y  otros, 
las  cadencias  gauchescas  de  nuestros  campesinos,  ni 
aun  cuando  hablaba  con  gauchos  y  quería  acercarse 
a  ellos;  aun  entonces,  una  imperceptible  superioridad 
permanecía  en  su  voz  y  en  su  estüo.  Cuando  hablaba, 
en  cambio,  con  gente  culta,  como  Robertson,  Larra- 
ñaga,  etc.,  éstos  hacen  siempre  notar  sus  palabras 
y  modales  «de  hombre  bien  educado»,  como  dice  el 
primero. 

\'ocalizaba  con  claridad,  lentamente,  en  voz  gene- 
ralmente baja.  No  hay  referencia  a  un  solo  grito  suj'o; 
no  se  le  o^^e  una  interjección  descompuesta;  la  pa- 
sión hace  silencio  en  él;  se  lo  lleva  a  las  honduras 
antes  que  a  la  superficie. 

Al  hacerse  oir  ahora,  en  el  Congreso  de  Abril,  el 
timbre  de  su  voz  cobra  cierta  elocuente  solemnidad; 
su  cadencia  es  clara,  lenta,  isocrónica;  no  carece  de 
cierto  colorido  musical;  habla  desde  lo  interior,  según 
la  frase  de  Emerson,  como  cooperador  del  hecho;  el 
énfasis  que  caracteriza  el  estilo  de  aquella  época,  y 
está  en  el  discurso  que  allí  pronuncia,  no  está  en  su 


Er,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  375 

VOZ,  cuyo  diapasón  predominante  es  el  de  la  firmeza, 
el  de  las  palabras  inconmovibles,  «irreparables»  ha 
dicho  alguien.  Oigámoslo,  pues,  en  su  más  memora- 
ble oración. 

«El  resultado  de  la  campaña  pasada,  comienza 
diciendo,  me  puso  al  frente  de  vosotros  por  el  voto 
sagiado  de  vuestra  voluntad.  Tengo  la  honra  de  volver 
a  hablaros  en  la  segimda  vez  que  hacéis  uso  de 
vuestra  soberanía...» 

Conviene  advertir  aquí  que,  como  os  lo  hice  notar 
oportunamente,  cuando  hablamos  del  Congreso  del 
Migitelete,  en  1811,  Artigas  hace  arrancar  de  éste  la 
vida  soberana  de  la  nación,  y  su  propia  autoridad 
civü;  del  momento  en  que  el  pueblo,  no  sólo  el  ejér- 
cito, le  confía  expresamente  su  representación. 

«Diez  y  siete  meses,  continúa,  diez  y  siete  meses 
han  transcurrido  desde  entonces;  en  esos  quinientos 
veintinueve  días,  la  gloria  y  la  miseria  nos  han  cu- 
bierto. Ese  período  formará  la  admiración  de  las 
edades.  Nuestra  historia  es  la  de  los  héroes.  El  carác- 
ter constante  y  sostenido  que  hemos  ostentado  en 
los  distintos  lances  anunció  al  mundo  nuestra  gran- 
deza. Sus  monumentos  majestuosos  se  levantan  desde 
los  muros  de  nuestra  ciudad  hasta  las  márgenes  del 
Paraná.  Cenizas  y  ruina,  sangre  y  desolación,  ved 
ahí  el  cuadro  de  la  Banda  Oriental,  y  el  precio  de  su 
regeneración.  Pero  ella  es  pueblo  libre.» 

«Navegar  es  necesario;  vivir  no  es  necesario.»  Es 
el  mote  del  viejo  escudo  de  Bremen.  Y  es  eso,  más  o 
menos,  lo  que  dice  Artigas,  como  lo  veis:  ser  Ubre 
es  lo  que  importa.  Pero  nada  sería  su  afirmación, 
si  no  nos  dijera,  como  nos  dice,  lo  que  él  entiende 
por  ser  pueblo  libre.  «El  fruto  inmediato  de  nuestros 
trabajos  de  energía  y  constancia,  continúa  diciendo, 


376  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

está  obtenido;  los  ¡Dortugueses  no  son  ya  dueños  de 
nuestro  territorio;  pero  de  nada  habrían  servido  tales 
sacrificios,  si  no  tuvieran  por  término  el  triunfo  de 
los  principios  inviolables,  o  del  sistema,  como  enton- 
ces se  decía,  que  hicieron  su  objeto.» 

Y  el  caudillo  da  por  obtenido  tal  objeto  por  el  solo 
hecho  de  poder  decir  a  la  Asamblea  que  preside  estas 
sus  más  lapidarias  palabras  con  que  continúa: 

<íMi  autoridad  emana  de  vosotros,  y  ella  cesa  por 
vuestra  presencia  soberana.  Vosotros  estáis  en  el  pleno 
goce  de  vuestros  derechos.  Ved  ahí  el  ¡ruto  de  mis  ansias 
y  desvelos,  y  ved  ahí  también  todo  el  premio  de  mi  ajan. 
Ahora,  en  vosotros  está  el  conservar  lo. í> 

Ése  es,  amigos,  el  exordio  de  aquel  discurso  inaugu- 
ral. Si  Artigas  hubiera  muerto  en  ese  momento  de 
su  vida,  nada  más  hubiera  sido  necesario,  me  parece, 
para  que  dierais  bronce  a  ese  molde  de  caballero  de 
la  democracia;  pero  vivió,  felizmente,  para  demos- 
trar que  eran  palabras  vivas  las  que  se  formaban  en 
su  aliento. 

Consecuente  con  ellas,  el  procer  da  cuenta  al  Con- 
greso del  comienzo,  en  Buenos  Aires,  de  la  Asamblea 
Constituyente,  <(tantas  veces  anunciada».  «Su  reco- 
nocimiento nos  ha  sido  ordenado,  agrega,  Y  bien:  el 
resolver  sobre  ese  particular  ha  dado  motivo  a  esta 
congregación,  porque  yo  ofendería  vuestro  carácter  y  el 
mío,  vulnerando  vuestros  derechos  sagrados,  si  resolviera 
por  mí  mismo  una  materia  reservada  sólo  a  vosotros.» 

En  ese  concepto,  pues,  y  para  ordenar  el  debate, 
propone  tres  pimtos:  i.°  Si  debe  procederse  a  reco- 
nocer la  Asamblea  de  Buenos  Aires  antes  o  después 
de  la  resolución  de  las  reclamaciones  confiadas  a  Gar- 
cía Zúñiga,  de  acuerdo  con  la  Convención  del  Yi. 
2.°  Resolver  sobre  el  número  de  diputados  orientales 


El.  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  377 

que  deben  enviarse,  caso  de  ser  aquélla  reconocida. 
3.0  Instalar,  en  el  Estado  Oriental,  la  autoridad  o 
gobierno  que,  mientras  no  se  dicte  la  Constitución, 
debe  administrarlo  y  representarlo. 

Artigas  juzga  que  la  resolución  del  primer  pimto 
lo  concentra  todo:  hechos  y  principios;  y,  para  bien 
ilustrarla,  da  cuenta  a  sus  conciudadanos  de  sus  actos, 
hasta  el  momento  en  que,  como  jefe  del  ejército,  y 
signatario  de  aquella  Convención  del  Yi,  envió  a  Gar- 
cía Zúñiga  a  Buenos  Aires  con  sus  reclamaciones; 
recuerda  la  reciente  historia,  que  Uama  «la  historia 
de  nuestras  confianzas»;  reclama  la  atención  sobre 
cómo  esa  honrada  fe  de  los  orientales  en  la  intención 
recta  de  los  otros  les  acarreó  las  persecuciones  del 
Ayuí,  el  abandono,  el  doloroso  regreso  en  medio  de 
la  execración  injusta,  único  premio  de  los  servicios 
a  la  causa  de  todos,  las  nuevas  violaciones  y  traicio- 
nes de  Sarratea,  recibido,  sin  embargo,  en  triunfo 
en  Buenos  Aires,  las  reclamaciones  pendientes,  por 
fin. 

I  Ya  no  es  posible,  dice  entonces,  ya  no  es  posible 
librar  nuestro  destino  a  la  sola  buena  voluntad  de 
los  hombres,  desgraciadamente;  «que  si  una  descon- 
fianza desmedida  sofocaría  los  mejores  planes,  un 
exceso  de  confianza  no  es  menos  temible». 

«Va  a  contar  tres  años  nuestra  revolución,  agrega, 
y  aun  falta  la  salvaguardia  del  derecho  popular.  Esta- 
mos bajo  la  fe  de  los  hombres...  Y  es  muy  veleidosa 
su  probidad.  Sólo  el  freno  de  la  Constitución  puede 
afirmarla,  y,  mientras  ésta  no  exista,  es  preciso  adop- 
tar las  medidas  que  equivalgan  a  la  garantía  preciosa 
que  ella  nos  ofrece.» 

En  esa  virtud,  Artigas  propone  allí  estas  dos  cues- 
tiones, y  da  sobre  ellas  su  dictamen:  i°  ¿Debe  rece- 


37^  LA  EPOPEYA  DE  AMIGAS 

nocerse  3'  jurarse  la  Asamblea  de  Buenos  Aires  antes 
o  después  de  resueltas  las  reclamaciones  pendientes? 
2.0  Satisfechas  éstas,  ¿debe  el  reconocimiento  tener 
el  carácter  de  obediencia  o  el  de  pacto  o  tratado? 

Artigas  contesta  con  tirmeza:  Debe  esperarse  la 
resolución.  Debe  reconocerse  la  Asamblea,  pero  libre- 
mente, como  acto  soberano  de  un  miembro  de  la 
unión  federativa,  no  sólo  deseada,  pero  exigida  por 
el  Pueblo  Oriental. 

Se  conmueve  el  gran  caudillo  entonces,  ante  la 
idea  de  que  su  pensamiento  pueda  no  ser  compartido, 
o  mal  comprendido,  por  sus  conciudadanos;  retempla, 
como  en  el  Congreso  del  Miguelete,  su  resolución  he- 
roica; los  precave  de  la  irresolución  o  el  desaliento, 
de  la  tentación  contra  la  fe.  Pero  la  idea  de  que  Uegue 
a  creerse  que  pueda  él  tender  a  la  disolución  de  la 
unión  de  los  pueblos  platenses,  y  aun  americanos, 
para  la  obtención  del  común  propósito  de  indepen- 
dencia, lastima  su  conciencia.  Él  es  el  primero  en 
consagrar  aquel  medio  de  realizar  el  propósito;  pero, 
ante  todo,  y  sobre  todo,  quiere  definir,  coniirmar, 
poner  en  práctica  el  propósito  mismo.  Oid  sobre  eso 
las  palabras  del  héroe,  firmes,  concretas,  sin  la  som- 
bra de  una  reticencia. 

«Esto  no  se  acerca,  dice,  ni  por  asomos,  a  una  sepa- 
ración nacional;  garantir  las  consecuencias  del  reco- 
nocimiento no  es  negar  el  reconocimiento;  es,  por  el 
contrario,  hacer  compatible  nuestra  conducta  con  las 
miras  liberales  y  fundamentos  de  la  misma  Asamblea 
que  vamos  a  reconocer.  Si  no  hay  motivos  para  creer 
que  la  Asamblea  pretende  vulnerar  nuestros  dere- 
chos, mal  puede  haberlo  para  temer  que  ella  vea  en 
nuestra  precaución  otra  cosa  que  un  acto  que  secunda 
sus  propósitos.  Vuestro  temor  los  ultraj  aria  altamente.» 


El,   PENSAMIENTO   DE  ARTIGAS  379 

Una  observación  nos  asalta  aquí,  tenaz  y  persis- 
tente. Artigas,  en  ese  estupendo  discurso,  quiere  poner 
a  su  pueblo,  que  lo  es  todo  el  americano,  a  cubierto 
de  una  tiranía  interna.  Pero  ¿no  pasaba  entonces  por 
su  imaginación  la  idea  de  que  la  logiapolítica  de  Bue- 
nos Aires  pudiera  pensar,  no  ya  en  su  propio  despo- 
tismo, sino  en  la  vuelta  de  estos  países  al  dominio 
europeo?  ¿No  sospechaba  siquiera  los  trabajos  mo- 
nárquicos que  allí,  de  puertas  adentro,  se  incubaban? 

Indudablemente,  no.  Se  lee  toda  su  corresponden- 
cia, la  que  mantiene  con  el  Paraguay  especialmente 
sobre  sus  diferencias  con  Buenos  Aires  en  esta  época, 
y  no  se  encuentra  en  ella  ni  una  remota  alusión  a  tal 
peligro.  Uno  se  convence  de  que  aquel  hombre  de 
bien  no  puede  dar  asentimiento  a  tal  sospecha,  con 
la  que  creía  inferir  una  ofensa  injusta  o  temeraria  a 
sus  adversarios.  Pasarán  años  antes  de  que  Artigas 
se  convenza  de  que  es  verdad;  necesitará  tocarla  con 
la  mano.  Y  era  ése,  sin  embargo,  el  enemigo  que  lo 
atisbaba  desde  el  fondo  de  la  logia,  a  él  y  a  los  pue- 
blos; el  enemigo  que  lo  debelará  por  fin. 

Y  concluyamos  con  su  discurso. 

«De  todos  modos,  dice  el  caudillo,  la  energía  es 
necesaria.  No  hay  un  solo  golpe  de  energía  que  no 
sea  marcado  con  el  laurel.  ¿Qué  glorias  no  habéis 
obtenido  ostentando  esa  virtud? 

»Visitad  las  cenizas  de  vuestros  conciudadanos;  que 
ellas,  desde  el  fondo  de  sus  sepulcros,  no  nos  ame- 
nacen con  la  sangre  que  vertieron  para  hacerla  servrir 
a  nuestra  grandeza.  Conciudadanos:  Pensad,  medi- 
tad, y  no  cubráis  de  oprobio  las  glorias  de  529  días 
en  que  visteis  la  muerte  de  vuestros  hermanos,  la 
aflicción  de  vuestras  esposas,  la  desnudez  de  vuestros 
hijos,  el  destrozo  de  vuestras  haciendas,  y  en  que 


38o  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

visteis  quedar  sólo  escombros  y  ruinas,  como  vesti- 
gio de  vuestra  opulencia  antigua;  ellos  forman  la 
base  del  edificio  augusto  de  vuestra  libertad.» 

He  ahí  el  extracto  de  aquella  oración  inaugural 
del  Congreso  del  Peñarol,  que  hoy  rueda  hasta  nos- 
otros como  un  largo  trueno.  ¿Es  de  Artigas  ese  sor- 
prendente discurso?  ¿O  fué  escrito  por  I^arrañaga, 
Barreiro,  Vidal,  o  por  cualquier  otro?  Punto  es  ése 
que  estudiaremos  después,  pero  que  me  parece  muy 
secundario.  Cuantos  más  ha3-an  colaborado  en  esa 
obra,  tanto  más  podremos  afirmar  que  el  genio  que 
la  inspira  no  es  el  de  un  hombre,  sino  el  de  un  pue- 
blo, como  dice  Monterroso;  de  aquel  Genio  de  los 
Orientales  de  que  éste  nos  habla...  Del  Genio  de  Amé- 
rica, digamos  nosotros,  amigos  artistas,  si  os  parece 
bien;  del  Genio  de  América.  Que  no  era  otro  el  influjo 
bajo  el  cual  obraba  aqutl  hombre;  él  no  respiró  más 
aire  que  el  de  este  continente... 

Y  si  la  española,  y  aun  la  ibérica,  reconoce  como 
propias,  y  las  reclama,  aquellas  hablas  proféticas  de 
Artigas,  no  reclamará  sino  lo  suyo.  Ahí  están,  pues; 
para  todos  nuestros  hermanos  en  la  madre  Democra- 
cia las  tenemos  guardadas  los  orientales,  y  defen- 
didas piadosamente,  de  las  incurias  del.  tiempo  y  de 
los  hombres,  en  el  cofre  de  nuestros  caudales;  son 
nuestra  riqueza.  Los  que  las  reconozcan  como  pro- 
pias, desde  Méjico  hasta  Chiloé,  los  del  Río  de  la 
Plata  especialmente,  pueden  venir  por  ellas,  y  por 
el  abrazo  de  los  hijos  de  Artigas,  el  hombre  americano, 
el  buen  hombre  americano. 

Su  potente  espíritu  fué  el  de  aquel  memorable  Con- 
greso de  Abril,  en  él  se  acordó,  por  unanimidad,  recono- 
cer la  Asamblea  Constituyente  de  Buenos  Aires,  e 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  381 

incorporarse  a  ella.  Ese  reconocimiento  descansaba  en 
el  concepto  incontrovertible  de  que  aquella  Asamblea 
era,  y  no  podía  menos  de  ser,  la  ejecutora  del  pensa- 
miento esencial  de  la  revolución  de  Mayo,  y,  en  espe- 
cial, la  garantía  de  la  autonomía  oriental,  que  los  orien- 
tales no  podían  poner  en  discusión.  Pero  por  más  que 
eso  podía  considerarse  tácitamente  incluido  en  la  de- 
claración del  Congreso  del  Peñarol,  éste  quiso  hacerlo 
expresamente.  Además  de  exigir  la  continuación  del 
asedio  riguroso  de  Montevideo  con  Rondeau,  y  la  de- 
volución de  elementos  bélicos,  dijo:  «Será  reconocida 
y  garantida  la  confederación  ofensiva  y  defensiva  de 
esta  Banda  con  el  resto  de  las  Provincias  Unidas, 
renunciando  cualquiera  de  ellas  la  subyugación  a 
que  se  ha  dado  lugar  por  la  conducta  del  anterior  go- 
bierno. En  consecuencia  de  dicha  confederación,  se 
dejará  a  esta  Banda  Oriental  en  la  plena  libertad  que 
ha  adquirido  como  provincia  compuesta  de  pueblos 
libres;  pero  queda  desde  ahora  sujeta  a  la  consti- 
tución que  emane  y  resulte  del  Soberano  Congreso 
General  de  la  Nación,  y  a  sus  disposiciones  consiguien- 
tes, teniendo  por  base  la  libertad». 

Se  aclamó  a  Artigas  como  el  jefe  indiscutible  del 
Estado;  se  organizó  éste  con  todos  sus  resortes.  En 
ejecución  de  lo  resuelto.  Artigas,  el  20  de  abril,  con- 
gregó una  nueva  y  grande  asamblea  de  ciudadanos, 
y,  con  su  voto  y  elección,  organizó,  con  el  título  de 
Cuerpo  Municipal,  el  primer  gobierno  civil  del  Es- 
tado, «que  entendería  en  la  administración  de  justicia 
y  demás  negocios  de  la  economía  interior  del  país». 
Fué  aquél  el  primer  ministerio,  adaptado  a  las  cir- 
cunstancias, del  primer  presidente  de  nuestra  repú- 
blica, elegido  tal  con  el  nombre  de  Gobernador  Militar 
y  Presidente  del  Cuerpo  Municipal:  Pérez  con  García 


382  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Zúñiga,  Jueces  Generales;  Sierra,  Depositario  de  Fon- 
dos Públicos;  Duran,  Juez  de  Economía;  Revuelta, 
Juez  de  Vigilancia;  Méndez  y  Ra,  Protectores  de  Po- 
bres; Bruno  Méndez,  Asesor  del  Cuerpo  Municipal; 
Barreiro,  Secretario  del  Gobierno;  Gallegos,  Escribano. 
Artigas  hizo  conocer  al  pueblo  la  forma  en  que  había 
organizado  su  gobierno,  por  bando  de  21  de  abrü. 
Nadie  dejará  de  observar  lo  original  de  ese  orga- 
nismo gubernativo,  cuyo  origen  vivo  podría  preci- 
sarse claramente.  Se  ve,  a  primera  vista,  que  no  es 
ésa  una  organización  artificial,  libresca,  sino  algo 
tomado  de  lo  que  allí  existía,  y  adaptado  provisional- 
mente a  la  urgencia  del  momento;  es  una  cosa  vi- 
viente, práctica,  una  realidad.  Ese  gobierno,  que  esta- 
bleció su  sede  en  Canelones,  comunicó  su  constitu- 
ción a  Buenos  Aires,  el  8  de  mayo  de  1813;  lo  hizo 
en  una  larga  nota,  muy  razonada,  5'  concebida  en 
términos  respetuosos  y  cordiales;  pero  no  obtuvo  ni 
el  acuse  de  recibo  que  es  de  cortesía,  ni  el  simple  acuse 
de  recibo. 

Pero  en  aquella  Asamblea  del  Peñarol  se  redacta- 
ron, además,  las  instrucciones  que  debían  regir,  en 
la  Constituyente  de  Buenos  Aires,  la  conducta  de  los 
representantes  del  Pueblo  Oriental  que  alJí  fueron  ele- 
gidos, I^arrañaga,  Vidal,  Cardoso,  Salcedo,  Rivarola, 
y  para  eso  sí  fué  necesario  adoptar  las  formas  y  prin- 
cipios universalmente  consagrados. 

¡I^as  Instrucciones  del  año  13!  Ellas  son,  mis  ami- 
gos artistas,  el  milagro  de  aquel  momento  histórico. 
Una  conjuración,  de  las  cosas  antes  que  de  los  hom- 
bres, las  ha  tenido  ocultas  hasta  ayer  no  más,  como 
tantos  otros  datos  esenciales  de  nuestra  historia,  a  pe- 
sar de  la  gran  difusión  que  en  su  tiempo  recibieron. 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  383 

Fueron  halladas  en  los  archivos  de  la  Asunción,  en  co- 
pia refrendada  por  el  mismo  Artigas,  hacia  el  año  1867; 
se  publicaron,  por  primera  vez,  en  1878.  lyos  histo- 
riadores, amigos  o  enemigos  de  su  autor,  han  escrito 
sin  conocerlas. 

Recordad  que  estamos  a  principios  del  año  1813. 
Si  tuviéramos  tiempo  de  recorrer  las  distintas  regio- 
nes de  América  en  ese  momento,  y  darnos  cuenta  del 
estado  de  la  revolución,  ese  estudio  nos  sería  verdade- 
ramente útil.  El  sol  de  Mayo  se  ponía  en  todas  partes; 
el  triunvirato  de  Buenos  Aires,  sin  pensamiento  ni 
pi opósito  fijo,  andaba  a  tientas,  tropezando  en  las 
tinieblas,  buscando  o  esperando  al  hombre  que  no 
aparecía,  y  a  quien  debía  reconocerse  por  su  corona  de 
oro.  En  la  Asamblea  Constituyente  brillarán  res- 
plandores inconscientes  y  fugaces.  Esa  Asamblea 
Constituyente  no  constituirá  nada,  porque  no  tiene 
fe  firme;  no  declarará  la  independencia,  ni  mucho 
menos;  adopta  algunos  símbolos,  un  escudo,  una  mo- 
neda, pero  no  abandona  la  bandera  española,  la  ban- 
dera real;  está  atada  a  la  antigua  metrópoli  por  el 
espíritu  tradicional  monárquico;  no  quemará  las  na- 
ves; las  calafateará  para  el  probable  regreso  al  puerto 
de  salida;  hará  reformas  importantes,  pero  reformas  en 
el  organismo  español;  es  algo  así  como  la  Constituyen- 
te de  Cádiz;  no  más.  No  hay- que  hacerle  cargos  por 
eso  ni  menoscabarle  gloria;  era  lo  natural,  lo  humano. 
El  genio  autóctono  no  estaba  allí;  allí  no  había  más 
que  reflejos  de  espíritus  remotos;  se  percibe  en  ella 
lo  que  nos  hace  advertir  tan  profundamente  Emerson: 
«lo  que  distingue  a  los  hombres  reputados  excelentes 
oradores  de  algún  ferviente  místico  profetizante,  semi- 
alocado  bajo  lo  infinito  de  su  pensamiento». 

Artigas,  más  vidente  que  sabio,  dicta  entonces  sus 


384  I#A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

instrucciones;  traza  en  ellas,  con  la  misma  seguridad 
que  Jefferson  y  Washington,  las  cifras  del  evangelio 
republicano.  No  son  ellas  una  opinión;  son  una  evi- 
dencia, un  grito  imperioso,  una  intimación  de  luz  que 
vibra  en  las  tinieblas,  y  proyecta  en  ellas  los  colores 
de  una  bandera  nueva.  Son  el  porvenir,  armado  de 
todas  armas,  que  aparece  en  el  presente,  como  una 
sombra  iluminada  que  es  preciso  obedecer. 

Esas  instrucciones  son  la  primera  y  la  última  pa- 
labras del  hombre  de  Mayo;  en  ellas  está  su  visión:  la 
visión  que  veréis  siempre  a  su  lado,  mirándolo  en  los 
ojos.  Comienzan  por  establecer  que  los  diputados 
orientales  deben  pedir  da  inmediata  declaración  de 
la  independencia  absoluta  de  estas  colonias,  las  cuales 
quedarán  ab sueltas  de  toda  obligación  de  fidelidad  a 
la  corona  de  España  y  familia  de  los  Barbones.  Y  que 
toda  conexión  política  entre  aquéllas  y  el  estado  de  Es- 
paña es  y  debe  ser  totalmente  disuelta.  No  aceptarán, 
en  substitución  del  régimen  abolido,  más  forma  de  go- 
bierno que  la  republicana,  ni  más  sistema  que  al  de  con- 
federación de  los  distintos  estados  soberanos  del  Platas. 

Eso  está  muy  pronto  dicho.  Hoy  nos  parece  la  cosa 
más  natural  del  mundo,  desde  que  es  eso  lo  que  ha 
sucedido,  y  debía  suceder.  Pero  en  1813,  eso  era  un 
desgarrón  audaz  del  velo  del  porvenir,  era  el  secreto 
manifiesto  que  todos  miran,  y  sólo  los  iluminados  ven. 
En  ninguna  región  de  la  América  austral  se  había 
hecho  una  declaración  igual  ni  parecida.  Sólo  en  la 
región  de  Bolívar,  allá  muy  lejos,  se  moría  por  esa  fe; 
pero  ella  flaqueará,  aun  en  el  alma  de  Bolívar.  Fer- 
nando VII seguía  reinando  moralmente  entre  nosotros. 
Belgrano  y  Rivadavia  irán  a  Europa,  antes  de  un  año, 
a  reconocer  a  Carlos  IV;  aUá  se  encontrarán  con  Sa- 
rratea,  pero  no  se  entenderán,  y  sólo  obtendrán  dolo- 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  385 

rosos  fracasos;  desahuciados  en  Europa,  Belgrano 
pensará  en  coronar  un  descendiente  de  los  rej^es 
incásicos.  lyO  esencial  es  que  sea  rey.  Me  extendería 
demasiado  si  os  recordara  los  casos  concretos;  pero 
bástenos  recordar  que  la  declaración  de  independen- 
cia de  las  Provincias  Unidas  del  Plata  será  hecha  sólo 
tres  años  después,  el  g  de  julio  de  1816,  por  el  Con- 
greso que  se  reunirá  en  Tucumán,  después  de  derro- 
cado el  que  ahora  examinamos;  esa  fecha  es  la  cifra 
gloriosa  de  la  República  Argentina.  I^a  declaración  de 
Tucumán  se  hizo,  sin  embargo,  tras  largas  vacñacio- 
nes  y  temores;  y  los  mismos  proceres  que  la  sancio- 
naron, lejos  de  declarar,  como  Artigas,  la  substitución 
del  régimen  colonial  por  la  forma  repubUcana,  pug- 
naron, entonces  y  después,  por  el  establecimiento  de 
una  dinastía  europea  en  el  Plata.  Ellos,  que  hoy  son, 
y  no  sin  causa,  glorificados  en  su  patria,  no  creían, 
sin  embargo,  en  el  pueblo,  como  fuente  posible  de 
soberanía  y  de  organización.  ¡Qué  no  daría  hoy  la 
noble  RepúbHca  Argentina,  qué  no  daríamos  los  hijos 
todos  del  Río  de  la  Plata,  por  ver  escritas,  en  las  actas 
de  ese  Congreso  de  Tucumán,  las  I nstrucciones  de 
Artigas! 

Eso  ha  dado  ocasión  a  que,  comparándose  la  his- 
toria del  Plata  con  la  del  Orinoco,  donde  Bolívar 
abrigó  casi  siempre  la  nueva  fe,  aunque  nunca  con 
la  firmeza  de  Artigas,  se  haya  afirmado  que  es  allá, 
en  el  Norte,  y  no  entre  nosotros,  donde  se  encuen- 
tra el  núcleo  de  la  democracia  americana  indepen- 
diente. Convengamos  en  que  eso  pudiera  afirmarse, 
con  más  o  menos  exactitud,  si  se  estudia  nuestra  his- 
toria del  Plata  sin  Artigas.  Bolívar  fué,  efectivamente, 
el  rival,  en  ese  concepto,  de  San  Martín,  y  éste  repre- 
sentaba el  espíritu  de  la  comuna  bonaerense.  Pero  la 

T.  I.-27 


386  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

historia  d¿l  Plata  sin  Artigas,  amigos  míos,  no  es  la 
historia  del  Plata;  está  mutilada,  y  también  calum- 
niada. Esa  brecha  que  algunos  han  creído  ver  en 
nuestros  fastos  rioplatenses  es  sólo  aparente;  es  la 
obra  de  los  que,  colocados  en  la  alternativa  de  tener 
que  confesar  a  Artigas  o  negar  la  esencia  popular  de 
la  revolución,  han  optado  por  lo  segundo;  han  depri- 
mido la  revolución  por  tal  de  aniquilar  al  héroe.  El 
pensamiento  de  Artigas,  no  el  de  sus  contradictores, 
fué  la  pasión  de  los  pueblos  todos  argentinos,  de  todos, 
orientales  y  occidentales,  el  motor  de  su  acción  he- 
roica. Este  Artigas  fué  el  inspirado  intérprete  y  con- 
ductor de  todos  ellos,  el  mensajero.  Estas  sus  Ins- 
trucciones, que  estamos  estudiando,  emanaron  del 
alma  de  esos  pueblos,  de  todos  los  pueblos  riopla- 
tenses. Artigas  es  }•  será  el  héroe;  él  vio  la  verdad 
intrínseca  de  nuestra  vida,  la  suprema  reahdad  per- 
manente. 

Y  la  vio  con  tal  precisión,  que  la  República  Argen- 
tina, después  de  cuarenta  años  de  luchas  y  tiranías, 
provocadas  por  el  antagonismo  entre  la  capital  y  las 
provincias,  que  Artigas  quiso  evitar,  sólo  ha  podido 
darse  su  organización  definitiva  con  su  Constitución 
de  1853.  Y  esa  Constitución,  amigos  artistas,  es,  en 
sus  líneas  fundamentales,  la  reproducción,  ni  más  ni 
menos,  de  las  instrucciones  que  dio  Artigas,  como 
Presidente  del  memorable  Congreso  del  Peñarol,  a 
los  diputados  orientales,  el  año  1813, 

En  ellas  se  consignaba,  además  de  la  declaración 
angular,  lo  siguiente:  «No  se  admitirá  más  sistema  que 
el  de  confederación  para  el  pacto  recíproco  de  las 
provincias  que  formen  el  Estado. — Se  promoverá 
4k  libertad  civil  y  religiosa  en  toda  la  extensión  ima- 


El.  PENvSAMIENTO  DE  ARTIGAS  387 

ginable. — Como  el  objeto  del  Gobierno  debe  ser  con- 
servar la  igualdad,  libertad  y  seguridad  de  los  ciuda- 
danos y  de  los  pueblos,  cada  provincia  formará  su 
gobierno  sobre  esas  bases,  además  del  gobierno  su- 
premo de  la  nación. — Así  éste  como  aquél,  se  dividi- 
rán en  poder  legislativo,  ejecutivo  y  judicial,  que 
siempre  serán  independientes. — El  Gobierno  Supremo 
entenderá  sólo  en  los  negocios  generales  del  Estado. 
El  resto  es  peculiar  del  gobierno  de  cada  provincia. 
Quedan  abolidas  las  aduanas  interprovinciales. — El 
despotismo  militar  será  aniquilado  para  asegurar  la 
soberanía  de  los  pueblos. — I^a  capital  se  establecerá 
fuera  de  Buenos  Aires.» 

Todo  esto  se  refiere,  como  lo  veis,  a  la  estructura  del 
conjunto  de  los  Estados  confederados;  pero  Artigas  es- 
tableció la  del  Estado  Oriental  de  una  manera  especial 
y  precisa.  En  esas  admirables  Instrucciones  comenzó 
por  trazar  las  fronteras  de  su  patria,  que  él  veía  arrai- 
gadas en  las  entrañas  de  la  tierra  y  en  las  de  la  historia. 
En  su  nota  de  1811  al  gobierno  del  Paraguay,  hemos 
visto  que  decía:  «I^a  Banda  Oriental  es  la  hermana,  la 
aliada  de  Buenos  Aires;  pero  tiene  sus  limites  propios, 
sen  alados  por  la  naturaleza».  Ahora,  en  sus  Instruccio- 
nes de  1813,  dice:  «El  territorio  que  ocupan  estos  pue- 
blos de  la  costa  oriental  del  Uruguay  se  extiende 
desde  los  siete  pueblos  de  Misiones,  que  hoy  ocupan 
injustamente  los  portugueses,  y  que  a  su  tiempo  deberán 
reclamarse,  hasta  la  fortaleza  de  Santa  Teresa.  Ese  será, 
en  todo  tiempo,  el  territorio  de  este  Estados. 

¡Hoy  no  lo  es,  amigos  artistas,  hoy  no  lo  es!  Ya  ve- 
réis, más  adelante,  por  qué  los  orientales  no  poseemos 
íntegra  la  legítima  herencia  del  padre  Artigas. 

«Iva  Provincia  Oriental,  continuaban  las  «Instruccio- 
nes», entra  en  una  firme  liga  de  amistad  con  cada  una 


388  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

de  las  otras,  para  la  defensa  común,  para  su  libertad, 
para  la  mutua  y  general  felicidad;  pero  retiene  su  so- 
beranía, su  libertad  e  independencia;  retiene  todo  po- 
der, jurisdicción  3'  derecho  que  no  sean  expresamente 
delegados  al  conjunto  de  las  provincias,  unidas  a  su 
Congreso.  Bl  Estado  Oriental  tendrá  su  constitución 
territorial,  y  sancionará  la  general  de  las  provincias 
unidas  que  forme  la  Asamblea  Constituyente.  Podná 
levantar  los  regimientos  que  necesite,  nombrar  sus 
jefes,  organizar  sus  fuerzas.» 

Por  fin,  se  establece  que  la  Constitución  general 
asegurará  a  las  provincias  la  forma  republicana  de 
gobierno,  y  garantirá  a  todas  y  cada  una  de  ellas  sus 
derechos,  su  seguridad,  su  soberanía. 

Ahí  tenéis,  amigos,  el  pensamiento  de  Artigas,  No 
me  parece  indispensable  a  mi  propósito  el  establecer, 
de  acuerdo  con  el  tecnicismo  jurídico,  si  en  ese  pen- 
samiento estaba  el  concepto  de  un  gran  Estado 
federal,  o  el  de  una  Confederación  de  Estados.  Héctor 
IVIiranda  ha  escrito  sobre  eso,  y  sobre  las  memorables 
Instrucciones  en  detalle,  un  libro  lleno  de  sólida  erudi- 
ción y  de  mérito.  Pero  eso  es  accidente  para  nosotros. 
A  nosotros  nos  basta  con  saber  que,  en  aquel  pensa- 
miento, estaba  la  independencia  republicana  de  todos 
estos  pueblos  desprendidos  de  la  metrópoli  española; 
lo  mismo  la  del  Uruguay  que  la  de  la  Argentina;  lo 
mismo  la  de  Bolivia  que  la  del  Paraguay.  La  unión 
o  separación  de  esos  estados,  en  una  forma  o  en  otra, 
será  obra  accidental  de  los  sucesos.  Lo  esencial  aquí 
es  la  personalidad,  la  vida  de  todas  y  cada  una  de 
esas  entidades  sociológicas.  Porque,  eso  sí,  quiero  que 
advhtáis  desde  ahora,  artistas  amigos,  con  grandí- 
sima atención,  para  que  percibáis  el  rasgo  caracte- 
rístico de  Bolívar  allá  en  el  Norte,  y  mucho  más  el 


El.  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  389 

de  este  nuestro  Artigas  en  el  vSur.  Artigas  tiene  un 
doble  carácter:  es  el  jefe  de  uno  de  los  pueblos  de  la 
confederación  que  está  en  su  mente,  el  Estado  Orien- 
tal; y,  al  propio  tiempo,  el  creador  de  la  confederación 
misma  republicana,  el  solo  creador.  Observad,  desde 
ahora,  que  él  no  se  incluye  entre  los  representantes 
de  ese  Estado  Oriental,  como  no  se  incluirá  entre  los 
de  los  otros;  los  pone  a  todos  en  el  pleno  goce  de  sus 
derechos:  en  sus  Instrucciones  proclama,  no  bolo  la 
independencia  oriental,  sino  la  independencia  abso- 
luta de  estas  colonias,  para  que  formen  naciones  sobe- 
ranas confederadas.  Bl  será  el  Jefe  de  los  Orientales; 
pero  sobre  ese  carácter,  que  acaso  pudiéramos  llamar 
específico,  se  siente  investido  del  genérico  de  Protec- 
tor de  los  Pueblos  Libres,  como  será  llamado.  Él  es 
el  lyibertador  del  Plata,  como  Bolívar  lo  es  del  Ori- 
noco; pero  con  una  fe  republicana  más  firme  que  la 
de  Bolívar;  con  una  visión  más  clara  y  más  imperiosa, 
como  brotada  más  directamente  de  la  naturaleza, 
y  menos  adulterada  por  extraños  artificios. 

Y  con  esa  fe,  sueña,  como  lo  habéis  visto,  en  llegar 
hasta  el  Perú,  hasta  encontrarse  con  Bolívar;  con 
ella  seguirá  anhelante,  desde  su  tierra,  los  pasos  de 
San  Martín,  cuando  éste  cruce  los  Andes;  con  ella, 
por  fin,  y  en  ella  morirá,  y  será  enterrado  de  limosna. 


IV 


Se  ha  dicho,  como  antes  lo  insinuábamos,  que  no 
fué  Artigas  quien  escribió  las  Instrucciones  de  1813. 
¡Como  si  todos  los  grandes  hombres  lo  hubieran  hecho 
todo  por  su  mano' 

Pero  bien:  si  no  fué  Artigas  el  que  abrigó,  y  dio  for- 


390  I«A.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

ma,  y  custodió  ese  pensamiento,  debe  haber  existido, 
en  la  Banda  Oriental,  otra  persona  a  quien  debamos 
atribuirlo,  pues  no  se  concibe  un  pensamiento  que  no 
radique  en  una  persona,  en  una  conciencia.  Dígase, 
pues,  quién  es  ese  otro,  y  lo  proclamaremos  el  héroe. 
Pero  el  hecho  es  que  ese  tal  estaba  allí,  sólo  allí,  en 
el  Congreso  oriental  de  1813,  y  es  preciso  encontrarlo; 
el  hecho  es  que  iba  con  Artigas;  en  Artigas  era  con- 
ciencia permanente,  y  verbo,  y  acción...  ¿Dónde  está, 
pues,  ese  otro  hombre  superior,  que  se  esconde  en  la 
cara  de  Artigas?  ¿Cómo  se  llama? 

Ninguno  de  los  estadistas,  más  o  menos  preparados, 
de  Buenos  Aires,  indicó,  ni  remotamente,  esa  doctri- 
na, cuyo  origen  es  hoy  bien  conocido;  todos  sabemos 
que  ella  no  es  otra  que  la  Constitución  de  Estados 
Unidos.  Y  mal  podían  aquéllos  indicarla,  porque  no 
la  conocían,  como  la  conocía  y  estudiaba  de  la  Mora  en 
el  Paraguay.  Riv adavia,  el  más  ilustrado  de  todos 
ellos,  era,  como  lo  dice  don  Andrés  llamas,  un  discí- 
pulo de  los  filósofos  y  revolucionarios  franceses;  no 
concebía  ni  conocía  más  sistema  de  gobierno  que  el 
unitario,  el  centralismo  absoluto:  monárquico  prime- 
ramente, republicano,  por  fin,  cuando  no  se  pudo 
menos;  pero  oligárquico.  Se  ha  pretendido  atribuir  a 
Mariano  Moreno  el  conocimiento  y  hasta  la  adopción 
del  pensamiento  de  Artigas;  para  ello,  se  ha  llegado 
hasta  a  intercalar  en  sus  escritos  un  párrafo  que  no 
figura  en  la  Gaceta  de  Buenos  Aires,  de  que  fueron 
tomados. 

Pero,  no;  hoy  la  luz  es  meridiana;  no  vino  del  otro 
lado  del  Plata  aquel  vital  espíritu,  por  más  que  yo 
mismo  oí  decir  una  vez  a  Sarmiento  que  fué  su  ilus- 
tre deudo  Fray  Justo  de  Santa  María  de  Oro  quien 
hizo  conocer  a  Monterroso,  secretario  de  Artigas,  las 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  393 

cha,  pero  no,  como  la  primera,  inocente  labradora  sin 
pasiones,  sino  voluptuosa  y  palpitante,  capaz  de  arras- 
trar al  pueblo  a  sus  brazos  y  estrangularlo  en  ellos 
como  una  hermosa  fiera.  Era  la  anarquía.  El  caba- 
llero que  la  amara  no  sería  el  inocente  andante  de 
la  Mancha,  símbolo  de  toda  abnegación  generosa,  des- 
tinado a  ser  la  burla  de  arrieros  y  venteros  y  Sanchos 
Panzas;  no  debía  ser  tratado  por  los  duques  opulen- 
tos como  objeto  de  regocijadas  parodias  caballeres- 
cas, sino  considerado  criminal  y  peligroso,  reo  de  lesa 
patria  americana,  y  condenado  a  muerte. 

Artigas  era  el  caballero,  el  Quijote  siniestro.  Reo 
será  de  muerte. 

Inútiles  fueron  sus  esfuerzos  porque  los  diputados 
orientales  se  incorporaran  ala  Asamblea  Constituyen- 
te, a  hacer  oir  al  menos  la  voz  sincera.  Ya  os  he  hecho 
saber  quiénes  son  los  que  esperan  en  Buenos  Aires  a 
esos  diputados  orientales:  ya  sabéis,  pues,  lo  que  allí 
va  a  acontecer.  Eran,  sin  embargo,  bien  dignos  de 
respeto.  El  ilustre  Dámaso  I^arrañaga  por  sí  solo 
hubiera  podido  inspirarlo.  Y  don  Mateo  Vidal,  don 
Felipe  Cardóse,  don  Marcos  Salcedo  y  el  doctor  don 
Francisco  Bruno  Rivarola,  que  lo  acompañaban,  no 
le  iban  en  zaga.  No  merecieron  consideración,  des- 
graciadamente. Se  presentaron  por  primera  vez,  y  fue- 
ron rechazados:  había  defectos  de  forma  en  la  elección. 
Artigas  convocó  al  pii^blo  por  segimda  vez,  para  que 
ratificara  los  poderes  de  sus  diputados.  El  pueblo  los 
ratificó.  Por  segunda  vez  fueron  rechazados  en  la 
Asamblea. 

Buenos  Aires,  como  antes  lo  hemos  visto,  no  que- 
ría eso,  sino  la  otra  cosa,  Y  no  pudiendo  obtenerla, 
y  a  pretexto  de  que  se  anunciaba  la  llegada  a  Monte- 
video de  refuerzos  de  España,  resolvió,  por  segunda 


394  I"*-  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

vez,  levantar  el  sitio;  abandonar  de  nuevo  la  Provin- 
cia Oriental  a  su  propio  destino,  ya  que  lo  quiere 
propio,  distinto  del  que  a  todos  adjudica  la  comuna 
oligárquica. 

Kn  el  mes  de  mayo  de  1813,  se  ordenó  a  Ronde au  el 
retiro  inmediato  del  ejército  auxiliar.  Rondeau  logró 
paralizar  la  ejecución  de  esa  inconsiderada  medida; 
pero  la  orden  fué  reiterada  y  confirmada,  aun  antes 
de  recibirse  el  parte  oficial  de  la  llegada  de  los  refuer- 
zos españoles. 

Se  ordenó  a  Rondeau  terminantemente  que  levan- 
tara el  asedio,  y  se  embarcara  con  el  ejército  en  la 
Colonia,  donde  ya  estaban  prontos  los  transportes 
necesarios.  Rondeau  insistió,  demostró,  triunfó.  No 
pudo  resistírsele;  el  sitio  continuó.  Esta  insistencia 
de  Rondeau  forma  acaso  lo  mejor  de  su  gloria. 

Bien  es  verdad  que  el  gobierno  de  Buenos  Aires 
quería  destinar  las  tropas  del  asedio  de  Montevideo 
a  reforzar  las  que,  allá  en  el  Norte,  resistían  la  inva- 
sión del  español  que  venía  del  Perú;  pero  eso  demues- 
tra, una  vez  más,  lo  que  antes  os  he  hecho  ver  con  cla- 
ridad: que  la  Provincia  Oriental  no  era  necesaria  para 
la  integración  del  gran  virreinato  españolandino; 
que  éste  era  lo  principal  y  aquélla  lo  accesorio;  que 
la  región  oriental  sería  siempre  abandonada,  si  así 
lo  exigían  los  intereses  de  la  occidental;  que  eso  éralo 
que  se  pretendía  de  Artigas  ante  todo:  el  sacrificio  de 
la  Patria  Oriental,  siempre  y  cuando  así  lo  reclamara 
la  existencia  de  la  Occidental,  3'"  cualquier  fuese  la 
forma  que  para  ésta  adoptara  su  oligarquía.  Y  Arti- 
gas no  debía  querer,  ni  quiso  jamás  tal  cosa.  El  es, 
ante  todo  y  sobre  todo,  el  Jefe  de  los  Orientales;  ése 
fué  su  crimen:  el  buscar,  en  la  Banda  Occidental,  los 
aliados  o  auxiliares  sinceros  de  la  Oriental,  los  ani- 


ET,   PENSAMIENTO   DE  ARTIGAS  395 

mados  del  grande  espíritu  común  americano.  Y  los 
halló,  por  cierto;  los  halló  en  todos  los  pueblos  argen- 
tinos, sin  excluir  el  de  Buenos  Aires. 

El  triunvirato  consintió,  por  fin,  en  que  el  sitio  de 
Montevideo  continuase  esa  vez.  Pero  era  necesario 
entonces  que  la  condición  sine  qua  non  se  cumpliese: 
ordenó  a  Ronde au  que  enviase  representantes  a  la 
Asamblea  Constituyente;  pero  que  fuera  él,  el  jefe 
de  los  bonaerenses,  y  no  el  Jefe  de  los  Orientales,  quien 
presidiese  la  elección,  según  sus  instnicc iones. 

Artigas  hizo  entonces  el  último  esfuerzo. 

¿Vivía  aún  en  su  alma  fuerte  la  esperanza  de  con- 
ciliar la  soberanía  oriental,  y  la  soñada  patria  repu- 
blicana, con  el  núcleo  dirigente  de  Buenos  Aires,  con 
el  buen  Sarratea,  con  el  espléndido  joven  Alvear,  con 
el  enfático  Rivadavia,  con  el  siniestro  Monteagudo? 

Cuesta  creerlo;  pero  el  hecho  es  que,  invitado  por 
Rondeau,  accedió  a  subscribir  con  éste  la  nueva  con- 
vocatoria al  Pueblo  Oriental. 

¡Inútiles  tentativas!  Rondeau,  de  acuerdo  con  sus 
instrucciones,  hizo  de  aquella  asamblea,  que  reunió 
bajo  su  propia  presidencia  e  inmediata  dirección  en 
la  Capilla  de  Maciel,  y  no  en  el  campo  de  Artigas, 
como  estaba  convenido,  el  más  poderoso  recurso  para 
aniquilar  a  éste,  presentándolo  ante  sus  mismos  com- 
patriotas como  un  espíritu  díscolo  e  irreductible.  Un 
miembro  del  Congreso,  García  Zúñiga,  se  atrevñó  a 
insinuar  que  aquella  asamblea  civil  no  debía  ser  pre- 
sidida por  el  jefe  mihtar  de  Buenos  Aires;  pero  la 
mayoría  juzgó  que  sí,  que  debía  ser  encabezada  por 
Rondeau,  «cuya  moderación  y  prudencia  eran  cono- 
cidas». Y  así  era  la  verdad.  Nada  más  conocido  que 
la  prudencia  de  Rondeau;  pero  nada  más  desconocido 


396  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

de  aquella  gente  honrada  que  las  instrucciones  de  que 
aquél  es  instrumento  pasivo.  Es  éste,  amigos,  como 
lo  veis,  uno  de  tantos  casos  de  la  pugna  entre  la  reali- 
dad percibida  por  un  hombre  solo  y  las  apariencias 
visibles  al  común  de  las  gentes.  Nada  más  fácil  que 
presentar  al  primero  como  un  irracional  a  los  ojos 
de  los  segundos.  Fué  ésa  siempre  la  situación  de  Arti- 
gas, ante  sus  contemporáneos  primero,  y  ante  la  his- 
toria provisional  después:  la  del  vidente  lapidado  que, 
en  posesión  de  la  realidad  futura,  no  puede  rendirla 
ante  las  presentes  engañosas:  es  lo  que  se  llama  un 
carácter,  un  hombre  intenso,  ausente  de  todas  partes, 
menos  de  sí  mismo. 

El  carácter  de  ese  Congreso  de  la  Capilla  de  Ma- 
ciel  está  trazado  por  el  ilustre  Pérez  Castellano,  ac- 
tor en  él,  y  persona  cuyo  significado  debemos  advertir 
aquí.  «En  la  puerta  del  salón,  dice,  estaba  de  facción 
un  ayudante  que,  a  la  menor  señal,  podía  llamar  ocho 
o  diez  dragones,  que  no  hubieran  dejado  títere  con 
cabeza...»  «En  la  elección  de  diputados  no  se  tuvo 
por  objeto  el  bien  de  la  Provincia  Oriental,  sino  pre- 
sentar un  documento  de  subordinación  al  gobierno 
de  Buenos  Aires.»  Y  concluye  diciendo  que  «en  el 
seno  de  la  Asamblea  se  echaba  bien  de  ver,  por  el  ge- 
neral silencio  que  se  hacía  en  torno  de  las  cuestiones 
importantes,  que  entre  los  concurrentes  no  había  la 
libertad  necesaria  para  tales  casos,  y  que  sólo  enmu- 
decían de  terror  y  espanto». 

Este  sentir  del  doctor  Pérez  Castellano  sobre  el 
Congreso  de  Maciel  tiene,  como  la  propia  personali- 
dad de  ese  anciano  clérigo  oriental,  un  significado 
que  debemos  detenernos  a  considerar  para  entender 
bien  a  Artigas.  Vosotros  os  habéis  encontrado  ya  con 
aquél,  cuando  os  lo  presenté,  como  autor  de  la  fórmu- 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  397 

la  de  Mayo,  en  el  Cabildo  Abierto  de  Montevideo 
en  1808.  Confirmaréis  aquí,  al  verlo  protestar  contra 
las  imposiciones  de'Rondeau  y  sits  dragones,  lo  que 
entonces  os  dije  sobre  lo  que  tan  ilustre  persona 
representa.  Pérez  Castellano  es  un  desorientado  como 
tantos  otros,  y  no  es  digno  por  eso  de  reproche.  Com- 
prende, no  sin  pena  quizá,  que  el  rey  viejo  ha  muerto; 
pero  no  acaba  de  reconocer  al  nuevo  que  ha  nacido; 
echa  de  menos  los  atributos.  No  lo  ve  en  Buenos 
Aires,  por  supuesto,  y  en  eso  disiente  de  don  Valentín 
Gómez,  verbigracia,  capellán  de  Artigas  en  Las  Pie- 
dras y  agente  después  de  las  ambiciones  bonaerenses; 
pero  tampoco  lo  ve  ni  puede  Verlo  en  Artigas,  su 
compatriota,  por  más  que  comparta  su  pensamiento 
con  relación  a  la  antigua  capital.  De  rey  abajo,  nin- 
guno, dice  el  valiente  clérigo,  como  el  leal  vasallo 
antiguo. 

«I/O  que  yo  sé,  escribe  en  alguna  de  sus  obras,  es 
que  el  mismo  derecho  que  tuvo  Buenos  Aires  para 
substraerse  al  gobierno  de  la  metrópoli  española  tiene 
esta  Banda  Oriental  para  substraerse  al  gobierno  de 
Buenos  Aires.  Desde  que  faltó  la  persona  del  rey, 
que  era  el  vínculo  que  a  todos  nos  unía  y  subordi- 
naba, han  quedado  los  pueblos  acéfalos,  y  con  dere- 
cho a  gobernarse  por  sí  mismos.» 

Ya  lo  veis,  pues:  para  el  doctor  oriental,  mezcla 
de  aurora  y  de  crepúsculo,  las  cenizas  del  viejo  fénix 
se  han  dispersado;  pero  no  se  ven  los  filamentos 
orgánicos  del  nuevo,  como  dice  Carlyle;  rota  la  sumi- 
sión al  rey  de  España,  no  encuentra  vínculo  alguno 
entre  los  pueblos  del  continente;  para  combatir  la 
tendencia  de  Buenos  Aires,  que  sólo  encuentra  tsl 
vínculo  en  su  propia  corona  comunal,  Pérez  Caste- 
llano quiere  la  independencia  de  cada  pueblo  por  su 


398  I, A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

lado.  Tanto  el  uno  como  el  otro  son  la  anarquía,  pre- 
cisamente, como  lo  veis;  la  impotencia  común. 

Artigas,  no;  Artigas  es  otra  cosa;  es  todo  lo  con- 
trario; él  es  el  orden.  Está  tan  distante  del  ilustre 
clérigo,  su  compatriota,  como  de  los  otros;  cree  en  la 
existencia  de  un  nuevo  y  potente  vínculo  de  vida 
entre  los  pueblos  americanos:  la  independencia  con- 
tinental, obtenida  por  todos  ellos,  unidos  o  confede- 
rados; por  los  platenses  en  primer  término. 

Pérez  Castellano  es  el  antiporteño  clásico,  el  car- 
taginés colonial;  Artigas,  no,  y,  precisamente  por  eso, 
por  demasiado  amigo  de  Buenos  Aires,  es  mirado 
de  reojo  por  su  ilustre  compatriota,  que  ve  en  él  un 
conde  don  Julián,  un  traidor  a  su  rey,  y  un  aliado  del 
moro.  El  moro,  para  Pérez  Castellano,  es  el  porteño. 

Yo  podría  enseñaros  aquí,  amigos  míos,  cómo  esa 
unidad  o  confederación  impuesta  por  Artigas  a  la 
ciudad  de  Buenos  Aires  en  nombre  de  los  pueblos, 
y  la  resistencia  de  ésta  en  nombre  de  sus  privilegios 
virreinales  y  de  su  superioridad  inalienable,  consti- 
tuye la  historia  de  la  república  argentina  anterior 
a  su  organización  definitiva;  ésta  se  consuma  sólo 
con  la  ejecución  del  programa  de  aquel  vidente  obs- 
tinado: con  la  entrega  de  la  capital  de  Mayo  a  los 
pueblos  todos  argentinos,  sus  verdaderos  dueños.  No 
cabe  tal  estudio  en  este  momento;  pero  vosotros  toca- 
réis con  la  mano  esa  verdad,  que  brota  ya  clarísima 
de  la  infrahistoria,  a  medida  que  las  verdades  se 
van  encendiendo  en  las  tinieblas. 

Rondeau  procedía  con  sinceridad,  sin  embargo,  al 
presidir  con  sus  dragones  el  Congreso  de  Maciel;  él 
creía  en  la  soberanía  de  Buenos  Aires  como  en  el 
solo  vínculo  posible.  Ya  sabéis  que  él  no  veía  sino  las 
apariencias;  nadie  hablaba  dentro  de  él;  todo  le  venía 


Er<  PENSVMIENTO  DE  ARTIGAS  399 

de  afuera.  Sólo  más  tarde,  cuando  los  hechos  le  hagan 
tocar  con  la  mano  la  realidad  que  ve  Artigas,  se  rebe- 
lará contra  Alvear;  pero  en  este  momento— y  nada 
tiene  de  extraño— no  cree,  ni  puede  creer  en  el  héroe. 
Rondeau,  que  ha  recibido  nuevas  instrucciones  de 
Buenos  Aires,  se  dirige  a  Artigas  el  i6  de  abril,  pre- 
cisamente cuando  éste  acaba  de  realizar  el  Congreso. 
«Después  de  las  fatigas,  le  dice,  y  agitaciones  de  espí- 
ritu que  tanto  tiempo  ha  smrido  V.  S.  con  generosa 
constancia,  por  precaverse  de  que  algún  nuevo  gé- 
nero de  política  mezquina  o  ambiciosa  intentase  ofus- 
car, en  los  primeros  días  de  nuestra  libertad  naciente, 
la  dignidad  del  Pueblo  Oriental,  que,  en  parte,  milita 
bajo  su  esclarecida  conducta,  yo  tengo  la  singular 
satisfacción  de  poder  iniormar  a  V.  S.  que  el  Superior 
Gobierno  Ejecutivo,  adoptando  de  buena  fe  los  medios 
más  liberales  y  elicaces  para  remover  del  concepto 
de  V.  S.  cualquier  duda  o  incertidumbre  en  aquel 
respecto,  me  autoriza  e  instru^'e  suficientemente,  por 
sus  últimas  comunicaciones  del  6  del  corriente,  para 
oir  3  tratar  con  V.  vS.  en  el  asunto  de  sus  solicitudes 
y  las  del  Pueblo  Oriental.» 

Lo  invita,  en  ese  concepto,  a  tratar  con  él,  en  la 
seguridad  de  que  «descansará  (igualmente  que  la  Pro- 
vincia) de  los  celos  que  le  hacían  mirar  por  su  digni- 
dad y  por  el  decoro  debido  a  sus  derechos». 

('Nada  para  mí  más  lisonjero,  nada  más  satisfac- 
torio, nada  más  glorioso  que  la  comunicación  esti- 
mable de  V.  S.  data  de  a3-ep>,  contesta  Artigas.  Y, 
exponiéndole  ampHamente  sus  fundamentos,  le  remite 
lo  que  el  Pueblo  Oriental  ha  sancionado,  como  la  sola 
garantía  del  derecho  de  todos,  en  el  reciente  Congreso 
del  Peñarol. 

Rondeau  debió  quedar  como  quien  ve  visiones  ante 


400  I,A   EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

aquellos  documentos;  él  tenía  preparadas  para  Arti- 
gas, no  cabe  duda,  las  ¡calmas  de  oro  de  brigadier  de 
la  nación,  y  hasta  la  esperanza  de  llegar  adonde  él 
mismo  llegó:  a  ser  Director  Supremo  de  las  Provin- 
cias Unidas...  ¡Pero  declaración  de  independencia! 
¡Régimen  republicano  federal,  con  división  de  pode- 
res, y  respeto  de  la  autonomía  de  los  pueblos!...  Aque- 
llo era  una  barbaridad.  Aquel  hombre  era  un  loco  de 
atar. 

Rondeau  no  pudo  menos,  el  pobre,  de  romper  con  él. 
En  una  de  sus  comunicaciones  posteriores  llega  a  de- 
cirle: «Son  muy  dignas  de  V.  S.  las  reflexiones  que  me 
hace.  ¡Ojalá  que  bastaran  a  acallar  pretensiones,  si  no 
injustas,  intempestivas  e  inoportunas,  cuando  menos, 
y  que  ellas  tuvieran  poder  para  refrenar  la  impru- 
dente licencia  con  que  algunos  díscolos,  llenos  del  espí- 
ritu de  discordia  que  los  anima,  se  complacen  en 
sembrar  imposturas,  con  la  idea  de  fomentar  lá  des- 
confianza y  la  división,  teniendo  el  descaro  de  zaherir 
los  respetos  de  un  gobierno  que  los  llena  de  beneiicios, 
gobierno  del  que  dependemos,  y  sin  el  cual  ni  aun  res- 
pirar podemos!» 

Este  bravo  de  Rondeau  era  un  hombre  ingenuo, 
indudablemente;  alieni  juris.  No  pasarán  dos  años, 
sin  embargo,  como  lo  veréis,  sin  que  él  mismo  haga 
lo  que  Artigas,  aunque  inducido  por  otros:  se  rebelará 
contra  ese  gobierno,  y  seguirá  respirando...  sólo  res- 
pirando. Pero  cuidemos  mucho  de  no  tener  ahora 
ni  un  solo  pensamiento,  que  no  sea  de  glorificación 
para  el  hombre  honrado  que  venció  en  el  Cerrito. 

Sí,  bravo  amigo,  candoroso  amigo;  el  Pueblo  Orien- 
tal puede  respirar  también  sin  el  gobierno  de  Buenos 
Aires.  Prescindirá  de  éste,  y  buscará  directamente 
al  pueblo  occidental,  al  pueblo  argentino,  su  hermano, 


Er,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  4OI 

SU  aliado,  que  lo  llama  y  le  pide  protección  contra 
la  comuna  de  la  capital,  sin  la  cual  también  quiere 
respirar,  respirar  cuando  menos.  Este  sí  que  recono- 
ce a  Artigas;  lo  descubrió  en  Las  Piedras,  y  lo  vio  de 
cerca  }'■  lo  reconoció  en  el  Ayuí.  Y  ahora,  sobre  todo, 
ahora  que  ha  visto  su  pensamiento  escrito  en  sus 
Instrucciones,  distingue  y  aclama  en  él  al  solo  intér- 
prete de  la  revolución  de  Mayo,  al  solo  conductor  que 
lleva  a  lo  que  todos  anhelan  con  más  o  menos  pre- 
cisión. 


V 


No,  Rondeau  no  veía  claro  ni  mucho  menos;  el 
Jefe  de  los  Orientales  no  es  un  díscolo;  es  más  bien 
un  ingenuo,  casi  un  inocente.  Artigas  tiene  su  plan 
de  acción;  pero,  como  aun  cree  posible  la  unión  entre 
el  gobierno  central  y  los  pueblos  argentinos  vivos, 
no  se  resolverá  a  prescindir  de  aquél  para  acudir  a 
éstos  sin  antes  agotar  todo  humano  recurso  de  razo- 
nable conciliación.  Él  quería  y  esperaba  ser  el  nexo, 
como  lo  hemos  dicho,  entre  aquella  cabeza  y  el  resto 
del  organismo,  todo  nervios  y  corazón. 

Era  imposible,  por  desgracia,  fundamentalmente  im- 
posible. ^  no  por  causa  de  Artigas  a  buen  seguro, 
ni  de  aquellos  pobres  pueblos  que  lo  llamaban  en  su 
auxilio  por  irresistible  instinto.  Vosotros  sabéis  lo 
que  Rondeau  no  sospechaba:  las  causas  sociológicas 
de  ese  fenómeno.  La  oligarquía,  no  el  pueblo,  tam- 
poco, de  Buenos  Aires,  si  bien  era  parte  del  nuevo 
organismo,  lo  era  mucho  más  del  viejo,  del  colonial; 
no  creía,  por  consiguiente,  en  la  existencia  de  un 
alma  nueva,  con  potencias  y  facultades  propias,  creada 

T.  1.-28 


402  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

para  informar  substancialmente  aquel  cuerpo  recién 
salido  del  útero  español;  sólo  veía  en  él  un  conjunto 
de  energías  movidas  o  determinadas  por  ajena  fuerza, 
incapaz,  poi  consiguiente,  de  derechos  y  deberes  con- 
substanciales. No  concibe,  por  ende,  más  acción  eficaz 
que  imponer  el  Corán  por  la  cimitarra,  como  hemos 
dicho. 

I/)S  tratados  que  le  hemos  visto  celebrar  con  esos 
pueblos,  con  el  Paraguayo  primero,  tras  los  desastres 
de  Belgrano,  y  con  el  Oriental  después,  tras  la  expul- 
sión de  Sarratea,  han  sido  falaces;  le  han  sido  arran- 
cados por  quien,  según  ella  juzga,  no  es  capaz  de 
derechos,  y  no  se  cree  en  la  obligación  moral  de  res- 
petarlos. 

En  cuanto  a  los  demás  núcleos  populares  que  aim 
no  han  podido  imponerse,  los  provoca  con  una  falta 
de  tino  que  da  pena;  les  envía  sus  delegados,  especie 
de  procónsules  romanos,  que  parecen  empeñados  en 
enconar  aquellos  pueblos.  Desde  Charcas  y  Potosí, 
en  el  Alto  Perú,  que  será  la  República  de  Bolivia, 
y  en  donde  tan  tristes  recuerdos  dejó  la  primera 
expedición  auxiliadora,  con  Castelli  a  la  cabeza,  hasta 
Córdoba  y  Tucumán  y  Santa  Fe,  que  pronto  se  refu- 
giarán en  Artigas,  todos  los  gobernadores-intendentes 
son  delegados  de  la  logia  que  el  joven  Alvear  preside. 
Así  lo  hará  con  la  Banda  Oriental,  no  bien  consiga 
ser  dueño  de  su  capital,  Montevideo;  y  así  ha  querido 
y  quiere  hacerlo  con  el  Paraguay,  y  lo  hubiera  hecho, 
a  no  haber  escapado  con  él  a  su  guarida  el  buen  doctor 
don  Gaspar  Rodríguez  de  Francia. 

Bra  un  gravísimo  error.  Aquellos  sembradores  de 
vientos,  lo  mismo  el  deán  Funes  que  Rivadavia, 
tanto  Nicolás  de  Herrera  como  Pueyrredón,  no  sabían 
otra  cosa  que  libros,  y  no  muchos,  que  digamos;  no 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  4O3 

sabían  nada,  pues,  para  el  caso.  Eran  lo  aprendido, 
y  la  negación  de  lo  heroico,  por  consiguiente.  El  que 
quiera  ser  héroe  personal  (y  los  héroes  lo  son  siem- 
pre) tendrá  que  desprenderse  de  ese  centro  de  anar- 
quía. Si  San  Martín  ha  de  ser  tal,  una  persona  heroica 
(y  sí  que  lo  fué),  se  verá  obligado  a  rebelarse  contra 
esa  logia  de  semisabios;  a  abrazar  el  artiguismo,  como 
será  llamado  ese  espíritu.  El  mismo  sumiso  Belgrano 
tendrá  que  desobedecer  para  triunfar  en  Tucumán. 
Güemes  será  el  héroe  del  Norte;  pero  al  grito  de* 
¡Mueran  los  porteños!  Estudiaremos  todo  eso;  lo  estu- 
diaremos detenidamente,  pues  vale  la  pena. 

Pero  deploremos  entretanto  el  empecinamiento  de 
aquella  oligarquía,  en  obligar  a  Artigas  a  separarse 
de  ella,  malgrado  su  buena  voluntad,  para  poder 
llenar  su  misión  heroica.  Él  y  su  patria,  como  núcleo 
que  son  del  alma  nueva,  forman  el  objeto  principal 
de  las  aversiones  de  la  antigua;  es  preciso,  si  se  ha 
de  hacer  obra  práctica,  deshacerse  del  uno  y  de  la 
otra.  Si  no  se  puede  con  la  propia  cimitarra,  se  recu- 
rrirá a  la  ajena,  a  Portugal,  a  Inglaterra,  al  mismo 
demonio,  si  el  demonio  está  dispuesto  a  cargar  con 
ellos. 

La  guerra  contra  este  héroe  es  implacable;  debe 
ser  previa  a  la  de  España;  condición  sine  qua  non 
para  que  tenga  la  solución  racional:  la  coronación 
de  un  príncipe  independiente,  de  legítima  sangre  real. 

¡Cómo  se  empeña  entonces  el  honrado  caudillo, 
antes  de  resolverse  a  la  acción  propia,  cómo  se  em- 
peña en  convencer  a  aquellos  hombres  de  que  la 
unidad  que  buscan  es  irreal;  de  que  la  tiranía  no 
puede  engendrar  libertad;  de  que  no  es  posible  des- 
doblar en  sus  inseparables  componentes  la  subs- 
tancia vital  sin  aniquilarla;  de  que  la  verdadera  anar- 


404  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

quía  no  está  en  los  pobres  pueblos  vivos,  que  obe- 
decen a  una  ley  más  fuerte  que  su  voluntad,  sino  en 
esa  logia  muerta,  muerta  de  vanidad,  de  mediocridad 
libresca,  que  ha  quedado  en  Buenos  Aires  como  ves- 
tigio del  coloniaje! 

Contamos  hoy  con  su  copiosa  correspondencia:  con 
la  que  envía  y  recibe  de  los  otros  pueblos,  del  Para- 
guay especialmente,  identificado  con  él  en  los  agra- 
vios y  los  anhelos,  y  unido  a  su  acción  mientras  no 
llega  la  plena  tiranía  del  doctor  Francia;  la  que  le 
dirigen  sus  agentes  en  Buenos  Aires,  denunciándole 
lo  que  allí  se  piensa  y  trama  contra  su  vida;  la  que  él 
sostiene,  por  fin,  con  el  gobierno  central,  ya  rogando, 
ya  intimando,  ya  dando  voces  más  o  menos  suplican- 
tes o  desesperadas. 

No  podemos  leerla  toda,  desgraciadamente;  ahí  está 
completa  en  el  archivo  de  Mitre.  Pero  detengámonos 
un  momento  en  ésta,  seguida  con  el  Paraguay,  que 
nos  sale  al  paso.  El  gobierno  colectivo  de  aquel  Bs- 
tado,  en  el  que  aun  vemos  a  Rodríguez  de  Francia 
unido  a  Yegros,  Caballero,  etc.,  le  protesta  su  adhe- 
sión, le  aplaude  sus  procederes,  le  tributa  sus  home- 
najes, le  asegura  su  alianza  inconmovible,  le  expone 
sus  derechos  y  sus  agravios  contra  el  gobierno  cen- 
tral. Son  éstos  los  mismos  de  los  orientales,  los  mis- 
mos de  los  otros  estados.  «Buenos  Aires  ha  violado, 
le  dice,  sin  la  menor  consideración,  los  tratados  que 
celebró  con  un  pueblo  levantado  espontáneamente 
en  favor  de  América;  ahora  nos  reclama  imperioso 
nuestros  auxilios  bélicos  contra  el  extranjero,  mien- 
tras nos  obliga  a  conservarlos  para  estar  prevenidos 
contra  su  propio  despotismo,  que  nos  amenaza  en 
substitución  del  otro;  pretende  que  sometamos  nues- 
tros derechos  a  su  Asamblea  Constituyente,  y  ésta 


El.  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  405 

no  es  más  que  el  instrumento  de  su  voluntad;  quiere 
que  enviemos  representantes  a  esa  Asamblea,  cuando 
el  rechazo  de  los  representantes  de  los  orientales  nos 
enseña  el  destino  que  pueden  esperar  los  nuestros  si 
no  son  sumisos...» 

Artigas  está  seguro,  pues,  de  su  razón  y  de  su  fuer- 
za; pero  tiene  miedo  de  ésta.  Su  palabra  alienta  a 
los  pueblos;  pero  contiene  sus  impaciencias  y  calma 
sus  rencores,  con  la  esperanza  de  una  razonable  con- 
ciliación. Su  correspondencia  con  el  gobierno  central, 
en  que  expone  los  derechos  de  su  pueblo,  y  sus  quejas, 
y  sus  esperanzas,  y  las  pruebas  de  que  puede  y  no 
quiere  guerrear  con  sus  hermanos,  llega  a  cobrar  un 
tono  doloroso,  mezcla  de  súplica  y  amenaza,  que, 
frente  al  olímpico  desdén  de  Buenos  Aires,  no  puede 
menos  de  recordarnos  aquel  Pedro  Crespo,  Alcalde 
de  Zalamea,  que  creó,  para  este  caso  y  sus  análogos, 
el  genio  español  del  siglo  de  oro. 

Toda  esa  correspondencia  es  trágica,  lo  que  se 
Uama  trágica;  pero  toda  ella  pudiera  condensarse 
quizá  en  la  nota  de  29  de  junio  de  1813,  de  que  es 
conductor  a  la  capital  el  ilustre  Larrañaga.  «Señor, 
dice  Artigas  en  ella  al  Supremo  Poder  Ejecutivo  de 
las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la  Plata,  señor, 
conservemos  la  paz  y  la  unión  que  habíamos  creído 
cimentada  en  nuestro  arreglo  de  febrero.  Todo  lo 
en  él  convenido,  expulsión  de  Sarratea  que  me  de- 
claró traidor,  reconocimiento  del  pueblo  oriental 
como  aliado,  facultad  de  éste  para  formar  su  gobierno 
propio,  todo  se  está  violando.  El  comandante  de  la 
Quintana,  que  ha  acantonado  V.  E.  ,en  Entrerríos, 
es  mi  enemigo;  ha  sido  puesto  allí  contra  mí,  sólo 
contra  mí;  no  contra  el  español;  el  comandante  Pla- 
nes ha  sido  colocado,  con  el  mismo  objeto,  en  Co- 


406  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

mentes,  sobre  la  frontera  paraguaya;  ese  agente  de 
V.  E.  rne  intercepta  mis  comunicaciones  con  aquel 
gobierno  amigo;  ha  pasado  por  las  armas,  sin  forma 
alguna  de  proceso,  mis  oficiales;  me  hace  guerra  im- 
placable. En  esa  capital  todo  está  enconado  injusta- 
mente contra  mí  y  contra  mis  compatriotas,  contra 
«los  que  mayores  glorias  han  dado  ala  patria»,  según 
V.  E.  lo  reconoció.  No  sólo  se  han  rechazado  sus 
diputados,  «a  pretexto  de  unos  defectos  absoluta- 
mente cuestionables»,  sino  que  se  ha  desconocido  y 
menospreciado  el  gobierno  que  presido,  tan  legal- 
mente  formado  como  el  central,  y  que  no  busca  otra 
cosa  que  su  unión  sincera  con  él,  dentro  de  una  razo- 
nable federación.» 

Y  todo  eso  era  la  verdad:  Sarratea  predominaba; 
os  jefes  a  que  Artigas  se  refiere  estaban,  efectiva- 
mente, en  armas  contra  él,  y  pronto  serán  vencidos 
por  él;  el  vicepresidente  en  ejercicio  del  gobierno  civil 
oriental,  que  había  establecido  su  sede  en  Canelones, 
se  había  dirigido,  como  antes  dijimos,  al  Gobierno 
central  en  respetuosísima  nota,  que  ni  siquiera  fué 
contestada. 

«Señor,  señor,  grita  Artigas,  que  no  sospechaba 
las  gestiones  que  se  seguían  en  el  extranjero,  ¿hasta 
cuándo  la  moderación  nuestra  ha  de  servir  de  garan- 
tía a  la  intriga?  Este  pueblo  aliado,  sinceramente 
ahado,  quiere  su  vida,  su  libertad  razonable  y  la  de 
todos  sus  hermanos;  por  ella  se  ha  sacrificado  y  está 
dispuesto  a  sacrificarse;  acudirá  a  cualquier  parte 
en  que  se  atreva  el  enemigo;  pero  deje  V.  E.  que 
sea,  que  viva...  Desista  V.  E.  de  su  empeño;  entre 
al  templo  sagrado  de  la  confederación,  y  evitemos 
que  el  llanto  y  la  amargura  vengan  a  ofuscar  nuestro 
brillante  destino.» 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  407 

«El  ciudadano  Dámaso  Ivarrañaga,  tennina  esa 
nota,  está  encargado  de  concluii  esta  gestión.  Mis 
conciudadanos  esperan  de  rodillas  el  resultado.  La  or- 
fandad de  sus  hijos,  el  clamor  de  sus  mujeres,  el 
abandono  de  sus  haciendas,  sus  lágrimas,  el  cuadro 
más  imponente  de  la  humanidad  constatan  su  gran- 
deza. V.  E.  va  a  decidirla.» 

Advirtamos  muy  mucho,  amigos  míos,  que  esta 
angustiosa  nota  precede  sólo  seis  meses  al  momento 
en  que  Artigas  va  a  resolverse,  por  fin,  según  veréis, 
a  separarse  personalmente  del  segundo  sitio  de  Monte- 
video; advirtamos  eso  con  la  mayor  intensidad  de 
que  seamos  capaces. 

Duramente,  por  cierto,  lo  más  duramente  posible 
rechazó  el  triunvirato  bonaerense  aquella  súplica;  su 
nota-contestación,  de  25  de  julio,  que  hizo  subscribir 
a  su  secretaiio,  es  desolante.  Femando  VII  no  era 
más  severo  con  sus  subditos  insurrectos  de  América 
que  lo  que  fué  Buenos  Aires  con  aquel  alcalde  arro- 
dillado, cuyas  instrucciones  secretas  a  Larrañaga  co- 
menzaban así:  «Preguntará  al  Gobierno  qué  es  lo  que 
exige  de  los  Orientales.  Que  por  Dios  entre  a  garantir 
la  unión». 

«El  Gobierno  ha  visto,  escribió  entonces  el  secre- 
tario del  triunvirato  a  Larrañaga,  el  Gobierno  ha  visto 
el  papel  de  don  José  Artigas,  que  estuvo  usted  etic argado 
de  presentarle... i>  Y  así  sigue.  Y  concluye:  «El  Gobierno 
ha  escrito  al  general  don  José  Rondeau  para  que, 
reuniendo  a  los  hacendados  propietarios...  se  esta- 
blezcan las  justicias,  etc.  Ellos  serán  los  jueces,  y 
ellos  serán  los  primeros  interesados  en  rechazar  las 
agresiones  de  los  perversos,  que,  no  poseyendo  cosa 
alguna,  viven  a  costa  de  los  demás... i>  Y,  por  fin:  «El 
Gobierno  quiere  que  se  expresen  así  sus  verdaderos 


408  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

sentimientos,  para  que  pueda  usted  cumplir  los  en- 
cargos de  don  José  Artigas». 

I^arrañaga  se  volvió  con  ese  recado,  que  sólo  en 
extracto  transmitió   a  su  acongojado  comitente. 

¡Oh  viejo  labrador,  villano  alcalde  de  Zalamea! 
¿Conocéis  a  ese  alcalde  de  Zalamea,  amigos  artistas? 

Si  no  me  motejarais  de  superficial,  yo  os  invitaría 
a  dejar  de  mano  los  tontos  documentos,  y  a  que 
leyéramos  juntos,  para  conocer  la  esencia  de  esta 
verídica  historia,  los  bellos  versos  españoles  de  la 
tragedia  de  Calderón.  Hay  quienes  no  creen  que  se 
pueda  decir  verdad  en  bellos  versos;  pero  vosotros, 
que  la  decís  de  mármol  o  de  bronce,  bien  podéis  creei 
en  la  palabra  marmórea. 

Aquel  honrado  alcalde,  puesto  de  rodillas  ante  el 
capitán  que  le  ha  robado  la  honra  con  la  de  su  hija, 
y  al  que  puede  ahorcar,  porque  es  autoridad  en  la 
aldea...  y  porque  es  justo,  porque  es  justo  sobre  todo, 
es  una  de  las  grandes  creaciones  del  genio  humano; 
el  inglés,  con  tener  a  su  magno  Guillermo,  no  concibió 
tipo  más  noble  que  ése  de  pura  cepa  española.  Vos- 
otros, los  artistas  de  la  estirpe,  sobre  todo,  no  podéis 
menos  de  recordar  aquella  temblorosa  escena,  en  que 
el  alcalde  de  cabeza  blanca  se  pone  de  rodillas  ante 
el  capitán  que  lo  ha  ofendido  en  lo  más  hondo,  y, 
después  de  ofrecerle  todo  cuanto  tiene,  su  hacienda, 
la  de  su  hijo,  su  libertad,  su  vida,  a  cambio  del  res- 
peto que  le  implora,  le  dice,  ;lo  recordáis?: 

Restaurad  una  opinión 
Que  habéis  quitado...  No  creo 
Que  desluzcáis  vuestro  honor; 
Porque  los  merecimientos 
Que  vuestros  hijos,  señor. 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  409 

Perdieran  por  ser  mis  nietos. 
Ganarán,  con  más  ventaja. 
Señor,  por  ser  lujos  vuestros... 

«¡Dadme  mi  honor!,  grita  sollozando  el  viejo  labrie- 
go; ¡dadme  mi  honor!...» 

Mirad  que  puedo  tomarle 
Por  mis  manos,  y  no  quiero 
Sino  que  vos  me  lo  deis... 

Mir^d  que  soy 
Alcalde  en  Zalamea  hoy... 

Es  trágica,  indudablemente,  esta  escena;  es  muy 
graciosa;  me  recuerda  a  Artigas  a  cada  paso...  es  muy 
graciosa.  Y  lo  es  más  la  contestación  que  da  al  viejo 
el  arrogante  capitán,  aquella  de: 

¡Viejo  cansado  y  proUjo!... 
Si  vengar  solicitáis 
Por  armas  vuestra  opinión, 
Poco  tengo  que  temer; 
Si  por  justicia  ha  de  ser. 
No  tenéis  jurisdicción. 

¡No  tenéis  jurisdicción!  Bien  dicho  está  eso,  me 
parece.  Y  aquel  villano  soberbio  que,  sin  jurisdicción, 
sin  documentos  en  buena  forma,  y  sólo  porque  tiene 
razón,  acaba,  el  muy  bárbaro,  por  colgar  o  agarrotar 
a  un  capitán  del  rey  en  medio  de  sus  soldados,  y  casi 
en  presencia  del  mismo  rey,  es  un  tipo  de  lo  más 
extravagante  que  conozco,  l^ingún  momento  más  pro- 
picio de  la  historia  americana  que  éste  en  que  esta- 
mos de  la  de  Artigas,  para  perder  un  rato  leyendo 
versos  célebres  como  esos,  aunque  sean  versos... 


k 


410  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Amigos:  ese  alcalde  de  Zalamea  es  la  dignidad 
humana,  la  libertad,  el  heroísmo.  0  se  desprende  de 
su  hija,  la  entrega  a  Dios;  pero  agarrota  al  capitán, 
en  el  que  quedan  agarrotados  para  siempre  todos  los 
capitanes,  habidos  y  por  haber,  que  consideran  eterno 
el  predominio  de  las  jurisdicciones  o  formas  sobre  las 
justicias  o  recónditas  esencias. 

Pedro  Crespo,  el  alcalde,  decía,  el  muy  anárquico: 

Al  rey  la  hacienda  y  la  vida 
Se  ha  de  dar;  pero  el  honor 
Es  patrimonio  del  alma; 
Y  el  alma  sólo  es  de  Dios. 

V  el  mismo  rey,  el  mismísimo  Felipe  II,  que  allí 
aparece  un  momento,  asiente  a  esa  barbaridad,  como 
lo  recordaréis: 

Vos,  por  alcalde  perpetuo 
De  aquesta  villa  os  quedad. 

¡De  aquesta  villa!  El  viejo  Pedro  Crespo  lo  es  per- 
petuo del  mundo  entero;  allí  donde  él  exista,  no  habrá 
capitanes  irresponsables,  dueños  del  honor  ajeno  y 
de  la  libertad.  Bn  nuestra  América,  amigos  míos, 
hubo  algunos  de  esos  tales  alcaldes.  Y  por  eso,  sólo 
por  eso,  fué  lo  que  fué.  .''  sobre  todo,  será  lo  que  ha 
de  ser:  la  sede  de  la  gran  democracia,  virtud,  honor, 
abnegación . 

Artigas  ha  agotado,  como  habéis  visto,  todos  los 
recursos  para  conservar  los  intermediarios  entre  el 
Pueblo  Oriental  y  el  Occidental  del  Plata.  Ha  llegado, 
pues,  el  momento  de  recurrir  directamente    a  éste. 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  4II 

Va  a  tomar  en  hombros  a  su  patria;  de  nuevo  va  a 
hacerla  cruzar  el  Uruguay;  pero  ya  no  para  pedir  pro- 
tección, sino  para  darla;  para  constituirse  en  núcleo 
de  todos  los  pueblos  argentinos  acogidos  a  su  bandera 
tricolor. 

En  enero  de  1814  el  sitio  de  Montevideo  puede 
darse  por  terminado.  Artigas  presume  que  la  plaza 
caerá  en  manos  de  los  sitiadores:  cayó,  efectivamente, 
cinco  meses  después. 

Pero  está  convencido,  por  otra  parte,  ya  no  puede 
menos  de  estarlo,  de  que,  si  los  pueblos  no  se  impo- 
nen, el  nuevo  dueño  no  será  menos  tirano  que  el 
viejo,  y  de  que,  entrando  él,  en  ese  momento,  como 
uno  de  tantos  números  del  ejército  vencedor,  los  cala- 
bozos de  la  cindadela  le  esperan  con  sus  mandíbulas 
muy  abiertas.  ¡Si  antes  de  entrar  su  propia  vida  está 
en  peligro, como  hemos  visto!...  ¡Si  en  esos  momentos 
está  Sarratea,  el  general  Sarratea,  nada  menos,  en  Río 
Janeiro,  gestionando  con  lord  Strangford  un  nuevo 
armisticio,  para  entregar  el  Uruguay  al  dominio  es- 
pañol, y  una  alianza  para  aniquilar  a  Artigas,  cuya 
resistencia  a  tal  entrega  será  segur  al... 

¿Debe  el  Jefe  de  los  Orientales  resignarse,  y  acatar 
incondicionalmente  la  oligarquía  de  Buenos  Aires, 
y  librarse  inerme  a  sus  enemigos,  con  su  ejército,  en 
su  propia  tierra,  entrando  con  ellos,  como  entidad 
secundaria,  en  Montevideo?... 

¿O  está  en  el  caso,  por  el  contrario,  de  romper  hos- 
tilidades con  Rondeau,  3-  precipitarlo  a  cumplir  su 
reiterada  amenaza  de  levantar  el  sitio  como  en  1811? 

I^a  alternativa  parece  de  hierro.  '  sus  dos  extre- 
mos funestos.  El  primero  no  puede  ser...  porque  no 
puede  ser;  el  segundo,  porque  el  Jefe  de  los  Orientales 
quiere  la  continuación   del  asedio,   y  ésta  exige   la 


412  i,A  Epopeya  de  artigas 

alianza  con  América,  interesada  toda  ella,  al  par  de 
los  orientales,  en  que  éstos  se  hagan  dueños  de  su 
ciudad.  El  retiro  de  los  actuales  auxiliares  colocaría 
al  caudillo  de  nuevo  en  la  situación  en  que  se  vio 
después  de  levantado  el  primer  sitio.  El  esfuerzo  ais- 
lado, lo  mismo  aquí  que  en  todo  el  continente,  no  es 
posible;  no  es  juicioso  tentarlo,  cuando  menos. 

Pero  Artigas  ha  visto  y  preparado  la  tercera  solu- 
ción de  aquel  problema:  ir  él  solo,  personalmente, 
como  plenipotenciario  de  hecho,  en  busca  de  quien 
ha  de  reemplazar  el  instable  y  falaz  auxilio  de  la  oli- 
garquía. Irá  en  busca  del  pueblo  todo  argentino,  del 
paragua^'o  inclusive,  del  paraguayo  especialmente, 
con  quien  ha  estado  en  constante  relación.  Volverá, 
sin  pérdida  de  momento,  a  la  línea  del  sitio;  terminará 
éste  con  los  actuales  auxiliares,  si  aun  están  allí,  y 
si  ello  es  posible;  si  no  lo  es,  dará  cima  a  su  empresa 
sin  ellos,  y  aim  contra  ellos;  pero  con  los  pueblos  y 
para  los  pueblos  libres;  con  y  para  la  causa  de  Mayo 
sobre  todo.  Y  si  el  sitio  ha  terminado,  si  la  ciudad 
ha  sido  tomada,  la  reclamará  eficazmente  para  su 
dueño,  que  tiene  que  Uenar  su  misión  histórica. 

Adopta,  pues,  la  resolución  que  ha  retardado  en 
vano;  la  más  inspirada  entre  todas  las  suyas.  En  la 
noche  del  20  de  enero  de  1814,  Artigas  se  retira  de 
la  línea  sitiadora,  Uev'ándose  su  bandera;  se  va  solo, 
disfrazado  de  gaucho,  a  fin  de  que  las  divisiones  que 
lo  obedecen  permanezcan  en  sus  puestos. 

El  plan  de  Artigas  tuvo  al  principio  su  tropiezo; 
los  leales  del  gran  caudillo,  no  bien  se  dan  cuenta 
de  su  ausencia,  corren  en  su  busca;  el  ala  izquierda 
de  la  línea  se  conmueve  y  amenaza  dispersión;  co- 
mienzan las  divisiones  de  caballería  a  desfilar  hacia 


Er,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  413 

el  campo.  Rondeau  quiere  evitar  aquel  desbande  por 
la  fuerza,  y  los  escuadrones  que  envía  con  ese  objeto 
son  arrollados  con  pérdidas  sensibles.  Artigas  es  el 
primero  en  deplorarlo.  No  le  es  dado  rechazar  a  los 
que  se  le  presentan  resueltos  a  seguir  con  él,  y  sólo 
con  él;  pero  consigue  reducir  a  muchos,  a  los  más 
disciplinados,  a  permanecer  en  la  línea  sitiadora;  en 
ella  quedaron,  efectivamente,  por  su  intimación  ex- 
presa, muchas  divisiones,  la  de  su  hermano  Manuel 
Francisco,  la  de  Pagóla,  entre  ellas.  Su  propósito 
hubiera  sido  que  todas  quedaran  en  sus  puestos,  como 
él  mismo  lo  dice  al  gobierno  de  la  Asunción,  y  como 
lo  hace  saber  Rondeau  al  de  Buenos  Aires;  para  su 
objeto,  era  bastante  una  escolta  y  una  bandera,  su 
bandera  sobre  todo;  pero  hubo  de  reducirse  a  lo  que 
la  naturaleza  imponía:  se  puso  a  la  cabeza  de  sus  sol- 
dados. 

1(3.  nueva  aurora  lo  fué  de  un  nuevo  día  en  esta 
nuestra  epopeya;  alumbró  la  escena  del  sitio  de  Mon- 
tevideo sin  Artigas.  El  espíritu  del  héroe  vuela  en  su 
cuerpo  hacia  el  Norte;  de  allá  descenderá  de  nuevo  a 
restablecer  los  equilibrios,  después  de  armar  caba- 
lleros de  su  ideal  a  los  pueblos  todos  argentinos. 
Comienza,  pues,  aquí  un  nuevo  ciclo  en  nuestra  his- 
toria. 

Son  muchos  los  papeles  que  poseemos  en  que  Arti- 
gas, con  palabra  llena  de  sinceridad,  nos  dice  todas 
esas  sus  intenciones  de  aquel  momento;  pero  mucho 
más  que  las  palabras  escritas  serán  los  hechos  los 
que  nos  convenzan  de  que  nada  estaba  más  lejos 
de  su  ánimo  que  el  pensamiento  de  entorpecer  o  debi- 
litar con  su  ausencia  el  asedio  de  su  capital,  así  ca^-era 
en  manos  de  sus  más  enconados  enemigos  america- 
nos, con  tal  que  fueran  americanos.  Nada  de  eso  ha 


414  I«A  EPOPEYA   DE  ARTIGAS 

obstado,  por  supuesto,  a  que  los  que  han  escrito  la 
historia  como  si  levantasen  un  sumario  con  el  código 
en  la  mano,  ha3'an  clasificado  aquel  acto  del  héroe 
entre  los  delitos  catalogados:  es  una  deserción,  dicen 
en  forma  sentenciosa.  Sí,  deserción.  Ya  veremos  dónde 
están  aquí  los  desertores,  si  los  hay.  El  sistema  solar 
o  planetario  no  se  inquieta  mucho  ni  poco  de  su  repu- 
tación entre  los  sabios,  y  Washington  era  general  del 
rey  I^uis  XVI;  pero,  como  lo  dijimos  ^-a  una  vez,  si 
mal  no  recuerdo,  Washington  era  general  francés,  y 
además...  Washington. 

Otros,  no  tan  mal  inspirados,  pero  no  mejor  infor- 
mados, han  creído  distinguir  el  punto  obscuro  de  la 
vida  de  Artigas  en  esa  su  retirada  del  sitio.  Parece, 
efectivamente,  un  punto  negro;  pero  franjeado  de 
luz.  Como  el  que  deja  en  la  retina  un  resplandor 
intensísimo. 

No  vacilo,  por  mi  parte,  en  afirmar  que  es  ése  el 
momento  más  luminoso  e  inspirado  de  la  vida  de 
Artigas;  su  alea  jacta  est.  Él  ha  adoptado  su  resolu- 
ción en  la  soledad,  completamente  solo  con  su  visión; 
ha  meditado  bien  en  sus  consecuencias,  y  las  ha  acep- 
tado; en  aquella  cabeza  los  pensamientos  de  demo- 
lición y  de  reconstrucción  son  un  solo  pensamiento. 
Es  el  proceso  de  la  vida,  de  lo  que  se  llama  vida. 

Marquemos,  pues,  con  una  piedra,  este  día,  amigos 
artistas:  este  20  de  enero  de  1814,  en  que  Artigas 
se  separa  del  sitio;  marquémoslo  como  el  del  naci- 
miento, el  del  bautismo,  mejor  dicho,  de  la  bandera 
tricolor,  blanca,  roja  3'  azul,  con  que  aquél  se  va  hacia 
el  Norte;  la  veremos  enarbolada,  desde  este  momento, 
como  pabellón  patrio,  no  sólo  por  la  Provincia  Orien- 
tal en  que  ha  nacido,  sino  por  las  Occidentales  repu- 
blicanas; entrará  triunfante,  en  Montevideo  primero, 


IvI,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  4I5 

a  la  cabeza  de  los  Orientales,  y  en  Buenos  Aires  des- 
pués, a  la  de  todos  los  pueblos  argentinos;  será  el 
pabellón  republicano  en  porfiada  lucha  con  el  monár- 
quico, el  americano  }  or  excelencia,  el  de  la  federación 
del  porvenir  acaso,  el  de  la  federación  ibérica,  si  ésta 
llega  a  adoptar  un  pabellón  histórico. 

Pero  ¿dónde  y  cuándo  ha  sido  inventada  esa  ban- 
dera, que  aun  no  ha  figurado  en  nuestro  colorido  relato? 

I.a  historia  se  ha  encontrado  con  ella  a  cada  paso, 
pero  no  se  ha  propuesto  hasta  ahora  ese  problema. 
Está  resuelto,  sin  embargo.  El  poeta  oriental  Acuña 
de  Figueroa,  que  escribía,  dentro  de  los  muros  de 
Montevideo,  un  Diario  Histórico  del  Segundo  Sitio. 
anotó  los  sucesos  del  i6  de  enero  de  1814  en  estos 
términos: 

El  campamento  sitiador  retumba 
Con  salvas  de  cañón  en  el  Cerrito, 
Y  su  bandera  tricolor  flamea 
Del  fuerte  de  Ronde au  sobre  el  rastrillo. 

Es,  pues,  una  bandera  tricolor  la  que  sitia  a  Monte- 
video. Ahora  bien:  en  la  Banda  Occidental,  presidida 
por  Buenos  Aires,  no  existe  más  bandera  enarbolada 
que  el  bicolor  español,  el  oriflama,  oro  y  llama;  otra, 
de  que  hablaremos  más  tarde,  fué  ensayada  por  el 
general  Belgrano  en  el  Rosario,  en  181 2;  pero  tam- 
bién era  bicolor,  blanca  y  azul,  y  fué  inmediatamente 
arriada  por  orden  del  gobierno,  que,  reprendiendo  la 
imprudencia  de  su  general,  le  remitió,  para  que  la 
izase  en  su  fuerte,  la  sola  insignia  lícita:  la  bandera 
real  española. 

¿Cuál  es  entonces  esa  tricolor  que  ve  Fii?;ueroa  en 
el  rastrillo  de  Rondeau? 


41 6  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

No  puede  ser  otra  que  la  de  Artigas,  aunque  los 
documentos  que  a  ella  se  refieren  no  han  Uegado  aún 
hasta  nosotros;  ha  sido  inventada,  no  cabe  duda,  en 
el  Congreso  del  Peñarol,  y  ha  nacido  con  las  Instruc- 
ciones, para  simbolizarlas  }'■  darlas  al  viento;  Rondeau 
la  ha  adoptado  con  el  pensamiento  de  Artigas,  que 
aceptó  al  principio,  como  sabemos,  3-  la  ha  enarbo- 
lado  en  el  rastrillo  en  que  la  ve  ilamear  Figueroa. 
Cuando,  obediente  a  su  gobierno,  reniegue  del  pensa- 
miento y  lo  combata,  no  arriará  su  símbolo,  por  falta 
de  orden  expresa;  lo  dejará  flotante  en  su  rastrillo. 
Y  allí  quedará,  cuerpo  muerto.  Como  los  huesos  áridos 
esparcidos  por  el  campo,  que  vio  el  profeta  Ezequiel 
revestirse  de  su  carne  y  recibir  el  espíritu,  aquellos 
colores  se  han  levantado  a  la  voz  profética  de  Arti- 
gas, y  han  echado  a  volar  hacia  el  sol. 

Según  después  lo  sabremos,  sólo  en  junio  de  181 4 
aparecerá,  frente  a  Montevideo,  la  otra  bandera,  la 
bicolor  de  Belgrano;  vendrá  en  los  mástiles  de  una 
escuadra  como  un  enigma,  y,  más  enigmática  aun, 
en  las  manos  de  Alvear;  pero  hasta  este  momento  en 
que  Artigas  se  va  del  sitio,  el  Río  de  la  Plata  no  ha 
visto  ni  conoce  más  pabellón  americano  que  ese  tri- 
color arrancado  por  aquél  del  reducto  de  Rondeau. 

Ese  retiro  del  Jefe  de  los  Orientales,  con  una  jjarte 
de  su  ejército,  del  sitio  de  Montevideo,  tiene  mucha 
analogía  con  el  que  realizó  con  su  pueblo  en  el  éxodo, 
AUí  salvó  al  pueblo  entero;  aquí  salva  al  ejército  repu- 
blicano; salva  su  pabellón  tricolor.  Hoy  se  ve  eso 
con  claridad  meridiana.  Vais  a  ver,  amigos  míos, 
cómo  quien  entrará  en  Montevideo,  dentro  de  cinco 
meses,  no  será  Rondeau,  el  Vencedor  del  Cerrito, 
sino  Alvéar,  el  joven  príncipe,  con  su  armadura  de 


El.  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  417 

plata,  con  su  nimbo  de  estrellas  áureas,  con  su  ban- 
dera propia.  Se  presentará  a  recoger  las  llaves  de 
hierro  de  la  patria  cindadela,  expugnada  por  los  hom- 
bres de  I/as  Piedras  y  el  Cerrito;  despojará  a  Monte- 
video de  todo  elemento  de  fuerza;  lo  tratará  como 
enemigo;  lo  dejará  desarmado  y  sojuzgado,  y  volverá 
a  Buenos  Aires  a  recoger  aclamaciones.  Allí  soñará  con 
arrebatar  a  San  Martín  su  visión  de  gloria:  su  expedi- 
ción al  otxO  lado  de  los  Andes.  Y  correrá  a  la  empre- 
sa y  fracasará  en  ella,  porque  el  ejército,  a  las  órdenes 
de  Rondeau  precisamente,  de  ese  Rondeau  que  impu- 
taba a  Artigas  su  desobediencia,  lo  rechazará.  Y  vol- 
verá de  nuevo  a  Buenos  Aires,  donde  se  constituirá 
en  un  dictador  de  veinticinco  años.  Entonces  ofre- 
cerá a  Inglaterra  el  cetro  del  Plata,  como  solución 
del  problema  de  Mayo  de  1810,  lo  que  no  obstará 
a  que,  más  tarde,  invocando  su  título  de  español 
bien  nacido,  diga  a  su  soberano  y  señor  Femando  VII 
que  todo  cuanto  ha  hecho  lo  ha  hecho  con  el  solo 
intento  de  devolverle  sus  dominios. 
i^Pero  allí  estará  Artigas,  y  la  solución  será  otra. 
Para  evitarla  se  ha  retirado  del  sitio,  como  lo  veréis: 
para  evitar  aquella  solución  y  asegurar  la  toma  de 
Montevideo  por  sus  verdaderos  dueños,  que  no  lo 
entregarán  a  Inglaterra  ni  a  España  ni  a  Buenos  Aires, 
estemos  seguros. 

Si  Artigas  hubiera  permanecido  hasta  el  fin  del  ase- 
dio en  la  línea  sitiadora;  si  se  hubiera  resignado  a 
penetrar  en  Montevideo,  caballero  en  un  cisne,  entre 
la  nivea  escolta  y  el  suntuoso  séquito  de  Alvear;  si 
no  hubiera  salvado,  en  su  persona,  y  en  su  idea,  y  en 
su  pabellón  de  tres  colores,  y  en  el  ejército  de  orien- 
tales que  lo  han  seguido,  la  idea  y  el  núcleo  de  resiís- 

T.  I.-29 


4l8  I.A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

tencia  del  pueblo  argentino  contra  el  espíritu  escéptico 
de  Buenos  Aires,  es  evidente,  de  toda  evidencia,  que  ni 
la  república  hubiera  nacido  entonces  en  el  Plata,  ni 
hoy  existiría,  como  pueblo  independiente,  esta  nuestra 
Patria  Oriental:  seríamos  portugueses.  Sólo  una  cosa 
es  de  sentirse:  que  no  se  ha^'a  retirado  antes;  antes 
que  Rodríguez  de  Francia  se  hubiera  hecho  dueño 
del  Paraguay  siquiera...  ¡Oh,  la  falta  del  Paraguay! 

Se  concibe,  amigos  artistas,  que,  en  aquella  época, 
hubiera  quiénes  no  pudieran  penetrar  en  el  pensa- 
miento de  Artigas;  dejaría  éste  de  ser  hombre  supe- 
rior si  todos  sus  raciocinios  hubieran  estado  al 
alcance  de  todos;  no  sería  árbol  vivo  si  mostrara  sus 
raíces.  Pero  que  hoy,  después  de  abiertas  las  entrañas 
de  la  historia,  haya  quien  no  vea  la  llama  que  arde 
sobre  la  cabeza  del  héroe,  cuando  se  retira  del  segun- 
do sitio  de  Montevideo,  entre  las  sombras  de  la  noche, 
es  algo  que  maravilla  al  sociólogo. 

Pero  ¿a  dónde  va  ese  hombre  al  separarse  del  ase- 
dio? lyO  veréis,  una  vez  que  sepáis  el  término  de  éste. 
lyO  veréis,  y  entonces  os  daréis  cuenta  de  la  magni- 
tud de  su  idea. 

Al  saber  la  separación  de  Artigas,  el  gobernador 
español  cree  llegada,  por  fin,  la  coyuntura  de  redu- 
cirlo; pero  no  ya  considerándolo  como  antes,  sino 
reconociéndolo  como  el  jefe  más  genuino  de  estos 
pueblos.  Cumple,  una  vez  más,  las  órdenes  expresas 
que  ha  recibido  de  España  sobre  la  reconquista  del 
perdido  capitán;  expide  una  proclama,  invitando  a 
los  orientales  a  unirse  como  hermanos;  promete  pre- 
mios a  todos,  y  manda  proposiciones  escritas  a  Arti- 
gas, que  estudiaremos  después,  asegurándole  grandes 
ventajas  personales  y  políticas.  La  plaza  sitiada  cifra 
todas    sus    esperanzas    en    la    misión    enviada    al 


I 


Er,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  4I9 

gran  caudillo  por  conducto  de  la  Robla,  su  amigo  y 
compatriota.  Dice  Figueroa,  el  poeta  oriental  de  quien 
hablábamos,  que  los  mismos  españoles  empecinados  lla- 
maban héroe  y  santo  al  general  Artigas,  cuando  espera- 
ron que  aceptase  las  amplias  propuestas  que  se  le  ha- 
cían... «Ya  sabe  V.  S.,  le  dice  Vigodet,  la  sinceridad  con 
que  he  procurado,  tanto  su  bien  y  engrandecimiento 
particular,  cuanto  el  beneficio  de  todos  los  orientales.» 
Todo  fué  inútil.  Una  vez  más,  Artigas  y  el  pueblo 
rechazan  la  sugestión;  el  caudillo  deja  de  ser  héroe  y 
santo,  para  volver  a  su  carácter  de  malhechor,  en  el 
concepto  español,  como  ya  lo  es  en  el  porteño.  Ese 
pasar  del  cielo  a  los  profundos  infiernos,  siempre  en 
las  profundidades,  distingue  el  camino  de  Artigas 
en  la  historia,  amigos  artistas;  aquellos  hombres  no 
podían  entender  a  aquel  otro  hombre,  que  parecía 
uno  de  tantos. 

El  criminal  Quijote  lleva,  a  la  grupa  de  su  cabal- 
gadura, la  princesa  heredera  de  Fernando  VII;  es  la 
adorable  bastarda  de  sangre  real,  en  el  sentido  de 
realidad;  la  de  ojos  hondos,  llenos  de  miradas  negras: 
la  democracia  americana.  Hay  ojos  que  piden  y  ojos 
que  toman,  I^a  heredera  secuestrada  y  salvada  por 
Artigas  tiene  de  los  segundos;  su  belleza  morena,  llena 
de  sol  de  Mayo,  no  figurará  en  el  séquito  del  vencedor 
de  Montevideo.  O  entrará  como  reina,  o  no  entrará; 
ella  es  la  sola  vencedora. 


VI 


Era,  pues,  necesario  condenar  a  muerte  al  seductor. 
Se  formó  en  Buenos  Aires  el  tribunal  que  debía  dic- 
tar la  sentencia.  En  esos  momentos,  precisamente, 


420  i:,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

el  cuerpo  colegiado  que  allí  gobernaba,  y  que,  como 
sabéis,  no  podía  hallar  su  propia  cohesión,  resolvió 
abandonar  la  forma  colectiva,  y  adoptar  la  uniper- 
sonal. Era  preciso  buscar  un  hombre  que  gobernara; 
aquello  no  marchaba. 

Y  tan  no  marchaba,  que,  atraído  por  aquel  vacío, 
el  nublado  español  que  relampagueaba  en  las  mon- 
tañas del  Norte  bajaba  de  ellas  lentamente  hacia  la 
llanura  y  amenazaba  descargar  sobre  el  Plata.  El 
general  Belgrano,  después  de  sus  triunfos  en  Tucu- 
mán  y  Salta  (1812-1813),  había  invadido  de  nuevo 
el  Alto  Perú;  pero  derrotado  por  Pezuela  en  el  Valle 
de  Vilcapugio  primero,  y  en  la  pampa  de  Ayohuma 
después  (octubre  y  noviembre  de  1813),  comenzaba 
a  hundirse  en  su  crepúsculo  de  descrédito  y  desahento. 
Pronto  irá  a  Europa  en  busca  de  rey  que  ponga  reme- 
dio a  todo.  Belgrano  es  substitm'do  por  San  Martín; 
pero  las  rivaHdades  de  la  ciudad  persiguen  a  éste, 
que,  invocando  motivos  de  salud,  se  va  lejos:  obtiene 
ser  nombrado  gobernador  de  Cu3'o,  es  decir,  consigue 
ser  dejado  en  paz,  a  solas  con  los  Andes,  a  los  que 
comienza  a  mirar  de  alto  abajo.  Aquí  empieza,  obser- 
vad esto  bien,  amigos  míos,  aquí  empieza  San  Mar- 
tín a  ser  héroe,  a  entrever  una  visión  suya  propia, 
más  imperiosa  que  todos  los  directorios  y  mariscales: 
el  genio  de  la  montaña  le  habla  del  vuelo  de  los  cón- 
dores. San  Martín  es  substituido  en  el  Alto  Perú  por 
Rondeau,  que  es  retirado  del  sitio  de  Montevideo 
para  que  vaya  Alvear  a  terminarlo;  pero  Alvear,  una 
Vez  recogido  el  lauro  que  busca,  vuelve  a  acosar, 
según  dijimos,  a  Rondeau,  y  a  provocar  su  rebelión 
con  una  nueva  tentativa  de  desalojo...  Y  he  aquí 
que  nuestro  Rondeau,  transformado  también  en  al- 
calde de  Zalamea,  se  rebela  entonces,  con  todos  sus 


F.h  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  423 

Prvner  Director  Supremo  de  las  Provincias  Unidas  del 
Río  de  la  Plata,  cuando  comenzaba  el  año  1814,  pre- 
cisamente cuando  Artigas  se  retiraba  del  segundo 
sitio  de  Montevideo. 

Para  conocer  a  este  Primer  Director  Supremo,  que 
engendra,  en  Buenos  Aires,  la  revolución  de  Mayo, 
tenemos  sus  Memorias,  que  acaban  de  publicarse,  y 
que  son  un  tesoro.  Este  señor  Posadas  fué  una  víc- 
tima, una  verdadera  víctima;  con  su  cara  plácida 
y  bonachona,  llena  de  candores,  y  sus  ojos  claros, 
amables  y  pacientes,  y  su  levita  negra  de  solapas 
coloniales,  y  su  amplia  corbata  blanca,  era  uno  de 
esos  hombres  que  parecen  nacidos  para  abuelos.  Era 
un  abuelo  hasta  en  sus  genialidades,  que  yo  llamaría 
sanchescas,  si  no  fuera  irrespetuoso;  lo  veréis  regañar 
a  sus  generales,  como  si  les  tirara  las  orejas.  Era  un 
original,  sin  duda  algima,  no  un  hombre  vulgar;  pero 
difícilmente  hubiera  podido  encontrarse  una  persona 
menos  apta  para  el  cargo  de  héroe  que  se  le  imponía. 
I/)  dice  Alvear,  el  mismo  Alvear,  con  toda  crueldad, 
«Su  carácter,  dice,  tenía  cierto  aire  de  extravagancia 
que,  unido  a  ima  credulidad  candorosa,  lo  hicieron  no 
muy  a  propósito  para  las  circunstancias...  Incapaz  de 
faltar  a  la  verdad,  así  como  de  ocultar  sus  sentimientos, 
creía  que  estas  cualidades  eran  comunes  a  los  hom- 
bres. Fué  una  verdadera  víctima  de  ellos,  y,  tras  sí, 
arrastró  a  sus  amigos.» 

¡Este  joven  Alvear,  Señor! 

En  todo  había  pensado  aquel  excelente  caballero  de 
Posadas  menos  en  ser  gobierno,  y  mucho  menos  revo- 
lucionario, y  muchísimo  menos  republicano.  Era  un 
personaje  colonial  que  sentaba  a  su  mesa  oidores  y 
virreyes;   buen  latinista;   desinteresado  y   generoso; 


424  I/A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

honrado  a  carta  cabal.  Notario  mayor  de  la  Curia 
Eclesiástica  desde  hacía  más  de  veinte  años,  fué  sa- 
cado de  entre  sus  legajos  amigos  para  llevarlo,  como 
diputado  por  Córdoba,  a  la  Asamblea,  a  pesar  de 
que  él  pedía  a  gritos  «que  nombrasen  otro  individuo 
desocupado  e  idóneo,  pues  él  estaba  impedido  por 
su  oficio  de  notario».  No  hubo  más  remedio  que  ceder, 
agrega;  «parece  que  había  un  formal  empeño  en  inco- 
modarme, en  meterme  y  comprometerme  en  la  revo- 
lución, y  en  sacarme  de  mi  casa  y  atenciones».  Anduvo 
en  volandas,  como  un  genio  del  aire.  A  los  seis  meses 
era  Presidente  de  la  Asamblea;  en  el  mes  inmediato. 
Vocal  del  Poder  Ejecutivo;  a  los  cinco  meses,  Supremo 
Director;  después  lo  echaban  abajo,  y  no  le  dejaban 
hueso  sano. 

Sus  Memorias  no  son  otra  cosa  que  una  constante 
lamentación  sobre  las  pellejerías  que  le  ocasionó  el 
malhadado  gobierno  de  esta  ínsula  platense,  que  dmó 
sólo  un  año,  el  1814,  en  que  pasó  las  de  Caín.  Después 
desapareció  para  siempre  de  la  escena.  Las  Memorias 
empiezan  así:  ^No  tuve  la  menor  ideaj  ni  noticia  previa. 
Yo  vivía  tranquilo  en  mi  casa,  con  mi  dilatada  fa- 
milia, disfrutando  de  una  mediana  fortuna,  y  ejer- 
ciendo el  oficio  de  Notario  mayor  de  este  obispado, 
desde  el  año  1789.  Me  hallaba  ocupado  y  entretenido 
en  las  actas  del  concmso  a  la  vacante  silla  magistral 
de  esta  Santa  Iglesia  Catedral  en  el  mes  de  mayo 
de  1810,  cuando  recibí  esquela  de  convite  a  un  Ca- 
bildo Abierto...  (Era  el  mes  de  mayo  de  1810,)  No. con- 
currí por  hallarme  legítimamente  ocupado». 

«Después  supe,  etc.,  etc.».. .Así  ingresa  en  la  revo- 
lución de  Mayo  el  Primer  Director  Supremo  de  las 
Provincias  Unidas.  Él  declara  francamente  que  dijo 
que  aquello  nada  le  gustaba,  pues  allí  no  había  plan 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  425 

ni  combinación  alguna;  en  aquella  celebérrima  Junta, 
son  sus  palabras,  los  gobernadores  no  se  entendían. 

Y  tiene  razón  que  le  sobra  el  señor  Posadas  para 
no  hablar  bien,  como  no  habla,  de  aquel  toletole  po- 
lítico en  que  se  veía  por  arte  de  birlibirloque.  Ni  si- 
quiera sé  si  pertenecía,  o  no,  a  la  I^ogia  I^autaro.  Él 
no  dice  nada  al  respecto;  pero  era  un  hombre  de  bien, 
y  prestó  servicios,  que  le  fueron  pagados  con  perre- 
rías. I/)  dice  con  encantadora  ingenuidad  en  sus  Me- 
morias: «Yo  no  era  un  genio,  no  tenía  los  talentos 
necesarios  para  el  caso;  pero  dormía  muy  poco,  algo 
discurría,  y  consultaba  lo  que  ignoraba». 

Fué  tratado,  sin  embargo,  con  una  crueldad  inau- 
dita, una  vez  caído  del  poder;  peor  que  Sancho  por  los 
irrespetuosos  duques,  me  parece,  y  tan  mal,  cuando 
menos,  como  lo  había  sido  el  pobre  don  Cornelio 
Saavedra,  el  presidente  de  la  Junta  de  Mayo,  nada 
menos,  perseguido  en  modo  implacable,  aun  durante 
el  gobierno  de  Posadas,  que  hasta  le  niega  la  amnis- 
tía que  concede  a  todos.  Iva  relación  que  éste  nos  hace 
de  sus  propias  penurias  es  realmente  conmovedora... 
Pero  él,  a  los  ocho  días  de  subir  al  gobierno,  firmó  la 
ya  preparada  sentencia  de  muerte  contra  Artigas, 
y  éste  no  se  ha  quejado,  ni  poco  ni  mucho,  que  yo 
sepa,  a  pesar  de  haber  dormido  menos  quizá  que  el 
señor  Posadas. 

Todo  puede  ser  perdonado  a  este  buen  hidalgo,  sin 
embargo,  en  obsequio  a  la  ingenuidad  con  que  nos 
revela  lo  que  allí  pasaba.  Artigas  se  retiró  del  sitio  de 
Montevideo;  pero  los  que  no  se  retiraron  a-sediaban 
de  tal  manera  al  pobre  Director  Supremo  con  sus 
exigencias,  y  sus  discordias,  y  sus  ambiciones,  que 
ellos,  sin  retirarse  del  sitio,  eran  los  solos  rebeldes,  y 
hacían  peHgrar,  a  cada  paso,  la  terminación  del  ase- 


426  hA.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

dio.  Por  eso  Artigas  se  resolvió  a  ponerlo  por  sí  mismo: 
a  ir  en  busca  de  auxiliares  más  constantes.  El  mismo 
señor  Posadas  considera  como  calamidades  a  sus  jefes. 
Después  de  narrar  los  dolores  de  cabeza  que  le  daban 
las  disensiones  en  el  ejército  del  Norte,  que  tantos 
desastres  causaron,  dice:  «No  eran  menores  los  dis- 
gustos que  me  causaba  el  ejército  sitiador  de  Monte- 
video, cuando  lo  mandaba  Rondeau.  Don  José  Arti- 
gas abandonó  el  sitio  con  la  división  de  su  mando; 
los  demás  jefes  renunciaban  sus  empleos,  y  nada  bas- 
taba a  aquietarlos...» 

Bl  Director  se  daba  a  todos  los  diablos;  escribía  a  San 
Martín,  a  French,  a  Rondeau,  a  Soler,  por  ver  de  sa- 
tisfacer sus  ambiciones  y  apaciguarlos.  «Mi  amado 
hermano,  escribe  a  French,  acabo  de  recibir  su  apre- 
ciable  del  4...  S^ur amenté  usted  ha  olvidado  que  yo 
estoy  aquí  sentado  contra  los  sentimientos  de  mi 
corazón,  y  lo  mismo  se  ha  olvidado  Rondeau,  a  quien 
ya  he  escrito  sobre  su  infernal  renuncia.  Soler  también 
renuncia  de  oficio.  Conque,  si  a  ustedes  les  parece, 
admitiré  las  tres  renuncias,  y  me  iré  a  mandar  los  tres 
regimientos.» 

Pero  entre  todas  las  comunicaciones  de  Posadas, 
todas  ellas  llenas  de  la  luz  que  yo  difundo  en  lo  que 
os  digo,  ninguna  más  expresiva  que  la  dirigida  al  co- 
ronel don  Mguel  Estanislao  vSoler .  <(Mi  amigo  del  alma, 
le  dice:  ya  no  sé  con  qué  palabras  he  de  hablar  a  los 
hombres.  Algún  demonio  se  ha  metido  en  esta  casa. 
Rondeau  renuncia;  French  y  usted  renuncian;  Arti- 
gas renunció,  y  nos  destrozó  500  hombres.  Los  oficia- 
les que  ha  hecho  prisioneros  me  escriben  que  los  he  sa- 
crificado estérilmente,  porque  la  causa  de  Artigas 
ES  JUSTA.  Belgrano  renunció,  y  está  enojado.  San 
Martín  dice  que  a  su  mayor  enemigo  no  le  desea  aquel 


EL  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  427 

puesto.  Díaz  Vélez  ha  renunciado  y  está  enojado. 
¿No  es  esto  cosa  de  locos?  ¿Se  puede  así  marchar  a 
ninguna  empresa?» 

Muy  euojado  debía  de  estar,  efectivamente,  San 
Martín,  sobre  todo,  cuando  escribe  a  Posadas  una 
deplorable  carta  del  14  de  abril,  que  nos  hace  cono- 
cer ahora  Rodríguez;  en  ella,  tanto  o  más  penosa 
que  la  que  escribía  Belgrano  al  tomar  el  ejército  del 
Norte,  antes  de  Tucumán,  llega  San  Martín  hasta 
decir  que  «los  oficiales  de  su  ejército,  en  mucha  parte, 
olvidados  de  cuanto  deben  a  su  propio  honor  y  a  las 
armas  de  la  patria  que  se  les  confiaron,  no  se  han 
embarazado  en  servir,  dando  repetidos  testimonios 
de  corrupción  y  cobardía,  esparciendo  el  temor  en  la 
tropa  y  el  desaliento  en  los  pueblos». 

«He  tenido  el  desconsuelo,  agrega,  de  verlos  aban- 
donados a  sus  vicios,  distraídos  y  negligentes,  dando 
más  trabajo  a  sus  jefes  que  sus  soldados...» 

Atribuyamos  tan  severo  juicio  a  un  mal  cuarto  de 
hora  de  San  Martín;  pero  convengamos  en  que  todo 
eso  concurre  a  explicar  el  alejamiento  de  Artigas  con 
su  ejército  de  las  líneas  sitiadoras;  él  quiere  obedecer 
a  su  propia  visión,  antes  que  al  demonio  que  el  Direc- 
tor Supremo  ha  creído  ver  sentado  en  su  propia  silla 
presidencial,  y  que,  como  lo  veis,  mete  la  cola  en 
todas  partes. 

¡I^os  oficiales  prisioneros  proclaman  que  la  causa  de 
Artigas  es  justa/,  dice  el  señor  Posadas.  Convengamos 
en  que  esta  declaración  no  carece  de  interés,  por  más 
que  sepamos,  mejor  que  los  oficiales  prisioneros,  lo 
que  es  la  causa  de  Artigas.  Quien  no  lo  sabía,  ni  lo 
sospechaba,  era  el  Primer  Director  Supremo  de  las 
Provincias  Unidas.  Éste  comete  un  grave  error  en 
su  carta:   Artigas  no  renunció;  no,   no  renunció,  ni 


428  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

mucho  menos,  porque  su  autoridad  no  procedía  del 
señor  Posadas;  tenía  «un  origen  y  un  destino  más 
alto»,  según  él  mismo  lo  dice  en  una  de  sus  notas.  No 
renunció  ni  renunciará. 

A  pesar  de  todo  esto,  Posadas  tuvo  que  ser  el  agen- 
te de  ese  demonio  que  él  sospechaba  alojado  en  la 
Casa  de  Gobierno  de  Buenos  Aires. 

El  fué  el  encargado  de  dictar  la  sentencia  de  muerte 
contra  los  vencedores  de  I^as  Piedras,  raptores  del 
fuego  sacro;  contra  ese  Artigas,  cuya  causa  era  justa. 
Iva  sentencia  es  hermosa  por  lo  implacable,  sentencia 
de  vampiro.  Aunque  todas  las  olas  del  mar,  conver- 
tidas en  sangre,  corrieran  por  las  arterias  de  Artigas, 
no  tendría  éste  sangre  bastante  para  aplacar  la  sed 
de  esa  sentencia. 

Vosotros  sabéis,  mis  queridos  artistas,  que  la  mag- 
nitud de  un  hombre  se  juzga,  tanto  por  los  que  lo 
aman,  como  por  los  que  lo  aborrecen:  juzgad  del  ta- 
maño de  Artigas  por  el  odio  de  su  condenación  a 
muerte. 

Comienza  ésta  por  un  largo  preámbulo,  en  que  la 
adulteración  de  los  hechos  notorios  llega  a  un  grado 
tal  de  candor,  que  hace  pensar  en  la  cólera  de  un  niño 
felino. 

¿Recordáis,  amigos  míos,  aquel  sereno  capitán  de 
blandengues,  grado  equivalente  al  de  general  en  el  go- 
bierno colonial,  que  os  hice  conocer  al  principio,  y  que 
había  sido  indicado  por  Moreno  como  el  hombre  nece- 
sario, por  sus  talentos  y  prestigios,  para  levantar  el  pue- 
blo oriental  y  adherirlo  a  la  revolución  de  Mayo?  ¿Lo 
recordáis  en  la  Calera  de  las  Huérfanas  y  en  la  bata- 
lla de  I^as  Piedras,  en  que  salvó  a  Buenos  Aires  y  a 
la  revolución?  ¿Recordáis  que  Buenos  Aires,  llamán- 
dole «nuestro  general  del  ejército  del  Norte»,  le  pedía 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  429 

SU  plan  de  campaña,  y  concentraba  en  él  sus  ele- 
mentos y  los  de  todos?  Pues  ese  capitán,  Jefe  de 
los  Orientales,  es,  en  ese  preámbulo,  «un  humilde  y 
prófugo  teniente,  que  vino  a  implorar  el  socorro  de 
Buenos  Aires  en  los  comienzos  de  la  revolución»;  ese 
general  del  ejército  del  Norte  es  un  injusto  agresor 
de  los  portugueses,  cuando  defendía  contra  éstos  a 
su  pueblo,  y  Buenos  Aires  apoyaba  su  conducta;  es 
un  desobediente  a  Sarratea,  al  buen  Sarratea,  cuando, 
unido  a  Rondeau,  lo  obligó  a  separarse  del  sitio;  es, 
por  fin,  un  sospechoso  de  connivencias  con  el  go- 
bierno español... 

Y  por  todo  eso,  el  señor  Posadas  decreta: 

«i.°  Se  declara  a  don  José  Artigas  infame,  privado 
de  sus  empleos,  fuera  de  la  ley  y  enemigo  de  la  patria. 

»2.o  Como  traidor  a  la  patria,  será  perseguido  y 
muerto  en  caso  de  resistencia. 

»3.°  Es  un  deber  de  todos  los  pueblos  3'"  las  justi- 
cias, de  los  comandantes  militares  y  de  los  ciudada- 
nos de  las  Provincias  Unidas,  el  perseguir  al  traidor  por 
todos  los  medios  posibles.  Cualquier  auxilio  que  se 
le  dé  voluntariamente  será  considerado  como  crimen 
de  alta  traición.  Se  recompensará  con  seis  mil  pesos 
al  que  entregue  la  persona  de  don  José  Artigas,  vivo 
o  muerto. 

»4.o  Los  comandantes,  oficiales,  sargentos  y  sol- 
dados que  sigan  al  traidor  Artigas  conservarán  sus 
empleos,  y  optarán  a  los  ascensos  y  sueldos  vencidos, 
toda  vez  que  se  presenten  al  general  del  ejército  si- 
tiador, o  a  los  comandantes  y  justicias  de  las  de- 
pendencias de  mi  mando,  en  el  término  de  40  días, 
contados  desde  la  publicación  del  presente  decreto. 

»5.o  lyos  que  continúen  en  su  obstinación  y  rebel- 
día después  del  término  fijado,  son  declarados  trai- 


430  I'A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

dores  y  enemigos  de  la  patria.  De  consiguiente,  los 
que  sean  aprehendidos  con  armas  serán  juzgados 
por  una  comisión  militar,  y  fusilados  dentro  de  las 
24  horas.» 

Todo  esto  está  firmado  por  el  muy  bonachón  del 
señor  Posadas;  pero  éste  no  fué  su  autor;  él  así  lo  dice, 
y  yo  se  lo  creo  a  pie  juntillas.  «Yo  no  soñaba  en  tirar 
semejante  decreto,  dice;  pero  lo  firmé  en  mi  sano 
juicio,  sin  el  más  leve  odio  ni  enojo  contra  la  persona 
de  Artigas.  /  no  me  retracto,  porque  lo  conceptué 
justo,  y  aun  necesario  en  política.i> 

T  menos  se  retracta  Alvear,  por  cierto.  En  sus 
Memorias  aplaude  y  defiende  el  decreto.  «Pudo  tal 
vez  excusarse,  dice,  el  poner  a  precio  su  cabeza,  no 
por  consideraciones  a  un  hombre  que  era  tan  bien 
conocido,  y  del  cual  nada  había  que  esperar,  sino 
para  no  herir  sentimientos  filantrópicos  de  la  socie- 
dad.» 

Al  narrar  estas  cosas,  amigos  artistas,  uno  siente, 
de  vez  en  cuando,  la  necesidad,  como  si  se  restregase 
los  ojos,  de  adelantarse  a  los  sucesos,  porque  casi  se 
experimentan  vacilaciones.  ¿No  obraría  de  buena  fe 
esa  gente  que  denigra  tanto  a  Artigas?  ¿No  creería 
realmente  lo  que  decía,  cuando  así  lo  presentaban 
como  un  facineroso  o  como  un  ente  despreciable,  que 
se  mata  sin  escrúpulo?  Veamos  lo  que  sobre  él  pen- 
saba realmente  Alvear,  por  ejemplo. 

No  pasará  un  año,  y  éste,  que  habrá  sido  Director 
Supremo,  caerá  violentamente,  y  será  tratado  tam- 
bién muy  mal.  Sus  émulos  le  imputarán,  entre  otros 
delitos,  el  de  traición,  por  haber  recibido  soHcitaciones 
de  España.  El,  en  una  larga  pubHcación  que  hace  en 
1 81 9,  contesta  el  cargo,  bien  o  mal;  no  es  del  caso 
juzgarlo  ahora;  pero  dice: 


El,  PENSAAnENXO  DE  ARTIGAS  43 1 

«¿Quién  no  sabe  que  el  actual  Director,  don  Juan 
Martín  Pueyrredón,  siendo  general  del  ejército  del 
Perú,  recibió  insinuaciones  repetidas  del  general  Go- 
yeneche?  ¿No  fueron  convidados  casi  todos  los  go- 
biernos desde  la  primera  Junta  por  los -jefes  españoles 
de  Montevideo?  El  general  Artigas,  que  acaba  de 
fusilar  en  su  campo  al  oficial  don  Isidoro  Moreno  por 
haberle  llevado  cartas  seductoras  del  embajador  espa' 
ñol,  ¿no  ha  sido  mil  veces  solicitado  por  Vigodet  y 
otros  jefes  para  una  composición?  En  la  Guía  de 
For asieras,  ¿no  está  su  nombre  en  la  lista  de  los  bri- 
gadieres de  los  ejércitos  de  España?  Bolívar,  Morelos 
y  los  principales  caudillos  de  la  América  Septentrio- 
nal, ¿no  fueron  invitados  a  convenios  pacíficos  por 
cuantos  gobernantes  mandó  España  a  sostener  la 
guerra  en  aquellas  comarcas  del  Nuevo  Mundo? 

))Y  con  todo,  no  ha  habido  hasta  ahora  una  lengua 
maldiciente  que  se  atreva  a  tratar  de  traidores  a  la  faz 
de  los  pueblos  a  tan  ilustres  ciudadanos.i> 

¡Ilustres  ciudadanos!  ¡Bolívar,  Morelos,  Artigas!  Uno 
se  restrega  los  ojos,  efectivamente,  con  ése  y  otros 
mü  análogos  documentos,  y  ve  al  héroe  oriental  a 
la  luz  de  un  incendio.  Y  se  siente  seguro,  plenamente 
seguro,  de  que  no  engaña  a  sus  semejantes,  cuando, 
al  narrarles  esta  verídica  historia,  les  ofrece  a  Arti- 
gas como  el  clásico  protagonista  de  la  epopeya  ame- 
ricana. 

Imagínese,  pues,  todo  el  rencor  y  el  odio  compri- 
mido que  estaban  depositados,  contra  el  héroe  orien- 
tal y  su  pueblo,  en  el  fondo  de  las  almas  que  dictaron 
aquella  feroz  sentencia,  3'  el  destino  que  le  hubiera 
cabido,  si  penetra  con  Alvear  en  Montevideo,  disper- 
sando su  ejército.  No  podía  ser  ése  un  odio  reciente; 
los  cachorros  no  rugen  así;  era  un  odio  y  un  rencor 


432  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

muy  viejos,  muy  profundos:  rugido  de  fiera  anciana, 
de  tigre  octogenario,  muchas  veces  secular  quizá,  y 
que  ruge  en  lengua  extranjera.  Los  tigres  americanos 
no  tienen  tampoco  esa  voz. 

Artigas  es,  pues,  un  ajusticiado,  privado  del  agua 
y  del  fuego;  su  cabeza  puesta  está  a  precio.  El  Pueblo 
Oriental  queda  emplazado  por  cuarenta  días.  Si,  en 
este  término,  no  se  presenta  desarmado  ante  su  se- 
vero protector,  será  fusüado  a  las  veinticuatro  ho- 
ras. Será  recompensado  si  se  presenta:  se  le  dará  un 
buen  premio,  empleos,  ascensos  y  sueldos  deven- 
gados, 

¡Ivos  sueldos  de  los  soldados  orientales,  que,  murien- 
do, nos  dieron  patria! 

¡Oh  amigos,  amigos  artistas!  No  os  imagináis  lo  que 
me  conmueve  pensar  en  eso.  ¡Si  sintierais  lo  que  yo, 
al  pensar  en  los  sueldos  de  esos  pobres  ajusticiados 
que  siguen  a  Artigasl 

Son  ahora  tres  mil  hombres;  después  serán  ocho 
mil,  y  todos  morirán  por  la  patria. 

¡Sus  sueldos!  ¿Recordáis  aquel  ataúd,  descomunal 
por  lo  grande,  que  quería  Enrique  Heine  para  ente- 
rrar su  amor  y  sus  infortunios?  ¡Imaginad  ahora  vos- 
otros el  monumento  que  tendríais  que  fundir,  si  tu- 
vierais que  emplear  en  él  todo  el  oro  que  no  pagamos 
a  los  soldados  de  Artigas! 

Esos  soldados  no  tenían  sueldo,  como  lo  tenían  los 
soldados  de  Washington;  ya  lo  veréis  más  adelante. 
Artigas  no  tuvo  sueldos;  vivió  muy  pobre,  murió  muy 
pobre,  lo  enterraron  de  limosna. 

No,  el  Pueblo  Oriental  no  fué  a  buscar  sus  sueldos 
a  Buenos  Aires.  Amó  más  que  nunca  a  Artigas;  su 
amor  se  transformó  en  culto,  y  se  resolvió  a  morir 


El,  PENSAMIENTO  DE  ARTIGAS  433 

con  él.  Nadie  ha  sido  más  odiado  ni  más  amado  que 
ese  hombre. 

Para  él  está  escrita,  amigos  artistas  italianos,  no 
para  Bonaparte,  la  estrofa  marmórea  de  vuestro 
Manzoni: 

Segno  d'immensa  invidia, 
E  di  pietá  profonda; 
D'inesiinguibil  odio, 
E  d'^ndotnato  amor. 


T.t.-30 


¿^P' 


CONFERENCIA  XII 
EIv  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO 

lyA  REVOLUCIÓN  EN  ChJXE. — JOSÉ  MlGtJEL  CARRERA  Y  JUAN  MAR- 
TÍNEZ DE  Rosas. — O'Higgins  y  Mackenxa. — Los  tratados  de 
LiRCAY. — Carrera  y  O'Higgins. — Caída  de  Chile  en  «Ran- 
CAOUA». — Sanmartín. — Chacabuco. — Carrera  err,\ntepor  el 
MUNDO. — Envío  de  Hollemberg. — Combate  del  EsrixiLto. — 
Misione»  ante  Artigas. — La  de  la  Robla. — La  de  Amaro  y 
Candioti. — La  continuación  del  sitio  de  Montevideo. — San 
Martín  en  «San  lorenzo». — Brown. — Montevideo  estrangu- 
lado.— Capitulación  de  la  plaza. — ^Aparición  de  Alvear 
COMO  libertador. — ¿Artigas  en  el  séquito  de  Alvear? 


Amigos: 

Tengo  mucho  interés,  ahora  más  que  nunca,  en  que 
os  deis  cuenta  bien  exacta  de  la  existencia  de  estas 
dos  naciones,  de  lengua  española,  que  han  nacido  a 
ambos  lados  de  la  profunda  cuenca  del  Uruguay  y 
el  Plata:  la  occidental  y  la  oriental;  la  inmensa  región 
andina  que  se  extiende  de  los  Andes  hasta  aquella 
gran  cuenca  hidrográfica,  y  la  nación  atlántica,  mu- 
cho menor  que  la  otra  territorialmente,  pero  mucho 
mejor  situada,  que  va  del  lecho  de  los  grandes  ríos 
al  Océano,  y  que  debía  extenderse  hasta  la  altura 
de  las  Misiones  Orientales. 


436  hA.  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Arabas  tienen  sus  metrópolis  como  sabemos:  Bue 
nos  Aires  y  7\Iontevideo. 

Buenos  Aires  está  en  poder  de  su  dueño,  si  bien 
a  nombre  de  Fernando  VII,  desde  el  25  de  mayo  de 
1810;  Montevideo  va  a  estarlo,  por  fin,  a  nombre  pro- 
pio, muy  pronto. 

Artigas,  el  ajusticiado,  tomará  en  breve  posesión 
de  la  plaza,  y  coronará  en  ella  a  la  heredera  l^ítima 
que  ha  robado;  a  la  sola  soberana  que  él  ha  reco- 
nocido y  salvado:  la  democracia  americana. 

Ambas  tendrán  que  continuar  la  lucha  por  la  in- 
dependencia, sin  embargo;  Buenos  Aires  contra  el 
español,  que  insiste  en  deciise  su  señor  natural,  y  que, 
partiendo  de  I^ima,  su  sede  colonial  y  postrer  baluar- 
te, bajará  por  los  contrafuertes  de  los  Andes  en  direc- 
ción al  Plata;  Montevideo,  una  vez  desalojado  el 
español,  además  de  ser  el  centinela  avanzado  de  Amé- 
rica contra  éste,  tendrá  que  luchar  contra  el  portu- 
gués, que  también  se  cree  su  dueño,  y  que  vendrá 
de  Río  Janeiro,  su  sede  real  en  la  región  atlántica. 
España  y  Portugal  «on  la  misma  causa,  como  lo  com- 
prendéis: son  la  metrópoli  contra  la  colonia,  Europa 
contra  América. 

El  pueblo  argentino  occidental  se  cubrirá  de  glo- 
ria en  el  Norte,  a  pesar  de  los  desastres  que  acaba  de 
experimentar  en  Vilcapugio  y  Ayohuma,  y  del  que  su- 
frirá en  Sipe-Sipe;  cruzará  los  Andes,  y  pasará  a  Chile 
con  San  Martín;  recogerá  los  laureles  de  Maipú,  y, 
coronado  con  ellos,  dará  cima  a  la  campaña  del  Perú» 
donde  se  encontrarán  los  dos  héroes  andinos:  San 
Martín  y  Bolívar. 

El  pueblo  argentino  oriental  emulará  esas  glorias 
del  occidental  en  su  lucha  con  el  portugués.  Pero  no 
encontrará  a  Bolívar:  luchará  solo,  y  caerá  sacrifi- 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  437 

cado  a  la  traición  y  el  número;  pero  salvando,  con  la 
democracia,  el  germen  de  la  futura  patria  rioplatense, 
y  a  costa  de  una  parte  del  patrimonio  de  los  orientales 
sacrificados. 

Dentro  de  esa  guerra  contra  el  enemigo  exterior, 
español  el  uno,  portugués  el  otro,  va  a  empeñarse  la 
lucha  entre  el  gobierno  de  Buenos  Aires  y  la  Provin- 
cia Oriental,  constituida  en  núcleo  de  las  argentinas 
Htorales;  lucha  provocada,  no  tanto  por  las  causas 
inmediatas  que  obligaron  a  Artigas  a  separarse  del 
sitio,  y  por  su  estupenda  condenación  a  muerte  con 
todo  su  pueblo,  cuanto  por  el  antagonismo  funda- 
mental que  representan  Artigas  y  el  Directoiio  de 
Buenos  Aires.  Es  la  guerra  de  la  fe  contra  el  escepti- 
cismo; la  de  la  democracia  republicana,  la  verdadera 
independencia,  contra  la  monarquía. 

Artigas  acudirá  en  apoyo  del  pueblo  argentino  occi- 
dental, de  todo  el  pueblo,  sin  excluir  el  de  Buenos 
Aires,  que  es  también  víctima  del  gobierno  que  man- 
da en  la  capital.  Éste  Uamará  en  su  auxilio,  contra 
Artigas,  al  enemigo  portugués,  al  que  estimulará  a 
la  conquista  del  Uruguay,  haciéndolo  ejecutor  de  la 
sentencia  de  muerte  dictada  contra  el  Pueblo  Orien- 
tal, que  el  que  la  dictó  no  puede  ejecutar. 

Para  que  os  deis  cuenta  de  la  incubación  de  ese 
plan,  os  adelantaré  este  dato  interesante:  S  arratea 
ha  ido,  como  sabemos,  a  Río  Janeiro;  el  rey  don 
Juan  VI  aprovechó  su  presencia  para  reclamar  de 
la  ley  dictada  por  la  Asamblea,  que  protegía  a  los 
esclavos.  El  primer  acto  de  Posadas,  al  subir  al  poder, 
fué  un  decreto,  en  que  retiraba  la  protección  del  es- 
clavo, y  devolvía  los  suyos  al  Brasil.  Y  la  Asamblea 
dictó  una  ley  en  igual  sentido.  Era  necesario  mantener 
relaciones  amistosas  con  Portugal,  dice  un  historiador. 


438  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Ése  es  el  problema  que  vais  a  ver  planteado,  ami- 
gos míos. 

Ya  estáis  vosotros  plenamente  aleccionados  para 
no  confundir,  como  otros  lo  han  hecho,  esa  lucha  por 
la  \ida  propia  y  por  la  democracia  argentina,  que  em- 
peña el  Pueblo  Oriental  contra  el  Directorio  de  Buenos 
Aires,  con  otras  luchas  que  estallaron  en  el  seno  de 
la  revolución  americana,  y  que  son  guerras  intes- 
tinas. 

Quiero  haceros  conocer  someramente,  sin  embargo, 
para  que  veáis  íntegro  el  cuadro  de  la  revolución  de 
América,  3'-  porque  se  vincula  a  la  vida  de  Artigas, 
la  independencia  y  la  lucha  interna  de  Chile,  la  ama- 
ble hermana  transandina. 

1,3.  revolución  tiene  allí  el  mismo  origen  que  en  el 
Plata,  como  hemos  dicho:  formación  de  Juntas  de  Go- 
bierno para  custodiar  los  derechos  de  Femando  VII, 
Como  en  Buenos  Aires,  se  desata  allí  la  guerra  interna, 
provocada  por  las  ambiciones  de  los  hombres:  José  Mi- 
guel Carrera  lucha  con  Juan  Martínez  de  Rosas,  pro- 
ceres ambos  chilenos.  El  primero  predomina  al  fin, 
y  dirige  la  guerra  contra  España,  que,  desde  el  Perú, 
envía  sus  ejércitos  por  el  Océano  Pacífico,  y  los  des- 
embarca en  el  Sur  del  territorio  chileno,  de  donde  em- 
prenden su  marcha  hacia  Santiago. 

Carrera,  después  de  breve  resistencia,  es  depuesto 
por  sus  compatriotas,  y  tomado  prisionero  por  los 
españoles.  I^e  suceden  O'Higgins  y  Mackenna  en  el 
mando  del  ejército;  pero  éstos,  cuando  esperan  la 
victoria  de  sus  armas  sobre  Gainza,  el  jefe  español, 
reciben  orden  de  cesar  en  las  hostihdades.  Se  han  ce- 
lebrado los  tratados  de  Lircay  (mayo  de  1814),  en 
que  Chile,  bajo  ciertas  condiciones,  reconoce  su  de- 


Er<  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  439 

pendencia  del  rey  de  España.  Aquí  también  intervie- 
ne el  representante  inglés,  Hillyar. 

José  IVIiguel  Carrera,  fugado  de  su  prisión,  reapa- 
rece de  nuevo  en  Santiago,  y  promueve  allí  otra 
revolución;  depone  al  gobierno,  y  él  mismo  se  coloca 
a  su  cabeza:  es  la  guerra  civil.  El  bando  caído  llama 
a  O'Higgins.  Éste  combate  con  Carrera,  y  es  vencido. 
Cuando  se  prepara  a  renovar  la  batalla,  sabe  que  Es- 
paña desaprueba  los  tratados  de  lyircay.  España  quie- 
re restablecer  su  autoridad  sin  condiciones,  y  envía, 
con  ese  objeto,  un  nuevo  ejército  al  mando  del  general 
Osorio.  Carrera  y  O'Higgins  marchan  entonces  uni- 
dos contra  el  enemigo,  a  las  órdenes  del  primero. 
Pero  la  reconciliación  no  es  sincera  por  ambas  partes. 
O'Higgins,  sitiado  en  Rancagua,  hace  una  resistencia 
homérica.  Espera  a  Carrera,  que  debe  venir  en  su  au- 
xilio; le  ve  acercarse  por  el  Norte;  pero  luego  advierte, 
con  asombro,  que  Carrera  se  retira,  y  que  deja  caer 
muerta  a  Rancagua.  Muerta  sobre  el  glorioso  escudo. 
De  sus  dos  mil  defensores,  sólo  quedan  trescientos, 
que  se  abren  paso,  con  el  filo  de  sus  sables,  entre 
las  compactas  líneas  sitiadoras,  con  O'Higgins  res- 
plandeciente a  la  cabeza. 

Chile  cae  de  nuevo  en  poder  de  España  (octubre 
de  1814),  precisamente  cuando  Montevideo,  el  baluarte 
del  Atlántico,  es  arrebatado  a  España  para  siempre. 

Dos  años  después  (enero  de  1817),  descenderá  San 
Martín  de  los  Andes,  precedido  por  los  guerrilleros 
chilenos,  de  que  es  tipo  y  ejemplar  el  bizarro  Manuel 
Rodríguez,  y  comenzará,  en  Chacabuco,  la  libertad 
definitiva  de  aquel  heroico  pueblo...  Pero  estamos 
hablando  de  la  guerra  intestina. 

José  Miguel  Carrera  no  tomará  parte  en  el  acto 
final  de  la  libertad  de  su  patria:  O'Higgins,  el  compa- 


440  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

ñero  de  San  Martín,  el  soldado  de  Chacabuco  y  de 
Maipú,  predominará  allí,  a  título  de  gloria. 

Carrera,  después  de  abandonar  a  su  rival  en  Ran- 
cagua,  transpuso,  fugitivo  como  él,  la  cordillera  de  los 
Andes,  y  se  embarcó  en  Buenos  Aires  para  los  Esta- 
dos Unidos,  en  busca  de  recursos  con  que  volver  como 
libertador  a  su  tierra.  I<os  obtuvo,  y  llegó  con  ellos 
a  Buenos  Aires,  donde  esperaba  completarlos  con  los 
emigrados  chilenos,  sus  parciales,  que  allí  le  espera- 
ban. Entre  éstos  estaban  sus  dos  hermanos,  Juan 
José  y  lyuis.  Esos  recursos,  unidos  a  los  de  San  Martín, 
hubieran  sido  fecundos;  pero  ni  Carrera  quería  ofre- 
cer a  San  Martín  la  gloria  de  libertar  a  su  país,  ni 
Buenos  Aires  a  Carrera  la  ocasión  de  entrar  en  él, 
donde  podía  reanudar  la  lucha  civil.  El  gobierno  de 
Buenos  Aires  desbarató,  con  toda  energía,  la  expedi- 
ción de  Carrera:  fueron  San  Martín  y  O'Higgins  quie- 
nes vencieron  en  Chacabuco,  y  quienes  penetraron 
vencedores  en  Santiago. 

I/Os  Carreras  se  sintieron  heridos  en  el  corazón. 
I^os  dos  hermanos  de  José  Miguel  parten  entonces  de 
incógnito  para  Chile,  con  el  ánimo  de  derrocar  el  go- 
bierno de  los  vencedores;  son  apresados  en  Mendoza, 
y  fusilados  el  8  de  abril  de  1818.  Primer  acto  de  una 
tragedia  llena  de  tenebrosa  noche. 

Un  mes  más  tarde,  estalla  en  Santiago  un  motín 
popular  contra  O'Higgins,  para  provocar  un  cambio 
de  gobierno.  Lo  acaudilla,  entre  otros,  Manuel  Rodrí- 
guez, el  animoso  precursor  inmediato  de  San  Martín. 
El  motín  es  sofocado.  Preso  el  impertérrito  Rodrí- 
guez, es  asesinado  por  sus  guardias  en  Tiltil,  al  ser 
conducido  de  Santiago  a  Quillota.  Una  tragedia  más. 

Quedaba  don  José  IVIiguel  confinado  en  Montevi- 
deo por  Buenos  Aires.  Convencido  de  que  la  muerte 


EI<  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  44 1 

de  SUS  hermanos  es  obra  de  la  Logia  Lautaro,  la 
misma  que  ha  condenado  a  muerte  a  Artigas,  cobra 
todo  el  aspecto  de  un  arcángel  vengador. 

Porque  el  caudillo  chileno  era  de  la  familia  de  los 
seres  ígneos,  de  agilidad  fulgurante:  era  legión.  «Voy 
a  moverme,  escribe  entonces  a  su  hermana,  voy  a 
vengarte,  a  vengar  y  a  vengarme. r>  Cree  que  Artigas 
es  su  hermano;  busca  su  alianza.  No  le  había  mirado 
a  los  ojos,  a  buen  seguro.  Artigas  no  es  venganza,  no 
es  impulso  determinado  por  causas  exteriores;  es  un 
silencio  grande,  el  único  grande,  ya  os  lo  dije  al  prin- 
cipio. 

Artigas  no  tiene  por  qué  ni  para  qué  acudir  al  grito 
de  aquel  inflamado  dragón  alado,  que  pasa  por  el  aire 
como  un  meteoro:  nada  tiene  de  común  con  él. 

Pues  si  no  es  su  hermano,  será  su  enemigo,  el  objeto 
también  de  sus  vengativos  odios.  Carrera  concita  con- 
tra Artigas  a  los  caudillos  argentinos  que  aclamaban 
y  obedecían  a  éste;  pero,  después  de  contribuir  a  la 
caída  del  héroe  oriental,  no  consigue  que  aquéllos 
le  sigan;  sólo  Ramírez,  de  Entrerríos,  el  hijo  desna- 
turalizado de  Artigas,  le  será  consecuente;  pero  pagará 
con  la  cabeza  la  traición  a  su  verdadero  jefe,  el  oriental. 
Kl  arcángel  chileno  se  queda  solo,  siniestro,  envuelto 
en  sus  alas  membranosas  crepusculares,  sentado  en 
el  desierto,  en  la  Pampa.  La  desesperación  se  sienta 
a  su  lado.  Allí  se  le  aparecen  los  indios  salvajes,  y  él 
los  llama  con  el  dictado  de  hermanos,  con  el  nombre 
de  esperanza.  Comienza,  con  ese  concurso,  una  guerra 
caótica,  buscándose  paso  hasta  Chile.  Es  vencido  por 
el  gobernador  de  Mendoza.  Es  fusilado  en  el  mismo 
sitio  en  que,  tres  años  antes,  lo  habían  sido  sus  her- 
manos. Es  un  trágico  personaje  este  hombre.  Tiene 
hoy  su  estatua  de  bronce  en  Santiago.  ¿O'Higgins  ha 


442  I*A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

sido  el  matador  de  Carrera  y  sus  hermanos?  ¿San  Mar- 
tín fué  coautor  de  esa  tragedia,  que  reviste  caracte- 
res siniestros?  O'Higgins  hace  pagar  al  anciano  padre 
de  los  Carreras  las  balas  con  que  han  sido  fusilados 
sus  hijos;  el  anciano  paga,  y  muere  de  dolor;  las  fami- 
lias de  los  muertos  son  perseguidas.  ¡Sombras  flotan- 
tes en  las  noches  de  la  historia! 

O'Higgins  gobierna  en  Chile  durante  seis  años;  pero, 
al.  fin,  una  nueva  revolución  se  levanta  contra  él.  La 
acaudilla  Freiré,  el  general  más  glorioso  de  su  tierra, 
después  de  O'Higgins.  Éste  abdica.  Su  abdicación  es 
el  oro  de  su  gloria. 

En  la  capital  de  Chile,  mis  amigos  artistas,  tiene 
hoy  O'Higgins  su  monumento  de  granito  y  bronce:  el 
héroe,  a  caballo,  salta  las  murallas  de  Rancagua.  Muy 
cerca  de  éste,  se  levanta  el  de  Freiré,  sereno  y  noble. 
Cerca  de  ambos  está  José  Miguel  Carrera,  cubierto 
con  su  dolman  de  húsar,  que,  como  un  ala  rota,  le 
cuelga  del  hombro;  José  Mguel  Carrera,  el  fusilado 
en  Mendoza.  Ahora  acaba  de  levantarse  la  estatua 
de  Manuel  Rodríguez,  el  caudillo  asesinado  en  Tiltil. 

Por  todas  partes  la  apoteosis  de  los  ajusticiados. 

Todos  esos  fueron  chilenos,  que  lucharon  entre  sí; 
pero  sin  dejar  de  luchar  por  la  patria  común  chilena. 

¡José  IMiguel  Carrera!...  Su  delito  podía  acaso  de- 
finirse: quería,  en  primer  lugar,  la  libertad  de  Chile 
bajo  su  dominio;  y,  en  segundo  lugar,  la  libertad  de 
Chüe. 

Os  he  narrado  esos  hechos,  amigos  míos,  porque 
quiero  haceros  meditar  sobre  la  diferencia  fundamen- 
tal, y  la  distancia  inconmensurable,  que  median  entre 
esas  guerras  intestinas,  análogas  a  muchas  otras  de 
la  independencia  americana,  y  la  que  acaba  de  decla- 
rar Buenos  Aires  al  Jefe  de  los  Orientales. 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  443 

Allá,  en  Chile,  no  luchaba  ningún  chüeno  contra  San 
Martín  en  defensa  de  la  persona  de  la  patria;  tampoco 
batalló  nadie  contra  él,  en  defensa  del  pueblo  chile- 
no al  darse  su  forma  de  gobierno.  San  Martín  fué  un 
conquistador  de  Chile  contra  los  españoles,  no  con- 
tra los  chilenos.  Hoy  tiene  también  su  estatua  en  San- 
tiago. Como  la  tendrá  O'Higgins  en  Buenos  Aires. 
Artigas  está  excluido,  por  ahora,  de  esa  procesión 
de  caballeros  de  bronce;  no  hay  espacio  bastante 
para  la  sombra  de  su  caballo;  es  mucha  sombra. 

El  general  argentino  sintió,  al  cruzar  las  altas  cum- 
bres de  los  Andes,  que  allí  atravesaba  una  frontera;  no 
pretendió  borrarla  con  su  espada.  No  lo  hubiera  con- 
seguido tampoco,  porque  los  chilenos,  como  los  orien- 
tales, tenían  también  la  suya.  Es  O'Higgins,  jefe  de 
los  chilenos,  pero  menos  representativo  que  Artigas 
como  Jefe  de  los  Orientales,  es  O'Higgins  el  que  queda 
designado  como  Director  Supremo  del  Estado,  tras 
la  expulsión  de  España.  San  Martín  hará  otro  tanto 
en  el  Perú,  aunque  no  encuentre  allí  un  indiscutido 
jefe  de  los  peruanos. 

Cuando,  acompañado  del  almirante  Cochrane  y  dej 
general  I<as  Heras,  desembarque  en  el  Perú,  a  la  ca- 
beza del  ejército  libertador,  se  dirigirá  a  sus  soldados 
y  les  dirá:  «Ya  hemos  llegado  al  lugar  de  nuestro  des- 
tino, y  sólo  falta  que  el  valor  consume  la  obra  de  la 
constancia.  Pero  acordaos  de  que  vuestro  deber  es 
consolar  a  América,  y  que  no  venimos  a  hacer  con" 
quistas,  sino  a  libertar  a  los  pueblos  que  han  gemido 
trescientos  años  bajo  tan  bárbaro  derecho.  Los  perua- 
nos son  nuestros  hermanos  y  amigos;  abrazadles  como 
tales;  respetad  sus  derechos,  como  respetasteis  los 
de  los  chilenos,  después  de  la  batalla  de  Chacabuco»- 

¿Por  qué  no  se  procedió  así  con  los  orientales  y  con 


444  I'A    EPOPEYA  DÉ  ARTIGAS 

Artigas,  el  del  levantamiento  en  masa,  el  del  éxodo^ 
el  de  Las  Piedras?  La  cuenca  del  L''"ruguay  y  el  Plata 
no  es,  como  lo  sabéis,  una  divisoria  menos  profunda 
que  la  del  divoriium  aquarum  de  los  Andes;  esas  hon- 
duras hidrográficas  son  montañas  huecas  invertidas. 
El  Pueblo  Oriental,  por  otra  parte,  no  había  hecho 
menos  esfuerzos  que  el  de  Chile  o  el  del  Perú  por  su 
propia  hbertad.   ¿Quién  puede  dudarlo? 

¿Sentís,  amigos  artistas,  la  enorme  diferencia  entre 
Artigas  por  un  lado,  y  Carrera,  O'Higgins,  Freiré, 
Manuel  Rodríguez? 

Jamás  tendré  por  hombre  discreto  a  quien  llame 
lucha  intestina,  y  no  rechazo  de  un  opresor  injusto, 
y  defensa  de  la  propia  vida,  a  la  que  Artigas,  como 
caudillo  de  los  pueblos  platenses,  sostendrá  contra 
la  oligarquía  bonaerense. 

Antes  de  entrar  en  su  estudio,  conozcamos,  sin 
embargo,  los  nuevos  esfuerzos  de  Artigas  por  evitarla. 


II 


Desde  el  momento  en  que  el  caudillo  oriental  se 
retira  del  sitio  de  Montevideo  para  ir  en  busca  de 
otros  auxiliar ¿s,  ya  no  es  el  colaborador  de  la  inicia- 
tiva de  Buenos  Aires;  él  ha  puesto  por  obra  la  suya, 
la  de  Montevideo,  la  otra  metrópoH  iniciadora;  ha 
enarbolado  su  bandera  tricolor.  Artigas,  como  O'Hig- 
gins en  Chüe,  es  el  jefe  de  un  estado  o  germen  de 
estado  con  misión  y  carácter  propios,  que  lucha  por 
su  independencia;  pero,  como  os  lo  hice  observar, 
es  también  el  depositario  del  pensamiento  integral 
de  la  revolución  de  Mayo.  La  persona  de  Artigas  es, 
desde  aquel  momento,  el  núcleo  de  rotación  contra- 


EI<  TRIUNFADOR  EN   MONTEVIDEO  445 

puesto  al  que  forman,  todas  reunidas,  las  de  la  oli- 
garquía virreinal;  se  ha  dirigido  a  los  pueblos  del 
Plata,  y  les  ha  propuesto  la  opción:  «Yo  o  Buenos  Aires; 
mi  pensamiento  o  el  de  los  otros;  mi  bandera  tricolor 
o  la  otra».  Y  aquéllos  han  contestado  unánimes:  «Tú; 
tu  pensamiento  es  el  solo  que  puede  animamos  y 
conducimos».  El  héroe  emprende  entonces  la  obra  de 
organización  democrática  y  de  común  defensa;  los 
pueblos  todos  argentinos,  bajo  su  protección  y  en 
tomo  suyo,  comienzan  a  vivir  la  vida  de  la  célula: 
forman  sus  congresos  o  asambleas;  organizan  sus  go- 
biernos propios,  en  substitución  de  los  que  les  enviaba 
Buenos  Aires,  que  expulsan;  arman  sus  ejércitos;  bus- 
can su  cohesión  orgánica  en  un  ideal  federativo  más 
o  menos  confuso,  pero  fijo,  como  nebulosa  polar  en 
rotación  espiral. 

El  primero  que  reconoce  a  Artigas  en  ese  carácter 
es  Vigodet,  el  gobernador  español,  que,  como  hemos 
dicho,  ha  iniciado  las  negociaciones  directas  que  va- 
mos a  estudiar.  El  segundo  será  Posadas,  el  Director 
Supremo  de  Buenos  Aires,  que  también  las  abrirá 
muy  pronto  con  el  reo  que  acaba  de  condenar  a 
muerte. 

Pero  Posadas,  que  no  sabe  lo  que  es  la  revolución 
de  Mayo,  y  está  más  cerca  de  Vigodet  que  de  Artigas, 
no  entrará  en  razón,  antes  de  tentar  la  ejecución  de 
su  desgraciada  sentencia.  Envía  sus  soldados  con  ese 
objeto,  y  para  que  se  incorporen  después  al  sitio  de 
Montevideo;  van  a  las  órdenes  del  coronel  barón  de 
Hollemberg,  oficial  del  ejército  alemán  al  servicio 
de  Buenos  Aires.  Esa  malhadada  expedición  militar 
fué  un  desastre  en  todo  sentido;  dio  el  primer  triunfo 
al  principio  anímico  federativo;  es  el  primero  de  una 
larga  serie  que,  comenzada  aquí,  en  el  EsfintUo,  ter- 


446  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

minará  en  la  misma  plaza  de  Buenos  Aires,  ocupada 
por  los  capitanes  de  Artigas  que  enarbolan  su  bandera. 
Ése  será  propiamente  el  desenlace  o  escena  final  de 
esta  nuestra  Epopeya  de  Artigas:  el  triunfo  de  los 
principios  del  héroe  en  Buenos  Aires.  Mucho  efecto 
es  ése,  si  bien  se  piensa,  para  no  serlo  de  una  causa 
muy  profunda.  Sólo  los  necios  pueden  dejar  de  per- 
cibirla. 

Tenemos,  pues,  al  coronel  Hollemberg  en  campaña; 
Va  en  busca  de  la  cabeza,  viva  o  muerta,  del  Jefe  de 
los  Orientales;  pasa  el  río  Paraná  con  sus  soldados, 
5',  unido  en  Entrerríos  con  el  Quintana  y  con  el 
Planes,  a  quienes  Artigas  se  refería  en  su  comunica- 
ción al  gobierno,  antes  de  su  retiro,  y  con  el  coronel 
Pintos,  que  también  estaba  allí,  forma  una  fuerza 
de  750  hombres  de  tropa  selecta. 

Artigas,  mal  de  su  grado,  ordena  a  Otorgues  que 
pase  el  Uruguay  y,  en  toda  esa  vasta  región  trans- 
uruguaya, entre  los  ríos  Uruguay  y  Paraná,  destruya 
todo  aquello.  Y  todo  aquello  quedó  destrm'do  en  pocos 
días.  Otorgues  se  encontró  con  el  enemigo  (febrero 
de  1814)  en  el  Espinillo,  cerca  de  la  Bajada;  lo  des- 
barató; tomó  prisionero  a  Hollemberg  y  lo  remitió  a 
Artigas  con  sus  oficiales.  Éstos  son  aquellos  oficiales 
que  se  quejaban  a  Posadas  de  haber  sido  sacrificados 
estérilmente,  porque  la  causa  de  Artigas  era  justa.  El 
Jefe  de  los  Orientales  los  puso  a  todos  en  libertad 
poco  después. 

Aquello  fué  definitivo.  Si  queréis  pensar  en  lo  que 
significa,  agregad  a  esa  derrota  de  Hollemberg  la 
que  sufre  Planes  en  Mandisovi,  y  la  ocupación  de 
Curuzú  CuatiA  por  Blas  Basualdo,  jefe  bizarro  3' 
caballeresco  del  ala  izquierda  del  ejército  oriental, 
que  remueve  las  autoridades  dependientes  del  Direc- 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  447 

torio  y  pone  las  provincias  de  Corrientes  y  las  Misio- 
nes, el  continente  de  Entrerríos,  como  entonces  se  le 
llamaba,  bajo  el  protectorado  de  Artigas.  Éste  nom- 
bra gobernador  militar  de  Entrerríos  a  su  hermano 
Manuel  Francisco,  y,  ejerciendo  una  autoridad  indis- 
cutida  en  Santa  Fe  y  Córdoba,  del  otro  lado  del  río 
Paraná,  invita  y  estimula  a  todos  esos  núcleos  de 
vida,  a  todas  las  provincias,  a  convocar  congresos 
popidares  para  constituirse  y  gobernarse  por  sí  mis. 
mos.  Veremos  después  cómo  se  dirige  a  Güemes,  cau- 
dillo de  Salta,  cómo  ejerce  su  autoridad  en  Santiago 
del  Estero,  etc.,  etc.  Hoy  leemos  sus  comunicaciones 
en  ese  sentido  a  los  cabildos,  a  los  hombres  de  influen- 
cia de  cada  región,  y  nos  convencemos  de  que  la  pala- 
bra, más  aun  que  la  fuerza,  de  aquel  agente  de  ignotas 
leyes,  es  el  primer  espíritu  creador  que  flota  sobre 
nuestro  caos. 

No  en  balde  quiero  haceros  detener,  acaso  más  de 
lo  reclamado  por  la  estética,  en  este  momento  de 
nuestra  historia;  es  preciso  que  quedéis  bien  conven- 
cidos de  que  en  Artigas,  y  no  en  Buenos  Aires,  arde 
la  nebulosa  espiral  del  nuevo  mundo  que  se  está 
conglomerando.  Sólo  dos  núcleos  quedarán  fuera  del 
influjo  rotatorio  de  aquél:  uno  muerto  y  otro  vivo: 
el  Paraguay,  bojo  la  tiranía  de  Francia;  Buenos  Aires, 
bajo  su  oligarquía  monárquica,  tanto  o  más  funesta 
que  el  mismo  despotismo,  pues  es  su  madre  natural. 

Esa  oligarquía  tiene,  pues,  que  rendirse  ante  la 
realidad;  no  hay  remedio.  El  Buenos  Aires  oligár- 
quico, lo  mismo  que  el  Montevideo  español,  van  a 
tratar  directamente  con  Artigas,  con  el  pueblo;  pero 
ni  España  ni  Buenos  Aires  proceden  de  buena  fe. 

Vigodet,  con  la  ilusión  de  reducir  a  Artigas,  ha  en- 


448  I<A    EPOPEYA    DE    ARTIGAS 

viado,  como  negociador,  al  capitán  de  dragones  don 
José  de  la  Robla,  oriental  y  amigo  personal  del  héroe; 
Posadas  otorga  sus  poderes  a  otros  dos  amigos  del 
Jefe  de  los  Orientales:  al  comandante  de  milicias  de 
Santa  Fe,  don  Juan  Candioti,  y  al  religioso  dominico, 
fray  Mariano  Amaro, 

En  las  negociaciones  que  vamos  a  examinar,  Arti- 
gas se  nos  ofrece  en  una  actitud  de  imperturbable 
serenidad,  que  nos  demuestra  que  aquellas  sus  Ins- 
trucciones del  Congreso  del  Peñarol  eran  cosa  viva; 
no  doctrinas  para  los  demás,  sino  ley  imperiosa  de 
la  propia  conducta;  que  Artigas  era,  como  lo  dijimos 
antes,  pensamiento  y  acción  compenetrados;  una  di- 
vina revelación,  como  lo  diremos  ahora,  de  la  idea 
pura  o  fuerza  anímica  invisible  de  que  todo  lo  visible 
procede. 

lyos  embajadores  son  recibidos  por  el  Jefe  de  los 
Orientales  con  recto  corazón.  «Os  daré  todo,  dice  éste 
al  representante  de  Vigodet,  todo  cuanto  puede  y 
debe  dar  un  caballero  que  no  guerrea  por  odio:  ten- 
dréis honor,  garantías,  aun  mi  afecto  y  el  de  mi  pue- 
blo, que  no  reniega  de  su  origen  español.  Pero  perde- 
réis el  tiempo  si  no  comenzamos  por  establecer  la 
base  angular  inconmovible:  independencia  política  del 
Estado  Oriental,  que  quiere  vida  democrática;  cadu- 
cidad del  dominio  español;  caducidad  absoluta  en 
todas  estas  colonias  americanas.» 

A  los  enviados  de  Buenos  Aires  les  dice:  «Alianza 
sincera  de  dos  estados  hermanos,  libres  y  dueños 
de  sí  mismos,  aunque  confederados;  mutuo  y  eficaz 
y  desinteresado  auxiüo  contra  el  extranjero;  repú- 
blica democrática,  embrionaria,  pero  viva,  en  substi- 
tución de  lo  muerto.  Sobre  ese  fundamento,  tan 
inconmovible  como  el  propuesto  al  español,  todo  lo 


El,  TRIUNFADOR  EN   MONTEVIDEO  449 

obtendréis  de  mí,  todo,  sin  excluir  el  sacrificio  de  mi 
persona». 

^  I/)  que  llevaba  de  la  Robla,  como  os  imagináis, 
no  presumía  en  Artigas  el  héroe,  sino  el  hombre,  hijo 
de  carne.  Creían  que  sólo  procedía  por  odio  irracional 
a  Buenos  Aires.  El  gobernador  Vigodet;  el  Cabildo 
de  la  ciudad  sitiada;  el  mismo  Embajador  personal- 
mente, todos  dirigen  al  caudillo  palabras  seductoras, 
que  están  escritas;  explotan,  ante  todo,  sus  resenti- 
mientos con  los  porteños/  le  ofrecen  honores,  prospe- 
ridades, libertades  para  su  Patria  Oriental...  Pero  será 
necesario  reconocer  al  amado  rey;  conservar  la  unidad 
de  la  gloriosa  monarquía.  ¡Es  ello  tan  fácil!  ¿No  lo 
están  haciendo  los  enviados  de  Buenos  Aires  en  Eu- 
ropa, lUvadavia,  Belgrano,  Sarratea,  García,  etc.,  etc.? 
Bolívar,  el  fulgurante  venezolano,  ¿no  ofrece,  en  esos 
mismos  momentos,  el  desarme  de  sus  capitanes,  si 
lo  nombran  virrey?  ¿Por  qué  no  ha  de  serlo  ¿irtigas? 
«Ponte  anteojos  en  esos  agujeros,  dice  el  rey  l^ear  ai 
ciego;  así  serás  ministro.» 

¿.^«Artigas,  dice  Mitre  en  unos  apuntes  inéditos  que 
ahora  aparecen.  Artigas,  orgulloso  y  patriota,  no  podía 
entrar  por  ese  convenio. ,.s> 

Mejor  que  Mitre  lo  sabemos  nosotros,  mucho  mejor. 
Oid,  amigos,  algimas  siquiera  de  sus  soberbias  con- 
testaciones; ésta,  por  ejemplo,  que  dirige  a  su  amigo 
de  la  Robla:  «Han  formado  un  concepto  muy  equi- 
vocado sobre  el  motivo  de  mi  separación  del  sitio. 
jVIís  medidas  allí  no  podían  concihar  todos  mis  obje- 
tos, y  aquí,  sí.  Aquí  estoy  en  el  seno  de  mis  recursos. 
No  hay  más  motivo». 

Y  contesta  a  las  proposiciones  de  Vigodet,  el  gober- 
nador: «No  puede  V.  S.  desconocer  el  honor  que,  en 
todo  tiempo,  ha  marcado  mi  conducta;  tal  vez  los 

T.  I.-31 


450  t,K  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Últimos  sucesos  han  contribuido  a  que  V.  S.  equi- 
voque sus  conceptos;  pero  eso  debe  fijar  tni  juicio. 
Y  sea  cual  fuere  el  convencimiento  que  tenga  V.  S. 
sobre  la  manera  de  conducirse  Buenos  Aires  respecto 
de  los  orientales,  todo  debe  servir  a  convencerlo  de 
nuestra  delicadeza,  cuando  se  trata  de  la  libertad». 

¿Qiieréis  ahora  saber  algo  de  lo  que  dice  al  Cabildo 
de  su  propia  metrópoH,  que  invoca  el  común  amor 
a  la  ciudad  natal  atribulada,  extenuada  por  el  largo 
sitio,  para  inducirlo  a  la  concordia  y  a  la  unión?  Sus 
palabras  no  son  menos  estupendas  que  las  anteriores. 
Todas,  amigos  míos,  todas  las  de  Artigas  en  estos 
negociados  lo  son;  cualquiera  de  ellas  serviría  de  pe- 
destal a  un  hombre  de  bronce. 

«N'o  hay  unión  posible  con  los  orientales  de  la  plaza, 
dice  al  Cabildo,  no  hay  fraternidad  verdadera,  si  no 
es  de  acuerdo  con  el  honor  con  que  nos  hemos  condu- 
cido en  todos  los  períodos  de  la  revolución,  y  la  virtud 
que  siempre  hemos  ostentado.» 

Artigas  instruj'e  de  esa  su  evangéHca  actitud  a 
sus  subordinados.  Ved  lo  que  escribe  a  Otorgues,  su 
capitán  inmediato,  al  informarlo  de  sus  negociaciones: 

«Recibí  los  phegos  del  Cabildo,  de  Vigodet  y  de 
la  Robla;  pero  nada  encuentro  en  eUos  que  sea  ven- 
tajoso. 

»Todo  viene  bajo  el  pie  de  unión  con  la  constitu- 
ción española.  Ya  ves  que  no  esperábamos  semejante 
cosa...  Tú  bien  sabes  mi  modo  de  pensar  y  mis  deseos. 
Proponerme  estar  yo  con  los  orientales  bajo  España 
no  es  proponerme  una  paz.i 

Y  tan  era  su  modo  de  pensar,  que  en  esos  momentos 
precisamente  {i2  de  julio  de  1814)  recibía  y  recha- 
zaba a  los  embajadores  del  virrey  de  I^ima,  que  busca- 
ba su  alianza. 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  45 1 

No  era  ése,  por  cierto,  el  modo  de  pensar  de  aquel 
taimado  de  Otorgues,  a  quien  su  jefe,  después  del 
Espinillo.  había  dejado  en  el  Sur  con  algunas  fuerzas, 
mientras  él,  allá  en  el  Norte,  donde  recibía  a  los 
embajadores  de  Posadas  y  Vigodet,  convocaba  a  los 
pueblos,  para  regresar  con  ellos,  con  el  paraguayo 
especialmente,  al  sitio  de  Montevideo.  Otorgues  es- 
taba dispuesto,  malgrado  el  pensar  de  Artigas,  a 
quedar  bajo  España,  y  bajo  Buenos  Aires,  y  bajo 
el  moro  Muza  o  el  gran  turco,  como  lo  estaban  Alvear 
y  sus  congéneres,  según  lo  veremos  en  oportunidad. 
En  los  mismos  momentos  en  que  su  superior  le  decía 
lo  que  hemos  visto,  Otorgues  buscaba  acomodos  con 
Vigodet,  y  hasta  le  daba  prendas  de  amistad:  sus 
caballerías,  que  recorrían  las  costas  del  Uruguay, 
auxiliaban  las  naves  españolas  mandadas  por  Roma- 
rate,  que  escribía  a  Vigodet  sobre  «nuestro  fiel  amigo 
Otorgues».  Este  no  tenía  ni  instrucciones  ni  elementos 
suficientes  para  entrar  en  hostilidades  con  tropas  de 
Buenos  Aires;  debía  sólo  esperar  el  regreso  de  Artigas; 
mucho  menos,  es  claro,  para  invocar  un  carácter 
político  o  representativo  que  jamás  tuvo;  pero  la 
enorme  distancia  material  que  lo  separaba  de  su  jefe 
y  la  actitud  hostil  hacia  Buenos  Aires  que  debía  con- 
servar, le  servían  a  maravilla  en  su  plan  de  aparecer 
adicto  a  Artigas  y  al  español,  y  de  contrariar  el  ex- 
preso pensamiento  del  primero,  apoyado  en  el  se- 
gundo. 

Pero  Otorgues  nada  representaba  ni  podía;  una 
mirada  de  Artigas  bastaba  para  aniquilarlo.  Lo  veréis 
pronto  nombrado  por  éste  gobernador  de  Montevideo, 
por  ser  el  jefe  más  próximo  a  la  plaza  cuando  ésta 
sea  entregada,  y  veréis  cómo  lo  destituye  duramente 
en  seguida  por  su  mala  conducta,  sin  que  él  se  atreva 


452  r,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

a  chistar.  Irá  donde  aquél  lo  mande,  sin  perjuicio  de 
seguir  tramando. 

Veamos,  pues,  entretanto,  cómo  recibe  Artigas  a 
los  embajadores  de  Posadas,  después  de  desahuciar 
a  los  de  Vigodet,  con  quien  Posadas  busca  acomodos, 
sin  embargo,  por  intermedio  de  sus  agentes  Echeve- 
rría y  Valentín  Gómez,  que  siguen  en  Montevideo 
una  larga  gestión  de  paz. 

Yo  no  doy,  amigos  míos,  más  importancia  que  la 
que  eUos  merecen  a  los  papeles  y  a  los  hechos.  «¿Qué 
son  los  hechos  históricos,  dice  Carlyle,  más  aun,  los 
hechos  biográficos?  ¿Se  quiere  conocer  a  un  grande 
hombre,  y  sobre  todo  a  la  humanidad,  enhebrando 
las  cuentas  de  rosario  de  lo  que  se  llama  los  hechos? 
I/O  que  caracteriza  al  hombre  es  el  espíritu  con  que 
ha  obrado.  I^os  hechos  son  hierogramas  grabados,  de 
que  muy  pocos  tienen  la  clave.»  Eso  es  muy  verdad; 
pero  el  prestigio  de  los  papeles  o  manuscritos  sobre 
los  espíritus  débiles  es  enorme;  bueno  es,  por  ende, 
que  se  sepa  que  los  papeles  de  estos  negociados  de 
Artigas  son  ahora  del  dominio  de  todo  el  mundo; 
ahí  están  en  la  Historia  de  Alvear,  publicada  en  buena 
hora  por  Rodríguez.  lyos  que  ^^o  os  ofrezco  bastan, 
y  aun  sobran,  sin  embargo,  para  que  vosotros  sintáis 
algo  más  que  hechos,  al  sentir  la  proximidad  de  la 
mole  de  este  Artigas.  Yo  no  conozco  un  carácter 
superior  en  la  historia;  me  atrevo  a  afirmar  que  no 
lo  hay,  pese  a  la  ausencia  de  abalorios,  que  echan 
de  menos  los  más. 

No  fué  posible,  como  hemos  visto,  el  acuerdo  del 
Jefe  de  los  Orientales  con  España;  sólo  cuando  se  vea 
perdido,  preferirá  Vigodet  entregarse  a  la  buena  fe 
de  Artigas,  antes  que  verse  en  manos  de  los  porteños, 
y  querrá  volver  a  las  proposiciones  de  éste,  basadas 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  453 

en  la  independencia  absoluta;  pero  entonces  ya  será 
tarde,  y  Artigas  le  exigirá  la  entrega  lisa  y  llana  de 
la  plaza. 

Pero  ¿será  más  posible  que  con  España  el  acuerdo 
con  Buenos  Aires?  ¿Verá  mejor  Posadas  que  Vigodet 
la  verdad  de  Artigas? 

¡Posadas!  Sí,  es  Posadas,  don  Antonio  Gervasio 
Posadas,  quien  va  a  tratar  con  él  de  paz  y  fraternidad; 
pero  vosotros  sabéis  ya,  tan  bien  o  mejor  que  yo, 
que  ese  buen  Director  Supremo  así  cree  en  la  revo- 
lución ameiicana  como  en  los  milagros  de  Mahoma, 
y  que  lo  que  él  diga  o  prometa  no  es  mucho  más 
estable  que  el  viento.  1,0  que  en  Buenos  Aires  pre- 
domina es  efímero  y  contradictorio;  aquel  noble 
y  brioso  pueblo,  tan  noble  como  el  que  más,  parece 
ser  sólo  una  neblina  luminosa  en  vía  de  conden- 
sación. 

Ha  surgido  allí,  sin  embargo,  una  idea  fuerte,  real- 
mente fuerte  y  gallarda,  en  estos  momentos:  la  de 
formar  una  escuadra  que  arrebate  al  español  su  domi- 
nio marítimo  y  fluvial,  último  apoyo  de  Montevideo. 
Ese  pensamiento,  concebido  por  I^arrea,  encargado 
de  la  hacienda  pública,  y  acogido  con  entusiasmo  por 
Alvear,  arbitro  militar  de  la  política,  produjo  un 
infernal  toletole:  protestas,  gritos,  alborotos;  se  le 
creyó  irrealizable,  y  también  funesto,  obra  de  ambi- 
ción. El  mismo  general  San  Martín,  que  organizaba  en 
Mendoza  el  ejército  del  Norte,  no  vio  en  tal  proyecto, 
otra  cosa  que  «una  intriga  de  Alvear,  cuyo  resultado 
sería  reducir  su  ejército  a  la  inacción».  Así  lo  dijo  a 
I^arrea  y  al  mismo  Alvear.  Éste  le  contestó  que  no, 
^que  si  nuestros  buques  eran  batidos,  su  opinión  era,  y 
la  había  adoptado  el  gobierno,  que  se  dejara  a  Artigas  el 


454  ^A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

cuidado  de  hacer  el  bloqueo  de  la  plaza,  se  retirara  nuestro 
ejército,  se  le  reforzara  con  tropas  de  la  capital,  y  todo  ello 
sería  dirigido  al  Perm.  Eso  de  contar  con  Artigas  a 
falta  de  algo  mejor,  y  en  caso  de  derrota,  sin  darle 
parte  en  las  victorias,  tiene  su  ingenuidad,  sin  duda 
alguna.  No  en  vano  aquél  se  retiró  del  sitio,  para  no 
confundir  su  ejército  oriental  con  el  dispuesto  siem- 
pre a  retirarse,  como  lo  veis,  sin  perjuicio  de  aprove- 
char sus  triunfos,  si  los  obtiene. 

Pues  bien:  San  Martín  no  tenía  razón;  satisficiera 
o  no  las  ambiciones  de  Alvear,  que  sí  las  satisfizo,  fué 
la  de  I^arrea  una  gloriosa  empresa.  Pero  esa  gloria 
no  era  accesible  sin  el  concurso,  pasivo  cuando  menos, 
del  caudillo  de  los  orientales.  ¿Qv.é  hubieran  podido 
hacer  aquellos  buques  que  se  armaban,  si  Artigas, 
vencedor  y  dueño  de  todas  las  costas,  presta  su  apoyo 
a  los  sitiados,  como  quería  hacerlo,  y  lo  hacía  sola- 
padamente Otorgues?  Rondeau  el  primero  lo ,  com- 
prendía así,  y,  no  pudiendo  concebir  toda  la  grandeza 
de  su  viejo  compañero  de  armas,  creyó  inminentes 
sus  represalias,  al  verlo  vencedor  del  Directorio  en 
las  provincias,  y  al  observar  la  conducta  de  Otorgues, 
a  quien  suponía  autorizado  en  todo  por  Artigas.  Ron- 
deau pedía  angustiosamente  refuerzos,  en  previsión 
del  ataque  de  éste;  indicaba  la  necesidad  de  levantar 
el  sitio,  para  dar  frente  a  ese  enemigo  que  creía  ver 
aparecer  a  su  espalda,  como  uu  fantasma, 

¡Oh,  mi  bravo  Rondeau! 

Ya  habéis  visto,  amigos,  cómo  pensaba  y  procedía 
aquel  caballero  vencedor.  Una  palabra  de  Artigas 
a  Vigodet  hubiera  bastado;  pero  se  hundirá  el  mundo, 
y  se  apagará  el  sol  como  un  candil,  antes  que  tal 
palabra  salga  de  aquella  boca.  Se  la  ha  buscado  en 
vano   entre   los  papeles   que   aparecen    aquí  y   allá. 


El,  TRIUNFADOR  EN   MONTEVIDEO  45  s 

jQué  no  hubieran  dado  sus  enemigos  por  hallar  en 
Artigas  una  frase  siquiera,  una  sola,  de  las  de  Riva- 
davia,  o  Belgrano,  o  Sarratea,  o  Alvear  a  nuestro  rey 
y  señor! 

Allá  van,  pues,  a  buscar  a  Artigas  los  embajadores 
de  Posadas,  en  los  mismos  momentos  en  que  la  escua- 
dra se  apresta  para  ir  al  sitio.  Posadas,  como  Ron- 
deau,  lo  cree  todo  perdido  si  el  gran  caudillo  se  en- 
tiende con  los  españoles  sitiados  en  Montevideo;  la 
combinación  de  éstos  con  los  que  vienen  del  Norte, 
del  Perú,  sería,  efectivamente,  la  ruina  de  la  revolu- 
ción, y,  sobre  todo,  ¡pobres  cabezas  las  de  los  promo- 
tores! Veréis  cómo  quien  recibirá  el  apoyo  de  Artigas 
no  será  el  español  del  Sur,  sino  el  guerrillero  popular 
que  contiene  al  que  viene  del  otro  extremo,  Guemes, 
el  caudillo  de  vSalta,  de  que  antes  hablamos,  si  mal 
no  recuerdo. 

Artigas  recibe  a  Candioti  y  Amaro  en  su  campa- 
mento de  Belén,  en  la  costa  del  Uruguay.  «Todo  con 
vosotros,  les  dice,  todo  con  vosotros,  mis  amigos,  mis 
grandes  amigos.  ¿Buscáis  bases  de  paz  y  de  armonía, 
para  que  vayamos  todos  juntos,  con  el  mismo  ideal, 
a  debelar  al  común  enemigo?  El  solo  hecho  de  ser 
vosotros  los  elegidos  como  embajadores  me  hace  creer 
que  son  aceptadas,  por  fin.  las  solas  que  puedo  pro- 
poneros. Vosotros  y  todos  los  pueblos  las  conocen 
y  las  anhelan;  sólo  la  comuna  ohgárquica  las  ha  recha- 
zado: son  las  Instrucciones  sancionadas  por  el  Congreso 
de  Abril.  Que  se  derogue,  como  es  natural,  la  senten- 
cia de  muerte  contra  mi  pueblo  heroico;  que  no  se 
perturbe  a  los  de  Entrerríos,  a  quienes  he  jurado 
protección,  para  que  se  organicen  y  vi\an;  que  se 
reconozca  la  Independencia  Oriental,  no  como  una 
separación  de  la  nacionalidad  por  que  luchamos  todos, 


456  I^A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

sino  como  la  proclamación  del  respeto  a  la  soberanía 
de  los  pueblos  germinales  que  la  constituyen,  y  que 
Buenos  Aires  dice  acatar  el  primero;  que  no  se  recha- 
cen sus  representantes  en  la  Asamblea;  que  se  siga 
auxiliando  a  los  orientales  en  la  reivindicación  de 
su  capital,  Montevideo;  que,  mientras  no  termine  la 
guerra,  ni  se  constituya  la  nueva  nación,  haya  entre 
nosotros  una  liga  ofensiva  y  defensiva;  que  regresen 
a  Buenos  Aires  las  tropas  auxiliares,  para  destinarlas 
a  repeler  la  invasión  del  Norte,  dejando  a  los  orien- 
tales continuar  el  sitio,  en  combinación  con  la  escua- 
dra que  se  ha  formado...  Yo  arrancaré  de  allí  el  pabe- 
llón extranjero;  después,  me  uniré  a  los  libertadores 
del  Perú.» 

Eso  es,  en  extracto,  el  «Plan  que,  para  el  restableci- 
miento de  la  fraternidad  y  buena  armonía,  han  conve- 
nido con  el  ciudadano  Jefe  de  los  Orientales,  Protector 
de  Enfrerríos,  don  José  Artigas,  los  ciudadanos  Fray 
M.  Amaro  y  Francisco  Candioti,  enviados  al  efecto  por 
el  Supremo  Director  de  las  Provincias  Unidas  del  Río 
de  la  Plata,  excelentísimo  señor  Gervasio  Antonio  de 
Posadas. 

yyDado  en  el  Cuartel  General,  Paso  frente  a  Belén, 
Costa  Occidental  del  Uruguay,  a  23  de  abril  de  1814. 

»Firmado:  Juan  A.  Candioti.  —  José  Artigas.  — 
Fray  Mariano  Amaro.» 

I^s  plenipotenciarios  de  Posadas  aceptaron,  como 
veis,  las  bases  acordadas  con  Artigas,  y,  llenos  de 
esperanza,  las  transmitieron  para  su  ratificación.  No 
me  parece  necesario  decir  que  no  fueron  ratificadas. 
Con  saber  que  quien  entrará  triunfante  en  Montevi- 
deo, dentro  de  dos  meses,  será  el  brigadier  Alvear, 
y  con  decir  que  las  misiones  diplomáticas  a  Europa 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  457 

están  en  actividad,  lo  mismo  que  la  en\iada  a  Vigo- 
det,  a  Montevideo,  todo  está  dicho.  No  podían  ser 
ratificadas  aquellas  bases. 

Imaginad,  sin  embargo,  amigos  míos,  lo  que  hu- 
biera acontecido,  si  esos  principios,  que  son  los  de 
las  naciones  que  hoy  existen  en  América,  hubieran 
sido  entonces  aceptados,  antes  de  los  grandes  desas- 
tres. Todo  estaba  terminado;  la  dominación  española 
había  concluido;  el  Pueblo  Oriental  quedaba  en  su 
casa  con  las  fronteras  de  Artigas,  con  el  actual  estado 
brasileño  de  Río  Grande;  el  Occidental  en  la  suya; 
aliados  ambos  en  el  común  esfuerzo  de  afianzar  y 
organizar  la  independencia  conquistada  y  de  repeler 
unidos  toda  agresión  extraña,  «aunque  el  universo 
se  desplome  sobre  nosotros»,  como  oiréis  decir  a  Arti- 
gas. Ayacitcho  hubiera  estado  en  el  Río  de  la  Plata, 
amigos  míos,  si  el  enemigo  se  atreve  a  llegar  a  él. 
Y  también  Junin...  I^as  Misiones  Orientales  serían 
hoy  territorio  hispanoamericano;  el  Paraguay...  Ya 
hablaremos  de  eso. 

¡Ilusiones  de  gloria!,  dirán  algunos,  acaso  vosotros 
mismos.  Sí,  amigos;  ilusiones  de  gloria  y  de  imposible 
grandeza,  abrigadas  por  aquel  loco  o  semiloco  profe- 
tizante de  Artigas;  las  realidades  eran  otras.  Si  leyé- 
ramos juntos  las  larguísimas  notas  y  cartas  en  que 
Posadas  hace  sus  observaciones  a  las  bases  acordadas 
entre  sus  plenipotenciarios  y  Artigas  para  rechazar- 
las, entraríamos  de  lleno  en  esas  deplorables  realida- 
des. «Yo  estoy  muy  bien  dispuesto,  mi  estimado  pai- 
sano, dice  Posadas  a  Artigas,  yo  estoy  dispuesto  a 
firmar  todo  lo  que  ustedes  quieran;  pero...  pero... 
pero...»  No  había  allí  más  que  un  Pero,  como  sabéis; 
no  eran  las  formas  las  que  alH  impedían  la  armonía; 
eran  los  fondos,  los  espíritus  del  fondo  tenebroso,  que 


458  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

salían  al  paso  de  la  realidad  futuia;  el  diablo  vestido 
de  caballero,  que  se  sentaba  en  el  sillón  de  Posadas. 
«¿Cómo  es  posible,  dice  éste  a  Artigas,  que  yo  derogue 
mi  sentencia  de  muerte  contra  usted,  si  usted  no 
realiza  alguna  nueva  acción  que  lo  justifique,  para 
borrar  las  que  dieron  mérito  a  esa  sentencia?  Rompa 
usted  abierta  y  definitivamente  con  España;  ataque 
usted;  pelee,  sin  pensar  en  nada;  deje  que  seamos 
nosotros,  sólo  nosotros,  quienes  pensemos  y  tratemos 
secretamente  con  ella;  después  darem-os  a  los  orien- 
tales lo  suyo;  tengan  fe  en  nosotros.  Por  otra  parte, 
en  las  bases  que  mis  agentes  han  acordado  con  usted 
no  hay  reciprocidad.  ¿Cómo  indemnizarán  los  orien- 
tales, con  qué  pagarán  a  los  occidentales  los  servicios 
que  éstos  les  presten  y  los  recursos  que  les  propor- 
cionen? ¿Y  si  los  orientales  son  vencidos?  No  olvide 
usted,  paisano,  agrega  el  Director,  que  nosotros  no 
tenemos  otros  enemigos  que  los  españoles...  Proponga 
usted  a  Vigodet  que  le  entregue  la  plaza,  y  sólo  iisted 
mandará  allí.  Entonces  conocerá  Vigodet,  y  todo  el 
mundo,  que  nuestros  batallones  no  van  a  cofiquistar, 
sino  a  destruir  enemigos  comunes... h 

Todo  eso,  y  mucho  más  por  el  estilo,  decía  Posadas 
a  Artigas,  amigos;  también  le  hablaba  de  los  Estados 
Unidos  y  de  la  Suiza,  como  tipos  de  confederación 
inapUcable  al  Plata.  IvO  que  no  le  decía,  y  que  hoy 
sabemos  nosotros,  era  que,  en  esos  mismos  momentos 
precisamente,  abril  de  1814,  él.  Posadas,  enviaba  a 
Sarratea,  al  celebérrimo  Sarratea,  a  Europa,  a  iniciar 
las  negociaciones  con  las  Cortes,  que  conoceréis  des- 
pués; no  le  decía,  sobre  todo,  que  ese  Sarratea,  al 
pasar  por  Río  Janeiro,  abrió  negociaciones  oficiosas 
con  Vigodet,  y  firmó  la  proposición  de  un  armisticio, 
durante  el  cual  se  enviarían   diputados  a  España, 


El,  TRIUNFADOR  EN   MONTEVIDEO  459 

encargados  de  arreglarlo  todo;  otro  armisticio  como 
el  de  1811;  otro  abandono  de  la  Banda  Oriental,  núcleo 
incontaminado  de  independencia  platense. 

Esas  negociaciones  de  Sarratea,  de  acuerdo  con 
I/arrea  y  Alvear,  son,  sin  embargo,  muy  instructivas; 
Alvear  las  invocará  cii.ando  implore  perdón  a  Fer- 
nando VII.  «Al  proponemos  el  armisticio,  escribe  en 
sus  Memorias,  en  las  que  nada  dice,  por  supuesto, 
de  su  entrega  al  rey,  Larrea  y  yo  habíamos  tenido 
intención  de  que  él  sirviera  para  entretener  y  distraer 
a  Vigodet...»  Y  agrega:  ((Estábamos  resueltos,  en  caso 
de  que  se  hubiera  consentido  en  el  armisticio,  a  con- 
ducirnos de  modo  que  no  tuviese  efectoo. 

Muy  astuto  es  este  caballero,  como  se  ve;  no  en 
vano  decía  que  el  señor  Posadas  carecía  de  aptitu- 
des, porque  era  incapaz  de  faltar  a  la  verdad  y  de 
ocultar  sus  sentimientos;  son  ésos  los  mismos  recursos 
que  ha  empleado  y  empleará  con  Artigas  y  con  Otor- 
gues; había  perdido  el  uso  de  la  verdad  aquel  soberbio 
joven.  Pero  contaba  demasiado  con  la  estulticia  hu- 
mana. I/O  que  es  Artigas,  ha  tomado  sus  precauciones 
al  retirarse  del  sitio  y  dirigirse  a  los  pueblos,  como  lo 
habéis  visto;  pero  también  los  españoles  se  precaven, 
los  muy  bárbaros.  Ved,  si  no,  lo  que  dice  el  Cabildo 
de  Montevideo,  al  aconsejar  el  rechazo  de  las  propo- 
siciones de  Alvear  o  de  Sarratea:  «Los  de  Buenos 
Aires  nos  ofrecerían  la  Provincia  Oriental;  pero  ¿de 
qué  nos  serviría  tal  promesa  si  ellos  no  la  pueden 
cumplir  sin  la  anuencia  y  expreso  consentimiento  del 
coronel  Artigas?  Es,  pvies,  inútil,  tanto  más  cuanto 
que  tenemos  iniciada  una  transacción  con  ese  jefe». 

Estaban,  pues,  convencidos,  por  fin,  los  buenos 
españoles,  de  que  sus  arreglos  con  «nuestro  fiel  amigo 
Otorgues»  no  tenían  más  eficacia  que  la  célebre  cara- 


46o  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

bina  de  Ambrosio,  como  no  la  tenían  los  que  celebra- 
ran con  Buenos  Aires;  allí  no  había  más  hombre 
representativo  que  el  coronel  Artigas.  Y,  como  lo 
hemos  visto,  la  transacción  iniciada  con  ese  jefe, 
según  dice  el  Cabildo,  no  es  posible;  ese  jefe  es  un 
irreductible. 

En  medio  de  esos  recursos  de  la  ambición  que  escla- 
viza a  los  humanos,  la  figura  del  hombre  libre,  lo  que 
se  llama  libre,  sin  necesidades,  que  allí  aparece,  se 
levanta  de  veinte  a  treinta  codos  sobre  los  demás, 
amigos  míos.  Ved  a  Artigas,  que  remite  a  Posadas 
toda  su  correspondencia  con  la  plaza,  toda,  la  de  Vigo- 
det,  lá  del  Cabildo,  la  propia,  «con  el  objeto,  dice,  de 
sincerar  mis  pensamientos».  Artigas  no  tenía  logia 
secreta:  nada  fué  clandestino  en  él.  «Ahora,  agrega, 
ahora  digo  a  usted  que  todas  mis  ideas  han  tratado 
de  ajustarse  a  todo  lo  que  usted  y  mis  amigos  Can- 
dioti  y  Amaro  me  han  insinuado.  Yo  no  sé  qué  fata- 
lidad habrá  impedido  que  el  gobierno  acepte  un  giro 
tan  equitativo,  para  que,  convenidos  en  lo  substan- 
cia], continuasen  los  trabajos  contra  Montevideo,  sin 
emplear  el  tiempo  en  disputas  inoportunas.  Tampoco 
he  podido  conocer  qué  causa  pueda  haber  yo  dado 
jamás  que  fuese  bastante  a  inspirar  la  menor  descon- 
fianza sobre  mis  intenciones.  Mi  desinterés  parece 
que  me  salva  de  todo  reproche,  y  mi  constancia  en 
medio  de  las  persecuciones  más  crueles  debía  haber 
inspirado  sentimientos  más  benévolos  y  dulces.» 

«lyO  que  yo  propongo,  termina,  está  lleno  de  equi- 
dad; sus  comisionados  lo  aceptaron;  su  ratificación 
nos  traería  el  día  más  glorioso. !> 

¡Héroe  ingenuo,  y  más  que  ingenuo!  No  sabe  qué 
fatalidad  había  impedido  la  aceptación,  por  la  oli- 
garquía comunal,  de  sus  bases  de  equilibrio,  porque 


Ely  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  46 1 

no  ha  pensado  en  el  demonio  que  Posadas  decía  alo- 
jado en  la  casa  de  gobierno.  Fatalidad,  pues,  o  gran 
diablo,  ello  es  que  por  allí  andaba  un  espíritu  infernal. 
Y  no  es  de  extrañarse;  esos  tenebrosos  espíritus. 
Egoísmo,  Negación,  Soberbia,  Ambición,  Concupis- 
cencia, hacen  siempre  ronda  en  tomo  de  la  cabeza 
de  los  héroes,  y  les  tienden  asechanzas.  Y  hasta  cua- 
jan en  extravagantes  apariciones  luminosas,  Y  los 
siguen  hasta  los  desiertos;  se  convierten  en  pan  cuando 
arrecia  el  hambre. 

Resumamos,  amigos,  ya  que  hemos  tendido,  más 
de  lo  necesario  quizá,  nuestro  tributo  a  los  manus- 
critos. Con  los  conocidos  basta  y  sobra,  o  mucho  me 
equivoco,  para  que  sintáis  intensamente  vuestro  per- 
sonaje. I/)  que  soy  yo,  no  le  conozco  superior  en  la 
historia,  vuelvo  a  decíroslo.  Quizá  os  parezca  exage- 
rado. No  importa. 

lyas  bases  de  Artigas  fueron,  pues,  rechazadas.  No 
había  arreglo  posible  con  ese  hombre,  dice  Alvear 
en  sus  Memorias;  era  un  bárbaro.  Y  se  continuaban 
las  operaciones,  para  ver  de  tomar  a  Montevideo, 
prescindiendo  de  los  orientales;  la  obra  comenzada 
en  el  Ayuí. 

Aquel  rechazo  produjo  una  grande  irritación  en 
todos  los  pueblos  argentinos,  bárbaros  también,  y 
un  desagrado  fácil  de  comprender  en  los  plenipoten- 
ciarios Amaro  y  Candioti,  representantes  mucho  más 
genuinos  que  Posadas  de  aquellos  pueblos,  como  es 
sabido.  Así  creerán  éstos  desde  entonces  en  a  sin- 
ceridad de  Buenos  Aires,  como  agarrar  un  escorpión 
por  la  cola.  Artigas  se  adueñaba  cada  vez  más  del 
alma  popular,  por  la  fuerza  de  penetración  de  su  ver- 
dad. Díaz  Vélez,  jefe  porteño  que  mandaba  en  la 
provincia  de  Santa  Fe,   escribía   a   Posadas,   en  los 


462  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

momentos  en  que  Montevideo  capitulaba  precisa- 
mente: «El  pueblo  se  mantiene  en  el  mejor  orden; 
había  olvidado  bastante  su  fuego  per  Artigas;  pero 
la  venida  del  Padre  Amaro  lo  ha  reavivado.  Lo  elogia 
mucho,  y  dice  que  V.  B.  ha  faltado  a  los  tratados 
al  mandar  los  cazadores  a  ésta,  y  a  Alvear  al  sitio. 
Realza  mucho  el  poder  de  Artigas,  y  dice  que  jamás 
será  vencido.  Sigo  la  conducta  de  tratar  con  mucho 
cariño  y  política  a  Candioti  y  doctor  Aldao,  quien 
no  me  parece  tan  malo  como  lo  pintan. 

»Santa  Fe,  junio  13  de  1814.» 

Pronto  veréis  que  esa  conducta  de  los  delegados 
de  Buenos  Aires  en  las  provincias  cambiará  de  as- 
pecto; la  política  y  el  cariño  serán  substituidos  por 
el  hierro  y  el  fuego...  ¡Desgraciadamente! 


III 


Estáis  ahora  preparados,  amigos  artistas,  para  que 
volvamos  al  sitio  de  Montevideo,  que,  si  bien  cercado 
por  Rondeau  por  la  parte  de  tierra,  y  reducido  a  una 
grande  extremidad,  que  soporta  heroicamente,  con- 
seno a,  como  principal  elemento,  el  dominio  sobre  las 
aguas  que  le  da  su  escuadra.  Esta  misma  ha  sufrido, 
sin  embargo,  avm  antes  de  formada  la  escuadra  patrio- 
ta, un  serio  contraste,  que  debemos  recordar  aqm'.  En 
sus  excursiones  por  los  ríos,  los  buques  españoles  inten- 
taron un  desembarque  en  la  costa  del  río  Paraná,  para 
llevar  víveres  a  la  ciudad  sitiada,  Eo  hicieron,  el 
3  de  febrero  de  1813,  en  San  Lorenzo,  frente  a  un 
convento  de  frailes  franciscanos,  situado  no  muy 
lejos  de  la  costa  acantilada.  Allí  inició  su  gloria  mi- 
litar el  coronel  de    granaderos  a  caballo  don   José 


EI<  TRIUNFADOR  EN   MONTEVIDEO  463 

de  San  Martín.  Oculto  en  la  huerta  del  convento 
con  120  de  sus  jinetes,  atisbo  el  desembarque  de  los 
250  marinos  españoles  que  tomaron  tierra;  cargó  bi- 
zarramente sobre  ellos,  y,  a  pesar  de  la  briosa  resis- 
tencia de  aquellos  bravos,  apoyada  en  los  fuegos  de 
sus  naves,  desbarató  la  expedición.  Fué  aquella  una 
lucidísima  refriega,  que  el  Himno  Nacional  argentino 
canta,  y  canta  bien,  al  lado  de  la  batalla  de  Las  Pie- 
dras, y  San  José,  y  la  Colonia,  y  el  Cerrito,  y  Mura- 
llas de  Montevideo.  Una  descarga  de  metralla  mató 
el  caballo  que  montaba  San  Martín;  un  héroe  humilde 
cambió  entonces  su  propia  vida  por  la  del  futuro  ge- 
neral de  los  Andes.  Cuarenta  muertos  y  catorce  pri- 
sioneros españoles  quedaron  en  el  campo;  dos  caño- 
nes y  una  bandera.  Seis  granaderos  muertos  y  veinte 
heridos  pagaron  en  sangre  esa  victoria,  a  que  los 
orientales  debemos  rememoración  entusiasta.  Fué  el 
único  combate  que  libró  San  Martín  en  el  Río  de  la 
Plata,  y  lo  empeñó  en  defensa  de  Montevideo.  Hoy 
recordamos,  con  alegría,  que  soldados  orientales  lu- 
charon y  murieron  a  su  lado  en  San  Lorenzo,  como  a 
su  lado  cruzaron  los  Andes,  vencieron  con  él  en  Cha- 
cabuco  y  Maipú,  y  con  él  atravesaron  el  Pacífico, 
hasta  el  postrer  baluarte  de  la  dominación  antigua. 
Pero  esos  buques  españoles  eran,  como  hemos  dicho, 
el  nervio  de  la  resistencia  de  Montevideo,  y  contra 
ellos  se  ha  formado  en  Buenos  Aires,  a  fuerza  de 
energía  y  sacrificios,  la  escuadra  de  que  hablamos, 
y  que  se  ha  dado  a  la  vela,  hacia  Martin  García,  el 
8  de  marzo  de  1814.  Ha  sido  puesta  bajo  el  mando 
del  marino  irlandés  don  Guillermo  Brown,  llegado 
al  Plata  en  1809.  Fijémouos  un  momento  en  la  noble 
figura  de  ese  caballero  del  mar,  hermano  del  viento 
que  sopla  las  olas.  Era  un  hombre  capaz  de  airan- 


464  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

car  con  los  dientes  la  espoleta  inflamada  de  una 
bomba  navegante,  el  torpedo  primitivo,  que  llevaba  la 
corriente;  creo  que  alguna  vez  hizo  algo  parecido  ese 
impertérrito  domador  de  olas  y  de  fuego.  Apuntaba 
los  cañones  con  la  pipa  en  la  boca,  y  encendía  la  mecha. 
Sus  maniobras  eran  simple  preparación  del  abordaje. 
Si  Bro'vn  no  hubiera  nacido  irlandés,  hubiera  sido 
gaucho  marítimo.  Las  balas  enemigas  le  rompieron 
una  pierna,  y  él  no  dejó  caer  la  pipa  de  la  boca,  y 
siguió  mandando  el  combate,  tendido  en  el  puente 
del  Héi'cfiles,  sobre  un  colchón. 

Bra  mucho  hombre  aquel  viejo  almirante,  hermano 
de  Nelson.  Porque  Brown  era  todo  un  almirante,  un 
marino  genial,  con  su  cara  mofletuda,  sus  cabellos 
rojos,  sus  labios  finos  y  sus  pequeños  ojos  azules, 
encendidos  y  penetrantes.  Era  mucho  hombre  aquel 
viejo  lobo  marino.  Cuando  algunos  años  después,  du- 
rante la  guerra  civil,  sitia  con  su  escuadra  a  Monte- 
video, sabe  que  en  la  plaza  asediada  ha  muerto  el  ge- 
neral Martín  Rodríguez,  procer  de  la  independencia, 
y  hace  poner  a  media  asta  la  bandera  de  los  buques, 
para  que  lloren  la  muerte  de  su  adversario. 

I/a  escuadra  española  fué  destrozada  por  ese  ani- 
moso de  Bro'vn;  completamente  aniquilada:  en  Martín 
García,  primero;  en  el  Buceo,  a  la  vista  de  la  plaza, 
después. 

Y  ahí  terminó  la  dominación  española  en  el  Río  de 
la  Plata. 

Fué  un  momento  solemne  aquel  en  que  la  ciudad 
sitiada,  ya  casi  exánime,  vio  aparecer  en  el  horizonte 
las  naves  de  Brown;  fué  tn  un  amanecer  de  abril,  el 
del  20.  Os  prometí,  si  mal  no  recuerdo,  cuando  habla- 
mos de  la  bandera  tricolor  de  Artigas,  que  hablaría 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  465 

mos  de  la  que  enarbolan  estas  gloriosas  naves  que  el 
bravo  irlandés  conduce.  Es  también  Figueroa,  el 
poeta  del  sitio,  quien,  como  entonces  de  la  tricolor 
que  veía  en  el  rastrillo  de  Rondeau,  nos  habla  ahora 
de  esas  gloriosas  naves,  y  nos  dice  cosas  que  nos  sus- 
penden como  a  él. 

Figueroa  ve  llegar  la  escuadra  de  Brown  tremolando 
su  Ubre  pabellón.  He  aquí  que,  como  antes  lo  dijimos, 
Montevideo  conoce,  por  primera  vez,  el  bicolor  de 
Belgrano. 

Pero  Uega  el  día  del  combate,  el  14  de  mayo;  la 
escuadra  española  ha  salido,  a  todo  trapo  al  encuen- 
tro de  la  enemiga;  el  primer  choque  se  reaüza  a  la 
vista  de  la  plaza;  suenan  los  primeros  cañonazos;  el 
humo  rueda  sobre  las  olas  envolviendo  los  cascos; 
las  velas  se  esfuman  y  los  mástiles;  aparecen  y  des- 
aparecen las  flámulas  y  banderas. 

Y  dice  Figueroa,  que,  como  toda  ciudad  anhelante, 
subida  en  los  tejados  y  azoteas  y  amontonada  en  la 
costa,  presencia  la  escena,  y  la  sigue  con  el  anteojo: 

Al  empezar  el  combate 
¿Quién  descifra  este  misterio? 
La  real  enseña  española 
Las  naves  de  Brown  pusieron. 
Diríase,  al  ver  batirse 
Bajo  un  pabellón  dos  pueblos, 
Que  son  locos  fratricidas, 
O  falaces  sin  ejemplo. 

Misterio  indescifrable  parece,  efectivamente,  para 
quien  no  conozca,  como  nosotros,  esta  historia,  ese 
comienzo  del  combate  con  bandera  española;  ni  si- 
quiera se  ve  en  él  una  estratagema;  pero  más  lo  pare- 

T.  1.-3» 


k 


466  LA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

cera  lo  que  en  seguida  vio,  con  no  menor  sorpresa,  el 
poeta  informante.  Las  escuadras  se  han  alejado  com- 
batiendo; van  hacia  el  oeste;  se  pierden  de  \ista... 
La  ciudad  espera  anhelante  el  desenlace  de  aquello... 
pasan  las  horas...  una  noche...  otro  día... 

Y  he  aquí  que,  en  la  madrugada  del  17,  reaparece 
en  el  horizonte  el  tropel  de  barcos;  vienen  siempre 
combatiendo;  los  disparos  son  más  intermitentes, 
como  de  cañones  heridos  o  cansados...  ¿Cuál  es  la 
escuadra  vencedora? 

Allá  viene  la  Mercurio,  nave  española;  tras  ella  se 
ve,  a  toda  vela,  «la  terrible  y  veloz  fragata  negra», 
como  Uama  Figueroa  a  la  Hércules  que  monta  Brown. 
Y  el  poeta  canta  así: 

Viendo  en  su  mástil  la  española  enseña, 

Y  que  hasta  tiro  de  cañón  se  acerca, 
Figurábanse  muchos  que  marchaba 
En  pos  de  la  Mercurio  prisionera. 

No;  la  Hércules  no  venía  prisionera,  venía  vence- 
dora; pero  con  pabellón  español.  Sólo  cuando  la  escua- 
dra enemiga  quede  completamente  destruida,  el  almi- 
rante arbolará  su  bandera  bicolor. 

Los  bajeles  de  Brown  que,  en  el  combate, 
Del  rey  enarbolaron  la  bandera, 
Ya  dejando  la  burla  o  los  disfraces. 
Con  la  blanca  y  azul  su  triunfo  ostentan. 
Con  esta  propia  insignia,  haciendo  salvas. 
La  Neptuno  y  Paloma  prisioneras, 

Y  el  San  José  de  Chávarri  se  miran 
Celebrar  ellos  mismos  su  tracedia. 


Elv  TRIUNFADOR  EN  MONTEVTOEO  467 

Veremos  cómo,  en  esas  mismas  condiciones,  esa 
nobilísima  bandera,  que  llameará  sin  sombras  en  el 
Pacífico,  substituirá  en  Montevideo  a  la  española,  y, 
sobre  todo,  a  la  tricolor  de  Artigas,  que  flotaba  en  el 
rastrillo  de  Rondeau. 

Pero  la  dominación  española  ha  terminado,  como 
hemos  dicho,  en  el  Atlántico;  la  ciudad  de  Monte- 
video, que  ha  sufrido,  y  soportado  heroicamente  pe- 
nurias indecibles,  hambre,  peste,  angustias  mortales, 
quedó  estrangulada  entre  la  tierra  y  el  mar.  Esta 
sufrida  ciudad,  amigos  míos,  parece  nacida  para  holo- 
causto; siempre  ha  sido  la  inmolada.  No  en  vano 
hemos  cubierto  la  cabeza  de  su  escudo  con  la  coron  a 
almenada,  como  con  un  casco  de  piedra.  ¡Nuestro 
buen  Montevideo! 

Rondeau,  pues,  el  vencedor  del  Cerrito,  iba  a  reco- 
ger solo,  sin  el  de  Las  Piedras,  la  gloria  de  la  larga 
jomada;  los  sucesos  se  precipitaban.  I^a  victoria  naval 
definitiva  tuvo  lugar  del  14  al  17  de  mayo  de  1814;  el 
día  18,  el  almirante  vencedor  recibía  de  Vigodet  una 
propuesta  de  armisticio,  que  transmitía  a  Buenos 
Aires...  Y  he  aquí  que,  el  mismo  día  16,  como  caído 
de  las  nubes,  aparecía  en  aquel  teatro,  con  un  ejér- 
cito de  1.500  hombres,  salido  de  Buenos  Aires  el  lo, 
el  antes  sargento  mayor  y  hoy  ya  brigadier  don  Car- 
los María  de  Alvear.  Traía  esa  azul  y  blanca  bandera 
que  hemos  visto  subir  y  bajar  en  las  naves  de  Brown, 
y  venía  a  reforzar  el  asedio,  para  cuya  terminación 
había  pedido  Rondeau  sólo  500  hombres.  Pero  llegó 
sólo  a  presenciar  el  triunfo  que  le  ponía  término;  a 
escuchar,  desde  su  línea,  los  últimos  cañonazos  de 
las  escuadras.  Llegaba,  sobre  todo,  a  substituir  a 
Rondeau  en  la  dirección  del  sitio.  Rondeau  fué  desti- 
nado, como  sabemos,  al  ejército  del  Perú,  en  reem- 


468  IvA  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

plazo  de  San  Martín,  que  se  decía  enfermo  por  allá, 
como  enfermo  se  dijo  aquí  el  mismo  Rondeau,  al 
recibir  la  noticia  de  su  inesperado  retiro. 

A  los  quince  días  de  su  llegada,  el  6  de  junio,  inició 
Alvear  sus  negociaciones  con  la  plaza,  que,  como 
sabéis,  no  pudo  concertarse  con  Artigas  porque  éste 
no  aceptó  sus  proposiciones;  al  mes,  el  23  de  junio, 
Montevideo  capitulaba,  y  el  brigadier  triunfante,  en 
la  gloria  de  sus  veinticuatro  años,  entraba  en  el  re- 
cinto fortificado  por  la  calle  del  Portón,  jinete  en  su 
blanco  corcel  de  guerra.  Y  fué  declarado,  con  sus 
soldados,  Benemérito  de  la  patria  en  grado  heroico. 
Y  se  acuñó  una  medalla  con  esa  inscripción.  ¡Las 
cosas  raras  que  se  hace  decir  al  paciente  bronce  algu- 
nas veces! 

Ese  Alvear  nos  ha  legado  sus  Memorias,  reciente- 
mente conocidas  por  el  inapreciable  libro  de  Rodrí- 
guez. Son  útiles  para  el  estudio  de  un  carácter,  aunque 
no  para  el  de  los  hechos  y  comentarios,  porque  sus 
narraciones  no  inspiran  respeto.  Por  lo  que  a  mí 
toca,  no  puedo  mirar  sin  antipatía  el  modo  como  el 
conquistador  de  Montevideo  trata  en  ellas  al  buen 
Rondeau,  por  ejemplo.  Eso  de  decir  que  éste  era  un 
inepto,  y  que  su  ejército  era  todo  relajación  y  divi- 
sión, y  otras  cosas  por  el  estilo,  no  me  parece  bien; 
el  ejército  de  Rondeau,  dígase  lo  que  se  quiera,  sos- 
tuvo el  sitio,  y  merece  más  consideración.  Pero  menos 
gracia  me  hacen  los  vituperios  de  Alvear  contra  Arti- 
gas y  sus  montoneros,  como  llama  a  los  soldados 
orientales,  expugnadores  también  de  la  plaza  en  que 
él  entraba  lleno  de  gozo.  Dice  que,  no  bien  desembarcó, 
tuvo  que  habérselas  con  éstos,  comandados  por  Otor- 
gues; afirma  que  éste,  enviado  y  autorizado  for  Artigas, 
hostilizó  su  expedición,  y  hasta  entró  en  connivencias 


El,  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  469 

con  los  españoles  contra  él.  Y  que  obtuvo  muchas 
victorias  sobre  aquella  chusma. 

Nada  de  eso  es  verdad;  ni  Artigas  autorizó  enton- 
ces ni  nunca  a  Otorgues  para  representarlo,  ni  aquel 
rústico  caudillo  hizo  otra  cosa  ostensible  que  perma- 
necer, como  entidad  militar  pasiva,  en  su  actitud 
de  defensa  preventiva  contra  Buenos  Aires,  mientras 
su  jefe  gestionaba  un  arreglo  con  el  director  Po- 
sadas. 

Bien  es  verdad  que  ese  Otorgues,  al  verse  lejos 
de  su  superior,  quiso  tentar,  una  vez  más,  la  realiza- 
ción del  vaticinio  de  sus  bruj  as,  y  se  puso  para  ello,  por 
su  cuenta  y  riesgo,  en  relación  con  Romarate,  que  man- 
daba la  escuadra  española  en  el  Uruguay,  le  prestó 
auxilios  de  víveres  y  hasta  inició  negociaciones  clan- 
destinas con  Vigodet;  pero  éste  se  convenció  bien 
pronto  de  que  Otorgues  nada  representaba,  y  con- 
centró su  esfuerzo  en  sus  inútiles  negociaciones  con 
Artigas,  que,  como  sabemos,  las  transmitió  a  Buenos 
Aires.  Y  no  sólo  reprobó  las  clandestinas  y  atrevidas 
de  su  seg-ando,  sino  que,  cuando  muy  pronto  entre 
en  arreglos  con  Alvear,  para  recuperar  su  ciudad  natal, 
impondrá  como  primera  condición  de  todo  aveni- 
miento la  declaración  expresa  «de  no  haber  estado 
él  compHcado  en  la  coríespondencia  con  los  españoles 
de  la  plaza».  Y  así  se  hará  en  decreto  de  Posadas 
pubHcado  en  la  Gaceta  del  17  de  agosto  de  1814. 
«Resultando,  dice  ese  decreto,  resultando  de  la  corres- 
pondencia interceptada  en  Montevideo,  que  don  José 
Artigas  no  ha  tomado  parte  en  la  coalición  de  la 
Banda  Oriental  con  los  jefes  de  la  plaza,  he  venido 
en  declararlo,  oído  previamente  mi  Consejo  de  Es- 
tado, buen  servidor  de  la  patria...  sin  que  las  resolu- 
ciones anteriores  puedan  perjudicar  su  opinión  y  mé- 


470  I'A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

rito,  —Gervasio  Antonio  de  Posadas.  — NicolAs  de 
Herrera.» 

No  es  menos  verdad  que  Alvear,  en  su  triunfal 
entrada  a  recoger  las  llaves  de  Montevideo,  tuvo  qué 
hacer  con  Otorgues;  pero  no  fué  para  librar  batallas 
campales  con  sus  montoneros,  ni  mucho  menos;  lo 
llamó,  como  quiso  hacerlo  con  el  mismo  Artigas,  para 
entregarle  la  plaza,  y  jurándole  por  lo  más  sagrado 
que  sólo  para  eso  lo  llamaba;  pero  ima  vez  que  lo 
tuvo  a  tiro,  cayó  sobre  él  y  lo  destrozó  a  mansalva 
durante  la  noche.  Y,  después  de  proceder  en  forma 
análoga  con  el  gobernador  español,  según  lo  veremos, 
entró  triunfante  en  la  ciudad  oriental,  como  dueño 
absoluto,  en  el  esplendor  de  su  juventud. 

De  todo  lo  que  leemos  con  provecho  en  sus  Memo- 
rias, pocas  cosas  más  útiles,  sin  embargo,  para  clasi- 
ficar el  carácter  de  su  autor,  más  de  una  clase  social 
que  de  un  hombre,  que  los  términos  en  que  nos  dice 
se  expresó  con  los  parlamentarios  españoles,  cuando 
retardaban  la  entrega  de  la  ciudad...  «Señores,  dice 
que  les  dijo;  si  para  mañana  no  se  rinde  la  plaza, 
o  se  derrama  una  gota  de  sangre  en  estas  veinticuatro 
horas,  se^án  pasados  a  cuchillo  toda  la  guarnición 
y  todos  los  habitantes  de  Montevideo.  Después  haré 
destruir  sus  edificios,  y  de  sus  escombros  y  sobre  sus 
ruinas  levantaré  un  monumento  que  atestigüe  a  las 
generaciones  venideras  el  castigo  que  los  patriotas 
han  impuesto  a  esa  pérfida  ciudad.» 

bi,  como  me  parece  leerlo  en  vuestros  ojos,  amigos 
artistas,  no  veis  en  esas  arrogantes  palabras  otra 
cosa  que  una  jactancia  o  fanfarronada,  creo  que  las 
habéis  apreciado  sólo  a  medias.  Hay,  sí,  jactancia 
juvenil;  pero  fijaos  en  ellas  con  mayor  calma,  y  les 
hallaréis  algo  más  serio:  la  revelación  de  un  instinto, 


EI<  TRIUNFADOR  EN  MONTEVIDEO  471 

de  un  carácter  genérico,  mejor  dicho,  trascendental 
en  nuestra  historia:  el  del  gran  señor  feudal  de  horca 
y  cuchillo,  que  colgaba  de  una  almena  al  pechero 
inobediente,  al  montonero  de  Artigas,  se  llamaría  en 
este  caso.  Pecheros  y  montoneros  eran  el  pueblo,  sin 
embargo,  y  no  era  prudente  colgarlos,  me  parece. 
Pensad,  amigos  míos,  en  que  esas  amenazas  de  Alvear 
se  cumplieron  más  de  tma  vez,  ya  contra  españoles, 
ya  contra  americanos  indóciles,  y  meditad  en  vuestro 
corazón  sobre  la  saña  con  que  ciertos  historiadores 
imputan  todos  los  males  a  los  pecheros,  al  caudillaje 
rioplatense,  dejando  inmimes  a  los  arrogantes  caba- 
lleTos  que  habitaban  el  castillo  señorial. 

Y  veréis  resplandecer  entonces,  en  su  más  alto 
significado,  la  figura  misericordiosa  de  Artigas,  el 
bravo  y  buen  caballero  que  protege  a  los  humildes. 

Pero  no  sólo  esas  satisfacciones  tenía  reservadas 
el  director  Posadas  para  su  impaciente  sobrino,  para 
Carlüos.  como  le  Uama  cariñosamente  en  algunas  de 
sus  cartas;  le  quedaba  aún  el  poder  supremo,  y  éste 
correspondía  también  al  presidente  de  la  Logia  Lau- 
taro. Seis  meses  más  tarde,  el  9  de  enero  de  1815, 
lo  puso  en  sus  manos.  Alvear,  después  de  su  triunfal 
entrada  en  Montevideo,  fué  inmediatamente  al  Alto 
Perú,  a  substituir  de  nuevo  a  Rondeau,  con  el  carác- 
ter de  «capitán  general  de  las  provincias  interiores, 
general  en  jefe  de  los  ejércitos  de  operaciones»,  e 
«investido  de  los  más  amplios  poderes  para  deliberar 
y  resolver  en  los  negocios  de  paz,  guerra  o  alto  go- 
bierno que  estén  fuera  de  los  límites  de  su  empleo 
militar».  «!/)  que  arreglase,  sin  embargo,  con  cual- 
quiera gobierno  enemigo  o  aliado,  necesitaría  ratifi- 
cación.» Rondeau  rechazó  entonces  a  Alvear,  y  éste 
tuvo  que  volverse  a  Buenos  Aires  por  el  mismo  ca- 


472  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

mipo  que  había  llevado;  comenzaba  su  estrepitoso 
derrumbe.  Es  muy  de  advertir  que,  con  Rondeau, 
se  rebelaron  los  demás  jefes:  Martín  Rodríguez,  Pa- 
góla, Foresti,  Alvarado,  Martínez,  etc.  El  general  San 
Martín  apoya  también  todo  eso,  como  apoyará  el 
derrocamiento  de  Alvear,  que  consumará  el  pueblo 
de  Buenos  Aires,  con  la  protección  de  Artigas,  pedida 
por  su  Cabildo,  dentro  de  pocos  meses. 

Posadas,  primer  Director  Supremo,  entrega,  pues, 
el  9  de  enero  de  1815,  el  poder  a  Alvear,  segundo 
Director  Supremo;  legítimos  ambos,  perfectamente 
legítimos,  con  jurisdicción;  no  como  el  bárbaro  Arti- 
gas, que  no  tenía  poderes  en  buena  forma,  que  era 
un  simple  Alcalde  de  Zalamea. 

Quince  días  después  de  su  elevación,  firmaba  Alvear 
dos  notas,  acordadas  con  su  Consejo  de  Estado,  y  re- 
dactadas por  su  secretario,  don  Nicolás  de  Herrera, 
en  que  ponía  las  Provincias  Unidas  del  Río  de  la 
Plata  a  disposición  del  gobierno  inglés,  pidiéndole 
que  las  salvara,  a  pesar  suyo,  de  la  perdición  a  que 
marchaban.  En  esas  notas,  dirigidas  al  ministro  de 
la  Gran  Bretaña,  Alvear  declaraba  a  las  Provincias 
Unidas  inhábiles  para  gobernarse  por  sí  mismas.  «Estas 
Provincias,  decía,  desean  pertenecer  a  la  Gran  Bretaña, 
recibir  sus  leyes,  obedecer  su  gobierno.  Ellas  se  aban  do 
nan,  sin  condición  alguna,  a  la  generosidad  y  buena  fe 
del  pueblo  inglés,  y  yo  estoy  resuelto  a  sostener  tan  jus- 
ta solicitud.»  Más  adelante,  recordaba  a  Inglaterra 
que  ella,  la  protectora  de  la  libertad  de  los  negros  de 
África,  no  debía  dejar  entregados  a  su  propia  suerte 
a  los  pueblos  del  Plata,  que  se  arrojaban  en  sus  bra- 
zos generosos.  Y  terminaba  diciendo:  <Es  necesario 
que  se  aprovechen  los  momentos;  que  vengan  tropas, 
para  imponerse  a  los  genios  díscolos,  y  un  jefe  plena- 


EL  TRIUNFADOR   EN   MONTEVIDEO  473 

mente  autorizado,  que  dé  al  país  las  fórmulas  que  sean 
del  beneplácito  del  rey  y  de  la  nación». 

y  ese  don  Nicolás  de  Herrera,  secretario  de  Alvear, 
redactor  de  la  sentencia  de  muerte  de  Artigas,  escri- 
birá en  seguida  la  carta  que  conocéis,  en  que  declara 
imposible  la  independencia  de  América,  y  aconseja 
se  trate  con  Pezuela  y  se  vuelva  al  dominio  español. 

Al  mismo  tiempo,  Rivadavia  y  Belgrano  y  Sarra- 
tea,  recorrían  la  Europa,  enviados  por  Buenos  Aires, 
en  busca  de  un  príncipe  para  el  Río  de  la  Plata.  Car- 
los IV,  padre  de  Fernando  VII,  debía  ser,  como  sa- 
béis, el  rey  de  la  monarquía  platense,  y  del  Perú  y 
Chile;  después  había  de  serlo  don  Francisco  de  Paula, 
hermano  de  Fernando;  después  otros,  y  otros  más; 
cualquiera  que  fuese  de  sangre  real.  ¡Si  vierais,  amigos 
artistas,  qué  triste  fué  la  odisea  diplomática  de  esos 
proceres  del  25  de  mayo  de  1810!...  Todo  fué  inútil: 
corrían  los  años  14  y  15;  Napoleón  había  caído  en  Wa- 
terloo;  Inglaterra  y  España  eran  amigas;  el  Congreso 
de  Viena  restauraba  la  legitimidad;  Fernando  VII 
era  el  único  dueño  de  América,  a  justo  título;  la  Santa 
AHanza...  ¡Pero  allí  estaba  Artigas,  feHzmente;  aUí 
estaba  Artigas! 

No  hablemos  más  de  eso,  por  ahora;  es  muy  largo 
y  deplorable;  miradlo  y  pasad,  amigos  míos.  Y  si  qui- 
sierais imponeros  de  algo  más,  sabed,  si  es  que  ya  no 
lo  sabéis  por  presunción,  que,  entre  las  instrucciones 
dadas  por  Alvear  a  García,  su  embajador  en  Río  Ja- 
neiro, estaba  la  de  gestionar  aUí  la  ocupación  de  la 
Banda  Oriental  por  los  portugueses,  a  fin  de  desha- 
cerse de  Artigas  y  de  los  orientales,  que  eran  el  gran 
obstáculo  a  la  realización  de  aquellos  planes;  los  ge- 
nios díscolos,  contra  los  que  se  pedían  tropas  inglesas 
vestidas  de  colorado  y  con  morriones  negros. 


474  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

Tal  era  el  Libertador  que,  como  San  Martín  en  San- 
tiago, después  de  Chacabuco,  entraba  vencedor  en 
Montevideo,  y  enarbolaba  allí  su  bandera  bicolor  en 
las  condiciones  que  vamos  a  ver,  después  del  sitio  de 
veinte  meses  sostenido  por  Artigas  y  Ronde au,  los 
vencedores  de  Las  Piedras  y  el  Cernto,  a  la  sombra 
del  tricolor  oriental. 

¡Y  ha  habido,  amigos  artistas,  quien  no  ha  com- 
prendido la  causa  ni  los  efectos  de  la  separación  de 
Artigas  de  la  línea  sitiadora  de  Montevideo!  ¡Quien 
ha  creído  que  el  héroe  oriental  debió  entrar  en  la 
plaza,  caballero  en  un  cisne  blanco,  confundido  entre 
el  séquito  de  Alvear! 

Vamos  a  ver,  pues,  ahora,  a  dónde  fué,  para  qué  se 
fué,  y  qué  hizo  el  héroe  genuino  de  la  revolución  de 
Mayo,  cuando  se  resolvió  a  no  penetrar,  en  semej  ante 
compañía,  en  el  circuito  de  su  ciudad  natal,  y  a  reser- 
varse para  destinos  superiores. 


CONFERENCIA  XIII 
El,    CARÁCTER  DE  ARTIGAS 

lya   dominación  porteña. violación   de    la   capitulación. 

El  pabellón  tricolor. — ^En  país  conquistado. — Nueva  ten- 
tativa  DE    seducción  de  ARTIGAS  POR  EL  VIRREY  DE  I^IJIA. 

«Yo  NO  DEFIENDO  A  SU  REY.» — I,A3  CORTES  DE  CÁDIZ.—  EL  HÉROE 

de  la  estirpe  h  ípánica  ev  américa. — ^artigas,  héroe  del 
Par^gt'ay. — El  caudillo  de  los  caudillos. ^Pensamiento 
y  carácter  de  Artigas. — Psicología  del  hombre. — Su  ambi- 
ción.  Su     FE  Y  su  VISIÓN    PROFÉTICAS. ACCIÓN    CONSTANTE  Y 

RESISTENCLA. — El  PROTECTORADO  SOBRE  LAS  PROVINCIAS. — DE- 
ROGACIÓN  DE  LA    SENTENCIA   DE   MUERTE.- — EUEN   SERVIDOR   DE 

L.A    PATRI.\.  TENT.\TIVAS      FALACES      DE      .ARREGLO. CELADAS 

TR.\IDORAS. 


Comprenderéis,  amigos  míos,  que  la  dominación 
extranjera  no  terminaba  en  el  Uruguay,  por  más  que 
terminara  la  española,  con  la  entrada  de  Alvear  en 
IMontevideo.  Era  triste,  más  bien,  arrojar  a  la  madre, 
madre  al  fin,  para  ver  los  propios  derechos  arrebata- 
dos por  un  hermano,  y  la  herencia  común  puesta  en 
subasta.  Si  hubiera  sido  posible  que  Montevideo  de- 
seara volver  a  ser  español,  en  ese  momento  hubiera 
abrigado  ese  deseo. 

Dice  Mitre,  en  su  Historia  de  San  Martín,  que  los 
directorios  de  Buenos  Aires,  «al  dar  la  señal  de  la  gue- 


476  I<A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

rra  ofensiva  en  1817,  y  reconquistar  a  Chile,  impusie- 
ron a  su  general,  por  regla  de  conducta,  infundir  a 
los  pueblos  libertados  por  sus  armas  que  ninguna  idea 
de  opresión  o  de  conquista,  ni  intento  de  conservar 
la  posesión  del  país  auxiliado,  la  llevaba  fuera  de 
su  territorio».  Así  lo  hizo  San  Martín  también  en  el 
Perú,  según  lo  hemos  visto. 

Desgraciadamente,  no  se  pensó  en  aplicar  esa  doc- 
trina a  los  orientales...  ¡Por  qué  no  se  hizo.  Dios  mío! 

Alvear  se  condujo  muy  mal,  oh,  muy  mal,  preciso 
es  confesarlo,  con  la  madre  expulsada,  en  primer 
término. 

I/OS  bizarros  españoles  defensores  del  rey  en  Mon- 
tevideo eran  dignos  de  otra  despedida:  Artigas  no 
hubiera  hecho  eso,  estad  seguros. 

I^a  plaza  fué  entregada  a  Alvear  bajo  capitulación 
formal.  Según  ésta,  el  gobierno  de  Buenos  Aires  recibía 
a  Montevideo  en  depósito,  y  reconocía  la  integridad 
de  la  monarquía  espaaola  y  a  su  legítimo  rey  el  señor 
Femando  VII;  enviaría  diputados  a  España,  para  un 
ajuste  definitivo.  La  guarnición  de  la  plaza  se  retira- 
ría con  los  honores  de  la  guerra;  no  se  sacarían  armas, 
ni  municiones,  ni  pertrechos,  ni  se  en  arbolaría  más 
bandera  que  la  española,  etc.,  etc.  El  artículo  35  de 
la  capitulación  decía:  «En  la  plaza  no  se  enarbolará 
jamás,  por  pretexto  ni  motivo  alguno,  más  bandera 
que  la  nacional».  «Concedido»,  se  lee  al  margen  del 
documento,  de  puño  y  letra  de  Alvear.  Era,  más  o 
menos,  la  repetición  del  armisticio  de  octubre  de  1811, 
rechazado  por  Artigas,  y  causa  del  Éxodo. 

Todo  eso  fué  violado  por  el  vencedor,  una  vez  dueño 
de  la  ciudad:  se  enarboló  el  pabellón  americano;  se 
arrestó  a  Vigodet,  y  se  le  envió  a  Río  Janeiro,  donde 
escribió  una  enérgica  protesta;  fueron  tratados  como 


El,  CARÁCTER  DE  ARTIGAS  477 

prisioneros  de  guerra  los  soldados  españoles,  a  quie- 
nes se  quitó  las  armas  y  banderas,  y  se  les  enroló  en 
los  cuerpos  de  Alvear;  se  enviaron  a  Buenos  Aires 
los  jefes,  y  oficiales,  y  trofeos;  se  despojó  la  plaza  de 
todo  elemento  bélico,  que  fué  llevado  a  Buenos  Ai- 
res, etc.,  etc. 

Bien  es  cierto  que  Alvear  nos  dice,  en  sus  Memorias, 
que  Montevideo  se  entregó  absolutamente  a  discre- 
ción; pero  él  mismo  conviene  en  que  eso  parece  inve- 
rosímil. «No  puedo  explicarme,  dice,  qué  objeto  con- 
dujo a  Vigodet,  cuando  vio  sus  planes  frustrados,  a 
no  exigir  la  ratificación  de  las  proposiciones.  Algunos 
jefes  españoles  me  han  asegurado  que,  en  su  desespe- 
ración, alimentaba  la  esperanza  de  que  la  caballería 
de  Artigas  batiría  la  nuestra,  y  que,  en  ese  caso, 
estaba  resuelto  a  unirse  a  ella  con  sus  fuerzas,  atm 
cuando  ese  movimiento  no  le  proporcionara  otra  ven- 
taja que  la  de  ganar  las  fronteras  del  Brasil.  Sea  de 
ello  lo  que  fuere,  es  indudable  que  yo  esperaba  se 
me  hablara  sobre  el  tenor  de  esas  proposiciones.» 

He  aquí  que  el  joven  Alvear  nos  coloca  en  una 
difícil  alternativa:  o  la  desesperación  ha  transformado 
a  Vigodet,  que  no  era  tonto  ni  cobarde,  en  un  tonto, 
o  el  vencedor  de  Montevideo  nos  toma  por  tales  a  nos- 
otros. Pero  nosotros,  que,  maguer  tontos,  como  dice 
Sancho,  lo  somos  menos  de  lo  que  parece,  sabemos  a 
qué  atenernos  sobre  esa  falta  de  ratificación  de  las  pro- 
posiciones. No;  los  españoles  defensores  de  Montevideo 
no  obtuvieron  los  homenajes  a  que  son  acreedores 
los  bravos.  Eso  es  bien  triste;  lo  más  triste  que  darse 
puede.  Alvear  no  habló  entonces  de  la  supuesta  espe- 
ranza de  los  españoles  en  el  auxilio  de  Artigas;  él 
comunicó  a  su  gobierno  la  toma  de  Montevideo  en 
estos  términos:  «A  esta  hora,  que  son  las  tres  y  media 


478  I<A  KPOPEYA  DB  ARTIGAS 

de  la  tarde,  acaba  de  entregarse  por  capitulación  la 
plaza  de  Montevideo  al  ejército  de  mi  mando».  Y  en 
ninguna  de  sus  notas,  del  20,  del  22  y  del  23  de  ju- 
nio, habla  una  sola  palabra  de  la  entrega  a  discreción. 

Pablo  Blanco  Acevedo,  que  ha  estudiado  muy  bien 
este  episodio,  afirma  que  el  documento  original  de 
la  capitulación  ratificada  fué  robado  a  Vigodet  por 
un  su  oficial  infidente,  antiguo  amigo  de  Alvear,  y 
entregado  a  éste;  que  Alvear,  al  verse  con  esa  única 
prueba  en  la  mano,  violó  lo  pactado  con  su  incauto 
enemigo. 

Pero  también  de  esto,  como  de  los  combates  nava- 
les, son  las  banderas  las  que  más  claro  nos  hablan; 
y  es  también  Figueroa,  el  poeta,  quien  nos  transmite 
sus  revelaciones  de  colores.  I^os  misterios  que  éste 
no  descifraba  en  los  barcos,  van  a  rqetirse  en  tierra. 
Bl  día  antes  de  la  entrega  de  la  plaza,  el  22  de  junio, 
fué  ocupada  por  los  sitiadores  la  fortaleza  del  Cerro, 
situada  frente  a  la  ciudad,  bahía  por  medio;  su  guar- 
nición española  saUó  ese  día  con  los  honores  de  la 
guerra,  3'  los  nuevos  dueños  tomaron  posesión  de 
aquella  altura,  «alzando  en  ella  la  hispana  bandera», 
dice  Figueroa. 

Se  ejecutaba,  pues,  el  artículo  35,  que  hemos  leído, 
de  la  capitulación. 

Pero  Uega  el  día  23,  y  Alvear  entra  en  la  ciudad 
conquistada.  También  entonces,  la  capitulación  co- 
mienza a  cumplirse;  el  cuadro  de  esa  entrada  triunfal 
está  lleno  de  tonahdades  interesantes:  por  la  puerta 
del  Norte,  Portón  de  San  Pedro,  entra  el  joven  bri- 
gadier, a  caballo,  rodeado  de  su  lucido  estado  maj^or; 
por  la  del  Sud,  Portón  de  San  Juan,  sale  Vigodet,  con 
los  honores  convenidos,  a  la  cabeza  de  los  restos  de 
la  guarnición  vencida.  La  ciudad  está  silenciosa. 


El.  CARÁCTER  DE  ARTIGAS  479 

Y  be  aquí  lo  que  entonces  ve  y  nos  cuenta  Figueroa: 

Ya  ocupados  los  baluartes 
Y  los  militares  puestos 
Estaban,  cuando  una  salva 
Hace  retemblar  el  suelo. 
La  blanca  y  azul  enseña 
Del  argentino  gobierno 
En  el  Cerro  y  Fo^'taleza 
Enarbolar on  a  un  tiempo. 
Con  otra  salva,  la  escu.adra 
Las  saluda,  y,  antes  de  eso. 
Vimos  la  lúspana  bandera 
Descender  con  menosprecio. 
Así  Alvear,  de  los  tratados 
Violando  el  tenor  expreso, 
De  infracciones  más  notables 
Excita  tristes  recelos. 

No  sin  mucha  causa  tales  recelos  abrigaban  los 
orientales;  éstos,  los  hijos  de  la  tierra  conquistada, 
cu3'a  expulsión  no  era  menos  necesaria  que  la  de 
España  para  el  gobierno  de  Buenos  Aires,  no  fueron 
tratados  con  mayor  lealtad;  ni  ellos,  ni  su  bandera 
tricolor.  No,  no  fueron  tratados  como  hermanos  y 
amigos,  desgraciadamente.  Esto  es  deplorable;  lo  más 
penoso  que  darse  puede. 

En  ausencia  de  Artigas,  que  preparaba  en  el  Norte 
su  regreso  al  sitio  con  sus  nuevos  aliados  o  protegidos, 
Alvear,  como  lo  dijimos  antes,  se  dirigió  por  escrito  a 
Otorgues,  invitándolo  a  intervenir  en  la  capitulación, 
y  a  recibirse  de  la  ciudad,  en  nombre  de  los  orienta- 
les, sus  legítimos  dueños.  Le  protestaba,  por  lo  más 
sagrado  que  hay  en  el  cielo  y  en  la  tierra,  la  sinceri- 
dad de  sus  sentimientos.   «iVIi  estimado  paisano  y 


480  r,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

amigo,  le  dice  en  nota  de  7  de  junio  de  1814,  quince 
días  antes  de  la  capitulación,  es  decir,  cuando,  según 
sus  Memorias,  era  hostilizado  por  Otorgues  y  lo  ven- 
cía; mi  estimado  paisano  y  amigo,  nada  me  será  más  li- 
sonjero y  satisfactorio  que  ver  la  plaza  de  Montevideo 
en  poder  de  mis  paisanos,  y  no  de  los  godos,  a  quienes 
haré  eternamente  la  guerra.» 

«Mándeme  dos  diputados  que  vengan  a  tratar  con 
los  de  Montevideo.» 

«Yo,  por  mi  parte,  me  obligo  solemnemente  a  sti  cum- 
plimiento, protestándole,  por  lo  más  sagrado  que  hay 
en  el  cielo  y  la  tierra,  de  la  sinceridad  de  mis  senti- 
mientos.t) 

«Crea  que  la  franqueza  de  mi  alma,  y  la  delicadeza 
de  mi  honor,  no  mepermitencontraermea  nimiedades. 
Que  vengan  luego,  luego,  los  diputados,  para  con- 
cluir esta  obra.» 

¿A  qué  tanto  juramento,  diréis  vosotros,  mis  ami- 
gos, a  qué  tanto  juramento,  por  el  cielo  y  la  tierra,  y 
el  honor? 

Bs  de  advertir  que  Alvear  quería  entonces  que 
quien  acudiera  a  su  llamado  fuera  el  mismo  Artigas; 
pero  leemos  en  sus  Memorias:  «Artigas  no  vino,  lo 
cual  fué  un  suceso  feliz,  porque  a  él  no  hubiera  sido 
tan  fácil  alucinarlo».  Otorgues  cayó  en  la  trampa, 
efectivamente,  una  vez  más;  se  acercó  con  sus  tropas 
a  Alvear;  acampó  en  I^as  Piedras,  dispuesto,  sin  duda 
alguna,  a  entenderse  con  quien  más  conviniera  a  los 
planes  que  le  conocemos,  tan  opuestos  al  pensamiento 
de  Artigas.  Alvear  se  acercó  a  él  con  alguna  fuerza; 
lo  observó;  se  sintió  débil,  y  pidió  refuerzos,  entrete- 
niendo con  parlamentos  al  otro...  Y,  recibida  la 
nueva  infantería,  cayó  sobre  el  campo  dormido  de 
Otorgues  durante  la  noche  y  lo  hizo  pedazos.   El 


Ely  CARÁCTER  DE  ARTIGAS  481 

campo  quedó  sembrado  de  muertos;  el  vencedor  kizo 
celebrar  grandemente  su  victoria,  la  alucinación  de 
Otorgues... 

Y  volvió  entonces  vencedor  a  la  plaza  como  si  tal 
cosa.  Y  trató  a  la  pérfida  ciudad  como  ciudad  con- 
quistada: se  la  llevó  a  Buenos  Aires.  Se  apoderó 
de  cuanto  en  ella  existía;  arrebató  a  los  particula- 
res sus  armas  finas,  que  destinó  a  sus  oficiales;  en- 
vió a  Buenos  Aires  ocho  mil  doscientos  fusiles,  tres- 
cientos treinta  y  cinco  cañones,  las  cañoneras  de  la 
flotilla,  y  otros  elementos  de  guerra,  avaluados  en  la 
suma  de  cinco  millones  y  medio  de  pesos,  de  que  la  oli- 
garquía porten  a  sv;  juzgó  propietaria  exclusiva.  Hasta 
la  imprenta  que  existía  en  Montevideo  fué  enviada  a 
la  capital  del  virreinato.  «Con  la  adquisición  de  Mon- 
tevideo, dice  el  director  Posadas  en  sus  Memorias, 
nos  hicimos  de  un  soberbio  armamento  de  que  care- 
cíamos, y  de  una  considerable  porción  de  dinero,  que 
tanto  ha  contribuido  a  aumentar  los  fondos  del  Es- 
tado, pasándose,  además,  a  esta  capital  muchos  pertre- 
chos de  guerra,  de  que  estaban  llenos  aquellos  almace- 
nes.» También  se  resolvió  la  demolición  de  las  murallas, 
que  fué  encomendada  a  Hollemberg;  pero  no  pudo 
realizarse.  I^a  cindadela,  aunque  desmantelada,  qu;.dó 
en  pie,  esperando  la  bandera  de  Artigas. 

No  procedió  Alvear  en  Montevideo  como  San  Mar- 
tín en  Santiago  de  Chile  o  en  I/ima,  por  cierto.  Se 
hizo  cesar  al  gobernador  intendente  de  la  ciudad, 
y  se  envió  uno  de  Buenos  Aires,  don  Nicolás  Rodrí- 
guez Peña.  Éste  destituyó  a  todos  los  miembros  del 
Cabildo,  y  los  substituyó  por  otros  de  su  agrado,  que 
nombraron  a  Alvear  Regidor  Perpetuo  de  Montevideo. 
Hasta  los  porteros  fueron  reemplazados.  Se  impu- 
sieron contribuciones,  exacciones  de  todo  género  al 

T.  Ií-33 


482  I,A  EPOPEYA  DE  ARTIGAS 

vecindario...  ¿Con  qué  se  defenderán  ahora  Monte- 
video y  la  Banda  Oriental,  en  caso  de  ser  atacados  por 
el  extranjero? 

¡Oh!  Ya  los  defenderá  Alvear,  o  los  que  triunfen 
en  Buenos  Aires  (porque  Alvear  durará  allí  muy  poco), 
si  juzgan  conveniente  defenderlos;  si  no,  allá  se  la 
hayan. 

Artigas  está  condenado  a  muerte  por  haber  juzga- 
do que  no  debía  entregar  su  ejército  y  su  pueblo  a 
esos  hermanos  libertadores...  No  hablemos  de  eso  con 
demasiada  extensión,  amigos  míos;  es  en  extremo  pe- 
noso a  mi  memoria. 


II 


Vamos  a  hablar,  en  cambio,  de  algo  más  grato; 
vamos  a  ver  a  Artigas  en  otra  noble  actitud. . 

Ninguna  coyuntura  más  propicia  que  la  actual, 
para  que  el  español  tentara  de  nuevo  al  Jefe  de  los 
Orientales,  en  cumplimiento  de  las  órdenes  de  la 
Regencia,  que  conocéis.  Entre  la  conquista  bonaeren- 
se y  la  dominación  española,  entre  el  tiránico  herma- 
no y  la  vieja  madre,  ¿no  podría  Artigas  quedarse  con 
ésta? 

El  virrey  de  Lima,  que  no  podía  sospechar,  ni  re- 
motamente, lo  que  había  en  el  alma  fuerte  del  héroe 
oriental,  lo  crej^ó  así,  e  hizo  que  el  general  Pezuela, 
jefe  del  ejército  del  Perú,  que  acaba  de  triunfar  en 
Vilcapugio  y  Aj-ohuma,  y  pronto  triunfará  en  Sipe- 
Sipe,  le  escribiera  invitándolo  a  la  unión.  Un  comi- 
sionado, munido  de  credenciales,  entregó  a  Artigas 
un  oficio  que  decía:  «Los  caprichos  de  un  pueblo 
insensato  como  el  de  Buenos  Aires  han  ocasionado 


I 


Elv  CARÁCTER  DE  ARTIGAS  483 

la  sangre  y  desolación  de  estos  Dominios,  y  las  ideas 
de  libertad  con  que  han  alucinado  a  los  incautos 
han  sido  teorías  que  han  corrompido  a  algunos  fie- 
les vasaUos  que,  arrepentidos  de  su  engaño,  se  han 
unido  a  las  tropas  del  Señor  Don  Fernando  VII, 
y  defienden  sus  derechos.  Las  acciones  de  Vilcafugio 
y  Ayohuma  prueban  que  no  podrían  por  más  tiempo 
fomentar  la  guerra;  que  no  tienen  leyes  ni  sistema 
que  puedan  realizar  sus  ideas,  y  que  el  descontento 
de  los  que  por  desgracia  dependen  de  la  facción  de 
los  insurgentes  abrevia  el  naufragio  en  que  se  miran. 
Antes  de  que  se  verifique,  y  a  fin  de  cortar  las  des- 
gracias consiguientes,  cumpliendo  con  la  orden  del 
excelentísimo  señor  virre}'  de  Lima,  aventuro  al  da- 
dor con  las  correspondientes  credenciales  para  que, 
hablando  con  V.  S.,  convengamos  en  el  modo  más 
honroso  de  nuestra  unión,  para  terminar  los  males 
que  ha  suscitado  la  facción.  Bstoy  impuesto  de  que 
V.  S.,  fiel  a  su  monarca,  ha  sostenido  sus  derechos 
combatiendo  contra  la  facción;  por  lo  mismo  cuente 
V.  S.  y  sus  oficiales  y  tropa  con  los  premios  a  que 
se  han  hecho  acreedores,  y,